miércoles, 18 de febrero de 2015

Por qué Leopoldo López sigue "privado de libertad"


Como miles de caraqueños, hoy hace un año me concentré en los alrededores de la Plaza Brión en Chacaíto para acompañar a Leopoldo López a entregarse a la justicia venezolana acusado del delito de incitar a la rebelión. No soy Leopoldista, ni siquiera estaba de acuerdo con #lasalida, pero me sentí con el deber de apoyar a este ya no tan joven político que al entregarse a una Fiscalía arbitraria se las estaba jugando en un país donde la única justicia posible es la que viene dictada desde el poder. 
Un año después, dice su esposa, Lilian Tintori, que entregarse era la única opción para Leopoldo, pasar a la clandestinidad habría representado un gran riesgo para él y para su familia, y López se negaba a huir a un exilio que habría sido una forma de muerte en vida. 
No veo ninguna deshonra en el exilio forzado por la tiranía, Rómulo Betancourt vivió años entre el exilio y la clandestinidad y nadie negaría que fue el gran líder de la lucha democrática venezolana del siglo XX. Pero López decidió afrontar la justicia chavista (que sabemos que en esta Venezuela la balanza de esa señora ciega solo se inclina para el lado de los intereses oficialistas) quizás para no sufrir una muerte política como la de tantos líderes de la oposición contemporánea que se esfumaron en el exilio. 
O quizás confiando que todavía en Venezuela quedaría un ápice de justicia, aunque fuera por temor a la evidente arbitrariedad que su encarcelamiento representaría ante los ojos del mundo. 
La entrega y la posterior saga de los malos tratos a Lopez en la cárcel militar de Ramo Verde han sido acusadas de noveleras, no se puede negar que en esta historia, como en todo buen melodrama, hay una fotogénica pareja protagonista enfrentándose a fuerzas antagónicas de una maldad encomiable. Unos malos casi de comiquita. Por eso cuesta entender la torpeza de este gobierno de mantener preso, o como dicen hoy en día en la neolengua chavista "privado de libertad", al líder de Voluntad Popular, de negarle las visitas que en otros tiempos no se le habrían negado a un detenido por insurrección como Hugo Chávez Frías, de retrasar una y otra vez su juicio, de insistir en confiar en las principales pruebas de la Fiscalía en un par de análisis Lingüísticos de un supuesto "mensaje de odio" de López para incitar a la rebelión, sin más pruebas concretas en su contra. 
No entiendo, por Dios que no entiendo, la necesidad del Madurismo de convertir a Leopoldo López en una especie de mártir de la disidencia, sin importarles un bledo quedar desenmascarados internacionalmente como un gobierno opresor. 
Lo único que puedo pensar ante tanta arbitrariedad es que muerto Chávez y electo Maduro como su sucesor, ante el caos de país heredado, entre varios caminos posibles Maduro eligió complacer a los chavistas radicales, esos que gritan que mano dura contra quienes amenacen el sueño revolucionario, que la revolución se defiende por las buenas o por las malas, que no hay alternativa posible al chavismo. A Maduro ya no le importa conservar un mínimo de pudor democrático, ahora lo que importa es el parapeto de la lealtad a toda costa del proceso cívico-militar revolucionario que hoy él preside y que ya tiene más de cinco lustros al poder, y como la economía ya no da para "Mi casa bien equipada" y otras dádivas gobierneras, ni siquiera para mantener medianamente surtidos farmacias y supermercados, hay que garantizar opositores presos señalados como "enemigos de la patria", inventar conatos de golpe de estado, cerrar el cerco a los medios de comunicación social, censura, cadenas y más cadenas,  amenazas y chistes groseros y prepotentes indignos de cualquier figura presidencial.
Nerón tocando la lira viendo a Roma arder. Muerto Chávez la revolución seguirá, aunque solo quede polvo y escombros.  
Por eso Leopoldo López está preso y amenazas contra líderes de la oposición como Julio Borges y María Corina Machado siguen pendientes, así como en las últimas semanas fueron privados de libertad varios empresarios negándoles sus derechos más básicos siendo expropiados parte de sus bienes para repartirlos como un botín ante una economía de estado nefasta. Así como la mayoría de los medios de comunicación social más importantes del país tienen nuevos y misteriosos propietarios que se pliegan sin vergüenza al régimen, mientras lo poco que queda de los medios disidentes está asfixiado por la censura y la dificultad para conseguir divisas para importar papel.
Maduro ya ni guarda las apariencias demócratas ni habla con pajaritos ni regala neveras, prefiere amenazar en cadena nacional con la misma arrogancia e impunidad con la que don Pablo Escobar Gaviria en la novela El Patrón del Mal, amenazaba a quien se le cruzara por delante, solo le falta el cuadernito negro y el lapicito para ir anotando nombres no se le  vaya a olvidar alguien. En el caso de Maduro, las amenazas cruzan fronteras incluyendo multinacionales que han visto su capital en Venezuela dramáticamente devaluado, y la prensa extranjera que ose criticar a la noble lucha revolucionaria. 
Amenazas, amenazas, represión, represión, grito y grita, jactarse de incultura y patanería, ese es el camino que tomó Nicolás Maduro para sostener a una revolución fracasada que principalmente se sustenta porque el verdadero poder está en manos militares con demasiados intereses económicos y penales que defender.
 Y así mientras se pueda López seguirá preso, porque aquí no hay contra poder, y Maduro seguirá empujando a Venezuela al abismo más oscuro con tal de no tomar medidas necesarias para levantar una economía fracasada, mientras en el mundo somos vistos con estupor como unos de los derrumbes más estrepitosos de lo que alguna vez fue un país con todo para ser feliz.

