Un jueves de junio a las diez de las mañana sonó el celular, pensé que era mi madre que es la única que todavía me llama por teléfono. Si hubiera sido Bad Bunny para invitarme a la Casita de su próximo concierto no me hubiera sorprendido más que el nombre que salía en la pantalla: Salvador Fleján, amigo escritor quien a pesar de que no hemos dejado de estar en contacto por las redes sociales, tenía casi ocho años sin oír su voz cuando tras una de las más fuertes etapas de sacudones políticos vividos en Venezuela, cambió la Literatura por los fogones y se fue a vivir a Buenos Aires jurando que no volvería a pisar las calles de Chacaíto nuevamente.
Salvador tenía una invitación: reunirnos al día siguiente en la Ciudad Universitaria para que le contara de mi época como estudiante en la Escuela de Artes en los años 80, él es egresado de la Escuela de Letras pero en los 90. Después de negociar la hora de encuentro, Fleján decía a las seis de la mañana y yo a las diez, terminamos acordando encontrarnos a las ocho en punto a las puertas de la Facultad de Arquitectura para comenzar el recorrido.
Quizás nos topamos en los ochenta por los pasillos de la UCV, pero conocí a Fleján más de veinte años después cuando participamos en la colección de cuentos de la llamada “Nueva Narrativa Urbana” publicada por Alfadil: “De la urbe para el orbe” con Ana Teresa Torres y Héctor Torres como compiladores, libro publicado en el año 2006, el mismo año en el que salió mi novela “El Móvil del Delito” (Ediciones B), y la colección de cuentos de Fleján: “Intriga en el Car Wash”(Mondadori). Recuerdo que Salvador decía que tantos libros de autores venezolanos publicados ese año era un fenómeno que había que aprovechar al máximo porque pronto acabaría.
Y tuvo razón, no por falta de talento entre nuestros escritores, sino que la situación política y económica fue empeorando a tal punto que poco a poco cerraron en Venezuela casi todas las editoriales, sin contar la cantidad de amigos escritores que levaron anclas, entre ellos Salvador, que de mis panas narradores fue el último en emigrar, pero también fue el primero en regresar, hace como dos años.
A las ocho en punto, cual lo acordado, llegué a la Facultad de Arquitectura, di una vuelta al cafetín, pasé por la biblioteca, salí frente a la cancha, y Salvador que tanto había insistido en que fuera puntual, no aparecía por ningún lado. Le escribí varios mensajes de texto y no respondía, tampoco contestaba llamadas. ¿Me había equivocado de Facultad? ¿habrá tenido un accidente? ¿Se le habrá muerto el gato? Poco antes de las nueve por fin llamó a decirme que venía en camino.
Cuando bien pasadas las nueve Fleján no había llegado, si yo tuviese un poco de dignidad me habría ido, pero aproveché para visitar a los libreros en los pasillos de Ingeniería que apenas comenzaban a abrir. Le escribí a Fleján que me buscara allá. Por fin llegó con una excusa que de milagro se mata en el mototaxi: “Ay Gordis casi me da un infarto”. Me encontró con tres libros en las manos, se los devolvió al librero diciendo que pasaría después por ellos, que esta señora era nieta de Villanueva y se la tenía que llevar.
Desde un principio le pedí que este paseo fuera como de dos ucevistas cualquiera, no como la nieta de Carlos Raúl Villanueva, pero a Fleján basta que le pidas algo para que haga lo contrario, y gracias al grito en pleno pasillo de que estaba con la nieta del Arquitecto responsable de la Ciudad Universitaria, terminé tomándome un selfie con un señor muy simpático quien se identificó como controlador aéreo, motivo de chalequeo de Fleján el resto de la mañana: “Ese lo que te quería era…”.
Nada más alejado de la realidad, el hombre, un moreno guapo por lo menos década y media menor que yo, fue muy respetuoso y me hizo saber que el selfie “con la nieta del Maestro Villanueva” era para mostrárselo a su esposa que era la más ucevista de las ucevistas. Lo que pasa es que Fleján me tiene cariño y esa es su manera antiWOKE de subirme la moral de abuelita sesentona.
