miércoles, 29 de abril de 2026

On Broadway




Pasando unos días en Nueva York aprovecho para ir al teatro, en cartelera está “Death of a Salesman” de Arthur Miller con Nathan Lane como Willy Loman y Laurie Metcalf como su esposa Linda. Dudo si ir a verla, es una de esas obras que creo conocer hasta el cansancio: recuerdo haberla leído en bachillerato, también en  la universidad, vi la película con Frederic March, en pandemia vi la versión de Dustin Hoffman. Pero los comentarios son excelentes y pienso que en un Broadway donde hoy mucho del teatro que se ve está basado en éxitos de Hollywood, hay que reconocer la genialidad de un dramaturgo como Arthur Miller  y me decido a ir a la obra por excelencia del derrumbe del sueño americano que trata de un vendedor estrella que pasados los sesenta años se da cuenta que no solo su carrera de vendedor es insignificante, sino también las vidas de sus dos hijos, incluso Biff, el que tanto prometía en su juventud y que sin trabajo a los 34 años se enfrenta a su padre: “Hombres como nosotros los hay a diez centavos por docena”.

Da vértigo de vida regresar a la Muerte de un Viajante teniendo la edad de Willy Loman. La única nube en fue que como a los veinte minutos de comenzada la función, una puerta se abrió para dejar pasar a una pareja que llegaba tarde. No podía creer la mala educación, los actores dejando el alma en escena y estos irrespetuosos no tienen la decencia de llegar a tiempo. Yo no llego tarde al cine porque no me gusta ver una película ni con un minuto de empezada mucho menos llegaría tarde a una función de teatro porque además de ser una grosería para el resto del público ni se diga para los actores.

La lengua es castigo del cuerpo, exprimiendo mi estancia en NY busco entrada para ver Giant con John Lithgow como Roald Dahl, mi hijo sabe quién es Roald Dahl porque creció leyendo sus novelas infantiles y viendo las películas basadas en ellas: Matilda, Charley y la fábrica de chocolates, James and the giant Peach, pero no ubica a John Lithgow: “El papá biológico de Dexter“, le digo,  “aaahhhh ya sé quién es”.

Estoy emocionada de ver esta obra que ganó varios premios el año pasado en su estreno en Londres. Salgo una hora y media antes para llegar a tiempo, cómo todavía estoy recuperándome de la fractura de tobillo camino lento en una ciudad donde hasta las ancianitas me pasan apuradas. Este martes estoy un poco distraída, me pasé de la estación de Metro hasta la calle 34, estaba a tiempo, podía caminar las once cuadras de distancia, pero decido no andar apurada y me doy la vuelta en Metro. Apenas pasan las siete y la obra es a las ocho, me parece un poco extraño que la calle de Broadway donde
quedan varios teatros está inusualmente vacía, gracias a que no apuro el paso porque tiempo es lo que sobra me puedo fijar en un señor de barbita que viene caminando hacia mi conversando con un muchacho, coño, no puede ser, si, es el, de bolas que es el, es Steven Spielberg, el legendario director de Jaws, de ET, de Raiders of The Lost Ark; si Willy Loman es la esencia del fracaso americano Steven Spielberg es la esencia del triunfo del mismo, a los treinta años ya había logrado hacer sus obras más comerciales para dedicarse a hacer las películas que él quería como La lista de Schindler. 

Dígame usted si se cruza en la calle con Spielberg qué haría, yo respeté su privacidad pero no pude evitar exclamar en voz alta cómo quién canta un mantra: ¡Spielberg Spielberg! para convencerme del gran momento fugaz de en una ciudad en la que deambulan millones de almas cruzarme con semejante ídolo, pensar que qué impresión que ese hombre además no envejece, pero sin dejar pasar la emoción de semejante encuentro me tenía que apurar porque no me gustan los gentíos, por eso procuro llegar temprano al teatro, pero que extraño es aquí, y no hay nadie en la puerta, solo los porteros, será que me equivoqué de día, entonces caí en cuenta que era martes y los martes el teatro es a las siete pm, no a las ocho.


Por boca de sapo tuve que pasar por la vergüenza de llegar a una obra de teatro 17 minutos tarde, aunque calculo que un poco menos, porque la antagonista, la que señala a Las Brujas cómo una alegoría antisemita, hace su entrada a la obra minutos después que yo. Menos mal que mi actual claustrofobia hizo que buscara un puesto de pasillo a un lado del teatro, al único que creo haber molestado por mi impuntualidad fue al muchacho sentado al lado mío que estaba usando mi puesto para su abrigo. Lo quitó con fastidio de a quién se le ocurre llegar tarde al teatro.

Al principio me costó entrarle a esta historia de un enfrentamiento entre Roald Dahl y una joven periodista judia por el abierto antisemitismo del escritor que tanto admiraba, pero gracias a la actuación de Lithgow, a los pocos minutos ya estaba concentrada en lo que estaba ocurriendo en escena:  “¿Las brujas antisemita? ¡Pero si es la historia de un niño y su amor por su abuela!”.

