jueves, 13 de julio de 2017

El exilio de un escritor


"Confesiones de un burgués" de Sandor Márai no me ha atrapado tanto como "Tierra, Tierra"(1972); uno de los mejores libros de memorias que recuerdo haber leído. Mientras Márai en sus primeras memorias escritas llegando a la tercera década evoca su infancia y juventud, como bien dice el título, en el seno de una familia burguesa, es difícil establecer empatía (o simpatía) con el atorrante niño que fue, que se siente un solitario de por vida por el simple hecho del nacimiento de sus hermanitos. En cambio "Tierra, Tierra" es un relato sobrecogedor de cómo esa apacible vida burguesa se la llevó al diablo primero con la invasión nazi, y después con la invasión soviética en Hungría. 
Al final lo que llevó a Márai a tomar la determinación de abandonar su amada Budapest y vivir en el exilio, fue darse cuenta que seguir en la Hungría comunista un afamado intelectual como él, era darle una especie de espaldarazo al régimen impuesto por los soviéticos en su país, ya instalada una censura férrea. Si un escritor de peso como Sandor Márai seguía en la Hungría comunista, no se debía vivir tan mal.
Entre las anécdotas que narra Márai de su infancia en las "Confesiones de un burgués", está la aparición en su pandilla de pre-adolescentes de un líder nato sin mayores atributos más que ser un líder. Se trataba de un jovenzuelo que nadie sabía donde vivía, ni siquiera particularmente inteligente, mucho menos simpático, pero "de carácter fuerte y decidido" que tenía un extraño poder sobre los niños del vecindario que acataban sus ordenes sin cuestionamientos, ordenes como revisar los libros de contabilidad de sus padres para saber con cuánto dinero disponían.
Escribe Márai: "Más tarde, en el mundo de los adultos, en el mundo de los partidos políticos, llegaría a conocer vagabundos semejantes a aquel muchacho, surgidos de la nada de una forma mística; vagabundos ni muy inteligentes ni muy cultos ni muy bien informados, a quienes, sin embargo, todos obedecían, hasta los más disciplinados y expertos, sin oponer la menor resistencia, con una entrega llena de lujuria y tristeza... La lectura especializada describe muchos casos de gente que llega de la nada, gente que aparece en una comunidad humana en la que existe un descontento, aunque sea inconsciente; gente que siembra las semillas de un movimiento o de una revuelta, gente que despierta la duda en los corazones de los demás, haciéndolos conscientes de sus contradicciones internas, gente que da pie a un proceso de cristalización para desaparecer un día de repente sin dejar rastro, quizás para terminar su actuación en la horca o en la leyenda. Solía observar el material humano de los mitos políticos lleno de sospechas".
Leyendo este párrafo evoco a Hugo Chávez Frías, ese teniente que en medio de un enorme descontento político ante las primeras semanas de gobierno de CAP II -que entonces nos parecía un hervidero, pero comparado con las tempestades actuales hoy nos parece un simple malestar- se dejó colar en una sociedad con tan desafortunado: "Por ahora", tras el fracaso de una intentona de golpe de Estado, que ofrecía acabar con el establecimiento político en Venezuela.
Ese "Por ahora" sembró popularmente la semilla de un movimiento revolucionario cuyas huestes más de veinte años después, aun muerto su carismático líder, tienen a Venezuela en la crisis más profunda de nuestra historia Republicana.
Recientemente comentaba entre los panas de Facebook que si tuviera el De Lorean de regresar al pasado, iría al año 1992 a impedir a como diera lugar darle cámara al nefasto: "Compañeros, lamentablemente, por ahora los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital". Este comentario suscitó una interesante diatriba en mi Facebook, ¿marcó esa promesa televisada de Chávez de no capitular a su sueño revolucionario, el presente que hoy nos hace el país más miserable de América? ¿o estábamos condenados irremediablemente a un proceso histórico similar aun sin ese portento histórico que fue Chávez?
De nada sirve especular con la Historia, como canta Yordano: "Lo que pasó pasó, y no hay manera de que vuelva atrás". En el caso de Chávez, su temprana muerte a los 57 años, lo convirtió en leyenda con el suficiente peso político a la hora de su agonía de dejar un autoritario andamiaje montado, además de asignar a un bate quebrado como heredero, cara civil de un gobierno militar. Pero ya sin ese encantador de serpientes que era "El Comandante", sumado a la caída de los precios del petróleo, la revolución perdió su encanto popular, y hoy a pocos queda duda que lo que se vive en la Venezuela al mando de Nicolás Maduro es una vil Dictadura.
Hoy los herederos que capitalizan aquel sueño revolucionario se sostienen imponiendo su voluntad con trampa y fuerza gracias a un Tribunal Supremo de Justicia nombrado a la medida del régimen, y que los principales componentes tras el supuesto poder de Maduro, son parte de una corrupta cúpula cívico-militar negada a la posibilidad de enfrentar la justicia, o perder sus pingues privilegios.
Sandor Márai, nacido con el siglo, emigró de Hungría a los 48 años, dando su país por perdido ante el yugo comunista. No sé si en el fondo de su alma guardaría la esperanza de algún día regresar. No se pudo, tras vivir en Italia, eventualmente se radicó en los Estados Unidos, se suicidó a los 88 años, entonces había mermado el comunismo en Europa, pero ya Márai no tenía la fuerza de regresar a Hungría, y ante el deterioro físico que lo obligaba a vivir el resto de sus días en un hospital, optó por quitarse la vida.
Anhelo no tener que seguir el ejemplo de Márai e irme de mi país, que a pesar de los deplorables momentos que vivimos, no dar a Venezuela por perdida. Dios quiera que la lucha demócrata de estos meses no sea en vano. Como anhelo que tantos amigos que se han ido, sobre todo quienes se han marchado estos últimos terribles meses en los que busca imponerse definitivamente la Dictadura, no corran con la suerte del escritor húngaro, o de tantos cubanos que se fueron de Cuba ante la Dictadura de Fidel Castro, o de tantos españoles que huyeron de la España franquista; y morir de viejos lejos de sus tierras sin ver el fin de la Dictadura. 
Que en un futuro cercano, más temprano que tarde, quienes aquí seguimos no nos sintamos tentados a irnos, y quienes se fueron se sientan tentados a regresar.

