jueves, 27 de junio de 2013

¿Apio o auyama?



Mi amiga de colegio Santiago de León de Caracas, Gabriela Carrera, se preguntaba en Facebook: “¿Y dónde busco los micrófonos?”,  al día siguiente que Ernesto Villegas y Jorge Rodríguez divulgaran el audio de una conversación privada entre su padre, el historiador Germán Carrera Damas, y quien lo llama profe: la diputado María Corina Machado. Conversación informal que ambos sostuvieron la mañana de un domingo cualquiera cuando la alumna fue a visitar al maestro a su casa para intercambiar opiniones sobre el acontecer nacional.
¿”Y dónde busco los micrófonos?” se pregunta en la red social Gabi tras saber violada la intimidad del domicilio paterno, y no tardamos los amigos en sugerirle ideas: que quizás fue un pajarito en el balcón, ya ni en los pajaritos se puede confiar… que si un láser invisible desde un camión como en las películas… que si en la barriga de los gatos que dormitaban a los pies de don Germán. Yo hasta me tomé la libertad de organizar la próxima rumba Santiaguera en casa del profesor Carrera Damas, para que nos graben en comuna, pero eso sí, los tragos van a cuenta de la Stasi revolucionaria, no faltaría más.
 Cómo evitar echar broma por las redes sociales si este episodio de espionaje oficialista es de una gran torpeza, una enorme chapuza, pero por más chapuza que haya sido, cualquier violación a la intimidad del hogar es de enorme gravedad. Sobre todo si quienes están hoy en el poder –sin contrapeso institucional que defienda los más básicos derechos ciudadanos- son quienes se jactan de ella.
¿Cómo pueden convocar a una rueda de prensa un Ministro de Información y un Alcalde, y presentar pruebas de que violentaron el más básico derecho a la intimidad? ¿No les da vergüenza admitir que se infiltraron en la casa de un señor Historiador, de una eminencia nacional, para grabar una conversación baladí y hacerla pública? ¿Eso es lo que ellos llaman la inteligencia revolucionaria? ¿Así, así, así es que se gobierna? ¿Cuál será el próximo paso?¿Prohibir el derecho a reunión? ¿Divulgar cualquier “entre nosotros y que no salga de aquí” que les  parezca?
Hasta da cosita que Villegas y Rodríguez, profesionales del periodismo y de la psiquiatría de eminente estirpe revolucionaria, hayan tenido que caer en tan vergonzosa misión de ser delatores de una conversación irrelevante quizás solo para demostrar que también hay desacuerdos en la oposición. Es que los pobres estaban acostumbrados a que el trabajo sucio le correspondía a  Mario Silva, responsable de divulgar en su programa La Hojilla videos, fotomontajes, audios privados; todo aquello que pudiera enlodar a los enemigos del Proceso. Pero qué se le va a  hacer si el buen soldado Silva resultó un cazador cazado cuando salió a la luz pública el infeliz audio rindiendo cuentas al comandante cubano, no sin antes exponer un sin fin de trapitos sucios de la revolución post-Chávez.
 Si queremos garantizarnos una pizca de privacidad, tendremos que conseguir conos del silencio como los que se usaban en El superagente 86, porque el Gran Hermano, a falta del líder máximo, tiene que hacer sentir que no hay espacio privado, ni siquiera dentro de las entrañas revolucionarias, como le consta al execrado maese Silva.
Y mientras tanto el profesor Carrera Damas ya hasta duda de exponer en voz alta si prefiere sopa de auyama a sopa de apio en el almuerzo. No lo vayan a tomar a mal.

