miércoles, 6 de enero de 2016

La profecía de Laurita


No tuve la suerte de tener hermanas, pero si tuve la suerte de tener dos grandes amigas que en mis años universitarios fueron como dos hermanas mayores: Esther y Laurita. Aproximadamente diez años mayores que yo, sin conocerse entre sí, cada una a su manera me acogió bajo su ala siempre dispuestas a aconsejar a esta despistada muchachita en cuestiones de amor y otras menudencias. Hablo de ellas en pasado porque además de coincidir en su amistad conmigo, en que ambas eran geminianas, muy amigueras, que amaban la vida, también coincidieron en que murieron hace poco, con un año de diferencia, tras batallar con dos tipos distintos de cáncer a los que dieron valientes la pelea. 
Hasta ahí las semejanzas porque Esthercita era una mujer que se enorgullecía de su sencillez, en cambio Laurita siempre se enorgulleció de su condición de princesa valenciana. Sobre Esther escribí a raíz de su muerte en el año 2013. A Laurita tras su muerte en agosto de 2014 le quedé debiendo su intensidad, no sé si porque estaba de viaje cuando sucedió, o porque me negaba a recordar a esa amiga con quien tan buenos momentos compartí, con un opaco obituario. 
Y así pasó el tiempo, debiéndole su intensidad a Laurita, hasta que ayer cuando se juramentó Henry Ramos Allup como presidente de la Asamblea Nacional no pude evitar pensar, como seguro estarían pensando sus numerosas amigas, lo que habría gozado este momento histórico mi pana Laurita, si es que no lo estaba gozando desde el cielo. 
Porque Laurita fue la primera esposa de Henry, y Henry fue el primer esposo de Laurita. 
Qué confianzuda, llamar Henry al actual presidente de la Asamblea Nacional a quien jamás he visto en persona. Cuando conocí a Laurita, Ramos Allup era parte de su prehistoria, corría mediados de los años 80, la linda valenciana se había divorciado por segunda vez, vivía sola en un pequeño apartamento en La Alta Florida y al igual que esta estudiante de la Escuela de Arte, orbitaba por los predios del Taller del Actor de Enrique Porte.  
Jamás me habría atrevido a decirlo en su cara porque no me lo habría perdonado, pero Laurita como que tenía un talento para la actuación similar al mío, pero Enrique nos consideraba sus amigas y de su esposa Rosa  -que era la tercera pana de nuestro triunvirato-, y nos invitó a participar en el primer espectáculo de Yordano en el Teatro Teresa Carreño, solo que tras bastidores: Laurita se encargaría del vestuario, y yo acompañaría en la cabina de luces a Rhazil Izaguirre para ver si aprendía algo.
No es necesario volver a narrar la emoción de tener la oportunidad de participar en la puesta en escena de ese primer espectáculo solo de Yordano en el TTC, ya lo he contado varias veces. Laurita por muy princesa valenciana que fuera, no era ajena a la euforia compartida, por eso cuando le perdió la pena a Yordano, a quien todos le perdimos la pena rápidito porque ahí mismo se hizo parte de la familia escogida del Taller del Actor, Laurita le pidió que la primera noche en el Teresa Carreño cuando cantara eso de "princesa de mi corazón", le dedicara una mirada fugaz, no porque pretendiera ser la princesa del corazón de Yordano, sino porque ella era la princesa por excelencia. Pero Yordano, que siempre ha sido como es, se le olvidó, o no la miró quizás pensando en otra princesa de su corazón.
Algún día le pregunto si se acuerda para que me aclare ese misterio.