Después de presentarme a Mauricio, su sobrino que serviría de fotógrafo que venía acompañado con su padre, quien había pasado por el infierno de ser un preso político durante cuatro años (lo que merece un capítulo aparte) comenzó este improvisado recorrido por la UCV en la Facultad de Arquitectura donde primero los llevé a la biblioteca de la Facultad para que conocieran a mis amigos los Móviles y Estábiles de Calder. Cuando Fleján me preguntó dónde estaba el cafetín de Arquitectura comprendí que en sus años como Estudiante de Letras, a pesar de que jugaba futbolito en la cancha deportiva de enfrente, jamás se interesó en pasar por uno de los edificios más emblemáticos de la Ciudad Universitaria.
Le conté que cuando yo estudiaba en la Escuela de Artes iba bastante por Arquitectura. Salvador me preguntó cuántas veces regresé veinte años después para escribir “El Móvil del Délito”, novela que tiene como protagonista a La Estalagmita de Calder, cuando le conté que si fui dos veces es mucho, no me quería creer. Ahí si parafraseé a mi abuelo cuando le decía a sus alumnos que la Arquitectura no era maquetas bien hechas y planos con dibujos bonitos, era un proceso mental.
De Arquitectura nos fuimos a la Facultad de Humanidades donde Fleján estudió Letras, insistía tercamente que también ahí quedaba la Escuela de Artes. Le conté que cuando yo empecé a estudiar en el año 1982 la Escuela tenía como cuatro años de fundada, una iniciativa de Inocente Palacios quien soñaba con que eventualmente la sede sería en los terrenos donde hoy está la Galería de Arte Nacional. Las clases si bien con un trabuco de profesores, grandes intelectuales de los 80, comenzaron en unos incómodos galpones creo que en Los Chaguaramos. Cuando entré en la Escuela ya se había mudado “provisionalmente” a unos salones prestados de la Escuela de Estadísticas, lo que alguna vez fueron las residencias estudiantiles, frente a la piscina. En Humanidades solo vi “Taller de Expresión Oral y Escrita”, clase magistral dictada por Isaac Chocrón en el Auditorio, y alguna clase ocasional donde quedaba maravillada ante las aulas integradas a los jardines de chaguaramos. Aparte de “Introducción al Cine” dictada por Iván Feo en la Cinemateca Nacional, el resto de mis clases fueron todas en las aulas de las antiguas Residencias Estudiantiles, donde al asomarme distraída a las ventanas lo que veía era un terreno que parecía un peladero de chivos, y de lejos al comedor universitario, al que me da pena decirlo, nunca fui, cuando me tocaba quedarme a almorzar en la universidad, iba al Cafetín de la piscina.
Fleján insistió en que la Facultad de Humanidades tuviera su protagonismo en este recorrido y como para eso están los escritores, para modificar la realidad, en la narrativa de Fleján “la nieta de Villanueva” a quien hasta hace poco llamaba “colega”, y que en junio de 2026 rebautizó para horror mío como: “Gordis”, modificó el escenario de mis años universitarios, y para colmo, decidió arbitrariamente musicalizar esos años dorados de mi juventud con Flans, grupo adolescente mexicano de finales de los años 80 del cual esta "Gordis" solo podría tararear: “No controles mi forma de pensar porque es total”.
