miércoles, 17 de junio de 2026

Sobre la foto en la piscina

 



Un jueves de junio a las diez de las mañana sonó el celular, pensé que era mi madre que es la única que todavía me llama por teléfono. Si hubiera sido Bad Bunny para invitarme a la Casita de su próximo concierto no me hubiera sorprendido más que el nombre que salía en la pantalla: Salvador Fleján, amigo escritor quien a pesar de que no hemos dejado de estar en contacto por las redes sociales, tenía casi ocho años sin oír su voz cuando tras una de las más fuertes etapas de sacudones políticos vividos en Venezuela, cambió la Literatura por los fogones y se fue a vivir a Buenos Aires jurando que no volvería a pisar las calles de Chacaíto nuevamente.

Salvador tenía una invitación: reunirnos al día siguiente en la Ciudad Universitaria para que le contara de mi época como estudiante en la Escuela de Artes en los años 80, él es egresado de la Escuela de Letras pero en los 90. Después de negociar la hora de encuentro, Fleján decía a las seis de la mañana y yo a las diez, terminamos acordando encontrarnos a las ocho en punto a las puertas de la Facultad de Arquitectura para comenzar el recorrido.
Quizás nos topamos en los ochenta por los pasillos de la UCV, pero conocí a Fleján más de veinte años después cuando participamos en la colección de cuentos de la llamada “Nueva Narrativa Urbana” publicada por Alfadil: “De la urbe para el orbe” con Ana Teresa Torres y Héctor Torres como compiladores, libro publicado en el año 2006, el mismo año en el que salió mi novela “El Móvil del Delito” (Ediciones B), y la colección de cuentos de Fleján: “Intriga en el Car Wash”(Mondadori). Recuerdo que Salvador decía que tantos libros de autores venezolanos publicados ese año era un fenómeno que había que aprovechar al máximo porque pronto acabaría.
Y tuvo razón, no por falta de talento entre nuestros escritores, sino que la situación política y económica fue empeorando a tal punto que poco a poco cerraron en Venezuela casi todas las editoriales, sin contar la cantidad de amigos escritores que levaron anclas, entre ellos Salvador, que de mis panas narradores fue el último en emigrar, pero también fue el primero en regresar, hace como dos años.
A las ocho en punto, cual lo acordado, llegué a la Facultad de Arquitectura, di una vuelta al cafetín, pasé por la biblioteca, salí frente a la cancha, y Salvador que tanto había insistido en que fuera puntual, no aparecía por ningún lado. Le escribí varios mensajes de texto y no respondía, tampoco contestaba llamadas. ¿Me había equivocado de Facultad? ¿habrá tenido un accidente? ¿Se le habrá muerto el gato? Poco antes de las nueve por fin llamó a decirme que venía en camino.
Cuando bien pasadas las nueve Fleján no había llegado, si yo tuviese un poco de dignidad me habría ido, pero aproveché para visitar a los libreros en los pasillos de Ingeniería que apenas comenzaban a abrir. Le escribí a Fleján que me buscara allá. Por fin llegó con una excusa que de milagro se mata en el mototaxi: “Ay Gordis casi me da un infarto”. Me encontró con tres libros en las manos, se los devolvió al librero diciendo que pasaría después por ellos, que esta señora era nieta de Villanueva y se la tenía que llevar.
Desde un principio le pedí que este paseo fuera como de dos ucevistas cualquiera, no como la nieta de Carlos Raúl Villanueva, pero a Fleján basta que le pidas algo para que haga lo contrario, y gracias al grito en pleno pasillo de que estaba con la nieta del Arquitecto responsable de la Ciudad Universitaria, terminé tomándome un selfie con un señor muy simpático quien se identificó como controlador aéreo, motivo de chalequeo de Fleján el resto de la mañana: “Ese lo que te quería era…”.
Nada más alejado de la realidad, el hombre, un moreno guapo por lo menos década y media menor que yo, fue muy respetuoso y me hizo saber que el selfie “con la nieta del Maestro Villanueva” era para mostrárselo a su esposa que era la más ucevista de las ucevistas. Lo que pasa es que Fleján me tiene cariño y esa es su manera antiWOKE de subirme la moral de abuelita sesentona.
Después de presentarme a Mauricio, su sobrino que serviría de fotógrafo que venía acompañado con su padre, quien había pasado por el infierno de ser un preso político durante cuatro años (lo que merece un capítulo aparte) comenzó este improvisado recorrido por la UCV en la Facultad de Arquitectura donde primero los llevé a la biblioteca de la Facultad para que conocieran a mis amigos los Móviles y Estábiles de Calder. Cuando Fleján me preguntó dónde estaba el cafetín de Arquitectura comprendí que en sus años como Estudiante de Letras, a pesar de que jugaba futbolito en la cancha deportiva de enfrente, jamás se interesó en pasar por uno de los edificios más emblemáticos de la Ciudad Universitaria.
Le conté que cuando yo estudiaba en la Escuela de Artes iba bastante por Arquitectura. Salvador me preguntó cuántas veces regresé veinte años después para escribir “El Móvil del Délito”, novela que tiene como protagonista a La Estalagmita de Calder, cuando le conté que si fui dos veces es mucho, no me quería creer. Ahí si parafraseé a mi abuelo cuando le decía a sus alumnos que la Arquitectura no era maquetas bien hechas y planos con dibujos bonitos, era un proceso mental.
