A diez días del terremoto del día de San Juan, todavía no encuentro las palabras que puedan describir tanto dolor de lo que está pasando en La Guaira, pero hoy, cuatro de julio, me voy permitir el atrevimiento de saltar de semejante tragedia nacional a un cataclismo personal.
Nada más terrible que la enfermedad de un ser querido, pero permite un cierre, estremece pensar la cantidad de gente que el pasado 24 de junio perdieron en pocos segundos a sus familias sin poder darles un último abrazo, sanar heridas que quedaron abiertas, decirles adiós. Regresando a lo personal, en medio de la pandemia de covid, que también fue un periodo de zozobra en el que muchos perdieron seres queridos sin poder decirles adiós, Oscar, mi marido, salió una mañana de un cuatro de julio para subir el Avila con tres amigos, entrarían por una trocha en San Bernardino abierta semi-clandestinamente. Esa madrugada se fue sin decir adiós, yo estaba dormida, ni siquiera me había comentado la noche anterior que haría una excursión con los panas. El último recuerdo que me quedó de mi marido con quien cumpliría treinta y un años de casada en noviembre, y que cocinaba divino, es que esa noche en la que sería nuestra última cena, no hubo banquete, comimos perros calientes.
Así que yo me desperté esa mañana de lo más tranquila sin imaginar que antes de colar el primer café, me había quedado viuda. Subiendo el Ávila Oscar murió de un infarto fulminante. En el momento de su muerte yo estaría profundamente dormida, ni un presentimiento, ni un presagio, nada me anunció su muerte antes de que me tocaran la puerta a las 8,30 de la mañana para darme la infausta noticia.
Han pasado seis años de esa mañana en la que mi vida se partió en dos, y yo que no soy el tipo de viudas que se quedó pegada cantando “Amor eterno e inolvidable”, en estas circunstancias, en este cataclismo sísmico que ha sacudido a Venezuela, he extrañado tanto a mi marido más allá de porque no en balde pasamos tres décadas de casados, porque nadie como él para resolver problemas prácticos como buen Ingeniero Civil que era, y además con una gran vocación de ayuda. Si yo hoy estoy paralizada ante las imágenes que llegan de La Guaira, estoy seguro que Oscar habría sido de los primeros que se habrían montado en su moto para ir a La Guaira para ver en qué podía ser útil. Y si no estuviera en La Guaira, estaría en Caracas ayudando a quienes hubieran sufrido daños materiales o perdidas personales. Porque eso si tenía él, no podía quedarse tranquilo en la casa, sin duda se habría ido a socorrer al prójimo, pero no sin antes hacer un reporte exhaustivo de los daños que causó el terremoto en nuestro apartamento, además de visitar apartamento por apartamento para ver los daños sufridos en el edificio, así fuera para tranquilizar a la loca de su esposa que no se daba cuenta que nuestro Conjunto Residencial si bien golpeado, había salido más que bien parado en este terremoto que causó tantas víctimas.
Oscar no era perfecto, nadie lo es, y nuestro matrimonio tampoco lo era, pero pocas escenas en medio de esta tragedia me hacen valorizar más mi matrimonio que esa escena viral de quien pensábamos que era un esposo rescatando con la linterna del celular y un martillo a su mujer, quien para más colmo se llama como yo: Adriana. El, entre exasperado y amoroso haciendo las labores de rescate, y ella, nerviosa pero no histérica, fregando la paciencia hasta atrapada entre escombros. Porque aunque después resultara que la viral pareja no eran marido y mujer sino primos, nada cómo ese video tomado por un celular retrata un matrimonio de treinta años. Ni Ingmar Bergman lo habría hecho mejor.
Recuerdo que los últimos días de nuestro matrimonio, sin imaginar que serían los últimos días de Oscar, nos enfrascamos en un pleito pendejo si ese año la cosecha de mangos era menor de lo usual. Yo decía que si y el decía que no. Pero también esos últimos días recuerdo que todas las tardes yo me sentaba a leer en la terraza, y Oscar llegaba puntual a las cinco a traerme en una tacita de peltre rojo un café con la leche batida.
Así que hoy que mi marido cumple seis años de haberse ido, ante este terremoto que nos sacudió a los venezolanos, nunca como ahora me ha pegado tanto su ausencia, y también la soledad porque ya nuestros tres hijos alzaron vuelo, emigraron. La primera semana después del terremoto me fui a dormir a casa de mi mamá que vive en mi mismo edificio, pero los sicólogos dicen que debemos regresar a nuestra rutina lo antes posible. A mi que no me afecta vivir sola abrazada a mis libros, escribiendo, oyendo música o viendo una buena serie, en estos momentos cada sonido, cada nueva grieta que descubro en las paredes, cada adorno caído, pienso en la falta que me hace Oscar, aunque sea para que me diga: “Tranquila Adriana, deja la histeria”, y también para llorar juntos ante el sufrimiento de aquellos amigos y tantos venezolanos que tienen familiares muertos o desaparecidos, y ante el horror de lo que esta pasando sobre todo en La Guaira.
De su inesperada muerte me quedó el reconcomio que ninguna señal me avisó que ya mi marido no estaba en este plano, ¿acaso no hay una despedida de las almas? Hasta esta mañana del 4 de julio de 2026, durmiendo en el cuarto de mis hijas porque el mío perdió el baño en el terremoto, cuando apenas empezaba a amanecer sentí un estruendo, la cama se movió, se había caído un cuadrito de un dibujo de Julio Maragall que el artista y su esposa Silvia nos regalaron en nuestro matrimonio.
En mi apartamento la tarde del 24 de junio no se cayó ni un cuadro, aunque se rompieron copas y adornos, tonterías, también se partió en dos el vidrio del marco donde estaba la foto de Oscar. Hoy al despertarme súbitamente por el cuadro que se vino al piso, salté de inmediato para ponerme un Blue Jeans lista para salir corriendo si hacía falta. Pero no sentí temblor, pensé que habría sido un sacudón, me asomé a la ventana porque en mi edificio ante el más mínimo sacudón, a la hora que sea, salen la mitad de los vecinos a ver qué está pasando. Nadie salió. Vi el reloj y eran casi las siete de la mañana, pensé que justo a esa hora, hace seis años, se le había parado el corazón a Oscar.
Tardó seis años en darme una señal cósmica de adiós, pero por fin la dio, casi pude oírlo diciéndome: “Tranquila Adriana, deja la histeria, todo estará bien”.
