martes, 29 de octubre de 2013

Porque pueden


Hoy, leyendo la crónica en El Nacional sobre cómo en los vuelos nacionales gestores venden pasajes a tres veces su precio, dejando a más de uno que pagó tarifa regular varado en el aeropuerto, recordé cuando hace más de veinte años, casi nos dejan varados en Charles de Gaulle a mi esposo y a mi. Fue nuestro primer viaje a Europa recién casados, regresábamos a Caracas llegando puntuales al aeropuerto, con reservaciones confirmadas 48 horas antes, cuando un empleado de Air France de lo más atorrante nos dijo que el cupo para los pasajeros con destino Venezuela ya estaba cerrado.
"Pero no se preocupen que más tarde sale un vuelo a Sao Paulo y los podemos mandar a Caracas vía Brasil".
Lo dijo así de fácil, como si la escala fuera Lisboa o Madrid. Tratamos de explicarle si acaso él no sabía que Sur América tenía otras dimensiones que Europa y un viaje Sao Paulo-Caracas, sin contar el tiempo de espera, apenas era un poco más corto que un vuelo Paris-Caracas. El atorrante ni se inmutó, nos dijo que eso era lo único que nos podía ofrecer por ahora, si nos acomodaba bien, si no, mala suerte, que nos pusiéramos con nuestras maletas de un lado para que no estorbáramos mientras se chequeaban el resto de los pasajeros.
Y así nos quedamos mi marido y yo, sin ni siquiera derecho a arrecharnos porque no sabemos arrecharnos en francés, como un par de deportados a un lado del counter con nuestras maletas esperando que el vuelo no se llenara con pasajeros a otros destinos que pagaran más caro, porque entonces los vuelos a América Latina eran como trenes lecheros que tenían varias paradas: Caracas-Bogotá-Lima-Santiago-Buenos Aires.
Cuando ya iban a cerrar el vuelo, por fin se dignaron a darnos nuestras tarjetas de embarque, no se había llenado el avión después de todo, mi marido y yo podíamos regresar a Caracas sin tener que hacer escala en Brasil. Lo peor es que el avión iba tan vacío que uno hasta podía dormir de largo en cuatro puestos contiguos.
Fácil preguntarse ante semejante arbitrariedad de la aerolínea, ¿qué necesidad de hacernos pasar por ese mal rato? En ese entonces, como ahora, la respuesta sigue siendo la misma: Porque pueden.
Habrá quien diga: "Eso solo le pasa a los pelagatos que viajan en Turista, a quienes viajan en Bussines o Primera no sabrán lo que es pasar un mal rato".
Mentira. Tengo una tía abuela que ya pasa los 90 años que sigue viajando porque a su edad puede pagarse el lujo de viajar en primera. Hace unos años, cuando era una joven de 80 y tantos, tenía su reservación en Primera en Air France para viajar Caracas-París, y llegando puntual a Maiquetía, al chequearse, le dijeron que lamentablemente habían sobrevendido los boletos de primera, en este caso, a un grupo de ejecutivos que ya se había chequeado. La señora tenía que viajar a Paris en Turista, le pagarían el diferencial con vales para futuros viajes. Vaya a saber qué ejecutivos serían los que fueron capaces de arrebatarle su puesto a una anciana.
¿Por qué lo hicieron? Porque pueden.
Habrá quien diga: "Es que en Air France a los venezolanos nos tratan como si fuéramos salvajes, no nos respetan", pero en las aerolíneas venezolanas es frecuente recibir el mismo mal trato. Hace unos cuantos años, cuando aquel par de recién casados ya tenían tres muchachitos y el destino de viaje no podía ser más allá de Margarita, una Semana Santa cuando el menor de los muchachos todavía estaba en coche, llegamos puntuales al aeropuerto Santiago Mariño para regresar a Caracas y nos dijeron en el mostrador que lamentándolo mucho, ya se había llenado nuestro vuelo.
