lunes, 31 de marzo de 2008

¡Azúcar!

La señora Marisol de Aguilera, ama de casa con quince años en el oficio, salió una mañana de su casa después de prenderle una vela a san Judas Tadeo, patrón de lo imposible, rogándole: “Por favor santito, que hoy consiga todo lo que me hace falta para la torta de arequipe de la señora Contreras”. Sabía que para un tres leches sería demasiado pedir.
Marisol, que además de abnegada madre y esposa, prepara dulces por encargo, de unos meses para acá se acostumbró a que buena parte de su rutina diaria sea peregrinar por los mercados de Caracas buscando azúcar, leche, harina, aceite, huevos y demás productos desaparecidos. Por eso unió fuerzas con otros compañeros de infortunio en una red de mensajería celular. Esa mañana recibió un mensaje de texto avisando: “En el Cada de Las Mercedes hay harina”.
Cuando Marisol llegó al Cada, contempló descorazonada como tres mujeres con la misma mirada de hiena que ella tiene desde que comenzó a cazar productos en escasez, se llevaban los últimos paquetes de la harina Robin Hood todo uso. Al borde de las lágrimas, Marisol trató de conmover a un gordito vestido de chef y mirada libidinosa que guardaba en una camioneta pick up 20 paquetes del preciado polvo blanco: “¡Por favor, véndeme un kilo que tengo un encargo!”. Pero el gordito fue inclemente, él tenía un restaurante y sin harina no había ni quiches ni postres ni bechamel. Marisol, desesperada, trató de recordar cómo era eso de seducir a un hombre, estaba dispuesta a entregar su cuerpo cansado aunque fuera por los 600 gramos necesarios. Su honra se salvó gracias a un oportuno mensaje de texto: “En el Lubevras de El Marqués llegó azúcar”.
Ante el brillo en la mirada de la sensual señora, el chef le extendió el paquete de harina como gesto de buena voluntad: “Se lo cambio por el dato”.
Qué Dios la perdone, Marisol se enjugó las lágrimas, tomó el paquete de harina con una sonrisa angelical y mandó al gordito al otro lado de la ciudad: “Acaban de recibir un cargamento de azúcar en el Mercal de El Paraíso”.
No había tiempo que perder, Marisol, escondiendo el paquete de harina en su cartera - peligroso ostentar semejante tesoro-, corrió a la avenida Río de Janeiro y se montó en una mototaxi. Sintiendo la muerte cerca cada vez que el motorizado se colaba entre autobuses, intentaba pasar camiones, o se comía una luz, lejos de asustarse, a Marisol se le subía más la adrenalina, y evocando a la chica ochentosa que alguna vez fue, gritaba: “¡Dale chola que pa’ luego es tarde!”.
Llegó justo a tiempo, todavía quedaba azúcar, y entre una avalancha humana, Marisol se hizo del último saco de cinco kilos del escaso cristal. No encontró huevos, los compraría a los buhoneros, pero aprovechó para hacer otras compras a pesar de codiciosas miradas a su carga. En la cola para pagar, Marisol se dio cuenta de que se le había olvidado el arequipe, corrió a buscarlo dejando el carrito abandonado por unos segundos, cuando regresó, sintió que el mundo se le desmoronaba: el guacal de azúcar había desaparecido.
Habló con seguridad, expuso su caso, pero todo fue inútil, que a uno le saquen la comida del carrito del mercado no es un delito tipificado en el código penal. No hubo búsqueda, ni cateo, ni requisas. Y mientras Marisol esperaba derrotada un taxi, pasó una pick up tocándole dos cornetazos. Marisol juró oir la voz del chef gordito exclamando: “¡Azúcar!”.
Ilustración Rogelio Chovet.