sábado, 7 de febrero de 2015

Los huérfanos de Zapata



Al enterarme por las redes sociales de la muerte de Pedro León Zapata días antes de cumplir 86 años, supe de inmediato que le iba a dedicar su intensidad, pero después pensé que mejor no, estos homenajes póstumos suelen ser medio pavosos, todo lo contrario de lo que significaron los Zapatazos, que durante 50 años de publicación diaria hicieron que el caricaturista de El Nacional fuera considerado como el gran humorista venezolano durante varias generaciones.
Esta mañana me desperté con algo parecido al remordimiento: ¿Cómo era posible que con un blog llamado Evitando Intensidades, se me ocurriera pasar por alto la muerte de Pedro León Zapata? Cuando si alguien fue el gran maestro de la evasión de intensidades en nuestro sufrido país fue precisamente Zapata, entendiéndose evitar intensidades no como esconderse en temas frívolos, sino enfrentarse a los temas intensos bajándole dos al melodrama, humor de por medio.  
Y así durante cincuenta años pasamos en Venezuela por terremotos y deslaves, intentos de golpe de estado, crisis económicas, devaluaciones, todo tipo de escasez, violencia sin freno, represión, militarismo en auge, corrupción impune... tantas intensidades capaces de ocasionarnos múltiples desvelos a millones de venezolanos, pero sabiendo que nos quedaba el consuelo que así como saldría el sol todas las mañanas por más terrible que fuera el momento, diariamente encontraríamos en la página editorial de El Nacional un Zapatazo que tomaría el pulso moral de esta Venezuela de nuestros tormentos. 
Se habla de la generación de alumnos de Zapata, caricaturistas que se nutrieron de los Zapatazos, que sin ser mejores, son tan geniales como el maestro. Distan de ser los únicos huérfanos, con su muerte Pedro León Zapata también deja un gran vacío en varias generaciones de escritores y de humoristas que nos nutríamos como vampiros de su ración diaria de humor y de dolor de país, además de aquellos miles de venezolanos que ayer quedaron huérfanos sin ser artistas, humoristas o escritores, simplemente porque se acostumbraron a desayunar buscando el Zapatazo. Una manera de leer a Venezuela.  
Me declaro una de las huérfanas no reconocidas de Zapata, tratando de absorber y aprender de su capacidad de síntesis para describir un momento, un país, un sentimiento, apenas con un dibujo y una frase, con justa la dosis de humor requerida en una caricatura, aunque el humor se alimentara del intenso dolor de una Venezuela que se nos volvió en tragicomedia.  
¿Cómo no sentir admiración, respeto y hasta envidia por un talento como el de Zapata, y de los caricaturistas actuales? Por ejemplo, homenajes parecidos a este que a cualquier escritor le toma miles de caracteres para expresar con justicia los honores del muerto -Adriano Gonzalez León, Salvador Garmendia, Isaac Chocrón para nombrar algunos de los que coincidí con Zapata-, homenajes escritos en los que es imposible no caer en unas cuantas intensidades y las inevitables anécdotas personales; por más que nos fajemos y por más diestra que sea nuestra prosa sabemos que quedaremos cortos en comparación con los homenajes de los caricaturistas que con un trazo y si acaso una frase, condensan todo y más de lo que quisimos expresar en nuestro texto. 
A nivel personal a Zapata lo conocí poco, si acaso lo habré visto una decena de veces, ni una anécdota personal que valga la pena mencionar así que se salvaron, pero como cientos de miles de venezolanos Zapata era una constante en mi vida porque desde la adolescencia me acostumbré a buscar el Zapatazos de El Nacional todas las mañanas con el café con leche. Celebro su larga y productiva vida, no es poco cinco décadas nutriéndonos de su humor y dolor, solo lamento que Pedro León Zapata se haya tenido que ir sin ver el final de este funesto capítulo de nuestra historia, a la que en sus Zapatazos dio guerra sin cuartel. 
Hoy comenzó una nueva era, la era en la que en Venezuela amanecimos sin encontrar en El Nacional los Zapatazos, nos queda a sus herederos continuar en la lucha contra las intensidades en un país cada vez más intenso.
No claudicar al humor y a la denuncia es el gran legado que nos deja el maestro Zapata.

