lunes, 25 de mayo de 2015

¿Esta es la Izquierda con la que soñabas?


Muchos amigos intelectuales y académicos que ante la actual situación en Venezuela emigraron a distintas ciudades de Europa, o a la costa este de los Estados Unidos, cuentan que están hasta los tequeteques de tenerse que calar a más de un "experto" en revoluciones ajenas defendiendo de manera altiva el autoritarismo ramplón que hoy vivimos en nuestro país. Imagino que mis panas se deben sentir como tantos cubanos que huyeron de la Cuba castrista para verse menospreciados en el exilio por quienes romantizan el comunismo a distancia. 
Es que para muchos de quienes viven en la comodidad de una Democracia, para sopesar revoluciones -o Dictaduras-  ajenas basta con medirlas con la vara de si es de "Izquierda" o de "Derecha". Por eso más de un pana emigrante que alguna vez se asumió como "de Izquierda", en su país de adopción se ve catalogado por muchos de sus colegas "progres" como servil instrumento de la Derecha internacional, simplemente por renegar de una Revolución marcada por la represión, la inseguridad y la crisis económica.  
Uno esperaría más de los intelectuales "progres", de la narrativa de este proceso chavista la más simplista y quizás la más usada por sus defensores a ultranza, tanto de enchufados como de simples creyentes o de simpatizantes a distancia, es que el momento político que vivimos en Venezuela es una   simple y burda batalla de las ideas: de un lado, la soñadora y siempre bienintencionada Izquierda, liderada por el Gobierno Revolucionario hoy presidido por Nicolás Maduro, que se bate con astucia y corazón contra la vil Derecha venezolana e internacional, que como Wile. E. Coyote, lleva más de tres lustros intentando, con escaso éxito, hacerle una trastada a un pueblo rodilla en tierra en su autodeterminación.
Ese enfrentamiento Izquierda-Derecha visto como si de la Guerra de las Galaxias se tratara, podrá parecernos simplista a quienes tenemos más de quince años chupándonos la mandarina chavista, pero sigue siendo el argumento más usado para tomar partido por el lado oficialista ante el caos que hoy vivimos en Venezuela. Si no estás de acuerdo con las medidas del Gobierno Revolucionario, si a los políticos presos los llamas presos políticos, si te quejas ante la inflación y la escasez, si crees que son culpa del gobierno y no de un boicot, si pones en duda la reputación de los líderes chavistas ante una declarada guerra mediática, si desconfías de los poderes civiles independientes que siempre fallan a favor del oficialismo, si te incomoda que el membrete de la correspondencia de estado se inicie con "un saludo patriota y revolucionario", o por unas Fuerzas Armadas que saludan en los cuarteles : "Patria, Socialismo o muerte; venceremos"; no puedes ser sino un escuálido, es decir, un vendepatria de la Extrema Derecha. 
Pensar que cuando yo estaba chama eso de considerarse de Izquierda o de Derecha no era algo que determinara nuestras vidas ni nuestras simpatías, en bachillerato en el colegio Santiago de León de Caracas se me presentó por primera vez esta disyuntiva de lateralidad ideológica pero no porque  algunos de mis compañeros se asumieran como de Derecha, sino porque muchos de mis amigos comenzaron a hablar de Marx y Lennin como sus ídolos de juventud.
Para mí, que a los 17 años la política me interesaba un bledo, la mayor diferencia entre mis amigos de ambos bandos del espectro político era que los panas que se asumían de izquierda en lugar de ir a Discotecas a bailar al beat de Donna Summer, se reunían al son de la Nueva Trova Cubana conversando sobre aquel día cuando la revolución por fin llegara a Venezuela. Con ambos grupos me sentía a mis anchas, con el mismo fervor cantaba los temas de Donna Summer como los de Silvio Rodríguez, aunque sin duda con los de la pantera de Boston se bailaba mejor. 
Hoy que la Revolución por fin llegó a Venezuela, cuento con los dedos de una mano aquellos amigos  que alguna vez se asumieron de Izquierda -tanto del colegio como de la Universidad Central- , que   todavía respaldan a este autoproclamado Gobierno Revolucionario que ha llevado a Venezuela a la miseria. 
 No solo mis panas de juventud que se asumían de izquierda, la inmensa mayoría de los intelectuales venezolanos que alguna vez militaron en partidos de Izquierda, o que simplemente simpatizaban con   revoluciones como la cubana o la nicaragüense, camaradas que ni por todos sus muertos se habrían asumido como de Derecha, hoy coinciden en que apoyar a la revolución chavista no es un asunto de sentirse de Izquierda o de Derecha, es apoyar a un modelo militarista  que se atornilló sin contrapeso en el poder gracias al carisma de un líder, y a los errores de la oposición.
Si duele la incomprensión de los colegas extranjeros en el exilio, cómo dolerá  el apoyo incondicional al actual gobierno de Nicolás Maduro de aquellos amigos de siempre con quienes compartimos  largas y amenas conversas, tantas risas, los mismos libros, la misma música, aquellos con quienes  compartimos sueños similares por un futuro mejor.  
Uno intenta salvar el afecto evitando hablar de política, pero a veces el tema no se puede evitar, y siempre termina en lo mismo, una frase que lo abarca todo: "soy de Izquierda". 
Y yo que nunca me asumí ni de Izquierda ni de Derecha porque en ninguno de los extremos me veía del todo reflejada, coincido con la reflexión de mi amigo el escritor Ricardo Ramírez Requena en su libro "Constancia de la lluvia -Diario 2013-2014-", las palabras de Ricardo muestran el que para mí debería ser el verdadero despecho de la Izquierda en Venezuela: 

"Merecíamos un civil de Izquierda en el poder, no esta extraña mezcla de rancio militarismo, fundamentalismo evangélico y el espíritu menos progresista de la región". 

