sábado, 4 de julio de 2026

Tranquila, Adriana


 A diez días del terremoto del día de San Juan, todavía no encuentro las palabras que puedan describir tanto dolor de lo que está pasando en La Guaira, pero hoy, cuatro de julio, me voy permitir el atrevimiento de saltar de semejante tragedia nacional a un cataclismo personal. 

Nada más terrible que la enfermedad de un ser querido, pero permite un cierre, estremece pensar la cantidad de gente que el pasado 24 de junio perdieron en pocos segundos a sus familias sin poder darles un último abrazo, sanar heridas que quedaron abiertas, decirles adiós. Regresando a lo personal, en medio de la pandemia de covid, que también fue un periodo de zozobra en el que muchos perdieron seres queridos sin poder decirles adiós, Oscar, mi marido, salió una mañana de un cuatro de julio para subir el Avila con tres amigos, entrarían por una trocha en San Bernardino abierta semi-clandestinamente. Esa madrugada se fue sin decir adiós, yo estaba dormida, ni siquiera me había comentado la noche anterior que haría una excursión con los panas. El último recuerdo que me quedó de mi marido con quien cumpliría treinta y un años de casada en noviembre, y que cocinaba divino, es que esa noche en la que sería nuestra última cena, no hubo banquete, comimos perros calientes. 

Así que yo me desperté esa mañana de lo más tranquila sin imaginar que antes de colar el primer café, me había quedado viuda. Subiendo el Ávila Oscar murió de un infarto fulminante. En el momento de su muerte yo estaría profundamente dormida, ni un presentimiento, ni un presagio, nada me anunció su muerte antes de que me tocaran la puerta a las 8,30 de la mañana para darme la infausta noticia. 


Han pasado seis años de esa mañana en la que mi vida se partió en dos, y yo que no soy el tipo de viudas que se quedó pegada cantando “Amor eterno e inolvidable”, en estas circunstancias, en este cataclismo sísmico que ha sacudido a Venezuela, he extrañado tanto a mi marido más allá de porque no en balde pasamos tres décadas de casados, porque nadie como él para resolver problemas prácticos como buen Ingeniero Civil que era, y además con una gran vocación de ayuda. Si yo hoy estoy paralizada ante las imágenes que llegan de La Guaira, estoy seguro que Oscar habría sido de los primeros que se habrían montado en su moto para ir a La Guaira para ver en qué podía ser útil. Y si no estuviera en La Guaira, estaría en Caracas ayudando a quienes hubieran sufrido daños materiales o perdidas personales. Porque eso si tenía él, no podía quedarse tranquilo en la casa, sin duda se habría ido a socorrer al prójimo, pero no sin antes hacer un reporte exhaustivo de los daños que causó el terremoto en nuestro apartamento, además de visitar apartamento por apartamento para ver los daños sufridos en el edificio, así fuera para tranquilizar a la loca de su esposa que no se daba cuenta que nuestro Conjunto Residencial si bien golpeado, había salido más que bien parado en este terremoto que causó tantas víctimas. 


Oscar no era perfecto, nadie lo es, y nuestro matrimonio tampoco lo era, pero pocas escenas en medio de esta tragedia me hacen valorizar más mi matrimonio que esa escena viral de quien pensábamos que era un esposo rescatando con la linterna del celular y un martillo a su mujer,  quien para más colmo se llama como yo: Adriana. El, entre exasperado y amoroso haciendo las labores de rescate, y ella, nerviosa pero no histérica, fregando la paciencia hasta atrapada entre escombros. Porque aunque después resultara que la viral pareja no eran marido y mujer sino primos, nada cómo ese video tomado por un celular retrata un matrimonio de treinta años. Ni Ingmar Bergman lo habría hecho mejor. 


Recuerdo que los últimos días de nuestro matrimonio, sin imaginar que serían los últimos días de Oscar, nos enfrascamos en un pleito pendejo si ese año la cosecha de mangos era menor de lo usual. Yo decía que si y el decía que no. Pero también esos últimos días recuerdo que todas las tardes yo me sentaba a leer en la terraza, y Oscar llegaba puntual a las cinco a traerme en una tacita de peltre rojo un café con la leche batida. 


Así que hoy que mi marido cumple seis años de haberse ido, ante este terremoto que nos sacudió a los venezolanos, nunca como ahora me ha pegado tanto su ausencia, y también la soledad porque ya nuestros tres hijos alzaron vuelo, emigraron. La primera semana después del terremoto me fui a dormir a casa de mi mamá que vive en mi mismo edificio, pero los sicólogos dicen que debemos regresar a nuestra rutina lo antes posible. A mi que no me afecta vivir sola abrazada a mis libros, escribiendo, oyendo música o viendo una buena serie, en estos momentos cada sonido, cada nueva grieta que descubro en las paredes, cada adorno caído, pienso en la falta que me hace Oscar, aunque sea para que me diga: “Tranquila Adriana, deja la histeria”, y también para llorar juntos ante el sufrimiento de aquellos amigos y tantos venezolanos que tienen familiares muertos o desaparecidos, y ante el horror de lo que esta pasando sobre todo en La Guaira. 