En el intermedio corrí lo que me permitió mi pierna chueca para ir al baño y regresé a mi asiento minutos antes de que comenzara el segundo acto. El muchacho sentado al lado mío no había llegado. Cuando por fin lo hace se quita la gorra para ponerla en su regazo, ¿y qué decía la gorra? ¡Steven Spielberg! No podía creer la casualidad, le conté que había llegado tarde porque me había confundido en la hora pero gracias a esa confusión, gracias a que me pasé de estación de Metro, y quizás gracias a que en diciembre me fui por una alcantarilla sin tapa en Caracas y pasé por una doble fractura de tobillo, hoy el universo me había recompensado con una visión fugaz de Steven Spielberg, director a quien admiro tanto que como diría mi hija soy la única persona que ella conoce que no me quedé dormida viendo “Lincoln”.

Y para más casualidad tenía sentado al lado a un chamo con una gorra que dice Steven Spielberg. Estaba tan emocionada contándole con mi broken English que se me fue la palabra baseball cap: “I just saw Spielberg on the street, and now you are sitting next to me with a, with a, with a ¡cachucha! with his name on it”.

El muchacho pareció emocionarse con el cuento y le dijo a su amigo: “She just saw Spielberg! Is he here?”, me preguntó emocionado. Le dije que me lo crucé en la calle, si no hubiera llegado tarde no lo habría visto pero qué casualidad esa gorra, tenía que tomarle una foto, el chamo me dijo claro, pero ya yo había apagado el teléfono para que en este día de encuentros y desencuentros no me fuera a sonar en medio de la obra, las luces del público se bajaban anunciando el comienzo del segundo acto. Comprendí que no todo en esta vida moderna debe tener un respaldo gráfico, suficiente, ya, enough, había pasado el momento Spielberg, volvía a ser la hora de Lithgow como Roald Dahl, por lo menos hasta el día siguiente que escribo este encuentro, y hasta el estreno en junio de la próxima película de Spielberg: “Disclosure Day”.


martes, 3 de febrero de 2026

La amatista

  



A mes y medio de la caída en la cual me fracturé tibia y peroné, los avances en mi pie izquierdo han sido quizás más lentos de lo que yo habría deseado, aunque para el médico y el fisioterapeuta voy bastante bien: ya camino con muletas apoyando más de la mitad de mi peso en el pie lastimado. 

Mis horarios siguen siendo los mismos de antes de la caída, las rutinas diarias como bañarme toman más tiempo. El domingo fue mi segunda salida en mes medio y medio (ya había salido a la consulta del médico): fui a una parrillada con unos amigos. Sigo acostándome todas las noches después de las 12 tras resolver  Wordle, Connections y el mini crucigrama del NYT, y si no está muy difícil, también debí haber resuelto el crucigrama usando la opción de tachar las letras erradas, que mi inglés tampoco da para tanto. 

Y aunque me acueste tarde, cansada, y con alguna leve ayuda medicinal, me está costando conciliar el sueño, no todas las noches, algunas más que otras. Anoche, por ejemplo, tras apagar la luz, comencé a dar vueltas incómoda con el pie herido, como si no terminara de cuadrar con el resto del cuerpo, como si fuera un miembro ajeno cocido por el doctor Frankestein. 

Duermo de un lado, me volteo, intento boca arriba, pongo el pie herido sobre una almohada, me molesta la cicatriz como si tuviera astillas, quito la almohada, levanto la cobija e intento sacar la pierna de un lado, es que no hay posición que me acomode. 

Como a la media hora me rindo y prendo la luz de la mesa de noche, voy al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz, como sigo sin sueño, busco en mi Kindle el libro más aburrido que haya bajado en la últimas semanas: una novela gringa sobre las vicisitudes de la perimenopausia. Ya yo pasé por ahí, capítulo de insomnios pasados.  Aburrida y todo la novela la termino de leer en mi desvelo.

Vuelvo a ir al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz para ver si llega el sueño, y nada. No pienso en el futuro, a lo mejor por mi propia inmovilidad  ahora siento que está estancado, sé que no debería pero pienso en el pasado, recuerdo historias que valieron la pena, otras historias que con gusto me saltaría si volviera a vivir… Evito ponerme intensa, caer en un ciclo de “what if´s”. Poco me falta para agarrar un rosario, o ponerme a contar ovejas en vez de vivencias, pero prefiero recurrir a mi caja de piedras: una de mis más recientes mañas es que me ha dado por coleccionar piedras, confieso que me he dejado deslumbrar por piedras de colores como las que usaban los conquistadores españoles para cambiárselas por oro a los indígenas. 

De mi incipiente colección agarro un cuarzo morado o amatista, piedra conocida por sus propiedades “calmantes y protectoras, recomendada a las personas propensas al estrés y a la ansiedad gracias a sus efectos relajantes y equilibrantes”. 

Me aferro a la amatista apretándola con mi puño izquierdo hasta que por fin llega el sueño, mi mente se desenchufa, por fin la nada, el dejar de sentir la pierna izquierda amotinada del resto del cuerpo, desconectarme con el yo, o por lo menos eso creo porque de repente me encuentro en una casa que no es la mía, con otros sobrevivientes a la espera de que lleguen los monstruos verdes, que no son ni zombies, ni vampiros, ni alienígenas, son monstruos, como los de antes, como Frankestein, ya vienen por nosotros, y yo con la pierna así, y sola, mi marido murió, mis hijos emigraron, no puedo salir de la casa, logro meterme en un clóset, la pierna entra a duras penas, me cubro de chaquetas, aguanto la respiración, ya van a entrar los monstruos verdes, ya vienen…

Y abro los ojos sobresaltada, hace un mes y medio de mi caída por una alcantarilla sin tapa, gracias a Dios por mi familia y mis amigas que me ayudaron en ese trance, ya hace un mes de la llamada “extracción”, esta madrugada de febrero 2026 me despierto en una Caracas post Maduro, en la era de la señora Delcy y de mister Trump, con la ilusión que terminen de liberara. todos los presos político en Venezuela y que reactiven los vuelos de American Airlines para ir a visitar a mi familia cuando me recupere al cien por ciento.  