martes, 3 de febrero de 2015

La vaca


La próxima víctima fue la cadena de mercados populares Día a Día, tan populares que muy pocos venezolanos de los que viven en urbanizaciones y anuncian el fin de los tiempos revolucionarios por twitter han entrado a uno de estos "practimercados" ubicados en sectores escalera arriba en los barrios. 36 tiendas en seis estados de Venezuela. Competencia directa y eficaz de los mercaditos de PDVAL y Mercal, solo que los Día a Día solían estar bien surtidos mientras los abastos populares del Estado hoy están pelados. Lo que hacía a Día a Día un negocio de alto riesgo en una Venezuela donde no se le puede hacer sombra a un régimen inepto. 
El picapasito de Ernesto Villegas ayer entró como un orgulloso general de las tropas zamoranas a los depósitos de Día a Día y ¡oh escándalo! encontró inventario. Porque hoy en Venezuela se le llama acaparamiento a tener el lógico inventario para surtir 36 locales a lo largo de todo el país. Villegas hizo lo que le tienen prohibido los ciudadanos de a pie,  y foto y foto twiteó un dossier con bultos de Mazeite, Harina Pan, entre otros productos en escasez, para dar testimonio de la supuesta guerra económica contra esta maravilla de gobierno. 
Me pregunto si el valiente Villegas osaría entrar como el justiciero zamorano a las bodegas de La Casona para ver cómo está el inventario de comida de la residencia presidencial hoy ocupada de manera ilegal, o cómo está el inventario de los mercados militares no se vaya a quedar sin su arepa la esposa de algún sargento a punto de arrecharse, y ni se diga el inventario en Miraflores, que por lo rollizos de quienes allá despachan, se ve que no les falta nada. 
 Así estamos en Venezuela, tan mal tan mal que no nos podemos comer ni un cable por la sencilla razón que cable #nohay, así estaremos de mal que hasta Giordani dice que somos "casi" el hazmereír de Latinoamérica. ¡No lo vamos a hacer! De penalización en penalización como quien busca salvar un naufragio poniendo curitas rojas en los huecos donde entran chorros de agua: penalizado tener inventario, penalizado los estantes vacíos, penalizado tomar fotos que puedan mostrar la actual escasez causando zozobra en la población (como si la escasez fuera una abstracción), penalizado quejarse en las colas, penalizando las colas, penalizando una caja registradora inoperante...  
Por lo visto la solución a esta guerra económica no es incentivar la industria y la producción sino ahorcarla aún más. 
Cuando veo a Villegas y a sus cuatreros saquear los depósitos de Día a Día cual banda de bucaneros repartiendo un botín del que pronto no quedará sino más miseria, pienso es en una vaca, una vaca querida y cuidada por sus propietarios quienes la ordeñan diariamente para vender la leche entre los vecinos del pueblo, hasta que un día llega una partida de malandros con poder,  y proclaman que la vaca será liberada del yugo capitalista, que sus propietarios no son sino unos explotadores símbolo de todos los males, que los dueños de la vaquita están traficando con su leche jugando con las necesidades del pueblo, que no la ponen a producir como debería estar produciendo, que esto no puede seguir así, y se llevan a la vaca, y no la cuidan bien, y le sacan leche hasta que la secan,  y cuando solo quede el pellejo de la pobre vaca y de ella no salga ni una gota de leche, la dejarán morir de mengua antes de repartirse el cuero y la osamenta. 
Pierde la vaca, pierde el dueño de la vaca, pierden quienes se beneficiaban de la leche de la vaca, por un momento se benefician quienes se llevaron la vaca, y al final solo queda la nada.
Pues así estamos. 



lunes, 2 de febrero de 2015

Le tocó a Farmatodo, ¿quién será la próxima víctima?


