sábado, 17 de febrero de 2018

Felicidad no es una pistola caliente


En la película Lady Bird de Greta Gerwig, cuando el petulante Kyle (Timothée Chalamet) llega por primera vez a buscar a Lady Bird (Saoirse Ronan) y toca la corneta para que la muchacha salga, el papá (Tracy Letts) logra con una frase manifestarle a su hija que ese chico como que no vale la pena: "Ohh, a honker!".
Esa breve escena me acordó a mi papá que a poco le tiene más fobia que al ruido de una corneta. Odiaba tanto las cornetas que un día lo chocaran en una panadería en Margarita con toda la familia en el carro porque un distraído conductor retrocedía sin darse cuenta que tenía un carro atrás. Recuerdo a todos gritando: "¡Toca la corneta que nos van a chocar!". Y nada que la tocaba. Por punto mi papá prefería que lo chocaran. Por eso cuando me venía a buscar a casa un amigo y anunciaba su llegada tocando corneta para que yo saliera, mi papá, que no era estricto en otros temas, exigía que le dijera al maleducado que para la próxima, se bajara y tocara el timbre. 
Los millenials caraqueños dirán #wtf, hoy todos tienen celular y en esta ciudad en la que en cuestión de segundos te atracan o te secuestran, cuadras antes de llegar a buscar a una muchacha, le envían un mensaje de voz: "Espérame en la puerta que voy llegando", y si no está lista para partir, segundos que parecen minutos que a su vez parecen horas en esta salvaje ciudad, aterrado tocará la corneta hasta que aparezca, y la muchacha se subirá en el carro tan rápido como lo hacían Batman y Robin en el Batimóvil, no vayan a pasar un mal rato. 
En los años 80, en una Caracas donde el riesgo de toparse con la delincuencia era mínimo, cuando una chica fresa salía con un chico fresa había todo un protocolo: estacionar el carro en la calle, tocar el timbre, entrar en la casa, presentarse, si una no estaba lista porque era parte del juego darse un poco de bomba, al chico le tocaba esperar conversando con los padres, con los hermanos, ver los marcos de fotos, ojear un libro en la biblioteca. Rara vez salíamos después de las nueve de la noche, mi mamá no me lo permitía, "esas no son horas de salir", también porque el plan cuando no era ir juntos a una reunión o una fiesta, solía ser ir a comer algo y después a bailar.  En esa época un muchacho no tenía que ser rico para invitar a una muchacha a comer y a bailar, o por lo menos para invitarla al cine y después unas tostadas en el Trolly o unos perros donde fuera. 
Hoy un muchacho tiene que ser millonario, y no es un decir, para invitar a una muchacha aunque sea un perro caliente con una malta. Con esta economía la mayoría de los millenials salen como dicen en criollo: "servicios Canaima", cada quien paga su vaina. 
Sin duda era una ciudad más amable esa Caracas en la que se podía salir en la noche a rumbear sin sentir que uno se estaba jugando la vida, por eso nunca entendí porqué tantos amigos salían armados. Entonces para los muchachos que te llevaban a discotecas como Le Club, tener un revolver era bastante usual. A mi me horrorizaba, me asustaba muchísimo, no entendía la necesidad de salir con un arma de fuego, dejé de preguntarles para qué, porque la respuesta siempre era la misma: "por protección", como si un consentido caraqueño de 22 años fuera capaz de convertirse en Charles Bronson en caso de que fuera necesario. 
Tenía tantos amigos amantes de las armas que Charlton Heston podría haber fundado en Venezuela una sucursal de Riffle Association. La mayoría de los panas poseedores de armas no se metieron en líos por ello, pero a lo largo de los años tantas historias tristes involucrando armas de fuego (suicidios, homicidios, muertes accidentales) son difíciles de olvidar.
Quizás la pregunta no sería por qué muchos amigos llevaban revolver con la misma facilidad que una corbata, sino cómo hacían unos cagaleches apenas saliendo de la pubertad para estar tan bien armados como el inspector Harry Callahan. 
La respuesta era sencilla, porque en la época del dólar a 4,30, décadas antes de los controles de seguridad aeroportuarios tras el atentado contra las Torres Gemelas del 9/11, cualquier muchacho que viajara a los Estados Unidos y tuviera los dólares para comprarse una o más armas, podía hacerlo con confianza sin ser molestado en ninguna aduana. Las traían en la maleta con la misma naturalidad de quien trae un par de bolsas de Milky Ways. Y si en los Estados Unidos a cualquier pendejo le vendían un arma, en Venezuela a cualquier pendejo le daban un porte de armas. 
Desde entonces mucha agua ha corrido por este río, hoy en Venezuela nadie sale con un arma por puro paveo, salir con un arma de fuego no solo es estar dispuesto a usarla sino saber que contra quienes se podría apuntar en pos de la natural defensa propia, muy probable les temblará menos el pulso y tendrán mejor puntería a la hora de disparar. 
Hoy no concibo a un universitario venezolano saliendo armado en una cita con una muchacha. Hacerlo los pondría aun más en riesgo en un país donde la vida humana no parece valer nada. En el 2018 lo que millones de muchachos venezolanos de 22 años aspiran -humildes, clase media o adinerados por igual- es a un pasaporte que les de la nacionalidad de otro país, mínimo un permiso de trabajo en el extranjero, ya que en Venezuela el presente y el futuro cercano están militarmente confiscados.
Lo que si no parece haber cambiado mucho desde aquellos añorados años 80 es la facilidad con la que se compran armas en los Estados Unidos, y no solo una pistola o un revolver -que yo no sé la diferencia entre uno y otro-, ante tantas masacres en años recientes pareciera que se consiguen sin mayor control armas de fuego capaces de matar a decenas de inocentes en cuestión de segundos, como el tiroteo en la escuela en Parkland, Florida, el pasado Día de San Valentín; cuando Nikolas Cruz, un perturbado joven de diecinueve años, cobró la vida de diecisiete víctimas, entre ellas Joaquín, de  diecisiete años, cuyos padres, como tantas familias venezolanas, emigraron para darle a sus hijos una mejor calidad de vida que la que hoy sufrimos en esta Venezuela revolucionaria. 
Me perdonan mis amigos de la Asociación del Rifle y demás amantes de las armas de fuego, pero hoy, más que ayer, no entiendo a quienes defiendan que parte de la felicidad pueda estar en la venta indiscriminada de una pistola caliente. 

jueves, 1 de febrero de 2018

Demasiados ríos hechos de lágrimas

                                                                       