lunes, 24 de junio de 2013

California Dreamin



Una de las frases más famosas de Tony Soprano es: "te acuerdas de' es la forma más baja de conversación".
Pero cuando una se reúne a almorzar con las amigas de siempre es imposible que de vez en cuando no se caiga en un "te acuerdas de". La otra tarde, ya se había ido el resto de las amigas, quedábamos M. y yo tomándonos un segundo café cuando surgió el inevitable "te acuerdas de". En esta ocasión evocamos unas vacaciones de un diciembre, décadas atrás, cuando ambas éramos estudiantes, solteras y sin compromiso, las perspectivas de futuro eran inmediatas, de fiesta en fiesta, y para qué negarlo, como estábamos en vacaciones de navidad, ese diciembre no teníamos más ambición que  multiplicar el número de ocasiones para rumbear. 
Recordaba ese diciembre clarito, estaba de moda la canción de Guaco que decía: "Me gustan las chicas caraqueñas nada más...", un diciembre en el que M. y yo siembre desembocamos en la discoteca Magic en Las Mercedes, lugar de moda en la primera mitad de la década de los 80, ahí se bailaba casi que exclusivamente gaitas, un género musical que solo ese diciembre, y nada más, me atrevo a confesar haberme vacilado. 
Precisamente buscando a esas chicas caraqueñas a las que les cantaba Guaco, había regresado a Caracas de vacaciones un guapo estudiante de Oceanografía de una universidad en San Diego, California,  a quien conocimos porque era primo de un amigo de M. de la universidad. Su pinta cliché de surfista de tez bronceada, collar de pukas y reseca melena rubia, delataba que pasaba más tiempo corriendo olas en el mar que metido en un salón de clases. El surfista era bonito y alegre aunque lo recuerdo un poco bobo. Ese diciembre nos los encontrábamos en todas las fiestas y bares de moda, a cada rato nos invitaba a bailar, y por lo que me confesó M. mientras le ponía media bolsita de Splenda al café, "y a algo más que entonces no te conté, pero que tampoco fue muchote". 
No fue una pasión arrolladora la del surfista y mi amiga, fue un amor de vacaciones en una época donde ante una inevitable separación no existía la posibilidad de mantenerse en contacto a través de las redes sociales o Skype, y en enero del estudiante de Oceanografía en California al que le gustaban las caraqueñas nada más, en la vida de mi amiga, ya no quedaba sino el recuerdo porque el desgraciado ni una postal le mandó. 
Me cuenta M. que los años pasaron y no volvió a tener noticias de él, si regresó a Caracas a visitar a su familia, no la llamó, ella tuvo otras relaciones más intensas y prolongadas, con hombres mucho más interesantes que este romance vacacional, hasta que conoció a quien sería el padre de sus hijos, se casó con él, y siguen casados, o quizás no, que no piensen que voy a rebelar así de fácil la identidad de la amiga que esperó a que se fueran las demás amigas para contarme semejante intimidad. 
La intimidad no es que vivió un romance decembrino décadas atrás, sino que hace como un par de años, M. soñó con el surfista, soñó que estaban en la fiesta de fin de año en el Club Camurí Grande, y fue tan real el sueño que M. jura que se levantó sintiendo la brisa del mar, y hasta vio si acaso tenía la línea blanca de la marca del bikini.
Tras ese sueño, que tampoco fue erótico, sino un sueño evocativo nada más, M. se preguntó cómo sería el surfista hoy cincuentón, así que lo buscó en Facebook, y ahí estaba, aunque no se atrevió a invitarlo en la red social no fuera a ser que ni siquiera se acordara de ella. Desde entonces ha tenido varias veces ese sueño de playa sol y mar con el surfista gaitero, sueño del que cada vez que mi romántica amiga despierta, no puede evitar caer en el qué habría sido de su vida si el surfista le hubiera mandado esa primera carta que le prometió, si hubiese regresado en spring break, de no haber perdido contacto, de haberse dado una oportunidad... Lo más seguro es que no hubiese pasado nada trascendental, pero quién sabe.
No salía de mi asombro ante semejante confesión, jamás tomé a mi amiga como a una intensa, como a una damisela del siglo XIX que viviera en ese universo paralelo llamado "si tan solo" que en su caso giraba alrededor de una chispa romántica con un galán que quizás ni siquiera se acordara de ella, ambientado en una playa genérica como de postal, con atardecer y gaviotas incluidas, más Gian Franco Pagliari que Bob Marley.  
Oyendo a M. hablar, recordaba aquella vieja película que vi de niña: Cartas de amor a un desconocido (1948), basada en una novela de Stephan Zweig, la historia de Lisa (Joan Fontaine) que pasa toda su vida enamorada del pianista interpretado por Louis Jourdan, inclusive tiene un hijo con él, aunque la timida joven para el famoso pianista no fue más que un recuerdo efímero. 
¿Habrá destino más patético que pasar la vida añorando a alguien que no estás segura si se acuerda de tí?
Apenas llegué a casa hice lo que cualquier persona con una dosis mínima de curiosidad habría hecho, escribí el nombre del surfista en Facebook, rogándole a los dioses de la informática que no fuera de quienes tienen un estricto control de privacidad. 
Sí es de quienes tienen un estricto control de privacidad, con poco menos de 200 amigos, cinco amigos en común, del perfil público del surfista solo se podía ver su foto de perfil en traje de baño cuerpo completo de lycra, aferrado a su tabla de surf, en un atardecer que bien podía ser en una playa de California, de Carolina del Sur o del mismo estado Florida. Si de una cosa estaba segura, playa venezolana no es.  
Poco era lo que se podría saber de nuestro amigo surfista más allá de que ya no lucía ni asomo de la reseca melena rubia oxigenada, pero todavía tenía buen cuerpo, que se quedó en el norte, y que parece haber vivido su vida alrededor del mar. 
Ni tan bobo después de todo, me digo viendo su foto aferrado a la tabla de surfear. Mientras que aquí las otrora chicas caraqueñas a las que les cantaba el grupo Guaco, pasando trabajo hasta para conseguir papel toilet. 
Cómo evitarlo, el virus de "si tan solo" como que se contagia porque al igual que a M., el sueño de esa noche me dejó sabor a playa.  Tuve que levantarme tras la nostalgia que me quedó del California Dreamin con aroma a mar, para darme cuenta que el sueño recurrente de M. poco tenía que ver con aquel muchacho de collar de pukas al que le gustaba bailar.  

