miércoles, 30 de junio de 2010

Mala leche



Las malas mañas se pegan: encontré en la nevera un litro de leche Carabobo vencida.  El hallazgo ocurrió la lluviosa tarde de domingo en la que la oncena de Brasil derrotó a Costa de Marfil 4 a 1. Me disponía a celebrar el resultado del  fútbol con un delicioso café asumiendo que tenía en la cocina una tripleta difícil de conseguir en la actual Venezuela: café, azúcar y leche.  Aprovecharía la leche fresca que había comprado el martes anterior, debía estar por vencerse. Cuando la fui a abrir me di cuenta con horror que su fecha de expiración  ya había pasado.  
Somos producto de nuestros tiempos, con un niño y dos adolescentes en casa supuse que la leche fresca no habría de caducar. A lo mejor pequé de acaparadora al descubrir en la nevera de la panadería el añorado empaque azul con la vaquita sonriente.  Compré dos. Me recordaba tanto a mi infancia cuando todas las mañanas en la puerta de casa amanecía la prensa, una bolsa de pan y dos litros de leche Carabobo. 
Recién casada, a principios de la década del 90, traté de seguir esa tradición, pero desde hace años sólo recibo la prensa en las mañanas: el llamado pan de a locha dejó de ser repartido a domicilio, y, con el auge de los empaques de larga duración, es más cómodo comprar leche homogenizada que dura meses en la despensa, que la leche pasteurizada que a menudo se vence en la nevera.
Lástima que desde hace varios meses la leche que se consigue en Venezuela rara vez es de producción nacional, es importada de países sureños, de marcas desconocidas y sabe aguada. Hasta es difícil conseguir fórmula maternizada, ni se diga las leches especializadas como la de soya. Tenía aproximadamente una semana sin encontrar leche de ningún tipo cuando una tarde por casualidad me topé en una panadería con leche Carabobo. Cuando la ví, tan sonreída la vaquita, me llevé 2 litros pensando que en casa se la habrían de tomar antes de su fecha de vencimiento.
Aparentemente mis chamos se desacostumbraron a beber leche pasteurizada, quizás porque en esta Caracas revolucionada es difícil conseguir buen cereal, y ellos las bebidas achocolatadas prefieren prepararlas con leche en polvo porque quedan más cremosas.
Así que uno de los litros de la pobre vaquita Carabobo se quedó en la nevera descomponiéndose como toneladas de leche podrida que han ido apareciendo estas semanas a lo largo del país.  Vencida como tantos alimentos importados por el Gobierno revolucionario que, o se perdieron porque no se tuvo capacidad de distribución pudriéndose en los puertos, o porque los compraron vencidos.
Pero esa lluviosa tarde no me quedaría sin mi café, días antes, en una de mis masoquistas visitas al mercado socialista Bicentenario, encontré leche de larga duración de una reconocida marca transnacional. Con confianza compré dos litros asumiendo que serían de calidad garantizada. Su fecha de vencimiento decía  8/2010. Cuando vertí parte del contenido en una ollita para calentarlo, en lugar del ansiado líquido blanco salieron unos grumos que no pensaba engullir, mucho menos dárselo a mis hijos.
Por fin preparé el café con la leche Carabobo, a pesar de estar pasada de fecha, sabía bien. La de larga duración comprada en Bicentenario la boté por el desagüe, espero no haya dañado las tuberías. Quizás use la leche Carabobo para hacer dulce de leche cortada, sólo tengo un problema: el azúcar en casa no alcanza sino para el café.