De su inesperada muerte me quedó el reconcomio que ninguna señal me avisó que ya mi marido no estaba en este plano, ¿acaso no hay una despedida de las almas? Hasta esta mañana del 4 de julio de 2026, durmiendo en el cuarto de mis hijas porque el mío perdió el baño en el terremoto, cuando apenas empezaba a amanecer sentí un estruendo, la cama se movió, se había caído un cuadrito de un dibujo de Julio Maragall que el artista y su esposa Silvia nos regalaron en nuestro matrimonio.


 En mi apartamento la tarde del 24 de junio no se cayó ni un cuadro, aunque se rompieron copas y adornos, tonterías, también se partió en dos el vidrio del marco donde estaba la foto de Oscar. Hoy al despertarme súbitamente por el cuadro que se vino al piso, salté de inmediato para ponerme un Blue Jeans lista para salir corriendo si hacía falta. Pero no sentí temblor, pensé que habría sido un sacudón, me asomé a la ventana porque en mi edificio ante el más mínimo sacudón, a la hora que sea, salen la mitad de los vecinos a ver qué está pasando. Nadie salió. Vi el reloj y eran casi las siete de la mañana, pensé que justo a esa hora, hace seis años, se le había parado el corazón a Oscar. 


Tardó seis años en darme una señal cósmica de adiós, pero por fin la dio, casi pude oírlo diciéndome: “Tranquila Adriana, deja la histeria, todo estará bien”. 

miércoles, 24 de junio de 2026

Miss Kidman

 


Mientras casi todos celebramos en el chat de la familia cada gol de Messi, mi cuñada refunfuña, le cuesta entender lo que ella llama "El Messianismo", dice que esta bien que sea un gran jugador de fútbol pero que tampoco hay que hacer de él una religión. Lo que pasa es que le cae mal Messi, y con cierta razón porque hace años cuando su hijo estaba pequeño se toparon con Messi. El niño que tendría ocho años se le acercó a su ídolo, no sé si a tomarse una foto o a pedirle que le firmara la camisa. El entonces capitán del Barca se negó de manera poco gentil rompiéndole el corazón a mi sobrinito.

Lionel Messi tiene fama de tímido, algunos lo consideran altanero, hasta dicen que está en el espectro autista, que lo ha tenido que trabajar con psicólogos, pero futbolistícamente lo que importa es lo que pasa en la cancha y Messi es un fenómeno.

Pero yo entiendo a mi cuñada, poco duele tanto como que ignoren a tu niño. Incidentes similares pasan a menudo porque las grandes estrellas también son seres humanos, y a veces no están en talante de socializar con desconocidos que los abordan sin importar el lugar. También habrá estrellas más simpáticas que otras. Pero hasta con un ídolo que uno pensaría super chévere se puede tener un mal encuentro como fue el caso de un grupo de amigas que se cruzaron hace años con Juan Luis Guerra en un aeropuerto. Las cuatro amigas se acercaron con cierta pena pero mucho entusiasmo al cantante dominicano para pedirle si se podía tomar una foto con ellas. Dicen que tan admirado artista se negó de mala manera. Mis amigas a raíz de ese incidente no es que odien a Juan Luis Guerra ni mucho menos a su música, pero desde entonces para ellas no ha sido lo mismo oír: "Ojalá que llueva café en el Campo" o "La bilurribina", siempre sonarán con la interferencia de ese antipático no.
Por eso yo evito cualquier interacción con alguien famoso en un encuentro casual, qué triste no aplaudir los goles de Messi o dejar de disfrutar de la música de Juan Luis Guerra porque nos salieron con una antipatía. El mes pasado me crucé en una calle en Nueva York con Steven Spielberg. "¿Cómo es posible que no lo hayas parado a decirle algo?" me preguntaba mi amiga Yuri. Pues no me quise arriesgar a que me contestara de mala manera y que cada vez que sonara el tema de Indiana Jones en lugar de llenarme de emoción, fuera a pensar: "¡Ese pendejo engreído! ¡Ni que "Raiders of the los ark" fuera “El Ciudadano Kane” !".
Eso no quiere decir que no haya tenido un desencuentro con una celebridad, pasó en el año 2019 cuando paseando con mis hijas por Nueva York nos topamos con la filmación de "The Undoing", protagonizada por Nicole Kidman y Hugh Grant. Si vieron la serie de HBO quizás se acuerden de la escena en la que Nicole Kidman sale de un edificio público con el abrigo verde más espectacular que he visto en mi vida.
Cuando hay filmación en Nueva York acordonan la zona no solo para que los transeúntes no estorben a los actores y al equipo de filmación, también para que no vayan a salir accidentalmente en una escena. Tampoco pueden trancar un parque o una calle completa, así que mis hijas y yo como buenas faranduleras, encontramos un banquito en el parque fuera de la zona acordonada para fisgonear la filmación.
Nicole Kidman dista de ser mi actriz preferida de su generación -prefiero a Cate Blanchett- pero la verdad que es una mujer imponente, pocas como ellas para tener semejante aura de estrella de cine, y viéndola con esa melena de bucles rojos vestida con ese abrigo verde corrugado era ¡Guao!, pero les juro que mis hijas y yo estábamos calladitas, siguiendo la escena que no tenía diálogo, ni se nos ocurría sacar la cámara para tomar una foto, cuando de repente se nos acercó una asistente para pedirnos que desalojáramos el banco porque estábamos molestando a Miss Kidman.
La so-cretina actriz australiana ni siquiera entrecruzó miradas con estas venezolanitas, mucho menos le dirigimos la palabra o le gritamos: "Hi, Nicole!". La asistente nos sugirió movernos a otro lado donde también se veía bien para no incomodar a Miss Kidman. No le di oportunidad a mis hijas de contestar, lo hice yo: "No thanks, we must be going, a lot to do in NYC to be wasting our time", y nos fuimos con esa sensación de aunque princesas caraqueñas, de mejores lugares nos han botado.
Desde entonces he seguido viendo las series y las películas de Nicole Kidman, incluyendo “The Undoing”, algunas me han gustado y otras no tanto, no le eché la cruz, pero de que me cae mal miss Kidman, me cae como un plomo

