domingo, 11 de abril de 2010

Barbara en Caracas


  
Cuando la ex- Secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, comparó a Fidel Castro con un dinosaurio en el foro “Mujeres del Mundo”, Barbara Walters saltó de inmediato: “explíquese”. Por lo visto la octogenaria periodista no conocía el término con el que los latinoamericanos nos referimos a las Dictaduras. Cuando Albright contestó algo similar a lo que canta Charlie García: “ porque como los dinosaurios,  va a desaparecer”, el público celebró su salida con risas como si de un chiste se tratara, a excepción de Walters, quien no ocultó un mohín de desprecio ante semejante comentario.
Tras leer “Audition, a memoir”, no me extraña el enfado de Walters por lo que para los latinoamericanos tampoco es un chiste: que los dinosaurios algún día tienen que desaparecer, y no porque ella sea ferviente admiradora del líder cubano que pasa los 80 años de vida y tiene más de 50 años llevando las riendas de su país sin permitir disidencias, sino porque Walters en sus memorias no oculta su fascinación con aquellos que ostentan cualquier tipo de poder político, llámese Richard Nixon, Anwar Sadat, Golda Meir, Yasir Arafat, George W. Bush o Hugo Chávez.
Pionera de las mujeres periodistas nacida en Boston en el año 1929, a Walters le costó subir escalafones en una profesión dominada por los hombres, hasta que el entonces presidente Nixon la invitó a acompañarlo en su gira a China en 1971. Desde entonces, Walters se volvió una de las consentidas de los líderes mundiales a la hora de conceder entrevistas por la empatía que logra establecer, siendo en 1977 la primera norteamericana en atravesar la Bahía de los Cochinos para entrevistar a Fidel, y quizás por eso, fue la escogida por su pupilo, el Comandante Chávez, para abrirle su corazón antimperialista al público norteamericano.
Aquellos venezolanos de la oposición que vieron la entrevista de Chávez en el programa 20/20 de la cadena ABC,  sintieron a la veterana periodista complaciente. Walters en sus memorias confiesa que a pesar de ella misma –después de todo el líder venezolano considera a los Estados Unidos como enemigo- simpatizó con Chávez.  Lo que le pareció un horror fue Caracas: “qué ciudad tan fastidiosa”, la describe Walters en sus memorias quejándose de que esta capital no tiene buenos museos y su mayor punto de atracción es subir a una montaña por teleférico. “What a bore!”.
 Mientras el Comandante Chávez se dignaba a atender a la periodista a su conveniencia (tardó como 2 días en recibirla en Miraflores), no le faltó a Walters quienes le hicieran un tour por Caracas, primero el revolucionario por un barrio de la ciudad, debidamente escoltada y bien escogidos sus interlocutores no le fuera a salir alguien quejándose de la falta de agua o de la impunidad de los malandros. El propio tour diseñado para la Izquierda caviar de tal modo que Walters fuera testigo de cómo al Comandante en Jefe lo ama el pueblo venezolano. Tampoco faltó el tour contrarevolucionario, no tan bien diseñado, ese fue por mansiones del este, con hermosos jardines y muros altos para evadir la delincuencia. Sus propietarios recibieron a la prestigiosa reportera con el fin de expresarle en perfecto inglés lo mal que se está viviendo en Venezuela.
Contradicciones de esta República Bolivariana que no entendería una periodista que no ha corrido el la vida el riesgo de perder su derecho a expresarse en un mundo de dinosaurios.