De nada sirvió mostrar que teníamos localizador y todo. Los empleados de la aerolínea nacional -no recuerdo si Lasser o Aeropostal- nos dijeron que tenían la potestad legal de sobrevender el vuelo hasta un diez por ciento de su capacidad porque muchas personas reservaban y después no se presentaban. Pero en este caso, como que se presentó el 110 % y nuestra familia se quedó por fuera.
De nada sirvió que mi esposo sí se supiera arrechar en español, que se pusiera como Hulk y amenazara con terminar en una cárcel en El Yaque si no nos montaban en el vuelo que habíamos reservado desde hacía meses. No nos quedó otra que ver como nuestro avión despegaba sin nosotros mientras comíamos una pizza chiclosa y pepsi sin gas, con vales de cortesía de la aerolínea. Horas después, nos montaron en un vuelo charter que aparentemente no iba lleno, no sé si esta sería una especie de pirámide vacacional y otra familia se tuvo que quedar en nuestro lugar.
 ¿Por qué lo hicieron? La respuesta es la misma, porque podían.
Tenía entendido que ya las aerolíneas no se salían tan fácil con la suya, que debían pagar fuertes penalidades cuando dejaban varados a los pasajeros de manera arbitraria, pero ahora supuestamente por los raspacupos que compran pasajes y solo vuela la tarjeta de crédito para raspar los dólares preferenciales de viajeros, en Venezuela volvemos a la época del caradurismo de sobrevender los vuelos como si dejar varados a unos cuantos pasajeros no fuera más allá de un leve inconveniente para el varado. Me cuentan que el pasado viernes pasó con un vuelo a México sobrevendido que terminó casi con un motín en Maiquetía. Por twitter también leí de una señora con su bebé a quienes a pesar de tener sus reservaciones, los dejaron por fuera en un vuelo a Panamá.
Por eso no me sorprende leer la noticia de la más reciente vagabundería local, esta vez no de las aerolíneas, sino de los llamados "gestores" que están cazando clientes en el aeropuerto, y con una llamada telefónica a un empleado anónimo, logran la sinvergüenzura que un pasajero que compró su pasaje a tiempo y en tarifa regular, se quede en tierra, y alguien que está dispuesto a pagar tres veces el valor del pasaje, vuele en su lugar. Sinvergüenza el que vende y sinvergüenza el que compra.
Y uno sigue preguntándose: "¿Cómo es posible?" Y la respuesta sigue siendo la misma: Porque pueden.

lunes, 21 de octubre de 2013

A Sangre Fría


A estas alturas de mi vida, hasta la semana pasada, confieso que no me había atrevido a leer A sangre fría (1966) de Truman Capote, y mira que su primera edición estaba picándome el ojo en la biblioteca de mis padres desde que soy adolescente. Y mira que Truman Capote es uno de mis escritores favoritos y sus crónicas, cuentos y novelas están desde siempre entre mis libros de cabecera. Pero entrarle a A Sangre Fría, supuestamente la primera novela No-Ficción al usar elementos de la literatura en una narración fidedigna, era un libro al que le había sacado el cuerpo por el tema, porque por más elegancia que tuviera la pluma de Capote, ¿cómo hacer digerible la historia de una familia en un apacible pueblo en Kansas -padre, madre y dos hijos adolescentes- masacrada en una noche por cuarenta dólares de botín? 
Por supuesto que vi las dos películas que narran las peripecias de cómo llega este escritor sureño, consentido de la alta sociedad neoyorkina, a interesarse en un oscuro caso que nada tenía que ver con su obra. Cómo Philip Seymour Hoffman en Capote (2005), y Toby Jones en Infamous (2006), ambos actores interpretando al minúsculo autor de Desayuno en Tiffany, reclutan a su amiga Harper Lee para establecer un puente con la sencillez de los habitantes del pequeño pueblo tejano ya que los amaneramientos de Capote serían objeto de inmediata desconfianza en una comunidad tan conservadora como Holcomb, donde fue masacrada la familia Clutter una noche de noviembre del año 1959. 