Artículo publicado en El Nacional el lunes 28 de junio

lunes, 28 de junio de 2010

Silva Rerum


Justo el Día del Periodista terminé de leer "La Guerra del Fútbol" (Quinteto-2009) de Ryszard Kapuscinski, una serie de crónicas publicadas por primera vez en 1990 que abarcan desde sus inicios como corresponsal en África a principios de los años 60, finalizando con una entrevista que le hizo Bill Buford en 1987.
Kapuscinski no siente empacho en afirmar que hace Literatura utilizando las herramientas del periodismo, después de todo sus inicios fueron como poeta, pero no quiso seguir el ejemplo de la Literatura Europea que narra dramas domésticos, para Kapuscinski había demasiadas historias en el mundo que quedaban por contar, como periodista encontró una veta inexplorada en África, que a mediados del siglo XX se despertaba del colonialismo europeo. 
La Guerra del Fútbol comienza con una hermosa crónica describiendo el calor del trópico sólo tolerable con enormes dosis de alcohol. El insomnio que ese calor conlleva, noches enteras en vela. La plaga. Menudencias comparadas con el estado de turbulencia de un continente en el que no es inusual acostarse a dormir con un presidente y despertar con otro. 
27 revoluciones y Golpes de Estado alrededor del mundo le tocó presenciar a Kapuscinski como corresponsal de la Agencia Polaca de Prensa: vivió sacudones políticos en Ghana, el antiguo Congo Belga (hoy Zaire), Algeria, Mozambique, Nigeria... en tiempos en los que cualquier rostro blanco era considerado enemigo. 
A pesar de simpatizar con su lucha contra el Imperialismo, Kapuscinski admite que casi siempre los carismáticos luchadores africanos al llegar al poder desembocaban en tiranos porque no obstante las buenas intenciones de muchos de estos líderes, años de colonialismo y atraso eran responsables de problemas de difícil solución, comienzan las críticas, los descontentos, para contrarrestarlos se suele recurrir a la acumulación de poderes, por ende la represión, y eventualmente suceden los golpes de Estado, comenzando un nuevo ciclo de tiranía.
Más de una vez cuenta el periodista que estuvo a punto de morir por encontrarse en lugares donde todo  hombre blanco era culpable, de poco servía un imparcial carnet de corresponsal, pero también casi sucumbe a diversas enfermedades tropicales: en Lagos pasó en cama dos meses cundido de llagas que le supuraban, antes de regresar a Varsovia hecho un estropajo. En la Agencia Polaca de Prensa lo pusieron a trabajar tras un escritorio. El inquieto corresponsal no toleró la inactividad mucho tiempo y en la Agencia sintiéndolo como tigre enjaulado, lo enviaron como corresponsal a América Latina.
No logró Kapuscinski sintonizar con nuestro continente como lo hizo con África, él dice que quizás porque África representó su juventud, pero también se sentía incómodo en un continente donde la diferencia entre los pocos que tenían mucho y los muchos que tenían poco era avasalladora. Y lo sigue siendo. 
Hace 6 años, ya un viejo periodista retirado en plan de conferencias, Kapuscinski visitó Venezuela, habló en la CAF en correcto español en una sala repleta de periodistas ansiosos de absorber la sabiduría de uno de los grandes maestros del oficio. Aunque la situación política no estaba tan álgida como ahora, la acumulación de poderes de toda tiranía que describe Kapuscinski en La Guerra del Fútbol comenzaba a ser característica del régimen chavista. Sin embargo aún hoy hay que reconocer que estamos a una gran distancia de esas circunstancias extremas que narra el periodista en sus libros: no se puede hablar de genocidio, ni de fusilamientos, ni de aldeas exterminadas; quizás por eso Kapuscinski nos trató como niñitos malcriados, sólo le faltó decir: "¿qué saben ustedes lo que es una guerra?", pero fue gentil, no maleducado, se negó a opinar sobre el caso Venezuela por no conocerlo en profundidad. Sólo dio una lección de tolerancia, hay que hacer lo imposible por evitar la guerra, como escribe en La Guerra del Soccer: "la guerra acoge a todos por igual bajo su ala negra".
En La guerra del Soccer Kapuscinski narra varios tipos de guerras: civiles, entre países vecinos, invasiones. No sólo las vivió como corresponsal, también nació y pasó su infancia en un país europeo invadido: Polonia, que después de sobrevivir al fascismo y a los campos de exterminio, fue dominado por la recia mano de un Estado Comunista, en la que Kapuscinski se formó como militante.
Al final de su vida el periodista viajó por el mundo predicando la tolerancia, si alguien supo de primera mano los efectos desoladores de la Guerra fue él. Murió un año después de su visita a Venezuela a los 73 años, dejó como legado sus libros, que algunos clasifican más literatura que periodismo. El prefería llamar su estilo Silva Rerum, crónicas de vida: "la historia de lo que he visto viajando...". 
En la  respuesta final de la entrevista que le hace Buford, "¿Que por qué soy escritor?", Kapuscinski afirma: "Lo mío no es una vocación, es una misión. No me habría sometido a tantos peligros si no hubiese sentido que había algo definitivamente importante -sobre la historia, sobre nosotros mismos- que hacía falta contar. Esto es mucho más que periodismo".
Silva Rerum, haciendo literatura de lo que se fue testigo.