Artículo publicado en El Nacional el sábado 3 de abril de 2010.
 

sábado, 27 de marzo de 2010

El paño de Spiderman



Después de sacar una cerveza bien fría de la cava, hundí los pies en la arena de playa El Agua disfrutando los kilómetros de azul que tenía ante mí. Y aunque suene a lugar común, sintiendo la cálida brisa marina no pude evitar exclamar: “¡Este comunismo me está matando!”.
A pesar del intenso sol, confrontada con la fauna humana de la hermosa playa margariteña, no hay que ser socióloga ni muy suspicaz para darse cuenta de que “este comunismo” nos está matando a los venezolanos de distintas formas: en el toldo de al lado un niño juega con su tobito, su madre lo mira atenta mientras su padre se enfrenta a una botella de whisky Etiqueta Negra. De poblado bigote, generosa barriga y ojos vidriosos que hacen juego con la botella que va palo abajo, al vecino “este comunismo” quizás lo mate del hígado, pero jamás de inanición.
“He aquí un retrato de la boliburguesía”, me digo escuchándolo pedir unos langostinos a la plancha para acompañar el escocés. Enseguida me arrepiento de tanto prejuicio.
No me gusta ser malpensada, pero es que desde que el mundo es mundo estos despliegues de boato se ligan con el poder de turno. Quizás la botella de whisky y los langostinos son merecida recompensa de un trabajo lucrativo pero honrado. Quizás sea casualidad que a la entrada del local de playa El Agua esté estacionada una camioneta último modelo con una enorme calcomanía del Ché Guevara, de esas que se asocian con la revolución.
A las decenas de vendedores ambulantes que ofrecen su mercancía a lo largo de la playa “este comunismo” no los está matando de una manera tan sabrosa. Los vendedores sudan la gota gorda no sólo por el inclemente sol, sino también porque cómo les cuesta vender. “Se fía” grita un muchacho ofreciendo collares de perla mientras otro replica: “Dos por uno por cambio de ramo” . Un tercer artesano remata sus zarcillos: “Todo a mil”. Los “cidiceros” llevan equipos de música para probar el último reggeatón.
Espléndidas morenas ofrecen masajes terapéuticos con aceite de coco. Infinidades de niños venden desde empanadas de cazón hasta pañitos de cocina. Un flaco alto carga un enorme fieltro amarillo mostrando toda una gama de tatuajes: rosas, dragones, corazones sangrantes, los signos del zodíaco, el Ying y el Yang, madre coraje, el Ché Guevara y el último grito de la temporada: aquel delgado teniente de boina roja que una aciaga mañana juró: “Por ahora”. Afortunadamente, todavía no me he cruzado con ninguno tatuado en un brazo o en una nalga.
Imposible resistir el bazar playero. Siguiendo la moda retro, me compro una pulsera hippie y un anillo plateado con un símbolo de la paz. Ya había dado por terminadas las compras del día cuando mi niño se antojó de un paño de Spiderman.
Quise regalárselo antes de que la ley antiglobalizadora de la cultura me lo impida. Mientras el vendedor despliega al hombre araña ante la mirada emocionada de mi hijo, me cuenta que es margariteño de pura cepa, orgulloso descendiente de aquellos feroces guerreros que por su valor frente a los conquistadores españoles merecieron que su tierra fuera calificada como la “Nueva Esparta”. Estudiante de Turismo, el joven vende paños para rebuscarse. “¿Qué tal la están pasando?” pregunta ejerciendo su futura profesión.
Después de asegurarle mi incondicional amor por la isla, le confieso que nunca he sentido tanto calor, agravado por el racionamiento de luz que este septiembre de 2005 me remonta a la época en la que para ir a Margarita, había que hacerlo con velas y linternas en la maleta. Le cuento que desde que llegué, en el sector donde me alojo han cortado la luz casi todas las noches antes de las siete hasta pasadas las nueve.
“¡Y eso que ahí está el sifrineo!” suspiró el vendedor. “Por donde yo vivo la cortan más tiempo. Pero lo prefiero así. Con tal de que no afecte el turismo”.
No puedo echarle la culpa a la revolución. La electricidad en Nueva Esparta está en manos de una compañía privada y se dice que nunca ha habido mayor consumo de energía en la isla que esta temporada vacacional. Petróleos de Venezuela ofreció construir dos plantas eléctricas para subsanar el problema.
El vecino oye las promesas de la nueva Pdvsa con sonrisa complacida. O quizás me vuelvo a prejuiciar, porque cuando el vendedor siguió su camino, ante los ojos iluminados del chiquillo del tobito, su padre saca la billetera y pregunta: “Mano: ¿a cómo la toalla de Spiderman?”.