Más de un enamorado le habría cantado a la rubia Laurita "princesa de mi corazón" sin pensarlo dos veces porque era linda como una muñeca, en esa época andaba por la mitad de la treintena (como buena princesa no confesaba su edad), pero no parecía mucho mayor que yo que andaba por los 23. Nos pidió a Rosa y a mí que la acompañáramos a RCTV en el edificio en de Bárcenas a Río para pedir en vestuario no sé qué prenda que pensaba usar para el concierto de Yordano. Las puertas de Radio Caracas siempre estaban abarrotadas de fans en caza de autógrafos de cualquier famoso que pudiera entrar o salir del canal. A pesar de que Laurita iba de blue jeans y zapatos de goma como nosotras, y tampoco era una mujer alta y llamativa como una Miss, soy testigo de cómo cuando llegamos decenas de muchachas la rodearon pidiéndole su autógrafo aunque nunca figuró en televisión. A mi y a Rosa Elena ni nos volteaban a mirar la horda de fans, por eso podíamos vacilarnos cómo gozaba Laurita firmando autógrafos. Recuerdo oir cuando una chica le preguntaba a otra:
"¿Y ella en qué novela sale"?".
"No sé, pero es tan bonita que debe ser alguien". 
Linda, simpática, con una chispa envidiable, su apartamento lo tenía como una tacita de plata siempre lleno de flores, excelente cocinera; Laurita era casi perfecta para sus amigas, solo una enorme intriga teníamos en su cuaderno de vida: ¿cómo carrizo había podido estar casada con un hombre como Henry Ramos Allup?
Ramos Allup en los años 80 era exacto a como es hoy día, solo que treinta años más joven: de grandes anteojos, el copetote y el mismito verbo capachero. Aunque Jaime Lusinchi estuviese entonces en el poder, y poco tiempo después Carlos Andrés Pérez habría de ser reelecto en su segundo período presidencial, el orgullo adeco estaba en franca picada y el diputado Ramos Allup parecía ser el último de una especie en vías de extinción. Ninguna de sus amigas caraqueñas -las valencianas de toda la vida tal vez lo entenderían- lográbamos comprender como una princesa como Laurita pudo haber estado casada con el último guerrero de Acción Democrática.
Laurita no renegaba de su pasado ni de su matrimonio con Henry, responsabilizaba el fracaso de su relación a que se había casado muy joven, a los 18 años, sin tener idea de lo que iba el matrimonio. Decía que Henry, a pesar de su imagen chabacanota, había sido un caballero con ella. Que el matrimonio no duró mucho en parte porque ella era muy joven y en parte porque tampoco tenía el talante para ser la esposa de un político, y ese era el apostolado de Ramos Allup. Siempre le conservó un gran afecto, y tenía en alta consideración a su nueva esposa Diana, tan bella como Laurita, que por lo visto compartía con Henry la vocación política de la que mi amiga carecía. 
En una ocasión estando mis padres de viaje me dio un virus estomacal, esos que duran 24 horas en las que una se siente morir, Laurita me fue a buscar y mientras yo echada en su sofá veía televisión, preparó un consomé de pollo no me fuera a deshidratar, y me obligó a tomármelo casi como si fuera mi mamá. Más restablecida nos pusimos a conversar cuando el diputado Ramos Allup salió en un avance del noticiero haciendo alarde de su verbo particular. La verdad que me costaba entender cómo Laurita, tan fina, había estado casada con ese señor. Laurita no sacaba el cuerpo al tema ni le parecía una indiscreción ni tampoco se justificaba, pero sí compartía una faceta más personal del Henry público que salía en televisión. Esa tarde me contó:
"No subestimes a Henry, vas a ver que va a llegar alto, tiene el olfato político, inteligencia y tesón, además hace tiempo una bruja le vaticinó que algún día llegaría a la posición más alta de poder en Venezuela". 
Si hace unos meses me hubieran dicho que Henry Ramos Allup ocuparía la presidencia de la Asamblea Nacional me habría reído, ni se diga hace casi treinta años, me parecía más probable encontrar vida en Marte. No era yo la que estaba divagando por efectos del virus estomacal, era Laurita. 
Por eso ayer cuando en su primer discurso como nuevo presidente de la Asamblea Nacional, Ramos Allup habló de buscar una salida constitucional a este gobierno que está llevando a Venezuela a un despeñadero; no pude sino recordar esa sopita de pollo, un de que vuelan vuelan, y la profecía de mi amiga Laurita. 