viernes, 25 de junio de 2010

Un hermoso muchacho


El libro lo vi en el aeropuerto de Nueva York. El título: Beautiful Boy (Mariner Books, 2009), decía mucho y no decía nada. Pero estaba entre la selección de los más vendidos de No-Ficción. La portada describía el tema: "el viaje de un padre por la adicción de su hijo". No precisamente lectura ligera, pero me interesó el curriculum periodístico de su autor David Sheff -ha publicado en New York Times, Rolling Stone, Playboy, Wired- así que lo compré.
Hay quien criticó estas memorias como un intento de sacarle dinero a la adicción de un hijo. No hay dinero que pague revivir semejante horror, porque la adicción de Nick, el Beautiful Boy, más que la historia de un drogadicto (Nick habría de escribir su propia historia: Tweak) es la de un padre y la desesperación de no saber cómo ayudar a su hijo.
No hay respuestas fáciles para las preguntas que tanto atormentan a las familias de los adictos: ¿Dónde fallamos? ¿Qué podemos hacer? En el caso de Nick no pudo haber sido un niño más querido, sus padres se casaron jóvenes, se divorciaron cuando tenía tres años y durante un tiempo compartieron su custodia amigablemente. Cuando la mamá de Nick se mudó de ciudad, un juez le dio la custodia a David, pero el niño pasaba las vacaciones completas con su mamá.
La infancia de Nick fue como la serie de los años 60: Buscando novia a Papá, padre e hijo contra el mundo. Nick era un niño dulce, con dotes de líder, amiguero, creativo;  eventualmente David se casó con Karen, una artista que siempre trató a Nick con cariño. La pareja tiene dos niños a quienes Nick adora.
Cuando David le encontró a Nick a los 12 años una bolsa de marihuana en el morral, como a cualquier padre responsable se le encendió la primera alarma, pero no habiendo sido él tampoco inmune al encanto de las drogas, trató de tomarlo como una fase de la adolescencia. Habló con el niño sobre los problemas que suelen traer las drogas y lo castigó. Dos o tres incidentes similares sucedieron durante la adolescencia de Nick sin que perturbara su buen rendimiento académico. Los problemas comenzaron en serio tras un verano de Nick en París a los 16 años, regresó distinto, le habría de confesar a su padre años después que ahí nació su adicción, no a las drogas sino el alcohol ya que en Francia, sin supervisión adulta, todas las noches se emborrachaba. Cuando regresó a casa ya era alcohólico, pero como tomar es difícil de esconder, sustituyó el alcohol por las drogas, siendo su droga de elección una de fácil acceso, y la más difícil de abandonar: la metanfetamina.
La adicción de Nick se agravó cuando entró a la universidad, legalmente ya era mayor de edad y su padre no podía obligarlo a entrar en rehabilitación, aunque muchas veces Nick accedía hacerlo. Desde entonces la felicidad a David se le acabó, su vida alterna entre el limbo de la rehabilitación cuando Nick parece haber batido su adicción, pero queda la duda de si volverá a caer, sentimiento que no se quita; y el infierno de la recaída, cuando ese Beautiful Boy es difícil de reconocer en el joven descuidado, mentiroso, capaz de robarle la alcancía a su hermanito para comprar drogas, que desaparece durante meses, incapaz de hacer cualquier actividad que no sea drogarse con metadona.