Publicado en el diario El Nacionalel sábado 10 de septiembre de 2005, casi 5 años después, lo único que parece haber cambiado es que la crisis eléctrica se hizo nacional y que mi chamo ya no usa su paño de Spiderman ni amarrado. La ilustración para Nojile es de Rogelio Chovet.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Crónica de un valle en llamas


Este reportaje gráfico es para quienes no viven en Caracas, porque quienes seguimos aquí no podemos ignorar que el valle se nos quema. Desde hace tres días ese inmenso pulmón vegetal que para muchos es lo único todavía admirable de esta infernal ciudad, está en llamas. Estamos a punto de creer que aquel monte sagrado que los indígenas llamaron Guaraira Repano, en realidad es un volcán que comienza a hacer erupción.


Incendios en el Ávila suceden en temporada de sequía todos los años, ya los caraqueños deberíamos estar acostumbrados, pero nada nos prepara para ver nuestra venerada montaña arder, y éste parece ser el peor incendio en décadas. Comenzó el domingo en la tarde, estaba en un almuerzo familiar en el Alto Hatillo, zona al sur de Caracas con una privilegiada vista a la ciudad, cuando alguien dio la voz de alarma: el Ávila se estaba quemando otra vez. El horizonte parecía afectado por dos rasguños de fuego. Entrada la noche, los rasguños se habían unido en forma de corazón abarcando una alarmante extensión de la montaña.

El Gobierno parece preparado para una invasión del Imperio con todos los helicópteros de guerra que ha comprado, pero no cuenta con una buena infraestructura para apagar un incendio forestal en grandes proporciones, apenas 5 helicópteros de rescate. Y a pesar del esfuerzo de todo un batallón de bomberos, el fuego esa noche consumió varias hectáreas de la montaña.


El lunes pensamos que el fuego había sido sofocado, pero dos días después, nuevos focos de humo se ven desde distintos puntos de la montaña, sin contar la calina que nos tiene a los caraqueños asfixiados. Todavía el miércoles el helicóptero cargado de bolsas de agua sobre vuela el Ávila a la altura de Los Chorros-Boleíta


mientras la erosión política aprovecha la montaña en llamas para echarle leña al fuego: la oposición señala que la incapacidad de apagar el incendio es una prueba más de la ineptitud de un Gobierno que sólo sirve para reprimir y hacerse propaganda; y a la hora de señalar responsables el oficialismo también trata de sacar punta: leí en Facebook un chavista que le echaba la culpa del Ávila en llamas a una guarimba pirómana de la oposición para perjudicar al Gobierno.
Mientras tanto, los caraqueños que no podemos ni respirar con tanto humo y vemos como nuestra amada montaña se achicharra, nos preguntamos en qué momento la sucursal del cielo se convirtió en infierno.



Las fotos son mías a excepción de la foto de la noche del domingo, que fue difundida en varias agencias de noticias y multiplicada en Facebook, no logré una foto tan buena, pero así se veía el incendio desde el sur de la ciudad.

