lunes, 23 de agosto de 2010

El coco


Una psicóloga infantil me comentaba que de hace unos años para acá cuando un niño o un adolescente va a su consulta, cualquiera sea el motivo, al preguntarle: “¿A qué le temes más en la vida?”, a diferencia de los muchachos de antes que daban respuestas distintas tipo a la oscuridad, a que sus padres se divorcien, a su muerte o a la de un ser querido, al fracaso escolar… los actuales muchachos venezolanos (o por lo menos los caraqueños) unificaron su respuesta: el Coco del 99 por ciento de nuestros chamos es que ellos o sus familias sean víctimas de la delincuencia. O de “los hombres malos”, como dicen los más chiquitos.
Habrá quienes insistan que las cifras delictivas están infladas por los medios de comunicación antagonistas del Gobierno, que es un mera sensación, que no es que vivimos entre tanta inseguridad sino que los laboratorios de la Guerra Sucia contra la utopía del Socialismo del Siglo XXI nos hacen creer a los caraqueños pendejos que la inseguridad nos acecha.
Pero ese cuento de las cifras infladas de la violencia ciudadana sólo se lo creen los chavistas que no viven en Venezuela, o aquellos que hoy tienen el poder de estar protegidos junto con sus familias por guardaespaldas armados y andan en carros blindados. De resto en Venezuela, por más que muchos estén dispuestos a dar la vida por el Proceso, todos tememos a la delincuencia,  un temor que afecta por igual al barrio como a la urbanización, aunque la impunidad de las cifras rojas pareciera afectar más a las clases populares.
Ahora resulta que hay quienes dicen querer proteger a los niños venezolanos de las noticias de violencia censurando las noticias de sucesos en los medios de comunicación social, como si los chamos se pararan todos los días a leer periódico antes de salir a la escuela. No sólo viendo tv u oyendo a papá y a mamá hablar se va formando el miedo infantil a la delincuencia, en los recreos escolares se escuchan todo tipo de cuentos: que si a Patricia y a su familia los asaltaron un domingo en casa amarrándolos y amordazándolos con las corbatas de papá; que si a los papás de Luigi los secuestraron una noche cuando regresaban del cine, se llevaron a la mamá mientras el papá se las arreglaba para conseguir dinero; todos los días un niño llega al colegio contando cómo los encañonaron en el tráfico para quitarle el celular a su mamá. Y esas son historias de estudiantes de colegios privados, qué de historias contarán los chamos en los liceos.
En la actual Venezuela dudo que haya un niño que aunque sea colateralmente no se haya visto afectado por la delincuencia: en el caso de mi familia en poco más de un año vivimos dos secuestros Express de adolescentes. Noches infernales que, afortunadamente, sólo significaron pérdidas materiales y un susto que dura a las víctimas meses después del incidente. Tal es la impunidad de la delincuencia que los malandros ni siquiera se molestan en cubrirse el rostro para que no los vean los secuestrados. No hace falta.
Hay quien dice que en Caracas se ha vuelto una necesidad blindar los carros para protegerse de la delincuencia, cuesta mucho dinero hacerlo, muy pocos pueden darse el lujo de pagar esa necesidad. Pero por lo visto, aquellos funcionarios que hoy gozan con sus vidrios blindados del privilegio de protección a sus hijos de los “hombres malos”, como que no les importa menospreciar el coco del resto de los niños venezolanos.

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