lunes, 3 de julio de 2017

Corazones de hierro


Hace años, en unos de los primeros auges de protesta en esta V República, durante la huelga petrolera de 2002 cuando empezaron las represiones de parte del gobierno de Chávez, no faltó quienes lo compararan con Hitler y el nazismo, siendo una comparación tan exagerada que terminó favoreciendo al chavismo porque no había punto de comparación entre un gobernante que comenzaba a dar los primeros rastros de autoritarismo, y el responsable de uno de los mayores genocidios de la Historia. 
Sigue pareciendo abismal comparar los desafueros de las actuales fuerzas represoras revolucionarias con el nazismo, pero no hay duda que el Gobierno de Maduro en los últimos 90 días se está formando un dossier que la ha convertido en una de las Dictaduras con mejor hemeroteca gráfica. Muchas de estas imágenes recuerdan, aunque a mucha menor escala, algunos métodos de las fuerzas del Reich para aplastar al enemigo.
La foto de cómo se llevan detenidos en una cava a decenas de universitarios es prueba de ello. Viendo esta imagen de la Policía Nacional Bolivariana encerrando a más veinte muchachos en un camión cava sin ventilación, y saber por testigos que antes de cerrar las puertas lanzaron bombas lacrimógenas adentro, es un detalle que muchos seguidores del Reich habrían aplaudido. Al ver las fotos de los muchachitos -porque son poco más que unos niños- acorralados por la fuerza militar, tratados peor que si fueran ganado, me vino de inmediato a la mente una novela histórica que acabo de leer: HHhH de Laurent Binet, premio Goncourt Primera Novela 2010, sobre la operación Antropoide durante la ocupación nazi en Checoslovaquia.  
Difícil bajar la intensidad cuando se narra cualquier evento relacionado con el Holocausto, Binet lo logra creando una historia dentro de la historia sobre un narrador moderno que busca hacer una novela sin ficción sobre el atentado contra uno de los verdugos más feroces del nazismo: Reinhard Heydrich, general nazi que así sería de cruel que Hitler lo llamaba con respeto: "El hombre con el corazón de hierro".
Por supuesto que por más malvadas que sean hoy las fuerzas represoras que sostienen a la Dictadura de Maduro, todavía son unos bebés de pecho si se les compara con los nazis responsables de la muerte de millones de hombres mujeres y niños. Pero entre una maldad que germina sometiendo estudiantes en un camión cava lanzándoles gases lacrimógenas adentro, y una maldad capaz de encerrar en camiones a miles de familias judías para gasearlas fatalmente -patraña ideada por Heydrich para que los soldados encargados de realizar ejecuciones masivas no tuvieran que verle el rostro a sus víctimas no fueran a flaquear- nos encontramos haciéndonos las mismas preguntas: "¿Cómo pueden ser tan malos? ¿Cómo se los permiten? ¿Acasono tienen conciencia? ¿Hasta dónde habremos de llegar para que tantas infamias se detengan?".


Siempre hay quienes en desesperados actos heroicos intentan detener la maldad cuando se convierte política de Estado, lo que los venezolanos no logramos ponernos de acuerdo es si Oscar Pérez fue responsable de uno de estos actos. Hasta hace días pocos sabían quien era este policía de ojitos claros que junto con unos enmascarados -que en las redes sociales llegaron a decir que eran muñecos- sobrevoló Caracas en un helicóptero del CICPC invocando el derecho a rebelión, antes de lanzar un par de granadas sobre el TSJ, y desaparecer por el horizonte (todavía se desconoce su paradero). 
El apuesto policía/entrenador de perros/actor, el pasado miércoles en la noche en cuestión de minutos en las redes sociales pasó de héroe a villano, de una especie de Rambo dispuesto a desenmascarar la Dictadura, a un peine planeado por el G2 cubano para distraer la atención, a irrefutable prueba de que muchos militares y policías sienten un gran descontento ante la represión que hoy se vive en Venezuela, a un loquito aislado que solo buscaba llamar la atención. 
HHhH no solo es una novela sobre Heydrich, también sobre dos valientes idealistas de los que se sirvió el Servicio de Inteligencia Británica para detener al general nazi que tenía bajo su dominio a Checoslovaquia: Jan Kubiz y Josef Gabzik, el primero checo y el segundo eslovaco, quienes en diciembre de 1941 en misión suicida cayeron en paracaídas en medio de plena zona de guerra invadida por las fuerzas nazis, con el propósito de asesinar al Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, Reinhard Heydrich, también conocido como "El carnicero de Praga". Misión que en parte lograron cumplir en mayo de 1942, hiriendo fatalmente a Heydrich, quien habría de morir días después del atentado.
La venganza nazi fue tan cruel, que por sospechosos de haber encubierto a los asesinos del Reichprotektor, asesinaron a todo el pueblo de Lídice, con excepción de una decena de niños a quienes consideraron aptos para la "germanización". El barrio Lídice en Caracas lleva su nombre en honor al pueblo checo masacrado por los nazis. En la Venezuela de Maduro no han asesinado a todo un pueblo, pero los últimos días se han realizado allanamientos militares y saqueos de los colectivos en distintas zonas del país, siendo el caso más reciente Barquisimeto. Tímidos antecedentes si se les compara con los Nazis, pero muestras irrefutables de cuando la violencia de Estado se ensaña contra comunidades señaladas como rebeldes. 
Kubiz y Gabzik  lograron esconderse durante varios días en una catedral ortodoxa, fueron delatados por un compañero de la resistencia, al verse emboscado por más de 800 guardias nazis, se suicidaron para no caer prisioneros.  
De Oscar Pérez solo el tiempo dirá cuál era su verdadera intención tras su hazaña del pasado miércoles, por lo pronto, en su cuenta de Instagram subió de 6 mil seguidores, a más de 400 mil en menos de 24 horas, antes de que desapareciera de manera misteriosa de la red social donde exhibía tanta galanura, dicen que su cuenta fue hackeada, quién sabe. 