La primera vez que montamos bicicleta sin rueditas, el primer beso, los primeros pasos de nuestro bebé... hay primeras veces que marcan la vida, por ejemplo, la primera vez que me pidieron cédula laminada para comprar un máximo de dos jabones: noviembre 2014 en Farmatodo de La Florida.
Entonces ejercí la única forma de protesta que nos va quedando a los venezolanos, compartir en las redes sociales mi indignación: Farmatodo se estaba prestando al juego del control y racionamiento impuesto por el Gobierno ante la grave escasez de todo tipo de productos que el Régimen trata de achacar a una desestabilizadora guerra económica.
 La escasez no es un fenómeno reciente en este Socialismo del Siglo XXI, es parte del legado de Hugo Chávez Frías, hasta el año pasado se limitaba a productos regulados como arroz, leche, azúcar, harinas; pero en 2014 la falta de todo tipo de productos se va haciendo cada vez más notoria por la limitada capacidad de producción de la empresa privada ante los controles gubernamentales, y la falta de divisas para importar rubros indispensables para la producción nacional. 
"Venezuela no es Cuba" nos jactábamos quienes jamás creímos que nuestra situación se iba a tornar tan precaria como la de la isla caribeña. Y es verdad, Venezuela no es Cuba, aquí nos han ido cocinando a fuego lentísimo, dieciséis años después de la llegada de Hugo Chávez al poder, hoy se podría decir que estamos peor que en Cuba: una escasez similar, libertad de expresión asfixiada, derecho a queja suprimido, y viviendo en medio de una violencia a la que ya parecemos habernos acostumbrado. Fuego lento mientras vivía Chávez, pero a Maduro, por su notable falta de liderazgo, no se le ha ocurrido otra que avivar la candela.  
Sin embargo a fuego lento fuimos descubriendo nuevas carencias en nuestras vidas, por ejemplo, artículos de limpieza personal, un buen día cuando fui a reponer mi jabón de baño me di cuenta que no tenía en la despensa. No hay problema, compro en el mercado, pero tampoco había en ninguno de los mercados de por estos lados, ni en el Farmatodo de la zona. Al día siguiente aparecieron los paquetes de Palmolive que vendían de a tres, y así durante un tiempo en la compra semanal doblé mi ración de jabón de avena, que es el que me va bien con la alergia. 
 De ahí que el gobierno también culpabilice a las amas de casa de acaparamiento, de repente descubrí que tenía tantos jabones en la despensa como para montar mi propia perfumería, por eso bajé la guardia, y hasta dejé de comprarlos por un tiempo, cuando volví a vivir el incidente de meses atrás y me encontré con una reducida pastilla de jabón de baño en la mano. Esta vez el jabón tardó en aparecer. Por eso la tarde de un domingo cuando fui a comprar Coca Cola en el Farmatodo cercano para acompañar las pizzas caseras, al ver que habían llegado unas pastillas de un desconocido jabón "Made in Turkey", me dispuse a llevarme cuatro (somos una familia de cinco personas) pero tras hacer una cola como de cuarenta y cinco minutos, vino esa primera vez que ya jamás olvidaré: "Cédula laminada, y solo se puede llevar dos jabones por persona".
Desde entonces cada vez que me encuentro con algo tan cotidiano para otros países como puede ser un jabón en un mercado,  me siento como si hubiese encontrado oro en polvo. Y ni se diga champú, está más escaso todavía. Me lavaría el pelo con jabón Las Llaves si se encontrara jabón Las Llaves, pero tampoco hay, ni de lavar ropa ni de lavar platos. El único detergente que hoy con suerte se consigue en los mercados venezolanos es uno genérico que recuerda a los productos que le gustaban a la mamá comunista en la película Goodbye, Lenin: un detergente aguado que no hace espuma.  Ni siquiera he vuelto a ver el jabón "Made in Turkey" que me tuvo como una semana oliendo a hotel de carretera. 
Cuando en noviembre despotriqué contra Farmatodo por las redes sociales por aplicar las medidas de racionamiento de países de post guerra o países comunistas, muchos tuiteros me respondieron indignados que la culpa era mía por haberme resignado a hacer cola, a sumisa mostrar la cédula para que me racionaran mi compra de jabón, a no haberle cantado cuatro al indiferente cajero cuando me obligó a reducir la cantidad de jabones a llevar. 
Debí tantas cosas: no calarme la cola (pero cómo hago si no tenía jabón)... negar a enseñar mi cédula laminada (ya había hecho la cola)... cantarle cuatro al cajero (el pobre cumple con su trabajo y le deben cantar cuatro varias veces al día)...
 Desde entonces he entregado cédula laminada para comprar artículos como desodorante y toallas sanitarias, y no se me quita la sensación de desasosiego, pero ese es parte del precio de seguir viviendo en Venezuela, y así como por las redes sociales muchos me recriminaron acatar el juego de racionamiento impuesto por Farmatodo, yo entonces le recriminé a Farmatodo prestarse a seguir el juego de la nefasta política económica del Gobierno.
 En tiempos difíciles y de dictadura cada quien hace lo que cree que tiene que hacer para bandearse: yo hago colas no muy largas, quizás porque no tengo niños pequeños todavía no me he prestado a hacer una que cola que salga fuera de un local, y si hace falta, entrego mi cédula laminada sin rechistar. Los amigos de Farmatodo pensarían que si procuraban racionar los productos en escasez digno de una economía comunista, quizás su empresa sobreviviría los controles del gobierno.
Pero está visto que en este Socialismo del Siglo XXI, y sobre todo ahora que la Revolución vive momentos desesperados, es imposible pasar agachado. Y este fin de semana le tocó el turno de ser insultados y amenazados en cadena nacional al que hasta hace poco fue uno de los negocios mejor montados de Venezuela: la cadena de Farmacias Farmatodo.
Hoy su destino es incierto. 
Solo queda preguntar mientras esperamos saber quién será la próxima víctima ¿hasta cuándo?


