domingo, 19 de julio de 2026

¡Goooooool!

 


Tristemente sabemos que en mayor o menor grado con el terremoto del 24 de junio, comenzando el juego de Brasil-Escocia a las 6 de la tarde, a los venezolanos la vida se nos quebró en pedacitos: el terror que quedó ante la tierra sacudiéndose minuto y medio, sin saber si nuestros familiares estaban bien, después las noticias de los edificios derrumbados en Caracas, tantas víctimas, quienes perdieron sus hogares, sin hablar de la total devastación de La Guaira, miles de muertos y desaparecidos. El doble Terremoto de San Juan nos  rompió emocionalmente a los venezolanos, a unos más que otros, como cualquier cataclismo de esa magnitud. 

Desde el 24 de junio somos como un país de zombies. Estamos en luto cerrado, yo no volví a leer en las redes sociales ninguna celebración por el Mundial. Si acaso en los chats con los más íntimos celebrando el juego de los noruegos y la simpática estrella de este Mundial 2026: Haaland, o con la guapura y los dos goles de Bellingham que eliminaron a nuestra querida Noruega, o la tristeza de la eliminación de Cabo Verde que fue otro favorito emocional.

En privado, en momentos tan difíciles como los que estamos viviendo, para mi el fútbol fue un solaz, porque no tengo concentración ni para leer, ni para ver tv, ni siquiera para ver series como Virgin River, yo por lo menos pasé las primeras dos semanas sin querer salir de mi edificio, todo el día viendo las noticias que iban publicando por Instagram sobre la magnitud del desastre, pendiente de cada rescate, de los amigos buscando desesperados a sus familiares desaparecidos, hasta que me reclutaron como voluntaria en un centro de acopio, voluntariado del que no me jacto porque ante el esfuerzo de tantos venezolanos y rescatistas extranjeros en La Guaira, el mío no fue sino un minúsculo granito de arena entre tantos gestos heroicos que hemos visto para las labores de rescate con tan poca ayuda del Estado. 

Así que dentro de mi apartamento agrietadas todas las paredes pero bien, sintiendo cada réplica fuerte que ha llegado después, seguí mi tradición de ver el Mundial, tratando de ser discreta, porque en el apartamento de abajo donde viven unos vecinos que apenas conozco, recogieron a unos familiares damnificados de La Guaira que sufrieron perdidas tanto de sus viviendas como de familiares, milagrosamente lograron salir con vida. Durante días señoras mayores, otras más jóvenes, con sus niños, durmieron afuera, no se atrevían a entrar en el apartamento a pesar de que nuestro edificio apenas sufrió. Pasaban todo el día sentados en unas sillas que ponían en el pasillo de las áreas comunes. A pesar de sus perdidas se veían tranquilos, a lo mejor ya habrían llorado tanto, tampoco se oían risas, el silencio de estas primeras semanas del duelo nacional casi se podía tocar en la atmósfera, pienso es un silencio del horror que se siente por toda Venezuela, un estremecimiento emocional compartido en todas partes del mundo donde haya un venezolano.

Así pasé el Mundial, celebrando goles lo más bajo posible, antes del terremoto los vecinos gritaban los ¡goooooool! más fuertes del edificio, lo peor era que yo me enteraba de los goles que venían porque su señal de televisor estaba varios segundos adelantada a la mía. No son como yo de los que cantan todos los goles, solo los de los llamados “países hermanos”: Uruguay, Colombia, Ecuador, México, Brasil, Panamá, Paraguay y Argentina. 

Un día antes del terremoto llegaron con un televisor gigante, viéndolos bajarlo de su camioneta pensé:  "ahora si me fregué yo” el ruido va ser descomunal. Casi que les toco la puerta para ver el fútbol con ellos pero no son del tipo de vecinos que te invitan a tomar un café o que se detienen en las áreas comunes para conversar un ratico.  Un discreto quiebre de ideología política parece separarnos. Solo sé que en ese apartamento ven el fútbol a pocos metros donde yo lo veo solita, y me hacen spoilers de los goles, pero que a partir de terremoto, desde esa Planta Baja no se volvió a oír el futbol, solo se oye a los perritos, y los niños jugando con la inocencia de los niños que no terminan de comprender lo que pasó.