 Dime amigo 

si esta era la Izquierda en el poder con la que soñabas. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

Valar Morghulis


Los pasados domingo y lunes fueron bastante intensos para los telespectadores venezolanos gracias a tres momentos cumbres en nuestras series preferidas: la muerte de Mc Dreamy en Grey's Anatomy, la noche de bodas de Sansa Stark en Game of Thrones, y el capítulo final de Mad Men.
Algunos dirán que es una blasfemia mezclar la mediocre serie de Shonda Rhimes con las consentidas de la crítica y de los literatis: Mad Men y Game of Thrones, pero hace años, cuando comenzó, millones de espectadores la seguíamos sin rubor enganchados en las vidas y amores de los internos del Hospital Seattle Grace. 
Con el paso de los años, a medida que fue creando otras series exitosas, Shonda Rhimes se reveló como una escritora más truculenta que Delia Fiallo, y más sanguinaria que el mismo George R. R. Martín, pero mientras el "valar morghulis" (todos los hombres deben morir) de Game of Thrones tiene coherencia dramática dentro de la lucha por el poder medieval, el Valar Morghulis en Seattle Grace depende de la relación de Shonda Rhimes con los actores y sus contratos, y así la protagonista Meredith Gray ha visto perecer a buena parte de su familia y amigos, siendo la última y más truculenta muerte la de su marido, Dereck Shepard, el célebre neurocirujano a quien tras un accidente automovilístico no le supieron diagnosticar a tiempo una lesión cerebral.
La muerte de Dereck fue transmitida hace unas semanas en la televisión norteamericana, en Caracas ese capítulo no se vio sino hasta esta semana, por eso el martes twitterzuela amaneció atiborrada de condolencias por la abrupta salida de Mc Dreamy, y mentadas de madres a Shonda Rhimes, muchos jurando que hasta aquí llegaron, no la verían más, demasiado sufrimiento en esta vida para además sufrir con tan mórbida imaginería. 
En lo que a mi respecta le perdí el interés a Grey's Anatomy tras el accidente aéreo en el que Shonda salió de un plumazo de McSteamy y de Lexie Gray.
El "hasta aquí llegamos con esta serie" fue un rugido que también estalló el domingo por la noche por las redes sociales en los Estados Unidos tras una de las escenas más crudas en una serie que se ha destacado por sus escenas crudas: la noche de bodas de Sansa Stark cuando el psicópata Ramsay Bolton la ultraja, obligando al hermano de crianza de la muchacha a presenciar la violación. 
Si algún personaje de ficción ha sufrido aún más que Meredith Gray esa ha sido Sansa Stark, la adolescente que al partir de su hogar juraba que lo hacía para ser una princesa como las de los
cuentos de hadas, y el sueño se le convirtió en pesadilla al asumirse como la única sobreviviente de su masacrada familia.
La ira de los televidentes norteamericanos (incluido un senador) se debe a que esta escena en la novela de Martin la víctima de la violación no es Sansa sino otra muchacha que no sale en la serie de televisión, pero por economía dramática, los realizadores decidieron que Sansa sería la novia del psicópata Ramsay, dándole aún más protagonismo a este sufrido miembro del clan de los Stark que el que tiene en los libros.
Millones de lectores de la saga de Martin estarán indignados, pero Sophie Turner, la actriz que interpreta a Sansa, no lo está, recordará que el inicio de Daenerys Targaryen fue similar, antes de convertirse en madre de dragones y una de las más fuertes contendoras de esta Guerra de Tronos. ¿Será Sansa una nueva rival a temer por el cotizado trono de hierro?
Si muchos claman haberse despedido de este par de series por la mala suerte de sus protagonistas, a los fieles seguidores de Mad Men no nos quedó otra que despedirnos del guapérrimo Don Draper porque este lunes (en Venezuela), tras siete temporadas, la serie llegó a su final.
Mucho se especuló al respecto pero nadie tenía idea de cómo el genial Mathew Weiner (guionista de Los Sopranos) terminaría su exitosa serie sobre el mundo de la publicidad en los Estados Unidos de Eisenhower a Nixon. Había quienes apostaban a que Don se lanzaría por un rascacielos como muestran los créditos. Otro temimos que terminaría asesinado por la misteriosa mesonera que se asomó capítulos atrás. Las apuestas eran grandes que su socio el bon vivant Roger tampoco llegaría vivo al final. Nos equivocamos, nadie murió, el último fue un buen capítulo sin mayores intensidades, las intensidades las vimos en el penúltimo capítulo cuando a Betty le diagnostican cáncer terminal, y Joan pierde su trabajo y la mitad de su inversión al afrontar el sexismo laboral.
El capítulo final de Mad Men fue un buen capítulo final, sin ser perfecto, por ejemplo el abrupto descubrimiento de amor entre Peggy y Stan parece salido de una película romántica poco acorde con el estilo Mad Men, de resto todas las historias de los principales personajes que seguimos durante siete temporadas se cierran adecuadamente, aunque confieso que segundos antes del final me asusté al pensar que Don Draper acabaría como un intenso gurú en la costa californiana. Al verlo en posición de loto frente al mar repitiendo: " om", casi lanzo el televisor por la ventana como me dieron ganas de lanzarlo con el capítulo final de Lost.
Pero esa sonrisa.
Ay esa sonrisa, y el pase al histórico comercial de coca cola.
Quizás el final de Mad Men no es perfecto, pero esa última escena sin duda lo fue.

lunes, 27 de abril de 2015

El significado de la palabra "culillo"