Beautiful Boy nació después de un artículo que escribió Sheff para la revista del New York Times: "Mi hijo adicto", tal fue el feedback recibido de miles de familias que estaban pasando por el mismo calvario, que el periodista decidió profundizar en esta historia de adicción que también casi acaba con él: antes de cumplir 50 años, David sufrió un derrame cerebral quizás causado por tanta angustia cada vez que el teléfono suena: puede ser Nick avisando que está vivo, que necesita ayuda, o alguien avisándole de su muerte.
Al finalizar el libro, en una segunda edición, David lamenta que su hijo no ha logrado vencer su adicción, aunque pasó casi 2 años sin consumir, pero nunca pierde la esperanza de que este Beautiful Boy algún día lo logrará. Lo más importante que el lector fue aprendiendo junto a David en estas impecablemente bien escritas memorias es que la adicción es como una enfermedad, cualquier padre está dispuesto a hacer lo que sea para salvar a su hijo, ayudarlo una y otra vez a entrar en rehabilitación, jamás se dará por vencido; pero no debe responsabilizarse de su adicción y debe aceptar que el adicto es quien tiene la palabra final.
Muchas lágrimas le ha costado a David darse cuenta que no tiene sentido preguntarse qué pudo hacer para evitarlo, si acaso no se debió divorciar de la madre de Nick, no separarlo de ella, ser más estricto... las preguntas son infinitas. Por eso es tan importante las reuniones de Al Anon, familiares que comparten historias y se ayudan mutuamente con sus experiencias. Las familias de los adictos se pueden parecer tanto y al mismo tiempo ser tan distintas. Una de las pocas satisfacciones que se permite Sheff en estas memorias es narrar cómo conoció a una señora que reconociendo su angustia de padre, le recomendó un libro: Beautiful Boy.
Sirva esta historia de un Hermoso Muchacho para acompañar a tantas familias que hoy viven este infierno.

jueves, 24 de junio de 2010

Los cuatro chiflados


“Lo que él hace no es escribir, es tipear”. 
“... escribe como si estuviera cumpliendo con un penoso deber”.  
 La primera frase pertenece a Truman Capote, es su opinión sobre el libro culto de los años 50: On the Road, de Jack Kerouac. La segunda frase pertenece a Oscar Wilde burlándose de su prestigioso colega  Henry James.
Hoy, mientras en Venezuela José Balza condena a los escritores vendidos al comercial mundo de la televisión y de los bestsellers, e Ibsen Martínez condena a los escritores que solo buscan ser leídos por una élite intelectual criolla; en los Estados Unidos se desarrolla una polémica similar entre cuatro escritores de incuestionable importancia en la literatura de habla inglesa del siglo XX: Tom Wolfe vs. Norman Mailer, John Updike y John Irving.
La pólemica yanqui se originó a raíz del éxito comercial de la segunda novela de Wolfe, Todo un Hombre(A Man in Full) publicada en 1998.  Su primera novela, La Hoguera de la Vanidades(1987), lo había convertido en un raro animal de las letras modernas: alabado por la crítica, comercialmente exitoso. Once años tardó Wolfe en publicar su segunda novela: “Si a mis niños les preguntaban ¿en qué trabaja tu papá? Ellos contestaban: escribe, y nunca termina, un libro que se llama  Todo un Hombre”. 
Wolfe justifica los once años invertidos en esta obra en la rigurosa investigación que realizó para que su novela fuera fiel reflejo de la realidad que intentaba describir. Todo un Hombre, cuya gran protagonista es la ciudad de Atlanta, logró alcanzar el mismo éxito crítico-comercial de La Hoguera de las Vanidades, con tres notables excepciones: Norman Mailer, John Updike y John Irving, tres escritores norteamericanos contemporáneos de Wolfe, con muy poco en común entre ellos, quienes coincidieron en catalogar a Todo un Hombre  como “periodismo”, jamás literatura.