De Arquitectura nos fuimos a la Facultad de Humanidades donde Fleján estudió Letras, insistía tercamente que también ahí quedaba la Escuela de Artes. Le conté que cuando yo empecé a estudiar en el año 1982 la Escuela tenía como cuatro años de fundada, una iniciativa de Inocente Palacios quien soñaba con que eventualmente la sede sería en los terrenos donde hoy está la Galería de Arte Nacional. Las clases si bien con un trabuco de profesores, grandes intelectuales de los 80, comenzaron en unos incómodos galpones creo que en Los Chaguaramos. Cuando entré en la Escuela ya se había mudado “provisionalmente” a unos salones prestados de la Escuela de Estadísticas, lo que alguna vez fueron las residencias estudiantiles, frente a la piscina. En Humanidades solo vi “Taller de Expresión Oral y Escrita”, clase magistral dictada por Isaac Chocrón en el Auditorio, y alguna clase ocasional donde quedaba maravillada ante las aulas integradas a los jardines de chaguaramos. Aparte de “Introducción al Cine” dictada por Iván Feo en la Cinemateca Nacional, el resto de mis clases fueron todas en las aulas de las antiguas Residencias Estudiantiles, donde al asomarme distraída a las ventanas lo que veía era un terreno que parecía un peladero de chivos, y de lejos al comedor universitario, al que me da pena decirlo, nunca fui, cuando me tocaba quedarme a almorzar en la universidad, iba al Cafetín de la piscina.
Fleján insistió en que la Facultad de Humanidades tuviera su protagonismo en este recorrido y como para eso están los escritores, para modificar la realidad, en la narrativa de Fleján “la nieta de Villanueva” a quien hasta hace poco llamaba “colega”, y que en junio de 2026 rebautizó para horror mío como: “Gordis”, modificó el escenario de mis años universitarios, y para colmo, decidió arbitrariamente musicalizar esos años dorados de mi juventud con Flans, grupo adolescente mexicano de finales de los años 80 del cual esta "Gordis" solo podría tararear: “No controles mi forma de pensar porque es total”.
Cualquier cambio del soundtrack de esta evocación conjunta fue inútil: por más que le insistiera al joven Fleján - quien es tres años menor que yo- que Flans sería su referencia, no la mía, él fue quien las fue a ver en El Poliedro con Karina, yo no, por más que insistí que mi Ciudad Universitaria en la primera mitad de los años ochenta sonaba a Willie Colón bien fuera con su “Fantasmas”, o con el disco que sacó con Rubén Blades y El Solar de los Aburridos, o con el “Caribe” de Soledad Bravo; que mis años universitarios también sonaban a Gal Costa, María Bethania, Simone; a un poco de Nueva Trova de mi breve paso por la Escuela de Comunicación Social, y en las noches a sus buenas dosis de Madonna y Michael Jackson porque yo era una ucevista discotequera, que sobre todo mi paso por la Escuela de Artes sonaba al pana Aquiles Báez, alías Guataca, que en paz descanse, compañero que nunca entraba clases, prefería quedarse afuera tocando guitarra o cuatro, que cada vez que me veía llegar tocaba los primeros acordes de “Ligia Elena” de Rubén Blades, y quien llegó a ser uno de los grandes músicos de Venezuela antes de su prematura muerte en el año 2022.
Pero fue inútil, Fleján ignoró tan digna lista de mis intereses musicales veinteañeros, la “Gordis” sonaba a Flans, y de escritor a escritor quién soy para contradecir semejante aberración, es su derecho a fabular, tampoco es que mis años universitarios sean Historia Patria y bastante ficcioné yo con ella en mi novela "El Móvil del Delito".
De la Facultad de Humanidades nos dirigimos a la conocida como “Tierra de Nadie”, tras posar para el lente de Mauricio frente a la hermosa Biblioteca de la Facultad de Ingeniería con mural de Alejandro Otero en la fachada, y constatar que el tramo de los pasillos cubiertos que se desplomó hace unos años, sigue desplomado, nos dirigimos a la Escuela de Artes, trayecto en el que Fleján me acordó al actor colombiano Juan Pablo Raba y su podcast “Los Hombres si Lloran” cuando empezó a indagar en un par de capítulos dolorosos en mi vida: la súbita muerte de mi esposo seis años atrás, tema en el que no tengo ningún reparo en hablar, y el hecho que a pesar de que mi trayectoria por la universidad fue impecable académicamente y que terminé todas las materias requeridas para graduarse, tras un paro universitario tan común en los años 80, mi vida tomó por otros caminos, no me volví a integrar en la universidad para hacer la tesis y no me llegué a graduar: “¿Pero por qué Villanueva? ¿Por qué?”, casi me gritaba Fleján, pregunta que me he hecho repetidas veces a lo largo de la vida y que solo tiene una respuesta: “Por pendeja”.
Esa mañana mi gran felicidad cuando llegué a la Escuela de Artes tras años sin pasar es que ya no es el edificio prestado de Estadísticas, hoy tiene una placa en el umbral de su entrada que la señala como “Escuela de Artes”. Por fin es oficialmente una escuela digna de sede propia. Estadísticas quedó con el ala de al lado. Los banquillos donde se sentaba Aquiles a tocar cuatro ya no están, de resto la Escuela está igualita, como si no hubiesen pasado más de cuarenta años cuando coreaba con mis amigos: “Oh qué será qué será”. No dio tiempo de entrar porque Mauricio el sobrino fotógrafo se tenía que ir a trabajar, de todas maneras en ese austero edificio no hay mucho que retratar pero no quise que se fuera sin cerrar este paseo en unos de mis lugares preferidos de la Ciudad Universitaria: la piscina.
Volvimos a parecer una pareja con treinta años de casados que pelean por cualquier tontería: Fleján insistiendo que entráramos a la piscina por su puerta que no era mi puerta, resulta que él fue nadador y yo jamás metí un dedo en esa piscina olímpica. Pero Fleján nunca probó las delicias que se comía en ese cafetín, tuvimos que salir para entrar por la puerta que yo decía para llegarle al cafetín para la foto final que nos tomó Mauricio, en la que Fleján y yo sonreímos ya no como si fuéramos una pareja de amigos sesentones que pelea por pendejadas, sino como un par de carajitos que por una mañana nublada de junio logramos entrar en el túnel del tiempo para volver a ser dos ucevistas felices de estar en este espacio privilegiado.
Crédito de la foto: Mauricio Manzano