                                                                               I


 Fiel al apostolado de evitar intensidades, no he querido ver el controversial video donde Jaime Baily expulsa a gritos a Rafael Poleo de su programa de televisión porque el veterano periodista venezolano osó decir que Jorge Rodríguez era "culto". Noooo gracias, da pena ajena, no es que Poleo sea una joyita, pero como entrevistador Baily perdió la compostura, y para colmo, semejante mamarrachada ha desembocado en las redes sociales una avalancha sobre el significado etimológico del adjetivo "culto" que ni en mis primeros años en la Escuela de Arte.
De lo mejor que hasta ahora se ha escrito sobre la supuesta cultura de Jorge Rodríguez, lo escribió Federico Vegas hace unos cuantos años, una estupenda crónica que ahora no consigo en Internet donde decía que al comenzar a ejercer Rodríguez la política desde el poder revolucionario, Venezuela había perdido a un buen escritor para ganar a un nefasto personaje. Las palabras no son exactas pero por ahí iba la cosa. Federico, junto con Israel Centeno y Oscar Marcano, tres grandes ligas de la literatura venezolana, en el año 1998 fueron el jurado que escogiera el relato: "Dime cuántos ríos son hechos de tus lágrimas" del psiquiatra Jorge Rodríguez, como ganador del 53º concurso de cuentos de El Nacional. 
Recuerdo que cuando lo leí me pareció un buen cuento, esa fue la primera vez que supe de la existencia de Jorge Rodríguez, un par de años menor que yo, quien debió deambular por los pasillos de la Ciudad Universitaria al mismo tiempo que esta flaca despeinada, solo que la Escuela de Arte y la Facultad de Medicina son galaxias lejanas. 
La primera vez que me crucé con Jorge Rodríguez fue en el año 2001 o 2002, cuando Nelson Rivera en colaboración con Sara Maneiro se propusieron renovar el Papel Literario de El Nacional y entre varios reconocidos colaboradores, invitaron a dos firmas recientes: Jorge Rodríguez, y una tal Adriana Villanueva. Nelson y Sara nos convocaron una tarde al Spizzico en La Castellana, y entre cafés y jugos, resumieron el proyecto. También estaban Salvador Garmendia, Antonio López Ortega y no recuerdo quién más. 
Ya entonces Jorge Rodríguez se comenzaba a vislumbrar como delfín del chavismo, pero todavía la división entre chavismo y oposición no era tan dramática como lo es hoy, con menos de dos años en el poder, al chavismo le faltaba mucho para desbaratar el país hasta el punto de miseria y opresión en el que hoy vivimos, del cual Rodríguez ha sido una de las grandes mentes ejecutoras. Sin duda una de las más cínicas precisamente por su inteligencia y cultura. 
Pero entonces del psiquiatra Rodríguez yo solo sabía que era uno de los cerebros detrás del nuevo Consejo Nacional Electoral, y que venía de estirpe subversiva: Jorge Rodríguez padre estuvo implicado en el famoso secuestro del industrial norteamericano William Niehous, y murió en un calabozo de la Disip en el año 1976 en medio de un interrogatorio.  
Si bien imposible imaginar los niveles de destrucción revolucionaria a los que llegaría Venezuela diecisiete años después de esa tarde literaria en Spizzico, ya la antipatía entre chavistas y antichavistas era más aguda que cualquier otra antipatía política que me hubiese tocado testimoniar en las primeras tres décadas de mi vida, pero todavía podía sentarme al lado de Rodríguez sin que me bajara la tensión de la arrechera. Todavía podía tratar de ser educada y civilizada y hasta de buscar cierta empatía. 
Además, me había gustado su cuento, y para eso estábamos esa tarde, para hablar de Literatura, no de política. 
Para ser sincera el psiquiatra, a quien tenía sentado al lado, no fue antipático, pero tampoco se molestó en ser simpático, cero conexión con eso de ser los novatos de Papel Literario, conversaba dándome la espalda con quien tenía sentado al otro lado que creo que era Nelson. Lo que a mi me vino de maravilla, porque mi otro vecino en la mesa era el gran Salvador Garmendia, quien resultó ser un vecino encantador, estableciendo conexión inmediata con esta humilde desconocida. Esa fue la única vez que compartí con Salvador Garmendia, hoy atesoro el recuerdo. 

                                                                          II


También pienso que esa fue la única vez que vi a Jorge Rodríguez, o eso creo, y digo que la tarde en el Spizzico creo que fue la única vez que lo vi porque a veces tengo dudas si el calvo cabizbajo en el entierro de mi amigo Arturo, un par de años después, no era otro que Jorge Rodríguez.



                                                                          III

Arturo Mulet fue uno de mis primeros mejores amigos, nos conocimos cuando yo tendría entre quince y dieciséis años, y él ya pasaba los veinte, nadie le sabía la edad exacta a Arturo, era un misterio. Quizás no era mucho mayor que el resto del grupo, pero como tenía calvicie prematura, que con los pocos pelos que le quedaban trataba de disimular, estaba claro que era el más viejo del grupo de panas que íbamos juntos para todos lados, que en una época nos dio por llamarnos: "El atajo", o en su versión más larga: "El atajo de pendejos".  
El Gordo, como lo llamábamos sus panas, era el mejor amigo de todos: inteligente, divertido, cariñoso, rumbero, nadie como él dando consejos, el mejor oyendo despechos, siempre de buen humor. El único problema que  tenía el Gordo es que era como un cometa, aparecía y desaparecía de nuestra vidas. Y lo hacía no porque fuera un hombre lleno de misterios, sino porque estudiaba Medicina en Valencia, vivía en una pensión y no daba el número de teléfono porque decía que la dueña de la pensión era una vieja quisquillosa que no toleraba llamadas. Que en caso de una emergencia llamáramos a su casa y le dejáramos el mensaje con su mamá. Cuando pasaba mucho tiempo desaparecido, yo la llamaba solo para saber de él. Podíamos pasar meses sin noticias de Arturo, pero cuando regresaba a Caracas, comenzaba de nuevo la rumba y durante semanas volvíamos a ser inseparables. 
Otra diferencia que tenía Arturo con la mayoría de sus amigos del Atajo, es que no venía de una familia sifrina caraqueña como la mayoría de nosotros, era hijo único de una pareja de emigrantes españoles, su padre era maestro de bachillerato, si mal no recuerdo profesor de matemáticas, muy recordado y querido por quienes fueron sus alumnos. Vivían en una apartamento en Santa Marta al que Arturo nunca nos invitó, sin embargo cuando a su papá le dio un infarto, sus amigos lo fuimos a acompañar a la Clínica San Román, y cuando a los pocos días murió su viejo que no sería tan viejo, lo acompañamos en el velorio, en esa época las muchachas no íbamos a los entierros. 
Me consta que Arturo adoraba a su padre, siempre hablaba con cariño y orgullo de él, pero cuando murió el profesor Mulet Arturo no guardó un luto tradicional, a la semana siguiente ya estaba entre amigos inventando qué hacer, a muchos les pareció insensible pero yo sabía que esa era su manera de combatir tan inmenso dolor. Otra de sus particularidades es que Arturo era abstemio, lo que lo hacía el amigo favorito de nuestros padres porque sabían que cuando estábamos con El Gordo, podríamos estar gozando, pero nos estábamos portando bien, o por lo menos un borracho no nos llevaría de vuelta a casa. 
Poco después de la muerte de su padre, y tras la ruptura de su noviazgo con Patricia, una querida amiga que era parte del grupo, Arturo cambió, se volvió irascible, sus ausencias fueron cada vez más largas, poco a poco y por distintas razones peleó con la mayoría de sus amigos, entre ellos yo, que nunca peleo con nadie por eso mismo de no caer en intensidades. 
El amigo cometa desapareció durante casi dos décadas, de las pocas noticias que tuvimos de él supimos que ya era médico cirujano, que su madre se volvió a casar y había regresado a España, que Arturo también se había casado y tenía una niña. Pero con el Atajo rompió pajita y el resto de los panas nos fuimos distanciado no por más razón que así es la vida. 
Hasta que sorpresivamente en el año 2003 el cometa Arturo regresó a nuestra órbita, por lo menos lo hizo a la de mi tía María Elisa, con quien nunca peleó. María Elisa, su esposo Memo, y sus tres hijos lo recibieron en su hogar como si el tío Arturo hubiese estado siempre en sus vidas. Tenía tiempo divorciado pero era un buen padre para su hija. También tenía una novia de data reciente, con quien María Elisa y Memo salían. Los niños aprendieron a quererlo con el mismo cariño que sus amigos sentimos por él treinta años atrás, cuando a Ana Cristina le dio apendicitis, el susto fue menor porque Arturo sería quien la operaría. 
Yo todavía tenía las heridas de la última vez que nos vimos, nos dijimos cosas muy hirientes por una discusión que comenzó de manera tonta, algo casi tan insignificante como que Poleo llamara "culto" a Jorge Rodríguez y Baily lo echara a gritos de su programa, una soberana pendejada desencadenó un tsunami en nuestra amistad. Sin embargo me alegré que en la víspera de mi cuarenta cumpleaños, Arturo reapareciera en mi vida, perdonen la cursilería, asumí que las heridas de nuestra absurda pelea por fin sanarían, y volveríamos a ser los grandes amigos que una vez fuimos. 
María Elisa lo llevó a mi cuarenta cumpleaños, esa noche Arturo se reencontró con muchas de sus amigas de adolescencia, con el resto de los amigos del Atajo yo tampoco tenía ya casi contacto y no estaban en la fiesta, a pesar de que hace catorce años todavía no eran muchos los panas que habían emigrado, como ha ido pasando estos últimos años. 
No fue una gran fiesta, cayó lunes, apenas una reunión con "los más íntimos amigos" para celebrar la  entrada a mi quinta década. Sin duda la atracción de la noche fue el reencuentro con el pana pródigo, lo vimos de semblante un tanto demacrado pero estaba igual a como lo recordábamos cuando llevaba en la maleta del carro un saco y una corbata por si salía una fiesta, era el mismo echador de broma de siempre, lo bueno de ser gordo y calvo a los 22 años es que 25 años después no es mucho lo que se cambia. 
La reunión la celebré en casa de mis padres, una especie de cuartel general del Atajo. Mis papás estaban felices de volver a ver a Arturo, de mis amigos siempre lo consideraron alguien especial con quien hasta los adultos podían conversar y reírse un rato. Además ahora médico, qué conveniente para pedirle récipes de lexotanil y demás tranquilizantes que ya la revolución comenzaba a dar sobresaltos. Pero Arturo resultó del tipo de médico poco complaciente a la hora de repartir récipes a la cañona. 
Esa noche apenas tuve unos minutos para compartir a solas con quien alguna vez fue mi mejor amigo, sintiendo que ya tendríamos tiempo de ponernos al día, por lo menos así lo creía, el me dijo que le gustaban mis artículos en El Nacional, yo le pregunté que como médico que trabajaba en hospitales si pensaba que el chavismo había llegado para quedarse. Me dijo que sentía que a quienes iban a los hospitales les costaba hacer conexión con la oposición, a la que sentían distante de sus problemas reales. 