miércoles, 28 de enero de 2015

Los niños que dirán que no


Hace unas semanas entre las ofertas de lectura digital compré "The boy who said no- an escape to freedom" de Patty Sheehy, novela sobre un niño que se resiste a ser adoctrinado durante los primeros años de euforia de la Revolución Cubana. En Amazon la promocionan como una novela aunque es un relato de vida, Sheehy, una ejecutiva de Mercadeo, ni siquiera era escritora más allá de publicaciones corporativas, cuando le piden que redacte la historia de Frank Mederos, que como miles de cubanos antes que él y después que él, llegó a los Estados Unidos en una balsa abarrotada de gente apunto de naufragar.  
Esta norteamericana que no debe haber salido más allá del su nativo estado de Pensilvania, al oír la historia de Mederos, que es la historia de tantos cubanos que entre vivir una vida sumisa llena de privaciones sometidos a los dictámenes de un régimen, y arriesgarse a morir comido por los tiburones con tal de vivir en Libertad, pensó: "Oh my god, esto es como una novela" y se dispuso a escribirla como tal alegando que hizo ciertos cambios para proteger a los amigos que siguen en Cuba, que más de cuarenta años después de la huída de Mederos,  se podrían ver afectados por su relato. 
La escritura de Sheehy es amateur pero la historia de Mederos es apasionante, como la de tantos cubanos que pasaron por situaciones similares. "Gusanos" llamaron durante años los millones de simpatizantes de la Revolución Cubana alrededor del mundo a quienes se les ocurriera escapar de la vida digna del buen revolucionario. "Gusanos", peor que canallas, aquellos que se negaran a vivir en la sacrificada utopía de los hermanos Castro. Hasta los años 90 esa era la corriente de pensamiento de la mayoría de la intelectualidad venezolana, sin duda más simpatizante con el buen revolucionario que con el cubano de la Calle Ocho. Corriente de pensamiento que como buena ucevista, alguna vez compartí aunque sin mucha euforia. 
Hasta que en Venezuela nos tocó vivir una historia similar. 
Regresando a Mederos no era un niño rico, vivía una vida sencilla jugando con sus amigos de la calle y yendo a pescar con su abuelo. Leyendo cuántos de los personajes de esta historia desde un principio desconfiaban de las intenciones democráticas de Fidel, intuyo que tampoco era que Mederos venía de un barrio pobre de La Habana. Tanta desconfianza se justifica apenas comienza la interferencia del Estado en la educación, no solo aboliendo la educación privada, sino también imponiendo medidas como obligar a pre-adolescentes como Frankie, con un avanzado nivel de lectura, a abandonar a sus familias durante unos meses para dedicarse al proceso de alfabetización de campesinos en distantes provincias rurales.
Resultó tan exitosa esa experiencia, que Frankie es instado a entrar interno en una Academia Militar, a pesar de estar por encima del nivel académico de la escuela de su barrio, el niño se escapa presintiendo que estaba en camino de ser adoctrinado al comunismo. En esta ocasión, los padres tuvieron la última palabra y el adolescente regresó a su escuela del barrio.
Algunas de las anécdotas en "El niño que dijo no" son narradas con innegable melodramatismo como la del pequeño limpiabotas a quien unos soldados despojan de forma cruel de su caja de lustrar zapatos porque en la Cuba revolucionaria se prohibía cualquier tipo de actividad comercial.
 Recordando historias similares de los padres de tantos amigos de origen cubano que emigraron a Venezuela en los años 60 y 70,  es fácil llegar a la conclusión que a pesar de los estrechos lazos con Cuba del Gobierno chavista, durante quince años en Venezuela habremos nadado en aguas turbias con esto del Socialismo del siglo XXI, pero ni remotamente nos acercamos a la represión vivida por los cubanos durante seis décadas: en Venezuela hasta los hijos de los jerarcas revolucionarios, y de los burócratas medios, van sin vergüenza a colegios privados. A pesar de que el Ministerio de Educación ha metido la mano adoctrinadora en los textos escolares, y tras las recientes elecciones presidenciales, muchas maestras de escuelas públicas fueron reprendidas por sus simpatías con la oposición, los mejores estudiantes no son escogidos a dedo para enviarlos desde pequeños a academias elitistas de adoctrinamiento revolucionario. Y no se puede negar que cientos de miles de niños venezolanos han emigrado estos últimos años sin pasar por las tribulaciones de Eliancito de ver al resto de los pasajeros de su balsa morir ahogados.
Leyendo cómo se las ingenió Mederos para huir de Cuba mientras estaba cumpliendo el servicio militar obligatorio, pienso que en Venezuela durante quince años nos hemos movido en una dudosa frontera demócrata con los poderes civiles tomados, hasta esta situación caótica marcada por la represión y la escasez en la que hoy vivimos cuando el actual presidente de la República, a falta de carisma y sapiencia,  ha ido apretando las tuercas hacia una dictadura.
No hay duda que todavía quedan muchos venezolanos que lo que temen es que se aproxime el fin del sueño revolucionario: ya ni los más optimistas escribidores en la página web pro-oficialista Aporrea son capaces de negar que Venezuela está en el punto más crítico de nuestra Historia Contemporánea. Hay quienes aseguran que este caos es por culpa de una cruenta guerra económica patrocinada por Uribe, el Imperio Norteamericano y la Derecha Reaccionaria, sumándose un complot internacional para bajar el precio del petróleo; tampoco faltan quienes aseguren que tantas privaciones por las que hoy pasa el pueblo venezolano se deben a que Maduro perdió la brújula revolucionaria.
Quienes así piensan no es que se están pasando a la oposición al criticar al nuevo líder máximo, por el contrario, son más radicales pensando que para que la Revolución vuelva a su cauce es necesario profundizarla, es decir, emular el camino que hace sesenta años inició Fidel Castro, camino que hasta que no le terminen de levantar el veto comercial a Cuba, tiene sumida a la isla en un sin fin de privaciones.
Uno de esos dinosaurios del comunismo es el antiguo Ministro Eduardo Samán, hoy alejado del poder por  discrepancias con el gobierno, pero no por eso alejado de la revolución.  En entrevista para Aporrea, previendo que la actual crisis alimentaria tenderá a acrecentarse por la falta de producción en la que estamos sumidos, entre las medidas que sugiere el antiguo ministro está una parecida a las tomadas en la Cuba de los años sesenta: que durante unos meses los muchachos dejen de ir a la escuela para dedicarse exclusivamente a la actividad agraria.
¡Azúcar! A sembrar caña muchachos, pero a estas alturas de la Revolución, mucho me temo que hasta el más fósil de los dinosaurios sabe que de millones se contarán los niños que dirán que no.