miércoles, 29 de abril de 2026

On Broadway




Pasando unos días en Nueva York aprovecho para ir al teatro, en cartelera está “Death of a Salesman” de Arthur Miller con Nathan Lane como Willy Loman y Laurie Metcalf como su esposa Linda. Dudo si ir a verla, es una de esas obras que creo conocer hasta el cansancio: recuerdo haberla leído en bachillerato, también en  la universidad, vi la película con Frederic March, en pandemia vi la versión de Dustin Hoffman. Pero los comentarios son excelentes y pienso que en un Broadway donde hoy mucho del teatro que se ve está basado en éxitos de Hollywood, hay que reconocer la genialidad de un dramaturgo como Arthur Miller  y me decido a ir a la obra por excelencia del derrumbe del sueño americano que trata de un vendedor estrella que pasados los sesenta años se da cuenta que no solo su carrera de vendedor es insignificante, sino también las vidas de sus dos hijos, incluso Biff, el que tanto prometía en su juventud y que sin trabajo a los 34 años se enfrenta a su padre: “Hombres como nosotros los hay a diez centavos por docena”.

Da vértigo de vida regresar a la Muerte de un Viajante teniendo la edad de Willy Loman. La única nube en fue que como a los veinte minutos de comenzada la función, una puerta se abrió para dejar pasar a una pareja que llegaba tarde. No podía creer la mala educación, los actores dejando el alma en escena y estos irrespetuosos no tienen la decencia de llegar a tiempo. Yo no llego tarde al cine porque no me gusta ver una película ni con un minuto de empezada mucho menos llegaría tarde a una función de teatro porque además de ser una grosería para el resto del público ni se diga para los actores.

La lengua es castigo del cuerpo, exprimiendo mi estancia en NY busco entrada para ver Giant con John Lithgow como Roald Dahl, mi hijo sabe quién es Roald Dahl porque creció leyendo sus novelas infantiles y viendo las películas basadas en ellas: Matilda, Charley y la fábrica de chocolates, James and the giant Peach, pero no ubica a John Lithgow: “El papá biológico de Dexter“, le digo,  “aaahhhh ya sé quién es”.

Estoy emocionada de ver esta obra que ganó varios premios el año pasado en su estreno en Londres. Salgo una hora y media antes para llegar a tiempo, cómo todavía estoy recuperándome de la fractura de tobillo camino lento en una ciudad donde hasta las ancianitas me pasan apuradas. Este martes estoy un poco distraída, me pasé de la estación de Metro hasta la calle 34, estaba a tiempo, podía caminar las once cuadras de distancia, pero decido no andar apurada y me doy la vuelta en Metro. Apenas pasan las siete y la obra es a las ocho, me parece un poco extraño que la calle de Broadway donde
quedan varios teatros está inusualmente vacía, gracias a que no apuro el paso porque tiempo es lo que sobra me puedo fijar en un señor de barbita que viene caminando hacia mi conversando con un muchacho, coño, no puede ser, si, es el, de bolas que es el, es Steven Spielberg, el legendario director de Jaws, de ET, de Raiders of The Lost Ark; si Willy Loman es la esencia del fracaso americano Steven Spielberg es la esencia del triunfo del mismo, a los treinta años ya había logrado hacer sus obras más comerciales para dedicarse a hacer las películas que él quería como La lista de Schindler. 

Dígame usted si se cruza en la calle con Spielberg qué haría, yo respeté su privacidad pero no pude evitar exclamar en voz alta cómo quién canta un mantra: ¡Spielberg Spielberg! para convencerme del gran momento fugaz de en una ciudad en la que deambulan millones de almas cruzarme con semejante ídolo, pensar que qué impresión que ese hombre además no envejece, pero sin dejar pasar la emoción de semejante encuentro me tenía que apurar porque no me gustan los gentíos, por eso procuro llegar temprano al teatro, pero que extraño es aquí, y no hay nadie en la puerta, solo los porteros, será que me equivoqué de día, entonces caí en cuenta que era martes y los martes el teatro es a las siete pm, no a las ocho.


Por boca de sapo tuve que pasar por la vergüenza de llegar a una obra de teatro 17 minutos tarde, aunque calculo que un poco menos, porque la antagonista, la que señala a Las Brujas cómo una alegoría antisemita, hace su entrada a la obra minutos después que yo. Menos mal que mi actual claustrofobia hizo que buscara un puesto de pasillo a un lado del teatro, al único que creo haber molestado por mi impuntualidad fue al muchacho sentado al lado mío que estaba usando mi puesto para su abrigo. Lo quitó con fastidio de a quién se le ocurre llegar tarde al teatro.

Al principio me costó entrarle a esta historia de un enfrentamiento entre Roald Dahl y una joven periodista judia por el abierto antisemitismo del escritor que tanto admiraba, pero gracias a la actuación de Lithgow, a los pocos minutos ya estaba concentrada en lo que estaba ocurriendo en escena:  “¿Las brujas antisemita? ¡Pero si es la historia de un niño y su amor por su abuela!”.

En el intermedio corrí lo que me permitió mi pierna chueca para ir al baño y regresé a mi asiento minutos antes de que comenzara el segundo acto. El muchacho sentado al lado mío no había llegado. Cuando por fin lo hace se quita la gorra para ponerla en su regazo, ¿y qué decía la gorra? ¡Steven Spielberg! No podía creer la casualidad, le conté que había llegado tarde porque me había confundido en la hora pero gracias a esa confusión, gracias a que me pasé de estación de Metro, y quizás gracias a que en diciembre me fui por una alcantarilla sin tapa en Caracas y pasé por una doble fractura de tobillo, hoy el universo me había recompensado con una visión fugaz de Steven Spielberg, director a quien admiro tanto que como diría mi hija soy la única persona que ella conoce que no me quedé dormida viendo “Lincoln”.