Tradiciones


Hay tantas tradiciones de navidad como familias que la celebran, estas tradiciones se van transformando con los años, por ejemplo en la Caracas de entre los años 60 y 70 del siglo XX en la que crecí, las costumbres navideñas de mi familia, cien por ciento criolla, eran más bien nórdicas puesto que mi mamá pasó buena parte de su infancia viviendo en los Estados Unidos. Por eso a nuestra casa nunca llegó El Niño Jesús sino San Nicolás, y el arbolito era el centro de la decoración navideña en lugar de el nacimiento como en casa de mi Tía Pimpa donde el pino estaba relegado a una esquina mientras el nacimiento abarcaba la mitad del salón. 
Hoy muchos familiares y amigos comienzan a adornar sus casas de navidad en noviembre, y dejan la  decoración hasta bien adelantado enero para disfrutarla lo más posible, quizás porque actualmente en las navidades quien pueda se va de viaje aunque sea unos días a la playa. Antes, por lo menos en mi niñez, en Caracas la Navidad y el Año Nuevo más que una temporada de asueto eran considerados como el esperado momento del año para la unión familiar.
Durante años la casa de mis padres fue punto de encuentro para celebrar tanto la Nochebuena como para recibir el Año Nuevo, pero a mi mamá no le gustaba decorar la casa desde temprano: el 16 de diciembre, que los niños salíamos de vacaciones, era el día en el que nos llevaba a escoger un pino verde y frondoso, y en la noche ya habíamos montado la Navidad, incluyendo el pequeño nacimiento al que no le faltaba ni la vaca ni el buey. 
En los días previos al 24 nos llevaban a los niños a la Casa Senior en Chacaíto, donde tras ver los juguetes, recibíamos una carta de la juguetería para llenarla y enviarla, en nuestro caso, a San Nicolás. En esa época la carta al Polo Norte la mandábamos por correo, que no era tan malo, nos consta que siempre llegó. Hoy por Facebook veo como los niños ya no confían en Ipostel y mandan sus cartas a San Nicolás o al Niño Jesús en globos de colores. 
Donde se imponía lo venezolano en mi familia era en las hallacas, las mujeres nos reuníamos para prepararlas como cinco días antes de Navidad siguiendo la receta de la abuela carupanera. Entonces cada familia tenía su propia sazón, hoy las hallacas se han homogeneizado gracias a la receta del libro rojo de Armando Scanonne. Siguiendo a don Armando durante años las hallacas nos quedaron deliciosas bajo el mando de mi suegra, pero tiene como tres años que no las prepara por diferentes circunstancias, yo pretendía tomar el timón este 2015, pero ante actual la escasez de alimentos en Venezuela, me dio angustia. 
Las Navidades de mis hijos han sido distintas a las de mi niñez en parte porque ya esa esencia de familia extendida se ha ido perdiendo y hoy quien pueda salir de Caracas en Navidad, sale, en nuestro caso la mayoría de las navidades han sido margariteñas donde al condominio playero San Nicolás llega en burro, y el año nuevo se recibe con un baño de mar. 
Han sido navidades a lo largo de más de dos décadas acompañadas por un desfile de distintos amigos, de ellos hemos ido adoptando nuevas tradiciones, sobre todo para esperar el Año Nuevo, tradiciones que cada vez son más difíciles de seguir. Por ejemplo para recibir el año 2016, alguien que me pase el dato ¿dónde podré conseguir en la isla lentejas para la prosperidad si en Venezuela los granos están más desaparecidos que el arroz? Y las doce uvas junto con las doce campanadas: ¿aparecerán en la isla si dicen que no hay ni refrescos? Correr con la maleta por el condominio, se hará el intento para que viajes no falten, aunque a como está el dólar también habrá que hacerlo con un dólar bajo el zapato, que como suele ser sandalias, probablemente se perderá en el jardín. Y las pantaletas amarillas, pues habrá que ir al Palacio del Blummer. 
La tradición que nunca falta ni en las Navidades de mi infancia ni en la actuales es esperar el año oyendo a Billo, y así anhelo recibir este comienzo de año 2016 en el que no importan las lentejas, ni la maleta, ni las uvas, ni la pantaleta amarilla; porque para millones de venezolanos el 2016 comenzará vislumbrándose por fin una luz en el túnel de la Democracia, y con la inmensa fe que más pronto que tarde Venezuela volverá a ser un país donde la paz y la prosperidad sean la norma y no la excepción. 