jueves, 15 de enero de 2015

Aquellos maestros...


Como hoy es 15 de enero y en Venezuela se celebra el Día del Maestro, me tomo la libertad de ponerme intensa recordando aquellos maestros que dejaron marca en mi vida.
La primera maestra que recuerdo es Yolanda, del Kindergarten Tamanaco, recuerdo poco nítido porque Yolanda me dio clases en pre-kinder cuando apenas tenía 4 años. Yo era su consentida no por simpática y querendona, sino porque del grupo de niños fui la primera que aprendió a leer. Rosa Elena era la maestra del salón de al lado, más vieja y más fea que Yolanda (así la recuerdo, a lo mejor no lo era), estaba celosa porque Yolanda tenía en su clase una niña que leía y ella no. Por eso una mañana Rosa Elena se dispuso a desmontar el mito de la pequeña lectora sentándome a descifrar palabras como "cigüeña". Gracias a Rosa Elena aprendí que no todas las maestras eran dulces y pacientes como Yolanda. 
Entré en el colegio Santiago de León de Caracas en primer grado recién cumplidos seis años, la mayoría de mis compañeros ya tenían siete, pero mis padres insistieron que entrara a pesar de que iba ser la menor del salón porque recuerden que yo era la lectora precoz... la niña genio. Hasta primer grado me duró la fama de niña genio, mis notas decían lo contrario, y para colmo, casi todos mis compañeros cursaron preescolar en el Santiago y ya eran amigos entre sí. Que yo fuera un año menor y una niña despeinada y retraída no ayudaba mucho en mi popularidad. No me fue fácil hacer amigos, en los recreos me sentaba en un banco con una novela de Enid Blyton mirando de reojo a los demás niños jugar. Por eso recuerdo a Rosita en tercer grado como una de mis mejores maestras, no porque supo desarrollar mi potencial académico, sino porque fue capaz de identificarme como una niña solitaria y darme las herramientas sociales para hacer mis primeros amigos, los del colegio, a quienes todavía hoy considero mis amigos del alma. 
De Yolanda y de Rosita no conocí ni sus apellidos. De Yolanda no supe más, de Rosita solo que al año siguiente de ser mi maestra se casó y se retiró de la docencia.
A pocas de mis otras maestras de primaria las recuerdo por nombre, en cambio a casi todos los profesores de los tres primeros años de bachillerato los recuerdo como si hubiera tenido clases con ellos ayer: Cándido Millán, Guillén, Toro, Tortugón, Pedro Hernández, El Gocho Vivas, Pernalete, Echezuría; muchos de estos profesores tenían tantos años dando clases en el Santiago que habían sido profesores de mis tíos. A mi me parecían unos viejos, eran mayores que mi papá. Por eso cuando entró Elizabeth Uzcátegui, la nueva profesora de Literatura, fue como si abrieran una ventana en una tienda de Antigüedades para que entrara una bocanada de brisa fresca. 
Elizabeth en ningún lado habría pasado inadvertida, menos en un colegio donde las niñas estaban obligadas a llevar faldas grises y los profesores lucían fluxes de color marrón. Era una catira menuda con muy buen cuerpo apenas unos añitos mayor que sus alumnos. La recuerdo dando clases vestida de blanco con faldas vaporosas y escotes pronunciados. Y no solo fue una brisa fresca por el contraste de esta joven y alegre licenciada con el resto de sus colegas: Elizabeth fue la primera profesora que insistió que la llamáramos por su nombre y la tuteáramos, lograba mantener el respeto en su clase porque siempre era interesante, si tocaba hablar de La Ilíada, ella era Aquiles Pélida. 
No fue monedita de oro Elizabeth, no todos mis compañeros la quisieron, más la queríamos sus alumnos de Humanidades que los de Ciencias, pero para mí fue la primera profesora en romper el molde de la formalidad escolar y la primera en demostrar la importancia de la creatividad y el amor por enseñar la Literatura más como una pasión que como una materia requerida por el Ministerio de Educación. Gracias a Elizabeth volví a sentir el orgullo de ser una de las mejores de la clase, aunque en esta oportunidad fue un orgullo compartido con varios, y no hubo señorita Rosa Elena para demostrar lo contrario. 