Mailer, polémico desde su juventud, acababa de publicar una autobiografía de Jesucristo, El Evangelio según el Hijo. Updike, famoso por su serie Rabbit, estaba por publicar Gertrude and Claudius, una precuela de Hamlet. John Irving, escritor con mayor éxito comercial que crítico, promocionaba  My Movie Business, memorias sobre su experiencia como guionista hollywoodense.
 Siempre impecablemente vestido de blanco, el elengatísimo Tom Wolfe no cuenta tres para gritar: “¡Quítenme la pajita!”. Y ante las despectivas palabras de sus colegas sobre el fruto de once años de trabajo, publicó un artículo titulado My three Stooges(Mis Tres Chiflados), en el que logra de un solo plumazo burlarse despiadadamente de sus tres contrincantes, defender su obra, y asumir  posición sobre el camino que debe tomar la literatura en búsqueda del lector perdido.
  Updike había escrito sobre Todo un Hombre: “No se puede considerar literatura, ni siquiera en la más modesta de sus formas. Wolfe no es un novelista sino un periodista”. Mailer opinó “Wolfe no es un novelista sino un periodista que nos abandonó y ahora vive en el reinado King Kong de los mega-bestsellers”. El más soez fue Irving: “¡El problema de Wolfe es que no sabe escribir un coño!  ¡El no escribe novelas- él escribe hipérboles periodísticas!” .
“Larry, Curly y Moe. Updike, Mailer e Irving. Mis tres chiflados” los reunió Wolfe en un solo saco. En inglés la palabra stooge, traducida al castellano como chiflado, se refiere al actor secundario cuya utilidad es darle la oportunidad a los actores principales para que se burlen y se luzcan a sus costillas.
 Lo que para muchos escritores resultaría un insulto, ser tildado de “periodista”, para Tom Wolfe resultó el mejor de los halagos: “Todo un Hombre es un ejemplo evidente de la nueva dirección que la literatura está tomando: la novela intensamente realista, basada en el reportaje, que se sumerge por entero en la realidad social de la America actual- una revolución más de contenido que de forma- una revolución que pronto logrará que muchos artistas, como nuestros tres viejos novelistas, parezcan afeminados e irrelevantes”.
 Wolfe acusa a sus tres detractores de haber perdido la brújula que los conecta con los lectores contemporáneos “Son autores talentosos. Todo lo que estoy diciendo es que han desperdiciado sus carreras al no involucrarse con la vida que los rodea”.
 Para Wolfe, Mailer es el caso más lamentable por ser el autor de La Canción del Verdugo(1979), novela bien documentada sobre Gary Gilmore, convicto que exige su ejecución: “Explotando esa mina de oro reporteril escribió su mejor novela desde que en 1948 había escrito Los desnudos y los muertos”.
 A Wolfe tampoco le quita el sueño ser considerado simple “entretenimiento”: “Balzac, Shakespeare,  Dickens, Dostoievsky, Tolstói, Gogol, Zola, Ibsen, Shaw, Twain, fueron  populares en sus días, y todos estarían muy divertidos por este intento de ubicar a la literatura en un lado de la cerca, y al entretenimiento y la popularidad en el otro lado”.
 Las controversias pasan, y sólo el tiempo dirá  las obras que merecen  pertenecer a la historia de la literatura, y las que están destinadas a languidecer en el limbo de los tablones de remate, antes de desaparecer para siempre.  

Mi primer artículo publicado en Papel Literario como en el año 2000.

lunes, 21 de junio de 2010

El pitiyanqui


Una tarde de junio el fanático de mi marido llegó a casa anunciando a la familia que tenía una sorpresota en el estacionamiento. Imaginamos que por fin se decidió a cambiar su viejo Corola y corrimos escalera abajo para dar una vuelta en el carro nuevo.  Nos esperaba un balde de agua fría, sí, papá hizo un cambio, pero de oncena: en una ventana del Corola 92 en lugar de la de España, estaba enganchada la bandera de los Estados Unidos. Mientras el muy fanático alzaba el puño vencedor: “Yes we can!”, el resto de la familia se abrazó aterrada, qué sería de nosotros en esta Venezuela revolucionada con un papá que exhibe su orgullo pitiyanqui.
Semejante fanatismo tiene lógica: nació en los Estados Unidos, hijo de estudiante universitario, aunque su familia regresó a Caracas cuando tenía 2 años, y a dear old USA no ha vuelto sino de vacaciones. Pero ahí está el certificado de nacimiento que dice Atlanta; no Madrid, ni Buenos Aires, ni Río, ni Roma, ni Berlín: “Si la Vinotinto no va al Mundial, porqué voy a ir por otro equipo que no sea del país donde nací”.
La que se lo ha tomado peor es Camila, la hija mayor, no es fácil ser universitaria con un papá pitiyanqui. No acepta ir en el Corola para ningún lado. La comprendo, qué habrían pensado mis compañeros ucevistas de verme en un carro con una banderita del Imperio. Si hasta adulta contemporánea, al salir en el viejo Corola, temo que nos caigan a huevazos como a Nixon cuando visitó Caracas en el 58. .
No lo niego, me gusta el cine, la literatura, la televisión y la música norteamericana, siento pasión por Nueva York, soy fan de los Yankees y me encanta la comida chatarra, pero era bueno saber que por lo menos había algo donde los gringos eran los débiles de la partida: el fútbol, que ellos llaman soccer, deporte en el que no tienen tradición.
Pensé que el pitiyanquismo de mi marido se desinflaría rápido cuando Estados Unidos, en su primer juego en el Mundial 2010, se enfrentara contra Inglaterra. Pero sucedió lo inimaginable: un empate, aunque el fanático insista que debieron ganar los gringos porque los árbitros le perdonaron dos faltas a los brits.
Desde entonces el ringtone de su celular es The stars-spangled banner, imponente himno en el Yankee Stadium, pero sospechoso en la Venezuela antimperialista. Por eso ante lo que él llama el injustísimo empate de los Estados Unidos con Eslovenia y hasta que dure la racha estadounidense en el Mundial, por la salud mental de la familia, el pitiyanqui será exiliado a su Embajada.