Pasaron los octavos de final y seguí viendo el Mundial calladita, gritando discretamente los ¡Gooool!, haciendo mis conjeturas de quien no sabe mucho de fútbol que Francia e Inglaterra sería la final porque fueron los  equipos que jugaron mejor, además qué bello Bellingham, y no importa lo que digan yo amo a Mbappe y qué lindo oír La Marsellesa, la sangre llama porque mi bisabuela era de familia Argentina pero nacida en Francia, así que son los dos países de mi actual afición, sobre todo por Messi, que ha sido el gran ídolo de mi hijo desde niño, y me perdonan los Messi Haters pero cómo me gustaría que cerrara su paso por los Mundiales alzando la Copa, pero España, ay España de mis amores, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid. 

Con tanta emoción mundialista en el pecho en medio de un duelo cerrado en el país, por empatía con la perdida de los vecinos, enciendo con el volumen bajito el juego Inglaterra- Argentina. Inglaterra domina la primera mitad, abren el marcador con un gol, yo sabía que Argentina no podría contra los ingleses liderados por Harry Kane, pero en la segunda mitad Argentina contraataca, el portero de Inglaterra logra atrapar varios balones que se acercaron peligrosamente al arco. ¿Qué le pasó a los ingleses que se desinflaron? ¡Dónde está mi novio Jude Bellingham! Hey Jude que el ataque argentino  llegó feroz, los van a empatar, qué pasa Inglaterra que ahí tienen a Mick Jagger en las gradas sufriendo, y los Beckham, ay pobrecita Victoria cuando por fin se decidió emocionar… les van a meter un gol, pero se está terminando el juego, ¿lo lograrán? ay Dios mío no puedo con tanta angustia, hasta que de repente, desde la planta baja, se oyó por primera vez en tres semanas:  ¡Goooooooool!

sábado, 4 de julio de 2026

Tranquila, Adriana


 A diez días del terremoto del día de San Juan, todavía no encuentro las palabras que puedan describir tanto dolor de lo que está pasando en La Guaira, pero hoy, cuatro de julio, me voy permitir el atrevimiento de saltar de semejante tragedia nacional a un cataclismo personal. 

Nada más terrible que la enfermedad de un ser querido, pero permite un cierre, estremece pensar la cantidad de gente que el pasado 24 de junio perdieron en pocos segundos a sus familias sin poder darles un último abrazo, sanar heridas que quedaron abiertas, decirles adiós. Regresando a lo personal, en medio de la pandemia de covid, que también fue un periodo de zozobra en el que muchos perdieron seres queridos sin poder decirles adiós, Oscar, mi marido, salió una mañana de un cuatro de julio para subir el Avila con tres amigos, entrarían por una trocha en San Bernardino abierta semi-clandestinamente. Esa madrugada se fue sin decir adiós, yo estaba dormida, ni siquiera me había comentado la noche anterior que haría una excursión con los panas. El último recuerdo que me quedó de mi marido con quien cumpliría treinta y un años de casada en noviembre, y que cocinaba divino, es que esa noche en la que sería nuestra última cena, no hubo banquete, comimos perros calientes. 

Así que yo me desperté esa mañana de lo más tranquila sin imaginar que antes de colar el primer café, me había quedado viuda. Subiendo el Ávila Oscar murió de un infarto fulminante. En el momento de su muerte yo estaría profundamente dormida, ni un presentimiento, ni un presagio, nada me anunció su muerte antes de que me tocaran la puerta a las 8,30 de la mañana para darme la infausta noticia. 


Han pasado seis años de esa mañana en la que mi vida se partió en dos, y yo que no soy el tipo de viudas que se quedó pegada cantando “Amor eterno e inolvidable”, en estas circunstancias, en este cataclismo sísmico que ha sacudido a Venezuela, he extrañado tanto a mi marido más allá de porque no en balde pasamos tres décadas de casados, porque nadie como él para resolver problemas prácticos como buen Ingeniero Civil que era, y además con una gran vocación de ayuda. Si yo hoy estoy paralizada ante las imágenes que llegan de La Guaira, estoy seguro que Oscar habría sido de los primeros que se habrían montado en su moto para ir a La Guaira para ver en qué podía ser útil. Y si no estuviera en La Guaira, estaría en Caracas ayudando a quienes hubieran sufrido daños materiales o perdidas personales. Porque eso si tenía él, no podía quedarse tranquilo en la casa, sin duda se habría ido a socorrer al prójimo, pero no sin antes hacer un reporte exhaustivo de los daños que causó el terremoto en nuestro apartamento, además de visitar apartamento por apartamento para ver los daños sufridos en el edificio, así fuera para tranquilizar a la loca de su esposa que no se daba cuenta que nuestro Conjunto Residencial si bien golpeado, había salido más que bien parado en este terremoto que causó tantas víctimas. 