martes, 8 de diciembre de 2015

El mensaje que Maduro se niega a aceptar


Por primera vez en los 34 años que tengo votando, voté con la certeza de que esta vez mi opción en el tarjetón ganaría, tanto que puse a enfriar en la tarde una botella de proseco medio chimbo que me regalaron en mi cumpleaños. De haber imaginado la magnitud del triunfo, habría ido a Prolicor a comprar una botella mejor. Porque la única inquietud que tenía era la diferencia del triunfo de la tarjeta de esquina a la izquierda la de la manito, pero de que la opción de la MUD se impondría frente a las del oficialismo en la Asamblea, no me quedaba duda. 
El de la oposición en estas elecciones para elegir a los miembros de la Asamblea era un triunfo tan anunciado como lo fueron todos los triunfos electorales de Hugo Chávez. Para evitar la barrida de la oposición sus herederos trataron de revivir al Comandante como recurso electoral, de evocar su imagen como candidato a todos los curules de la Asamblea poniendo los ojitos vigilantes en sus múltiples opciones en el tarjetón, pero no les funcionó. 
No hay que ser politólogo para sospechar que el recurso de los ojitos de Chávez, ante semejante crisis, no iba a dar mayores dividendos. Me cayó la locha cuando cinco días antes de las elecciones me tocó el triste momento de ir al cementerio para dar el pésame por otra víctima de la violencia. En el trayecto de ida y vuelta de La Florida a La Guairita pasé por enfrente de Bicentenario, Gamma Express, Plaza, Luvebras, Locatel, Lux, Farmatodo... y en todos los establecimientos para comprar cualquier producto regulado que hubiese llegado, quienes tuvieran número de cédula correspondiente a comprar ese día, las colas salían a la calle y hasta daban la vuelta a la cuadra en algunos casos. 
No podía ser normal, me negaba a creer que el venezolano se hubiese acostumbrado sumiso, y hasta agradecido, que para comprar los productos de la cesta básica, aquello que en cualquier país que no esté en guerra sería entrar y salir del abasto sin mayor sacrificio ni de tiempo ni de bolsillo, para el venezolano común era un calvario que tomaba horas sin garantizar que se conseguiría lo que hiciera falta, y si alcanzaría el bolsillo para comprar lo demás.
La guinda de la torta fue cuando hace unas semanas el vicepresidente Arreaza decidió de repente regular el cartón de huevos, y los huevos desaparecieron, que era la única proteína que se estaba consiguiendo fácil en Venezuela ante la escasez de carne, pollo y el alto costo del pescado. Ahora para conseguir huevos hay que tener paciencia, suerte, o dinero de más para comprarlos a precio de mercado negro. 
Así que estaba segura que la oposición, o más bien el malestar de país, ganaría estas elecciones, pero asumía que muchos chavistas de corazón indignados por la actual crisis económica, sencillamente no saldrían a votar y las elecciones se ganarían con el voto de la oposición resteada. Ni en mi momento más optimista imaginé que la derrota del oficialismo para mandar de nuevo en la Asamblea iba ser tan avasalladora (67-33 y ese poco de votos nulos): no fue que el chavista light y el niní no fueron a votar, porque la abstención fue bajísima, muchos fueron y en lugar de apretar la opción de los ojitos, apretaron la de la manito. Sin quitarle mérito a la intachable dirigencia de la oposición este último año, pareciera ser un voto castigo en contra del actual estado de Venezuela donde reina la escasez, la corrupción, la represión y la violencia sin ningún tipo de mea culpa de aquellos que hoy gobiernan.  
La mayoría de los opinadores en Aporrea hacen un reclamo postelectoral ante el pésimo gobierno del heredero ungido y la corrupción que ha permitido, pero el discurso presidencial de reconocimiento de la derrota  la medianoche del domingo, y las patadas de ahogado de aquellos altos dirigentes ante la perdida de capital político acusando a la oposición de "ventajismo", de una futura "falta de equilibrio de poderes..."  como si el ventajismo y el desequilibrio de poderes no hubiesen sido característicos de los jerarcas de estos últimos 17 años; da pie a pensar que de Maduro y su combo no se podrá esperar ningún propósito enmienda.
Al oír como el presidente desencajado ante el aplastante resultado electoral que ha servido como un plebiscito de su gobierno, Maduro insiste en responsabilizar a la "guerra económica", como si él fuera la víctima y no el gran responsable de la crisis que hoy vivimos en Venezuela, queda claro que el otrora canciller no leyó el mensaje que dio el pueblo venezolano el domingo 6 de diciembre (o que prefiere hacerse el loco): no quiso leer que hace falta un cambio, señor Presidente, y ese cambio no está en la profundización de la revolución según ofrecen los ya añosos líderes de la cúpula roja, en aspirar profundizar políticas que tienen al país en la absoluta miseria, no queremos más conflictos; ese cambio está en volver a buscar el camino para regresar a una Venezuela demócrata, honesta, productiva, unida y en paz. 
Ese mensaje también lo debe leer la oposición, y administrar esta recién ganada cuota de poder en la Asamblea que abre el camino a una mejor Venezuela de manera inteligente: hay que mantener la unidad por un bien mayor, trabajar con pluralidad de ideas y opiniones, para nunca jamás regresar al desequilibrio de poderes en el que hasta este año 2015 vivimos, y que millones de venezolanos esperamos que en el año 2016 ya sea parte del pasado. 