Otro traumático episodio narrado por Binet en HHhH es cuando el poderío militar, y además extranjero, se impone a lo civil al invadir las fuerzas nazis a Checoslovaquia. Muchos países europeos -incluyendo Francia e Inglaterra- se hicieron la vista gorda como un mal menor, después de todo era un país dividido en dos territorios que parecen irreconciliables entre sí: Chequia y Eslovaquia. 
Hachá, el conservador presidente checo, llegó a Berlín a tratar con Hitler el futuro de su pueblo, a pesar de que fue recibido como a un rey, se encontró con que no había nada que tratar, ya todo estaba decidido, la invasión era un hecho, si se negaba a firmar la capitulación: "la resistencia será doblegada por la fuerza bruta". Göering sostiene la mano a Hachá para firmar la capitulación: "no puedo firmar esto -dice- si firmo la capitulación seré para siempre maldecido por mi pueblo". Le tiembla la mano, se desmaya de los nervios. Los generales nazis se asustan no se les vaya a morir el viejo, logran revivirlo con una inyección de adrenalina. Finalmente tras una noche de amenazas y cavilaciones, según Binet, el Führer -que se había ido a dormir tras anunciarle que la invasión iba por las buena o por las malas-  regresa y es quien sostiene la mano del presidente checo para que firme de una buena vez, de lo contrario media Praga sería destruída en menos de dos horas.
Pareciera exagerado comparar la capitulación de Hachá con el empujón a Borges del comandante Lugo, pero a veces uno se pregunta cómo son capaces de salirse con la suya ante semejante tiranía, y la respuesta es la misma: porque con el poder de las armas, saben que pueden. Cuando el poderío militar se impuso sobre lo civil el pasado miércoles en el Palacio Federal Legislativo, dos días después Nicolás Maduro condecoró al infausto comandante Lugo por haber avasallado con actitud arrogante al presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, en una escena que los militares grabaron para compartirlo orgullosos por las redes sociales, como si se la estuvieran comiendo. 
Tras las más diversas opiniones sobre si la pasiva actitud de Borges fue de valientes o de cobardes, ante tantos indignados porque Borges se había dejado "carajear", pensé que a mi me habrían carajeado igualito, porque no todo el mundo puede ser Ramos Allup, con los años y la astucia de un zorro viejo, de reacciones inmediatas ante los abusos de esta Dictadura, capaz de reaccionar con desparpajo hasta frente al peor bully oficialista. 
El enfrentamiento entre Julio Borges y el comandante Lugo, es una muestra más de unas Fuerzas Armadas avasallando a la sociedad civil, como tienen más de 90 días avasallando a las marchas pacíficas a punta de bombas lacrimógenas y perdigonazos al igual que contra cualquier comunidad que se rebele como fue el caso de las residencias Los Verdes en El Paraíso; como buscan acabar con lo que queda de Democracia a punta de una Constituyente que termine de darles el poder absoluto, como aspiran destituir a la Fiscal porque se les volteó, como impusieron un TSJ a su medida, como se llevaron detenido a Roberto Picón porque es capaz de demostrar un posible fraude electoral, como está en un calabozo Leopoldo López  y juegan con sus visitas familiares, como está presa Mamá Liz, y tantos otros presos políticos que uno no entiende ni por qué, incluyendo a los treinta estudiantes a quienes se llevaron encerrados en un camión cava en medio de una protesta pacífica, que afortunadamente, un buen juez, antes de poner su cargo a la orden, les dio libertad plena, felicitando a los muchachos por su valor.
 No es que Julio Borges sea un pendejo, es que estamos en Dictadura, Dictadura, este no es un asunto de machos ni de quién se deja o no amedrentar ni quien es más arrecho, es asunto de un narcoestado con el poder de las armas buscando hasta las últimas consecuencias imponerse sobre lo civil. Nos queda que somos mayoría quienes buscamos un cambio que devuelva Venezuela a ser una sociedad demócrata dirigida por civiles, mostrarnos unidos como oposición y seguir en la lucha pacífica de calle como muestra de que a pesar de sus caribeos de matones de barrio, no nos rendiremos ante la barbarie.

(Los últimos párrafos los compartí en Facebook, los rescato como intensidad porque los posts de Facebook pasan pero las intensidades quedan). 