La intención original de Capote al escribir sobre el asesinato de Harold Clutter, su esposa Bonnie y sus hijos Nancy y Kenyon, de 16 y 15 años respectivamente, no era un whodunnit ni describir una noticia amarillista, Capote viajó a Holcomb pagado por la revista The New Yorker como cronista interesado en describir el efecto del asesinato de una familia local en un pequeño pueblo donde, hasta esa aciaga noche, sus habitantes se sentían seguros, y ahora se veían con desconfianza convencidos de que el responsable capaz de matar a sangre fría a una familia de bien, era uno de ellos. 
Así que empecé al revés y con seis y siete años de diferencia, primero viendo las películas sobre cómo se gestó A Sangre Fría, y después leyendo la novela de Capote, no la vieja edición de mis padres, sino bajándola digital aprovechando un descuento en Amazon. 
En la primera parte de A Sangre Fría, Capote busca establecer empatía con la familia Clutter, quienes distan de ser ricos para los estándares a los que está acostumbrado el escritor en Nueva York, pero para los estándares de Holcomb, Harold, gracias al buen manejo de su granja, es considerado el segundo hombre más rico del pueblo. Sin embargo no despierta mayores codicias ni envidias, es un hombre trabajador, justo, religioso, sin alardes ni ostentación y que trata bien a sus empleados. Sus dos hijas mayores ya no viven con la familia, Nancy, la tercera de las niñas, parece haber heredado la buena estrella de su padre: linda, popular, generosa con su tiempo, muy querida en la comunidad. El adolescente Kenyon, parece haber heredado el retraimiento de la madre, Bonnie, quien se ha visto limitada por sus constantes crisis de nervios. 
Así los pinta Capote, una familia cualquiera con sus problemas, también con sus bendiciones, nada parecía señalarlos para ser las víctimas de una ejecución casi que por carambola. 
En la segunda parte Capote se enfoca en lo que asumía sería el fin de la crónica para The New Yorker, la inesperada sensación de miedo en un pequeño pueblo de que si una familia como los Clutter fueron víctimas de semejante violencia, nadie estaba a salvo de ella. Y ahí se habría quedado esta historia, en la crónica de un pueblo tras un inexplicable crimen, de no ser porque casualmente Capote seguía en Holcomb cuando llamaron al comisario encargado de investigar el caso para informarle que tenían en custodia en Las Vegas a dos sospechosos, Perry White y Richard Hickcok, ex convictos señalados por un antiguo compañero de celda de Hickcok de haber planeado el robo y asesinato de los Clutter, aún sin conocerlos, tras el falso pitazo que Harold escondía una caja fuerte con la nómina de sus trabajadores en la casa. Caja fuerte que nunca apareció.
A Sangre Fría, la novela no-ficción, nace cuando Capote llega a conocer a fondo a los autores del crimen, aunque en la novela el escritor toma distancia evitando caer en sentimentalismos o justificando semejante masacre. Las cosas son como son, una familia es asesinada a sangre fría por un par de maleantes, y como vemos en la película, Capote, autor vampiro como todo escritor que se precie,  logra ganarse la confianza de ambos asesinos hasta el punto que Perry le cuenta lo sucedido esa noche, cómo desde un principio habían quedado de acuerdo en que de este robo no debían quedar testigos. Sin ahorrar detalles White narró a Capote como él mismo asesinó uno a uno de los Clutter, tras buscar sin resultados la supuesta caja fuerte, y cómo en un gesto de nobleza, por lo menos evitó que Nancy fuera violada por el depravado Hickcock.
Pero A Sangre Fría no solo es el crimen de una familia, también es el retrato de dos Estados Unidos, uno rico y conservador, y otro pobre y sin esperanzas, el retrato de la miseria de los criminales, sobre todo Perry White, son psicópatas, asesinan sin remordimiento, pero qué habría pasado si estos criminales hubiesen venido de una clase pudiente, porque psicópatas hay en todos lados, no hay duda que habrían tenido derecho a una mejor defensa, y aunque quizás no se hubiesen salvado de pagar las consecuencias, sí lo habrían hecho de morir ahorcados. Los condenados a la pena de muerte suelen ser de origen humilde y sin medios para una buena defensa que por lo menos los libre de la pena máxima.