jueves, 20 de junio de 2013

El Miami de Tom Wolfe


Cuando Tom Wolfe (1931) escribe una novela, escoge una ciudad (Nueva York en el caso de La hoguera de las vanidades, Atlanta en el caso de Todo un hombre) y la disecta como a un animal de laboratorio. Por eso se tarda tanto entre novela y novela, entre Yo soy Charlotte Simmons (2004) y Back to Blood (2012) se tomó 8 años, tres años menos del intervalo entre La Hoguera de las vanidades (1987) y Todo un hombre(1998). 
En el caso de Back to Blood (De regreso a la sangre), Wolfe eligió una ciudad relativamente joven porque aunque fuera fundada en el siglo XIX, la principal metrópolis del sur de los Estados Unidos era percibida hasta hace 50 años como una comunidad de retiro de clima cálido, habitada por viejitos clase media, ciudad apacible, de playas de arena blanca, bordeada de naranjales y de pantanos infectados de cocodrilos. 
Pero un repentino giro político en una pequeña isla del Caribe a pocos kilómetros al sureste de los Estados Unidos, hizo que entre el sueño revolucionario y el American Dream apenas se interpusiera un arriesgado trayecto en balsa, convirtiendo en pocas décadas al sur del estado Florida, según Wikipedia, en la cuarta área urbana más grande de los Estados Unidos con una población aproximada de 5.5 millones de habitantes, que incluye varios condados, y que Miami en sí, con poco más de 400 mil almas, en el año 2009 fuera considerada por la revista Forbes como la ciudad cuyos habitantes tienen mayor poder adquisitivo en los Estados Unidos.  
Precisamente sobre esta ciudad de inmigrantes recientes, sobre esta urbe donde algunos de sus vecinos tienen un poder adquisitivo superior al gasto total de sus países de origen, posa su lupa Tom Wolfe en Back to Blood, describiendo a Miami como un lugar que "si realmente queremos entender hay que darse cuenta de que en Miami todo el mundo odia a todo el mundo". 
Varias tramas se entrelazan en Back to blood, siendo los principales conductores del hilo narrativo una pareja de jóvenes de Hialeah, barrio de inmigrantes cubanos "que quizás no es América, ni siquiera Miami. Si el mundo no es un ghetto, Hialeah es una cajita donde se crece creyendo que es la norma en el mundo": Néstor Camacho y Magdalena Otero, norteamericanos de primera generación, que piensan y socializan en inglés, aunque en sus casas solo se habla español. 
A Néstor, escultural policía de la guardia costera de 25 años, le toca realizar la proeza de rescatar a un balsero cubano (que según Wolfe ya no llegan en balsa sino en modernas lanchas) asido a un mástil, el disidente está demasiado asustado para bajar. Como el rescate se realiza en el mar, por ley, el balsero será devuelto a Cuba, lo que genera la ira de la comunidad cubana en Miami que lejos de ver a Néstor como a un héroe por haber rescatado de una inminente caída al atemorizado balsero, lo ve como un traidor de raza por haber devuelto a la miseria revolucionaria a un pobre hombre "a 18 metros de distancia de la libertad". 
En el caso de la enfermera Magdalena, gracias a su imponente atractivo físico y a la relación con su jefe, un psiquiatra famoso en televisión como experto de las adicciones a la pornografía, la bella Otero logra codearse en ese mundo de los muy muy ricos, tan ricos, que hay quien es capaz de donar 70 millones de dólares en Maleviches y Kandinskys -entre otros artistas abstractos- para fundar un Museo de Arte Moderno de primera en una ciudad que hasta el Art Basel (feria anual de arte contemporáneo), jamás se había destacado por su cultura. 
Entre estas dos tramas se mueven los intereses y debilidades de la comunidad brown, como somos considerados en los Estados Unidos los hispanoamericanos no importa el color (breve mención a Westonzuela), además de la comunidad rusa, la comunidad haitiana, la comunidad afroamericana -en perenne conflicto con el poderío cubano-, y aquella ínfima minoría en Miami, los Wasps: blancos anglosajones protestantes, como el periodista John Smith, graduado en Yale, dispuesto a develar, caiga quien caiga, uno de los mayores escándalos del mundo del arte del que se tenga historia.
Orgías de papi-papis, reality shows, avispados consejeros de las colecciones de arte de las nuevas fortunas; la hipocresía de los editores de prensa; chantajes emocionales de las distintas comunidades; You Tube, redes sociales... Wolfe desplaza por esta quinta paila del infierno a sus incautos protagonistas como héroes involuntarios,  sobre todo  Néstor, sobre quien se va narrando su historia en tercera persona de manera subjetiva, al estilo de Wolfe, al diablo la corrección política, excesivamente onomatopéyico, personajes estereotipados, puntos suspensivos para regalar, inclusive inventándose nuevos signos de puntuación como bloques de dos puntos para captar la voz interior de los personajes.  
Así es Wolfe, no para todos los gustos. Pero eso sí, jamás aburrido.

