Tristemente sabemos que en mayor o menor grado con el terremoto del 24 de junio, comenzando el juego de Brasil-Escocia a las 6 de la tarde, a los venezolanos la vida se nos quebró en pedacitos: el terror que quedó ante la tierra sacudiéndose minuto y medio, sin saber si nuestros familiares estaban bien, después las noticias de los edificios derrumbados en Caracas, tantas víctimas, quienes perdieron sus hogares, sin hablar de la total devastación de La Guaira, miles de muertos y desaparecidos. El doble Terremoto de San Juan nos rompió emocionalmente a los venezolanos, a unos más que otros, como cualquier cataclismo de esa magnitud.
Desde el 24 de junio somos como un país de zombies. Estamos en luto cerrado, yo no volví a leer en las redes sociales ninguna celebración por el Mundial. Si acaso en los chats con los más íntimos celebrando el juego de los noruegos y la simpática estrella de este Mundial 2026: Haaland, o con la guapura y los dos goles de Bellingham que eliminaron a nuestra querida Noruega, o la tristeza de la eliminación de Cabo Verde que fue otro favorito emocional.
En privado, en momentos tan difíciles como los que estamos viviendo, para mi el fútbol fue un solaz, porque no tengo concentración ni para leer, ni para ver tv, ni siquiera para ver series como Virgin River, yo por lo menos pasé las primeras dos semanas sin querer salir de mi edificio, todo el día viendo las noticias que iban publicando por Instagram sobre la magnitud del desastre, pendiente de cada rescate, de los amigos buscando desesperados a sus familiares desaparecidos, hasta que me reclutaron como voluntaria en un centro de acopio, voluntariado del que no me jacto porque ante el esfuerzo de tantos venezolanos y rescatistas extranjeros en La Guaira, el mío no fue sino un minúsculo granito de arena entre tantos gestos heroicos que hemos visto para las labores de rescate con tan poca ayuda del Estado.
Así que dentro de mi apartamento agrietadas todas las paredes pero bien, sintiendo cada réplica fuerte que ha llegado después, seguí mi tradición de ver el Mundial, tratando de ser discreta, porque en el apartamento de abajo donde viven unos vecinos que apenas conozco, recogieron a unos familiares damnificados de La Guaira que sufrieron perdidas tanto de sus viviendas como de familiares, milagrosamente lograron salir con vida. Durante días señoras mayores, otras más jóvenes, con sus niños, durmieron afuera, no se atrevían a entrar en el apartamento a pesar de que nuestro edificio apenas sufrió. Pasaban todo el día sentados en unas sillas que ponían en el pasillo de las áreas comunes. A pesar de sus perdidas se veían tranquilos, a lo mejor ya habrían llorado tanto, tampoco se oían risas, el silencio de estas primeras semanas del duelo nacional casi se podía tocar en la atmósfera, pienso es un silencio del horror que se siente por toda Venezuela, un estremecimiento emocional compartido en todas partes del mundo donde haya un venezolano.
Así pasé el Mundial, celebrando goles lo más bajo posible, antes del terremoto los vecinos gritaban los ¡goooooool! más fuertes del edificio, lo peor era que yo me enteraba de los goles que venían porque su señal de televisor estaba varios segundos adelantada a la mía. No son como yo de los que cantan todos los goles, solo los de los llamados “países hermanos”: Uruguay, Colombia, Ecuador, México, Brasil, Panamá, Paraguay y Argentina.
Un día antes del terremoto llegaron con un televisor gigante, viéndolos bajarlo de su camioneta pensé: "ahora si me fregué yo” el ruido va ser descomunal. Casi que les toco la puerta para ver el fútbol con ellos pero no son del tipo de vecinos que te invitan a tomar un café o que se detienen en las áreas comunes para conversar un ratico. Un discreto quiebre de ideología política parece separarnos. Solo sé que en ese apartamento ven el fútbol a pocos metros donde yo lo veo solita, y me hacen spoilers de los goles, pero que a partir de terremoto, desde esa Planta Baja no se volvió a oír el futbol, solo se oye a los perritos, y los niños jugando con la inocencia de los niños que no terminan de comprender lo que pasó.
Pasaron los octavos de final y seguí viendo el Mundial calladita, gritando discretamente los ¡Gooool!, haciendo mis conjeturas de quien no sabe mucho de fútbol que Francia e Inglaterra sería la final porque fueron los equipos que jugaron mejor, además qué bello Bellingham, y no importa lo que digan yo amo a Mbappe y qué lindo oír La Marsellesa, la sangre llama porque mi bisabuela era de familia Argentina pero nacida en Francia, así que son los dos países de mi actual afición, sobre todo por Messi, que ha sido el gran ídolo de mi hijo desde niño, y me perdonan los Messi Haters pero cómo me gustaría que cerrara su paso por los Mundiales alzando la Copa, pero España, ay España de mis amores, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid.
Con tanta emoción mundialista en el pecho en medio de un duelo cerrado en el país, por empatía con la perdida de los vecinos, enciendo con el volumen bajito el juego Inglaterra- Argentina. Inglaterra domina la primera mitad, abren el marcador con un gol, yo sabía que Argentina no podría contra los ingleses liderados por Harry Kane, pero en la segunda mitad Argentina contraataca, el portero de Inglaterra logra atrapar varios balones que se acercaron peligrosamente al arco. ¿Qué le pasó a los ingleses que se desinflaron? ¡Dónde está mi novio Jude Bellingham! Hey Jude que el ataque argentino llegó feroz, los van a empatar, qué pasa Inglaterra que ahí tienen a Mick Jagger en las gradas sufriendo, y los Beckham, ay pobrecita Victoria cuando por fin se decidió emocionar… les van a meter un gol, pero se está terminando el juego, ¿lo lograrán? ay Dios mío no puedo con tanta angustia, hasta que de repente, desde la planta baja, se oyó por primera vez en tres semanas: ¡Goooooooool!