Artículo publicado en el cuerpo de deportes de El Nacional el lunes 21 de junio

sábado, 12 de junio de 2010

Graterolacho



Por razones de espacio no agregué en el pasado artículo uno de los mayores antídotos contra el fanatismo según Oz: el sentido de humor.  Para Amos Oz quien es capaz de reírse de sí mismo y de sus circunstancias es inmune a fanatismos porque una de las principales características del fanático es su carencia de humor, sería una muestra de debilidad, siempre hay que atacar. Por eso lo reemplaza con el sarcasmo, que es lo contrario al humor porque el sarcasmo es mofarse de los demás. 
Ayer murió el gran Manuel Graterol "Graterolacho", quien vivió 75 años desperdigando genialidad: fue publicista, escritor, compositor, poeta, humorista, y de hace un tiempo para acá, twitero. 
Con más de 30 mil seguidores, Graterolacho usó la plataforma de twitter para demostrar su talento para el verso y su ojo crítico del agobiante momento político que vivimos los venezolanos. Hasta hace 5 días estaba twiteando contra los abusos del Gobierno: 


"Cómo quiere que no escriba/ sobre tanta represión/ y mantener siempre viva/ La Libertad de Expresión".


Su último tweet la noche del 7 de junio fue burlándose de su propia dolencia:


"Ahora tengo la garganta/ comenzándome a doler/ y me dispongo a comer/ sin papa el sapo no canta".


El sapo no cantó más, ayer se le paró el corazón tras una afección pulmonar. La pajarera entre el furor del Mundial y la orden de aprensión a Guillermo Zuloaga -propietario del canal Globovisión- se volcó a despedir al gran Sapo con todo tipo de versos. 
Fue tan sentida la muerte de Graterolacho que los dos grandes ejecutores del ejercicio del sarcasmo a favor del gobierno, Mario Silva y Alberto Noria, reconocieron ante las cámaras de VTV que para ser escuálido, Graterolacho conservaba sentido de humor, que según quienes se ganan la vida burlándose de la oposición desde el canal del Estado, es una característica difícil de encontrar en los "escuálidos" tan amargados por el liderazgo de su Comandante. 
Quizás el error esté en la definición de humor, habrá que regalarles al conductor de La Hojilla y al de Los Papeles de Mandinga el librito Contra el Fanatismo, recordarles que el sarcasmo es lo contrario del humor, humor era Graterolacho, no los bufones de un gobierno autoritario, el humor desenmascara el poder, no lo sustenta, como demostró el Camaleón mayor hasta sus últimos versos:


"Cuando tu ves a un señor/ amenazando a la gente/ con un lenguaje indecente/ No es más que un abusador".


Adiós Graterolacho, un espejo de lo mejor del venezolano.


La foto la tomé en la marcha del año pasado por la Libertad de Expresión.

Contra el fanatismo


En las librerías se consigue un librito que recomiendo leer: “Contra el Fanatismo” del escritor israelí Amos Oz, y no digo un librito de manera despectiva, porque es una gran lectura, sino porque este trío de ensayos publicado por la colección Debolsillo de Random Mondadori, cedidos por la editorial Siruela, apenas pasan las 100 páginas, y el ensayo que le da el título al libro: “Contra el fanatismo”, no llega a 30.
Eterno favorito al premio Nobel de Literatura (quizás termine ganando el de la Paz), Amos Oz nació en Jerusalén en el año 1939, periodista y escritor, se ha destacado por su activismo político mediando una salida pacífica al conflicto entre judíos y palestinos. “Contra el fanatismo” es una conferencia dada en enero del 2001 donde aboga por la empatía, sentimiento contrario al fanatismo porque en el momento en el que se establece conexión humana entre aquellos de diferente ideología, se les hace difícil odiarse y se buscan solucionar los conflictos más en base a lo que une que a lo que distancia.
El asalto israelí a la flotilla de activistas en Gaza aleja cualquier solución pacífica en el Oriente Medio, no soy experta en este conflicto que ha causado tantas penurias y que pareciera no tener solución a mediano plazo, pero la grandeza del ensayo de Oz es que se aplica a cualquier tipo de fanatismo, por ejemplo, aunque no nos menciona ni de pasadita, los lectores venezolanos lo podemos aplicar a los últimos 11 años de nuestra historia.