Ojo, estoy hablando del año 2003, no me vayan a saltar a la yugular, y menos a mi difunto amigo Arturo que no llegó a ver la debacle sanitaria que se cerniría sobre Venezuela. 

                                                                                 IV

 Semanas después de mi cumpleaños, a principios de septiembre, me llamó María Elisa para avisarme que Arturo había sufrido un ACV, el pronóstico era malo, el derrame fue masivo, esperando que su madre llegara de España para tomar la decisión si había que desconectarlo. Estaba en terapia intensiva de la clínica Metropolitana, por si quería visitarlo. 
Tan cercana que había sido del Gordo en mi juventud, tan distanciados que estuvimos durante años, tan mala que soy para afrontar el dolor de lo inevitable. El remordimiento me quedará mientras viva. Dudé en visitar al gordo, si valía la pena, seguía vivo pero él ya no estaba, quizás mañana. No hubo mañana, al gordo le dio un infarto y murió antes de que llegara su madre de España. Amigos del Atajo, hasta los que tenían décadas sin verlo y no llegaron a hacer las paces, lo fueron a visitar esa última tarde a terapia intensiva, él estaba inconsciente, así fuera para agarrarle la mano y decirle lo mucho que lo quisieron, y todavía lo querían. 
 El Atajo en pleno se reunió en la Funeraria Vallés para despedir a nuestro Gordo, ninguno conocía a la ex-esposa. Nadie le daba el pésame porque ella discreta no asumió papel de viuda sino rol de mamá de su hija. Abrazamos y besamos a la niña, que tendría como 11 años, presentándonos como viejos amigos de su papá. A la niña se la llevaron temprano, regresaría al día siguiente para ir al entierro del padre. La mamá de Arturo estaba por llegar de España, iría directo a la funeraria, mientras tantos los deudos éramos nosotros, sus amigos de juventud, nos dábamos el pésame los unos a los otros. Hoy la recuerdo en medio de la tristeza como a una gran fiesta de despedida al Gordo, como pienso que a él le hubiera gustado, alegre, cero intensidades. 
María Elisa me contó que Arturo tenía graves problemas cardíacos, de eso se enteró en la clínica, que estaba en una lista de transplantes de corazón, el ACV se le adelantó. Por lo visto Arturo quiso regresar a sus amigos de siempre, buscándola a ella, la más incondicional de sus amigas, para no morir solo. 
El ambiente era triste y divertido a la vez, teníamos tantas anécdotas de Arturo que compartir que gozamos intercambiándolas, parecía una fiesta de panas a principios de los años 80. Solo faltaba que pusiéramos la música de Kool & The Gang. No faltaron colegas de la medicina que conversaban entre ellos, seguro recordando los buenos tiempos con Arturo, qué vaina que se hubiese muerto de apenas 47 años -por fin le descubrimos la edad- .
Solo un personaje en ese velorio no me lograba cuadrar, como si hubiese llegado temprano al próximo entierro: un calvo sentado en un banco con la cabeza gacha, como rindiendo privado homenaje al difunto. A nadie saludaba, nadie lo saludaba. En ese ambiente un poco de fiesta como suelen ser a menudo los velorios caraqueños, fiesta que estoy segura que El Gordo cual Maelo habría disfrutado, ese personaje me llamó la atención, su cara me era familiar. ¿Sería o no sería? Chica es que se parece,  ¿ese calvo cabizbajo acaso no era el indiferente escritor en el Spizzico? ¿Mi vecino de columna en Papel Literario? ¿El mismísimo vilipendiado rector del CNE? 
Frasquitera hasta en los velorios, como por fin lograba una definitiva empatía con quien creía era Jorge Rodríguez, el mutuo afecto por el amigo muerto, como repito ni siquiera en el año 2003 se veía venir que a quien pensé tener enfrente sería uno de los protagonistas de una Dictadura que habría de sumir a Venezuela en la mayor de las miserias, quise acercarme al amigo de mi amigo, que nuestro mutuo afecto sirviera de puente de tolerancia y entendimiento, como homenaje póstumo a Arturo, saludarlo, saber cómo lo conoció, cuánto lo apreciaba como para ir a un entierro al que no tenía a quién darle el pésame, y en el que ya por esa división política que apenas comenzaba a germinar, se arriesgaba a pasar un mal rato. 
Pero volvió a ser tarde, cuando lo busqué con la mirada, ya el calvito no estaba, y todavía tengo la duda si en verdad sería él.