jueves, 29 de junio de 2017

La bandera de don Isaac


Hace unos días me preguntaba por Facebook cuándo volveríamos a estar en una concentración contra esta Dictadura donde pudiéramos tomarnos un selfie con tranquilidad, las últimas semanas la represión de la GNB y la PNB, emboscadas y robos incluidos, ha sido tan fuerte que ya a muchos les da miedo llevar hasta el celular, y quienes todavía lo llevamos, andamos pendientes de no sacarlo al no saber cuándo vamos a tener que echar a correr porque de repente entran por todos lados patrullas motorizadas lanzando bombas lacrimógenas y perdigonazos.
Esto de no poder tomarse selfies parecerá un detalle frívolo, pero es una pequeña muestra de la escalada represiva estas últimas semanas.
Afortunadamente el sábado 24 de junio fue uno de esos días de tensa calma en la jornada de protesta, cuando miles de caraqueños nos plantamos en los alrededores de la Carlota contra la violencia de Estado que acabó el día anterior con la vida del joven enfermero David Vallenilla, a quien le dispararon a quemarropa con un arma de fuego desde la base aérea militar. 
En la entrada de la autopista a la altura de Chacao me encontré con mi amiga Cristina Méndez, le pedí a mi hija que nos tomara una foto al ver que llevaba una bandera en cuya asta había anexado un cartón con una foto forrada en papel contact de la célebre Generación del 28, los estudiantes que lucharon contra la Dictadura de Juan Vicente Gómez, a la que perteneció su abuelo el ensayista y escritor Isaac j. Pardo. 
No fue que Cristina me exigiera privacidad, pero le dije que no la iba a montar ni en Facebook ni en Instagram porque muchos se indignan cuando en medio de semejante caos represivo compartimos este tipo de retratos de panas. Llegando a casa subí las fotos del día a la computadora y me encontré con Cristina y su bandera tricolor, y otra de Cristina sola enarbolando la bandera, en la que se aseguró de que se leyera el reverso del cartón. Al verlas me arrepentí de mi promesa de no compartir la foto por las redes sociales porque aunque ya no seamos las sílfides de hace treinta y cinco años, traen recuerdos que merecen una intensidad. 
Cristina y yo nos cruzamos en nuestra adolescencia en el colegio Santiago de León de Caracas pero nuestra amistad nació cuando coincidimos los primeros semestres en la Escuela de Arte, donde gozábamos un puyero con otras amigos como Sonia Casanova y la recordada Esther Morales, entre tantos otros panas que nos las pasábamos sentados en los bancos frente al edificio de Estadísticas para oír improvisar con su cuatro o su guitarra, al gran Aquiles Báez, otro incondicional en las marchas de estos últimos 85 días, a quien entonces llamábamos "Guataca". 
De esos tiempos en la UCV, Cristina y yo recordamos plantadas frente a La Carlota que nuestra primera marcha fue finalizando el primer semestre en el año 1982, marchamos por lo que décadas después habríamos de caminar kilómetros y kilómetros en esta Venezuela Revolucionaria: por la Libertad de Expresión. Fue la primera vez que oí eso de "El pueblo, unido, jamás será vencido". Ironías de la vida que muchos de los dirigentes ucevistas de los años 80 que entonces líderaban esas pequeñas concentraciones de protesta reclamando por todo tipo de derechos, son los represores de hoy, imponiendo el cerco mediático ante una necesaria: "Hegemonía comunicacional". 
En nuestro particular grupo de amigos (por supuesto no hablo de todos en la Escuela de Arte) la política no parecía estar entre las prioridades. No nos jactábamos de ser militantes de Izquierda mucho menos de Derecha, porque eso de asumirse en la Universidad Central de Venezuela de Derecha a los 19 años era la peor de las rayas. Quizás muchos nos ubicaríamos en una cómoda Izquierda light. La verdad es que teníamos otros intereses más ligados a nuestra vocación como los Festivales Internacionales de Teatro, qué película estarían pasando en el cine La Previsora, qué libros nuevos habrían llegado a la librería Suma, la visita de Antonio Gades o de Lindsay Kemp, los próximos montajes del Nuevo Grupo y Rajatabla, algún concierto de jazz en el café del Ateneo. No recuerdo una discusión política de profundidad con mis panas, lo nuestro era cantar, en el repertorio de Guataca había más canciones folklóricas venezolanas y temas de Rubén Blades y Willy Colón, que la Nueva Trova Cubana, a la que solo comencé a escuchar en mi breve paso por Comunicación Social, que sin duda era una Escuela más politizada.
Aunque nuestra vocación de estudiantes de Arte fuera más artística que política, asistimos puntuales cuando a fines del primer semestre fuimos convocados por los dirigentes estudiantiles a protestar no recuerdo frente a qué Ministerio, supongo que al de Justicia, ante la censura a la película "Ledezma: El caso Mamera" de Luis Correa, cuyo director estaba preso por "Apología al delito" (tres meses duró en prisión). 
Recordamos Cristina y yo treinta y cinco años después, que acudir a la convocatoria no era asunto de ser de izquierda radical, light o de Derecha, que te gustara el tema de la película o no, yo nunca la vi, era asunto de defender uno de los Derechos más básicos de toda Democracia: la Libertad de Expresión.
Aunque esa concentración fuera bastante escueta si se le compara con las concentraciones de protesta de hace 18 años para acá, tengo entendido que entonces todo el gremio artístico, en especial el de Cine, se unió en defensa a Luis Correa, también director de "Se llamaba SN", quien murió en 2010 y siempre estuvo comprometido con el proceso revolucionario (en su obituario en Aporrea leo que en los últimos años de su vida trabajó como jefe de seguridad en PDVSA). 
De aquellos líderes estudiantiles, hoy en posición de poder, que nos llevaron entonces a manifestar por la Libertad de Expresión del cine de Correa: ¿cuántos se habrán pronunciado contra la censura a la película "El Inca" de Ignacio Castillo Cottin? 
Sin contar el descarado cerco comunicacional que se ha ido cerrando en los últimos dieciocho años, tantas aberraciones oficialistas a la Libertad de Expresión de las que hoy no solo se hacen la vista gorda los antiguos idealistas, sino que muchos son responsables de ellas.
Y así estamos Cristinita y yo treinta y cinco años después de haber marchado por primera vez para defender a la Libertad de Expresión en Venezuela, sonrientes en medio de nuestra angustia de país, enarbolando una bandera tricolor de siete estrellas, no añoramos nuestra juventud porque estamos satisfechas de las mujeres que hoy somos ya que seguimos fieles a nuestro principios de "Muera la opresión". Solo al llegar a casa me fijé en el detalle de la bandera de mi amiga en la foto que le tomé enarbolándola seria y con orgullo. Al reverso del cartel de la foto de la Generación del 28, en la computadora pude leer:

"Esta bandera perteneció a la casa de mi abuelo materno, secretario de la Federación de Estudiantes de Venezuela en la Generación del 28. Hoy la enarbolo en la seguridad de que a 90 años de su gesta cívica, lograremos nuevamente superar la tiranía y vivir en una Venezuela libre, con instituciones sólidas y Democracia plena.

¡VIVAN LOS ESTUDIANTES Y TODA LA JUVENTUD VENEZOLANA HOY Y SIEMPRE".

Como cumplo mis promesas, la foto enarbolando la bandera de don Isaac J. no la monto en las redes sociales, pero nada dije de no hacer una intensidad de ella.