miércoles, 17 de junio de 2026

Sobre la foto en la piscina

 



Un jueves de junio a las diez de las mañana sonó el celular, pensé que era mi madre que es la única que todavía me llama por teléfono. Si hubiera sido Bad Bunny para invitarme a la Casita de su próximo concierto no me hubiera sorprendido más que el nombre que salía en la pantalla: Salvador Fleján, amigo escritor quien a pesar de que no hemos dejado de estar en contacto por las redes sociales, tenía casi ocho años sin oír su voz cuando tras una de las más fuertes etapas de sacudones políticos vividos en Venezuela, cambió la Literatura por los fogones y se fue a vivir a Buenos Aires jurando que no volvería a pisar las calles de Chacaíto nuevamente.

Salvador tenía una invitación: reunirnos al día siguiente en la Ciudad Universitaria para que le contara de mi época como estudiante en la Escuela de Artes en los años 80, él es egresado de la Escuela de Letras pero en los 90. Después de negociar la hora de encuentro, Fleján decía a las seis de la mañana y yo a las diez, terminamos acordando encontrarnos a las ocho en punto a las puertas de la Facultad de Arquitectura para comenzar el recorrido.
Quizás nos topamos en los ochenta por los pasillos de la UCV, pero conocí a Fleján más de veinte años después cuando participamos en la colección de cuentos de la llamada “Nueva Narrativa Urbana” publicada por Alfadil: “De la urbe para el orbe” con Ana Teresa Torres y Héctor Torres como compiladores, libro publicado en el año 2006, el mismo año en el que salió mi novela “El Móvil del Delito” (Ediciones B), y la colección de cuentos de Fleján: “Intriga en el Car Wash”(Mondadori). Recuerdo que Salvador decía que tantos libros de autores venezolanos publicados ese año era un fenómeno que había que aprovechar al máximo porque pronto acabaría.
Y tuvo razón, no por falta de talento entre nuestros escritores, sino que la situación política y económica fue empeorando a tal punto que poco a poco cerraron en Venezuela casi todas las editoriales, sin contar la cantidad de amigos escritores que levaron anclas, entre ellos Salvador, que de mis panas narradores fue el último en emigrar, pero también fue el primero en regresar, hace como dos años.
A las ocho en punto, cual lo acordado, llegué a la Facultad de Arquitectura, di una vuelta al cafetín, pasé por la biblioteca, salí frente a la cancha, y Salvador que tanto había insistido en que fuera puntual, no aparecía por ningún lado. Le escribí varios mensajes de texto y no respondía, tampoco contestaba llamadas. ¿Me había equivocado de Facultad? ¿habrá tenido un accidente? ¿Se le habrá muerto el gato? Poco antes de las nueve por fin llamó a decirme que venía en camino.
Cuando bien pasadas las nueve Fleján no había llegado, si yo tuviese un poco de dignidad me habría ido, pero aproveché para visitar a los libreros en los pasillos de Ingeniería que apenas comenzaban a abrir. Le escribí a Fleján que me buscara allá. Por fin llegó con una excusa que de milagro se mata en el mototaxi: “Ay Gordis casi me da un infarto”. Me encontró con tres libros en las manos, se los devolvió al librero diciendo que pasaría después por ellos, que esta señora era nieta de Villanueva y se la tenía que llevar.
Desde un principio le pedí que este paseo fuera como de dos ucevistas cualquiera, no como la nieta de Carlos Raúl Villanueva, pero a Fleján basta que le pidas algo para que haga lo contrario, y gracias al grito en pleno pasillo de que estaba con la nieta del Arquitecto responsable de la Ciudad Universitaria, terminé tomándome un selfie con un señor muy simpático quien se identificó como controlador aéreo, motivo de chalequeo de Fleján el resto de la mañana: “Ese lo que te quería era…”.
Nada más alejado de la realidad, el hombre, un moreno guapo por lo menos década y media menor que yo, fue muy respetuoso y me hizo saber que el selfie “con la nieta del Maestro Villanueva” era para mostrárselo a su esposa que era la más ucevista de las ucevistas. Lo que pasa es que Fleján me tiene cariño y esa es su manera antiWOKE de subirme la moral de abuelita sesentona.
Después de presentarme a Mauricio, su sobrino que serviría de fotógrafo que venía acompañado con su padre, quien había pasado por el infierno de ser un preso político durante cuatro años (lo que merece un capítulo aparte) comenzó este improvisado recorrido por la UCV en la Facultad de Arquitectura donde primero los llevé a la biblioteca de la Facultad para que conocieran a mis amigos los Móviles y Estábiles de Calder. Cuando Fleján me preguntó dónde estaba el cafetín de Arquitectura comprendí que en sus años como Estudiante de Letras, a pesar de que jugaba futbolito en la cancha deportiva de enfrente, jamás se interesó en pasar por uno de los edificios más emblemáticos de la Ciudad Universitaria.
Le conté que cuando yo estudiaba en la Escuela de Artes iba bastante por Arquitectura. Salvador me preguntó cuántas veces regresé veinte años después para escribir “El Móvil del Délito”, novela que tiene como protagonista a La Estalagmita de Calder, cuando le conté que si fui dos veces es mucho, no me quería creer. Ahí si parafraseé a mi abuelo cuando le decía a sus alumnos que la Arquitectura no era maquetas bien hechas y planos con dibujos bonitos, era un proceso mental.