martes, 1 de diciembre de 2015

Pochi y las Dancing Queens

Al ritmo de Do I Do de Stevie Wonder, María Elisa y yo nos arreglábamos para salir esa noche, no era una ocasión especial, pero cada vez que la tía y la sobrina contemporáneas salíamos juntas a rumbear, nos esmerábamos en ser las Dancing Queens por partida doble. No recuerdo la pinta, lo que si recuerdo clarito es que a los 19 años nos felicitamos ante nuestro mutuo reflejo en el espejo: no haría falta voltear el San Antonio, esa noche arrasaríamos, no cabía duda.
De pronto se oyeron pasos atolondrados aproximándose al cuarto, sin tocar la puerta asomó su carita Pochi, como era costumbre entró sin saludar, seguro maquinando qué nueva travesura podía hacerle a estas primas no de sangre sino de cariño. 
Entonces Pochi tendría como seis años, trece menos que nosotras, nuestra relación era de afecto juguetón, ni María Elisa ni yo éramos del tipo pavitas consentidoras, ni Pochi era del tipo niñito mimosín; por eso cuando el pequeño príncipe se sentó en la cama viéndonos fijamente sin emitir palabra, pensamos: "nos la comimos", esa noche cortaríamos rabo y oreja, habíamos pasado el filtro del crítico más exigente. Jurábamos que el diablillo acostumbrado a vernos sin maquillaje, en blue jeans y zapatos de goma, se había quedado sin habla admirado al encontrarnos tan arregladas.  
Se tomó su tiempo y nosotras infladas de vanidad, hasta que el muchachito por fin se decidió a hablar, sin quitarnos la vista de encima suspiró una verdad que le salió del alma: "¡Hay qué ver lo feas que son las dos!". 
Nos desinflamos de inmediato, no tanto por el orgullo herido sino por las carcajadas, se nos corrió el rimmel de las lágrimas de tanto reír. No recuerdo cómo la pasamos esa noche, María Elisa tampoco, pero un momento que jamás olvidaremos por lo divertido que fue es tan espontáneo arrebato de sinceridad infantil. 
Pochi era hijo de Minouche, de esas amigas de mi mamá a quien sentía como familia, desde pequeñita mi mamá me llevaba a su boutique en el Centro Comercial Chacaíto, donde Minouche -de origen francés- traía la última moda de París, frase que podrá sonar a cliché pero que en su caso era la pura verdad: viajaba un par de veces al año a Francia a los desfiles de moda y sus dos tiendas en Caracas (la primera en el Hotel Tamanaco) estaban abastecidas que ni una boutique en la Avenue Montaigne. 
La semana pasada, casualmente, paseaba por el Centro Comercial Chacaíto, antes integrado a la ciudad, hoy enrejado por miedo a la delincuencia. Con mercancía poca surtida, las santamarías de las tiendas apunto de cerrar antes de las cinco de la tarde. Cola frente a FarmaAhorro porque habían llegado toallas sanitarias. Cómo no evocar al sofisticado y moderno Centro Comercial Chacaíto en los años 70 que reunía comercios como Minouche, Ponte Vechio, Drugstore, Le Club, Lectura, la Fuente de Soda El Papagayo, los Cinemás...  Cuando íbamos a Chacaíto mi mamá primero le daba una vuelta a Lectura para ver qué había llegado de nuevo, me regalaba un libro infantil, y después cruzábamos a saludar a Minouche en su tienda, entonces era de las pocas amigas de mi mamá que no tenía hijos.
Me parecía una lástima que no los tuviera no porque yo fuera una Susanita en potencia de las que asumían que todas las mujeres debían tener hijos, sino porque con instinto de niña, sentía que a Minouche le gustaría mucho tenerlos. Por eso cuando por fin salió en estado sus amigos estaban felices por ella, sobre todo porque cuando nació Patrick, o Pochi como le decían desde pequeño, en Minouche se desbordó el inmenso amor acumulado que tenía guardado para su bebé, y se le sentía la madre más dichosa del mundo. 
Eventualmente la boutique de Minouche cerró, como también cerraron Lectura y todos los negocios en Chacaíto antes mencionados. Se volvió imposible el tráfico en la ciudad haciéndonos a los caraqueños cada vez más territoriales. María Elisa y yo abdicamos al trono de Dancing Queens, nos casamos y tuvimos nuestros propios diablitos. Muchos años después del nacimiento de Pochi, a Minouche y a su esposo Karl les llegó una nueva bendición, una niña llamada Maya. Mi mamá y Minouche ya casi no se ven aunque están en contacto permanente por teléfono, yo estoy en contacto con Minouche gracias a Facebook, por ese medio he visto crecer a sus hijos: a Maya en una linda universitaria y a Pochi, que ya no es Pochi sino Patrick, de un travieso duende al guapo papá de un mini Pochi de tres años idéntico a él. 
No conocí a Patrick de adulto, viviendo en la misma ciudad esperaba algún día encontrarnos para jalarle las orejas y decirle cómo se te ocurre, carricito, decirnos feas en semejante derroche de físico, eso no se le hace a las Dancing Queens. Pero no se pudo, la vida no lo permitió, el pasado sábado al mediodía llegando a casa de mi mamá me recibió con la noticia de lo ocurrido, ahí mismo sonó el teléfono, era María Elisa que se acababa de enterar: la noche anterior, a los 39 años, Pochi fue una nueva víctima de esta desalmada ciudad: saliendo a comprar pizza varios tiros impactaron su camioneta, uno de estos tiros le dio en la cabeza, se presume que trató de esquivar un intento de secuestro. No se sabe. Patrick murió al día siguiente sin recobrar el conocimiento. Antes de llamar a Minouche a darle el pésame confirmamos la noticia por Facebook, los mensajes de condolencia comenzaban a llegar, la mayoría con una frase repetida que me encontré escribiendo también: "No hay palabras...".  
No hay palabras que describan tanto dolor como no hay palabras que describan el horror de vivir en una Venezuela con semejantes niveles de violencia. 
Aunque sí, también se encuentran palabras, una palabra aislada como un grito desgarrador incluyó la familia en la papeleta de entierro de su hijo, hermano y padre, una palabra a la que parecen hacer oídos sordos quienes han permitido que Caracas sea una de las ciudades más violentas del mundo: Justicia. 