jueves, 13 de marzo de 2008

Las vacantes de la abuela

Leí tu artículo sobre la necesidad de abolir las vacaciones escolares, muy ocurrente, pero prepárate para algunos bombazos. Te confieso que a mí me da tristeza cuando afirmas con nostalgia que ya las familias no pueden viajar al exterior... no es que te esté criticando mi amor, pero da dolor como se han ido perdiendo las tradiciones. ¿Tú sabías que cuando yo era muchacha a las vacaciones se les llamaba vacantes? Uno nunca preguntaba: "¿dónde te vas de vacaciones?", sino: "¿dónde vas a temperar en las vacantes?". Y no sólo se temperaba en las vacantes, cuando a los niños se les veía pálidos y ojerosos se les decía: “A este muchacho como que le hace falta un temperamento”. A mí, por mis tifus y mis tupiciones, a cada rato me tenían que llevar a temperar. En esa época no se sabía nada de alergias, se les llamaba anafilaxias, el doctor Andrés Pietri, gran amigo de Papá desde su infancia en Río Caribe, le decía:
"Manoguan" así llamaba él a Papá "yo estoy por pensar que esta niña lo que tiene es una anafilaxia".
Y me mandaba a temperar a Macuto.
Las temperadas en Macuto eran inolvidables: por tan sólo 400 bolívares se alquilaban unas casonas, sencillas, sin mayores pretensiones, en las vacantes se iban las familias enteras a temperar durante uno o dos meses. Los hombres tomaban en las mañanas el ferrocarril para irse a trabajar a Caracas, regresaban en las tardes. El ferrocarril de Macuto salía de Caño Amarillo y llegaba a La Guaira. El camino era una belleza, bordeando la montaña.
¡Macuto era divino! Alguien que escriba bien debería escribir sobre el viejo Macuto, yo no, porque no soy escritora, pero te puedo contar un poco sobre lo maravilloso que era: todos los días nos bañábamos en el mar en unas casetas, por supuesto que las mujeres separadas de los hombres. Usábamos camisas de baño que eran unas camisolas blancas largas de vichy, nos las poníamos al entrar en las casetas. Bajábamos por unas escaleritas al mar agarradas de un mecate, cuando venían las olas, nos revolcábamos felices en el agua salada. Ni sol, ni arena, eso vino después.
Almorzábamos en la casa, por las tardes salíamos a pasear con nuestros sombreros de cogollo, botas de bocardo y unas medias largas blancas acordonadas para que no nos picaran los zancudos y no nos fuéramos a tostar de más. Paseábamos por el Malecón, desde la Plaza de la Palomas, hasta casi el Hotel Miramar. Recuerdo que el mar olía y sonaba, porque estaba lleno de piedras. También caminábamos por las estrechas calles de Macuto sombreadas por almendrones y tomábamos carato de acupe, que era una bebida preparada con maíz fermentado que vendían vendedores ambulantes en botellitas cerradas con corchos de cáscara de naranja. En casa de mi amiga Isabel Cecilia todavía lo preparan.
Al regresar de nuestros paseos nos esperaba una ponchera de agua ardiente con almidón y nos untaban con un algodoncito por todo el cuerpo para quitarnos el asoleado. ¡Quedábamos pintadas de blanco como unas payasas! Algunas noches ponían un gran telón en la playa donde se proyectaban películas de Douglas Fairbanks y Mary Pickford.
Macuto era un pueblito, sólo había una farmacia donde estaba el único teléfono, ahí se reunían todas las tardes los temperadistas para hacer sus llamadas de rigor. Imagínate que cuando yo era pequeña había sólo tres hoteles en Macuto: La Alemania, la Pensión Guánches y la Pensión de Adela Liendo. Pasé mi luna de miel con tu abuelo en el Hotel Miramar, pero ese hotel fue posterior, construido por el viejo Chataing a principios de los años treinta. Pero de niña, cuando me daban las tupiciones, me mandaban a temperar al Hotel La Alemania con la tía Cheché.
La única iglesia de Macuto era San Bartolomé, era tan pequeña que la gente no cabía y algunos feligreses tenían que oír misa desde afuera. Tu papá recuerda que en los años cuarenta a los temperadistas no les gustaba confesarse ahí porque el párroco de San Bartolomé era muy estricto y mandaba unas penitencias larguísimas: por cualquier pecadillo tenías que rezar treinta credos y cincuenta ave marías. Esa iglesia ya no existe, la demolieron hace años, y el resto de Macuto desapareció casi totalmente en el año 99 por los deslaves en Vargas. Cómo es posible que un pueblo que estaba en pie desde mucho antes que la misma ciudad de Caracas se acabara en cuestión de horas. Sotavento se salvó, pero casi todas las casas que estaban construidas a su alrededor se las llevaron las aguas. Paulina dice que Sotavento parece una isla en medio de un pueblo fantasma. ¡Está desolada!
Mis temperadas en Macuto marcaron casi toda mi vida. Recién casada con Carlos, Papá compró en la urbanización Alamo una casa lo suficientemente grande para albergar a sus hijas con sus familias, pero en 1957, Papá me regaló un terrenito en Los Corales que compró una señora y como no lo había pagado, Papá cargó con él. Yo no lo quería aceptar porque era muy pequeño y tenía una gran mata de cují en el medio:
"¡Será para hacer la casa de Tarzán!".
"Acéptalo" me convenció Carlos.
Y en ese terrenito en vez de construir la casa de Tarzán, construimos Sotavento y hasta que Carlos se enfermó, pasábamos casi todos los fines de semana allá. Carlos amaba a Sotavento, en las tardes salía a dar largos paseos por la playa y llegaba cargado de piedras y palos.