Lo que si estoy segura es que hoy siquiera pensar en semejante acercamiento sería inconcebible porque desde entonces, usando su metáfora, demasiados ríos hechos de lágrimas han corrido en esta revolucionada Venezuela. 


lunes, 29 de enero de 2018

De Elegible a la Caja de Botones de Gwendy






Perdonen a los que les fastidia cuando las intensidades se dedican a los libros, pero este año como terapia ocupacional seguiré el ejemplo del escritor inglés Nick Hornby, quien desde 2003 -no sé si todavía- hace un recuento mensual de los libros comprados y los leídos, que rara vez son los mismos. No son análisis literarios sesudos, solo un viaje emocional sin mayores pretensiones que las de un lector ecléctico llevar un orden de su dispersa bitácora literaria

Hornby hace un balance de los libros comprados y de los libros leídos, yo arranco solo con los leídos:

*Eligible (The Austen project #4) - Curtis Sittenfield (digital)
*Robert Altman (la historia oral)- Mitchel Zuckoff (digital)
*Nothing to envy: ordinary lives in North Korea- Barbara Demick (Digital)
*Dinner at the Homesick Restaurant- Anne Tyler (Digital)
*My not so perfect life- Sophie Kinsella (Digital)
*La flor púrpura- Chimamanda Adichie Ngozi  (Digital)
*El amor en los tiempos del cólera- Gabriel García Márquez (Digital)
*My ideal bookshelf de Thessaly LaForce (Impreso)
*The Vanity Fair Diaries de Tina Brown (impreso)
*The namesake de Jhumpa Lahiri (Digital)
*Gwendy´s bottom box de Stephen King y Richard Chizmar (Impreso)
*45 Master Characters: Mythic Models for creating original characters de Victoria Lynn Schmitd (Impreso).

 Es la cosecha lectora de enero 2018, once libros en total, un mes bueno en cuanto a lectura se trató, la mayoría de los libros leídos en formato digital, algunos empezados hace meses, una sola relectura: El amor en los tiempos del cólera, que me gustó más que la primera vez que lo leí a los 21 años, mas allá de ciertos detalles comentados en Los Botoncitos.
La primera lectura del año fue pensada para el chinchorro en Margarita: Eligible, versión contemporánea de Pride and Prejudice de Jane Austen; no tenía mayores expectativas más que pasarla bien sin usar muchas neuronas, tampoco es que hacen falta, pero se pasa el rato sin remordimientos intelectuales al leer esta historia de las hermanas Bennet, ya rondando los cuarenta, viviendo en Nueva York, nativas de Cincinatti, a donde tienen que regresar para solucionar los entuertos de los papás y de las insufribles hermanitas.  Mr Bennet un neurocirujano tan insoportable y guapo como el original.
No corrí la misma suerte con My not so perfect life de Sophie Kinsella, la compré porque estaba en descuento, porque fue uno de los favoritos de los lectores de GoodReads del 2017, y porque me divirtió Confesiones de una Shopaholic de la misma autora. Pero esta historia que se origina de una simpática premisa: alguien que se fabrica una vida ideal por Instagram, se cae en las primeras páginas y se termina de leer por inercia.
Dinner at the homesick Restaurant es una de las novelas más famosas de una de mis escritoras favoritas, Anne Tyler, pero esta historia de una familia disfuncional a lo largo de varias décadas no me pareció una de sus mejores novelas, a lo mejor en su momento fue la que le estableció por donde iría su estilo de retratar la vida cotidiana de gente común en su nativa Baltimore.
Dos excelentes novelas leídas este mes de dos escritoras jóvenes que hoy están entre mis favoritas: The namesake y La Flor púrpura. The Namesake es la radiografía de una familia hindú en los Estados Unidos, de cómo los padres nunca terminan de asimilarse mientras los hijos se hacen parte de la cultura norteamericana. Mi novela favorita leída este mes, y seguro que una de las de este año, es La Flor Púrpura, la primera novela de la nigeriana Chimamanda Aduchie Gnozi, sobrevivir dos tiranías, la que te impone un país revolucionado, y la que te impone un padre que aún luchando por los sueños libertarios, resulta ser el peor de los tiranos con su familia.
Gwendy´s bottom box es un divertimento de King, una novelita que se lee en dos horas, más de fantasía que de horror.
Cuatro libros de no ficción leídos este enero: la biografía oral de Robert Altman que al principio iba a ser una biografía autorizada de Altman, o un libro de entrevistas con el famoso director de Mash, pero Altman murió y el autor decidió terminar lo empezado con una pequeña ayuda de los amigos de Bob, contando la historia que va desde que filmaba películas caseras con sus hermanas hasta Gosford Park. Lectura grata para los amantes del cine de Altman.
My Ideal bookshelf es uno de esos libros de mesa que uno compra porque son bonitos, que de vez en cuando se ojean, una noche me senté y lo leí de un tirón comparando gustos entre los estantes ideales de escritores, músicos, artistas y diseñadores. Autores y libros que se repiten en estos estantes ideales: Joyce, Murakami, Borges, García Márquez, Joan Didion, Foster Wallace, Carver, Updike, El Principito, Fitzgerald, Tobias Woolf, Rushdie, Graham Greene, Hemingway, Virginia Woolf, Middlemarch...
Los Diarios de Vanity Fair a ratos me divertían a veces me parecían de una frivolidad insoportable, lo que no los encontré fueron naifs como deben ser los diarios, se le nota demasiado las costuras de la edición a Tina Brown rememorando cuando siendo una joven editora inglesa, sacó a flote la que sería, y sigue siendo, una de las mejores revistas de las últimas décadas.
Termino este recuento con otro de mis libros favoritos leídos este mes, Nada que envidiar, vidas comunes en Corea del Norte; comprado por carambola en una de esas ofertas en Amazon, este libro para quien vive en la actual Venezuela, hay que leerlo con Alpram, la historia oral de varios emigrantes coreanos que lograron escapar de una de las más terribles dictaduras comunistas, dictadura que ha logrado sobrevivir, en medio de la más grande hambruna y retroceso,  a tres dictadores de la misma dinastía.