sábado, 20 de marzo de 2010

Top Win


Después de un mes fuera, hoy vuelve a salir publicada mi columna en El Nacional, la censura se ejerce de maneras distintas, una de ellas es complicando la importación de papel, por eso mi trabajo ya no puede ser con la regularidad de un reloj como solía hacerlo un martes cada quince días dedicando unas horas a escribir sobre la actualidad venezolana, en exclusiva, para ser publicado el sábado en El Nacional, porque no sé si esas horas se van a perder. Debo acomodarme a los nuevos tiempos y aprovechar las oportunidades de tener acceso a Internet, mientras el Gobierno no cumpla su amenaza de regularlo también.
Por eso la columna hoy en El Nacional fue la adaptación de una crónica más larga publicada en Evitando Intensidades hace unos días sobre mi visita al hipermercado Bicentenario.  Mucho fue lo que le quité al texto para que entrara en la cuartilla y media requerida en el espacio del periódico, sin embargo, también le agregué, porque un par de días después de mi visita al desabastecido hipermercado, el canal del Estado abría su emisión meridiana de noticias con un reportaje sobre el rotundo éxito (valga el adjetivo) de este ejemplo de Comercios del Socialismo del Siglo XXI.
Las cámaras del país de la fantasía que se llama VTV, se posaron en una montaña de tomates, en ropa para niños y en la gran oferta del día, un limpiador de pisos socialista en oferta, que abajo el Imperialismo mediante, ironías del proceso, su marca es Top Win.
De los anaqueles vacíos de los que había sido testigo dos días antes no se hizo referencia, pero sí de la oportunidad de nuevos productos socialistas al alcance del bolsillo del pueblo venezolano.
"¿Será que fui en un mal día?" me pregunté "¿que estoy prejuiciada?"
Así que mandé a mi marido el lunes siguiente a comprar cloro. Llegó furioso y deprimido por la desolación del local: "hacia allá nos quieren llevar". Los huecos en las estanterías seguían ahí, no consiguió cloro.
Llámenme masoquista, pero regresé el siguiente jueves a Bicentenario, cuando ya había mandado mi artículo a El Nacional, y debo confesar que el Hipermercado esa tarde estaba bien surtido, lo que en Caracas hoy se le llama surtido, es decir, conseguir azúcar y aceite. Era un buen día para comprar, hasta el aire acondicionado estaba prendido.
No compré nada, sólo fui a sacar dinero del cajero automático. Mientras hacía la cola oí a una parejita  quejándose desilusionada: "Esto del mercado socialista es la misma mierda a los mismos precios, pero vestida de rojo, no sé a quién pretenden engañar".