A los muchachos también les encantaba Sotavento, aunque Caruso pagaba por ir a La Pimpera, la finca de los Ugueto en Barlovento. Desde pequeñito lo mandaba acompañado de María Julia, su cargadora, con tu tía Pimpa y su familia porque a él no había nada que le gustara más que montar a caballo. Ángel, el marido de Pimpa, que siempre fue muy generoso y quería mucho a Caruso, le regaló un caballo para que lo pudiera montar en Barlovento. En cambio Carlos nunca fue un hombre de campo, si acaso fue una vez a La Pimpera y no quedó con ganas de regresar más. Sin embargo, Carlos veía que a Caruso le gustaba tanto La Pimpera que le pidió a Ángel que le vendiera un pedazo de terreno para que Caruso también se sintiera dueño; eso se lo contó tío Ángel a Caruso después de que murió tu abuelo, por supuesto que no se lo vendió.
Esas eran las temperadas de los años sesenta, nada que ver con las temperadas de la pobre Mamá a quien de niña sus padres adoptivos la llevaban a temperar para El Valle, que dicen que era un sitio tan triste que de ahí nació el famoso refrán: “Ve a llorar al Valle”. También se temperaba en Los Chorros, en Chacao, en Antímano, en Los Dos Caminos, en los Teques, en Sabana Grande, en Maiquetía... Durante un tiempo Papá tuvo una casita en Los Dos Caminos y nos íbamos a temperar para allá. Las temperadas en Los Chorros y en Los Dos Caminos se caracterizaban por los fríos baños en el río Tócome. En esa casita viví mis primeros meses de casada.
Nunca fui a temperar a Los Teques, Pimpa sí, porque de muchacha tenía una fiebre que no se le quitaba y el doctor José Ignacio Baldó aseguró que, aunque no tenía nada en los pulmones, una buena temperada en Los Teques no le vendría mal. Las familias caraqueñas iban mucho para allá, pero tenían que tomar precauciones como cerciorarse de que en la casa en la que se estaba temperando no hubiera temperado antes un tuberculoso, porque por su clima seco y frío, Los Teques era el lugar predilecto para recuperarse a los tísicos.
¿Tú sabías que tu abuelo Carlos Raúl tenía una cicatriz en los pulmones? Sus padres se lo tenían que llevar a temperar a Chamonix y alejarlo del húmedo clima de París. Cuando tenía 18 ó 19 años se tuvo que ir a vivir durante más de un año a Málaga, España. ¿Por qué crees que se graduó de arquitecto a los 28 años? Porque cuando no le daba bronquitis, le daba pulmonía. Pero yo pienso que parte de su éxito como arquitecto se debe a la madurez con la que se graduó, y que el tiempo convaleciente no lo perdió sino que lo ganó cultivándose.
Ya radicado en Caracas y casado conmigo, su gran amigo el médico neumonólogo José Ignacio Baldó, tanto dio hasta que le encontró una cicatriz escondida tras una bolsa de aire en el pulmón izquierdo. ¿Sabes cómo lo curó? Inmunizándolo con su flema. Lo vacunaba con ella y esas vacunas eran tan fuertes que le dejaban el brazo como un jamón. Pero se curó. Sin embargo, la sensibilidad en los pulmones la conservó toda la vida.
A Carlos la playa le hacía mucho bien. Se puso tan moreno de tanto sol que tomó, que una vez una enfermera le fue a poner una inyección y cuando se bajó el pantalón la enfermera exclamó: “¡Pero si es blanco!”. A los 50 años un doctor le recomendó la natación para fortalecer los pulmones, Carlos se buscó un profesor y aprendió a nadar. Ése fue uno de sus mayores orgullos. En cambio yo nunca aprendí, ni Pimpa tampoco, ni Papá que era de Río Caribe aprendió a nadar. La gente empezó a nadar cuando comenzaron a hacer piscinas en Venezuela. Sólo mi hermana Beatriz aprendió, ¡qué fue lo que no aprendió Beatriz!
De niñas también temperábamos en Antímano. Aquello era divino. Alquilábamos una casa y nos íbamos con los Rodríguez Amengual y la tía Cheché. Antímano era un pueblito humilde de casas pequeñas, pero muy decentes. Todas las mañanas me sacaban a pasear porque yo estaba convaleciente de tifus, y los moradores nos saludaban muy amables. Nosotros comprábamos huevos y legumbres cultivadas en sus patios.
Antímano quedaba como a media hora de Caracas en tren. Papá y Henrique Rodríguez, el esposo de mi tía Carlota, iban todas las mañanas a Caracas a trabajar y regresaban por la tarde en el tren de las seis. En uno de estos viajes les sucedió algo asombroso: vieron a mi tío Bayal, el sobreviviente de los morochos Amengual, sentado en el asiento de atrás del tren. Ellos lo sabían prófugo en Santo Domingo, República Dominicana, y pensaron que había regresado pero que no los había saludado para no levantar sospechas. El tío Bayal estaba exilado por haber participado en un complot contra Gómez.
Los morochos, Vicente y Luis Rafael, eran los únicos hermanos varones de Mamá. Vicente murió trágicamente a los 17 años en la plaza Candelaria de un tiro en la espalda. Su asesino fue un amigo a quien le había dado un pescozón, y éste ofendido se fue a su casa a buscar un revólver y lo mató.
Luis Rafael era un tarambana simpatiquísimo y buen mozo, tenía estampa de artista americano. Entró en la revolución con Román Delgado Chalbaud. Se tuvo que ir de Venezuela y no pudo regresar hasta el día en que Papá y el tío Henrique juraron verlo en el tren a Antímano. Días después nos llegó la noticia de que el tío Bayal había muerto en Santo Domingo, solo y triste, de una violenta enfermedad. Su muerte coincidía con el día en que Papá y mi tío lo vieron, sería en espíritu, en el tren.
El turismo acabó con el temperamento. Yo oigo a los jóvenes de hoy hablando de sus vacaciones: Miami, Miami, y pienso que nos hemos salido de escala, Adriana, dejamos de ser lo que éramos. Ahora somos unos pitiyanquis: ni venezolanos, ni americanos. No critico al progreso sino a la pérdida de nuestra personalidad. Ya nadie come conserva de coco. Hoy muchos hablan intercalando palabras en inglés: Okay, all right. Tu abuelo lo decía: “nos hemos convertido en unos cocos-colos”. Y es la verdad.