jueves, 26 de noviembre de 2015

Sumisión


 Sumisión de Michel Houellebecq la compré por carambola, a pesar de que no soy fan de la pluma provocadora del novelista francés, me pareció interesante cómo trataría el irreverente escritor el tema sobre la llegada al poder de un partido islámico en Francia en un futuro no tan lejano. Quizás Sumisión se habría quedado en el limbo de mi nube de libros digitales por leer de no ser porque los recientes ataques terroristas en París le dieron al pesado de Houellebecq una desafortunada vigencia. 
Acusado por sus detractores de racista, misógino, decadente, obsceno, reaccionario; el rey de la incorrección política les pellizca las nalgas a quienes los llaman Islamófobo al publicar esta novela sobre Francia en un futuro cercano sumisa al dominio musulmán, novela que casualmente salió a la venta el mismo día de la masacre en el semanario Charlie Hebdo, temiendo que la próxima víctima de la ira islamista pudiera ser el controversial autor de Las Partículas Elementales. 
Siguiendo con el buen, o mal timing, la edición en inglés de Sumisión salió a la venta días antes de los ataques de Isis al corazón de París, dándole a la novela un nuevo empujón publicitario que dudo que hasta el más cínico autor sería capaz de celebrar. 
La pasada novela de Houellebecq la dejé por la mitad, pero al leer el tema de Sumisión la compré en Amazon al acordarme de una de mis novelas favoritas de Philip Roth: "The plot against America" aunque esta no trata sobre un futuro no tan lejano sino un qué habría pasado si Charles Lindbergh hubiese llegado a la presidencia de los Estados Unidos a fines de los años 30, abriendo las puertas al nazismo en América. 
Pensé que abominaría Sumisión, pero no la detesté, más bien me gustó, por las mismas razones por las que me gustó la novela de Roth, es una buena obra de ficción política sobre la historia de un país, de una sociedad, que de la noche a la mañana le cambia irremediablemente el destino. En el caso de la novela de Houellebecq el narrador es Francois, un solitario profesor universitario de Literatura, con las mismas mañas misóginas de la mayoría de los personajes masculinos de Houellebecq, que al igual que el otoñal profesor protagonista en "The Dying Animal" también de Philip Roth, el hábito sexual de Francois consiste en elegir cada principio de año quién será su amante entre sus nuevas alumnas.
La vida de Francois es gris, sin apasionamientos ni ataduras sentimentales ni familiares, cero intensidades, más allá de esporádicas noches de pasión con la alumna del año, su existencia se limita a la universidad donde su área de experticia es el escritor de fines del siglo diecinueve Joris-Karl Huysmans a quien Wikipedia describe: "Famoso porque sus obras expresaban el más profundo pesimismo".
Sin mayor expectativa ante lo que debe ser el sentido de la vida, Francois es testigo pasivo del viraje histórico en la Francia del año 2022 cuando tras negociaciones con el partido Socialista, el ficticio partido Fraternidad Musulmana llega al poder. Contar lo que viene después sería contar la novela, pero hay una escena tras el posible triunfo del partido islámico que me conmovió en particular quizás por mi bagaje actual, más que por la nada sensiblera prosa de Houellebecq, cuando Francois camina por París, admirando el paisaje, sabe que mucho de lo que está presente en poco tiempo ya no estará más. 
Sensiblerías de quienes vivimos en un presente histórico que en nuestro pasado ni en la peor pesadilla habríamos llegado a imaginar.