 No estoy despierta del todo, mi pierna descansa con el resto del cuerpo, por fin parece haber encontrado su mejor posición, mi mente está despierta el cuerpo todavía no,  o eso creo yo, la mano izquierda sigue fuertemente aferrada a la Amatista. 

viernes, 19 de septiembre de 2025

Llegando a la Tercera Edad

 

Hasta hace pocos años, como cuatro o cinco años a lo más, si a alguien se le ocurría preguntarme “¿Tercera edad?”, contestaba algo así como: “¡¿Tú me ves cara de vieja?!”, semejante ofensa me dejaba un incómodo malestar durante semanas pensando: “Estoy acabada”, luego me consolaba a sabiendas que para la gente joven, cualquier persona que pasara de los cuarenta años, era de la tercera edad a menos que demostrara lo contrario.


Un extraño
fenómeno ocurre apenas cumplimos los sesenta, edad que para muchos efectos comienza la tercera edad, de inmediato abrazamos eso de ser sexagenarios y no nos perdemos ni una ventaja ni un descuento.

Y si nos dicen que la tercera edad se aplica después de los sesenta y cinco años, lejos de alegrarnos por ser considerados demasiado jóvenes para merecer el tratamiento, nos lamentamos de no haber logrado el corte, porque no es solo asunto de ahorrarse un veinte por ciento en la entrada al Cine, también por ventajas como el nuevo reglamento del Saime que a partir de los sesenta años quienes necesiten sacar cédula, se podrán presentar en la oficina de su preferencia sin previa cita.
Así que cobijándome en la ley que como sexagenaria me ampara, hace unas semanas me presenté en la oficina del Saime en San Bernardino a las once de la mañana para sacarme cédula nueva.
Recordando colas pasadas, me impresionó que había poca gente en el patio de la pequeña casa donde queda la oficina de cedulación, entregué la copia de mi cédula a la funcionaria en la entrada:
- ¿Cita?
- Soy tercera edad.
- ¿Qué edad tiene usted?- me preguntó con desconfianza.
- Sesenta y dos años- contesté con orgullo de abuelita bien conservada.
No hubo un ¡niña estás estupenda!, me dijo que hiciera la cola, cuando terminaran con la cedulación de los niños pasaban a la tercera edad.
¡Málditos chiquillos que son prioridad antes que las abuelitas!
La cola era corta, pero lenta, esta viejita no fue preparada para el intenso sol del mediodía, a pocos metros de donde empezaba la fila había un murito donde podría sentarme protegida del sol por la sombra de un árbol. La fila comienza a moverse en la entrada a la oficina, quienes está sentados bajo la sombra, se hacen los locos para no perderla. Ahí es que se me sale el vieja loca:
-¡Epa, epa, epa, la fila está avanzando, que todos queremos sombra, habemos personas de la tercera edad esperando!
Los vivas, o las vivas porque eran unas mujeres jóvenes, se ven obligadas a avanzar y ceder el puesto preferencial desde donde veo llegar a una abuelita, la funcionaria de inmediato le toma el brazo y la hace pasar a la oficina.
Sentada bajo la sombra veo entrar a la abuelita sin quejarme, pensando que apenas estoy aterrizando en la tercera edad, habrá que esperar con paciencia al Premium de la Cuarta.

martes, 16 de septiembre de 2025

El Gran Redford


Hoy nos despertamos con la triste noticia del la muerte de Robert Redford (1936-2025), mi primer amor de pantalla grande, amor reñido por Paul Newman porque ambos competían en carisma y galanura primero en Butch Cassidy y The Sundance Kid(1969), y después en El Golpe(1973), que creo que fue la primera película de Redford que vi en el cine, como los niños de antes íbamos al cine, repitiendo varias veces la misma película mientras estuviera en cartelera. En mi infancia la balanza de galanura se fue a favor de Redford quizás porque era más joven, el cuarentón Paul, por más bello que fuera, era un viejo para la niña Adriana que se comenzaba a dejar conquistar por unos Blue Jeans bien usados, una melena rubia y un par de ojos azules, tal cual Brad Pitt desde Thelma and Louise hasta F1.
Muchas de las películas de Redford tuve que esperar los reestrenos para verlas en Cine, algunas las vi primero en TV: The Way We Were, El Gran Gatsby, All The President ́s Men, Barefoot in The Park. Otras las vi en sus estrenos en cine: The Great Waldo Pepper, Out of Africa, Los días del Condor... Los años pasaron y sin perder ni un ápice de galanura Redford hizo la transición de actor a Director, y a fundador del Festival de películas independientes Sundance.
A la adulta Adriana la balanza fue tendiendo más hacía la carrera de Paul Newman, desde Un largo y ardiente verano, hasta El Veredicto. Pero cada vez que veía The Way we Were, que la he visto varias veces porque una es cursi, la balanza de los suspiros de ¡Ay qué bello! se volvía a ir del lado de Redford.
Hace unos años tuve la inmensa suerte de cruzarme con el amor de mi infancia en el Museo Picasso en Paris, por mi habría pasado inadvertido, fue mi prima Paulina quien lo descubrió: “Piki, mira ese no es...” y si era, un poco enjuto por el paso de los años, su rostro ajado, pero la misma melena, el mismo porte, la misma forma de usar Blue jeans. No podía creer que estábamos compartiendo la admiración del genio de Picasso con el mismo Sundance Kid. Iba en una pequeña comitiva, Pali y yo lo seguimos a lo lejos varias salas, lo suficientemente lejos para que no llamaran a seguridad, como admirando más la obra de Picasso que sentir que estábamos respirando el mismo aire del gran Robert Redford.
Al final lo dejamos ir sin molestarlo, emocionadas que a sus más de 80 años, nos habíamos encontrado con el primer Gran Gatsby.

