jueves, 26 de enero de 2017

Zootopía Venezuela

                                                   
                 

                                                                               I

Entre las películas animadas nominadas al Oscar 2017 está Zootopia, película de Disney que nada tiene que ver con las típicas historias de princesas, es un policial protagonizado por una ambiciosa conejita decidida a enfrentarse con los inevitables estereotipos para llegar a ser policía.  
Zootopia (Zootrópolis en español) es un microcosmos donde cada quien debe resignarse a seguir el camino indicado por su supuesta naturaleza: los zorros siempre serán astutos y oportunistas, las perezas lentas y dispersas, los leones acostumbrados a ejercer el poder, y las conejitas mansas y crédulas. Sin embargo la conejita Judy está dispuesta a romper patrones, aunque la vida insista en demostrarle lo contrario, como cuando recién comenzada su carrera policial cae en la trampa de un zorro timador que apeló a sus buenos sentimientos y a su ingenuidad de coneja, para sonsacarla en una heladería donde no le querían servir helados.   
La semana pasada me sentí la conejita Judy en la heladería de Zootrópolis cuando fui al Mercado de Chacao para hacer mis compras post decembrinas. Esperando turno frente a una de las carnicerías, impresionada de cómo habían subido los precios en menos de un mes, a mi lado se paró una ancianita desdentada suplicando que le brindara "un poquito de carne". 
Si me hubiese pedido dinero seguro se lo habría negado, pero viviendo en esta Venezuela donde se está pasando hambre, donde parte del paisaje urbano se ha vuelto ver a hombres, mujeres y niños hurgando la basura en las urbanizaciones para ver qué consiguen; en esta Caracas de miseria palpable si una ancianita me pide un poco de carne de la mía, yo no tengo corazón para negársela, por eso pedí para ella medio kilo de carne molida porque mientras se pueda, por mi una viejita no se quedará sin almorzar ese día.  
Atendiendo mi pedido el joven carnicero se dio cuenta de la presencia de la ancianita: "Ahí está la vieja del coño otra vez" -le dijo a su colega - "¡Sale vieja, no estés molestando a la clientela!". 
En ese momento me sentí con la rabia de la conejita Judy enfrentada al heladero que espanta al zorro: "Déjala tranquila que yo le voy a brindar su bojotico de carne a la doña". 
"Si eso es lo usted quiere" me dijo el joven carnicero conteniendo la rabia, "pero ahí donde usted la ve esa doñita es una abusadora, mire la bolsa que carga, en esa bolsa tiene más carne de la que usted se está llevando porque a todo el que viene por acá a comprar le pide, y con el cuento de pobre viejita, nadie le dice que no". 
La verdad es que la señora llevaba al hombro un enorme saco de compras que a duras penas podía cargar, pero ya yo le había ofrecido su paquetico de carne molida, y como soy mujer de palabra, no me quedaba sino cumplir. Cuando le entregué el bojotico de carne molida a regañadientas del carnicero, la viejita sonrió dando las gracias con su sonrisa desdentada, mientras sus ojos decían burlones: "¡Coneja! ¡Coneja!".
El carnicero me entregó el resto del pedido en una bolsa considerablemente más pequeña que la que se llevaba la doña. No se ahorró un comentario entre sarcástico y triste mientras le entregaba una propina en devaluados billetes de a cien: "Para la próxima si quiere regalarle carne a alguien, regálemela a mi, que tengo hijos en casa, trabajo todo el día como un burro, y apenas me alcanza para llevarles de comer". 

                                                                               2



Esta es una historia de cachorritos a quienes la gente se disputa, y perros abandonados que nadie parece querer sino los activistas de los derechos de animales, que tampoco es que que se pueden llevar a todos los perros callejeros a vivir con ellos. 
Mis cuñados viven en una casa alquilada desde hace unos meses, se mudaron con otra inquilina incluida: una hermosa perra labrador llamada Trufa, señorita canela joven, bonita y educada que de inmediato fue adoptada por mis sobrinos adolescentes. La verdadera sorpresa llegó semanas después cuando se dieron cuenta que Trufa a su vez tenía inquilinos: estaba embarazada, no se sabe en qué circunstancias ni qué mezcla de cachorros saldría de semejante desliz. 
En diciembre Trufa parió una camada de nueve cachorritos multicolores, los había crema, marrones y negros. Quedó claro al verlos quién era el padre de las criaturas: el Labrador de la casa vecina, una paternidad irresponsable porque los propietarios del perro no quisieron saber nada de los cachorritos, pero por ser cachorros pura raza de Labrador no hubo ningún problema en conseguirles futuros hogares de adopción, a ser repartidos una vez que Trufa los destetara.  
Durante todo diciembre tuvimos noticias de los encantadores perritos, quiénes los adoptaron, cuándo se los llevarían. Por Whatsapp en Margarita a cada rato recibíamos fotos de los animalitos que parecían unos peluches. Hasta yo, que no soy de mascotas, me provocaba adoptar uno. Qué contraste la suerte de estos cachorros con los desafortunados perros callejeros de la isla. Así será la invasión de perros en Margarita, que las carreteras están llenas de vallas implorando no atropellar a los perros que deambulan por las vías. 
Si en Caracas los conductores debemos ir esquivando huecos, en las carreteras de Margarita hay que ir esquivando perros famélicos en las carreteras. A menos que se tenga un toque de psicópata no creo que haya quien le tire el carro a los macilentos perritos solo por el placer de matarlos, pero hay que reconocer el peligro que implica frenar súbitamente en la mitad de una vía pública para evitar esquivar a un animal. 
Una muestra más de la miseria actual que vivimos en Venezuela es la cantidad de mascotas abandonadas por sus propietarios, muchos porque si les cuesta procurar alimentos para satisfacer las necesidades diarias de la familia, menos pueden alimentar a sus mascotas. 
Sin embargo en el caso de los nueve cachorritos de Trufa no faltaron familias amigas dispuestas a adoptarlos, por eso sorprendió cuando la semana pasada comenzó a circular una de esas típicas cadenas en las redes sociales ofreciendo cachorros en adopción, amenazando que si no les encontraban familia en las próximas 48 horas, los ahogarían sin piedad. Esa cadena tiene años circulando, lo que la hacía especial es que esta vez venía acompañada por la foto de tres cachorros de Labrador que mi sobrino inmediatamente reconoció como una foto que tomó a tres de los cachorros de Trufa.
Cuesta entender el sentido de las cadenas, barajamos entre familia teorías conspirativas, todas apuntan a la eterna búsqueda de conejos en Venezuela: la posibilidad de adoptar un cachorro fino podría ser un buen señuelo para ser víctima de la inseguridad. Pero yo más bien tiendo a pensar que se trata de publicidad engañosa, ¿cuántas familias estarían dispuestas a adoptar en el acto un perrito labrador, y cuántas familias correrían de inmediato a acoger a un perrito callejero? 
En esta respuesta están los verdaderos amantes de los animales. 