La semana pasada el escritor Juan Goyitisolo recibió el premio Cervantes de manos del rey Felipe con un "digamos bien alto que podemos", guiño al partido español que tiene como oferta electoral sacudir las simientes políticas de su país, entre ellas, la figura del rey.
Ese "podemos" de Goytisolo mientras recibía el máximo reconocimiento intelectual de manos de la misma realeza que se cuestiona, me hizo recordar cuando Chávez recibió la banda presidencial de manos de su antecesor, el presidente Rafael Caldera,  jurando "sobre esta constitución moribunda".
Hace 17 años todavía yo no frecuentaba escritores venezolanos, no podría decir si Chávez llegó al poder con la simpatía de mis actuales panas, pero si recuerdo que lo hizo con la venía de muchos intelectuales venezolanos como la prensa que hoy, tristemente, agoniza sentenciada por un gobierno que no admite disidencia.  
En mi reciente visita a Nueva York en marzo pasado tuve la oportunidad de ir al Instituto Cervantes, linda edificación al lado del restaurante Smith Wollensky, donde un frío atardecer el escritor Javier Cercas conversaría  con  un periodista español radicado en Nueva York -no recuerdo su nombre-. Hablarían, entre otros temas, sobre la más reciente novela de Cercas: "El impostor", y sobre el actual panorama de la política española.
El propósito del instituto Cervantes en Nueva York es promover la cultura de habla hispana, por eso aunque imparten clases de español y talleres de literatura hispanoamericana, estos eventos se hacen en inglés para que llegue a la mayor cantidad de público posible. Lo que en este caso fue una lástima porque le restó fluidez a la conversación, tanto que en un momento dado ante el calor del tema político, el periodista, que hablaba perfecto inglés, se le pasó el switche al español ante los aplausos del público que pedimos que la conversación siguiera en el idioma de Cervantes. Pero la directiva del instituto insistió en mantenerla en inglés por si alguien no dominaba el español. Apostaría lo contrario, a la hora de la ronda de comentarios y preguntas, la mayoría de quienes intervinieron prefirieron hacerlo en español. 
He seguido la trayectoria de Cercas, es mi contemporáneo, ambos nacimos en la primera mitad de la década de los 60, he leído varias de sus novelas, entre ellas Los Soldados de Salamina, quizás la más conocida. Tengo en el wish list de Amazon El impostor. También suelo leer su columna de opinión en El País. Me llamó la atención esa noche es que es un tipo simpático, con cancha, comenzó disculpándose por su torpe inglés que si bien habló sin mayores tropiezos, lo hizo con el fuerte acento del que rara vez logran desprenderse los españoles.
Llevaba unas páginas para leer sobre el oficio de escribir porque se confesó "un charlatán", palabra que dijo en español refiriéndose a alguien que habla mucho, no como lo entendemos aquí en Venezuela: alguien que habla mucho sin saber de lo que está hablando. Cercas temía que si se ponía a improvisar se podía quedar divagando por horas.
Esto fue hace casi dos meses y no recuerdo con precisión como para comentar todo lo que se habló esa noche, lo que si recuerdo bien es que cuando la conversación entre Cercas y el periodista pasó de lo literario a lo político, de inmediato se me encendieron las alarmas que se nos prenden a los venezolanos cada vez que oímos el discurso del cambio que ofrecen los líderes de Podemos.
Cercas dice que en España él no queda bien ni con Dios ni con el diablo, los de izquierda lo acusan de Derechas, y lo de derechas de Izquierda. Ese es el precio a pagar por escribir lo que le dicta la conciencia y no según una línea política. Por ejemplo los de izquierda no le perdonan que insista que la situación en España dista de ser tan catastrófica como la pintan, según Cercas por definición toda democracia es imperfecta, es decir, sujeta a mejorar, si un gobierno se considera perfecto e inmejorable, entonces es una dictadura,
Para Cercas entre lo mejorable de la actual Democracia en España estaría acabar con el bipartidismo, y ese es el papel de Podemos, la entrada de un nuevo y fresco protagonista a un modo de hacer política que ya había perdido el respeto de gran parte del país.
Aquellos venezolanos que sentimos que el chavismo fue la peor apuesta que se pudo hacer en eso de "una nueva manera de hacer política" el discurso electorero de Podemos nos parece alarmantemente similar al que llevó al chavismo al poder en el que aprovechándose de un hartazgo general, prometían, constituyente mediante, recuperar la dignidad de un país moralmente derrotado por la corrupción.
Pocos de los intelectuales venezolanos que le dieron su voto de confianza al discurso del antiguo militar golpista, Hugo Chávez Frías, imaginaron que 17 años después viviríamos los venezolanos en semejante estado de represión, violencia y miseria, con los poderes civiles genuflexos al poder central.
Podemos ha tratado de desligarse del chavismo sin desligarse por completo, pareciera contradictorio pero así es la política. Capitalizar en los simpatizantes de la palabra revolución, sin espantar a quienes ni locos se quisieran ver reflejados en una realidad semejante a la que hoy vivimos en Venezuela.
La pregunta que muchos nos hacemos no es si los líderes de Podemos serían capaces de seguir los pasos del chavismo para obtener el control totalitario del poder, el poder es una sed insaciable,  sino si las instituciones españolas, teniendo tan cerca en la memoria la dictadura Franquista, podrían ser tan débiles, como fueron las venezolanas, como para que se colara otro gobierno totalitario en la España a la que tantos años y sufrimiento le costó vivir en democracia.
Una vez terminada la conversa entre periodista y escritor, del público sacaron diversos títulos de Cercas para que el autor los dedicara. Mi amiga Nines, que hoy vive en Nueva York, llevaba en su cartera El impostor. Yo no tenía libros así que no hice la cola para la firma, me quede de lado esperando, cuando le llegó su turno, oí como Nines le preguntaba al escritor si era cierto que visitaría a Venezuela para presentar El impostor en la Feria del Libro en Valencia.
Cercas le dijo que por lo momentos ese era el plan pero confesó que le daba algo de miedo por la situación por la que vivimos en Venezuela, sobre todo por la inseguridad.
No pude evitar colearme para increparle sin agresividad sino con curiosidad, tuteandolo porque así somos los venezolanos y los españoles:

“Hablaste de Podemos con cierto recelo pero también con un voto de fe, y ahora dices que te da temor visitar Venezuela, ¿acaso no te da miedo que España se vea reflejada en el espejo venezolano?  Cualquier venezolano te puede decir que la oferta electoral de Podemos parece calcada de cuando Chávez llegó al poder".