viernes, 23 de junio de 2017

Entre la brutalidad y la civilización



Ayer me fui a hacer el índice hormonal propio de las chicas de mi edad en el Centro Médico de San Bernardino, además del índice de glicemia porque en la última hematología de rutina me encontraron la glucosa un poco alta. No había reactivos para dos de las pruebas. Esta mañana fui al laboratorio de la Clínica Floresta, no hay insulina para el examen de glicemia: "desde hace tiempo", me dijo resignada la enfermera. 
Por lo menos me pudieron hacer el perfil hormonal. 
Regresando en el carro sintonicé el programa de César Miguel Rondón, Laureano Márquez era el invitado de la mañana. Con la sensibilidad a flor de piel entre la frustración que ni los exámenes médicos más triviales (hasta los más urgentes) son posibles en esta Venezuela, ante la terrible noticia del día anterior que otro muchacho caía ajusticiado por la represión militar (ya van más de setenta víctimas estos últimos ochenta días de protestas), además de la angustia de levantarme a las cuatro de la mañana para ir al baño, y enterarme por diversos chats que funcionarios del Sebin anoche se llevaron a mi primo Roberto Picón junto con Aristides Moreno, tras un allanamiento sin orden judicial, esposados como delincuentes comunes, por lo visto culpables de ser asesores técnicos de la MUD en materia electoral en un régimen que busca extinguir los últimos restos de Democracia. 
Oigo a Laureano y agradezco que hasta en los tiempos más oscuros haya quienes intentan subir el ánimo a las tropas. Es importante que no caigamos ni en el desespero ni en la desesperanza. El humorista-politólogo insistía que históricamente "Venezuela se ha confrontado entre la brutalidad y la civilización". La civilización no ha muerto en nuestro país, solo que la brutalidad que hoy impera no la deja surgir: "ha sido relegada, ha sido pisoteada".
Qué más pruebas de civilización en la historia moderna de Venezuela, recuerda Laureano, que grandes obras como la Represa del Guri, construir el teleférico de Mérida en tres años, y el puente sobre el Lago de Maracaibo fabricado con tecnología venezolana. Grandes venezolanos de sobra, sabios, músicos, artistas, poetas... el sistema nacional de orquestas, el Teatro Teresa Carreño, los grandes eventos que hemos disfrutado en sus salas. Tuvo la gentileza de mencionar a la Ciudad Universitaria como una de las maravillas capaces de hacerse en Venezuela. Recordaba con su humor característico que cuando Calder por fin conoció el Aula Magna, dijo: "Villanueva is the devil itself!".  
Cómo no evocar cuando mi abuela me decía que Carlos al diseñar la Ciudad Universitaria, la soñó sobre todo para los venezolanos del futuro, que no le cabía duda seríamos mejores que los venezolanos del entonces presente. Que la modernidad estaba por arroparnos. Apostando que algún día construcciones similares a la Ciudad Universitaria, donde el arte, la arquitectura y la naturaleza se fusionaran en esta privilegiada ciudad, en este privilegiado país, sería la norma en Venezuela.
Y así de repente me volví otra vez la señora que llora manejando, pensando en el foso en el que hoy estamos en la República Bolivariana de Venezuela, tratando de precisar cuáles han sido las grandes obras desde que caímos en manos revolucionarias más allá del odio en el que nos ha sumido, reafirmándome que no me quiero ir de Venezuela, no quiero que mis hijos se quieran ir, que no encuentren futuro en su país que también es el país donde nacieron sus abuelos. Pensando en Roberto en estos momentos "privado de libertad" -como dicen hoy en la neolengua revolucionaria- , cuando en otra Venezuela un Ingeniero con la privilegiada mente matemática de Roberto, tan inteligente y comprometido con esa civilización a la que se refiere Laureano, que sin ser político, un buen gobierno encontraría alguna manera de usar su potencial humano para contribuir a construir una Venezuela moderna como por la que apostaba mi abuelo. A Aristídes no lo conozco pero si estaba con Roberto también debe ser un demócrata cabal. Lloré por tantos muchachos muertos, por tantas familias destrozadas, por el hambre, por la miseria, por la crisis de salud, por la represión, por los presos políticos, por los familiares y amigos que se han ido que no sé si algún día volverán, ya algunos comienzan a morir y a ser enterrados en otros países. Pensando si se termina de imponer la brutalidad, como pretende imponerse una Constituyente a la medida de la Dictadura, emigrar de Venezuela será cuestión de supervivencia. 
Lloré como de Altamira a La Castellana por este país en ruinas que hoy es Venezuela, después me sequé las lágrimas porque tampoco hay tiempo para descorazonarse, para darnos por vencidos. Hay que evitar intensidades, por lo menos las que depriman y nos hundan en la inactividad. Debemos insistir en recuperar esa civilización que hoy parece secuestrada, así dejemos el alma en ello, en rescatar la esencia ciudadana, no doblegarnos ante los bárbaros que nos quieren sometidos que hoy llevan las riendas de Venezuela, a quienes poco parece importarle dejarla en ruinas con tal de permanecer impunemente en el poder.
Pero estoy segura como dice Laureano, que somos más los demócratas que soñamos en salir de esta pesadilla militar, y que más temprano que tarde, la civilización volverá a triunfar.

jueves, 15 de junio de 2017

De qué hablo cuando hablo de correr (en Caracas)


Cuando Haruki Murakami publicó "De qué hablo cuando hablo de correr", pensaría que estas memorias sobre su experiencia como corredor cincuentón podrían hablarle a cualquier ciudadano del mundo aficionado a trotar, además de como ejercicio, como meta personal. Un libro que hasta hace unos meses cualquier venezolano trotador podía leer y sentir suya la experiencia del arduo trabajo que implica entrenarse para un maratón, sobre todo para quienes pasados los cincuenta años el cuerpo no les responde como quisieran, y que no importa los años dedicados a mantenerse en forma, apenas dejan de entrenar por cualquier razón, los kilos se acumulan y el desgaste físico se hace sentir. 
En Venezuela a pesar de la intensa crisis por la que atravesamos, todavía contamos con enjambres de corredores aficionados como fue obvio en marzo de 2017 poco antes de que empezara la más reciente ola de represión del gobierno de Nicolás Maduro, cuando al llamado de la CAF para su maratón anual, se unieron miles de corredores de todas las edades para atravesar Caracas, cada quien aspirando su meta particular. Como en todo maratón no se puede pretender que un corredor de cincuenta años haga el mismo tiempo que uno de veinte, por eso para medir cada logro se dividen los participantes en categorías por sexo y edad. 
 Es más factible que quien esto escribe alguna vez visite Marte antes de correr un maratón, pero difícil no sentir envidia de quienes esa mañana de domingo atravesaron Caracas de punta a punta por el simple motivo de alcanzar una meta deportiva ya que apenas días después, hasta el día de hoy (75 días en este teje maneje), cuando uno habla de correr y atravesar Caracas, ni al deportista más obsesionado se le viene a la mente la palabra "Maratón", sino la palabra "Represión".