martes, 10 de junio de 2025

Un cometa llamado Ibsen



Termino de leer "La Mujer Incierta", libro de memorias de la escritora colombiana Piedad Bonnett, lo leí o me fue leído en audiolibro, el tipo de libros que quisiera tener en físico porque quedé con ganas de subrayar muchos pasajes. Cuesta entender a quienes consideran un sacrilegio subrayar libros, para mí los libros mientras más subrayados, más queridos, si los subrayamos es porque pretendemos volver a ellos, aunque quizás nunca lo hagamos. Bonnet también escribe sobre el buen hábito de subrayar.

Entre lo narrado por Bonnett que hizo eco en mi está la anécdota con un compañero de trabajo, al que creía gran amigo, amistad que pierde en un instante cuando la escritora, nacida en el seno de una familia clase media que en Latinoamérica es el equivalente a nacer en una familia privilegiada, lo invita a pasear por la universidad donde daba clases (o se graduó, entre lo malo de los audiolibros está que es difícil volver a un punto en cuestión) lo que para ella era normal, la que fuera su universidad, para el colega fue una muestra del mundo de privilegios en el que su compañera de trabajo vivía. 

Ese paseo representó el fin de la amistad sin mediar palabra. A Bonnet, que quizás nunca pasara hambre ni necesidad pero siempre fue una mujer trabajadora, y a cuya familia tampoco le sobraba el dinero, le costó entender la gélida actitud de su colega, hasta que logró comprender que su amistad fue víctima de un insólito ataque de resentimiento. 

Es difícil enfrentar al resentimiento, nada nos prepara para ello, a veces ni nos damos cuenta, las veces que me ha tocado enfrentarlo ha sido con alcohol de por medio, in vino veritas, el alcohol desinhibe y aquello que quizás se ha callado, con unas cervezas o unos rones encima, se es capaz de decir frases hirientes que para  quien las dice, no son sino crudas verdades. 

La primera vez que recuerdo que me tocó enfrentar un ataque de resentimiento fue terminando bachillerato, éramos cuatro, un dos para dos, y si bien la primera pareja estaba muy feliz, el amigo que le consiguieron a “la prima” (o sea yo), varios rones por delante empezó a preguntar en voz alta qué hacían ellos, estudiantes de “la Simón", con ese par de sifrinas estudiantes de colegio de monjas, aunque yo no lo fuera, de colegio de monjas que sifrina para qué negarlo. 

Ante semejante ataque es lógico preguntarse qué habría hecho o dicho la entonces carricita Adriana para causar tal reconcomio. La misma pregunta que me haría ante un ataque similar, más de cuarenta años después, de quien consideraba una pana, ataque que todavía estoy asimilando, que no viene al caso para esta crónica.

Imagino que habré sufrido otros ataques, y en algunas oportunidades habré sido yo la resentida, porque hay muchos tipos de resentimiento, pero el que se me vino a la memoria hace poco fue con alguien que después de un primer ataque de resentimiento, un par de décadas más tarde volvería a ser mi pana (para quienes no manejen el venezolano, amigos son pocos, panas pueden ser muchos).

A mediados de los años 80 cuando el Taller del Actor era mi familia elegida, una tarde apareció un viejo amigo de su director Enrique Porte: el escritor Ibsen Martínez. Ibsen y Enrique -que entonces andarían por los cuarenta años- eran lo que mis hijas llaman “frenemies” amigos-enemigos; si bien tenían mucho en común, había una especie de roce por el que no terminaban de encajar como buenos amigos. 

Cuando conocí a Ibsen quedé deslumbrada con su inteligencia y simpatía, todavía no era famoso como el autor de la telenovela: “Por estas Calles”, aunque ya era un dramaturgo reconocido. Yo había entrado al Taller del Actor después de que Enrique dirigiera tres obras de teatro de Ibsen (Martínez, no Henrik): “LSD", “Humboldt y Bonpland en el Orinoco” y “La Hora Texaco”; apenas llegué a ver la última, conservo el afiche y el libreto de ella que usó Enrique para dirigir. Pero cuando llegué al Taller del Actor como estudiante promesa de la Escuela de Artes (pues si, qué les puedo decir), ya Enrique e Ibsen, que además fueron vecinos en San Bernardino, se habían distanciado, la verdad es que no sé por qué, y si alguna vez lo supe, hoy no me acuerdo. 