jueves, 18 de marzo de 2010

Barbara


El mediodía en el que Karl Krispin nos invitó a hablar con un grupo de estudiantes de la universidad Metropolitana sobre el tema "Mujeres escritoras o Literatura femenina", después de que Krina Ber y yo leímos nuestras ponencias; Gisela Kozak, con la autoridad que le da no sé cuantos años siendo profesora de la Escuela de Letras de la UCV, se quedó viendo fijamente a la audiencia, tan sentida fue su pausa, que los estudiantes se enderezaron porque sabían que lo que les venía era bueno: "Muchachas ustedes están aquí, son estudiantes universitarias, serán profesionales, gracias a un grupo de mujeres que luchó por ello, hace tan solo 50 años eran pocas las que llegaban a la universidad, no saben cómo les costó a ese grupo de pioneras que ustedes estén donde están" y de ahí arranco Gisela a disertar sobre cómo a pesar de que en ese auditorio se veían muchachos y muchachas por igual, todavía hay notables diferencias en el tratamiento de un profesional hombre y de una mujer.
Recuerdo la palabras de saludo de Gisela a las estudiantes de la Metro tras leer Audition (Audición) de Barbara Walters, apasionantes memorias de una de las primeras mujeres en romper con el paradigma que el Periodismo es cosa de hombres.
"Audition, a memoir" comienza con un secreto de familia que Walters, acostumbrada a sacar confesiones inéditas de sus entrevistados, jamás había tratado públicamente: Jackie, su única hermana, sufría un leve retraso mental, y a pesar de que ella la ignoró durante años, le dedica sus memorias porque la considera una de las grandes influencias en su vida.
Tampoco fue que la periodista tuviera mucha estabilidad en su infancia, Barbara nació en Boston en 1929 en el seno de una familia judía no practicante, su padre, Lou Walters: "ganó tantas fortunas en el mundo del espectáculo como las que perdió". La familia pasaba de la ruina a la riqueza con la misma facilidad como se mudaba de Boston a Nueva York a Miami. Walters confiesa en el prólogo que crecer con su hermana mayor pegada a la falda de su madre, la hizo querer destacarse por las dos pero también le dio un inmenso temor al fracaso, por eso a la hora de escoger universidades, aplicó a Barnard, una excelente universidad de mujeres aunque habría preferido su vecina Columbia. A fines de los años 40 que una muchacha entrara en una Universidad en igualdad de condiciones que un chico, no era lo esperado.
Una vez graduada, sus inicios profesionales en los años 50 fueron como asistente de producción y escritora de televisión, la oportunidad de estrenarse frente a las cámaras se le da de manera fortuita en un programa de variedades tratando temas como jardinería y cocina. Los productores asumían que "a las mujeres no les gusta ver en Televisión mujeres sino hablando de temas femeninos".
Poco a poco, Walters va subiendo escalones hasta compartir la conducción de un noticiero con un importante periodista, a quien le daban las noticias más importantes y a Barbara las triviales.
Su gran break, no sólo de igualarse sino de superar a los periodistas del sexo opuesto, fue en la gira a China del presidente Richard Nixon en el año 1971, donde a pesar de que sus colegas trataban a esta rubia ambiciosa con desdén, y que sólo le hablaban para que los ayudara a escoger souvenirs para sus esposas, Barbara supo ganarse la confianza de Nixon y conseguir tubazos y entrevistas con otros líderes mundiales que ya habrían querido veteranos periodistas.
Casi 40 años después de estas primeras entrevistas, Barbara sigue ganándose la confianza de aquellos en posición de poder, el presidente de Venezuela Hugo Chávez exigió que fuera ella la periodista que lo presentara ante el público norteamericano más que como el líder que llamó Diablo al presidente Bush, como un hombre de carne y hueso que ama a los pobres pero también a las películas de Charles Bronson.
La oposición venezolana estaba indignada con Barbara, en su programa hizo ver a un Caudillo como un tipo simpático, pero la periodista hizo su trabajo, precisamente por esa fama de empatía con sus entrevistados es que tiene acceso a ellos: establece contacto humano con líderes tan variopintos como el rey Hussein, Anwar Sadat, Golda Meier, Arafat, Ferdinand Marcos, George W. Bush, Barack Obama. Lo mismo da un líder de Izquierda o de Derecha, lo importante es el atractivo del poder. Además de estrellas de Hollywood, y alguno que otro criminal famoso. Muy pocos de sus entrevistados no han logrado hacer click con Barbara, dos ejemplos notables: Barbra Streisand, quien pidió derecho a editar la entrevista a su conveniencia (Walters accedió por primera y ultima vez en su carrera) y Warren Beatty, un patán a la hora de ser entrevistado pero un encanto tras las cámaras.
La periodista dista de ser perfecta: ella misma considera uno de sus grandes pelones el aspirar en el año 2000 a que Ricky Martin admitiera en 20/20 que era gay: "su sexualidad es asunto de él, nadie es quién para sacar a alguien del closet", confesaría tiempo después ante sus compañeras del programa "The view".
Se puede no simpatizar con Barbara, fue satirizada en los años 70 por Gilda Radner como Baba Wava en el programa Saturday Night Live por hablar rápido, nasal y comerse las eres; se le puede tildar de ambiciosa, de llevarse, si es necesario, hasta a su mamá por delante, pero no se puede negar que Barbara Walters es una pionera entre las mujeres periodistas, que en aquellos tiempos que sólo éramos adornos de la televisión, que no pasábamos de ser las chicas del tiempo, supo imponerse en un mundo que parecía exclusivo de hombres gracias a su inteligencia, a su tesón, abriendo el camino de miles de mujeres periodistas que han venido tras de ella.
 Cumplidos 80 años, Barbara Walters anunció que su programa anual antes de la entrega de los premios Oscar sería el último tras veinte años entrevistando a las estrellas más destacadas del año.
No, Barbara Walters no se retira, simplemente, otros proyectos la esperan.

martes, 16 de marzo de 2010

Cine, literatura y genética.