Y para más casualidad tenía sentado al lado a un chamo con una gorra que dice Steven Spielberg. Estaba tan emocionada contándole con mi broken English que se me fue la palabra baseball cap: “I just saw Spielberg on the street, and now you are sitting next to me with a, with a, with a ¡cachucha! with his name on it”.

El muchacho pareció emocionarse con el cuento y le dijo a su amigo: “She just saw Spielberg! Is he here?”, me preguntó emocionado. Le dije que me lo crucé en la calle, si no hubiera llegado tarde no lo habría visto pero qué casualidad esa gorra, tenía que tomarle una foto, el chamo me dijo claro, pero ya yo había apagado el teléfono para que en este día de encuentros y desencuentros no me fuera a sonar en medio de la obra, las luces del público se bajaban anunciando el comienzo del segundo acto. Comprendí que no todo en esta vida moderna debe tener un respaldo gráfico, suficiente, ya, enough, había pasado el momento Spielberg, volvía a ser la hora de Lithgow como Roald Dahl, por lo menos hasta el día siguiente que escribo este encuentro, y hasta el estreno en junio de la próxima película de Spielberg: “Disclosure Day”.


martes, 3 de febrero de 2026

La amatista

  



A mes y medio de la caída en la cual me fracturé tibia y peroné, los avances en mi pie izquierdo han sido quizás más lentos de lo que yo habría deseado, aunque para el médico y el fisioterapeuta voy bastante bien: ya camino con muletas apoyando más de la mitad de mi peso en el pie lastimado. 

Mis horarios siguen siendo los mismos de antes de la caída, las rutinas diarias como bañarme toman más tiempo. El domingo fue mi segunda salida en mes medio y medio (ya había salido a la consulta del médico): fui a una parrillada con unos amigos. Sigo acostándome todas las noches después de las 12 tras resolver  Wordle, Connections y el mini crucigrama del NYT, y si no está muy difícil, también debí haber resuelto el crucigrama usando la opción de tachar las letras erradas, que mi inglés tampoco da para tanto. 

Y aunque me acueste tarde, cansada, y con alguna leve ayuda medicinal, me está costando conciliar el sueño, no todas las noches, algunas más que otras. Anoche, por ejemplo, tras apagar la luz, comencé a dar vueltas incómoda con el pie herido, como si no terminara de cuadrar con el resto del cuerpo, como si fuera un miembro ajeno cocido por el doctor Frankestein. 

Duermo de un lado, me volteo, intento boca arriba, pongo el pie herido sobre una almohada, me molesta la cicatriz como si tuviera astillas, quito la almohada, levanto la cobija e intento sacar la pierna de un lado, es que no hay posición que me acomode. 

Como a la media hora me rindo y prendo la luz de la mesa de noche, voy al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz, como sigo sin sueño, busco en mi Kindle el libro más aburrido que haya bajado en la últimas semanas: una novela gringa sobre las vicisitudes de la perimenopausia. Ya yo pasé por ahí, capítulo de insomnios pasados.  Aburrida y todo la novela la termino de leer en mi desvelo.

Vuelvo a ir al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz para ver si llega el sueño, y nada. No pienso en el futuro, a lo mejor por mi propia inmovilidad  ahora siento que está estancado, sé que no debería pero pienso en el pasado, recuerdo historias que valieron la pena, otras historias que con gusto me saltaría si volviera a vivir… Evito ponerme intensa, caer en un ciclo de “what if´s”. Poco me falta para agarrar un rosario, o ponerme a contar ovejas en vez de vivencias, pero prefiero recurrir a mi caja de piedras: una de mis más recientes mañas es que me ha dado por coleccionar piedras, confieso que me he dejado deslumbrar por piedras de colores como las que usaban los conquistadores españoles para cambiárselas por oro a los indígenas. 

De mi incipiente colección agarro un cuarzo morado o amatista, piedra conocida por sus propiedades “calmantes y protectoras, recomendada a las personas propensas al estrés y a la ansiedad gracias a sus efectos relajantes y equilibrantes”. 

Me aferro a la amatista apretándola con mi puño izquierdo hasta que por fin llega el sueño, mi mente se desenchufa, por fin la nada, el dejar de sentir la pierna izquierda amotinada del resto del cuerpo, desconectarme con el yo, o por lo menos eso creo porque de repente me encuentro en una casa que no es la mía, con otros sobrevivientes a la espera de que lleguen los monstruos verdes, que no son ni zombies, ni vampiros, ni alienígenas, son monstruos, como los de antes, como Frankestein, ya vienen por nosotros, y yo con la pierna así, y sola, mi marido murió, mis hijos emigraron, no puedo salir de la casa, logro meterme en un clóset, la pierna entra a duras penas, me cubro de chaquetas, aguanto la respiración, ya van a entrar los monstruos verdes, ya vienen…

Y abro los ojos sobresaltada, hace un mes y medio de mi caída por una alcantarilla sin tapa, gracias a Dios por mi familia y mis amigas que me ayudaron en ese trance, ya hace un mes de la llamada “extracción”, esta madrugada de febrero 2026 me despierto en una Caracas post Maduro, en la era de la señora Delcy y de mister Trump, con la ilusión que terminen de liberara. todos los presos político en Venezuela y que reactiven los vuelos de American Airlines para ir a visitar a mi familia cuando me recupere al cien por ciento.  

 No estoy despierta del todo, mi pierna descansa con el resto del cuerpo, por fin parece haber encontrado su mejor posición, mi mente está despierta el cuerpo todavía no,  o eso creo yo, la mano izquierda sigue fuertemente aferrada a la Amatista. 

viernes, 19 de septiembre de 2025

Llegando a la Tercera Edad

 

Hasta hace pocos años, como cuatro o cinco años a lo más, si a alguien se le ocurría preguntarme “¿Tercera edad?”, contestaba algo así como: “¡¿Tú me ves cara de vieja?!”, semejante ofensa me dejaba un incómodo malestar durante semanas pensando: “Estoy acabada”, luego me consolaba a sabiendas que para la gente joven, cualquier persona que pasara de los cuarenta años, era de la tercera edad a menos que demostrara lo contrario.