martes, 24 de noviembre de 2015

La tolerancia de la intolerancia


El ataque terrorista a París el pasado 13 de noviembre que dejó un saldo de 130 muertos me agarró leyendo Infiel, las memorias de Ayaan Hirsi Ali, apóstata del islamismo señalada por sus detractores como abominable islamofóbica, y por sus admiradores como notable luchadora por los derechos de la mujer. 
El tema del Islamismo no lo manejo como para atreverme a opinar con propiedad, sin embargo tras el ataque al semanario de Charlie Hebdo, y sobre todo tras los seis ataques simultáneos en el corazón de París que el Estado Islámico (Isis) se atribuyó; he sentido en las redes sociales una ola de islamofobia preocupante que esperemos no llegue escalar a los niveles de antisemitismo en la Europa de la primera mitad del siglo XX.  
Se sienten dos tendencias de opinión en estos ataques a París, quienes responsabilizan al islamismo y a la mojigatería de la corrección política occidental por la infiltración en Europa de fanatismos religiosos capaces de sembrar el terror; y quienes piden no generalizar, el islamismo es una religión que abarca a más de un billón y medio de creyentes, las lecturas del Corán puede ser tan amplias como las de la Biblia, no es culpa que por las alas más fanáticas y destructoras se responsabilice a toda una religión. 
Con esta segunda tendencia es con la que comulgo.
Por las mismas redes sociales tan criticadas por Umberto Eco por la sarta de boberías que se leen en ellas, ante esta ola de Islamofobia muchos compartieron en Facebook cómo Reza Aslan, un académico experto en el Islam, respondía ante un par de periodistas de CNN de manera impaciente lugares comunes expuestos por el comediante Bill Maher, mitos que para qué negarlo manejamos la mayoría de los occidentales, por ejemplo: cómo aceptar prácticas bárbaras como la ablación a las niñas (según el experto esa es una práctica centro-africana no islámica), y que las mujeres musulmanas sean subordinadas a los hombres de la familia, pudiendo hasta llegar a ser asesinadas por cuestiones de honor (según el experto, en algunos países islámicos como Arabia Saudita e Irán sí son comunes las prácticas más bárbaras de las que son víctimas las mujeres, en otros no, en países de mayoría islámica como Indonesia o Turquía más bien las mujeres gozan de una presencia política que ya quisieran muchos países occidentales).
En el caso concreto de Ayaan Hirsi Ali, o por lo menos lo que narra en sus memorias, la hoy militante del ateísmo fue víctima la primera mitad de su vida de todo aquello que Reza Aslan consideraba casos puntuales de abusos contra la mujer islámica: nacida en 1969 en Mogadiscio (Somalia), Ayaan se libró de bebé a ser sometida a la extirpación del clítoris porque su padre, Hirsi Magan Isse, era un hombre de avanzada que quiso librar a sus hijas de semejante intervención por considerarla una costumbre bárbara, pero como el padre tuvo que pasar a la clandestinidad por oponerse al gobierno del dictador somalí Mohamed Siad Barré, la abuela materna, a sus espaldas apoyada por el clan, sometió a sus dos nietas de cuatro y cinco años, y a su nieto un poco mayor, a una poco aséptica circuncisión con los niños apenas sedados. Durante semanas yacieron los hermanitos convalecientes bajo los cuidados de su abuela con las piernas amarradas para que no se les infectaran las heridas.
Ese horror infantil no es sino uno de los tantos escollos que Ayaan debió sobrevivir antes de tomar la decisión de romper las ataduras con su familia, su cultura y su religión. Camino a Canadá para encontrarse con un marido impuesto por su padre, a los 22 años la hasta entonces sumisa Ayaan pidió refugio en Holanda, refugio que le fue otorgado gracias a un par de mentirillas que se vio obligada a decir porque a las mujeres no les conceden asilo por huir del yugo masculino, porque imagínense, le contestaron, si fuera así cuántas mujeres lo pedirían. 
Ayaan, de una belleza de pómulos envidiables similar a la de la supermodelo Imán, demostró también ser de una inteligencia privilegiada, políglota desde niña, aprendió a hablar holandés a una velocidad inusual, lo que le permitió estudiar en la universidad de Leiden Ciencias Políticas. Gracias a su activismo a favor de los derechos de la mujer llegó a escalar vertiginosamente posiciones políticas hasta ser electa diputada del senado neerlandés con el partido conservador, aunque tuviera más coincidencias en los temas de las reinvindicaciones sociales con el partido Trabajador, de no ser por la extrema corrección política de la Izquierda que al islamismo ni con el pétalo de una rosa, por ejemplo, ver para el otro lado ante los asesinatos de muchachas musulmanas por cuestiones de honor. 
"Sumisión" se titula el corto que realizó en el año 2004 Hirsi Ali con Theo Van Gogh para la televisión holandesa sobre la violencia contra la mujer en las sociedades islámicas, corto que habría de costarle al director Van Gogh la vida ese mismo año a manos de un fanático islamista que lo acuchilló en plena vía pública, dejándole clavado en el cuerpo una amenaza contra la diputada que abogaba por un cambio radical en la cultura islámica.
Ayaan -bien custodiada ante su condición de polémica congresista- se sintió culpable de la muerte del cineasta porque la cruzada para librar a la mujer musulmanes de yugos medievales era suya. Salió viva pero no ilesa de semejante herejía, condenada como apóstata por unos, y como extrema derecha por otros por no tener reparo en criticar a la religión en la que creció, estuvo a punto de ser despojada de su nacionalidad holandesa.
Ayaan hoy vive en los Estados Unidos pero sigue pagando su cruzada de pretender ver a las mujeres islámicas modernizarse: trasser anunciado que sería homenajeada con un grado honorario de la Universidad Brandeis en Massachusetts en el año 2014, el honor le fue retirado una semana después de haber sido anunciado, tras un intenso lobby ante su fama de "detractora del islamismo".
La tolerancia de la intolerancia de la que habla Hirsi Ali, una vez más pasa factura. 