martes, 17 de enero de 2017

Días de Radio


Lo que más detesto cuando mi hija se lleva mi carro no es quedarme sin carro, sino que cuando lo vuelvo a recuperar me cambió la estación de 99.9 -la comprendo, es una estación de adultos contemporáneos que hasta la música suele ser de los años 80-  para sintonizar una estación juvenil. Puede que disfrute oír Rawayana o Bruno Mars de vez en cuando, pero los locutores a veces son de un tonto que exasperan casi tanto como estar atrapada en un tráfico con Maduro encadenado. 
"No exageres que contra las cadenas de Maduro solo queda apagar el radio, en cambio contra las gracejadas con cambiar la estación tienes", dirán ustedes, pero así como el presidente Gerald Ford no tenía la coordinación para caminar y mascar chicle a la vez, yo soy incapaz de conducir y encontrar una estación que me gusta. Debo esperar a que me agarre un semáforo en rojo, o quedar atorada en el tráfico, para regresar a César Miguel Rondón, Román Lozinski o a los amigos de Prodavinci en Agenda Éxitos. 
Te das cuenta que estás echa una carcamal cuando añoras la época cuando en Venezuela solo había radio AM, nadie menor de cuarenta años sabe lo que es eso de la amplitud modulada, que así como en la niñez de sus padres no existía tv por cable, ni Internet, ni dvd, ni siquiera tv a color, apenas tres  canales en blanco y negro y los niños nos sentíamos contentos de ver Los Picapiedras y El Zorro, una y otra vez; la radio no era más moderna, la oferta de estaciones era mucho menor que la actual, accesible en el dial que era automático con botones, nada digital que se desintoniza cuando se descarga la batería del carro.
 Dime que oyes y te diré quién eres, yo de chama sabía que todos los lunes cuando me llevaran a almorzar en casa del bisabuelo lo encontraría sentado en una poltrona oyendo Radio Rumbos o Radio Reloj Continente: "Luis Navarro, de Barquisimeto, llegó a Caracas y quiere saber dónde está su hermana Aminta Navarro, tiene ocho años sin saber de ella... ding dong... se quedaron sin agua los vecinos del Bloque Cuatro de Casalta..."; para mi mamá Radio Capital y su vecina Radio Caracas eran lo que para mi hoy es 99.9, estaciones Pop con buenos disc-jockeys a quienes sentía amigos sin conocerlos; los panas que sintonizaban Radio Nacional o Radio Difusora Venezuela eran melómanos exquisitos frente a quienes una se reservaba comentarios como "¡Qué arrecho el último disco de Phil Collins!"; los románticos que disfrutaban de baladistas como Amanda Miguel, Camilo Sesto y Emmanuel, oían Radio Sensación; quienes iban al aeropuerto para viajar o buscar un familiar, sintonizaban Radio Aeropuerto para saber la puntualidad de los vuelos.
Yo no tenía remilgos con ninguna de esas estaciones, las oía todas (bueno, menos Radio Rumbos y Continente, no me las voy a dar de popular) aunque era más del tipo "sin par" que si me ponían a escoger optaba por Éxitos 1090, la estación Pop por excelencia, con poco espacio para la nostalgia y cuyos Djs se limitaban a anunciar el nombre de la canción y el artista que la interpretaba. No pelaba a las seis de la tarde el recuento del día: Las diez grandes del color.
Todavía lo que más me gusta de la radio es oír música, mientras más música mejor, pero comenzando la década de los ochenta me dejé enganchar por los encantos de un divertido locutor cuando todas las mañanas me levantaba la diana en Radio Capital y el grito del Sargento Full Chola (Juan Manuel La Guardia): "¡A despertarse guerreros!". En el carro, camino al colegio, en lugar de semidormida con una balada de los Bee Gees, los chistes y personajes de Full Chola lograban que fuera riendo a carcajadas aunque me esperara un examen de Latín. Entre las muchas certezas que tenía en mi adolescencia, comenzar el día con Full Chola era una de ellas.
Ya he escrito sobre el tema de los cambios de la radio en Venezuela entre los años 80 y la época actual, dirán que así me estaré poniendo vieja que comienzo a repetirme, pero es que el pasado jueves 12 de enero fui a hacerme unos exámenes médicos de rutina, y me deprimió constatar cómo en la Clínica La Floresta la mayoría de los consultorios están cerrados con llave aún en horas de consulta. Contaba una enfermera que ya los malandros no respetan ni las clínicas, entran a los consultorios y roban a quienes están en la sala de espera, sin perdonar al doctor ni a la enfermera. Cuando al ver mis exámenes de colesterol el internista me sugirió que una manera de controlar los triglicéridos es prescindir del vodka diario, le dije que imposible sobrellevar los sobresaltos de esta Venezuela revolucionaria a palo seco.
Y no insistió.
Por eso ese mediodía quizás estaba más que enervada, con poca paciencia para las pajuatadas que a menudo se oyen en la radio, como una absurda discusión sobre qué asco ponerle piña a la pizza. Y así como tenía la certeza en la adolescencia que de lunes a viernes me despertaría con la diana del Sargento Full Chola, una de las pocas certezas que tenía en esta decadente Venezuela era que el tráfico del mediodía se haría soportable gracias a Albani Lozada y Ramón Pasquier en Agenda Éxitos por 99.9, sobre todo si coincidía con los amigos de Prodavinci: Ángel Alayón y Willy McKey. Pero como en la segunda semana de enero el tráfico caraqueño fluye, ese jueves después de surfear por una estación que exalta las bondades revolucionarias, otra evangélica, y un regatón, aterricé en una estación de música Pop sin locutor gracejo mediante, y ahí me quedé hasta llegar a casa.
Esa noche una triste noticia se hizo viral en las redes: Ramón Pasquier, quien hasta diciembre siguió en su programa radial con la profesionalidad que nos tenía acostumbrados, acababa de fallecer víctima de un cáncer con el que había batallado durante los últimos tres años, batalla que como buen periodista que evita ser noticia, decidió llevarla en privado.
No se hicieron esperar los múltiples homenajes en las redes sociales a Ramón Pasquier: como locutor, como periodista, como amigo. Me entero que Pasquier tenía 52 años, era casi mi contemporáneo, no aparentaba llegar a los cuarenta, no solo por su físico sino también por su voz que no perdió la inflexión juvenil. Ante el dolor por su partida de tantos amigos en común que lo exaltaban como un profesional integro, mordaz, inteligente, culto, muy querido; me doy cuenta que aunque no lo conocí personalmente, detectaba en él a uno de los míos, es decir, a un evitador de intensidades, un periodista que a pesar de los difíciles tiempos que corren, luchó con sobriedad y humor por no perder el control de las emociones, hasta en sus momentos finales, sabiendo llevar a quienes lo escuchábamos diariamente por la radio una correcta combinación de buen análisis de acontecer nacional, con cultura, interesantes entrevistas, sin faltar la dosis pop.
Por eso sin conocer personalmente a Ramón Pasquier, lamento tanto su partida por encontrar en él y en sus compañeros de trabajo en Agenda Éxitos, profesionales que valoran la inteligencia sin convertirla en ladrillo, la hacen amena, calibran el caos sin dejarse llevar por la desesperanza, no se rinden ante los bárbaros.
Hoy al mediodía sintonicé la radio en mi carro antes de salir de casa, en lugar de encontrar las voces de Albani y de Ramón, encontré solo música Pop. Comprendo que Agenda Éxitos esté de luto por la perdida de uno de sus anclas. Solo espero que Albani y los amigos de Prodavinci pronto estén de regreso al mediodía, para hacernos más sostenible el estrés de vivir en Caracas, y aunque Ramón Pasquier sea insustituible, que la radio no se apague porque qué mejor homenaje a su carrera que en un país en tinieblas, seguir su ejemplo de cultura, inteligencia y sobriedad.