En la novela Capote se permite una ligera mención de sí mismo cuando habla "de un amigo periodista", sabemos que es él, en las películas vemos como logra empatía inmediata con Perry White, tan bajito como Truman, sintiendo que ambos fueron productos de una infancia marcada por el abandono. Capote tuvo más suerte que White, pero su destino pudo ser similar: "Perry agarró por una puerta, y yo agarré por otra".
Se me confunden el libro y las películas pero la simpatía inicial sentida por los habitantes de Holcomb por el encantador Capote se torna en antipatía ante el esfuerzo del escritor para que los asesinos de los Clutter se libren de la pena de muerte. Si se salvaban de la pena de muerte se librarían muy fácil de su horrible crimen, entonces en el estado de Kansas un convicto a una cadena perpetua, si demostraba buen comportamiento, podía apelar a la Libertad Condicional y no pagar más de 12 años de condena.
De nada sirvió que Capote ayudara a los sentenciados a muerte a conseguir un mejor abogado, lo que logró fue alargar seis años la agonía hasta que finalmente fueron ahorcados. Vemos en las películas que el mismo escritor, a pesar de su solidaridad con Perry, ya estaba desesperado porque terminara de tener una resolución, solo así podría terminar su libro.
A Sangre Fría fue la última novela que escribió Capote, dejó de interesarse en los underdogs y siguió con su vida del darling de los salones de la alta sociedad neoyorkina, prometiendo que su próxima novela sería un "En busca del tiempo perdido". Cuando al fin salieron publicados los primeros capítulos de la inacabada Answered Prayers en la revista Esquire a mediados de los 70, la sorpresa fue inmensa cuando la alta sociedad se vio peor parada que los asesinos de Holcomb.
Capote murió a los 59 años, en el exilio social.

martes, 15 de octubre de 2013

Dos Pulitzers Hispanics


Ayer me enteré que Oscar Hijuelos murió el pasado 12 de octubre de un infarto a los 62 años, para quienes poco les diga este nombre, quizás recuerden el título de su novela merecedora del premio Pulitzer en el año 90: "Los reyes del mambo tocan canciones de amor", un éxito instantáneo que descubrió un mercado emergente en los Estados Unidos: el de libros escritos en spanglish, ya que la minoría hispana se estaba volviendo la minoría más grande en los Estados Unidos de Norteamérica.
El término "hispanic" es de uso amplio en los Estados Unidos y abarca sin remilgos los descendientes de una cultura que se origina del idioma español, aunque entre un puertorriqueño, un venezolano, un chileno y un argentino, pueda haber profundas diferencias de todo tipo más allá de que vienen de países conquistados por la corona española siglos atrás. 
Al mismo Hijuelos le costaba encasillarse como un escritor "étnico" porque él se sentía estadounidense, hijo de padres cubanos pero nacido y criado en NY. Hijuelos contaba en sus memorias Thoughts withhout cigarrettes, que su colorido rubio le hizo objeto de cientos de comentarios tipo: "but you don't look hispanic", y la verdad es que él tampoco se sentía "hispanic" ya que desde niño, tras una nefritis bacteriana agarrada en Cuba en unas vacaciones de visita a la familia, al ser internado en un Hospital de Niños en Connecticut durante un año, como su mamá solo podía visitarlo ocasionalmente, Oscarcito se pasó el switche del español al inglés, lo que para muchos familiares era muestra de snobismo de un niño malcriado.
Hijuelos insiste en sus memorias que tras esa estancia en el hospital, sencillamente, no se pudo volver a conectar al idioma materno, por eso el niño le hablaba a la madre en inglés aunque ella nunca dejó de contestarle en español.