Capítulo de Margot, retrato de una caraqueña del siglo XX

lunes, 10 de marzo de 2008

G.I. YO

Estaba aterrada, para qué negarlo, petrificada ante la posibilidad de que Venezuela entrara en guerra con Colombia. No sólo por las consecuencias catástroficas que habría tenido semejante enfrentamiento sino también por razones egoistas, después de todo pertenezco a una generación que creció con una franja rayada al este del mapa de Venezuela que decía: “zona en reclamación”; con los libros de texto de historia y geografía prometiéndonos que tarde o temprano la zona conocida como “la Guayana Esequiba” que nos arrebataron los ingleses con la complicidad gringa en el Laudo arbitral de París en el año 1899, volvería a formar parte de Venezuela.
Para varias generaciones de niños venezolanos, hasta que el presidente Chávez lo reconoció como pleito hace tiempo perdido, el Esequibo –que prometía ser una zona rica en recursos minerales- más que un limbo limítrofe era una bomba de tiempo. Y la mayoría de quienes nacimos en los años 60 en democracia y crecimos en el auge petrolero, nos sentíamos cualquier cosa, menos guerreros.
Por eso después de tanto coco con la “zona en reclamación”, nos tomó de sorpresa que a principios de los años 80 la primera afrenta fronteriza que nos tocaría vivir no llegara por el este sino por el oeste, cuando en unos mapas colombianos ni la puntita que nos queda de la península de la Guajira estaba señalada como nuestra. Los nacionalismos se exaltaron, salían en los periódicos mapas de los últimos cien años que demostraban de cómo Venezuela había ido cediendo terreno a Colombia. Si seguíamos así, pronto perderíamos hasta el golfo de Venezuela.
A pesar de que apenas era una colegiala, recuerdo como un impasse diplomático – con tensión pero sin insultos ni groserías- este roce entre países hermanos que eventualmente se subsanó al dejarle claro a los colombianos que la puntita guajira que nos quedaba, ¡se respeta, carajo!
Para hacernos respetar, había que reforzar las Fuerzas Armadas primero, y se decretó que los venezolanos al cumplir 18 años nos inscribiríamos en el servicio militar. Por primera vez en la historia republicana de Venezuela esta ley aplicaba tanto para hombres como para mujeres. Así, recién graduada de bachillerato, a punto de entrar en la Escuela de Artes de la Universidad Central, tuve que inscribirme en el Servicio Militar, aunque mientras no hubiera guerra, los estudiantes estábamos exonerados.
Yo, que le tengo terror a los aviones, me anoté en la Fuerza Aérea. No fue un caso de demencia temporal, tampoco me picó la fiebre de Top Gun ni me invadió el espíritu de Amelia Earhart; a pesar de que pertenecía a la primera generación de mujeres criollas criada bajo los preceptos de la liberación femenina, creyendo que las mujeres y los hombres teníamos los mismos derechos y deberes, a la hora del arte de la guerra, retrocedí a la época de las abuelas: era incapaz de imaginarme vestida de verde militar con un fusil al hombro en una trinchera.
Por lo visto no era la única chama de mi época carente de espíritu bélico, y como todo en este país, no se había terminado de decretar la ley cuando ya había una salida a ella: en las heladerías, en las fiestas y en las discotecas se corría el dato que las mujeres debíamos inscribirnos en la Fuerza Aérea porque la igualdad de sexos en el ámbito castrense tenía su límite a la hora de darnos a pilotear un F-16. Se decía que en caso de guerra, a las chicas inscritas en la Fuerza Aérea, nos asignarían trabajos de oficina. Yo, lejos de ofenderme, ofrecía llevar mi Olivetti.
Menos mal que en los 80, como en marzo del 2008, tampoco hubo guerra en la frontera. Sin embargo la tarjeta militar la llevé durante años en la cartera no me la fueran a pedir en una redada. Pero los tombos de entonces tampoco creían en la igualdad de los sexos, y si más de un amigo pasó preso una noche por no cargar su tarjeta militar, no supe de una mujer que se haya visto entre rejas por no tenerla.
Más de 25 años después sí me asusté cuando el Presidente Chávez, ante el ataque colombiano al campamento de la FARC en Ecuador, con el grito de: “¡Invasión! ¡Soberanía!” ordenó, tras una retahíla de insultos, cerrar la embajada de Colombia, mandar a las fronteras diez tanques de guerra, y que fueran calentando los motores de los aviones rusos recién comprados.
Traté de recordar dónde carrizo estaría metida mi tarjeta militar, me pregunté aterrada si todavía en algún lugar en Fuerte Tiuna quedará registro de que pertenezco a la Fuerza Aérea de Venezuela, porque de haberse declarado la guerra de la frontera, este gobierno tan loco como improvisado, a la hora de necesitarnos llamaría a sus reservistas veteranos para volar los Caza Rusos Sukhoi.
Y hoy no habría Olivetti que me salvara.