martes, 10 de enero de 2017

"Ese no es problema tuyo"


"Ese no es problema tuyo", le dio a Celso por contestar en una época. Por ejemplo si le preguntaba:
"¿Dónde está Luz?", contestaba:"Ese no es problema tuyo"
"¿Van hoy a Playa El Agua?"
"Ese no es problema tuyo". 
"¿Trajeron hallacas este año?"
"Ese no es problema tuyo". 
Me provocaba ahorcarlo. "¡Qué antipático!" le decía, pero a él le parecía comiquísimo e insistía con la fracesita hasta que terminé acostumbrándome, porque después de cada antipatía soltaba una carcajada y me daba un abrazo de oso polar, terminaba yo con la cabeza incrustada en su pecho canoso, y Celso diciendo: "No te arreches carajita que tu sabes que yo a ti te quiero mucho". 
Lo peor fue cuando mi marido hizo un amago de imitarlo con lo de: "Ese no es problema tuyo", tal fue mi furia la primera vez que me soltó esa gracejada que no la volvió a decir, porque él sabía que lo que a nuestro vecino en Margarita se le toleraba, no se le toleraba a más nadie porque Celso era como un cachorro gigantón que un momento te provocaba ahorcarlo porque acabó con tus zapatos preferidos, pero al rato se hacía perdonar de puro zalamero. 
Celso, su esposa Luz Elena y sus dos hijas, Carlota y Sofía, eran lo más cercano a nuestra familia en Margarita aunque ni viviéramos en Margarita, ni éramos familia; pero teníamos casi veinte años compartiendo vacaciones en la isla en un condominio donde nos acostumbramos a estar como en un pueblo, con las puertas abiertas todo el día. 
Si bien rara vez en Caracas nos veíamos por vivir en polos opuestos de la ciudad, en Margarita éramos los mejores de los amigos y nuestros hijos crecieron como primos celebrando juntos más de una Navidad. Casualidades de la vida que el fatídico mensaje lo recibí este diciembre recién aterrizando en el aeropuerto Santiago Mariño: Celso estaba en terapia intensiva tras haber sido agredido la noche anterior por  delincuentes que entraron en su apartamento en Caracas. Su estado era delicado. En medio del shock ante el violento ataque del que fue víctima nuestro amigo, esperaba que saliera de esta, como había salido de un infarto otro diciembre años atrás al que mi esposo le tocó llevarlo junto con Luz a una clínica en Porlamar para que lo atendieran. Esa misma noche recibimos en nuestra cabaña a su mamá, Teresita, recién llegada de Caracas, para tomarnos juntos unos wiskis para pasar el susto, menos mal que el infarto había sido leve, y su muchacho ya no tan muchacho, saldría de esa. 
Durante la gravedad de Celso este diciembre 2016 nuestra familia lo tuvo siempre presente, sentíamos oírlo llegar a la cabaña con su refresco de piña bajo el brazo porque Celso era abstemio, ni cerveza tomaba, solo refrescos con sabor a fruta. Tantos recuerdos de Celso: de cómo le pidió una probadita a mi niño de su pastelado y se lo comió de un solo bocado, de la madrugada que apareció durmiendo en el chinchorro en la terraza porque se había peleado con Luz, cuando entraba a la cabaña y cambiaba lo que estuvieran viendo los niños en televisión para ver jugar al Magallanes, cuando llegaba a Playa Guacuco la comparsa de Semana Santa y le arrebataba a uno de los músicos el tambor para unirse, sus gritos despertándonos para ir a comer arepas donde los Hermanos Moya, saludando el altarcito de la virgen del Valle que decía era su amiga, cantando alto y desafinado en la misa de aguinaldos... Y no solo nosotros sentíamos nostalgia de las travesuras de ese niño grande, no había en el condominio quien no tuviera una anécdota con Celso, quien no lo recordara jalándole la cola al burro que en Navidades pasadas llevaba a un San Nicolás cargado de regalos para los niños del condominio. 
Ojalá la virgen del Valle intercediera para que Celso también saliera de esta y tenerlo el año que viene echando vaina de nuevo en Playa Guacuco. 
Pero Celso de esta no salió, el 24 de diciembre mi esposo me despertó con la triste noticia que nuestro amigo había expirado la noche anterior. Precediendo a Carrie Fisher y Debbie Reynolds, dos días después de la muerte de Celso, murió su mamá Teresita.