Pese a que Hijuelos jurara no querer encasillarse como escritor "hispanic" la mayoría de sus novelas se nutrieron precisamente de su origen de hijo de inmigrantes cubanos. Lo que lo hacia distinto al común de los cubanos exiliados y más similar a otras experiencias migratorias de hispanoamericanos, era que sus padres no emigraron al cálido Miami por razones políticas, sino que buscando mejorar su calidad de vida emigraron a Nueva York años antes de la llegada de Fidel Castro al poder. Los Hijuelos solo llegaron a probar el sabor del sueño americano cuando ese hijo malcriado que se negaba a hablar en español, fuera recompensado con el premio Pulitzer de ficción tras contar la historia de dos hermanos músicos cubanos cuyo único momento de gloria fue aparecer durante unos minutos en la tv en el show de Desi Arnaz.
Tras el triunfo inicial de los reyes del mambo que fue seguido por una pésima versión fílmica, las novelas de Hijuelos no encontraron el mismo éxito editorial, aunque sí de la crítica, las leí casi todas, recuerdo en especial Empress of the splendid season (1999), que al igual que la mayoría de las novelas de Hijuelos, se nutre de su vida familiar al narrar una historia de inmigrantes a quienes les cuesta sobrevivir en la ruda ciudad de Nueva York. De cómo una princesa cubana acostumbrada a ser servida en su juventud, termina sirviendo a las señoras ricas en Manhattan.

El camino que parecía haberse abierto en el mercado editorial el interés al spanglish, tras el éxito de la escritora de origen dominicano, Julia Alvarez, con su novela sobre las trágicas hermanas Mirabal: El tiempo de las mariposas (1994); quedó semi desierto hasta que otro autor hispanic, Junot Diaz, nacido en Santo Domingo (1968) pero criado en New Jersey, mereciera por su novela La maravillosa vida breve de Oscar Wao, el premio Pulitzer 2008.
Casualmente acabo de terminar de leer This is how you lose her (2012), la más reciente obra publicada de Junot Díaz, una joya en el juego del idioma, inclusive superior a las aventuras de Oscar Wao, de la cual tuve reservas sobre el final.
Dicen que This is how you lose her (Así es como la pierdes) es una colección de cuentos, y podría serlo porque cada historia se puede leer de forma separada fuera de contexto, pero en su conjunto más bien es una novela que cuenta las desventuras de Yunior, narrador de Oscar Wao, joven de origen dominicano proveniente de una estirpe de impenitentes mujeriegos.
Criticado por algunas feministas por la manera en la que en este libro se trata a las mujeres, yo como mujer no me di por aludida porque no es el tema sino la manera cómo Díaz maneja los giros del spanglish lo que hace a esta colección de cuentos (o novela) una lectura deliciosa. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

El patán del Lexus, y las carajitas de las palomas


Desde niña voy con mi familia al Restaurante Da Guido en la Avenida Francisco Solano, uno de los pocos lugares donde el tiempo parece haberse quedado estancado en otra Caracas, en una ciudad más amable, donde uno siempre se encuentra con una amalgama de vario pinta clientela sin mayores roces políticos ni clasistas, solo buenas vibras. Por eso me agarró desprevenida la desagradable experiencia vivida a las puertas del que, asumía, un oasis ante la patanería ciudadana actual.
Para quienes tenemos carro, uno de los mayores dolores de cabeza en esta ciudad es dónde estacionarlo, pero los fines de semana no solía haber problema por esa zona porque si el señor que cuida los carros con el uniforme del Da Guido no te conseguía un puesto cerca, hay un pequeño estacionamiento al otro lado de la calle. Imagino que con la nueva ley del Trabajo, al estacionamientico no le resulta rentable abrir los fines de semana, y ese sábado tenía la cadena pasada. 