sábado, 8 de marzo de 2008

Intervenciones


“¡Intervención!”, el grito de guerra de los gobiernos de Venezuela y Ecuador, también es un concepto detestable para cualquier ucevista: en el contexto universitario significa que el Estado impondrá su ley. Pésimos antecedentes tiene la historia de la UCV de pasadas intervenciones; aunque no todas las intervenciones gubernamentales tienen que ser violentas: eliminar el examen de admisión es una manera de interferir en la autonomía universitaria.
Sin embargo hay intervenciones buenas, Luciano Matus, joven artista mexicano, vino a Caracas en noviembre de 2007 a participar en una exposición colectiva en el Celarg, y se enamoró de la Ciudad Universitaria. Matus, que es arquitecto, sorprendido de que Carlos Raúl Villanueva y su obra apenas fueron referencia de paso en sus estudios, quiso intervenir la Ciudad Universitaria con su arte efímero en lo que él llama “un reconocimiento del espacio”.
Dos meses después, Matus regresó a Venezuela a tejer en el techo de la Plaza Cubierta delgadas láminas de níquel para hacer simbiosis con el Pastor de Nubes de Arp, con el Anphion de Laurens, con los murales de Vasarely, Manaure, Léger y Navarro. Como la Ciudad Universitaria no es sólo artes plásticas, el “interventor” mexicano cubrió una pared de bloques calados en el hall de la Sala de Conciertos con papel lustrillo para jugar con la luz; marcó el jardín de chaguaramos para no olvidar la naturaleza; culminando su recorrido en Medicina Tropical, donde las láminas de níquel se esparcieron como un rayo luminoso que resaltaba la forma estructural del concreto armado. En la obra de Matus, como en la obra de Villanueva, nada es casual.
No es la primera intervención de un espacio histórico que hace Luciano Matus, desde el 2002 ha trazado sus telarañas por México, al sur de Paraguay, Guatemala, Lima, Cuzco y Cartagena. En Caracas escogió la Ciudad Universitaria no sólo porque le impactó el modernismo de la arquitectura de Villanueva y su relación con el arte y su medio ambiente, sino también por el mal estado en el que se encuentra este patrimonio mundial: la obra limpia llena de graffitis, jardínes secos, ventanas rotas, filtraciones…
La intervención del artista mexicano quiso servir de alerta para preservar un espacio que marca pauta en la integración de las artes en el mundo. Aunque no se puede negar que la Plaza Cubierta, corazón de la UCV, hoy tiene más vida que nunca. Ese jueves de febrero la telaraña de Matus vibraba con la energía de decenas de jóvenes estudiando, conversando, enamorándose, bailando, practicando artes marciales. Algunos ignoraron los hilos de níquel, otros los resintieron, muchos se pararon bajo ellos por unos segundos, absorbidos por su fuerza, hechizados por su entorno.
Menos afortunada fue la intervención publicitaria que se dio esa tarde en la Plaza del Rectorado a raíz de un evento musical: mientras Matus –tratando de ganarle al estruendo del reggaetón- resaltaba a quienes lo acompañamos en su recorrido: “¡cada detalle de la Ciudad Universitaria cuenta!”, una escultura de Francisco Narváez lucía despaturrada entre dos gigantescos inflables de plástico de un polivitamínico en promoción.
Los inflables y el estruendo musical fueron capaces de desinflar cualquier orgullo ucevista, sólo quedó asegurarle al artista invitado lo que él ya supondría: “nada más alejado al espíritu de la Ciudad Universitaria que Villanueva soñó”.