Oscar no era perfecto, nadie lo es, y nuestro matrimonio tampoco lo era, pero pocas escenas en medio de esta tragedia me hacen valorizar más mi matrimonio que esa escena viral de quien pensábamos que era un esposo rescatando con la linterna del celular y un martillo a su mujer,  quien para más colmo se llama como yo: Adriana. El, entre exasperado y amoroso haciendo las labores de rescate, y ella, nerviosa pero no histérica, fregando la paciencia hasta atrapada entre escombros. Porque aunque después resultara que la viral pareja no eran marido y mujer sino primos, nada cómo ese video tomado por un celular retrata un matrimonio de treinta años. Ni Ingmar Bergman lo habría hecho mejor. 


Recuerdo que los últimos días de nuestro matrimonio, sin imaginar que serían los últimos días de Oscar, nos enfrascamos en un pleito pendejo si ese año la cosecha de mangos era menor de lo usual. Yo decía que si y el decía que no. Pero también esos últimos días recuerdo que todas las tardes yo me sentaba a leer en la terraza, y Oscar llegaba puntual a las cinco a traerme en una tacita de peltre rojo un café con la leche batida. 


Así que hoy que mi marido cumple seis años de haberse ido, ante este terremoto que nos sacudió a los venezolanos, nunca como ahora me ha pegado tanto su ausencia, y también la soledad porque ya nuestros tres hijos alzaron vuelo, emigraron. La primera semana después del terremoto me fui a dormir a casa de mi mamá que vive en mi mismo edificio, pero los sicólogos dicen que debemos regresar a nuestra rutina lo antes posible. A mi que no me afecta vivir sola abrazada a mis libros, escribiendo, oyendo música o viendo una buena serie, en estos momentos cada sonido, cada nueva grieta que descubro en las paredes, cada adorno caído, pienso en la falta que me hace Oscar, aunque sea para que me diga: “Tranquila Adriana, deja la histeria”, y también para llorar juntos ante el sufrimiento de aquellos amigos y tantos venezolanos que tienen familiares muertos o desaparecidos, y ante el horror de lo que esta pasando sobre todo en La Guaira. 


De su inesperada muerte me quedó el reconcomio que ninguna señal me avisó que ya mi marido no estaba en este plano, ¿acaso no hay una despedida de las almas? Hasta esta mañana del 4 de julio de 2026, durmiendo en el cuarto de mis hijas porque el mío perdió el baño en el terremoto, cuando apenas empezaba a amanecer sentí un estruendo, la cama se movió, se había caído un cuadrito de un dibujo de Julio Maragall que el artista y su esposa Silvia nos regalaron en nuestro matrimonio.


 En mi apartamento la tarde del 24 de junio no se cayó ni un cuadro, aunque se rompieron copas y adornos, tonterías, también se partió en dos el vidrio del marco donde estaba la foto de Oscar. Hoy al despertarme súbitamente por el cuadro que se vino al piso, salté de inmediato para ponerme un Blue Jeans lista para salir corriendo si hacía falta. Pero no sentí temblor, pensé que habría sido un sacudón, me asomé a la ventana porque en mi edificio ante el más mínimo sacudón, a la hora que sea, salen la mitad de los vecinos a ver qué está pasando. Nadie salió. Vi el reloj y eran casi las siete de la mañana, pensé que justo a esa hora, hace seis años, se le había parado el corazón a Oscar. 


Tardó seis años en darme una señal cósmica de adiós, pero por fin la dio, casi pude oírlo diciéndome: “Tranquila Adriana, deja la histeria, todo estará bien”.