Tuve que estacionar el carro a una cuadra del restaurante, con un viejito que me aseguró que me lo cuidaba. El problema no era yo, que estaba con mis hijos, temía cuando mis padres llegaran porque los dos andan aporreados: mi mamá con una fibromialgia que la tiene muy limitada por el dolor en la espalda que le agarra una pierna, y mi papá tras una fractura de cadera de la que no se pudo recuperar del todo y necesita ayuda para caminar. 
Esperé con mis hijos en las puertas del restaurante a que mis padres llegaran para ver cómo resolvíamos, y mientras ayudaban a bajar del carro al abuelo, me percaté que unos clientes estaban saliendo del restaurante y se iba a desocupar un puesto justo detrás de donde mi mamá había parado el carro para que mi papá se bajara lo más cerca posible de la puerta. Le pedí al acomodador de carros del Da Guido que le reservara el puesto, y me dijo que no había problema, pero cuando mi mamá retrocedía el carro para entrar, un Lexus azul oscuro se metió a pesar de que el cuidador le había advertido al conductor que la señora había llegado primero. 
Indignada me quedé esperando a que mi mamá estacionara el carro a una cuadra de distancia y se me uniera con su andar pausado y adolorido. No estaba sola en mi espera, del Lexus se bajó un hombre como de unos 40 años, de buen porte, alto, moreno, vestido con chaqueta sport, de esas chaquetas que es fácil sospechar que debajo esconden un hierro porque hacía demasiado calor para usarla. Lentes de sol y pinta de sobrado. 
No aguanté, viendo a mi madre caminar lentamente desde lo que para ella es lejos, increpé al hombre sin exaltarme si no le daba vergüenza haberle quitado el puesto a unos señores mayores. Al estar en su lugar, que sin duda lo he estado por distraída, siempre he rectificado y cedido el puesto. Pero en el caso del hombre del Lexus ya estaba hecho el mal. Yo por lo menos me habría disculpado si alguien me lo señala, ofrecido una excusa: "Es que no me fijé que estaban esperando para estacionar el carro". Aunque fuera una justificación: "lo lamento pero el carro no está asegurado y no me puedo arriesgar a que me lo roben". 
Nada. Ante la falta de respuesta insistí preguntándole si no conocía el significado de la palabra decencia. El tipo miraba hacia otro lado, como si no fuera con él. En ese momento me sentí como María Corina increpando a Diosdado ante un nuevo abuso de la tolda roja de la Asamblea Nacional, la actitud del hombre era la misma, de arrogancia, de "¿y qué?".
Hasta que el tipo del Lexus como que no aguantó más que la loca le increpara que si no le daba pena, y subió al Da Guido a esperar adentro a quien fuera que estaba esperando, que resultaron dos mujeres y una niña. Ni siquiera en el restaurante se quitó los Ray Ban.
Testigo de lo que había pasado, una vendedora de lotería trataba de consolarme al sentir mi impotencia, me decía con sabiduría popular: "Mami es que mientras más dinero tienen más patanes son".
No creo que sea cuestión exclusiva de dinero, ni dinero viejo ni dinero nuevo, esa misma noche, narrándole a mi amiga Beatriz el mal rato que había pasado, me contó que ella vivió una situación de patanería ciudadana similar el día anterior cuando tras dejar a sus niños en el colegio, camino al trabajo, le tocó una cola entrando en la Cota Mil descomunal, más descomunal que de costumbre, en la que en un momento dado, un carrito todo chocado en el que iban dos muchachas, se les coleó descaradamente a quienes tenían un buen rato en ese tramo del atolladero. 
Que tire la primera piedra quien no lo haya hecho alguna vez, bien sea por descuido o porque "estoy apurado". Pero mi amiga Bea, que es de quienes no procesa este tipo de vivezas, bajó el vidrio de su carro y no brava, sino con el mismo tono aleccionador con el que le habla a sus hijos, les dijo a las muchachas algo así como: "hijas, no se coléen, no está bien". 