jueves, 6 de marzo de 2008

Testimonio de un rehen liberado.

"Nos llevaban como yo llevo a mi perro"
Luis Eladio Pérez, recién liberado por las FARC, evoca su pesadilla en la selva

PILAR LOZANO - Bogotá - 06/03/2008


Desde el ventanal del apartamento de Luis Eladio Pérez se ven los cerros que enmarcan Bogotá. Pero este hombre de 55 años, que pasó seis años, siete meses y 18 días en las cárceles de las FARC, quisiera tener en su lugar un paisaje de edificios y cemento. Los árboles le recuerdan su tortura. Pasó cuatro años encadenado del cuello, con un candado, amarrado a un árbol; sólo lo soltaban para ir al baño. "Nos llevaban como yo llevo a mi perro".


Su pesadilla empezó en Nariño, al sur del país, en 2001. No se ha curado aún del "ardor de ver la claridad". Permaneció mucho tiempo escondido bajo los árboles. "Casi nunca pude tomar sol; no nos dejaban buscar sitios abiertos porque podían detectarnos desde el aire. De noche, sólo nos permitían hacer fuego dos horas para secar la ropa; se cocinaba con gas para evitar el humo".

Han pasado apenas ocho días de su regreso a la libertad y no ha podido dormir. Le cuesta comer. "No imaginan lo difícil que es aterrizar de nuevo en la realidad", susurra.

Un día lo levantaron al amanecer: "Vamos en lancha, esta vez va acompañado". Vio a dos mujeres y reconoció a una: "Era Ingrid Betancourt, habíamos sido colegas en el Senado. Nos abrazamos con emoción y estuve hablando ocho horas seguidas, río abajo. En aquel momento yo llevaba dos años solo; ¡hablaba con los árboles!".

Era agosto de 2003. Ingrid y Clara Rojas llevaban un año largo secuestradas. "[A Ingrid] la habían engañado. Estaba entusiasmada, pensaba que iban a liberarla. Incluso le hicieron una despedida, con whisky".

En aquel momento empezó una larga y "bella amistad", aunque les separaron en julio del año pasado. "Por Ingrid y por mi familia estoy vivo", reconoce. Ella lo cuidó cuando estaba enfermo, le metía azúcar a la boca cada vez que le daban crisis de diabetes. "Hasta la ropa me lavaba... Yo también le ayudaba en lo que podía".

Juntos intentaron una vez escapar. Fracasaron. A los cinco días se entregaron a los guerrilleros y luego empezaron los castigos. Y fue Ingrid la que le comunicó la muerte de su madre. "Nos habían quitado las radios, pero ella logró esconder una. Fue muy duro; sobre todo reprimir el dolor para que los guerrilleros no se dieran cuenta".

Ingrid, dice, es consciente de que es la joya entre los canjeables. "Lo asume con tristeza". Cuenta que es una mujer fuerte, muy disciplinada, hace ejercicios todos los días. Y hacían ejercicios de memoria. Usaban dos libros, los únicos que tuvieron permanentemente: Ingrid, la Biblia; él, el Quijote. Los leyeron muchas veces, "para que la memoria no se anquilosara".

Tras la separación forzosa, volvieron a verse hace poco cuando se cruzaron, él ya de camino hacia la libertad. Le sorprendió mucho verla tan desmejorada. "No sé qué le pasó; en los cinco minutos que hablamos no tuve tiempo de preguntarle". Desde julio, Betancourt comparte campamento sólo con policías y militares y la convivencia con ellos ha sido siempre muy difícil. La guerrilla se ensaña contra Ingrid y los militares no la quieren, sostiene Luis Eladio.