"Claro que da miedo" confesó Cercas mientras le entregaba el libro dedicado a Nines.
Culillo habríamos dicho en venezolano.
Lástima que la conversación terminó cuando apenas comenzaba, pero al escritor le quedaban libros por firmar, como soy una igualada me habría gustado invitarlo para que se viniera conmigo y Nines al PJ Clarkes -Smith Wollensky es muy caro para irse de copas- para discutir entre Bloody bulls las diferencias y semejanzas entre el actual caos español, y la hecatombe venezolana. Pero sobre todo, explicarle el significado de la palabra " culillo".



lunes, 20 de abril de 2015

De cómo esta caraqueñita llegó al Salto Ángel


Pensaba que me iba a quedar como la viejita de Up, que me iba a morir sin cumplir el sueño de conocer el Salto Ángel en  Canaima, que según los libros de geografía es el salto de agua más alto del mundo, y según los de viaje, uno de los destinos obligados para cualquier viajero que se respete. 
A pesar de que esos mismos libros de viaje y de geografía ubican a Canaima al sur de Venezuela, y Venezuela dista de ser un país tan grande como Brasil, la mayoría de los venezolanos asumimos que visitar este privilegiado parque nacional considerado desde el año 1994 por la Unesco como patrimonio de la humanidad, tiene (o tenía) una logística casi tan complicada como viajar al Salto Victoria entre Zambia y Zimbabue, porque Canaima es turismo a tarifa internacional, sin dólar de viajero Cadivi, y salvo el costo del pasaje a Puerto Ordaz -que los vuelos nacionales siguen teniendo tarifa de gallina flaca-, la estadía en bolívares multiplicada por su valor al dólar libre, y por la cantidad de miembros de una familia, es sin duda elevada para la golpeada economía de cualquier familia venezolana.
También debo confesar que soy más de destinos urbanos que de comunión con la naturaleza, a diferencia de tantos turistas europeos que entre un universo de opciones alrededor del mundo, los muy aventureros no dudan en escoger Canaima como opción para sus vacaciones familiares. 
Pero ya sabemos lo complicado y costoso que se nos volvió a los venezolanos salir de Venezuela, un poco por eso, y también animada por unos amigos, descubrí que viajar a Canaima era mucho más fácil que amarrar la casa de globos de helio como sugiere la película de Pixar: con llamar con tiempo a una de las posadas recomendadas de la zona, y calcular el paquete que acomode nuestro presupuesto, hasta los hoy devaluados venezolanos podemos visitar ese destino tan cotizado por los viajeros del mundo entero. 
Y cuando digo con tiempo me refiero a meses de anticipación, el viaje lo planeamos tres familias amigas para Semana Santa 2015, en total dieciséis personas. Nuestra primera opción era Wakú Lodge, que tiene fama de ser la posada de mayor lujo de Canaima, nos pasaron el dato que tomaban reservaciones a partir enero. Cuando llamamos la primera semana del año, solo una de las familias amigas logró entrar en lista de espera, las demás ni siquiera. Finalmente optamos por la que dicen es la segunda posada más solicitada de la zona, y a precio más solidario que Wakú: Ucaima, también conocida como "el campamento de Jungle Rudy". 
Ignorante de mi, asumí que Rudy (hombre o mujer) sería nuestro gentil anfitrión sin saber que Rudolph Truffino era el hijo de una familia europea multimillonaria, quien en el año 1956, junto con su esposa y tres pequeñas hijas, fundó Ucaima siendo uno de los precursores en explorar el potencial turístico de la zona respetando el medio ambiente.
Muchos amigos no podían creer que el campamento de Jungle Rudy seguía en pie, lo visitaron de niños con sus padres, y por su sencillez imagino que poco habrá cambiado desde entonces, más allá que hoy tiene WiFi en la zona del bar, que prometen agua caliente en los cuartos (pero no enchufan los calentadores), y que de la familia Truffino en Ucaima solo queda una de las hijas de Rudy quien se encarga de recibir a sus huéspedes en el aeropuerto de Canaima para trasladarlos en un pequeño autobús hasta un punto del río Carrao donde embarcar la rústica curiara que lleva al campamento. 
A quien guste merodear, podrá toparse con la tumba de Rudy entre la flora de Ucaima. 
El vuelo Caracas-Puerto Ordaz despegó al amanecer, en Puerto Ordaz me enteré que no llegaríamos a Canaima en un pequeño avión de pasajeros, como pensábamos, sino divididos por familia en tres avionetas. Y yo que le tengo pánico a las avionetas, tenía 25 años que no me montaba en una, esa era otra de las razones por las cuales tardé tanto en visitar Canaima. Pero tomé un ansiolítico antes de despegar el monomotor y podría decir que gracias al buen tiempo, medio logré disfrutar el viaje de poco más de una hora que sobrevuela ríos, tepuyes y selva adentro. 
Al mediodía ya estábamos en tierra firme en el campamento Ucaima donde fuimos recibidos con collares de peonías y cocktail de bienvenida. 
Uno de los temas que confieso me preocupaba era el de las comidas, me gusta comer completo y tres veces al día. En ese aspecto Ucaima superó las expectativas: nos sirvieron los tres golpes (incluidos en el paquete) que constaron de comida sencilla pero muy sabrosa, bien balanceada, sopa incluida. Esta gordita no pasó hambre, más bien reiteró el placer de comer carne en vara. Eso sí, dateados de antemano, para las excursiones llevamos galletas y chucherías para los muchachos, aunque los guías repartían caramelos para que a nadie le faltara energía. 