Un extraño
fenómeno ocurre apenas cumplimos los sesenta, edad que para muchos efectos comienza la tercera edad, de inmediato abrazamos eso de ser sexagenarios y no nos perdemos ni una ventaja ni un descuento.

Y si nos dicen que la tercera edad se aplica después de los sesenta y cinco años, lejos de alegrarnos por ser considerados demasiado jóvenes para merecer el tratamiento, nos lamentamos de no haber logrado el corte, porque no es solo asunto de ahorrarse un veinte por ciento en la entrada al Cine, también por ventajas como el nuevo reglamento del Saime que a partir de los sesenta años quienes necesiten sacar cédula, se podrán presentar en la oficina de su preferencia sin previa cita.
Así que cobijándome en la ley que como sexagenaria me ampara, hace unas semanas me presenté en la oficina del Saime en San Bernardino a las once de la mañana para sacarme cédula nueva.
Recordando colas pasadas, me impresionó que había poca gente en el patio de la pequeña casa donde queda la oficina de cedulación, entregué la copia de mi cédula a la funcionaria en la entrada:
- ¿Cita?
- Soy tercera edad.
- ¿Qué edad tiene usted?- me preguntó con desconfianza.
- Sesenta y dos años- contesté con orgullo de abuelita bien conservada.
No hubo un ¡niña estás estupenda!, me dijo que hiciera la cola, cuando terminaran con la cedulación de los niños pasaban a la tercera edad.
¡Málditos chiquillos que son prioridad antes que las abuelitas!
La cola era corta, pero lenta, esta viejita no fue preparada para el intenso sol del mediodía, a pocos metros de donde empezaba la fila había un murito donde podría sentarme protegida del sol por la sombra de un árbol. La fila comienza a moverse en la entrada a la oficina, quienes está sentados bajo la sombra, se hacen los locos para no perderla. Ahí es que se me sale el vieja loca:
-¡Epa, epa, epa, la fila está avanzando, que todos queremos sombra, habemos personas de la tercera edad esperando!
Los vivas, o las vivas porque eran unas mujeres jóvenes, se ven obligadas a avanzar y ceder el puesto preferencial desde donde veo llegar a una abuelita, la funcionaria de inmediato le toma el brazo y la hace pasar a la oficina.
Sentada bajo la sombra veo entrar a la abuelita sin quejarme, pensando que apenas estoy aterrizando en la tercera edad, habrá que esperar con paciencia al Premium de la Cuarta.

martes, 16 de septiembre de 2025

El Gran Redford


Hoy nos despertamos con la triste noticia del la muerte de Robert Redford (1936-2025), mi primer amor de pantalla grande, amor reñido por Paul Newman porque ambos competían en carisma y galanura primero en Butch Cassidy y The Sundance Kid(1969), y después en El Golpe(1973), que creo que fue la primera película de Redford que vi en el cine, como los niños de antes íbamos al cine, repitiendo varias veces la misma película mientras estuviera en cartelera. En mi infancia la balanza de galanura se fue a favor de Redford quizás porque era más joven, el cuarentón Paul, por más bello que fuera, era un viejo para la niña Adriana que se comenzaba a dejar conquistar por unos Blue Jeans bien usados, una melena rubia y un par de ojos azules, tal cual Brad Pitt desde Thelma and Louise hasta F1.
Muchas de las películas de Redford tuve que esperar los reestrenos para verlas en Cine, algunas las vi primero en TV: The Way We Were, El Gran Gatsby, All The President ́s Men, Barefoot in The Park. Otras las vi en sus estrenos en cine: The Great Waldo Pepper, Out of Africa, Los días del Condor... Los años pasaron y sin perder ni un ápice de galanura Redford hizo la transición de actor a Director, y a fundador del Festival de películas independientes Sundance.
A la adulta Adriana la balanza fue tendiendo más hacía la carrera de Paul Newman, desde Un largo y ardiente verano, hasta El Veredicto. Pero cada vez que veía The Way we Were, que la he visto varias veces porque una es cursi, la balanza de los suspiros de ¡Ay qué bello! se volvía a ir del lado de Redford.
Hace unos años tuve la inmensa suerte de cruzarme con el amor de mi infancia en el Museo Picasso en Paris, por mi habría pasado inadvertido, fue mi prima Paulina quien lo descubrió: “Piki, mira ese no es...” y si era, un poco enjuto por el paso de los años, su rostro ajado, pero la misma melena, el mismo porte, la misma forma de usar Blue jeans. No podía creer que estábamos compartiendo la admiración del genio de Picasso con el mismo Sundance Kid. Iba en una pequeña comitiva, Pali y yo lo seguimos a lo lejos varias salas, lo suficientemente lejos para que no llamaran a seguridad, como admirando más la obra de Picasso que sentir que estábamos respirando el mismo aire del gran Robert Redford.
Al final lo dejamos ir sin molestarlo, emocionadas que a sus más de 80 años, nos habíamos encontrado con el primer Gran Gatsby.

martes, 10 de junio de 2025

Un cometa llamado Ibsen



Termino de leer "La Mujer Incierta", libro de memorias de la escritora colombiana Piedad Bonnett, lo leí o me fue leído en audiolibro, el tipo de libros que quisiera tener en físico porque quedé con ganas de subrayar muchos pasajes. Cuesta entender a quienes consideran un sacrilegio subrayar libros, para mí los libros mientras más subrayados, más queridos, si los subrayamos es porque pretendemos volver a ellos, aunque quizás nunca lo hagamos. Bonnet también escribe sobre el buen hábito de subrayar.