Cuando entré en Humanidades pasé de ser una alumna mala, de las que reparan, a una alumna buena, de las que eximen, pero no fue sino hasta que entré en la Escuela de Arte de la Universidad Central que el mundo se me volvió technicolor como a Dorothy cuando llega a Mushkinlandia. Mi mago de Oz fue Isaac Chocrón, aunque a diferencia del de la película de Warner, Isaac -que también insistió desde el primer día que lo llamáramos por su nombre- no era un charlatán. 
Las clases de Expresión Oral y Escrita que impartía Isaac en el primer semestre eran los viernes en el auditorio de Humanidades, incluía a los más de 100 alumnos que empezábamos la carrera, siendo la clase más masiva. Isaac decía que se preparaba para ella como si lo hiciera para un show en Las Vegas, y se notaba porque semana tras semana era un stand up comedy nuevo, habilidad que ya quisiera tener más de uno que ha hecho carrera montando monólogos sobre sus vidas. 
A pesar de que Isaac era la única estrella en su clase, y a pesar de tener tantos alumnos, nos iba conociendo porque todas las semanas mandaba de tarea una cuartilla sobre diversos temas, ejercicios de memoria emocional parecidos a esta crónica que están leyendo. A la semana siguiente los devolvía corregidos y con un comentario al margen. De trabajo final Isaac nos pidió que le entregáramos lo que quisiéramos, yo hice una versión criolla del primer acto de Pigmalión de Bernard Shaw que a Isaac le gustó tanto que se la dio a Enrique Porte, un joven director de Teatro recién llegado de Londres, para ver si le servía para su Taller de Actuación.
Así comenzó mi amistad con Enrique Porte antes que siquiera fuera su alumna. Cuando me enteré que algunos alumnos del Taller de Actuación de Enrique estaban amotinados por tener que trabajar con la obra inacabada de una chama dos semestres por abajo de ellos, le fui a llorar a Enrique, quien me regañó: "Si voy a trabajar tu Pigmalión es porque me gusta, y deja la pendejada que no es la primera crítica que vas a recibir en tu vida...", excelente lección eso de "deja la pendejada que no será la primera crítica que vas a recibir en tu vida", aunque es una de las enseñanzas que más cuesta asimilar.
Enrique hasta su temprana muerte en el año 1990, fue uno de mis mejores amigos. 
Enrique e Isaac no fueron los únicos grandes maestros que tuve en la Escuela de Arte, pero sí fueron los que más influencia tuvieron en mí, en cambio en mi rasante paso por la Escuela de Comunicación Social solo recuerdo un profesor inolvidable, de quien tampoco volví a saber, Luis Angulo se llamaba, era un profesor prestado de la Escuela de Letras y su sensibilidad para dar clases casi me hacen cambiar de carrera: si así eran los profesores en Letras, yo me tenía que ir para allá.
El profesor Angulo era venerado por todos sus alumnos, y al igual que Isaac, mandaba a escribir una cuartilla por clase de diversos temas, la diferencia era que teníamos una hora para escribirlas en las viejas máquinas de la escuela. 
Hoy me doy cuenta que muchas de las herramientas que aprendí en las clases de Angulo son las que aplico en el blog, sobre todo escribir contra reloj y concretar. Mi gran despecho académico fue cuando un lunes inesperadamente el profesor se despidió de sus alumnos a mitad de semestre, tenía demasiada carga académica y debía ceder la cátedra de Comunicación Social, a la semana siguiente tendríamos una nueva profesora.
No volví a saber de él.
 Este no es sino un breve recuento de algunos maestros de mi vida, al que podría incluir a muchos de los maestros de mis hijos, pero esas ya serían sus historias. Si hoy me dio por escribir esta intensidad fue para que quienes ejercen la vocación de enseñar sepan que vale la pena, que seguro en más de una ocasión en pequeños detalles hicieron la diferencia en algún estudiante que nunca los olvidará. 