Además, abundan las peleas propias de convivir 24 horas al día en condiciones extremas. Él asegura que hubiera preferido vivir su cautiverio solo, "hablando con los árboles". Cuando hay peleas, cuenta, la guerrilla empieza a disparar al aire. "Los castigos son encadenarlos, amarrados el uno al otro y darles un solo plato para comer".

A los carceleros -casi todos muy jóvenes- los jefes guerrilleros les inoculan "resentimiento" contra los rehenes: "Les decían que nosotros éramos los oligarcas, los burgueses, los responsables de que el país esté tan mal". Ello les hacía "inmunes" a su dolor. Además, los espacios de acercamiento eran contadísimos: "Nos regalaban leche en polvo, sal, cambiábamos a veces cigarrillos". Poco más.

Luis Eladio no tuvo nunca oportunidad de charlar sobre política con un mando fariano: "Uno se siente una mercancía; Ingrid decía que había que tener mentalidad de maletín. No se puede preguntar: '¿Vamos a dormir aquí?', '¿La marcha es larga?'. Nadie responde. Cero comunicación", dice.

Paradójicamente, uno de los guerrilleros que más lo odiaba le dio la mano en uno de los muchos momentos difíciles. "El pasado 31 de diciembre estaba mal. Ya no veía posibilidades de salir. Llamé al comandante y pedí que me dejara enviar una carta a mi familia. Pero la carta era de despedida. Él lo entendió. 'Tranquilo', me dijo, 'tomémonos un vino'. Y trajo una botella. Este tipo que me odiaba se sentó conmigo a tomar: 'Qué le pasa, tranquilo, tómelo con calma', me repetía".

¿Su formula para resistir? "No guardar rencor ni acumular amargura por las constantes humillaciones y maltrato". "¿Para qué ponerme bravo con muchachos que cumplían órdenes, que habían buscado una opción de vida a través de la guerrilla?", se pregunta. Y añade otro elemento clave para sobrevivir: "No ser rodillón ni claudicar. Protesté por la mala comida, por maltrato, hice huelgas de hambre...".

El ingrediente principal fue, sin embargo, el humor: "Yo era la alegría del campamento; trataba de contribuir para escapar de la rutina de pensamientos como '¿Vamos a salir vivos?'. Aquí, uno piensa en la vida. Allá, en la muerte".

(Publicado en El País)

martes, 4 de marzo de 2008

Editorial de El País de España



Crisis a tres bandas

04/03/2008

La muerte del número dos de las FARC y una veintena de insurgentes en un ataque colombiano en territorio ecuatoriano ha desatado una grave crisis diplomática. Venezuela y Ecuador han enviado tropas a sus fronteras con Colombia y han retirado a sus embajadores en Bogotá. El incidente ha puesto al Gobierno de Álvaro Uribe en una situación política y militar delicada.

Resulta evidente que la acción colombiana exigía explicaciones previas a Ecuador, aun tratándose de una lucha legítima contra una organización ilegal en un lugar remoto y en condiciones extremas. Bogotá se ha apresurado a pedir excusas a Quito, que si pareció aceptarlas inicialmente, se ha sumado después a los inflamados puntos de vista de su aliado Hugo Chávez. Porque una vez más la sobreactuación viene del líder venezolano, que ha insultado chulescamente a su homólogo colombiano y utilizado un lenguaje bélico inadmisible en quien no es parte perjudicada. La querencia de Chávez por las FARC -para quien pide sin rebozo el estatuto de ejército combatiente- arrasa la decencia mínima exigible a un jefe de Estado. Pero tan importante como esta grave afinidad es el hecho de que necesita un chivo expiatorio para galvanizar a los suyos tras la derrota en las urnas de diciembre y los estragos del desabastecimiento venezolano.

Uribe ha franqueado el Rubicón con su acción en Ecuador. Si algo queda claro con la muerte de Raúl Reyes es que Bogotá profundiza su acoso contra la insurgencia, convertida con los años en esclerotizada fuerza narcoguerrillera, privada de iniciativa militar y progresivamente vulnerable. Para las FARC, la desaparición del yerno de Marulanda representa el mayor golpe en muchos años. El contundente mensaje debería modificar la estrategia de sus dirigentes hacia una salida política negociada. Es improbable que la crisis abierta entre los tres países andinos con estrechos lazos comerciales llegue a mayores, pero sería insensato achicar los peligros de la tensión que Chávez viene acumulando en la zona. Si es el momento de que Bogotá -que se desmarcaba ayer de esta estrategia al anunciar que no reforzará sus tropas fronterizas- haga los esfuerzos necesarios para recomponer sus relaciones con Ecuador, también lo es de que los mediadores interamericanos se tomen en serio un conflicto que puede acabar desestabilizando la región.

lunes, 3 de marzo de 2008

La última cruzada de Teresona.