A veces los temas de nuestras lecturas no los buscamos sino que nos encuentran. Tras leer “My sister's keeper” (2005) de Jodi Picoult seguido por “Nunca me abandones” (2005) del inglés Kazuo Ishiguro, sólo espero que el tema de la ingeniería genética sea mera coincidencia, porque ambas novelas, cada una en su estilo, pintan un panorama desolador de uno de los avances más importantes de la medicina moderna.

Picoult e Ishiguro no son los primeros autores en cuestionar el afán de los humanos de alcanzar la perfección, vencer el dolor, o ganarle a la muerte gracias a la genética. Cómo olvidar “Un mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley, novela pionera en infundir paranoias a futuro si seguíamos insistiendo en trastocar las leyes de Mendel. Huxley, periodista y escritor inglés nacido en 1894, provenía de una familia de eminentes científicos: su padre era biólogo y su medio hermano fue premio Nobel de medicina. Pero el joven Aldous salió al abuelo poeta: idealista, místico y espiritista, dedicando su pluma a cuanta causa noble se le cruzaba por delante. Quizás con tanto científico en la familia, Huxley temblaba al pensar qué pasaría si los grandes avances de la ciencia del siglo XX fueran usados por razones equivocadas, como por ejemplo, un sistema de castas en el que si bien se erradica las grandes miserias de la vida como el crimen, la guerra y la pobreza, controla y domina hasta la sexualidad de los hombres y mujeres del futuro.


Siguiendo esta premisa, muchos admiramos la película Gattaca (1997) del neozelandés Andrew Niccols, donde la palabra “pelón” cobra fuerza cuando en un futuro no tan lejano una mujer queda embarazada tras un irresponsable arrebato de pasión con su marido, en el que por supuesto, faltó el respaldo de la ingeniería genética. El resultado del “pelón” es un Ethan Hawke a quien después de un examen de sangre siendo bebé, le pronostican cuanta tara pueda haber latente en la familia: miopía, problemas del corazón y una alta probabilidad de alcoholismo. El muy testarudo se las arregla para escalar posiciones furtivamente en Gattaca, la compañía aeronáutica donde trabaja como personal de limpieza, hasta llegar al mayor escalafón: astronauta; probando que el espíritu humano puede ser más poderoso que cualquier etiqueta represiva.

A diferencia de “Un mundo felíz” y “Gattaca”, “My sister's keeper” de Jodi Picault no narra el futuro ni tampoco es Ciencia Ficción, trata sobre los efectos de la ingeniería genética en una familia del presente estadounidense. Picoult, escritora nativa de Long Island nacida en 1967, se ha destacado como autora de unos melodramones con temas escabrosos como infanticidio y pactos suicidas entre adolescentes; difíciles para un escritor abordar y para cualquier lector, sin el morbo exaltado, digerir.

“My sister's keeper” como lo testimonia su título en español: “La decisión más difícil”, no es la excepción, por algo el título es literalmente intraducible al castellano puesto que tiene un doble sentido ese “keeper” en inglés: el bíblico, el famoso “acaso soy el guardián (keeper) de mi hermano” que le contesta Caín a Jehová cuando éste le pregunta por Abel, y el “keeper” de mantener, de ser sostén, como es el caso de la pequeña Anna que nace para que su hermana Kate pueda seguir viviendo.