De Arquitectura nos fuimos a la Facultad de Humanidades donde Fleján estudió Letras, insistía tercamente que también ahí quedaba la Escuela de Artes. Le conté que cuando yo empecé a estudiar en el año 1982 la Escuela tenía como cuatro años de fundada, una iniciativa de Inocente Palacios quien soñaba con que eventualmente la sede sería en los terrenos donde hoy está la Galería de Arte Nacional. Las clases si bien con un trabuco de profesores, grandes intelectuales de los 80, comenzaron en unos incómodos galpones creo que en Los Chaguaramos. Cuando entré en la Escuela ya se había mudado “provisionalmente” a unos salones prestados de la Escuela de Estadísticas, lo que alguna vez fueron las residencias estudiantiles, frente a la piscina. En Humanidades solo vi “Taller de Expresión Oral y Escrita”, clase magistral dictada por Isaac Chocrón en el Auditorio, y alguna clase ocasional donde quedaba maravillada ante las aulas integradas a los jardines de chaguaramos. Aparte de “Introducción al Cine” dictada por Iván Feo en la Cinemateca Nacional, el resto de mis clases fueron todas en las aulas de las antiguas Residencias Estudiantiles, donde al asomarme distraída a las ventanas lo que veía era un terreno que parecía un peladero de chivos, y de lejos al comedor universitario, al que me da pena decirlo, nunca fui, cuando me tocaba quedarme a almorzar en la universidad, iba al Cafetín de la piscina.
Fleján insistió en que la Facultad de Humanidades tuviera su protagonismo en este recorrido y como para eso están los escritores, para modificar la realidad, en la narrativa de Fleján “la nieta de Villanueva” a quien hasta hace poco llamaba “colega”, y que en junio de 2026 rebautizó para horror mío como: “Gordis”, modificó el escenario de mis años universitarios, y para colmo, decidió arbitrariamente musicalizar esos años dorados de mi juventud con Flans, grupo adolescente mexicano de finales de los años 80 del cual esta "Gordis" solo podría tararear: “No controles mi forma de pensar porque es total”.
Cualquier cambio del soundtrack de esta evocación conjunta fue inútil: por más que le insistiera al joven Fleján - quien es tres años menor que yo- que Flans sería su referencia, no la mía, él fue quien las fue a ver en El Poliedro con Karina, yo no, por más que insistí que mi Ciudad Universitaria en la primera mitad de los años ochenta sonaba a Willie Colón bien fuera con su “Fantasmas”, o con el disco que sacó con Rubén Blades y El Solar de los Aburridos, o con el “Caribe” de Soledad Bravo; que mis años universitarios también sonaban a Gal Costa, María Bethania, Simone; a un poco de Nueva Trova de mi breve paso por la Escuela de Comunicación Social, y en las noches a sus buenas dosis de Madonna y Michael Jackson porque yo era una ucevista discotequera, que sobre todo mi paso por la Escuela de Artes sonaba al pana Aquiles Báez, alías Guataca, que en paz descanse, compañero que nunca entraba clases, prefería quedarse afuera tocando guitarra o cuatro, que cada vez que me veía llegar tocaba los primeros acordes de “Ligia Elena” de Rubén Blades, y quien llegó a ser uno de los grandes músicos de Venezuela antes de su prematura muerte en el año 2022.
Pero fue inútil, Fleján ignoró tan digna lista de mis intereses musicales veinteañeros, la “Gordis” sonaba a Flans, y de escritor a escritor quién soy para contradecir semejante aberración, es su derecho a fabular, tampoco es que mis años universitarios sean Historia Patria y bastante ficcioné yo con ella en mi novela "El Móvil del Delito".
De la Facultad de Humanidades nos dirigimos a la conocida como “Tierra de Nadie”, tras posar para el lente de Mauricio frente a la hermosa Biblioteca de la Facultad de Ingeniería con mural de Alejandro Otero en la fachada, y constatar que el tramo de los pasillos cubiertos que se desplomó hace unos años, sigue desplomado, nos dirigimos a la Escuela de Artes, trayecto en el que Fleján me acordó al actor colombiano Juan Pablo Raba y su podcast “Los Hombres si Lloran” cuando empezó a indagar en un par de capítulos dolorosos en mi vida: la súbita muerte de mi esposo seis años atrás, tema en el que no tengo ningún reparo en hablar, y el hecho que a pesar de que mi trayectoria por la universidad fue impecable académicamente y que terminé todas las materias requeridas para graduarse, tras un paro universitario tan común en los años 80, mi vida tomó por otros caminos, no me volví a integrar en la universidad para hacer la tesis y no me llegué a graduar: “¿Pero por qué Villanueva? ¿Por qué?”, casi me gritaba Fleján, pregunta que me he hecho repetidas veces a lo largo de la vida y que solo tiene una respuesta: “Por pendeja”.
Esa mañana mi gran felicidad cuando llegué a la Escuela de Artes tras años sin pasar es que ya no es el edificio prestado de Estadísticas, hoy tiene una placa en el umbral de su entrada que la señala como “Escuela de Artes”. Por fin es oficialmente una escuela digna de sede propia. Estadísticas quedó con el ala de al lado. Los banquillos donde se sentaba Aquiles a tocar cuatro ya no están, de resto la Escuela está igualita, como si no hubiesen pasado más de cuarenta años cuando coreaba con mis amigos: “Oh qué será qué será”. No dio tiempo de entrar porque Mauricio el sobrino fotógrafo se tenía que ir a trabajar, de todas maneras en ese austero edificio no hay mucho que retratar pero no quise que se fuera sin cerrar este paseo en unos de mis lugares preferidos de la Ciudad Universitaria: la piscina.
Volvimos a parecer una pareja con treinta años de casados que pelean por cualquier tontería: Fleján insistiendo que entráramos a la piscina por su puerta que no era mi puerta, resulta que él fue nadador y yo jamás metí un dedo en esa piscina olímpica. Pero Fleján nunca probó las delicias que se comía en ese cafetín, tuvimos que salir para entrar por la puerta que yo decía para llegarle al cafetín para la foto final que nos tomó Mauricio, en la que Fleján y yo sonreímos ya no como si fuéramos una pareja de amigos sesentones que pelea por pendejadas, sino como un par de carajitos que por una mañana nublada de junio logramos entrar en el túnel del tiempo para volver a ser dos ucevistas felices de estar en este espacio privilegiado.
Crédito de la foto: Mauricio Manzano