Un detalle especial del viaje fue que el cumpleaños de mi hija Camila cayó ese viernes santo, tras avisarlo en Ucaima, encargaron una exquisita torta en el pueblo de Canaima que ya quisieran ofrecer en cualquier pastelería de Caracas. 
En cuanto a las bebidas espirituosas, no están incluidas en el paquete turístico, podías llevar tus propias botellas, aunque sumando 50 % de descorche con respecto al precio que tuviera una botella similar en el bar del campamento. Los precios de los tragos en bolívares son altos. Para quienes calculan en dólares, no tanto. Ucaima cuenta con un bar bien surtido con una correcta cava de vinos, cuando no estábamos de excursión, ahí nos encontrábamos los huéspedes cual viciosos de la tecnología, trago en mano, pegados al WiFi para montar en Instagram las fotos del día. En los atardeceres, al llegar tras las diversas excursiones, se agradecía ser recibidos en el bar con galletas, café y chocolate caliente, obsequio de la casa. 
Esta Semana Santa 2015 tuvimos suerte en tantos sentidos: a las tres familias amigas se nos unió una cuarta familia y pasamos de ser el "Grupo de los 16", como originalmente nos llamaban los guías de Ucaima, al "grupo de los 20". Éramos las familias venezolanas que ocupamos como la mitad de la capacidad del campamento, además de un número similar de parejas y de familias de diversas nacionalidades que eran recibidas en Ucaima izando la bandera de su país de origen.
Tuvimos tanta suerte que durante nuestra estadía -de miércoles a domingo de Semana Santa- nos tocaron días azules pero frescos, no fuimos fustigados por la plaga, la luna llena parecía un farol que reflejaba plateados los tepuyes frente al río Carrao, pero el mayor golpe de suerte fue que llovió justo la noche antes que llegáramos. Nos habían llamado a Caracas advirtiéndonos que probablemente el viaje en curiara para pasar la noche frente al Salto Ángel no se podría hacer porque el río estaba casi seco y en esas condiciones imposible navegar.  
Una lluvia repentina fue suficiente para llenar el caudal justo lo necesario para nuestra navegación. Según los guías, desde febrero no habían podido llevar turistas a pasar la noche frente al Salto Ángel, que toma como cuatro horas en curiara con diversas paradas, siendo la excursión estrella en cualquier paquete turístico en Canaima
Quienes quisieran ver el salto de agua más grande del mundo, tenían que hacerlo en avioneta, representando un gasto (y en mi caso, un susto) adicional. Afortunadamente no fue nuestro caso, pero si de quienes pretendieron navegar un día después que nosotros, porque el río se volvió a secar. 
El verano no nos permitió ver el salto en todo su esplendor, apenas una llovizna, pero permitió bañarse en la helada laguna donde desemboca el torrente del salto. La excursión para llegar a esta laguna es de aproximadamente hora y media subiendo entre rocas y raíces, ya no con zapatos de agua sino con zapatos de goma (aunque los guías la hacen descalzos) y está desaconsejada para niños menores de seis años y adultos mayores o con problemas de salud. De nuestro grupo, que incluyó dos niños de 8 y 11 años, una amiga recién operada, y otro que veía doble por un problema muscular en un ojo; yo fui el eslabón más débil, siempre la última en llegar a las metas. 
Pero lo logré, si yo llego, cualquiera con escasa capacidad física llega.
Sin embargo si me preguntan dejaría a los más viejitos y a los nenés en casa, o por lo menos evitaría las excursiones con algún nivel de dificultad para ellos, aunque en el campamento nos encontramos con parejas europeas que viajaban con sus bebés y los llevaban a todas las excursiones, previa firma de carta asumiendo responsabilidad. 
Otra de las gratas sorpresas en este viaje fue el nivel de profesionalismo que encontramos en Ucaima, que imagino debe reflejarse en la mayoría de las buenas posadas de la zona. Ángel y Marcos, los guías pemones que nos tocó al grupo de los 20, al principio podían parecer un tanto secos y hasta antipáticos, quizás para que grupos grandes como el de nosotros no se les fuera de la mano con el típico bochinche venezolano, pero a medida que iban conociendo al grupo se dejaban colar,  sin que en algún momento perdieran su profesionalismo, y al decir profesionalismo me refiero al cuidado del turista: por primera vez en muchos años, más allá de las avionetas a las que le tengo pánico, me sentí segura en Venezuela, no solo porque Canaima, a diferencia de los llanos y otras zonas del país, no parece estar contaminada todavía de la inseguridad que hoy reina impune en el resto de Venezuela (aunque recientemente sucedió un asalto masivo en el parque de La Llovizna) sino también por el esmero en mantener la seguridad en las excursiones, un guía adelante y otro atrás para que hasta los eslabones más torpes como yo, llegaran con bien a su destino.
Algunas de las fotos tomadas en este viaje las compartí por las redes sociales, y me di cuenta que no estaba sola en eso de sentir que me iba a quedar como la viejita de Up, sin llegar a conocer a Canaima, muchos amigos al ver las fotos de nuestras vacaciones de Semana Santa sintieron que llegar a este destino como que era más fácil de lo que los caraqueños imaginamos. Tantos panas me han preguntado por datos y detalles, que decidí redactar esta entrada turística tras dos intensidades que dejaron a más de uno al borde de la depresión. 
Venezuela distará de ser el destino más chévere pero hay que rescatar lo mejor del país, y sin duda Canaima encabeza la lista. 