Hasta ayer no me había tocado correr, si varias veces caminar rápido para huir de las bombas lacrimógenas de la GNB y de la PNB buscando dispersar las marchas, pero no correr. Y se supone que la manifestación de ayer sería un plantón. Quizás no había corrido antes porque a las concentraciones recientes a las que había asistido, fui con mi marido en moto. Lo que pasa es que la nueva etapa del Plan Zamora desde hace un par de semanas para acá ya no es aguardar las marchas pacíficas con tanquetas frente al anuncio de Nívea en Bello Monte, aparente línea limítrofe militar entre el este y el oeste; el paso del helicóptero ya no advierte a los marchistas más timoratos que la represión está por comenzar. Ahora la represión comienza desde los mismos puntos de concentración de quienes marchamos por retomar el hilo constitucional. Hoy las fuerzas represoras que impiden el derecho democrático a manifestar emboscan salvajemente al "enemigo interno" en motos como si se tratara de rodeos de vaqueros que disfrutan enlazando al ganado. 
Tampoco fue que corrí mucho, poco más de dos cuadras largas en la avenida Luis Roche en Altamira. Corriendo apresurada pero fijándome bien en no tropezar con la raíz de un árbol, la cadena de un estacionamiento, o una alcantarilla sin tapa, que yo no cuento dos para caerme. La mayoría de quienes corríamos escapando esta nueva emboscada militar éramos mujeres, hasta Liliana y Lilibeth Rodríguez Morillo estaban corriendo vestidas de bandera tricolor: vinieron de Miami a solidarizarse con quienes ya tenemos 75 días en esto.  Yo estaba con una amiga y su mamá. En la carrera mi amiga jalaba a su mamá y su mamá me jalaba a mi. Qué pena. 
En la noche trataba de entender porqué si la distancia que corrimos para no asfixiarnos con los gases y evitar ser atrapadas tampoco fue muy larga, sentía que no me llegaba el aliento a los pulmones, que si no me agarraba la GNB como han agarrado a tantas venezolanas contemporáneas para robarlas cual vil rateros, me quedaría en el sitio muerta de un infarto.  
Hace dos días el titular de un medio digital decía algo así como: "Anciano de 51 años en estado crítico tras sufrir atropello". Tres años menor que yo. Ese fue tema de conversación tanto en el chat de mis amigas como en el chat de los amigos de mi esposo. "¿Anciano de 51 años?", ¡si nosotros todavía somos unos chamos! O por lo menos así nos sentimos, pero corriendo Altamira para arriba buscando que no me atraparan cual juego de policías y ladrones -que desde hace tiempo los niños venezolanos versionaron "guardias y estudiantes"- me sentí una anciana, me cayó la edad mientras jadeante una vez a salvo en el carro pensaba: "Ya yo no estoy para estos trotes".

En la noche, más tranquila, reflexionando dos vodkas después, me di cuenta qué anciana ni que caraj, si bien pasados los cincuenta -como Murakami insiste en recordar- ya no estamos en la condición física de los chamos de 20, tampoco somos unas viejas: miles de mujeres venezolanas de mi edad y hasta mayores no se cansan ante la escalada del trote en el que nos tienen las fuerzas represivas desde hace 75 días, más bien esa saña alimenta la indignación de no rendirse a vivir en Dictadura ( yo tampoco me rindo, ya veré cómo haré). Lo que pasa es que desde niña nunca pude correr, me faltó ese gen, bailar hasta el amanecer si, pero correr, nunca. En las clases de deportes cuando la profesora Tibisay mandaba a dar varias vueltas al gimnasio trotando como calentamiento, me tenía que esconder porque me faltaba el aliento a la segunda vuelta... jugando paz y guerra siempre era la primera que agarraban... jugando a la Ere paralizada más era el tiempo que pasaba paralizada, y si me tocaba ser la Ere, no agarraba a nadie... Cuando trotar como ejercicio se puso de moda, nunca entendí por qué. 
Por eso sé que si me falta el aliento a la hora de dar una carrera, no es la edad, no es que esté fuera de entrenamiento, es que yo no sé correr, eso no quiere decir que me rinda ante los bárbaros que buscan atornillar esta Dictadura, y ahí me volverán a ver. 






martes, 23 de mayo de 2017

Postales de San Telmo




El viaje a Buenos Aires lo planeamos cuando el tiempo en Madurolandia parecía congelado, días antes de que el rocanrol que hoy vivimos en Venezuela entre protestas y represión comenzara. Pensamos en posponerlo, además de por compromiso con el país, porque da miedo dejar a la familia en medio de tanta turbulencia, pero conscientes de que este momento histórico quizás vaya para largo, mi esposo y yo optamos por tocar taima y salir en el primer viaje que hacemos solos en 27 años de casados. 

(Así estaremos de mal en Venezuela que hasta para viajar una semana sentimos que hay que dar una explicación).

Corrimos con suerte, no tocó tráfico para llegar al aeropuerto, ese sábado la GNB no trancó la autopista, y solo nos tocó presenciar una triste despedida de las decenas de tristes despedidas que en Maiquetía se ven a diario: papá, mamá, despedían a una hija consentida, lo suficientemente grande para irse a vivir sola a un país lejano, lo suficientemente muchachita para llevar un conejo de peluche abrazado. En el último amapuche familiar donde se mezclaban las lágrimas, reconocí al papá como un evitador de intensidades, cuando entre jipitos le dijo a su muchacha: "¿A quién le voy a martillar cigarros?". Minutos después en la cola de revisión de pasaportes, las lágrimas de la chica todavía humedecían sus ojos, pero en el rostro no podía disimular una sonrisa, como diciendo: "Salgo de esta pesadilla, ahora es que empieza mi vida". 

(Quién quita que un raído conejo de largas orejas blancas quedara olvidado en una incómoda silla de Maiquetía).

En el frío piso yacían decenas de pasajeros de Conviasa varados en el aeropuerto Simón Bolívar. Ese sábado 13 de mayo, ya tenían seis días de campamento más de 85 pasajeros en espera de un avión que los llevara bien lejos a España o Argentina, "sin contar los que prefirieron aceptar la oferta del hotel o regresar a Caracas mientras se encuentra una solución ante el problema de la falta de aviones de la compañía aérea nacional". Los que optaron por quedarse a pesar de no tener ni cama donde dormir, no se querían ir porque temían que al abandonar el terminal perderían el reclamo a viajar.  Viajé a Buenos Aires, regresé, y los pasajeros de Conviasa siguen en Maiquetía como en aquel cuento de Mario Benedetti de unos pasajeros varados eternamente en un aeropuerto cuando en realidad están en el limbo. 

(Menos mal que no reservamos en Conviasa). 