miércoles, 29 de abril de 2026

On Broadway




Pasando unos días en Nueva York aprovecho para ir al teatro, en cartelera está “Death of a Salesman” de Arthur Miller con Nathan Lane como Willy Loman y Laurie Metcalf como su esposa Linda. Dudo si ir a verla, es una de esas obras que creo conocer hasta el cansancio: recuerdo haberla leído en bachillerato, también en  la universidad, vi la película con Frederic March, en pandemia vi la versión de Dustin Hoffman. Pero los comentarios son excelentes y pienso que en un Broadway donde hoy mucho del teatro que se ve está basado en éxitos de Hollywood, hay que reconocer la genialidad de un dramaturgo como Arthur Miller  y me decido a ir a la obra por excelencia del derrumbe del sueño americano que trata de un vendedor estrella que pasados los sesenta años se da cuenta que no solo su carrera de vendedor es insignificante, sino también las vidas de sus dos hijos, incluso Biff, el que tanto prometía en su juventud y que sin trabajo a los 34 años se enfrenta a su padre: “Hombres como nosotros los hay a diez centavos por docena”.

Da vértigo de vida regresar a la Muerte de un Viajante teniendo la edad de Willy Loman. La única nube en fue que como a los veinte minutos de comenzada la función, una puerta se abrió para dejar pasar a una pareja que llegaba tarde. No podía creer la mala educación, los actores dejando el alma en escena y estos irrespetuosos no tienen la decencia de llegar a tiempo. Yo no llego tarde al cine porque no me gusta ver una película ni con un minuto de empezada mucho menos llegaría tarde a una función de teatro porque además de ser una grosería para el resto del público ni se diga para los actores.

La lengua es castigo del cuerpo, exprimiendo mi estancia en NY busco entrada para ver Giant con John Lithgow como Roald Dahl, mi hijo sabe quién es Roald Dahl porque creció leyendo sus novelas infantiles y viendo las películas basadas en ellas: Matilda, Charley y la fábrica de chocolates, James and the giant Peach, pero no ubica a John Lithgow: “El papá biológico de Dexter“, le digo,  “aaahhhh ya sé quién es”.