Entre lo narrado por Bonnett que hizo eco en mi está la anécdota con un compañero de trabajo, al que creía gran amigo, amistad que pierde en un instante cuando la escritora, nacida en el seno de una familia clase media que en Latinoamérica es el equivalente a nacer en una familia privilegiada, lo invita a pasear por la universidad donde daba clases (o se graduó, entre lo malo de los audiolibros está que es difícil volver a un punto en cuestión) lo que para ella era normal, la que fuera su universidad, para el colega fue una muestra del mundo de privilegios en el que su compañera de trabajo vivía. 

Ese paseo representó el fin de la amistad sin mediar palabra. A Bonnet, que quizás nunca pasara hambre ni necesidad pero siempre fue una mujer trabajadora, y a cuya familia tampoco le sobraba el dinero, le costó entender la gélida actitud de su colega, hasta que logró comprender que su amistad fue víctima de un insólito ataque de resentimiento. 

Es difícil enfrentar al resentimiento, nada nos prepara para ello, a veces ni nos damos cuenta, las veces que me ha tocado enfrentarlo ha sido con alcohol de por medio, in vino veritas, el alcohol desinhibe y aquello que quizás se ha callado, con unas cervezas o unos rones encima, se es capaz de decir frases hirientes que para  quien las dice, no son sino crudas verdades. 

La primera vez que recuerdo que me tocó enfrentar un ataque de resentimiento fue terminando bachillerato, éramos cuatro, un dos para dos, y si bien la primera pareja estaba muy feliz, el amigo que le consiguieron a “la prima” (o sea yo), varios rones por delante empezó a preguntar en voz alta qué hacían ellos, estudiantes de “la Simón", con ese par de sifrinas estudiantes de colegio de monjas, aunque yo no lo fuera, de colegio de monjas que sifrina para qué negarlo. 

Ante semejante ataque es lógico preguntarse qué habría hecho o dicho la entonces carricita Adriana para causar tal reconcomio. La misma pregunta que me haría ante un ataque similar, más de cuarenta años después, de quien consideraba una pana, ataque que todavía estoy asimilando, que no viene al caso para esta crónica.

Imagino que habré sufrido otros ataques, y en algunas oportunidades habré sido yo la resentida, porque hay muchos tipos de resentimiento, pero el que se me vino a la memoria hace poco fue con alguien que después de un primer ataque de resentimiento, un par de décadas más tarde volvería a ser mi pana (para quienes no manejen el venezolano, amigos son pocos, panas pueden ser muchos).

A mediados de los años 80 cuando el Taller del Actor era mi familia elegida, una tarde apareció un viejo amigo de su director Enrique Porte: el escritor Ibsen Martínez. Ibsen y Enrique -que entonces andarían por los cuarenta años- eran lo que mis hijas llaman “frenemies” amigos-enemigos; si bien tenían mucho en común, había una especie de roce por el que no terminaban de encajar como buenos amigos. 

Cuando conocí a Ibsen quedé deslumbrada con su inteligencia y simpatía, todavía no era famoso como el autor de la telenovela: “Por estas Calles”, aunque ya era un dramaturgo reconocido. Yo había entrado al Taller del Actor después de que Enrique dirigiera tres obras de teatro de Ibsen (Martínez, no Henrik): “LSD", “Humboldt y Bonpland en el Orinoco” y “La Hora Texaco”; apenas llegué a ver la última, conservo el afiche y el libreto de ella que usó Enrique para dirigir. Pero cuando llegué al Taller del Actor como estudiante promesa de la Escuela de Artes (pues si, qué les puedo decir), ya Enrique e Ibsen, que además fueron vecinos en San Bernardino, se habían distanciado, la verdad es que no sé por qué, y si alguna vez lo supe, hoy no me acuerdo. 

 De lo que si me acuerdo es que un día reapareció Ibsen en el Taller del Actor porque a Enrique se le ocurrió que debíamos producir una obra de teatro con el esquema de los musicales de Hollywood, que Enrique, que había estudiado dirección de Teatro en Londres, describió como: Boy meets girl, boy looses girls, boy gets girl back.  Enrique la dirigiría, creo que Vinicio Ludovic (todavía no había llegado Yordano a nuestras vidas) sería el responsable de la parte musical, y los panas de Taller de Dramaturgia, es decir, las jóvenes promesas, bajo la tutoría de Ibsen, habríamos de escribir la obra. Y para esta encandilada joven promesa de la escritura que no llegaría a mucho, Ibsen resultó el hijo pródigo del Taller, el hermano perdido, la pieza que faltaba. 

Lo que poco tiempo después descubrí, y que así sería hasta el final de sus días, fue que Ibsen era como un cometa, aparecía muy de vez en cuando, pocos como él para pasar raudo por nuestras vidas. Por lo menos así fue en la mía, y como Piedad Bonnett pudo ponerle el dedo al final de su amistad con su colega por un simple paseo por una universidad privada, yo a mis tiernos 22 años, pocos días después de conocerlo, pude ponerle el dedo al final de mi brevísima amistad con Ibsen, por lo menos en esa etapa mía de “joven promesa”, cuando una noche, con los amigos del Taller, en lugar de a la cervecería Tío Pepe de Sabana Grande, nos reunimos en casa de mis padres en El Pedregal de Chapellín, que casi casi era el Country Club. Sentados en la terraza, frente al amplio jardín sembrado de chaguaramos donde yo crecí, hablando de no sé qué temas, se despertó el marxismo-leninismo del camarada Ibsen con varios whiskys encima, como un chispazo inesperado, esa noche me di cuenta que esta supuesta joven promesa aun siendo inocente era culpable, que en memoria del bachiller Martínez estar en un lugar así, en semejante casa, era una traición de clases, así que señores, buenas noches. 

Y se fue Ibsen sin dar un portazo como la Nora del otro Ibsen, el noruego, aunque si con tremendo portazo emocional, pensé que para siempre, por lo menos de mi vida.  De más está decir que el musical tipo Broadway quedó en proyecto.