 De lo que si me acuerdo es que un día reapareció Ibsen en el Taller del Actor porque a Enrique se le ocurrió que debíamos producir una obra de teatro con el esquema de los musicales de Hollywood, que Enrique, que había estudiado dirección de Teatro en Londres, describió como: Boy meets girl, boy looses girls, boy gets girl back.  Enrique la dirigiría, creo que Vinicio Ludovic (todavía no había llegado Yordano a nuestras vidas) sería el responsable de la parte musical, y los panas de Taller de Dramaturgia, es decir, las jóvenes promesas, bajo la tutoría de Ibsen, habríamos de escribir la obra. Y para esta encandilada joven promesa de la escritura que no llegaría a mucho, Ibsen resultó el hijo pródigo del Taller, el hermano perdido, la pieza que faltaba. 

Lo que poco tiempo después descubrí, y que así sería hasta el final de sus días, fue que Ibsen era como un cometa, aparecía muy de vez en cuando, pocos como él para pasar raudo por nuestras vidas. Por lo menos así fue en la mía, y como Piedad Bonnett pudo ponerle el dedo al final de su amistad con su colega por un simple paseo por una universidad privada, yo a mis tiernos 22 años, pocos días después de conocerlo, pude ponerle el dedo al final de mi brevísima amistad con Ibsen, por lo menos en esa etapa mía de “joven promesa”, cuando una noche, con los amigos del Taller, en lugar de a la cervecería Tío Pepe de Sabana Grande, nos reunimos en casa de mis padres en El Pedregal de Chapellín, que casi casi era el Country Club. Sentados en la terraza, frente al amplio jardín sembrado de chaguaramos donde yo crecí, hablando de no sé qué temas, se despertó el marxismo-leninismo del camarada Ibsen con varios whiskys encima, como un chispazo inesperado, esa noche me di cuenta que esta supuesta joven promesa aun siendo inocente era culpable, que en memoria del bachiller Martínez estar en un lugar así, en semejante casa, era una traición de clases, así que señores, buenas noches. 

Y se fue Ibsen sin dar un portazo como la Nora del otro Ibsen, el noruego, aunque si con tremendo portazo emocional, pensé que para siempre, por lo menos de mi vida.  De más está decir que el musical tipo Broadway quedó en proyecto.

 Años después le conté esta anécdota a Ibsen, y se rió:
- Es que uno era muy pendejo.

  Semejante arrebato de lucha de clases no fue el final de mi amistad con Ibsen, nos encontramos años después cuando la revolución por fin llegara a Venezuela y ambos éramos columnistas en El Nacional. Ibsen renegó de esta supuesta revolución desde el principio, y aunque entre nosotros no hubo una amistad profunda si creo que hubo mutua simpatía, por eso digo que éramos panas más que amigos, además éramos vecinos, a menudo nos cruzábamos en el abasto de la Alta Florida buscando el artículo que se encontrara en tiempos de escasez. Me llegó a mandar una obra de teatro inédita para leer: “Petroleros Suicidas” (2011), pensando lástima que ya no esté Enrique para dirigirla. Una vez preparamos un pabellón criollo en casa para celebrar a un amigo mutuo que estaba de visita en Venezuela, Ibsen nos embarcó como era su costumbre, ni siquiera lo esperamos, ni nos extrañó, Ibsen era así. Me llamaba como cada cinco años para decirme que tenía un proyecto, que estaba pensando en mí, que le diera unos días para concretarlo, yo le decía que sí, que cómo no, aunque sabía que pasarían más de cinco años antes de volver a saber de él, con un nuevo proyecto. 

 Sus últimos años marcados por el movimiento “me too” debieron ser bien difíciles al verse Ibsen obligado a confesar públicamente lo que para muchos era vox populi, que había maltratado físicamente a algunas de sus parejas, chisme que a mí nunca me llegó. Aunque su pluma no mermara, se volvió una papa caliente, impublicable, por lo menos en medios como El País de España. La última vez que hablé con él, como un par de años antes del escándalo, me contó que sufría del corazón, que se tenía que ir de Bogotá a otra ciudad colombiana de menos altura porque a Venezuela bajo este régimen no volvía. Durante su caída en desgracia pensé en llamarlo, si bien deploro la violencia contra la mujer de la que se confesó culpable, ¿acaso no había sido mi amigo? Los amigos en las malas y en las buenas.  Pero qué es la amistad, es mucho más que simpatía mutua y una llamada cada cinco años, al final no lo llamé, ¿qué decirle? Pensé que algún día me volvería a llamar con un nuevo proyecto, así fuera solo para conversar un rato.

No lo hizo, Ibsen murió en Caracas en septiembre de 2024. Volvió bajo radar, sin avisar, quizás regresó a Venezuela para morir, al final el corazón le pasó factura. No sé si antes o después de que muriera el pana Ibsen, leí su última novela “Oil Story”, publicada en 2023, debió ser después de muerto porque para mí es su mejor novela, sobre la que yo sepa nadie, incluida quien esto escribe, se dignó a escribir. Ibsen se volvió un intocable, pero no de buena manera, si acaso la hay.  

Ya es tarde, tendría que volver a leer "Oil Story” para escribir sobre ella, la busco en  mi biblioteca y no está, me parece que la leí en Kindle. Es tarde para decirle a Ibsen que me gustó, que me divirtió mucho. Ya no volveré a recibir la llamada cometa del pana Ibsen, pero hoy las memorias de una escritora colombiana me lo recuerdan. 