Estoy emocionada de ver esta obra que ganó varios premios el año pasado en su estreno en Londres. Salgo una hora y media antes para llegar a tiempo, cómo todavía estoy recuperándome de la fractura de tobillo camino lento en una ciudad donde hasta las ancianitas me pasan apuradas. Este martes estoy un poco distraída, me pasé de la estación de Metro hasta la calle 34, estaba a tiempo, podía caminar las once cuadras de distancia, pero decido no andar apurada y me doy la vuelta en Metro. Apenas pasan las siete y la obra es a las ocho, me parece un poco extraño que la calle de Broadway donde
quedan varios teatros está inusualmente vacía, gracias a que no apuro el paso porque tiempo es lo que sobra me puedo fijar en un señor de barbita que viene caminando hacia mi conversando con un muchacho, coño, no puede ser, si, es el, de bolas que es el, es Steven Spielberg, el legendario director de Jaws, de ET, de Raiders of The Lost Ark; si Willy Loman es la esencia del fracaso americano Steven Spielberg es la esencia del triunfo del mismo, a los treinta años ya había logrado hacer sus obras más comerciales para dedicarse a hacer las películas que él quería como La lista de Schindler. 

Dígame usted si se cruza en la calle con Spielberg qué haría, yo respeté su privacidad pero no pude evitar exclamar en voz alta cómo quién canta un mantra: ¡Spielberg Spielberg! para convencerme del gran momento fugaz de en una ciudad en la que deambulan millones de almas cruzarme con semejante ídolo, pensar que qué impresión que ese hombre además no envejece, pero sin dejar pasar la emoción de semejante encuentro me tenía que apurar porque no me gustan los gentíos, por eso procuro llegar temprano al teatro, pero que extraño es aquí, y no hay nadie en la puerta, solo los porteros, será que me equivoqué de día, entonces caí en cuenta que era martes y los martes el teatro es a las siete pm, no a las ocho.


Por boca de sapo tuve que pasar por la vergüenza de llegar a una obra de teatro 17 minutos tarde, aunque calculo que un poco menos, porque la antagonista, la que señala a Las Brujas cómo una alegoría antisemita, hace su entrada a la obra minutos después que yo. Menos mal que mi actual claustrofobia hizo que buscara un puesto de pasillo a un lado del teatro, al único que creo haber molestado por mi impuntualidad fue al muchacho sentado al lado mío que estaba usando mi puesto para su abrigo. Lo quitó con fastidio de a quién se le ocurre llegar tarde al teatro.

Al principio me costó entrarle a esta historia de un enfrentamiento entre Roald Dahl y una joven periodista judia por el abierto antisemitismo del escritor que tanto admiraba, pero gracias a la actuación de Lithgow, a los pocos minutos ya estaba concentrada en lo que estaba ocurriendo en escena:  “¿Las brujas antisemita? ¡Pero si es la historia de un niño y su amor por su abuela!”.

En el intermedio corrí lo que me permitió mi pierna chueca para ir al baño y regresé a mi asiento minutos antes de que comenzara el segundo acto. El muchacho sentado al lado mío no había llegado. Cuando por fin lo hace se quita la gorra para ponerla en su regazo, ¿y qué decía la gorra? ¡Steven Spielberg! No podía creer la casualidad, le conté que había llegado tarde porque me había confundido en la hora pero gracias a esa confusión, gracias a que me pasé de estación de Metro, y quizás gracias a que en diciembre me fui por una alcantarilla sin tapa en Caracas y pasé por una doble fractura de tobillo, hoy el universo me había recompensado con una visión fugaz de Steven Spielberg, director a quien admiro tanto que como diría mi hija soy la única persona que ella conoce que no me quedé dormida viendo “Lincoln”.

Y para más casualidad tenía sentado al lado a un chamo con una gorra que dice Steven Spielberg. Estaba tan emocionada contándole con mi broken English que se me fue la palabra baseball cap: “I just saw Spielberg on the street, and now you are sitting next to me with a, with a, with a ¡cachucha! with his name on it”.

El muchacho pareció emocionarse con el cuento y le dijo a su amigo: “She just saw Spielberg! Is he here?”, me preguntó emocionado. Le dije que me lo crucé en la calle, si no hubiera llegado tarde no lo habría visto pero qué casualidad esa gorra, tenía que tomarle una foto, el chamo me dijo claro, pero ya yo había apagado el teléfono para que en este día de encuentros y desencuentros no me fuera a sonar en medio de la obra, las luces del público se bajaban anunciando el comienzo del segundo acto. Comprendí que no todo en esta vida moderna debe tener un respaldo gráfico, suficiente, ya, enough, había pasado el momento Spielberg, volvía a ser la hora de Lithgow como Roald Dahl, por lo menos hasta el día siguiente que escribo este encuentro, y hasta el estreno en junio de la próxima película de Spielberg: “Disclosure Day”.


martes, 3 de febrero de 2026

La amatista

  



A mes y medio de la caída en la cual me fracturé tibia y peroné, los avances en mi pie izquierdo han sido quizás más lentos de lo que yo habría deseado, aunque para el médico y el fisioterapeuta voy bastante bien: ya camino con muletas apoyando más de la mitad de mi peso en el pie lastimado. 