La idea de la novela surgió tras dos años de constantes entradas y salidas al hospital cuando uno de los hijos de Picoult enfermó, y aunque el niño se recuperó, la escritora quedó con la obsesión de cuánto estaría dispuesta una familia a arriesgar con tal de salvar a uno de los suyos. Así nace la historia de Kate quien a los dos años le diagnostican leucemia y su único hermano no resulta el donante adecuado. Sus padres, aconsejados por los médicos, deciden tener un nuevo bebé genéticamente compatible con la niña enferma. Pero Kate nunca termina de sanar y 13 años después, esa bebé, Anna, demanda a sus padres judicialmente buscando su independencia médica: se niega a seguir sometiéndose a dolorosos tratamientos y arriesgar su salud a futuro, ni siquiera para prolongar la vida de su adorada hermana. Una vida llena de sufrimiento.

La antagonista de esta historia es Sara, madre de las adolescentes, abogada que decide regresar al ejercicio de su profesión para pelear en corte la negativa de su hija menor de donarle un riñón a su hermana. Picoult describe a Sara como a una mujer capaz de todo por salvar a su hija mayor, aún poniendo en riesgo el resto de la familia. A pesar de lo antipático del personaje es imposible no sentir empatía por Sara: ¿quién no estaría dispuesto a todo por no ver morir un hijo? Pero este interesante dilema moral que expone Picoult lo resuelve haciendo lo que ningún escritor que se respete debería hacer: dejarle al cruel destino la última palabra. Picoult se escabulle de afrontar hasta la última consecuencia la difícil interrogante que se plantea, y una vez terminado el epílogo, queda la sensación de un cazador que muerto el tigre, le tuvo miedo al cuero. Quizás producto del moralismo de la era de George W. Bush, presidente norteamericano que entre otras cosas pasará a la historia por negarse a la investigación con células madres.

Al igual que la novela de Picoult, “Nunca me abandones” de Kazuo Ishiguro (1954) transcurre si no en el presente, en un pasado cercano (comienza en los años noventa), lo que la hace una Ciencia Ficción atípica, género que Ishiguro – autor de seis novelas, entre ellas, el premio Booker 1989: “Lo que queda del día”- asegura no dominar pero fue la única manera que encontró de narrar la historia de este bizarro colegio inglés, Hailsham, en el que el lector no se entera sino hasta bien pasada la mitad de las páginas de dónde vienen los estudiantes, y hacía dónde van. Difícil escribir sobre “Nunca me abandones” sin revelar sus secretos, sólo basta con decir que es una novela que va dejando calar una especie de horror frío gracias a la voz de la narradora: una de las estudiantes, Kathy H, tan despegada a cualquier tipo de sentimentalismos como Stevens, el mayordomo narrador de “Lo que queda del día”. Las cosas son como son y así las va recordando Kathy, sin cuestionar el destino, sin cuestionar el futuro, sin cuestionar a las autoridades. Sin siquiera dar la pelea.

Después de todo cuál es el sentido de la vida, inclusive de la ciencia, si al final tenemos tan poco control sobre ella.

Esta crónica la escribí para Ficción Breve hace unos años, desde entonces salió la película basada en "My sister keeper" con Cameron Díaz en el papel de la madre, y aunque la película no es buena, tiene una final más lógico