lunes, 12 de enero de 2015

La corrección política, la libertad de expresión y los Golden Globes


A los frívolos de corazón nos divierte más la noche de la entrega de los Golden Globe que la de los premios Oscar porque la prensa extranjera no celebra al Cine (o a la televisión) sino a la industria del espectáculo. Cero premios técnicos ni demás intensidades, estrellas y nada más. Pero anoche en medio de la nota de la moda y de las joyas, de la expectativa de la primera aparición en la alfombra rojo como hombre casado de George Clooney, y de si la mejor comedia se la llevaría Birdman o El Gran Hotel Budapest... se dejaron colar un par de temas nada frívolos que pueden resultar antagónicos entre sí: la corrección política y la libertad de expresión.  
Cuatro días después del ataque en París al semanario humorístico Charlie Hebdo en el que fueron ajusticiadas doce personas, entre ellas cuatro caricaturistas, por publicar ilustraciones provocadoras sobre el islamismo; no fueron tantas como se pensaba las estrellas de Hollywood que aprovecharon la noche para pronunciarse con el solidario "Je suis Charlie". 
Entre las pocas que lo hicieron: Helen Mirren, Diana Kruger, Jared Leto, Kathy Bates, y el recién casado George Clooney, homenajeado de la noche con el premio Cecil B. De Mille por su labor humanitaria.    
Clooney tras profesar su amor por la elegante Amal Alamuddin (vestida de Dior, con un prendedor de "Je suis Charlie" en su cartera y una cara de fastidio con balcón y vista al mar), se tomó unos segundos en el discurso de agradecimiento a la prensa extranjera para celebrar a las millones de personas que manifestaron en París y en el mundo entero por el derecho a caminar sin miedo: "Je suis Charlie", terminó el guapo George antes de ser ovacionado.
Quien quita si muchas estrellas de Hollywood prefirieron hacerse las locas para no ofender ninguna susceptibilidad,  después de todo en las redes sociales a medida que se iban multiplicando los "Je suis Charlie", también hubo quienes se apresuraron en precisar: "yo no soy Charlie", catalogando el humor de Charlie Hebdo como eurocentrista y ofensivo para la cultura islámica, sin que necesariamente por eso justificaran el acto de terrorismo sufrido en París, aunque sí con un gran "peeero". 
Si de algo podemos estar seguros es que un semanario como Charlie Hebdo hoy sería impensable en un país como los Estados Unidos donde a la libertad de expresión se la comió la corrección política. La corrección política también puede ser un flagelo porque siempre se tiene miedo de ofender a alguien y eso limita la creación, termina siendo una forma de autocensura. Sin embargo estos meses han ocurrido ciertos incidentes sobre los que Hollywood no puede mirar para otro lado como las acusaciones que señalan como violador al venerado comediante Bill Cosby.
Durante décadas las imposiciones sexuales del doctor Huxtable eran un secreto a voces en Hollywood, hasta que a mediados de 2014 un humorista irreverente se atrevió.a incluir en su acto un chiste sobre tan escabroso tema. El chiste se volvió viral por You Tube lo que animó a que poco a poco más de veinte mujeres se decidieran a confesar sus historias de cómo fueron drogadas y sometidas sexualmente por el buenote de Bill. Entre las víctimas, muchas de ellas ya abuelas, las modelos Janice Dickinson y Beverly Johnson. 
Contra Cosby no hay más evidencias que el testimonio de una veintena de mujeres, suficiente para que "el padre perfecto" perdiera el amor de gran parte de su público, además de contratos millonarios como un nuevo show de televisión.

Fuera el gato del saco del escándalo, las estrellas de cine y televisión parecen dividirse entre quienes acusan a Cosby como un hipócrita abusador de mujeres, quienes le dan el beneficio de la duda, y quienes como Whoopi Goldberg, son incondicionales y están seguras de que el pobre Bill no es sino víctima de una oscura conspiración de la cual son responsables los medios perversos.
Tal división de pareceres se percibió anoche cuando Tina Fey y Amy Poehler, las mejores presentadoras de cualquier entrega de premios de los últimos años, no perdonaron a Cosby en la introducción del espectáculo responsabilizándolo de haber tenido un encuentro con la Bella Durmiente.
Al primer chiste contra la vaca sagrada de la televisión norteamericana se oyeron unos cuantos buuus, y algunas risas nerviosas, a medida de que Tina y Amy insistieron en meter el dedo en la llaga de la reputación del actor, las risas se oían más espontáneas, pero al enfocar al público se vieron caras amarradas, como la de la actriz Frances Mc Dormand (¿quién lo habría dicho?) por lo visto la estrella de la película Fargo es de las que a Cosby le dan el beneficio de la duda. 
¿Será que hay temas que para Hollywood ni con el pétalo de una rosa? Menos mal que todavía quedan comediantes como C.K Louis, quien de la incorrección política alimenta su humor, como también lo era en su estilo la difunta Joan Rivers.
De vez en cuando salta una liebre irreverente contra los sentimientos patrios ajenos como lo ocurrido en diciembre 2014 ante las amenazas de terrorismo que se dejaron colar por Internet si Sony osaba estrenar "The Interview" con Seth Rogen y James Franco, película que trata sobre un supuesto magnicidio contra Kim Jong-un, una imagen caricaturesca y negativa del dictador de la República Democrática Popular de Corea.
A pesar de las amenazas, "The interview" se estrenó, con cierta timidez, en menos cines de los que se había planeado; aunque la polémica fue para su bien, publicidad gratuita, y así una película de humor escatológico que muchos no teníamos el más mínimo interés de ver, tras la amenaza norcoreana ahora se nos despierta cierta curiosidad.  
 Lo que no necesariamente hace a "The Interview" una película interesante, sin duda el chiste más flojo de la noche del team Fey-Poehler fue cuando presentaron a la  censora norcoreana (interpretada por Margaret Cho) invitada a los Golden Globe para no herir susceptibilidades. Muchos por las redes sociales en los Estados Unidos tildaron el momento de "racista" y de "presentar una imagen estereotipada de los orientales". Solo los sagaces ojos de las redes sociales venezolanas mordieron el detalle que la funcionaria coreana admiradora de Meryl Streep, llevaba bordada en la manga una bandera tricolor similar a la ecuatoriana y a la colombiana, pero que los venezolanos inmediatamente la tomamos como el glorioso pabellón nacional. 
No tardaran los estandartes de la corrección política en pedir cortar la pajita, y lavar nuestro honor: "Je suis Kim Jong".