Mis horarios siguen siendo los mismos de antes de la caída, las rutinas diarias como bañarme toman más tiempo. El domingo fue mi segunda salida en mes medio y medio (ya había salido a la consulta del médico): fui a una parrillada con unos amigos. Sigo acostándome todas las noches después de las 12 tras resolver  Wordle, Connections y el mini crucigrama del NYT, y si no está muy difícil, también debí haber resuelto el crucigrama usando la opción de tachar las letras erradas, que mi inglés tampoco da para tanto. 

Y aunque me acueste tarde, cansada, y con alguna leve ayuda medicinal, me está costando conciliar el sueño, no todas las noches, algunas más que otras. Anoche, por ejemplo, tras apagar la luz, comencé a dar vueltas incómoda con el pie herido, como si no terminara de cuadrar con el resto del cuerpo, como si fuera un miembro ajeno cosido por el doctor Frankestein. 

Duermo de un lado, me volteo, intento boca arriba, pongo el pie herido sobre una almohada, me molesta la cicatriz como si tuviera astillas, quito la almohada, levanto la cobija e intento sacar la pierna de un lado, es que no hay posición que me acomode. 

Como a la media hora me rindo y prendo la luz de la mesa de noche, voy al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz, como sigo sin sueño, busco en mi Kindle el libro más aburrido que haya bajado en la últimas semanas: una novela gringa sobre las vicisitudes de la perimenopausia. Ya yo pasé por ahí, capítulo de insomnios pasados.  Aburrida y todo la novela la termino de leer en mi desvelo.

Vuelvo a ir al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz para ver si llega el sueño, y nada. No pienso en el futuro, a lo mejor por mi propia inmovilidad  ahora siento que está estancado, sé que no debería pero pienso en el pasado, recuerdo historias que valieron la pena, otras historias que con gusto me saltaría si volviera a vivir… Evito ponerme intensa, caer en un ciclo de “what if´s”. Poco me falta para agarrar un rosario, o ponerme a contar ovejas en vez de vivencias, pero prefiero recurrir a mi caja de piedras: una de mis más recientes mañas es que me ha dado por coleccionar piedras, confieso que me he dejado deslumbrar por piedras de colores como las que usaban los conquistadores españoles para cambiárselas por oro a los indígenas. 

De mi incipiente colección agarro un cuarzo morado o amatista, piedra conocida por sus propiedades “calmantes y protectoras, recomendada a las personas propensas al estrés y a la ansiedad gracias a sus efectos relajantes y equilibrantes”. 

Me aferro a la amatista apretándola con mi puño izquierdo hasta que por fin llega el sueño, mi mente se desenchufa, por fin la nada, el dejar de sentir la pierna izquierda amotinada del resto del cuerpo, desconectarme con el yo, o por lo menos eso creo porque de repente me encuentro en una casa que no es la mía, con otros sobrevivientes a la espera de que lleguen los monstruos verdes, que no son ni zombies, ni vampiros, ni alienígenas, son monstruos, como los de antes, como Frankestein, ya vienen por nosotros, y yo con la pierna así, y sola, mi marido murió, mis hijos emigraron, no puedo salir de la casa, logro meterme en un clóset, la pierna entra a duras penas, me cubro de chaquetas, aguanto la respiración, ya van a entrar los monstruos verdes, ya vienen…

Y abro los ojos sobresaltada, hace un mes y medio de mi caída por una alcantarilla sin tapa, gracias a Dios por mi familia y mis amigas que me ayudaron en ese trance, ya hace un mes de la llamada “extracción”, esta madrugada de febrero 2026 me despierto en una Caracas post Maduro, en la era de la señora Delcy y de mister Trump, con la ilusión que terminen de liberara. todos los presos político en Venezuela y que reactiven los vuelos de American Airlines para ir a visitar a mi familia cuando me recupere al cien por ciento.  

 No estoy despierta del todo, mi pierna descansa con el resto del cuerpo, por fin parece haber encontrado su mejor posición, mi mente está despierta el cuerpo todavía no,  o eso creo yo, la mano izquierda sigue fuertemente aferrada a la Amatista. 

viernes, 19 de septiembre de 2025

Llegando a la Tercera Edad

 

Hasta hace pocos años, como cuatro o cinco años a lo más, si a alguien se le ocurría preguntarme “¿Tercera edad?”, contestaba algo así como: “¡¿Tú me ves cara de vieja?!”, semejante ofensa me dejaba un incómodo malestar durante semanas pensando: “Estoy acabada”, luego me consolaba a sabiendas que para la gente joven, cualquier persona que pasara de los cuarenta años, era de la tercera edad a menos que demostrara lo contrario.