Ya veremos si seguimos en febrero con este recuento literario

 PD: Tras escribir esta intensidad  agregué un doceavo libro a la cuenta de libros de enero: 45 Master Characters.... leído en dos sentadas, sobre la clasificación de distintos arquetipos para construir personajes basados en los dioses griegos.  De amena lectura pero ante clasificaciones tan encajonadas cuesta entender la diferencia entre arquetipo y estereotipo que maneja la autora.


miércoles, 24 de enero de 2018

Los botoncitos


Releyendo El Amor en los Tiempos del Cólera de Gabriel García Márquez, casi al final de la novela despertó un recuerdo de la más temprana pubertad: de niña me sentía a mis anchas en el club, andaba sin supervisión por sus instalaciones. A los señores que jugaban golf con mi papá los sentía mis tíos, a las señoras que se bronceaban en las sillas de extensión con mi mamá eran como mis tías, y los niños que comparábamos saltos en los trampolines de la piscina -siendo yo la más cobarde a la hora de saltar- eran como mis primos. Como nunca fui del tipo campamentos de verano, ni mi familia de viajar en agosto, mis vacaciones escolares las pasaba feliz en el club al que sentía una divertida extensión del hogar. 
Ustedes dirán que esta intensidad les recuerdo mas bien a Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique, y así era, hasta que una mañana, no tendría yo más de doce años, mi mamá se encerró en el cuarto para hablar conmigo, no quería que mis hermanos escucharan la conversación. Sin mayor dramatismo me pidió que no volviera andar sola de la piscina a las canchas y de las canchas a la piscina, podía hacerlo acompañada, pero sola, no.  Y que ya era hora de que empezara a usar sostén, aunque tetas, tetas, nunca me crecieron más allá de como le crecieron a Lisbeth Salander antes de operarse en La Chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. 
 Como todavía era una niña, de las que aun jugaba con Barbies, me extrañó por qué el club, en el que me sentía segura como en mi casa, ya no lo podría sentir así. Mi mamá me preguntó si el día anterior no recordaba haberme encontrado con un amigo de mi papá. 
Claro, con G. y lo saludé, como ellos me habían enseñado a saludar a los adultos conocidos. Estaba con otro señor, no me fijé bien en él,  no se fija una niña de doce años en un hombre que se aproxima a los cuarenta. Pues bien, muy apenado G. le comentó a mi papá que nos cruzamos en el club y cuando seguí mi camino el muy baboso de su amigo, comentó: 
"Qué teticas tan ricas, dan ganas de mordizquear esos botoncitos".
Según G, ahí mismo le dio un parado: "Respeta que es hija de unos amigos, además, ¿tu eres enfermo? Es apenas una niña". 
 El comentario de mis apetecibles "botoncitos" para mis padres fue como si les vertieran ácido en los oídos al oír referirse así de su muchachita. Para evitar más disgustos, G. prefirió no decir el nombre de quien comentó semejante babosidad, la idea no era llevar chismes, sino que yo estuviera pendiente. Le correspondió a mi mamá prevenirme de los hombres babosos, que mucho cuidado porque viejos verdes había en todos lados. Como en esta familia desde siempre evitamos intensidades, no tardé en volverme a sentir en el club a mis anchas, aunque ya no volví a ser la misma inocente pichoncita, cuando estaba en la piscina e iba a la fuente de soda a pedir un refresco o una ración de tequeños, procuraba ir con la franela puesta o tapada con un paño para no provocar pensamientos lascivos en ningún viejo cochino.


La anécdota de los botoncitos la recordé hace un par de años cuando durante la campaña presidencial en los Estados Unidos fueron desempolvados comentarios babosos del hoy presidente Donald Trump con respecto a diversas mujeres -por lo menos no respecto a ninguna niña- , que sus apologistas entonces excusaron como típica conversación en la intimidad de cualquier locker de caballeros, conversación que, supuestamente, no debería salir de ahí. 

También recordé los botoncitos cuando le pregunté a un conocido intelectual cómo le había ido en una charla que dictó para alumnos de cuarto y quinto año del colegio donde estudiaban mis hijas, y me respondió que perturbado ante los picones de las minifaldas de las colegialas que dejaban asomar sus apetecibles muslos adolescentes 

Guarro.

Pero pocos años después de ese primer encuentro con un viejo verde, en el año 1979, no me horroricé cuando vi Manhattan de Woody Allen en el cine, más bien me encantó con la música de Gershwin,  Nueva York filmado en blanco y negro como si se tratara de postales, con los siempre ingeniosos diálogos del creador de Annie Hall. Aunque el mismo Allen opina que Manhattan dista de ser la mejor de sus películas, no recuerdo que ningún crítico en ese entonces pareciera cuestionar moralmente que el principio de la historia tratara sobre un intelectual de cuarenta y dos años con una amante de diecisiete, un año más de los que tenía yo cuando la vi.  
 Lo único que no me cuadraba era cómo un mujerón como la dulce chica interpretada por Mariel Hemingway, podía ser creíble sufriendo de amor por un viejo tan feo y neurótico como el Isaac Davis de Woody Allen. 
 Si mal no recuerdo a finales de los años 70 no era escandaloso el amor entre una adolescente y un hombre de mediana de edad, tampoco era tan común como en la época de nuestras abuelas que se casaban a media adolescencia con hombres hasta más de veinte años mayores que ellas con el beneplácito de sus familias. En mi adolescencia caraqueña salíamos con chicos no más de tres años mayores que nosotras, raras veces un poco más. Aunque siempre hay la excepción: tenía una amiga que a los 14 años se consiguió un novio que le doblaba la edad. No era la envidia de nadie, a mi me parecía como loco andar con un viejo de casi treinta años, a los papás de ella también, pero como les  dio la impresión de ser un buen tipo,  aceptaron el noviazgo, que si mal no recuerdo, duró como dos o tres años, antes de llegar a su fin.

En este año 2018 si una chica de 14 años se presenta en casa con un novio de 28, en el acto sería acusado de corrupción de menores. En los Estados Unidos iría preso. 

Treinta años después Manhattan es señalado por los detractores de Woody Allen como posible prueba de su gusto por las niñas, cuando en su momento nadie dijo ni "ñ". A mi me sigue gustando mucho la película y a Allen le sigo otorgando, lo que la escritora Margaret Atwood llama: "la presunción de la inocencia". 

Por eso evoco la anécdota de los botoncitos releyendo el último capítulo de El amor en los tiempos del cólera, porque recuerdo que cuando la novela salió publicada en el año 1985, no levantó más reacción que convertirse en un best seller instantáneo, una rareza editorial alabada por el público y por la crítica. Yo tendría 21 años la primera vez que la leí, no una niña, ni siquiera una adolescente, pero tampoco una mujer. 
De eso me doy cuenta hoy porque la primera vez que leí El amor en los tiempos del cólera no entendía mucho a qué se refería García Marquez, a quien admiraba - y sigo admirado- tanto, cuando escribía sobre la diferencia entre "el amor de la cintura para abajo" y "el amor de la cintura para arriba".  
A mis 21 años, ingenua de mí, pensaba que el amor solo podía ser de cuerpo entero, nada de mitad y mitad. Aunque la insensible de Fermina Daza hubiese cambiado el amor de Florentino Ariza por una conveniente unión con el doctor Juvenal Urbino, pero si él juró amor eterno hasta que la señora de Urbino estuviera disponible otra vez, así pasaran décadas para que el buen doctor lo buscara la parca, cómo era posible que mientras tanto, el otrora telegrafista fuera un consumado seductor. 
Más de treinta años después de esa primera lectura, cuando me pensaba exenta de inconvenientes puritanismos, disfrutando de la novela de García Márquez como no la disfruté la primera vez que la leí, no pude evitar escandalizarme poco antes del romántico final de la novela, cuando se narra el último amor de cintura para abajo de Florentino, pasados los setenta años, al decidir darse un gusto tras la llegada al pueblo de América Vicuña, inocente colegiala de trenza y medias tobilleras, a quien el vejete prometió cuidar, y vaya forma de cuidarla.
No recuerdo que esta parte de explícita pedofilia, detallada de manera perturbadora por García Márquez, hubiese causado mayores rubores cuando salió la novela, pienso que entonces quien  señalara al fogoso Florentino como a un vil seductor de niñas hubiese sido acusado al instante de mojigatería.
Este año 2018 de movimientos y contramovimientos feministas para enfrentar el acoso sexual, quizás no sea el mejor momento para leer la seducción de la púber América Vicuña, no recordaba esa parte de la novela de García Márquez, leerla fue como agarrarme el dedo con una puerta, una mezcla de dolor y grima que me ha costado terminar la novela que tanto estaba disfrutando. 
Trato de convencerme de que en la literatura, como en el arte, nada peor que moralismos retroactivos. Pero me pregunto si en estos años de despertar contra el abuso sexual hubiese sido posible que   García Márquez publicara como parte de un simpático recorrido erótico, eso de un septuagenario galán besándole "la cuquita" a una niña. 