Más vale que no, esa breve lección de moral en lugar de causar un efecto tipo: "¡Ay disculpe señora, qué pena!", como yo aspiraría que respondieran mis hijas universitarias en una situación similar, o siquiera indiferencia, como el patán del Lexus; le costó a mi amiga un acoso de las carajitas de casi dos horas de carro a carro en la cola de la Cota Mil, insultándola, pintándole palomas, grosería tras grosería. 
A pesar de que en este espacio trato de evitar intensidades, imposible dejar de expresar la impotencia que se siente de vivir en una ciudad donde todos los días nos topamos con crudos ejemplos de agresividad, egoísmo, falta de cortesía. Donde triunfa sin disimulo la ley del más vivo, hasta en los más pequeños detalles. 
Así que perdónenme la intensidad, pero qué difícil se nos está volviendo sentirnos orgullos de ser caraqueños. 

jueves, 3 de octubre de 2013

Sobre el final de Breaking Bad (Spoiler Alert)


No recuerdo de ningún otro evento televisivo que haya causado en mí tal nivel de expectativas que los últimos cinco capítulos de Breaking Bad, la historia de Walter White, profesor de Química convertido en gran capo de la droga en Albuquerque, Nueva México. 
Como dicen por ahí, si Shakespeare viviera en el siglo XXI su medio narrativo sería la televisión, y bien podría haber sido el autor de una serie como Breaking Bad, aunque al contrario de mi apuesta, la serie ideada y escrita por Vince Gilligam (Virginia, 1967) y un equipo de 8 escritores, al final no llegó al nivel de Tragedia ni griega ni shakesperiana, como yo apostaba sería su desenlace, terminó siendo un gran drama a lo norteamericano, que tampoco es reprochable, ya que buena parte de la mejor narrativa de los últimos cien años ha salido de los Estados Unidos, lo que no pueden negar ni los antiyanquis empedernidos.
Quienes seguimos paso a paso las aventuras del Walt Smith, fuimos testigos de cómo el timorato profesor de Química en la mañana y maltratado empleado de un autolavado en las tardes, tras serle diagnosticado un cáncer terminal, desarrolló lentamente (en el paso de la serie que no llega a dos años) su alter ego del taimado Heisemberg. 
"De protagonista a antagonista" dice Gilligam era su deseo al escribir sobre Walter White. Al principio Walt parece tener ciertas reservas, sabe que lo que está haciendo, el nivel más puro posible de metanfetamina, es un delito que se paga con varios años de cárcel, por eso se promete que solo lo hará por un tiempo para asegurar que su esposa Skylar, su hijo adolescente y la bebé por nacer no pasen apuros económicos cuando él falte. 
Pero como le confiesa a Skylar al final, la familia pasó a ser una excusa, a partir de la segunda temporada Walter White va haciendo un obvio cambio de piel a Heisemberg, el Mr Hyde que se despierta en él, quien no solo planea imaginativos ataques contras quienes amenazan a su negocio o a su familia, también es capaz de dejar morir a una muchacha de una sobredosis, mandar a asesinar a un químico bonachón, darle un poderoso veneno a un niño, y ver cómo otro niño es asesinado por estar en el lugar equivocado, todo por lo que él llama: "Un bien mayor" (A greater good).
Mucho se ha escrito, discutido, discernido sobre Breaking Bad en las redes sociales, blogs y en los portales de noticias de Internet, a pesar de ser una serie de televisión por cable que comenzó con una modesta audiencia, y gracias a Netflix que permitió verla después de transmitida por AMC, fue agarrando fuerza hasta que llegó a casi siete millones de seguidores, palabras menores para las cadenas comerciales, pero grandes ligas para la televisión por cable. 
Sin embargo Breaking Bad en sus capítulos finales despertó más furor que una serie tan popular como House, aquel malhumorado doctor especialista en diagnósticos difíciles al que tanto disfrutamos, pero que ya al final nos importaba un rábano cuál sería su destino y el de su sufrido compinche, el doctor Willson. 