                                                                            II

Celso no fue el único amigo que tuvo una muerte violenta en el año 2016, mi pana Alfonso sufrió un ataque similar a principios de octubre, solo que murió en el acto. 
Alfonso fue un gran amigo de juventud, para mi se quedó de 27 años, igual número de años que no lo veía, no sé ni por fotos cómo lo trataron los años, pero tanto tiempo sin verlo no disminuyó el recuerdo de la intensidad de nuestra amistad que comenzó cuando me rescató de un accidente. Entonces yo estaba por cumplir 18 años, ni siquiera me había graduado de bachiller, regresaba con dos amigos de una discoteca cuando en una curva el chofer perdió el control del carro, y nos volteamos. Yo perdí memoria desde el momento que el carro se volteó hasta el momento en el que entré en mi casa. A la mañana siguiente me desperté con la cara morada, además de un intenso dolor de cabeza,  y le dije a mi mamá:  "Creo que anoche tuve un accidente". 
Después fue que me enteré que Alfonso venía de dejar a su novia -mi prima Cristina que vivía a dos casas de la mía- se encontró con la camioneta recién volteada y se paró para ver cómo podía ayudar, conocía a los muchachos con los que yo estaba y sabía que yo era prima de su novia, ellos le pidieron el favor que me dejara en mi casa aunque según él -Alfonso tenía cierta tendencia al protagonismo, quizás era cierto, quizás exageraba- me quería llevar a una clínica pero mis amigos insistieron que yo estaba bien, tan solo un poco rumbeada (entonces si acaso pedía un destornillador que me duraba toda la noche para que se aguara). 
Así comenzó nuestra amistad que sobrevivió al fin de su noviazgo con Cristina. Más bien se intensificó. Nos hicimos tan amigos que muchos pensaban que teníamos un "resuelve" como se decía entonces a lo que hoy los muchachos llaman "cuadrar", pero nunca fuimos sino amigos del alma, de esos que compartimos rumbas y despechos por igual. Alfonso era estudiante de Derecho, como tres años mayor que yo, alto, desgarbado, con una inteligencia que tendía al cinismo que a ratos lo hacía insufrible, pero la mayor parte del tiempo sabía equilibrar esa natural propensión y era un ameno conversador. Como amigo fue constante y leal, salíamos en grupo a fiestas y a paseos, lo que más recuerdo de nuestra amistad fue la cantidad de veces que amanecimos jugando dominó con los panas. Alfonso decía que yo jugaba tan mal que ganaba porque desconcertaba a los demás. Sospecho que tenía razón. 
Nuestra amistad duró hasta que me casé, poco después desapareció, no solo de mi vida, también de la mayoría de sus amigos. La última vez que lo vi fue en una misa tras la muerte de su madre, ya había nacido mi hija mayor, creo que el también tenía una hija, nos saludamos con mucho cariño, me agradeció la solidaridad, prometimos ponernos al día, pero no nos volvimos a ver. 
Desde entonces Alfonso se convirtió en una especie de leyenda: emigró en los años 90 antes de que fuera usual en Venezuela emigrar, algunos amigos decían que se volvió multimillonario en uno de los primeros negocios .com, que hizo una fortuna como Howard Hughes y que vivía como Howard Hughes, recluso en una mansión en California. Otros decían que vivía en un castillo en las afueras de París. Nadie supo darme noticias ciertas de él, tan sociable que había sido en su juventud, no figuraba en ninguna de las redes sociales. Pero a los amigos de juventud, por más que les hayamos perdido el rastro, siempre conservamos la esperanza de volverlos a encontrar para recordar viejos tiempos, y retomar la amistad donde la dejamos. 
No pudo ser, la noticia sobre Alfonso que jamás habría querido saber me enteré por facebook cuando uno de sus primos compartió que había muerto trágicamente, y no, no murió en una mansión en Sillycon Valley, donde se decía que vivía como un pachá, o en un chateau en Francia, como también se llegó a decir, Alfonso murió en la casa de su familia en San Diego de Los Altos, la misma casa donde tantas veces invitó a sus amigos a preparar parrillas y a jugar dominó. 
Tampoco fui al entierro de Alfonso, estaba de viaje llevando a mis padres a visitar a las nietas que viven lejos de aquí, como tantas familias venezolanas, nietos creciendo lejos de los abuelos, familias separadas huyendo de la violencia de país, violencia que en el 2016 se llevó a dos queridos amigos.
Y si les parece que a esta intensidad le hace falta más detalles morbo, si lo que esperaban era una crónica roja de cómo y por qué, rescato las sabias palabras del inolvidable Celso: 
"Ese no es problema tuyo". 

viernes, 6 de enero de 2017

Bitácora de lecturas 2016











Las intensidades de 2017 iban a comenzar con una intensidad tan intensa, que decidí reservarla para la semana que viene y abrir el año de manera más grata, recapitulando buenas lecturas de 2016, recuento anual que siempre había querido hacer pero imposible por desmemoriada. Gracias a la aplicación Goodreads, especie de bitácora virtual de lecturas, por fin puedo hacerlo. En orden de leídos, estos son algunos libros que disfruté el año pasado.
 
 FICCIÓN:


1-Middlesex de Jeffrey Eugenides (2002-Pulitzer 2003)  un extraordinario primer párrafo resume las siguientes 539 páginas de la novela: "I was born twice: first, as a baby girl, on a remarkably smogless Detroit day in January of 1960; and then again, as a teenage boy, in an emergency room near Petoskey, Michigan, in August of 1974."...  más que una historia sobre identidad sexual, es la saga de una familia de inmigrantes radicada en Detroit, que se origina con un amor prohibido en una aldea griega.
2- Americanah (2013) de Chimamanda Ngozi Adiche-  Me gustó tanto una crónica en el New York Times de la joven escritora nigeriana, que inmediatamente bajé esta, la tercera de sus novelas. Americanahs llaman en Nigeria a las africanas radicadas en los Estados Unidos. La protagonista, Ifemelu, siente el techo muy bajo en su país y emigra a los Estados Unidos, para descubrir que el color de su piel la marcará aún más que el hecho de ser inmigrante. 
3- Los Informantes (2004) de Juan Gabriel Vásquez - el desconcierto de un joven narrador cuando el  más aguerrido crítico de su primera novela es su padre es el tema de la tercera novela del escritor colombiano, que me gustó todavía más que su premiada quinta novela "El ruido de las cosas al caer". 
4- Los Años de Peregrinación del Chico sin Color (2013) de Haruki Murakami: Murakami se repite con historias de jóvenes vulnerables como Tzukuru, universitario que se siente rechazado por su grupo de amigos inseparables sin entender el por qué. Sin embargo es una de las mejores novelas del autor japonés, aunque sin la ambición metafísica de otras de sus obras. 
5 y 6-The Children Act (2014) y Saturday (2005) de Ian McEwan:  El británico McEwan se destaca con los conflictos morales de sus flemáticos protagonistas como la juez en cuyas manos está el destino de un adolescente cuyos padres por motivos religiosos se niegan a someterlo a un tratamiento médico; o las intensas 24 horas en la vida de un neurocirujano y su privilegiada familia londinense, seguridad que se resquebraja ante un inesperado ataque.
7-Una sensación extraña (2013) de Orhan Pamuk: en su más reciente novela el Nobel Pamuk no defrauda retomando a la ciudad de Estambul como coprotagonista en las andanzas de un humilde vendedor ambulante de un brebaje que todo el tiempo imaginé como una espirituosa chicha turca. 
8-The book of evidence (1989) de John Banville: es la primera obra que leo de uno de los más reputados autores británicos contemporáneos, su amoral protagonista quien narra los hechos desde prisión me recordó a los personajes de las novelas de Patricia Highsmith. Sospecho que no debe ser su mejor novela, pero es un buen abreboca. 
9-The Night de Rodrigo Blanco Calderón (2016): leyendo la primera novela de Rodrigo me encontré googleando para saber más sobre Darío Lancini, a quien no tuve la suerte de conocer, ya que de apagones, sociedades en pie de guerra, e intelectuales a medio camino, como buena caraqueña, tengo un master. Es la novela venezolana que más he disfrutado recientemente. 
10-Finders Keepers (2015) de Stephen King: la segunda entrega de una trilogía que comenzó con Mr. Mercedes, al igual que Misery, King describe hasta dónde puede ser capaz de llegar un fan obsesionado por su autor favorito, cuando la obra de tan admirado escritor no sigue el camino deseado. 
11-El murciélago (1997) de Jø Nesbo: aunque tenga veinte años de escrita es mi descubrimiento del 2017 en novela negra, supuestamente El murciélago dista de ser la mejor novela del escritor noruego quien ha desarrollado con éxito la saga del detective Harry Hole, pero la historia de este policía  escandinavo que viaja Australia a investigar la muerte de una joven modelo, deja con ganas de seguir leyéndolo. 
12-Así empieza lo malo (2014) de Javier Marías: ser testigo del derrumbe emocional de una pareja es parte de la educación sentimental del joven protagonista en los primeros años de la España post-franquista.  
13 y 14- La amiga estupenda (2011) y Un mal nombre (2012) de Elena Ferrante: el cuarteto napolitano de la hasta hace poco incógnita escritora italiana fue la moda literaria del año 2016. Las dos primeras entregas sobre la intensa amistad entre Lila y Lenú,  resultaron la perfecta lectura para enchinchorrarse en Margarita para despedir un año difícil, lo suficientemente buenas para emocionar y engancharte, pero no lo suficientemente intelectuales como para agotar demasiadas neuronas.  Quedan para el 2017 las otras dos entregas. 