Como bien me enseñó mi madre, viejos verdes hay en todos lados, hasta en las novelas de García Márquez. 

miércoles, 10 de enero de 2018

Bitácora de Lecturas 2017



En  2017 en el reto de Goodreads me propuse leer cien libros, cifra ambiciosa que quizás logré cumplir gracias a los insomnios y los cuatro meses de intensa angustia política que vivimos los venezolanos de marzo a julio entre marchas y plantones, ¿qué mejor escape a tanta realidad nacional que perderse en un buen libro? Y aunque tengo un pana que opina que esto de hacer listas es de doñas, doña seré porque aquí va la mía de las veinte lecturas favoritas de un año en el que fue tan difícil concentrarse: 

Ficción:

 1- A book of American Martyrs de Joyce Carol Oates (2017): la prolífica escritora norteamericana comienza el año 2017 con un tema controversial: el aborto, novela narrada desde el punto de vista de dos familias: una con un padre médico que hace su apostolado practicar abortos seguros a pesar de las amenazas de los fanáticos religiosos contra los "baby killers", y otra con un padre ultraconservador dispuesto a todo por defender aquellos angelitos a quienes se les niega la oportunidad de nacer.  

2-Medio Sol Amarillo (2006) de Chimamanda Ngozi Adiche: descubrí a esta escritora nigeriana el año pasado gracias a Americanah, Medio sol amarillo es su segunda novela, la que la dio a conocer, la historia de dos hermanas que de manera diferente viven el proceso del surgimiento y caída de la efímera República de Biafra. 

3-Noticias de la noche (1995) de Petros Markaris: este escritor griego fue mi primer descubrimiento de novela policial de 2017, ya no recuerdo mucho de qué iba la historia, pero si recuerdo que me encantó, sobre todo el ambiente de decadencia en la Grecia moderna. Vaya que si uno lee 100 libros en un año, no todos quedan tan frescos en la memoria. 

4- HHhH (2011) de Laurent Binet:el típico caso del ebook que compré sin saber de qué se trataba solo porque estaba en oferta en Amazon Flash, me llamó la atención el tema, y me encantó la novela. Esta ópera prima del francés Binet trata sobre la operación Antropoide: misión suicida de un rebelde checo y otro eslovaco, entrenados en Inglaterra, quienes descienden en paracaídas a la Checoslovaquia bajo el yugo nazi para atentar contra el hombre del corazón de hierro: Reynhard Heydrich. En medio de la narración histórica surge los dilemas del escritor moderno para narrar una historia tan abominable, sin caer en intensidades. 

5- La literatura Nazi en América (1996) de Roberto Bolaño- a menudo sin querer gravitamos sobre un tema, el año 2017 me pasó con las ramificaciones del nazismo, esta colección de cuentos del chileno Bolaño son geniales, me puso a dudar si este peculiar gremio de escritores realmente existió. 

6- Una llama misteriosa (2013) de Philip Kerr: el escocés Kerr fue mi segundo descubrimiento del año 2017 en materia de novela negra, al igual que la colección de cuentos de Bolaño, en esta su quinta novela del detective Bernie Gunther, la historia involucra a los nazis en Argentina. Gunther sigue el estereotipo de detective: solitario, cínico, con poca suerte con las mujeres; lo que lo hace original es el contexto histórico: un policía en la Alemania Nazi, cumple con su trabajo de resolver crímenes, pero abomina del nazismo, aunque a menudo se vea obligado a trabajar con la SS. Del mismo autor también leí este año Praga Mortal, que me reconecta con la historia narrada en HHhH: Heydrich invita a Gunther a Praga para que lo ayude a resolver un crimen, sin imaginar que la próxima víctima será él. 

7- Behold the Dreamers (2016) de Embolo Mbue: Otro tema en el que gravité en el 2017, tema que ya casi es un género de la literatura norteamericana, es el de aquellos inmigrantes en los Estados Unidos a los que tanto les cuesta alcanzar el sueño americano. En el caso de esta primera novela de Mbue, joven autora nativa de Camerún, trata sobre una familia de inmigrantes africanos de complicado estado migratorio, y su relación con una adinerada familia neoyorquina en vísperas de la crisis económica de 2007. 

8-The leavers (2017) de Lisa Ko: toca el mismo tema de los sacrificios que conlleva aferrarse a las migajas del American Dream, en el caso de esta familia china de inmigrantes, la suerte, o la mala suerte, conspira para separar al pequeño Deming Guon de su madre, quien termina de ser criado por una bien intencionada pareja de académicos, que por más que lo intenten, son incapaces de llenar el vacío de identidad que marca a quien en su nueva vida se llamará Daniel.

9-Unaccostumed Earth (2008) de Jhumpa Lahiri: mejor suerte en la adaptación al Sueño Americano, sin prescindir de su cultura, tienen los protagonistas de la colección de cuentos de la escritora inglesa de origen hindú que este año se convirtió en una de mis nuevas escritoras favoritas. 

10- Patria (2015) de Fernando Aramburu: Fue de los libros que más me apasionó en el 2017, de nuevo las historias de dos familias se cruzan cuando una sociedad, en nombre de una ideología, llega a justificar y hasta celebrar la muerte de inocentes, y satanizar a las víctimas y a sus familias. 

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Mención especial a las últimas dos novelas del Cuarteto Siciliano de Elena Ferrante, de las que ya comenté en el recuento 2016, 
y Handsmaid Tale, pero este año gracias a la mini serie de televisión medio mundo descubrió a Margaret Atwood y a Handsmaid Tale, así que no tiene gracia.  
También me gustaron Berta Isla de Javier Marías, El Informante de Javier Cercas y Judas de Amos Oz. 

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No Ficción: 

1- Libro de Crónicas (1998) de António Lobo Antunes: Durante años estuve suscrita al País Digital -cuando era pago- principalmente para leer las crónicas de Lobo Antunes. Qué delicia de prosa. Hace años el escritor portugués dejó de escribir para El País, con esta primera colección sobre temas variados me di un banquete, recordé porque lo amaba tanto, queda pendiente el segundo libro de sus crónicas. 