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La versión no oficial del saqueo en Quinta Crespo


Los titulares de la prensa nacional anunciaron el lunes por la tarde como una nueva proeza revolucionaria que fueron incautadas casi trece toneladas de alimentos acaparados en un edificio en Quinta Crespo, ganando así el Gobierno una nueva batalla en la cruzada contra la guerra alimentaria, batalla cuyo general en jefe fue el Ministro de Alimentación, Carlos Osorio, junto con el comandante de la Guardia Nacional Néstor Reverol, custodiados por un batallón de Guardias Nacionales que sin orden de allanamiento ("no hace falta"), entraron al edificio Pasaje Farías mientras las cámaras de televisión del Estado registraban la hazaña. 
Todavía ayer martes estaban sacando comida para subirla en camiones de PDVAL, ya sin la presencia de las cámaras y ante una tímida manifestación de protesta porque nadie quiere represalias. Hoy miércoles del Edificio Pasaje Farías apenas queda la estructura: la Guardia Nacional cargó hasta con los aires acondicionados, bombillos y teléfonos del inmueble. 
Así, sin más detalles de esta gesta revolucionaria que encontraron aceitunas, pasas y alcaparras en mal estado, la prensa chavista que alguna vez se hizo la vista gorda ante escándalos como las toneladas de leche podrida de PDVAL, tampoco profundizó mucho sobre este allanamiento en Quinta Crespo, como por ejemplo, ¿a quiénes les fueron incautadas las casi trece toneladas de alimentos en lo que fue convenientemente catalogado por la neo lengua oficialista como un "centro de bachaqueo"?  
Sin caer en una digresión retrocedo casi ochenta años cuando mi abuela heredó de su padre la mitad de un pequeño edificio en Quinta Crespo, mitad que sin hacerla rica, le había permitido hasta este pasado lunes casi alcanzar los 96 años (los cumple en diciembre), como una mujer independiente económicamente primero de su marido, y después de sus hijos. La característica de este edificio cuya propiedad compartió con su hermano hasta la muerte de él, y que hoy mi abuela comparte con una sobrina nieta, es que dada su proximidad al Mercado de Quinta Crespo, está dividido en pequeños almacenes que desde hace décadas han servido como depósito del inventario de mercancía de más de cuarenta comerciantes de la zona.
Dada la avanzada edad de mi abuela, mis tíos la representaron ante las autoridades acompañados de un abogado amigo de la familia, quienes tras exigir el acta de allanamiento, fueron tratados, al igual que a los comerciantes de la mercancía incautada, con el frío desdén usual en tiempos de dictadura, diciendo sin decirlo: "la ley somos nosotros y aquí se hace lo que digamos". Quedaron todos los afectados literalmente en la calle porque se les impidió la entrada al edificio mientras veían desconsolados cómo sus inventarios eran saqueados por las mismas fuerzas del orden que supuestamente estaban para protegerlos como ciudadanos, sin tener a ninguna institución o instancia a quienes recurrir ante este saqueo oficialista en Quinta Crespo. 
Mi tía me cuenta que entre los más de cuarenta mini-depósitos de distintos propietarios, la comida incautada en este Dakazo alimentario estaba en variadas condiciones pero en general en buen estado. Mercancía que efectivos de la Guardia Nacional subían afanosamente en los camiones de Mercal mientras los transeúntes, que veían la escena en vivo y directo, ante los rostros desesperados de decenas de padres y madres de familia que se quedaban de la noche a la mañana sin fuente de ingresos mientras eran despojados arbitrariamente de sus bienes como a los judíos en el Holocausto, el ambiente que se respiraba en la popular zona de Quinta Crespo era de indignación e indefensión de saberse a merced de un Gobierno bandido capaz de robarle la mercancía a pequeños comerciantes para surtir los mercados vacíos por su propia ineficiencia.
Muchos aprovecharon el momento y el estupor para llamar a votar en la próxima elecciones municipales como respuesta ante tantas arbitrariedades, también hubo quienes preguntaron de manera poco discreta a dónde iría a parar la comida incautada para empezar a hacer la cola, lo que no se oyó en ningún momento fue un "Así, así, así es que se gobierna". 
Me cuentan que la actitud tanto de algunos fiscales como de varios Guardias Nacionales y de uno que otro periodista que estaban ahí para divulgar la noticia como un nuevo logro del régimen cívico-militar, fue similar a la del fiscal Nieves antes de que arrugara tras ser partícipe en la sentencia en contra de Leopoldo López: estaban consientes de que participaban en algo indigno, pero se excusaban a los afectados en privado porque de ello dependía su trabajo. Solo una Fiscal se quitó la chaqueta roja movida por los llantos de los comerciantes saqueados, la tiró al piso exclamando "yo no puedo prestarme a esto". 
Cuando a un Guardia Nacional que demostró empatía con el drama que se estaba viviendo se le preguntó a quién se podría acudir para defender los derechos de los negociantes despojados de sus mercancía, respondió: "Es inútil, sería como acudir a pedirle ayuda al ladrón que los robó". 
Muchas lecturas se puede dar a semejante arbitrariedad de Osorio y su pandilla, pero la principal es el desespero ¿qué tan mal están en las expectativas de este gobierno que para buscar un poco de aire preelectoral, tienen que robarle la mercancía a decenas de pequeños comerciantes?