Bastó que una amiga, cuando le dije que me iba una semana a Buenos Aires, me cantara eso de "mándame una postal de San Telmo" para que durante todo el viaje se me pegara la bendita canción de Joaquín Sabina. La primera visita aprovechando que era domingo fue precisamente al famoso mercado de anticuarios y artesanos, donde el primer stand en el que me detuve era de una señora que junto con recuerdos de Eva Perón, ofrecía recuerdos con la imagen de uno de mis escritores preferidos: Julio Cortazar. Le compré un bolso con la foto del autor de Bestiario. Trató sin éxito de venderme un souvenir con la imagen de Evita. Terminamos hablando de Tomás Eloy Martínez, cuenta que fue su amiga, compañeros en un taller: "Era un gran seductor". Hasta se sonrojó. Le dije que no tuve la oportunidad de conocer a Martínez, pero en Venezuela se le apreciaba mucho como maestro de periodistas gracias a su paso como Jefe de redacción del Diario de Caracas.  

("¿Y, es cierto que están tan mal en Venezuela?", pregunta que se repitió y repitió a lo largo de nuestra estadía). 

En el ranking de souvenirs en Buenos Aires domina la imagen de Mafalda y sus amigos, que me perdone Mafalda pero está hasta en la sopa. De cerca le sigue Evita. No muy lejos el Che Guevara. Me sorprendió la presencia de Frida Kahlo en Buenos Aires, pareciera hasta más popular que el papa Francisco, Maradona y Gardel, y ni se diga que Borges o Cortazar, entre los gustos más intelectualosos. Tras tantas veces Frida no pude evitar preguntarle a un vendedor que insistía en encasquetarme una franela con la imagen de la artista mexicana que por qué era tan popular entre los souvenirs en Argentina. La respuesta no pudo ser más obvia: "Porque Frida vende". 

(Dahhhh). 

Ese domingo -día del clásico Boca/River- en un más desierto atardecer de lo usual en San Telmo nos cruzamos con nuestras primeras paisanas: un par de muchachas vendiendo arepas que llevaban en una cava. Nos contaron que apenas habían llegado a Buenos Aires hace tres semanas pero estaban contentas y les iba bien. A lo largo de nuestra estadía nos cruzamos en cada esquina con el acento venezolano, casi siempre de muchachos que no llegan a los treinta años, nos deteníamos a conversar con ellos, a preguntarles de dónde eran (de diversas ciudades de Venezuela). Estaban en todos lados: dependientes, mesoneros, hasta un vigilante en la famosa librería del Ateneo. Si algo tenían en común, además de su juventud, es que eran emigrantes recientes, huyeron del estancamiento y la violencia de la Venezuela de Maduro. De todos me despedía deseándoles lo mismo: "Suerte en Buenos Aires". 

(Aunque en realidad lo que les deseo a todos los jóvenes venezolanos es que pronto puedan sentir que en Venezuela tienen futuro). 

El lunes quisimos conocer Palermo, mala elección porque es un día lento en una de las zonas con más vida en Buenos Aires, descubrimos que los lunes gran parte de los restaurantes de la ciudad están cerrados. Terminamos almorzando en uno donde éramos los únicos comensales, siendo atendidos por un simpático barquisimetano que nos contó su historia: "Mi novia y yo tenemos los dos 27 años, nos vinimos a vivir a Buenos Aires hace tres meses porque a pesar de que como profesionales ganábamos buenos sueldos en bolívares, no nos daba para vivir juntos como pareja. Aquí trabajamos como mesoneros, nos da para alquilar un apartamento, vivimos cómodos, y hasta alcanza para mandarle dinero a nuestras familias. Pero ¡hermano qué frío puede hacer aquí! Para un barquisimetano es difícil acostumbrarse, y eso que apenas estamos en otoño. Todos los días rezo para que las cosas se medio arreglen en Venezuela para poder regresar, tenemos el apartamento lleno de velitas a la Divina Pastora para que suceda rápido". 

(Amén).

No podía faltar la visita al famoso cementerio de Recoleta, aprovechamos que un guía daba un tour a un grupo de colegiales para oír algunos mitos e historias que recuerdan tantas leyendas venezolanas como la novia en la carretera, o la leyenda de María Francia, patrona de estudiantes. Al pasar frente al panteón donde yacen los restos de Raúl Alfonsín, el guía les recordó a los muchachos que en Argentina cuando sus padres eran chicos se vivía en Dictadura militar. Al presidente Alfonsín se le conoce popularmente como "el padre de la Democracia" porque fue el primer presidente demócrata tras esos años de fuerte represión. A estos jóvenes argentinos les parecerá tiempos tan lejanos como la leyenda de la Dama de Blanco. Suspiro preguntándome a quién le corresponderá en Venezuela el honor de ser recordado como el nuevo padre de la Democracia ¿cuánto tiempo habrá de pasar? ¿Días, meses o años? El guía manda a los chicos a la tumba de Evita en un estrecho pasillo del cementerio: "A pesar de su sencillez se reconoce porque es la única que siempre está llena de flores". Aprovecha que los niños se van para encender un pucho y yo para conversar con él, identificándome como venezolana. 

("Déjeme decirle una cosa desde la voz de la experiencia, señora, cuando al fin pase lo que hoy viven en su país, no pasará del todo, tardan muchos años en sanarse las heridas que deja una Dictadura").

Es inmensa Buenos Aires, quizás la ciudad más grande que haya tenido la suerte de visitar, por lo menos la de avenidas más amplias. La caminé como hoy solo se camina en Caracas para marchar. Los porteños muy amables, de lo poco que no me gustó de la ciudad es que en la relación carros-peatones, los autos parecen tener prioridad. Buenos Aires es una ciudad que vibra hasta tarde en la noche, lo que hace rato perdimos en nuestra sufrida Caracas. Seis días no dan para mucho, no pude ver sino a uno de los tantos amigos que hoy viven allá, logré conocer el Museo de Bellas Artes pero no el de Arte Contemporáneo, no fui al teatro, pero si a la Biela a tomar un café sentada al lado de la mesa de eterna tertulia de Borges y Bioy Casares. Llegué al último día de la Feria del Libro, pude visitar algunas de las tantas librerías de la ciudad, además de a los vendedores de libros de ocasión. Quedó bastante por conocer, buena razón para querer regresar, el último día tocó el peregrinaje que a todo venezolano en tiempos de Maduro le toca hacer si sale de viaje: visitar una farmacia para conseguir medicinas desaparecidas en nuestro país. Ya los farmaceutas de otras naciones latinoamericanas cuando aparece un cliente venezolano ni preguntan porqué compramos tantos medicamentos de tan variada índole, ellos saben por lo que estamos pasando, te ayudan como mejor pueden en conseguir los distintos nombres de acuerdo a su componente acompañado del récipe de un médico venezolano. Discretos como buenos profesionales, solo el dependiente en una óptica, lamentando que mi prescripción de lentes de contacto no sea fácil de conseguir y no llegaría a tiempo, se atrevió a preguntarme: "¿Por qué se va regresar a un país donde se está pasando tantas necesidades?".
"Porque es mi país".