¿Qué es ser una fanático para Amos Oz? Aquel para quien un fin justifica cualquier medio, siendo los ejemplos más notables y peligrosos los terroristas, bien sean de Izquierda, de Derecha, nacionalistas o fundamentalistas. Es tan fanático  aquel que asesina en nombre de la autonomía del pueblo vasco como quien pone una bomba en una clínica donde se realizan abortos. Dice Oz: “el fanático si piensa que algo es malo lo aniquila junto a todo lo que lo rodea”. 
Aniquilar es un verbo duro, y hay distintas maneras de lograrlo, no sólo asesinando, también no dando tregua al contrario,  no aceptar disidencia, para el fanático: “traidor es cualquiera que cambia”, porque el fanático adopta: “una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo”. La esencia del fanatismo es “obligar a todos a cambiar”.  Por eso qué peligroso puede ser cuando un fanático ostenta una posición de poder, más si ese poder no tiene límites.
 La grandeza de un líder como Nelson Mandela radicó en que viviendo en tiempos de sentimientos exacerbados tras el fin del Apartaheid en Sudáfrica, logró mediar odios ancestrales, a diferencia de otros gobernantes obsesionados en aniquilar el pensamiento contrario (llámese Pinochet, Franco, Stalin, Hitler…). Muchos de estos líderes durante un tiempo lo lograron, lamentablemente, demasiadas cabezas de Estado en el siglo XXI siguen llevando a su pueblo por un solo canal, el de su voluntad, pero siempre la historia termina pasándoles factura como lo que son, o lo que fueron: Dictadores.
¿Se saben fanáticos los fanáticos? ¿Hay manera de vencer al fanático que se despierta en nosotros en tiempos controversiales? ¿Es fácil asumir una posición conciliadora viviendo entre fanatismos? Este librito de Oz no da respuestas definitivas, pero es bueno tenerlo a mano como un foco de ecuanimidad en momentos en los que sentimos que el odio y la sin razón, pica y se extiende.