domingo, 14 de marzo de 2010

La pasividad como protagonista


Nada llega solo, temas coinciden como fuerzas cósmicas, como por ejemplo: hombres pasivos, de esos que tratan no complicarse la existencia, que esperan que las vicisitudes de la vida simplemente pasen como llegaron, sin buscarlas ni combatirlas. El tipo de hombre que ni un lector espera encontrar como protagonista de un libro ni un espectador como muchacho de la película.
Y de repente se me presentan dos hombres de esta calaña, uno en el cine y otro en la literatura: A Serious Man de los Hermanos Coen, y Noah's Compass (El compás de Noe) de Anne Tyler.
La película A Serious man de mis admirados hermanos Coen, si bien en algún momento leí sobre ella, no recordaba que existía, creo que no la llegaron a estrenar en Caracas. El día antes de la entrega de los premios Oscar me di cuenta que de las películas nominadas en el 2010 era la única que me faltaba por ver y la fui a buscar en mi cidicero de confianza. Gracias a la portada del CD de un hombre vestido a la usanza de los años 60 parado en un techo, pensé que se trataba de la primera película de Tom Ford, el protagonista en la foto se parece a Colin Firth. Después me dí cuenta que la película de Ford es A Single man, y recordé lo que hace poco me recomendó mi profesora Victoria De Stéfano: "No es conveniente que dos obras contemporáneas tengan un título similar, se presta a confusiones".
Aunque todavía no he visto a Single Man, apostaría que entre el profesor universitario homosexual  deprimido por la muerte de su amante, interpretado por Firth, y el profesor universitario que interpreta Michael Stuhlbarg a quien un mal día su vida se le comienza a desplomar, hay poco que ver.
Tampoco pareciera tener mucho que ver el inicio de la película de los hermanos Coen, una historia de fantasmas del siglo XIX, con el eventual tema de la película sobre una familia en los suburbios de Minessota de finales de los años 60, que se prepara para el Bar Mitzva de su hijo. Pero una antigua maldición familiar es lo único que puede explicar tanta pasividad de Larry Gopnik, su incapacidad para actuar como la física lo indica: toda acción tiene su reacción.
La primera escena de Larry tampoco muestra a un hombre pasivo sino a uno de rigurosos principios: un alumno asiático trata de sobornarlo para que no lo raspe, perder la materia significaría perder su beca de estudios y regresar a su país. Larry no puede hacer nada por él, quien no entienda matemáticas menos puede entender Física. Lástima que esa determinación no la ejerce con su abominable familia: una mujer que lo deja por un viudo horrendo, lo echa de su casa, y además, lo desfalca, y un par de adolescentes malcriados que de su padre sólo exigen. Su familia le hace horrores a Larry, y él sin reaccionar. Desconcierto parece ser su única reacción al maltrato familiar. Algunos llaman metafísica este aceptar que contra los designios de la vida no se puede luchar, pero el espectador que tampoco está acostumbrado a ver tanta pasividad en el protagonista de la película, provoca jamaquear a Larry, gritarle: "¡pero bueno mijo, reacciona, no se puede ser tan bolsa en la vida!".
Ese fue el sabor que me quedó del Hombre Serio, pasa de momentos sublimes al ladrillo: una espectacular puesta en escena, maravillosas actuaciones, pero al final no es sino la historia de un pusilánime, porque aunque Larry se hace las mismas preguntas existenciales que los protagonistas de tantas películas de Woody Allen, les falta su ingenio, pareciera que en su venas en lugar de sangre corriera passiflorina.


Passiflorina también parece correr por las venas de Liam, el protagonista de El compás de Noé de Anne Tyler (Random Mondadori), un divorciado de 60 años en Baltimore, filósofo de formación a quien despiden como maestro de quinto grado porque en la escuela donde trabaja hicieron una drástica reducción de personal fusionando dos salones en uno. La novela comienza con un hueco en la memoria de Liam, la primera noche mudado a un pequeño apartamento que imagina será la última vivienda de su vida, se despierta al día siguiente en un hospital sin saber qué lo llevó ahí.
Esa es quizás la única reacción de Liam: investigar qué pasó esa noche que su memoria no le deja recordar. Sus tres hijas y su ex esposa no entienden tanta insistencia en recuperar un mal recuerdo. Ojalá hubiese demostrado tanta determinación para establecer vínculos en su vida como para descubrir qué diablos pasó esa noche. El final queda inconcluso. No toda acción tiene la reacción deseada o esperada.
Soy admiradora de la pluma de Anne Tyler y del cine de los hermanos Coen, pero la pasividad no es una característica que me atraiga en la vida, mucho menos en la ficción.