 Años después le conté esta anécdota a Ibsen, y se rió:
- Es que uno era muy pendejo.

  Semejante arrebato de lucha de clases no fue el final de mi amistad con Ibsen, nos encontramos años después cuando la revolución por fin llegara a Venezuela y ambos éramos columnistas en El Nacional. Ibsen renegó de esta supuesta revolución desde el principio, y aunque entre nosotros no hubo una amistad profunda si creo que hubo mutua simpatía, por eso digo que éramos panas más que amigos, además éramos vecinos, a menudo nos cruzábamos en el abasto de la Alta Florida buscando el artículo que se encontrara en tiempos de escasez. Me llegó a mandar una obra de teatro inédita para leer: “Petroleros Suicidas” (2011), pensando lástima que ya no esté Enrique para dirigirla. Una vez preparamos un pabellón criollo en casa para celebrar a un amigo mutuo que estaba de visita en Venezuela, Ibsen nos embarcó como era su costumbre, ni siquiera lo esperamos, ni nos extrañó, Ibsen era así. Me llamaba como cada cinco años para decirme que tenía un proyecto, que estaba pensando en mí, que le diera unos días para concretarlo, yo le decía que sí, que cómo no, aunque sabía que pasarían más de cinco años antes de volver a saber de él, con un nuevo proyecto. 

 Sus últimos años marcados por el movimiento “me too” debieron ser bien difíciles al verse Ibsen obligado a confesar públicamente lo que para muchos era vox populi, que había maltratado físicamente a algunas de sus parejas, chisme que a mí nunca me llegó. Aunque su pluma no mermara, se volvió una papa caliente, impublicable, por lo menos en medios como El País de España. La última vez que hablé con él, como un par de años antes del escándalo, me contó que sufría del corazón, que se tenía que ir de Bogotá a otra ciudad colombiana de menos altura porque a Venezuela bajo este régimen no volvía. Durante su caída en desgracia pensé en llamarlo, si bien deploro la violencia contra la mujer de la que se confesó culpable, ¿acaso no había sido mi amigo? Los amigos en las malas y en las buenas.  Pero qué es la amistad, es mucho más que simpatía mutua y una llamada cada cinco años, al final no lo llamé, ¿qué decirle? Pensé que algún día me volvería a llamar con un nuevo proyecto, así fuera solo para conversar un rato.

No lo hizo, Ibsen murió en Caracas en septiembre de 2024. Volvió bajo radar, sin avisar, quizás regresó a Venezuela para morir, al final el corazón le pasó factura. No sé si antes o después de que muriera el pana Ibsen, leí su última novela “Oil Story”, publicada en 2023, debió ser después de muerto porque para mí es su mejor novela, sobre la que yo sepa nadie, incluida quien esto escribe, se dignó a escribir. Ibsen se volvió un intocable, pero no de buena manera, si acaso la hay.  

Ya es tarde, tendría que volver a leer "Oil Story” para escribir sobre ella, la busco en  mi biblioteca y no está, me parece que la leí en Kindle. Es tarde para decirle a Ibsen que me gustó, que me divirtió mucho. Ya no volveré a recibir la llamada cometa del pana Ibsen, pero hoy las memorias de una escritora colombiana me lo recuerdan. 

Y sea donde quiera que estés, porque con los panas nos cuesta pensar en la nada, descansa en paz estimado cometa. 


viernes, 30 de mayo de 2025

Los vidrios rotos



l
Entre las series de Netflix más comentadas de la primera mitad de 2025 esta la serie británica “Adolescencia” sobre el asesinato de una niña de trece años presuntamente a manos de un compañero de escuela. No es un whodunit mas bien es un “did he o didn’t he” ¿lo hizo o no lo hizo? Poco se muestra de la niña asesinada más allá que era una de esas niñas populares que suelen chalequear a los niños más débiles. En “Adolescence” poco sabemos de la familia de la víctima, el foco principal de la serie está en los investigadores del crimen, en la psicóloga que lo entrevista para entender la mente de Jamie, pero sobre todo en los padres del niño, su niño, porque a pesar de tener trece años todavía es un pequeño asustado, buscando la protección del padre, a quien escoge para que lo acompañe al ser interrogado por las autoridades.

En una escena el padre, aprovechando que quedó solo con su hijo por unos instantes, le pregunta mirándolo a los ojos si cometió el atroz crimen del que se le acusa, si asesinó a golpes a su compañera de escuela. El lo apoyará no importa cual sea la respuesta, es su hijo, lo quiere, pero necesita saber. El niño responde que no. El padre insiste, ¿de verdad no lo hiciste? Yo te creeré, tu eres mi hijo pero dime la verdad, necesito saber. El joven insiste: “Yo no fui”.

Quizás a algunos ingenuos espectadores les quedara sembrada la semilla de la duda, a pesar de que las evidencias lo condenan, este niñito tan querido y consentido no sería capaz de mentirle a su padre, tan buena gente y buen papá que se ve. 

Pero yo no, la vida me enseño a desconfiar de los dulces angelitos, no de una manera traumática gracias a Dios, pero me consta que cuando un padre mira fijamente a los ojos de su hijo adolescente y le pide sinceridad: “¿Tú lo hiciste?” Medio contra locha que el carajito mentirá con la cara más lavada en su repertorio de caras lavadas.

¿Cómo lo sé yo?, la voz de la experiencia, hace unos seis o siete años, cuando mi hijo estaba en el último año de escuela, un lunes por la mañana recibí la llamada de una señora quien se identificó como la mamá de Fulanito de tal, el pasado sábado su hijo había tenido una reunión en su Pent House a la cual mi hijo había asistido con varios compañeros de su salón, y en la mitad de la noche no se les ocurrió mejor idea que jugar Tiro al Blanco con las piedras de la jardinera para ver quien rompía el farol de la calle. No sé si habrán roto el farol pero aparentemente si el techo de vidrio de un vecino. (Aunque hasta el sol de hoy mi hijo jura que no fueron ellos, que el techo de vidrio estaba muy lejos del farol). 