2- Voces de Chernóbil (1997) de Svetlana Alexievich: Cuando le dieron el Nobel a la periodista ucraniana se originó la controversia de si los miembros de la academia sueca habían flexibilizado demasiado los límites de la literatura otorgando el premio al periodismo. Al leer Voces de Chernobyl se olvida de inmediato ese prejuicio, Alexievich recopila una serie de testimonios de quienes vivieron y sufrieron el mayor desastre nuclear de la historia, el resultado es un libo importante, hermoso, estremecedor, me acordó en su impotencia a otro libro testimonial escrito por un periodista que narra los desmanes del régimen soviético: Vida y Destino de Vasili Grossman. 

3- Sobre la tiranía: Veinte lecciones sobre el Siglo XX (2017) de Timothy Snyder: Este es un pequeño gran libro, de apenas 130 páginas, casualmente lo leí en vísperas de que empezara la ola de protestas contra la tiranía en Venezuela, y me gustó tanto que le dediqué su intensidad. 


4- Bettyville (2015) de George Hodgman: Dejo de lado las intensidades políticas e históricas para entrar en un drama/comedia de la vida real al mejor estilo clase media americano, el autor narra la experiencia de cuando regresa de Nueva York donde vive, a su pueblo natal: Paris, Missouri, para ocuparse de su madre enferma, madre que lo adora pero es incapaz de aceptar y comprender la sexualidad de su hijo. 


5- Two Prospectors: the letters of Sam Shepard and Johnny Dark (2013) pocos meses antes de la muerte de mi ídolo Sam Shepard, conseguí en una librería en Buenos Aires una versión en español de la correspondencia que sostuvieron durante casi cuatro décadas estos dos extraordinarios amigos. Me habría gustado tenerla en inglés, pero no sabía ni que existía, es una belleza de libro tanto por el contenido como por el diseño gráfico repleto de fotos. 

6- Sam Shepard, a life (2017) de John Winters: también meses antes de la muerte de Shepard, salió publicada esta interesante biografía que resume la vida y obra de quien fuera uno de los principales dramaturgos americanos de los últimos tiempos. tras la muerte de Shepard, me basé en este par de lecturas para dedicarle su intensidad póstuma

7- The Complete Persepolis (2003) de Marjana Satrapis: aunque había visto la película, me enamoré  de la novela gráfica que incluyo entre los mejores libros de no ficción leídos este año como la memoria ilustrada de una irreverente joven persa en medio de los cambios vertiginosos en la Irán contemporánea que pasa de imperialista, a revolucionaria, a fundamentalista. 

8- Revolution for dummies: Laughing through the arab sping (2017) de Bassem Yousseff- quizás por vivir en semejante anarquía, me atraen las historias de experiencias similares de locuras de país como la que narra Yousseff, locutor que se dio a conocer como el Jon Stewart egipcio, quien le resta todo romanticismo a lo que se conoció como "la primavera árabe", que para el autor hoy exiliado en los Estados Unidos, no fue más que cambiar una forma de totalitarismo por otra. 
9- Roth Unboud (2011) de Claire Roth Pierpoint- a pesar de compartir el apellido, la autora de esta biografía intelectual de otro de mis ídolos, no es familia del escritor de la Pastoral Americana, pero si contó con el visto bueno del escritor quien se prestó a compartir en detalle vivencias y documentos sobre su vida y obra. Tanta proximidad para escribir una biografía, podría desembocar en una halografía, pero en este caso no lo es quizás porque el enfoque principal es más en la obra que en la vida de Roth, aunque en su caso vida y obra tengan mucho que ver. 


10- Journalistas: 100 hundred years of the best writing and reporting by women journalistas (2005) de Eleanor Mills: Esta recopilación de crónicas la tengo desde hace más de diez años agarrando polvo en la biblioteca hasta que llegó su hora de leerla, está dividida temáticamente: feminismo, política, sexo e imagen, crimen y castigo, emancipación, hogar; desde los despachos de guerra Martha Gellhorn, hasta cómo una serie como Sex and the city puede ser un bastión del feminismo según Naomi Woolf. Una joya de libro a pesar que no todas las crónicas brillan igual, se encuentran tan variadas plumas como Susan Sontag, Camille Paglia, Erica Jong, Pauline Kael, Anne Tyler, Eleanor Roosevelt, Joan Didion y Dorothy Parker.

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Uno de mis placeres pulposos son las memorias y biografías de celebridades, me entretienen un quintal, en 2017 leí sobre Tony Bennet, Prince, Carly Simon, Meryl Streep... curiosamente este año la que más me gustó fue It's a long story, my life (2015) de Willie Nelson; no me pregunten cómo llegué a ella porque Nelson como artista jamás me ha interesado, no sigo la música country, pero sus páginas muestran una vida bien vivida de un hombre sencillo, amante de la música y de la marihuana, de su familia, de las mujeres, un tipo cándido, que a pesar de tener una vida intensa, parece haber vivido bajo el credo de evitar intensidades.  

martes, 19 de diciembre de 2017

El cambio tiene que llegar (pero cuándo)


¿Quién en su sano juicio que no fuera alto enchufado a la teta chavista podía estar conforme con el status quo de un país donde los niños se mueren de hambre y los viejos, y no tan viejos, mueren ante la falta de medicamentos?
Cientos de miles de venezolanos marchamos casi a diario durante cuatro agitados meses a pesar de que las fuerzas del Estado lejos de amilanarse ante el descontento, se ensañaban más, por eso, por lo menos yo, quizás no tenía mucha fe en que los militares se fueran a voltear porque son parte interesada de la Dictadura, pero, ¿qué venezolano de a pie podía sentirse conforme con ver a Venezuela convertida en el país más miserable de America Latina, y uno de los más miserables del mundo?
Por eso si con algo contaba era con el apoyo popular... y un cambio tendría que llegar... pero caramba, cómo tardaba ese cambio en ocurrir.
Una lluviosa tarde de julio, días antes de que las brujas del CNE impusieran la constituyente, en los momentos más intensos de la represión, cuando pensaba que el gobierno no podía estar más acorralado por el descontento popular, oí casualmente una conversa en el mercado de mi vecindario que me hizo caer la locha que hay a quienes les importaba un rábano estar en manos de un narcoestado, y quizás en parte por eso tendríamos Dictadura para rato.
Muchos saben cual es el mercado de mi vecindario, compran ahí y lo mío no es alimentar rencores, por eso llamaremos al deslenguado Juan Bimba, quien opinaba a voz en cuello, sin importarle que muchos de sus clientes eran de los no se perdían una marcha ni una concentración:
"Hasta que llegue uno de esos locos, como en los países árabes, tire una bomba, y ese poco de muertos, eso es lo que va terminar pasando".
Como doña metiche intervine en la conversación:
"¡Zape, ni dios lo quiera!".
El señor Bimba lejos de amilanarse, insistió:
"Es lo que hace falta, un poco de muertos, y esto se termina de acabar de una vez".
Para ser sincera este tipo de comentarios lo he oído también de la oposición, bastante que he leído en Facebook -sobre todo de quienes hoy viven a miles de kilómetros de Venezuela- que hasta que no haya "un poco de muertos", aquí no va pasar nada, así que no sabía mucho a que se refería el señor Bimba. 
Imaginé por dónde venían los tiros cuando concluyó: "Que se acabe como tenga que acabarse pero que lo dejen a uno trabajar en paz".
En ese instante pasé de ser la afable doñita a la escuálida a quien le tiembla la voz de la rabia: mientras cientos de miles de venezolanos nos estábamos jugando la vida en la calle para recuperar la Democracia en nuestro país, cuántos venezolanos como el señor Bimba se incomodaban por semejante lucha. Por eso insistí:
"¿Y qué hacemos? ¿Le terminamos de entregar el país a los militares?" .
"Con tal de que nos dejen trabajar en paz, si".
Antes de pasar al modo cuaima, preferí dejar de discutir, era cómo si me hubiese propinado un golpe en el esternón, me faltaba el aliento, tras casi cuatro meses guerreando me di cuenta que por lo visto algunos venezolanos como el señor Bimba les importaba un cuerno la ruptura del hilo constitucional, la represión, la escasez, la inflación, los treinta y ocho muchachos muertos, lo que que querían era regresar a cierta cotidianidad, a vivir en mansedumbre revolucionaria.
Dejé el carrito de compras a un lado y me marché dando tumbos, ¿qué mas se podía decir? En uno de los pasillos vacíos de productos me encontré con un vecino, viejo amigo de mis tíos, casi me le guindé a llorar contándole mi conversación, asombrada de que hubiese quien aspirara a una masacre con tal de que se acabara el fastidio de la protestadera que supuestamente tenía paralizado al país.
El vecino me consoló como pudo, me dijo que no le hiciera caso, que por supuesto todavía quedaban muchos creyentes en el culto revolucionario, eso no quería decir que eran mayoría, que ya vería yo como pronto saldríamos de esta tiranía, era irreversible el deseo de cambio, y que constituyente ni que constituyente, de ningún modo la constituyente iría, no tenían con qué, no me podía dejar deprimir por un fanático. Que si de algo podíamos estar seguros los venezolanos demócratas, es que somos mayoría.
Y todavía creo que los venezolanos demócratas somos mayoría, pero bajo el yugo militar y con todos los poderes secuestrados es difícil demostrarlo, seis meses después ante el aplastante triunfo chavista en las elecciones municipales es lógico preguntarse: ¿acaso hay manera de ganar una elección en Dictadura?