Un extraño
fenómeno ocurre apenas cumplimos los sesenta, edad que para muchos efectos comienza la tercera edad, de inmediato abrazamos eso de ser sexagenarios y no nos perdemos ni una ventaja ni un descuento.

Y si nos dicen que la tercera edad se aplica después de los sesenta y cinco años, lejos de alegrarnos por ser considerados demasiado jóvenes para merecer el tratamiento, nos lamentamos de no haber logrado el corte, porque no es solo asunto de ahorrarse un veinte por ciento en la entrada al Cine, también por ventajas como el nuevo reglamento del Saime que a partir de los sesenta años quienes necesiten sacar cédula, se podrán presentar en la oficina de su preferencia sin previa cita.
Así que cobijándome en la ley que como sexagenaria me ampara, hace unas semanas me presenté en la oficina del Saime en San Bernardino a las once de la mañana para sacarme cédula nueva.
Recordando colas pasadas, me impresionó que había poca gente en el patio de la pequeña casa donde queda la oficina de cedulación, entregué la copia de mi cédula a la funcionaria en la entrada:
- ¿Cita?
- Soy tercera edad.
- ¿Qué edad tiene usted?- me preguntó con desconfianza.
- Sesenta y dos años- contesté con orgullo de abuelita bien conservada.
No hubo un ¡niña estás estupenda!, me dijo que hiciera la cola, cuando terminaran con la cedulación de los niños pasaban a la tercera edad.
¡Málditos chiquillos que son prioridad antes que las abuelitas!
La cola era corta, pero lenta, esta viejita no fue preparada para el intenso sol del mediodía, a pocos metros de donde empezaba la fila había un murito donde podría sentarme protegida del sol por la sombra de un árbol. La fila comienza a moverse en la entrada a la oficina, quienes está sentados bajo la sombra, se hacen los locos para no perderla. Ahí es que se me sale el vieja loca:
-¡Epa, epa, epa, la fila está avanzando, que todos queremos sombra, habemos personas de la tercera edad esperando!
Los vivas, o las vivas porque eran unas mujeres jóvenes, se ven obligadas a avanzar y ceder el puesto preferencial desde donde veo llegar a una abuelita, la funcionaria de inmediato le toma el brazo y la hace pasar a la oficina.
Sentada bajo la sombra veo entrar a la abuelita sin quejarme, pensando que apenas estoy aterrizando en la tercera edad, habrá que esperar con paciencia al Premium de la Cuarta.

martes, 16 de septiembre de 2025

El Gran Redford


Hoy nos despertamos con la triste noticia del la muerte de Robert Redford (1936-2025), mi primer amor de pantalla grande, amor reñido por Paul Newman porque ambos competían en carisma y galanura primero en Butch Cassidy y The Sundance Kid(1969), y después en El Golpe(1973), que creo que fue la primera película de Redford que vi en el cine, como los niños de antes íbamos al cine, repitiendo varias veces la misma película mientras estuviera en cartelera. En mi infancia la balanza de galanura se fue a favor de Redford quizás porque era más joven, el cuarentón Paul, por más bello que fuera, era un viejo para la niña Adriana que se comenzaba a dejar conquistar por unos Blue Jeans bien usados, una melena rubia y un par de ojos azules, tal cual Brad Pitt desde Thelma and Louise hasta F1.
Muchas de las películas de Redford tuve que esperar los reestrenos para verlas en Cine, algunas las vi primero en TV: The Way We Were, El Gran Gatsby, All The President ́s Men, Barefoot in The Park. Otras las vi en sus estrenos en cine: The Great Waldo Pepper, Out of Africa, Los días del Condor... Los años pasaron y sin perder ni un ápice de galanura Redford hizo la transición de actor a Director, y a fundador del Festival de películas independientes Sundance.
A la adulta Adriana la balanza fue tendiendo más hacía la carrera de Paul Newman, desde Un largo y ardiente verano, hasta El Veredicto. Pero cada vez que veía The Way we Were, que la he visto varias veces porque una es cursi, la balanza de los suspiros de ¡Ay qué bello! se volvía a ir del lado de Redford.
Hace unos años tuve la inmensa suerte de cruzarme con el amor de mi infancia en el Museo Picasso en Paris, por mi habría pasado inadvertido, fue mi prima Paulina quien lo descubrió: “Piki, mira ese no es...” y si era, un poco enjuto por el paso de los años, su rostro ajado, pero la misma melena, el mismo porte, la misma forma de usar Blue jeans. No podía creer que estábamos compartiendo la admiración del genio de Picasso con el mismo Sundance Kid. Iba en una pequeña comitiva, Pali y yo lo seguimos a lo lejos varias salas, lo suficientemente lejos para que no llamaran a seguridad, como admirando más la obra de Picasso que sentir que estábamos respirando el mismo aire del gran Robert Redford.
Al final lo dejamos ir sin molestarlo, emocionadas que a sus más de 80 años, nos habíamos encontrado con el primer Gran Gatsby.