(Y porque hay que seguir luchando para que nuestros muchachos que se han ido, quieran regresar). 


















martes, 2 de mayo de 2017

Prohibido entrar en pánico



Llegamos al mediodía a la marcha del primero de mayo que supuestamente se dirigía al Tribunal Supremo de Justicia. Le entramos por Chacao en el punto de vuelvan caras donde la multitud en lugar de dirigirse hacía el oeste, como se tenía planificado, se devolvía hacía el este, casi todos los pasos trancados por la Guardia Nacional Bolivariana. Llegamos aparentemente justo en el momento en el que se tomaba la decisión de por cuál camino agarrar, lo que debía ser una marcha ese mediodía era una multitudinaria concentración de impotencia de país.
Mi esposo, mis hijas y yo nos fuimos adentrando en la multitud pegados a la pared de un edificio en construcción en la avenida Francisco de Miranda. A pocos metros de la tarima, los líderes de la oposición hablando. No se veía quiénes estaban, tampoco se oía mucho de sus discursos políticos, lo que se oía era el rumor de los cientos de miles de venezolanos que salimos ese día a gritar nuestra inconformidad a un TSJ parcializado con una Dictadura, recordarles que: "Y no, y no, y no nos quitarán el derecho a protestar".
Tenemos como 16 años cantando ese mismo estribillo, y aquí seguimos en la lucha.
Mi familia no había avanzado ni media cuadra dentro de la multitud cuando me entró un súbito ataque de claustrofobia bordeando al pánico, saber que no podía avanzar ni retroceder presa entre miles de personas, que si desfallecía no tendría espacio donde caer, que tendrían que cargar conmigo como si fuera un bacalao, que en esos largos minutos antes de encontrar un desahogo no había escapatoria, solo guapear y seguir para adelante. Por lo visto no era la única, varios grupos familiares se agarraban tipo trencito buscando cualquier mínima brecha para abrirse paso. Dos señoras que marchaban solas se unieron a nuestro trencito, una de ellas se agarró de mi cintura como si nos conociéramos de toda la vida
Como la canción de moda: "Pasito a pasito, suave suavecito", nos fuimos abriendo paso hasta cruzar a la izquierda en la principal de La Castellana, donde la entrada de un edificio nos dio albergue para sosegar la claustrofobia.
Ese fue el momento que los vi, decenas de muchachos se alistaban para encabezar la marcha, chicos entre los 15 y los 22 años, poco más que unos niños. A uno de ellos lo acompañaba su mamá quien se cercioró de que su muchacho tuviera la máscara antigas bien puesta, antes de darle un beso en la frente y la bendición. La imagen de una madre que despide a un hijo que se va a la guerra.
En ese momento me volví la señora que llora en las marchas.
Me di cuenta que la marcha seguiría el camino que tomaran esos valientes muchachos, quienes no estaban armados más que con su determinación de abrir paso ante la Dictadura que tiene secuestrados el presente y el futuro de Venezuela.
Como lo que soy es una confesa guerrera del teclado, me quedé en el albergue improvisado donde vi miles y miles de personas pasar, algunos cargando sentidas consignas, otros tomando una breve pausa para un selfie, pero ya el ambiente de las marchas no es de verbena sino de Resistencia activa. Casi dos horas vi pasar ríos de gente rumbo a la Cota Mil, provenientes del sur y del este de Caracas, la marcha que salía desde el oeste estaba siendo reprimida con más fuerza aún. Quienes eran parte de la marea humana caminaban con determinación a pesar de estar conscientes de que como ya se ha vuelto costumbre en la Venezuela de Maduro, la represión sería fuerte, probablemente les tocaría enfrentarse a las tanquetas que reparten, como si fuera confetti, perdigones y bombas lacrimógenas entre la multitud que no se cansa de marchar por retomar el hilo constitucional.
De la narrativa que se leían en los cientos de carteles la que más me conmovió fue la del señor que marchaba con un mensaje en marcador escrito en cartulina: "Hija si logras ver esto hoy marcho por ti para que puedas volver a nuestro país".
Muchachos que se van de Venezuela buscando un futuro, muchachos que se enfrentan como Davids a tanquetas militares para recuperar ese futuro. Uno esperaría que en momentos tan álgidos de la Historia de Venezuela, cuando ya a pocos les queda la duda que vivimos en Dictadura, el gobierno abriría una válvula de escape para aliviar un poco la tensión política del país, pero lejos de hacerlo lo que hace es cerrar el cerco tiránico: anoche Maduro decretó abrir paso a una constituyente comunal que habría de quitarle el poder a cualquier ente que no estuviera de acuerdo con su tiranía. Un golpe a la constitución que con tanto orgullo esgrimía su padre espiritual y antecesor. Aquella que llamaban con cariño: "La bicha".
Las fuerzas armadas, supuestas garantes de la constitución y que hoy solo parecen servir para reprimir muchachitos, contra la abierta violación constitucional todavía no se han manifestado.
Anoche al tratar de dormir daba vueltas en la cama, aturdida por la cantidad de marchas acumuladas estos últimos días, estos últimos dieciséis años, me sentía casi tan claustrofóbica como los minutos atrapada entre la multitud en la avenida Francisco de Miranda: con el presente paralizado por una tiranía, sin salida a la vista... pero lo vamos a lograr, pasito a pasito, dudo que suave suavecito, prohibido entrar en pánico, no podemos flaquear, que más temprano que tarde, con la determinación de millones de venezolanos de no rendirnos, saldremos de esta tiranía, se lo debemos a nuestros muchachos.