De regreso a la sangre será publicado en español por Anagrama. 

martes, 4 de junio de 2013

Vivir en un chiste


Cuando anunciaron la muerte de Hugo Chávez en marzo de 2013, desde el Imperio se le rindió un singular homenaje: el programa de televisión Saturday Night Live abrió la noche con el actor y cantante Justin Timberlake,  interpretando a sir Elton John, quien dedica al recién fallecido presidente de Venezuela una versión de “Candle in the wind” titulada “Goodbye Hugo C”, en la que entre los méritos del difunto mandatario señala haber convertido a Venezuela en la capital mundial del secuestro. La canción-homenaje incluye la teoría de Chávez de que el Capitalismo terminó con la civilización en Marte (“he really said that”), cómo Hugo C. bailaba y cantaba en su programa semanal “Hello President”, y el día que acusó a George W. Bush de heder a azufre. Termina Timberlake su rendición asegurando que tan peculiar jefe de estado se ganó el cariño de su pueblo, quien seguro lo va a extrañar.
Lo que no extraña es que casi tres meses después de transmitida esta edición de SNL en los Estados Unidos, cuando Sony la pasó en tv por cable a Latinoamérica, tanto el segmento “Goodbye Hugo C” como una mención a la muerte de Chávez de Seth Meyers en Weekend Update, fueron cortados.
Es que es muy duro que nos restrieguen en la cara cómo los venezolanos hoy somos una especie de chiste mundial, un inagotable caudal de material para el asombro jocoso, y si Hugo Chávez era un pintoresco mandatario que, a pesar de sus excentricidades y arbitrariedades, tenía madera de líder mundial, sus herederos políticos nos convirtieron en cuestión de semanas en un chiste malo, a veces hasta escatológico, patético por de más.
 Muestra de humor negro somos desde que el presidente Chávez  partió enfermo a tratarse en Cuba, cuando meses después su única fe de vida fue una foto acompañado por sus hijas mayores, rozagantes y sonreídos, sosteniendo la edición del Granma del día. Esta foto lo que sirvió fue para demostrar las posibilidades de photoshop: las redes sociales se inundaron de montajes  basados en esta foto, como por ejemplo, sustituyendo al Granma por la revista Playboy, o  cambiando el rostro de Chávez por el de algún adversario político.  
No  fue motivo de bromas la  muerte de quien nos gobernó durante más 14 años y pretendía hacerlo durante seis años más, pero cómo no reír cuando el candidato Nicolás Maduro aseguró públicamente haber conversado en Barinas con un pajarito encarnando a su padre espiritual, silbidito incluido. Si preguntan dónde están los 700 mil votos rojos perdidos, basta recordar el silbidito.  
Material de sorna en muchos países hermanos fue uno de los momentos más difíciles en la reciente historia de Venezuela cuando los diputados de la oposición fueron agredidos en una emboscada oficialista en la Asamblea Nacional. La imagen del gordito de la chaqueta tricolor (diputado suplente de Elvis Amoroso) aplicándole una llave al diputado Julio Borges, mientras le daba puños en la cara, fue transmitida en programas de variedades matinales como si de una película de Trinity se tratara. Como esas golpizas de cantina donde se rompen sillas y botellas en las cabezas,  y terminan viendo estrellitas.
Para más humillación, no nos salvamos de ser un chiste escatológico ante la  escasez de papel higiénico en Venezuela, los caricaturistas y humoristas a nivel mundial han hecho su agosto con este tema.

Si, Venezuela hoy es el gran chiste internacional, difícil reírse desde las entrañas del chiste.  Lo que da es ganas de llorar.