Y sea donde quiera que estés, porque con los panas nos cuesta pensar en la nada, descansa en paz estimado cometa. 


viernes, 30 de mayo de 2025

Los vidrios rotos



l
Entre las series de Netflix más comentadas de la primera mitad de 2025 esta la serie británica “Adolescencia” sobre el asesinato de una niña de trece años presuntamente a manos de un compañero de escuela. No es un whodunit mas bien es un “did he o didn’t he” ¿lo hizo o no lo hizo? Poco se muestra de la niña asesinada más allá que era una de esas niñas populares que suelen chalequear a los niños más débiles. En “Adolescence” poco sabemos de la familia de la víctima, el foco principal de la serie está en los investigadores del crimen, en la psicóloga que lo entrevista para entender la mente de Jamie, pero sobre todo en los padres del niño, su niño, porque a pesar de tener trece años todavía es un pequeño asustado, buscando la protección del padre, a quien escoge para que lo acompañe al ser interrogado por las autoridades.

En una escena el padre, aprovechando que quedó solo con su hijo por unos instantes, le pregunta mirándolo a los ojos si cometió el atroz crimen del que se le acusa, si asesinó a golpes a su compañera de escuela. El lo apoyará no importa cual sea la respuesta, es su hijo, lo quiere, pero necesita saber. El niño responde que no. El padre insiste, ¿de verdad no lo hiciste? Yo te creeré, tu eres mi hijo pero dime la verdad, necesito saber. El joven insiste: “Yo no fui”.

Quizás a algunos ingenuos espectadores les quedara sembrada la semilla de la duda, a pesar de que las evidencias lo condenan, este niñito tan querido y consentido no sería capaz de mentirle a su padre, tan buena gente y buen papá que se ve. 

Pero yo no, la vida me enseño a desconfiar de los dulces angelitos, no de una manera traumática gracias a Dios, pero me consta que cuando un padre mira fijamente a los ojos de su hijo adolescente y le pide sinceridad: “¿Tú lo hiciste?” Medio contra locha que el carajito mentirá con la cara más lavada en su repertorio de caras lavadas.

¿Cómo lo sé yo?, la voz de la experiencia, hace unos seis o siete años, cuando mi hijo estaba en el último año de escuela, un lunes por la mañana recibí la llamada de una señora quien se identificó como la mamá de Fulanito de tal, el pasado sábado su hijo había tenido una reunión en su Pent House a la cual mi hijo había asistido con varios compañeros de su salón, y en la mitad de la noche no se les ocurrió mejor idea que jugar Tiro al Blanco con las piedras de la jardinera para ver quien rompía el farol de la calle. No sé si habrán roto el farol pero aparentemente si el techo de vidrio de un vecino. (Aunque hasta el sol de hoy mi hijo jura que no fueron ellos, que el techo de vidrio estaba muy lejos del farol). 

 Además del daño material, me decía la señora enfurecida, “se imagina qué peligro si le hubieran dado con una piedra a alguien, lo pudieron haber matado".

 Por supuesto que me disculpé si mi hijo había tenido que ver con eso,  hablaría con él apenas llegara del colegio, pero si según me dice habían sido varios muchachos los que estaban tirando piedras, le pregunté porqué estaba responsabilizando a mi hijo.

“Porque era el único al que conocía mi hijo, su hijo trajo a la fiesta a sus compañeros de escuela”. 

Tampoco es que mi chamo hubiera armado la rumba, el muchacho de la fiesta estudiaba en uno de esos colegios en Caracas donde hay muy pocos alumnos por salón, por eso hizo una especie de openhouse donde fueron grupos de varios colegios, como tenían un amigo en común, mi hijo fue el responsable de convocar a sus amigos. 

Llamé a mi esposo para ver si sabía algo, no estaba enterado de nada. Llamé a la mamá de uno de los amigos que sabía que estaban con OV el sábado en la noche y me dijo que su hijo le había comentado que hubo un incidente con unas piedras en la fiesta, pero que fueron alumnos de otro colegio, no nuestros chamos. Ella fue quien me dio los nombres de otros muchachos del salón que estaban en la fiesta. 

Una por una fui llamando a las mamás de los presuntos tirapiedras para ver si sabían algo, nadie sabía nada pero todas hablaron después con sus hijos, y todas hicieron la misma pregunta del padre de Jamie: “Mírame a los ojos y dime si participaste”,  absolutamente todos los angelitos les juraron a sus confiados padres que no habían agarrado ni una piedra.  En ese grupo había desde el alumno veinte en línea que nunca ha dado un dolor de cabeza, hasta al que le dio una baja de tensión en la fiesta  y  según su mamá: “imposible que estuviera en la lluvia de piedras, el pobre, si lo tuve que ir a buscar”, sin faltar, por supuesto, los mala conducta, que tampoco son malos, simplemente muchachos que inventan mucho. 

Solo una mamá me contestó que no tenía ni que preguntarle a su hijo porque sabía que donde hubiera una tremendura, su hijo estaba metido de cabeza. 

Excepto esa mamá, todos los papás y mamás respondieron que sus hijos negaron haber participado en el lanzamiento de piedras. Y ellos les creían a sus hijos. Sus hijos no dicen mentiras, por lo menos no sería capaces de mentirles a sus padres.

 Mi hijo se negaba a delatar a sus compañeros, nos pidió que lo entendiéramos, no quería ser un sapo, como ya estaba marcado por la dueña de la casa, sus panas le pidieron que asumiera la culpa, que entre todos reunirían plata para pagar los vidrios rotos, pero que por favor no les dijeran a sus papás porque los iban a matar. Los propios tira la piedra, esconde la mano.