NO FICCIÓN 


 1 y 2 - The last resort (2009) de Douglas Rogers y Don't lets go the dogs tonight (2001) de Alexandra Fullerviviendo en una Venezuela comparada a cada rato con la Zimbabue de Mugabe, devoré este par de memorias de dos nativos del país africano a quienes desde la llegada al poder de Mugabe se les hace sentir apátridas por el hecho de ser blancos, en un país marcado por la crisis económica, el populismo y la corrupción militar durante ya más de tres décadas.  
3-Aquellos años del boom (2014) de Xavi Ayén:  el biógrafo español escribe con precisión sobre los  escritores del publicitado "boom de la novela latinoamericana" en los años sesenta, haciendo hincapié en Vargas Llosa y  García Márquez. También se esmera en los editores y agentes literarios que hicieron posible este fenómeno.
4-The great moviemakers: The next Generation (2012) de George Stevens Jr.: entrevistas a variados hacedores de cine desde directores y actores hasta vestuaristas y editores de sonido; libraco que se lee con entusiasmo por tan diferentes visiones del arte de hacer cine. Queda pendiente el primer tomo.  
5- Blue Nights (2011) de Joan Didion: La Noche Azul, o el ocaso de la luz cuando está por caer la ineludible noche, es la metáfora a la vida sin esperanza de Didion tras la muerte de su única hija.  
6-The rainbow comes and goes (2016) de Anderson Cooper y Gloria Vanderbilt: escrito como una conversación, quién mejor que su hijo el incisivo periodista de CNN para remover la memoria de la pequeña Gloria ochenta años después del juicio de custodia más famoso de la historia, del que fue inocente protagonista.  
7- No ordinary times: Franklin and Eleanor Roosevelt the home front in World War II (1994) de Dorothy Kearns Goodwin: esta biografía ganadora de un premio Pulitzer sobre una de las parejas presidenciales más populares de la historia de los Estados Unidos, la compré pensando que sería de esos libracos que dejaría en los primeros capítulos, si acaso lo abría, pero este recuento de los últimos años de los Roosevelt en la Casa Blanca, que coinciden con la II Guerra Mundial, me atrapó hasta el final, además de ser el perfecto antídoto para las noches de insomnio. 
8-Wonderful tonight (2007) de Patty Boyd:  No podía faltar un placer pulposo con las memorias de la musa de los años sesenta que inspiró a estrellas del Rock como George Harrison y Eric Clapton. Lástima que mi ídolo Eric Clapton, quien compuso para la linda Patty "Wonderful Tonight", no salga tan bien parado. 