Lo último que supe del vecino optimista, es que está próximo a emigrar de Venezuela.

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Feliz navidad ,y que el año 2018 regrese la esperanza a nuestro sufrido país.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Uno que no se va



Ayer el banco estaba a reventar, tras un lunes bancario, hacía su debut el billete de cien mil bolívares, o "cien bolos", como muchos en la cola se referían a él sabiendo que este billete pronto estará tan devaluado como el de cien bolívares.

 Como tres personas detrás de mí, había lo que llaman un ·"pico e loro", un hombre que no paró de hablar, con una oralidad muy rica, sostuvo un monólogo los casi 45 minutos que pasamos haciendo cola, arrancó preguntando:

"¿Están dando el billete de cien mil bolívares? Después el problema es quien te lo cambie. Agarrando aunque sea fallo, mi pana. Pero da miedo andar con esos billetes por ahí. Hace un tiempo mi hermano cargaba 800.000 mil bolívares y lo agarraron en la calle tres Guardias Nacionales:
 -¿Dónde vas con esos reales, pajarito?-  le preguntaron.
Se los querían quitar, mi hermano no se dejó:
-Decomísenmelos, pero yo no se los voy a dar tan fácil.
Lo llevaron a una jefatura y le decomisaron el dinero, allá le dijeron que para devolvérselo le exigían una declaración firmada del banco explicando cómo había conseguido tal cantidad. Él la llevó.
¿Qué si le devolvieron los reales? Todavía no, lo más seguro es que ni se los devuelvan, pero ahí están los trámites que demuestran que se los quitaron".

(Por lo visto en esta Venezuela como que es ilegal andar con el equivalente a dieciocho dólares en efectivo). 


"Ya nada me extraña en este país, si esos bichos hasta me secuestraron la moto. Una mañana se la robaron, y como cuatro horas después, me llamaron para decirme que había aparecido. ¿Cómo supieron mi nombre y mi número? Ahí está el detalle, me dijeron aquí tenemos su moto, estamos en el centro comercial tal, tráigase un millón de bolívares. ¿Qué iba a hacer yo? ¿A quién le pongo la denuncia si ya sabemos quienes son los ladrones? No me quedó otra que levantar ese millón, llamé a mi papá, a mi mamá, a mis hermanos, a unos panas, y lo conseguí, me devolvieron la moto. Saben lo que me dijeron por teléfono que los iba a reconocer para darle los reales: Somos tres policías nacionales.
Estamos jodidos hermanos, estamos jodidos, hace poco frente a mi agarraron a tres chamos, no estaban haciendo nada, los pusieron contra la pared, y les quitaron los celulares. Así tan fácil, se los tumbaron. ¿Y qué podían hacer los chamos? ¿A quién le ponen la denuncia?".

(A los mismos a quienes fueron a ponerle la denuncia tanta gente que fue despojada de sus celulares por los GN y la PN en las protestas de marzo-julio).


"Sí, las cosas están muy mal en Venezuela, a unos cuantos los tienen engañados que se está luchando para impedir la invasión yanqui, pero ¿acaso no estamos invadidos? Estamos invadidos por los cubanos, los rusos y los chinos; y todavía hablan de la invasión yanqui. Estamos mal, mal, mal, y qué vamos a hacer, ¿echarnos a la calle? ¿para qué? ¿pa' que nos maten? Yo no me quiero morir".

(Nadie se quiere morir, por eso se acabaron las protestas en la calle, la cruenta represión militar lo logró). 


"Mi familia es de policías, mi papá era policía, un policía honesto. Esas cosas no pasaban antes, por lo menos no así. De bolas que había sobornos pero no era tan fácil asumir si un policía podía ser honesto o no, hoy se da por sentado que no. Y ojalá fuera cuestión de sobornos, hoy a quien más le tenemos miedo es a la policía, como si estuvieran ahí para robarnos. Por eso la gente se está yendo de Venezuela, así se fue mi primo, con su título de Ingeniero, se fue a vivir a Chile. Para lo que sirvió el título, para un caraj, no consiguió trabajo en ningún lado. ¿Saben lo que hizo? Se sacó la licencia de taxista, ahora mi primo el Ingeniero maneja en Santiago un taxi hasta las cuatro de la tarde, después se va a un restaurante a trabajar como mesonero.
¿Ustedes saben por qué lo hace? Porque allá vive con lo mínimo que puede vivir, y le da para mandarle 250 dólares a la familia, con 250 dólares en Venezuela su familia vive bien. Aquí en Caracas un par de Adidas está costando cuatro millones de bolívares, ¿quién gana cuatro millones para comprarse unos zapatos de goma? ¡Nadie! Antes uno esperaba diciembre para comprarse los estrenos, ¿hoy quién tiene dinero para comprarse ropa nueva? ¡Nadie! Si ni tenemos para las hallacas. Pero yo no me voy, mi hermano, yo para estar pasando trabajo en otro lado, me quedo pasando trabajo en mi país, ya veré qué hago, comeré yuca y sardinas,
pero yo no me voy de aquí".

(Nota para el futuro: el dólar en el mercado negro está en 44 mil bolívares por dólar, hasta la semana pasada en los bancos no estaban dando por taquilla más 10 mil bolívares en efectivo, es decir, veinticinco centavos de dólar).