La página de Breaking Bad en Facebook tiene casi seis millones de seguidores, y en ella se leyeron tantas especulaciones sobre la suerte de Walter White, sus socios, némesis y familiares; como en su momento especulamos sobre el destino de los náufragos en la serie Lost. Recordando Lost, aquel final que dejó tantos cabos sueltos, tan decepcionante para muchos de los seguidores de la serie de J.J. Abrams,  la expectativa del final de Breaking Bad era igual de grande ¿lograrían Vince Gilligam y su equipo de escritores brindar a su devota audiencia un final, quizás no el que esperábamos, porque todos teníamos una idea particular de cómo podría o debía terminar Breaking Bad, pero sí por lo menos satisfactorio? 
En mi opinión, lo lograron.
Leyendo la página de Facebook de Breaking Bad es fácil darse cuenta que surgieron tres tipos de hinchas de la serie: el team Walt que aspiraba a que Heisemberg de alguna manera saliera triunfador, el team Hank que aspiraba a que triunfara la ley, y el team Jesse (al que yo pertenecí) aquellos que apostábamos por la redención, porque mientras Hank cumplía a cabalidad su trabajo de agente de la DEA desde el principio hasta el final de la serie, hay un desarrollo marcado en los personajes de Walt y Jesse, quienes comienzan juntos en la fabricación del cristal azul sin saber muy bien en las aguas turbias en las que se estaban metiendo, pero mientras Walter convertido en Heisemberg se hunde en las tinieblas del mal, Jesse Pinkman intenta desesperado salir de ellas. 
"Bitch!" era la expresión favorita de Pinkman, un droguito a quien el profesor que lo reprobó Química en bachillerato eligió como socio en el crimen por ser la única persona a quien conocía que estaba relacionado con la venta de drogas. "Karma is a bitch",  a pesar de los cuartos llenos de billetes que Heisemberg lograba almacenar, de alguna forma siempre algo salía mal y tenía que empezar de nuevo, asegurándose ser más cuidadoso la próxima vez.
¿Cuál era el final que yo imaginaba de Breaking Bad? Como dije antes, lo imaginaba como a una tragedia, tipo el Rey Lear, donde el héroe sucumbe a su terrible destino no sin antes verse rodeado de desolación, y quizás con un bufón para dar el mensaje final, que en este caso sería Saul porque ya está anunciada: "Better call Saul", una serie con el abogado de Heisemberg como protagonista.
Imaginaba un final como la tercera parte de El Padrino, el capo Heisembreg solía tratar de convencerse de que todo lo hacía por la familia, por eso yo pensaba que al final su familia terminaría siendo víctima de su ambición, ¿puede haber mayor castigo?
Pero como bien confesó Walter a su esposa cuando Skylar le dice: "No me vuelvas a sacar que todo lo hiciste por la familia", Heisemberg finalmente se sincera: "No, todo lo hice por mí". La motivación de los actos de ese Walter convertido en Heisemberg fue su recién descubierta sed de ambición, como Macbeth, una vez probado el poder, no podía aspirar sino a más poder.
Puedo decir que aunque el final no era el que yo esperaba, me resultó satisfactorio, dista de estar a la altura de To' Ohajiilee y Ozimandía, entre otros capítulos magistrales de la serie, pero Vince Gilligam decidió despedir Breaking Bad, según sus propias palabras: "sin darle una patada en los dientes a la audiencia", qué terrible habría sido, por ejemplo, ver masacrada a la familia White, bebé Holly incluida. 
Gilligam y su equipo ofrecieron un final sin dejar cabos sueltos, y donde los personajes de ese triángulo conformado por los tres héroes -o antihéroes- de la historia, tienen un final digno capaz de causar empatía en el espectador: Hank cae en el cumplimiento del deber; Walt muere en sus propios términos, confiando que su familia quedará protegida; y Jesse libre por fin de las garras de Heisemberg, su padre espiritual, redimido de su pasado, rumbo a un horizonte desconocido. 
Dudo que alguien no apueste para Jesse una vida mejor.