sábado, 10 de octubre de 2026

Yordanov


 Hoy regresa mi amigo Yordano al escenario del Teresa Carreño, el concierto estaba planeado para julio pero debido al terremoto decidieron postergarlo. Lamentablemente no voy a estar presente porque estoy de viaje, para mí este concierto era muy importante porque nuestra amistad comenzó tímidamente en el año 1986, en su primer concierto solo en la sala Ríos Reyna del Teresa Carreño cuando el ya era un rock star y yo apenas una aprendiz de frasquitera. 

Cuarenta años y mucha agua bajo el río después, Yordano sigue siendo una estrella del Rock y yo sigo siendo una frasquitera. 

Esta anécdota se me ha pasado contársela a Giordano y a Yuri, quizás porque este año no los he visto tanto, la rescato hoy para que sepan cómo estoy presente de corazón aunque no esté en Caracas para acompañarlos en el concierto de “Ida y vuelta”.

El año pasado, por estas fechas, estaba también en París con mis amigos Ana y José Manuel, pero esa tarde caminaba sola por los Champs Elysees donde diversos espectáculos callejeros competían por atraer la atención de los centenares de turistas que esa hermosa tarde otoñal deambulaban por la zona. El que más me llamó la atención fue un par de jóvenes violinistas que interpretaban tan magistral las Cuatro Estaciones de Vivaldi, que lograron formar un nutrido grupo de espectadores a su alrededor. 

Me acerqué para disfrutar mejor del improvisado concierto y si bien uno de los músicos, alto, rubio de pómulos pronunciados parecía nativo de Europa Oriental, el segundo músico considerablemente más bajo, de abundante melena negra, juraría que era uno de nuestros músicos egresados del Sistema Nacional de Orquestas. Otro Gustavo Dudamel. 

Lo que terminó de afincar mi teoría fue cuando me acerqué a un código QR donde se identificaba como “Yordanov”. Emocionada esperé a que terminaran el mini recital para abordarlo, mientras recogían el dinero recaudado y sus instrumentos, siempre frasquitera me acerqué al que tenía pinta de compatriota y lo saludé en español: "Hola, ¿eres de Venezuela?”, más una afirmación que una pregunta. 

El joven músico me miró desconcertado, como que no entendía lo que le estaba diciendo, hasta que replanteada la frase en inglés porque francés casi no hablo, me contestó un tanto brusco: “Russian, Russian”, antes de tomar su violín e irse apurado. 

Me dejó parada en pleno Campos Elíseos con la sensación de cómo se me ocurría confundirlo a él, mas ruso que Chaikovski, con un venezolano. Pero es que ese nombre, Yordanov, me acordó a la infinidad de millenials nacidos entre finales de los años 80 y 90 que se le han acercado a Yordano para contarle que están en este mundo gracias a que sus padres se entusiasmaron con eso de rodar como una piedra cuesta bajo en su cintura, dejándose llevar por la pasión que a tantos despertó en  “Aquel lugar secreto”. 

Los Yordano con “Y”, como Yordanov, por lo menos en Latinoamérica, suelen ser directo homenaje al cantante venezolano nacido en Roma a quien para hacer más Caribe su nombre artístico cambió la inicial de una “G”por una “Y”.

Esa noche mientras les contaba a Ana y José Manuel mi desencuentro con Yordanov, Ana me regañó: ¿cómo se me ocurre? Ninguna de las tres razones que esgrimí para asumir que el violinista en los Campos Elíseos era venezolano eran lo suficiente fuertes para sostener mi hipótesis: ni la supuesta “pinta” de venezolano, ni su calidad interpretativa propia de los egresados del Sistema, y mucho menos que se llamara Yordanov en honor a mi amigo Yordano. Francamente. 

Si soy de las que cree que si tiene plumas, tiene el pico ancho y hace cua cua es un pato, Ana es de las que si te dicen que el gato es negro es porque tiene los pelos de la cola en sus manos. 

Hoy con mucha nostalgia de no poder acompañar a mi querido Yordano en su regreso al Teresa Carreño, todavía no entiendo porqué el violinista se hizo el loco, pero de que Yordanov viene de “allá donde nace el viento y cobran vida los sueños”, no me queda la menor duda.

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