 Mi chamo habría quedado como único culpable de no ser porque no tomaron en cuenta un pequeño detalle: alguien grabó la improvisada practica de picheo con su celular, compartiéndolo con la señora del PH quien al día siguiente lo mostró de prueba, en el video fueron saliendo uno por uno, desde el veinte en línea hasta al que no pudo ser porque le dio una baja de tensión en la fiesta, en total cinco Nolan Ryans buscando romper el farol, todos los “yo no fui mamá te lo juro”, excepto mi hijo, que ni siquiera salía viendo a sus amigos tirar piedras. 

Entonces mi esposo que hasta que salió el video a relucir estaba dispuesto a pagar los vidrios rotos, dijo que no iba a pagar por algo que no solo no hizo su hijo, sino que además sus amigos pretendieron que fuera el único responsable. 

 Pero antes le preguntó a nuestro hijo, mirándolo fijamente a los ojos:

 “¿Tu tiraste piedras?”, como cualquier adolescente que se respeta, mi hijo lo negó: “No papá”.

Mi esposo no era confiado como el papá de la serie “Adolescence” o como el resto de los papás del salón, por eso le volvió a preguntar: “¿De verdad?”.

 “De verdad”.

Aun así mi marido, que era como era, cual miembro de la policía forense de CSI, se puso a ver el video una y otra vez, cuadro por cuadro, pasó por lo menos una hora viéndolo en su celular, después lo pasó a la tableta, yo le decía, “ya déjalo que no está, el no fue, más bien es un mártir dispuesto a cargar con la culpa de los amigos”, hasta que en una milésima de segundo poco antes de que terminara el video, agrandando la imagen en cámara lenta logró ver a nuestro bebé agarrando una piedra para unirse al jaleo, justo antes de que se detuviera la grabación. 

Y como canta Ruben Blades en ese momento en mi casa “Comienza la segunda del noveno”.

Al final ante la evidencia audiovisual todos los papás tuvimos que admitir la responsabilidad de nuestros respectivos angelitos, no sé como habrán enfrentado los demás padres y madres no solo las pedradas sino que sus querubines lo negaran hasta que la cámara los delató, lo que hicimos en conjunto fue responsabilizarnos de pagar los vidrios rotos, además llevamos a los muchachos a pedir disculpas a la señora del PH, quien nos recibió en el lobby del edificio, aceptando las disculpas pero de muy malas pulgas. 

Momentos después camino a casa pensé que a ninguno de los muchachos o a los papás se les ocurrió que mi hijo también merecía una disculpa porque sus amigos pretendieron responsabilizarlo, y que yo también merecía una disculpa porque con excepción de una mamá, todos los crédulos papás me contestaron: “si mi hijo dijo que no lo hizo, es a él es a quien le creo”. 

 Así que al dicho que dice que no se le puede creer ni a lágrimas de mujer ni a cojeras de perros, le agregaría, y mucho menos a adolescente que prometan: “Te lo juro papá, que yo no fui”.


miércoles, 28 de mayo de 2025

El tío Tru



 "Too brief a treat: The letters of Truman Capote"(Vintage Books, 2004) lo encontré casualmente limpiando la biblioteca de mi apartamento, sabrá Dios cuanto tiempo tendría cogiendo polvo antes de que me decidiera a abrirlo para ojearlo. Desde la primera carta escrita en el año 1936 dirigida a la Academia Militar donde estudiaba: "Como deben saber mi apellido fue cambiado de Persons a Capote, apreciaría que en el futuro se dirijan a mi como Truman Capote, todos me conocen por ese nombre", me atrapó este libro, compilado por Gerald Clarke, que recoge parte de lo que debió ser la extensa correspondencia de uno de mis escritores favoritos. 

La contraportada asegura que esta colección de cartas es lo más cercano a una autobiografía que tendremos de Capote, aunque el libro de entrevistas que le hiciera Clarke a Capote también se podría leer como un recuento personal de la vida del escritor nacido en New Orleans el 30 de septiembre de 1924, quien desde su temprana juventud fue una leyenda considerado un joven prodigio de las letras, publicando antes de los 25 años un par de novelas cortas: "Other voices, other rooms" (1948)  y "The Grass Arp"(1951) que lo posicionaron desde muy temprano como uno de los escritores más importantes de su generación. Consolidando su fama tras la publicación de una tercera novela corta: "Desayuno en Tiffanys" en 1958.

  Capote, cuya madre lo tuvo a los 16 años y su padre biológico fuera un cometa en su vida, fue adoptado por su padrastro de origen cubano, Joe Capote, de ahí la carta aclaratoria con la que comienza "Too Brief..." (título que se podría leer como un doble significado a la diminuta estatura del escritor). Little Tru vivió parte de su niñez al cuidado de sus primas, desde su adolescencia tuvo clara su vocación de escritor como se manifiesta en una carta a la directora de la comunidad de escritores Yaddo:

"Querida sra Ames: Estoy interesado en la posibilidad de pasar un tiempo en Yaddo este verano, trabajo en un libro, mi primera novela, que espero terminar en el otoño; el libro será publicado por Random House.  Robert Linscott es mi editor. Mis cuentos han aparecido en Harper´s Bazaar, Mademoiselle, Story... Tengo veintiún años, soy del Sur de los Estados Unidos, vivo en Nueva York. Durante un tiempo trabajé en The New Yorker, después leí manuscritos para una productora de películas, recopilé anécdotas trilladas para una revista...  con la ayuda de un editor, por fin podré dedicarme de lleno a la escritura". 