Los últimos años de su vida mi tía Ana Teresa los dedicó a una cruzada contra las televisoras nacionales, para ser más exacta, en contra de Radio Caracas Televisión. Su arma: la pluma, en todo el sentido de la palabra (hace diez años no era común que las octogenarias usaran las computadoras con la destreza de un adolescente). Su campo de batalla: la prensa. Teresona se servía de cuanto periódico le publicara sus indignadas cartas de protesta por los súbitos cambios de horarios en la programación.
A mediados de los años noventa todavía la política no lo era todo en la vida de los caraqueños, por eso la gesta de Ana Teresa no tenía que ver con hegemonías socialistas, ni medios golpistas, ni ninguno de esos eufemismos utilizados por el gobierno para justificar quitarle la concesión a una emisora disidente del credo revolucionario; más bien era una lucha romántica del individuo contra su entorno: una mujer enfrenta sólo con la fuerza de su verbo la tiranía del rating.
Quizás esta guerra asimétrica se debía en parte a que el único hijo de Teresona no tuvo descendencia. Por eso esta matrona caraqueña llenaba las lagunas de afecto y de preocupación reservada a los nietos, con los personajes de las telenovelas. En esta empatía radicaba precisamente el conflicto entre la doña y RCTV: supongamos que Ana Teresa se entregaba a los avatares de Rosa Amelia, quien soportaba callada los maltratos de su hija la malcriada Valentina, arrebatada de sus brazos al nacer por la malvada doña Victoria; cuando de repente, sin aviso, en el canal de Bárcenas cambiaban “Sacrificio de una madre” por algo así como “¡Qué chichas las de Lola!”, y empezaba para Teresona un vía crucis para seguir las penurias de Rosa Amelia, porque “Sacrificio de una madre” la podían pasar cinco minutos a las diez y cuarto de la noche, o diez minutos a las tres y veinte de la tarde, o un ratico después del noticiero, o la sacaban del aire, entonces Ana Teresa, que era de malas pulgas, empuñaba su pluma para quejarse a la planta de Bárcenas por semejante irrespeto con el televidente.
Hoy, que RCTV se ve amenazado no por las cartas de una iracunda matrona sino por un gobierno que quiere ponerle fin a la disidencia mediática, me da por recordar a mi difunta tía abuela. ¿Hace cuánto murió? ¿Antes o durante la V República? Ocho años de un mismo hombre en el poder que promete quedarse veintitrés años más, deja de parecer un gobierno y se convierte en una eternidad.
Las fechas, los eventos cotidianos y los excepcionales, se confunden, y cuesta horrores acordarse cómo vivíamos a.CH (antes de Chávez), en aquellos años -parece siglos atrás- cuando el enfrentamiento político no eclipsaba nuestras vidas y los ciudadanos nos embarcábamos en entelequias como pelear el cambio de horario de una telenovela.
Sin embargo, no desprecio la cruzada de la tía Ana Teresa, también he sufrido el despecho de un culebrón partío: hace años me enganché en una producción brasilera que pasaba RCTV después de almuerzo, un whodunit donde asesinaban uno a uno a los miembros de una decadente familia en su tenebrosa mansión. Cuando la intriga no podía ser mayor, la novela desapareció por falta de rating. Pero RCTV no es el único aniquilador de culebras, en diciembre me entusiasmé en Venevisión con la estupenda producción brasileña “América”, una historia de inmigrantes ilegales que dictaba cátedra por su calidad. En enero la cambiaron del horario de la tarde a las 12.45 de la medianoche.
¡Que los números mandan un cuerno! No le perdono a Venevisión ni a RCTV que cambien calidad por rating, aunque ambos canales sean empresas de entretenimiento masivo, a veces bueno, a veces malo, a menudo pésimo; pero masivo al fin, y que su principal objetivo sea comercial, por lo tanto tener en alto los benditos números de audiencia.
Pero a pesar de mi molestia como televidente, hoy me quito el sombrero con los directivos de RCTV, no por sus espacios dramáticos que tampoco asumen el papel político que en su momento tuvo “Por estas calles”, sino porque a pesar de que su negocio son las telenovelas, y que en Venezuela se ha vuelto un asunto de supervivencia bajar la frente ante el poder -como lo hicieron otros medios de comunicación-, el canal ha tenido la dignidad y el coraje de mantener su postura disidente ante un gobierno que cada vez tolera menos que se le contradiga.
Algo me dice que a pesar de que le quitaban su telenovela, Teresona habría alzado su pluma para aplaudirlos.