Mis horarios siguen siendo los mismos de antes de la caída, las rutinas diarias como bañarme toman más tiempo. El domingo fue mi segunda salida en mes medio y medio (ya había salido a la consulta del médico): fui a una parrillada con unos amigos. Sigo acostándome todas las noches después de las 12 tras resolver Wordle, Connections y el mini crucigrama del NYT, y si no está muy difícil, también debí haber resuelto el crucigrama usando la opción de tachar las letras erradas, que mi inglés tampoco da para tanto.
Y aunque me acueste tarde, cansada, y con alguna leve ayuda medicinal, me está costando conciliar el sueño, no todas las noches, algunas más que otras. Anoche, por ejemplo, tras apagar la luz, comencé a dar vueltas incómoda con el pie herido, como si no terminara de cuadrar con el resto del cuerpo, como si fuera un miembro ajeno cocido por el doctor Frankestein.
Duermo de un lado, me volteo, intento boca arriba, pongo el pie herido sobre una almohada, me molesta la cicatriz como si tuviera astillas, quito la almohada, levanto la cobija e intento sacar la pierna de un lado, es que no hay posición que me acomode.
Como a la media hora me rindo y prendo la luz de la mesa de noche, voy al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz, como sigo sin sueño, busco en mi Kindle el libro más aburrido que haya bajado en la últimas semanas: una novela gringa sobre las vicisitudes de la perimenopausia. Ya yo pasé por ahí, capítulo de insomnios pasados. Aburrida y todo la novela la termino de leer en mi desvelo.
Vuelvo a ir al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz para ver si llega el sueño, y nada. No pienso en el futuro, a lo mejor por mi propia inmovilidad ahora siento que está estancado, sé que no debería pero pienso en el pasado, recuerdo historias que valieron la pena, otras historias que con gusto me saltaría si volviera a vivir… Evito ponerme intensa, caer en un ciclo de “what if´s”. Poco me falta para agarrar un rosario, o ponerme a contar ovejas en vez de vivencias, pero prefiero recurrir a mi caja de piedras: una de mis más recientes mañas es que me ha dado por coleccionar piedras, confieso que me he dejado deslumbrar por piedras de colores como las que usaban los conquistadores españoles para cambiárselas por oro a los indígenas.
De mi incipiente colección agarro un cuarzo morado o amatista, piedra conocida por sus propiedades “calmantes y protectoras, recomendada a las personas propensas al estrés y a la ansiedad gracias a sus efectos relajantes y equilibrantes”.
Me aferro a la amatista apretándola con mi puño izquierdo hasta que por fin llega el sueño, mi mente se desenchufa, por fin la nada, el dejar de sentir la pierna izquierda amotinada del resto del cuerpo, desconectarme con el yo, o por lo menos eso creo porque de repente me encuentro en una casa que no es la mía, con otros sobrevivientes a la espera de que lleguen los monstruos verdes, que no son ni zombies, ni vampiros, ni alienígenas, son monstruos, como los de antes, como Frankestein, ya vienen por nosotros, y yo con la pierna así, y sola, mi marido murió, mis hijos emigraron, no puedo salir de la casa, logro meterme en un clóset, la pierna entra a duras penas, me cubro de chaquetas, aguanto la respiración, ya van a entrar los monstruos verdes, ya vienen…
Y abro los ojos sobresaltada, hace un mes y medio de mi caída por una alcantarilla sin tapa, gracias a Dios por mi familia y mis amigas que me ayudaron en ese trance, ya hace un mes de la llamada “extracción”, esta madrugada de febrero 2026 me despierto en una Caracas post Maduro, en la era de la señora Delcy y de mister Trump, con la ilusión que terminen de liberara. todos los presos político en Venezuela y que reactiven los vuelos de American Airlines para ir a visitar a mi familia cuando me recupere al cien por ciento.
No estoy despierta del todo, mi pierna descansa con el resto del cuerpo, por fin parece haber encontrado su mejor posición, mi mente está despierta el cuerpo todavía no, o eso creo yo, la mano izquierda sigue fuertemente aferrada a la Amatista.
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