 Aquí el link a Ucaima para los interesados.

sábado, 18 de abril de 2015

El bojotico



Quizás porque pasé varias semanas fuera de Caracas, primero en Nueva York para estar presente en la inauguración de la exposición de Arquitectura Latinoamericana en el MOMA, y después haciendo turismo nacional con mi familia en el asueto de Semana Santa; pensé que eso de hacer compras según el terminal de la cédula no era conmigo, es decir, no era con quienes compramos en las redes de supermercados comerciales. Inocente de mí, asumí que el límite para comprar productos en escasez apenas un día a la semana según el terminal de la cédula tan solo se aplicaría en las redes de mercados populares estatales. Por eso me tomó por sorpresa cuando el pasado lunes haciendo compras en el supermercado Luvebras de La Florida, el charcutero me dijo:
"Aproveche que están sacando carne".
No me iba a pelar ese boche, la semana que estuve en Margarita la dieta fue a base de chuletas y pasta porque no se conseguía ni pollo ni carne y el pescado es un verdadero lujo hasta en la isla. El regreso a Caracas la encontré tan desprovista de proteína animal como en Margarita, por eso cuando el charcutero del Luvebras me pasó el dato que había llegado carne, maravillada que frente a la carnicería no se veía casi gente, ya iba a dejar el pavo ahumado de lado para hacerme de unos buenos bistecks, cuando el charcutero me advirtió: "Eso si, como hoy es lunes solo le dan carne si el terminal de su cédula es 00 o 01".
"¿Cómo es la cosa?"- Toto, I think were not in New York anymore.
 El charcutero se me quedó viendo con cara de en qué país vive usted, comprar los productos en escasez según el terminal de la cédula estaba implementado desde hace semanas en la mayoría de las redes comerciales de supermercados, así que mientras el buen hombre me arreglaba en una bandeja queso blanco de búfalo porque tipo Paisa hace tiempo que no llega, me fui a buscar por los pasillos del mercado a mi hija Isabel, quien casualmente me acompañaba esa tarde de compras. 
Hasta que por fin la encontré: "Rápido, ¿cuál es el terminal de tu cédula?"
"01"
"¡Bingo! Ponte en la cola para comprar carne".
Isabel me miró petrificada, como buena universitaria no está en la nota de hacer cola a menos que sea para entrar en un concierto de Rock. Pareció aliviada cuando se dio cuenta que delante de ella en la carnicería no había más de cuatro personas.
Por menos gente que hubiera esperando, me sorprendió que Isabel regresara a los pocos segundos, justo cuando el charcutero me empaquetaba dos chorizos, que granos todavía se consiguen. 
"¿Qué pasó?".
"Mostré mi cédula y esto fue lo que me dieron"- me entregó un bojotico- "lo llaman el combo".