domingo, 6 de junio de 2010

Rumbo al Mundial 2022


Gracias a la innegable calidad de nuestros jóvenes futbolistas, el sueño que Venezuela algún día llegue a participar en un Mundial más temprano que tarde va a dejar de ser sueño y se va a convertir en realidad.  
Los más optimistas aseguran que la oncena vinotinto participará en la Copa del Mundo Alemania 2006, hay quienes creen que antes del 2010 no estaremos preparados, pero de una cosa pueden estar seguros, y el fanático de mi marido lo puede jurar: si nuestro pequeño Ozzie sigue con un balón entre los tobillos, en el 2022 Venezuela será campeón mundial.
Acostumbrado desde su más tierna infancia a lidiar con un bate y una dura pelota, a ver los descorazonadores partidos de los Tiburones de la Guaira, un mundo nuevo se abrió ante los ojos del pequeño Ozzie aquella mañana del último día del mes de mayo cuando se salió de la cuna para encontrarse a su papá -con afeitadora en una mano y café en la otra- viendo en la televisión a un poco de señores que en lugar de estar parados esperando la pelota, la perseguían para pegarle con los pies.  
A pesar de que el pequeño Ozzie a sus dos años todavía no habla, madre al fin, supe que mi niño al ver por primera vez ese maravilloso juego con  balón se dijo para sus adentros “esto es lo mío”,  y mientras yo apuraba a sus hermanas para que no las dejara el transporte escolar, se sentó cómodamente en el sofá con su trapito y su chupón a seguir paso a paso las incidencias de su primer Mundial de Fútbol, Corea-Japón 2002.
A la mañana siguiente salimos dispuestos a gastar la quincena entera con tal de aperarnos bien para la fiesta del fútbol.  La Asamblea Familiar decidió por mayoría apoyar a Brasil por esa lógica criolla que nos dice a  los venezolanos desde la era del rey Pelé que al fin y al cabo son nuestros vecinos, no juegan nada mal y la camisa amarilla nos sienta  bien. 
Salvé mi voto, siempre he apoyado a Italia, históricamente es la oncena que reúne a los hombres más  guapos,  y además,  mi tocaya Adriana Fossa -amiga de adolescencia-  está casada con Paolo Maldini,   el capitán del equipo. Pero la estética y el amiguismo no son razones válidas según mi insensible familia para apoyar  a los azzurros, así que tuve que ser democrática, acatar el deseo de la mayoría y apostarle a  Brasil.
 De nuestra jornada de compras familiares salimos cargados con pitos, banderas de todos los tamaños,  cachuchas, discos de samba y camisas amarillas.  Sólo faltaba la guinda de la torta, lo único que no debe faltarle a un niño que se enfrenta a su primer Mundial, y a última hora de la tarde el pequeño Ozzie  recibió de manos de su padre su primer balón de fútbol.
Quizás la palabra “balón” le quede un poco grande a la pelotica de mi niño que dista mucho de ser la original del Mundial, es apenas un poco más grande que una pelota de béisbol pero para el pequeño Ozzie no hay juguete mejor. El bate quedó en el olvido, sus carritos son cosas del ayer, ahora sólo vive para su balón y todo el día me está jalando la falda para que juegue un ratito con él. 
Viendo televisión a su limitado vocabulario agregó una nueva palabra: “¡Goooool!”  y los celebra  indistintamente de donde provengan, cuando el coreano Ahn Jung-Hwan anotó el gol de oro que le costó el pase a los cuartos de final a mi adorada  Italia, fue tan grande su alegría que  casi lo tengo que amordazar, si la nona del piso siete lo oía, su exquisita lasaña no volveríamos a probar.



El domingo treinta de junio, día de la gran final Alemania-Brasil, toda la familia madrugó para ligar al equipo suramericano. En el medio tiempo, mientras yo preparaba el desayuno a mi hambrienta prole, a las niñas  se les ocurrió una gran idea: se llevaron al pequeño Ozzie para el baño y con la maquinita eléctrica de afeitar de papá, le robaron su guapo porte de  jugador argentino y me lo regresaron convertido en un clon del nuevo rey del mundial. “Mira mamá, qué cuchi quedó.”
La melena de mi  niño había desaparecido y en su lugar quedaba un pequeño matorral en forma de arco. Ya Ronaldo pidió perdón a las madres de Brasil por el furor que su corte de pelo causó, ¿es que no piensa  disculparse con las madres  de Venezuela?
Gracias a dos goles de Ronaldo, Brasil es pentacampeón mundial. En Venezuela, escuálidos y chavistas  por igual nos alegramos del triunfo verdiamarillo y dejando de lado tantas diferencias, salimos a la calle a celebrar.  Lástima que el Mundial terminó, que la mayoría de los venezolanos ya quitamos las banderitas de nuestros carros y guardamos las camisas de Brasil, pero al pequeño Ozzie no se le ha pasado la fiebre del fútbol: va a la guardería con su camisa amarilla  y no suelta el mini balón ni para dormir.  Mucho ha aprendido en estos últimos días como a dar cabezazos, nadie corre la cancha mejor que él, sabe cobrar un corner y en tiro libre no hay quien  le pare un gol. La única manera de que obedezca las ordenes de a bañarse, a dormir o a comer es cuando me visto de negro, agarro el pito y tarjeta roja con él.
 Hoy el fanático de mi marido  tomó una importante decisión: va a guardar la camisita amarilla del pequeño Ozzie y se la va a cambiar  por una vinotinto, porque si la afición por el fútbol de nuestros niños sigue así, que no nos quede la menor duda, Venezuela será campeón mundial en el 2022.

Este artículo lo escribí en el Mundial del 2002, desde entonces la fiebre de fútbol del pequeño Ozzie ha ido en aumento aunque hoy no es hincha de Brasil sino de Holanda y España, Venezuela sigue siendo un país dividido políticamente, y la Vino Tinto este año tampoco llegó al Mundial.