viernes, 16 de diciembre de 2016

Feliz navidad a quienes todavía creen en pajaritos preñados

Diciembre siempre es un mes intenso porque al final de un año se recapitulan alegrías y tristezas. Tendemos a estar agradecidos de las bendiciones, y sensibles ante los momentos difíciles de los últimos doce meses. La nostalgia muerde como un perro bravo. Si a tanta intensidad personal se le agrega lo que hoy se conoce como "Situación País", lo que provoca es agarrar el arbolito de plástico, ese que compraste recién casada apostando que los árboles de futuras navidades serían con olor a pino importado, y echarlo ventana abajo. 
Como cualquiera, he pasado diciembres más tristes que otros por razones personales que no vienen al caso, pero a nivel nacional no recuerdo un diciembre más difícil que estas navidades del año 2016. 
A ver, recuerdo la enorme tristeza de las navidades del año 1999, tras el deslave donde murieron miles de personas en el vecino litoral. Esa tristeza era ineludible ante un desastre natural, fin de año en el que en medio de la tragedia vivimos hermosos momentos de solidaridad. 
También recuerdo como un diciembre difícil el del año 2002 durante el paro petrolero, marchas multitudinarias todos los días exigiendo un giro del Socialismo del Siglo XXI que comenzaba a asomar los colmillos autoritarios. Colas de horas para comprar gasolina. Pero por lo menos ese diciembre latía la esperanza de que la disposición de millones de venezolanos de no ser sometidos por el yugo chavista, no sería en balde.  Aunque en febrero ya nos habíamos dado cuenta que, "por ahora", el autoritarismo había llegado para quedarse.  
Cuando describí en un artículo en El Nacional que vivir en esa Venezuela de diciembre de 2002 era lo que yo imaginaba "el limbo", una lectora me refutó: "Limbo será el Este de Caracas, venga para el Oeste y se dará cuenta que aquí seguimos nuestra vida normal, los comercios abiertos, celebrando la navidad". 
¿Cómo estarán celebrando los vecinos del Oeste esta navidad 2016 en la que Nicolás Maduro decretó la desaparición del billete de cien bolívares sin contar de manera alterna con billetes que sustituyan el que hasta esta semana era el billete más alto y de mayor circulación nacional?
Tanto en el Este como en el Oeste de la ciudad capital la mayoría de las gasolineras están cerradas y las pocas abiertas, las colas para llenar el tanque de gasolina asemejan a las del paro petrolero de 2002. La cola para sacar efectivo de los bancos también es de varias horas, si hasta la semana pasada era para conseguir billetes de cien bolívares que escaseaban, a partir de esta semana es para deshacerse de esos billetes de cien bolívares que muchos trabajadores bancarizados y no bancarizados (nueva palabra de moda) acumularon para sortear el fin de año.
En los bancos este diciembre no hay garantía que se pueda salir con dinero, o te dan lo que les convenga o lo que puedan. Sé de por lo menos dos colas frente a los bancos en las que malandros tipo comando han pasado raqueta robando efectivo y celulares.
Si la Venezuela de 2002 era el limbo, la Venezuela de 2016 es el caos: los venezolanos no tenemos con qué pagar el transporte público, los estacionamientos, gasolina, dar aguinaldos, comprar fruta, o pan... si lo encontramos. Quienes viven del pago en efectivo son los que están más fregados. No tienen manera de cobrar. El otro día no pude brindarle una chicha a mi chamo porque a 700 bolívares el vaso, ¿quién carga esa cantidad de efectivo encima?  En Venezuela llevar en la cartera lo que al cambio del mercado paralelo sería 25 centavos de dólar, es un descalabro. Y para colmo, los puntos de venta están colapsados. Me quedan tres billetes de cincuenta que estoy guardando con el mismo celo con el que las aristócratas rusas debieron guardar sus joyas para sobrevivir tras la revolución. 
Nicolás Maduro al anunciar la drástica medida económica el domingo pasado prometió que el nuevo cono monetario estaría listo para este 15 de diciembre, al mismo tiempo que los billetes de cien salían fuera de circulación. Cinco días después ya anunciaron que hasta el 26 los nuevos billetes no entrarían en circulación, y lo harían gradualmente. Los billetes de cien no tuvieron prórroga en su fecha de expiración causando una especie de "corralito". Lo que quiere decir que este Diciembre la crisis de disponibilidad de efectivo lejos de disminuir, tenderá a empeorar siendo los más afectados precisamente los sectores más populares. 
Sin tocar temas de distinta interpretación política como la represión y la falta de institucionalidad en la que vivimos los venezolanos, al caos de esta falta de efectivo se le agrega lo que ya tenemos años viviendo los ciudadanos de a pie chavistas, ninís y oposición por igual: la escasez de medicinas, los supermercados vacíos de inventario, artículos tan básicos como arroz, café, aceite, leche... aparecieron importados a precios que pocos pueden pagar; que el pan desapareció no solo de las panaderías, tampoco se encuentra pan cuadrado; la gente hurgando en las basuras a ver qué encuentran para comer; cada vez más conocidos con una pérdida de peso inusual. 
Sobra decir que los ánimos están más que caldeados. Comprando queso amarillo en una panadería sin pan, oigo conversar a dos charcuteros, uno lleva la voz cantante recordando precisamente el paro petrolero de 2002: "Por eso te digo, mi pana, no volverán, la oposición no volverá ni de vaina, porque son todos unos bandidos que tratan de tomar el poder desde Miami, y uno aquí fregado, así que júralo que no volverán".
Lo que me faltaba por oír en este diciembre sin billetes, sin comida, sin medicinas, sin seguridad: la narrativa VTV. La narrativa oficial. Pero yo ahí calladita esperando mis cien gramos de queso, porque si algo me han enseñado estos tiempos revolucionarios es a no pelear con fanáticos. Tampoco le deseo al buen hombre lo que en el fondo podría desearle al que sigue apostando por este caos, "ojalá te lleves un dedo por uón", solo feliz navidad a los hombres de buena voluntad, hasta los que todavía creen en pajaritos preñados. 