 Al abrir el tal combo para saber en qué consistía el racionamiento de carne de una vez a la semana para un venezolano cualquiera, me entró una indescriptible ansiedad de país porque lo que saqué fue menos de un kilo de costilla de res, 700 gramos de carne molida, y dos bistecs supuestamente de ganso.
 Y ya está. 
Nadie tenía derecho a pedir más, eso es lo que hay.
Pero lo que más ansiedad de país me dio fue que una señora que esperaba en la no regulada cola de la charcutería, al ver el botín de mi hija, se alegró en voz alta.
"Me parece bien comprar carne según el terminal de la cédula, así no tenemos que hacer tanta cola".
Oír ese suspiro conformista para mi fue peor que si la doña hubiese levantado el puño y exclamado: "¡Así, así, así es que se gobierna!".
No me pude quedar callada:
"¿Cómo le va a parecer bien? ¿será que en Venezuela ya nos acostumbramos a vivir cada vez peor? ¿A que nos regulen las compras a un día a la semana? ¿que la definición de suerte sea que el día que te toque comprar por cédula estar en el mercado para que te entreguen un bojotico de carne que no rinde ni unos días para una familia de cinco?".
La señora me contestó sin ánimos de hacer política, más bien como consejo de postguerra: "Pique los bistecs en pedacitos para que rindan". 
Y así es como nos vamos acostumbrando a vivir en un país de economía revolucionaria, ese lunes de terminal de cédula número 00 y 01, Isabel salió del Lubevras con su bojotico de carne, pero no encontró ni leche, ni azúcar, ni café, ni ningún tipo de jabón...  solo lo que va quedando de país.

lunes, 13 de abril de 2015

Cincuenta años de vacas flacas


Corre por Facebook un artículo que sirve de ejemplo de lo enfermos de odio que podemos llegar a estar los venezolanos: "¿Dónde están esos que se burlaron de los que se fueron?" testimonio de un emigrante venezolano a quien lo carcome el resentimiento ante los paisanos que vacacionan en el exterior derrochando dólares de viajeros Cadivi  mientras tildan a quienes emigraron de la Venezuela chavista como unos "limpia-baños". El autor del texto se confiesa feliz ante la presente situación económica en Venezuela, situación que podría representar no solo el fin de los manirrotos viajeros, sino también el abismo total en la economía venezolana.
Doloroso para quienes aquí seguimos ese sentimiento de: "ahora jódanse mis panas, ojalá lo pierdan todo por pendejos, menos mal que ya yo me fui". 
Como si mientras más se hunda Venezuela en este cataclismo revolucionario, más se justifica la difícil decisión de tantos venezolanos de emigrar en condiciones precarias. 
Para ser justos no es fácil ni la decisión de emigrar, ni la de seguir en la actual Venezuela marcada por la violencia, la escasez y la represión. Leyendo a quien apuesta por la implosión de su país como merecido castigo a los compatriotas que se quedaron y alguna vez viajaron a Disney World con Cadivi, me doy cuenta que a veces uno gravita sobre un tema más que por mera casualidad, como es el caso de mis lecturas de chinchorro margariteño de esta Semana Santa 2015: la novela "Herejes" de Leonardo Padura, y "Nieve en La Habana, memorias de un cubanito" de Carlos Eire. 
Al finalizar de leer ambos libros casi simultáneamente (uno impreso y el otro digital) me percaté que si bien ambos tenían como marco La Habana revolucionaria, las memorias de Eire tratan sobre la experiencia del cubano que se fue de su tierra para no volver, mientras la novela de Padura, con el antihéroe Mario Conde de nuevo como desentramador de misterios, entre otros temas trata sobre aquellos cubanos que sin estar felices con el status quo revolucionario, se quedaron en la isla adaptándose a la decadencia de país. 
"Venezuela no es Cuba" algunos decíamos cuando los más funestos agoreros, con la llegada de Hugo Chávez Frías al poder, vaticinaban que un rudo comunismo estaba a nuestras puertas. Ambos tuvimos razón, Venezuela no fue Cuba: quizás en el año 2015 podemos decir que llegamos al mismo destino de ruina revolucionaria, pero por caminos distintos: mientras en Cuba la represión fue casi inmediata, en Venezuela no fue sino hasta la llegada de Nicolás Maduro al mando cuando se apretó al acelerador rumbo hacía el abismo al que hoy parecemos caer sin paracaídas. 
Tanto Eire como Padura narran sobre los primeros cubanos que partieron al exilio apenas tomó Fidel Castro el poder, la mayoría allegados a la Dictadura de Batista que temían por sus vidas. Quienes huyeron primero quizás lograron salvar algo, después fue que comenzaron a irse ciudadanos comunes con poca disposición para el sacrificio revolucionario, a quienes los fidelistas bautizaron con desprecio: "gusanos", aquellos cubanos que prefirieron emigrar, aun arriesgando sus vidas, antes que quedarse en Cuba a luchar por el sueño revolucionario.
Se lee tanto en las novelas de Padura como en las memorias de Eire, la imposición revolucionaria a cortar cualquier lazo o comunicación con semejantes "traidores". 
Por supuesto que no debe ser fácil emigrar, bajo ninguna circunstancia, pero tampoco se puede negar que los cubanos y los venezolanos no lo hicieron en las mismas condiciones: en Venezuela, mal que bien, quienes claudicaban de país ante esta aventura revolucionaria, han tenido más de quince años para elaborar un "plan B", años para liquidar propiedades en Venezuela, conseguir trabajo en el exterior, hasta hace poco la facilidad para conseguir dólar preferencial Cadivi para los estudiantes, tiempo más que suficiente para calibrar opciones... en la Cuba revolucionaria se cerraron las puertas de salida casi que de inmediato, y quienes pudieron partir en avión, que fueron muy pocos, cuando lo hicieron ya habían perdido su dinero e inversiones en Cuba, sus propiedades no las habían perdido pero no podían disponer de ellas, y solo les permitían sacar de Cuba, según cuenta Eire que se fue de niño en la operación Pedro Pan en el año 1962: "Dos mudas de ropa, tres mudas de ropa interior, tres pares de medias, y un libro". 
Másná. 
La operación Pedro Pan de la que se beneficiaron el joven Carlos y su hermano mayor fue una puerta de salida que se abrió a catorce mil niños cubanos a quienes se les dio visa para emigrar a los Estados Unidos viviendo arrimados en casa de familiares y amigos, muchos en orfanatos, mientras esperaban a que sus padres consiguieran visas para unírseles. Cuenta Eire que en la despedida en el aeropuerto de La Habana, a la que acudió toda su familia extendida: abuelos, tíos, primos... ni el más pesimista pensó que esa despedida sería definitiva. Pero los hermanitos se fueron de Cuba para no volver: en el aeropuerto vieron por última vez a su padre y a sus abuelos. Su mamá se habría de reunir con ellos dieciocho meses después. 
Hasta para el cubano más próspero tras el exilio revolucionario ser "limpia-baños" distaba de ser un insulto como para el venezolano ofendido, sino un trabajo como cualquier otro para comenzar a construir sus vidas desde cero. Criado como un principito en La Habana, Eire pasó años de su adolescencia lavando platos en el Hotel Hilton de Chicago para mantener a su madre, que tenía un brazo lisiado, y pagar sus estudios.
Coinciden Eire y Padura en destacar la solidaridad del cubano para ayudarse entre compatriotas, tanto en el exilio como en los avatares de la isla, en eso Venezuela tampoco es Cuba. Pero si la historia del libro de Eire termina en la despedida en el aeropuerto en La Habana, la de Padura comienza con la llegada del artista neoyorquino Elías Kaminski a la tierra de sus padres, por recomendación de un amigo, Kaminski busca a Mario Conde -ahora dedicado a la compra-venta de libros usados en La Habana- y le ofrece cien dólares diarios para que lo ayude a dar con el paradero de un retrato de Rembradt, herencia familiar.
Herejes es tres novelas en una: la primera parte es grandiosa, narra la historia de Daniel Kaminski y su tío Pepe Cartera, inmigrantes en Cuba marcados por la tragedia familiar ante el sentimiento antisemita de mediados de siglo XX cuando se les negó el desembarco en La Habana a cientos de pasajeros judíos que huían del nazismo. 
La segunda parte es la historia del retrato de Rembradt, la cabeza de un Cristo de rasgos judíos,  y la tercera parte asemeja más a las otras novelas policiales de Padura cuando Mario Conde se involucra en la desaparición de una joven "emo", cuyo burócrata padre había sido señalado en negocios turbios en Venezuela. Al final las tres historias se conectan entre sí, son historias de Herejes, de aquellos que se atreven a desafiar un dogma impuesto por el poder. Del judío que se rebela a las imposiciones de su religión, hasta los jóvenes "emos" hijos del desencanto revolucionario. 
Pedro Kaminski, mulato hijo adoptivo del judío Pepe Cartera, al conocer a su exitoso primo neoyorkino trata de explicarle las razones por las cuales un buen médico como él, vive apretado en una pequeña casa con su esposa, hijas, yernos (todos profesionales) y nietos en condiciones más que precarias (uso la memoria para citar porque dejé el libro en Margarita): "Tuvimos oportunidad de irnos pero no lo hicimos porque siempre pensamos que la situación tenía que mejorar, y nunca lo hizo". 
Leo esa frase con miedo, es cierto que Venezuela no es Cuba, pero ¿será que también nos tocarán más de cincuenta años de vacas flacas revolucionarias?