 Con semejante curriculum a tan corta edad Capote logró conseguir la ansiada estadía en la famosa comunidad de escritores en Saratoga Springs, NY,  donde habría de terminar de escribir a los 23 años su primera novela: "Otras voces, otros ámbitos", basada en su infancia bajo el cuidado de sus primas/tías.

En "Too Brief a Treat" se recogen cartas a muchas de las personas más importantes de la vida de Capote pero también se extrañan cartas a otros personajes como sus famosos Cisnes, imagino que tras la publicación de "Plegarias Respondidas", donde Capote escribió sobre el affair del marido de una de sus mejores amigas con una matrona de la sociedad de Nueva York, las Cisnes, que nunca le perdonaron la traición, habrán quemado las cartas del chismoso escritor quien no comprendía el porqué de tanta furia: "Pero si es lo que yo hago: ¡soy escritor!".  Esta ausencia se compensa en creces con una ventana a la intimidad de Capote: la amistad con la familia Dewey, siendo Alvin Dewey el Jefe de Policías que llevó la investigación de la masacre a la familia Clutter, tema de la obra más importante de Capote: "A Sangre Fría", punto de partida de la Literatura de No Ficción

Capote, que según se destila en sus cartas vive en Europa -porque se vivía más barato que en NY- a menudo recluyéndose en pequeñas ciudades a escribir junto con su pareja Jack Dumphy; relacionado con Cecil Beaton, con los Selznick  con Lee Radziwill, con Kate Graham, con los Bowles; pareciera encontrar en los Dewey ese calor de familia que apenas tuvo en su infancia. Se escribía regularmente con el inspector y su esposa Marie al tanto de noticias del día a día de la familia como si de una tía se tratara, también ansioso de que por fin le llegara la noticia que la fecha de ejecución de los asesinos de la familia Clutter, fecha que tanto se postergaba, porque hasta que no ejecutaran a los culpables, por quienes llegó a sentir inmensa empatía, no podría ponerle punto final a la obra que le había chupado casi todas sus energías como escritor. 

Las cartas a los Dewey son en su mayoría dirigidas a Alvin y Marie Dewey, a partir de 1964, comienza la correspondencia con Alvin Dewey III, el hijo adolescente de la  pareja que quiere ser escritor como el tío Tru. Capote, quien en correspondencias anteriores manifestara que no le gustan los niños, muestra una nueva faceta que ni el mismo sabría tener: el Truman tutor. 

En esta parte de libro busqué un lápiz y comencé a subrayar los consejos de escritura del tío Tru: el primer consejo que le da Capote al joven aspirante de escritor es leer, leer y leer, pero también escribir todos los días aunque sea un párrafo, porque escribir no se aprende con lecciones, sino en la práctica, escribir se aprende escribiendo, pero sobre todo escribir se aprende leyendo, leyendo tanto hasta que  se pueda distinguir entre lo malo y lo bueno.

La primera lista a leer al joven Alvin: 1)"The red badge of courage" de Stephen Crane; 2)-"My Antonia" de Willa Crater; 3)-"A lost Lady" de Willa Carter; 4)-"Los cuentos completos" de Katherine Mansfield  y 5)-"El corazón es un cazador solitario" de Carson McCullers.

Continua el tío Tru en carta desde Bridgehampton, NY, mayo 1964: "Podrá parecer una lista curiosa; pero tengo mis razones. Es solo el principio, cuando los hayas leído te mando otra lista. Si no consigues alguno de estos libros en la biblioteca, avísame y lo conseguiré para ti. Mientras tanto, olvídate de publicar, tienes mucho tiempo por delante, y mucho camino por recorrer. Y difícil. Pero con tu sensibilidad y tu imaginación, creo que lo lograrás. Yo te ayudaré en lo que pueda". 

Dos meses después continua la lección tras el feedback del joven aprendiz de escritor/lector de esa primera lista de libros: "No se puede aprender de un libro, por lo menos artísticamente, a menos que nos absorba su lectura. No es un proceso consciente, o rara vez lo es. Solo aprendemos de lo que disfrutamos. Si un libro, o un cuento, te fastidia, mejor déjalo. En este punto, lo único que me interesa es que aprendas a distinguir entre mala escritura y buena escritura", 

Y de ahí pasa el tío Tru a una segunda lista de lectura al joven Alvin donde resalta: "Out of Africa" de Isak Dinensen: "Un libro maravilloso que tienes que leer". 

No sabemos si el joven Alvin llegó a desarrollar su carrera de escritor, googleo su nombre y solo leo noticias relacionadas a su padre y el famoso caso que conmovió a Kansas, en el que se basó una de las obras maestras de la Literatura del Siglo XX. Lo que si sabemos es que el tío Tru después de la publicación de "A Sangre fría" como que se fundió, aunque todavía le faltara por publicar esa estupenda colección de crónicas titulada: "Música para camaleones", antes de su triste final a los 59 años, en la ciudad de Los Angeles el 25 de agosto de 1984, de una posible sobredosis, abandonado por las musas, por sus cisnes, y no sé si por su familia de afecto en Kansas.