martes, 6 de diciembre de 2016

Cuando de verdad toque negociar


La otra tarde llegó mayonesa marca "Soya" al abasto, muchos pensaron que era una mayonesa hecha de soya y no se la llevaron, otros la dejaron por el precio: la mayonesa importada de Brasil cuesta como cinco veces más de lo que el gobierno obliga a los comerciantes a vender la mayonesa nacional. Por supuesto que la gente en la cola estaba indignada, el abasto vacío de productos de primera necesidad, y cuando aparece una mayonesa de dudosa calidad, por su costo muy pocos la pueden comprar.
Una señora murmura entre sus vecinos de cola: "por eso no se quieren ir, el gobierno quiebra la industria nacional al regular los precios a niveles insostenibles, e importa con dólar a precio preferencial productos de la canasta básica, luego lo venden al precio que les da la gana. Algún militar se meterá un dineral importando mayonesa, mientras el resto del país pasa hambre y necesidad". 
Dos carritos delante mío un señor vociferaba: "Es que hay que matarlos, no se pueden ir lisos, hay que matarlos a toditos".
Nadie lo mandó a callar, ni siquiera el señor con la camisa roja del Alba, ruñidita porque ya no hay real ni para franelas revolucionaria de estreno. El señor de la camisa roja parece no estar de ánimo para defender lo indefendible, al contrario de la sugerencia de Pilar Córdoba, el buen hombre no se ve orgulloso de estar haciendo cola por pocos productos que seguro superarán su presupuesto familiar, mientras lo básico no lo consigue al precio que sea. El señor de la camisa del Alba tampoco se ve solidario con el descontento en la cola del abasto: ¿cómo estarlo si a pocos pasos hay un líder improvisado que ofrece "matarlos a toditos"? 
¿"Quiénes son toditos?" -se preguntará. 
Hay momentos históricos extremadamente delicados de manejar, la agonía del proceso chavista parece ser uno de ellos. Actualmente en Venezuela vivimos un colapso social y económico que promete ponerse peor, del que no saldremos mientras el país siga en poder de unos irresponsables que generan millones de dólares para beneficio personal, mientras la población no consigue ni siquiera medicinas. 
Como decía una señora en la cola: "No están dispuestos a soltar el coroto porque tienen mucho por lo que responder, saben que van a ir presos, y no solo aquí los perseguirá la justicia". 
Por eso el mango está podrido, pero no termina de caer. 
Quienes tienen mucho que perder son como la madre del niño muerto de la parábola del rey Salomón, prefieren sacrificar al niño vivo antes de ceder. ¿Quién tuviera la sabiduría del rey Salomón para mediar? Porque tarde o temprano habrá un diálogo cuyos términos no todos podremos estar de acuerdo, pero será necesario hacer concesiones por el bien de regresar al carril de la Democracia, y a esas inevitables concesiones tenemos que estar preparados los venezolanos que hoy nos indignamos ante tantas injusticias y atropellos desde el poder. 
El problema del actual diálogo es que por los momentos el gobierno no pareciera tener la intención de ceder ni un ápice, entonces es un diálogo de dictador: nosotros proponemos, ustedes acatan. Eventualmente esa mesa del diálogo -con los mismos o diferentes interlocutores y mediadores- tendrá que servir para el propósito para el que han servido tantas mesas en situaciones hasta más complejas que la que atravesamos los venezolanos en la era de Maduro, negociar con la opresión que agoniza con el fin de ser lo más pronto posible un país medianamente normal.
El otro día vi en televisión por cable la película In My Country de John Boorman, estrenada en al año 2004 esta coproducción británica-sudafricana trata sobre la comisión de la verdad y la reconciliación en Sudáfrica post Apartheid. Los protagonistas son un periodista afroamericano (Samuel L. Jackson) y una reportera afrikáner (Juliette Binoche). Él es un reportero activista por los derechos civiles en los Estados Unidos, ella una poeta-reportera ignorante del nivel de atrocidades que sufría la población negra de su país. Disto de ser experta en historia africana, pero por lo que veo en la película la dura transición del poder político de los Afrikáners (minoría blanca sudafricana) implicó un nivel de amnistía por el que los familiares de las víctimas tuvieron que tragar grueso. Quienes confesaban sus participaciones en distintos crímenes, a cambio de la confesión, se les otorgaba amnistía. Solo los líderes de la opresión en Sudáfrica tuvieron que enfrentarse con todo el peso de la ley, ya no en manos de la acomodaticia justicia afrikáner, sino de una población negra históricamente reprimida y torturada, pero también ávida de paz. 
Caso más cercano a los venezolanos es el proceso de paz en la vecina Colombia tras décadas de enfrentamiento con la guerrilla. En meses pasados el presidente Juan Manuel Santos presentó al pueblo colombiana un acuerdo de paz con la FARC para ser sujeto a referendo. Según todas las encuestas se aprobaría ese tratado que representaba la promesa del fin de los enfrentamientos con la guerrilla. Enorme fue la sorpresa cuando perdió. No perdió por abrumadora mayoría, perdió porque muchos colombianos optaron por no votar. Por supuesto que quieren que termine la guerra que tanto dolor les ha causado, pero no parecieron estar dispuestos a que la impunidad triunfara hasta el punto de darle pequeñas cuotas de poder político a la guerrilla, sobre todo cuando ese acuerdo vino refrendado por líderes de la izquierda más represiva como Raúl Castro y Nicolás Maduro.
Posteriormente el acuerdo de paz con la FARC se firmó, sin referendo mediante, aunque todavía es temprano para saber si en efecto será garantía de paz en Colombia. Dios quiera que sí. 
Este diciembre 2016 la mayoría de los venezolanos vemos la más reciente mesa del diálogo como una trampa en la que la oposición caímos mansitos, gracias a la participación de un mediador tan fiable como el Vaticano, se pararon las acciones de calle exigiendo el derecho constitucional al referendo, y luego el oficialismo le dio una patada a la mesa del diálogo tras lograr su objetivo mayor: frenar el referendo constitucional para sacar a Nicolás Maduro de la presidencia en el año 2016.
Habrá quienes desde el exterior dirán cuál es el apuro, continúen en el 2017 en la lucha por el referendo, pero esperar hasta el año 2017 garantiza el continuismo de la hegemonía revolucionaria en el poder.
Eventualmente el diálogo para retomar el hilo democrático se dará, porque el sistema chavista parece ser insostenible más que por la represión y la trampa judicial. Venezuela no es Cuba, Nicolás Maduro no es Fidel Castro, ni siquiera Raúl, sino el presidente títere de un gobierno en manos de una mafia militar. 
Más temprano que tarde los venezolanos tendremos que prepararnos para una mesa de negociación que realmente cumpla con el objetivo de llegar a un acuerdo que nos permita retomar el camino democrático, y es bastante factible que habrán concesiones con los opresores, esperemos que los bandidos mayores no queden impunes, pero por supuesto que habrán amnistías y acuerdos políticos, es parte del precio a pagar por más que nos remueva las entrañas que no siempre la justicia prevalece.  Cuenta Javier Marías en su novela "Así empieza lo malo" como tras la muerte de Franco se desmontó el Franquismo en España: "Tan tentador era el futuro que valía la pena sepultar el pasado, el antiguo y el reciente, sobre todo si ese pasado amenazaba con estropear aquel futuro tan bueno en comparación". Tan tentador fue el futuro en Sudáfrica de un gobierno sin el yugo del Apartheid, tan tentador parece ser el futuro en Colombia sin la constante amenaza de la guerrilla, que tuvieron que ceder en parte ante los horrores del pasado. 
Eso se refiere a un futuro cercano, porque la historia de los horrores vividos en Dictadura jamás se borrarán. 