Cualquier cambio del soundtrack de esta evocación conjunta fue inútil: por más que le insistiera al joven Fleján - quien es tres años menor que yo- que Flans sería su referencia, no la mía, él fue quien las fue a ver en El Poliedro con Karina, yo no, por más que insistí que mi Ciudad Universitaria en la primera mitad de los años ochenta sonaba a Willie Colón bien fuera con su “Fantasmas”, o con el disco que sacó con Rubén Blades y El Solar de los Aburridos, o con el “Caribe” de Soledad Bravo; que mis años universitarios también sonaban a Gal Costa, María Bethania, Simone; a un poco de Nueva Trova de mi breve paso por la Escuela de Comunicación Social, y en las noches a sus buenas dosis de Madonna y Michael Jackson porque yo era una ucevista discotequera, que sobre todo mi paso por la Escuela de Artes sonaba al pana Aquiles Báez, alías Guataca, que en paz descanse, compañero que nunca entraba clases, prefería quedarse afuera tocando guitarra o cuatro, que cada vez que me veía llegar tocaba los primeros acordes de “Ligia Elena” de Rubén Blades, y quien llegó a ser uno de los grandes músicos de Venezuela antes de su prematura muerte en el año 2022.
Pero fue inútil, Fleján ignoró tan digna lista de mis intereses musicales veinteañeros, la “Gordis” sonaba a Flans, y de escritor a escritor quién soy para contradecir semejante aberración, es su derecho a fabular, tampoco es que mis años universitarios sean Historia Patria y bastante ficcioné yo con ella en mi novela "El Móvil del Delito".
De la Facultad de Humanidades nos dirigimos a la conocida como “Tierra de Nadie”, tras posar para el lente de Mauricio frente a la hermosa Biblioteca de la Facultad de Ingeniería con mural de Alejandro Otero en la fachada, y constatar que el tramo de los pasillos cubiertos que se desplomó hace unos años, sigue desplomado, nos dirigimos a la Escuela de Artes, trayecto en el que Fleján me acordó al actor colombiano Juan Pablo Raba y su podcast “Los Hombres si Lloran” cuando empezó a indagar en un par de capítulos dolorosos en mi vida: la súbita muerte de mi esposo seis años atrás, tema en el que no tengo ningún reparo en hablar, y el hecho que a pesar de que mi trayectoria por la universidad fue impecable académicamente y que terminé todas las materias requeridas para graduarse, tras un paro universitario tan común en los años 80, mi vida tomó por otros caminos, no me volví a integrar en la universidad para hacer la tesis y no me llegué a graduar: “¿Pero por qué Villanueva? ¿Por qué?”, casi me gritaba Fleján, pregunta que me he hecho repetidas veces a lo largo de la vida y que solo tiene una respuesta: “Por pendeja”.
Esa mañana mi gran felicidad cuando llegué a la Escuela de Artes tras años sin pasar es que ya no es el edificio prestado de Estadísticas, hoy tiene una placa en el umbral de su entrada que la señala como “Escuela de Artes”. Por fin es oficialmente una escuela digna de sede propia. Estadísticas quedó con el ala de al lado. Los banquillos donde se sentaba Aquiles a tocar cuatro ya no están, de resto la Escuela está igualita, como si no hubiesen pasado más de cuarenta años cuando coreaba con mis amigos: “Oh qué será qué será”. No dio tiempo de entrar porque Mauricio el sobrino fotógrafo se tenía que ir a trabajar, de todas maneras en ese austero edificio no hay mucho que retratar pero no quise que se fuera sin cerrar este paseo en unos de mis lugares preferidos de la Ciudad Universitaria: la piscina.
Volvimos a parecer una pareja con treinta años de casados que pelean por cualquier tontería: Fleján insistiendo que entráramos a la piscina por su puerta que no era mi puerta, resulta que él fue nadador y yo jamás metí un dedo en esa piscina olímpica. Pero Fleján nunca probó las delicias que se comía en ese cafetín, tuvimos que salir para entrar por la puerta que yo decía para llegarle al cafetín para la foto final que nos tomó Mauricio, en la que Fleján y yo sonreímos ya no como si fuéramos una pareja de amigos sesentones que pelea por pendejadas, sino como un par de carajitos que por una mañana nublada de junio logramos entrar en el túnel del tiempo para volver a ser dos ucevistas felices de estar en este espacio privilegiado.
Crédito de la foto: Mauricio Manzano

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