lunes, 30 de marzo de 2015

Venezuela is home


Las intensidades estaban calladitas porque tuve la inmensa fortuna de viajar a Nueva York antes de Semana Santa para estar presente en la inauguración de "Latinoamérica en construcción", exposición en el Museo de Arte Moderno que abarca lo más influyente de la arquitectura latinoamericana desde 1955 hasta 1980. Y aunque no están todos los que son, doy fe que Venezuela está bien representada con obras como el proyecto de El Helicoide de los arquitectos Pedro Neuberger, Jorge Romero Gutiérrez y Dirk Bornhorst (presente en la inauguración), el Parque del Este atribuido en el catálogo exclusivamente a Burle Marx (según mi tía Paulina se saltaron a Fernando Tavora, John Stoddar y Carlos Guinand), el Hotel Humboldt de Tomás José Sanabria, además de obras de los arquitectos Federico Beckhoff, Jorge Castillo, Jimmy Alcock, Jesús Tenreiro, Jorge Rigamonti, y mi abuelo, Carlos Raúl Villanueva. Por eso esta caraqueñita y parte de su familia estuvieron presentes la noche del martes 24 de marzo en el MOMA inflados de orgullo, al igual que tantos familiares de los arquitectos de las obras expuestas, aunque con cierta nostalgia de un sueño que al final no se dio, ese sueño de cuando en Latinoamérica se vislumbraba un futuro marcado por la Modernidad. 
En los años 60, además de la docencia, mi abuelo dedicó gran parte de su tiempo a dictar conferencias en distintas universidades norteamericanas, por eso solía visitar con frecuencia Nueva York, entonces resultaba mucho más fácil que hoy viajar Caracas-Nueva York: diariamente había vuelos directos de distintas aerolíneas que despegaban de Maiquetía a Kennedy y de Kennedy a Maiquetía. Cinco décadas después, y por distintas circunstancias, en esta V República los vuelos Nueva York-Caracas, y viceversa, hasta el año pasado se vieron limitados a un avioncito de American Airlines que despegaba a las 9.30 de la mañana de Maiquetía cinco veces por semana, si no había retraso, se llegaba a media tarde a la ciudad. Con la misma frecuencia el vuelo de regreso partía como a las cinco pm de JFK, aterrizando en Maiquetía antes de la medianoche. 
Si a eso le agregamos que en la República Bolivariana de Venezuela los pasajes aéreos estuvieron hasta el año 2014 regulados a dólar preferencial, viajar a Nueva York desde esta Venezuela revolucionaria era una papita. Al calcular el costo de un pasaje en dólar de mercado negro salía más económico llegar a Nueva York desde Caracas en American Airlines, que llegar en tren desde la vecina ciudad de Filadelfia. 
Not anymore, ante la deuda en dólares del gobierno venezolano con las líneas aéreas internacionales, hoy eso de viajar a precio de bolívar a tasa preferencial quedó tan atrás como el sueño de la modernidad expuesta en el MOMA: se acabaron los vuelos directos a Nueva York, además de otros destinos, y para colmo los pasajes en vuelos internacionales hay que pagarlos en dólares y a una tasa muy por encima de la de destinos similares.  
Nosotros los de entonces ya no somos los mismos, eso lo saben en American Airlines, ya no se arriesgan a dejar ni a su tripulación ni a sus aviones siquiera una noche en hostil territorio venezolano: los dos vuelos diarios provenientes de Miami aterrizan a primeras horas de la tarde en Maiquetía, y despegan de regreso antes de que caiga el sol cargados de pasajeros, algunos en conexión a otros destinos como Nueva York. Así lo que solía ser un vuelo más o menos corto se ha convertido en una odisea similar a un viaje trasatlántico. No faltará un bolsa en jactarse: "Pero tenemos patria".  
En mi caso particular el viaje de ida implicó una tormenta de nieve con fuertes vientos en Nueva York que ya habían causado un incidente esa mañana en el aeropuerto La Guardia, si el plan original era aterrizar en ese mismo aeropuerto a las 10 de la noche, el clima decidió que aterrizáramos en JFK a las tres de la madrugada con una obligada parada en Filadelfia a la espera de que pasara el mal tiempo. Más de catorce horas lo que hasta julio del 2014 era un viaje de cuatro horas y media.
Pero prefiero aterrizar en la madrugada que despegar antes de que salga el sol, como fue el caso del viaje de regreso a Caracas, el taxi me esperaba antes de las cinco y yo que me había acostado a la una acomodando desodorantes, champús, repelente de insectos, y tantos otros encargos de artículos que a quién se le ocurre llevar en el equipaje con el dólar a como está, pero que hoy no se consiguen en nuestra desabastecida Venezuela.
No era una buena mañana para viajar para alguien que no se siente a gusto en el aire: despegamos bajo un fuerte aguacero que no amainó en las más de dos horas y media que duró el trayecto Nueva York-Miami. La tripulación estuvo sentada casi todo el vuelo ante las condiciones de clima, apenas dio tiempo para ofrecer el servicio de bebidas no espirituosas gratis, y desayuno a aquellos que lo quisieran pagar porque ya en los vuelos internos en los Estados Unidos ni un paquetico de mani brindan. 
Viajar no solo se ha vuelto incómodo para los venezolanos, las cabinas de los aviones son cada vez más reducidas, tanto que cuesta entender a quienes pagan Bussines porque el espacio no es mucho más amplio que la cabina turista. 
Siempre pido volar en pasillo, apretujada a mi tengo a una joven pareja que por lo acaramelada que va imagino rumbo a su luna de miel en Florida. Él le soba el brazo como tranquilizándola ante el mal tiempo, ella sonríe, se recuesta en su hombro y trata de dormir. No bajan la cortinilla de la ventana, lo agradezco, me gusta ver lo que está pasando, cerciorarme de que rompemos el techo de nubes color plomo. No lo logramos en casi todo el vuelo. 
Por fin pasan el servicio de bebidas, no son ni las ocho de la mañana, pido agua, la pareja de enamorados pide dos botellitas de vodka y una lata de Bloody Mary Mix. A esa hora de la mañana no puedo evitar ser un tanto moralista, casi que me volteo y les pregunto: "¿Tan temprano?". Ya no los veo como a una dulce pareja sino como a personajes de la imaginería de un relato de Charles Bukowski. Abro el periódico para distraerme y para no juzgar vidas ajenas, en primera plana un perfil del copiloto de Lufthansa que estrelló en Los Alpes un avión con 150 almas abordo. No precisamente un buen material de lectura para aplacar los nervios en un avión. La parejita se toma sus Bloody Mary como si fuera jugo de naranja y pide otra ronda más. El avión no para de jamaquearse, me siento tentada a acompañarlos, opto por un lexotanil que los tengo racionados para ocasiones especiales porque en Venezuela tranquilizantes #nohay. El chico me pide prestado el periódico, quiere leer el artículo sobre el infausto copiloto alemán. El lexotanil y los Bloody Marys parecen hacer efecto porque al rato los tres nos quedamos dormidos hasta que por fin aterrizamos en Miami.
Me despido con cierta envidia de mis alegres vecinos que llegaron a su destino, a mi todavía me hace falta un avión por agarrar.
El aeropuerto de Miami es inmenso como una sabana, tengo menos de una hora para hacer la conexión, llego a la puerta minutos antes de que invitaran a abordar.  No se ven muchos pasajeros en la sala de espera, comienza Semana Santa: los viajeros venezolanos llegan a Miami, no se van a Caracas. El personal de tierra les pide a los pasajeros que solo tengan pasaporte norteamericano pasar por el counter, hay que cerciorarse de que lleven el nuevo sello de la visa venezolana. 
El mundo al revés. 
En efecto el avión va medio vacío, me toca pasillo en la última fila sin nadie al lado, podré seguir durmiendo apenas pasen el sandwich que sirven de almuerzo porque tengo hambre. La selección dejó de ser "Chicken or pasta". Una chica que viaja sola sentada al otro lado de mi fila me cuenta que vive en Chicago pero añora Venezuela: "Sobre todo por la comida, me hace falta la sazón venezolana, la comida americana sabe a plástico". Cuando sirven la comida la comprendo, el sandwich de jamón es de un rosado sospechoso que  dejo abandonado tras un par de bocados.
Antes de despegar, el personal de vuelo hace una advertencia adicional además de las obligadas medidas en caso de emergencia, una advertencia que jamás había oído: todavía estábamos a tiempo de bajarnos del avión, ¿acaso estamos seguros de querer viajar a Venezuela?
Como si estuviéramos a punto de partir a una zona de guerra.
Si, suspiré para mis adentros, "Venezuela is home", y al poco tiempo de despegar el avión me quedé dormida con un sueño plácido, soñé cuando el futuro que se vislumbraba en mi país era el de la Modernidad.