sábado, 19 de noviembre de 2016

Bad Mom



Uno de los éxitos taquilleros de este verano en los Estados Unidos fue la película Bad Moms de Jon Lucas y Scott Moore, divertida comedia que sin ser una maravilla, toca una fibra sensible en millones de mujeres: el temor de no ser buenas madres por más que nos esmeremos. 
Protagonizada por Mila Kunis, Kristen Bell y Kathryn Hahn como tres mujeres muy distintas entre sí que se unen para defenderse de las mamás bullies, aquellas que imponen la pauta de cómo los niños deben ser criados, quienes osan alejarse de esas pautas, quedan socialmente catalogadas como "Bad Moms". 
Qué madre en algún momento de su vida no se ha sentido inadecuada ante la mirada reprobatoria de otra "madre ejemplar", sobre todo en el tema nutricional. El primer recuerdo de dicho estigma que conservo en 25 años de maternidad fue cuando a mi primera bebé, Camila, poco antes de cumplir un año le di a probar un sandwichito de diablitos en una piñata. La niña lo saboreaba con delicia, tras una corta vida limitada a leche, atoles, sopas, compotas, jugos de fruta, pedacitos de carne, pastina, pollo desmenuzado y arroz; abría su paladar a un mundo de aventuras. Y en esas estaba mi Cami, sentada en su cochecito Aprica, relamiéndose embadurnada de diablito, cuando otra joven mamá, una contemporánea que conozco de toda la vida pero nunca ha sido mi amiga, se paró frente al cochecito de mi bebé  y exclamó inquisidora como para que toda la piñata se enterara: "¿De quién es esta bebé? ¿Qué tipo de mamá le da de comer diablitos a una criatura?¡Por favor!¡Qué falta de juicio!".  
Debí haber asumido mi barranco sin vergüenza, decir retrechera "yo y qué", en mi familia el Diablito es como la savia, hasta ahora nadie se ha enfermado por ello.  
Pero nunca he sido dada a las confrontaciones, así que me hice la loca, solo cuando la policía de piñatas dio la vuelta para ver a qué otra madre reprobaba, me acerqué a mi muchachita para limpiarle las manos y la cara con un limpia culitos: "¿¡Te gustó!? Verdad que sí, igualita a su mamá que le encanta el Diablito". 
Pero no pude evitar quedar con el remordimiento de haber cometido un pecado nutritivo. Ay si se enteraba el pediatra quien me advirtió que no le diera ni cítricos ni huevo ni miel antes del año pero no dijo nada de Diablitos. Afortunadamente a mi bebé no le dio ninguna reacción adversa, y todavía hoy el Diablito sigue siendo un placer culposo de nuestra familia. 
Lo que una no espera es cuando el reproche viene de una de tus hijos, saliendo de ver Bad Moms, mi hija Isabel, ya con 22 años, me comentó como ejemplo de mi badmomming cuando le mandaba tequeños al colegio en el almuerzo.
 Y yo que pensaba que me la estaba comiendo. 
Yo de niña almorzaba balanceado en casa, pero cuando pasé a bachillerato dos tardes a la semana teníamos laboratorio y había que quedarse a almorzar en el colegio. En esa época olvídense de microondas, en el Santiago de León había una cantina de chucherías y otra cantina donde se preparaban los mejores sandwichs de jamón y queso que me he comido en mi vida, la oferta nutritiva de ahí no pasaba. Entonces estaban inaugurando el Centro Plaza y con mis amigos cruzaba la avenida Francisco de Miranda sin permiso de mis papás quienes pensaban que yo almorzaba en el cafetín de la aledaña Clínica La Floresta. Afortunadamente en mi adolescencia en los años 70 no existían los chats de mamás que lo saben todo. Yo recibía una "semana" como de 100 Bs, con eso me alcanzaba para almorzar, comprar un LP de moda, y además ahorrar. Los almuerzos cero nutritivos pero deliciosos para el gusto adolescente, cuando no nos daba tiempo de llegar al Tropi Burger, comíamos perros calientes con salchichas alemanas, o mis favoritos, los tequeñones, la perfecta bala fría antes de una clase de biología.
Mis almuerzos adolescentes jamás le quitaron el sueño a mi mamá porque ella sabía que serían compensados con creces en la comida de la noche. Tampoco había unos muchachos que comieran mejor que otros, todos nos alimentábamos igual de mal.
En cambio mis hijos desde primer grado almuerzan todos los días en el colegio, como su colegio no tiene cantina el almuerzo lo llevan de casa y lo calientan en microondas en el comedor. Algunas mamás les mandan sandwiches a sus hijos al colegio asegurándose que la comida fuerte sea en la noche. Otras usan los servicios de un surtidor de almuerzos que no a todos los niños les gusta. Desde casa siempre procuramos mandar la comida más balanceada y apetitosa posible, lo que no garantizaba que se la comieran, a veces hacían intercambio de loncheras, a veces regresaban con la viandera casi entera. 
En el colegio de mis hijos dan una tarde libre a la semana en bachillerato, aprovechando que tenía que buscar a Camila al colegio mientras mis otros dos hijos se quedaban a almorzar, les llevaba el almuerzo calientico de casa. De vez en cuando me daba por consentirlos recordando mis adorados tequeñones, me paraba en Tequechongo y les compraba media docena de tequeños de almuerzo. 
Eso precisamente fue lo que me comentó en tono de burla mi hija tras ver Bad Moms: "Mis amigos siempre me decían qué suerte tener una mamá que me llevaba tequeños de almuerzo, aunque yo sentía que lo que me querían decir era que sus mamás serían incapaces de mandarles semejante comida". 
Falta de imaginación, será. 
Pero el episodio digno de figurar en una versión criolla de Bad Moms no fue la reprobación nutricionista de otra mamá, ni de uno de mis hijos, sino de una maestra de inglés cuyo nombre ni siquiera recuerdo, una maestra intensa que seguro se jactaba de vegana, la mejor prueba de cuán detestable puede ser la superioridad moral. 
En uno de esos días en los que iría a buscar a una hija al mediodía y aprovecharía para dejarle al pequeño su almuerzo calientito, me llamaron temprano en la mañana para avisarme que mi abuela de 90 años estaba muriendo. Se había descompensado en la madrugada, no se esperaba que sobreviviera las próximas 24 horas. Como es lógico corrí a la terapia intensiva de la Clínica San Román para acompañar a la familia y hacer cola para entrar en terapia y despedirme de la abuela. En medio de la tristeza del momento recordé que al otro lado de la ciudad tenía una hija por buscar y un niño esperando almuerzo. Isabel se regresaría con una amiga que vive cerca.  Llamé a la maestra del pequeño para decirle que estaba en una emergencia familiar, mi abuela agonizaba, si podía pedir comida para mi niño con el surtidor de almuerzos del colegio, pero ya era  tarde, los almuerzos hay que pedirlos a primera hora de la mañana. 
Así que llamé a mi esposo quien con gusto le llevaría un delicioso almuerzo a su compinche. Intentó comprarle una ración de pasticho en una lunchería italiana cerca de su oficina, pero estaba cerrada, así que no se le ocurrió mejor idea que ir al McDonald's de La Urbina y comprarle una cajita feliz. Se la llevó al colegio, se la dio a Isabel para que se la diera a la maestra, ella fue al salón de su hermanito, tocó la puerta, y le entregó  la bolsita marrón de McDonald's a la maestra vegana. 
Ese fue un día malo para la terapia intensiva de San Román, murieron varios pacientes, la que milagrosamente sobrevivió a pesar de todo pronóstico, fue mi abuela. El médico determinó que lo que estaba era desnutrida, le habían quitado por completo la sal de su dieta y el cuerpo humano necesita aunque sea un poquito de sal en la vida.
En la noche, exhausta emocionalmente pero feliz de que mi abuela hubiese superado la crisis, me encontré con mi niño lloroso porque no le habían mandado almuerzo al colegio. Su papá estaba indignado, cómo después de hacer una hora de cola en McDonald's no le dieron los nuggets a su muchachito. Afortunadamente un amiguito estuvo dispuesto a compartir su almuerzo con él.
Cuando fui a reclamar al colegio por el almuerzo desaparecido me dijeron que la cajita feliz apareció en la tarde, cosa tan rara, detrás de la papelera del salón. 
Debió ser un descuido. 
Pero ya con el tercer hijo uno no es tan ingenua para no saber que la superioridad moral no conoce matices, la maestra de inglés quiso darle una lección a la bad mom: "McDonald's, never ever, ni que se mueran mil abuelas, ni que los fajen chiquitos".