 Además del daño material, me decía la señora enfurecida, “se imagina qué peligro si le hubieran dado con una piedra a alguien, lo pudieron haber matado".

 Por supuesto que me disculpé si mi hijo había tenido que ver con eso,  hablaría con él apenas llegara del colegio, pero si según me dice habían sido varios muchachos los que estaban tirando piedras, le pregunté porqué estaba responsabilizando a mi hijo.

“Porque era el único al que conocía mi hijo, su hijo trajo a la fiesta a sus compañeros de escuela”. 

Tampoco es que mi chamo hubiera armado la rumba, el muchacho de la fiesta estudiaba en uno de esos colegios en Caracas donde hay muy pocos alumnos por salón, por eso hizo una especie de openhouse donde fueron grupos de varios colegios, como tenían un amigo en común, mi hijo fue el responsable de convocar a sus amigos. 

Llamé a mi esposo para ver si sabía algo, no estaba enterado de nada. Llamé a la mamá de uno de los amigos que sabía que estaban con OV el sábado en la noche y me dijo que su hijo le había comentado que hubo un incidente con unas piedras en la fiesta, pero que fueron alumnos de otro colegio, no nuestros chamos. Ella fue quien me dio los nombres de otros muchachos del salón que estaban en la fiesta. 

Una por una fui llamando a las mamás de los presuntos tirapiedras para ver si sabían algo, nadie sabía nada pero todas hablaron después con sus hijos, y todas hicieron la misma pregunta del padre de Jamie: “Mírame a los ojos y dime si participaste”,  absolutamente todos los angelitos les juraron a sus confiados padres que no habían agarrado ni una piedra.  En ese grupo había desde el alumno veinte en línea que nunca ha dado un dolor de cabeza, hasta al que le dio una baja de tensión en la fiesta  y  según su mamá: “imposible que estuviera en la lluvia de piedras, el pobre, si lo tuve que ir a buscar”, sin faltar, por supuesto, los mala conducta, que tampoco son malos, simplemente muchachos que inventan mucho. 

Solo una mamá me contestó que no tenía ni que preguntarle a su hijo porque sabía que donde hubiera una tremendura, su hijo estaba metido de cabeza. 

Excepto esa mamá, todos los papás y mamás respondieron que sus hijos negaron haber participado en el lanzamiento de piedras. Y ellos les creían a sus hijos. Sus hijos no dicen mentiras, por lo menos no sería capaces de mentirles a sus padres.

 Mi hijo se negaba a delatar a sus compañeros, nos pidió que lo entendiéramos, no quería ser un sapo, como ya estaba marcado por la dueña de la casa, sus panas le pidieron que asumiera la culpa, que entre todos reunirían plata para pagar los vidrios rotos, pero que por favor no les dijeran a sus papás porque los iban a matar. Los propios tira la piedra, esconde la mano.

 Mi chamo habría quedado como único culpable de no ser porque no tomaron en cuenta un pequeño detalle: alguien grabó la improvisada practica de picheo con su celular, compartiéndolo con la señora del PH quien al día siguiente lo mostró de prueba, en el video fueron saliendo uno por uno, desde el veinte en línea hasta al que no pudo ser porque le dio una baja de tensión en la fiesta, en total cinco Nolan Ryans buscando romper el farol, todos los “yo no fui mamá te lo juro”, excepto mi hijo, que ni siquiera salía viendo a sus amigos tirar piedras. 

Entonces mi esposo que hasta que salió el video a relucir estaba dispuesto a pagar los vidrios rotos, dijo que no iba a pagar por algo que no solo no hizo su hijo, sino que además sus amigos pretendieron que fuera el único responsable. 

 Pero antes le preguntó a nuestro hijo, mirándolo fijamente a los ojos:

 “¿Tu tiraste piedras?”, como cualquier adolescente que se respeta, mi hijo lo negó: “No papá”.

Mi esposo no era confiado como el papá de la serie “Adolescence” o como el resto de los papás del salón, por eso le volvió a preguntar: “¿De verdad?”.

 “De verdad”.

Aun así mi marido, que era como era, cual miembro de la policía forense de CSI, se puso a ver el video una y otra vez, cuadro por cuadro, pasó por lo menos una hora viéndolo en su celular, después lo pasó a la tableta, yo le decía, “ya déjalo que no está, el no fue, más bien es un mártir dispuesto a cargar con la culpa de los amigos”, hasta que en una milésima de segundo poco antes de que terminara el video, agrandando la imagen en cámara lenta logró ver a nuestro bebé agarrando una piedra para unirse al jaleo, justo antes de que se detuviera la grabación. 

Y como canta Ruben Blades en ese momento en mi casa “Comienza la segunda del noveno”.

Al final ante la evidencia audiovisual todos los papás tuvimos que admitir la responsabilidad de nuestros respectivos angelitos, no sé como habrán enfrentado los demás padres y madres no solo las pedradas sino que sus querubines lo negaran hasta que la cámara los delató, lo que hicimos en conjunto fue responsabilizarnos de pagar los vidrios rotos, además llevamos a los muchachos a pedir disculpas a la señora del PH, quien nos recibió en el lobby del edificio, aceptando las disculpas pero de muy malas pulgas. 

Momentos después camino a casa pensé que a ninguno de los muchachos o a los papás se les ocurrió que mi hijo también merecía una disculpa porque sus amigos pretendieron responsabilizarlo, y que yo también merecía una disculpa porque con excepción de una mamá, todos los crédulos papás me contestaron: “si mi hijo dijo que no lo hizo, es a él es a quien le creo”. 

 Así que al dicho que dice que no se le puede creer ni a lágrimas de mujer ni a cojeras de perros, le agregaría, y mucho menos a adolescente que prometan: “Te lo juro papá, que yo no fui”.