domingo, 19 de junio de 2016

Tras una "pálida"


"¡¡¡Coññoooo eeetuuu maaadreee!!!"- me gritó el taxista mientras en su destartalado carro trataba de esquivar a mi no menos destartalado carro. 
Si alguna vez merecí un coño etu madre tan sentido fue la otra tarde cuando en la avenida Los Mangos, tras verificar por el retrovisor que no venían carros, cambié de canal. Juro que vi la vía libre. Al oír el frenazo fue que me di cuenta que venía un taxi. La verdad no lo vi, quizás un punto ciego en el retrovisor no me permitió verlo.
Ante el cornetazo-frenazo me preparé para el impacto y el posible ruido de vidrios rotos que precede el choque entre dos carros. Pero ni impacto ni vidrios rotos, solo una indignada mentada de madre. Por experiencia propia -en casa tenemos meses con un carro accidentado- me consta que de haber chocado aunque mi seguro de responsabilidad civil asumiera los gastos de reparación del vehículo, el pobre hombre se habría quedado sin su taxi por tiempo indefinido porque en la Venezuela de Maduro, repuestos #nohay.
No sé si la teoría del punto ciego sea cierta o simplemente venía distraída tras dejar a mi hija en la parada del Metro para ir a la universidad. Venía deshojando la margarita de si comprar camarones o no, el precio de los camarones está por el cielo, son un lujo, pero nuestra familia se merecía un consentimiento después de los terribles momentos vividos días atrás cuando precisamente esperando a que la universitaria llegara a casa para comer un pescado que le había comprado su papá para celebrar que esa noche estaba de cumpleaños, recibimos la llamada que toda familia venezolana teme y espera como una especie de sino de país: sin usar la palabra secuestro, la muchacha avisó que ella y su prima-compañera de estudios estaban en una situación "delicada". 
"Situación país" se justificaron quienes las ruletearon por la ciudad mientras llegaban a un acuerdo con la familia (o sea, con nosotros). No hace falta entrar en detalles de lo que fue otro de tantos secuestros express caraqueños más allá de que me tocó llamar a mi prima para decirle que lo que tanto hemos temido desde hace cuatro años cada vez que las muchachas llegaban más de dos minutos tarde a casa, sucedió. Reunirnos para romper las alcancías, llamar a unos amigos para ver cuánto dinero tenían en casa, ustedes saben, lo que tantas otras familias venezolanas han sufrido como parte del peaje de insistir seguir viviendo en Venezuela. 
En medio de la intensa rabia de haber tenido que pasar por esta "situación país", o "pálida" como la llaman ellas, al abrazar a nuestras muchachas recién liberadas prevalece el alivio que no les hicieron daño, que las tenemos de vuelta en casa, que fue rápido, que muchas familias no tuvieron esa suerte, por eso no obstante estar corta de efectivo -como ustedes comprenderán ante las circunstancias- y con deudas por pagar, además de agradecida por no haber chocado al pobre taxista, opté por volver a celebrar los 22 años de mi hija y comprar los camarones, a pesar de que ya había soplado sus velitas rodeada de llorosos pero felices familiares y amigos, con rabia de país, pero agradecidos a la vida de tener a nuestras niñas de vuelta en casa.  

martes, 14 de junio de 2016

49 muchachos que solo querían ser felices


No tardaron en rodar los chistes homofóbicos relacionando el tiroteo el pasado sábado en la discoteca en Orlando, y cómo se salvaron algunos personeros de la política nacional. Imagino que habrá versiones en los dos bandos de la esfera política venezolana, así como chistes similares en otros países de nuestro hemisferio. No resulta casual que gran parte de las cuarenta y nueve víctimas del odio de Omar Mateen tuvieran nombres hispanos. Después de todo por este lado del continente vivimos en una cultura donde el amor entre personas del mismo sexo, cuando no se encuentra con abierto oprobio, sigue siendo objeto de risas y chalequeos. 
No extraña que la mayoría de los muchachos que esa noche bailaban salsa, alegres, con quien les diera la gana, no solo se fueron de sus países natales huyendo de precarias situaciones económicas y políticas, sino que también lo hicieron al no sentir su sexualidad plenamente aceptada por la sociedad que los rodea. 
Resulta paradójico que en lugar de encontrar el sueño americano, las cuarenta y nueve víctimas en "the land of the free and the brave" se encontraron fue con la muerte a manos de un joven como ellos,  que no llegaba a los treinta años, nacido en los Estados Unidos, hijo de inmigrantes oriundos de Afganistán, que buscaron asimilarse a su país de acogida sin prescindir de su cultura.
 Pero mientras las  cuarenta y nueve víctimas y los cincuenta y un heridos, y todos los que se encontraban esa noche en la Discoteca Pulse en Orlando no prescindían de su cultura bailando y pasándola bien sin perjudicar a nadie, mientras abrazaban la libertad de decidir a quien amar y con quien bailar, Omar Mateen abrazó la libertad que se dispone en los Estados Unidos de portar armas, y así llevar hasta las últimas consecuencias su herencia de abominar a la homosexualidad.  
 Omar Mateen dejó como último legado una llamada a la policía identificándose con el grupo terrorista Isis, lo que restó fuerza al llamado del presidente Barack Obama para un necesario control de armas en los Estados Unidos. Creyó torpemente Donald Trump que podría usar la asociación con el Isis para su beneficio político tuiteando una fanfarronería en cuanto a su posición: "con el terrorismo islamico radical, no quiero felicitaciones, quiero mano dura y vigilancia".
Viendo los toros detrás de la barrera, no creo que esta sea una acción premeditada del grupo islamista Isis, pero si parte de su siembra de odio, así como muchos malandros venezolanos se identificaban con la gesta revolucionaria a la hora de robar. 
Lo que si está claro es que no es Isis, ni ningún grupo terrorista, quien da libre acceso a las armas en los Estados Unidos, sino la constitución norteamericana la que permite una indiscriminada venta de armas que facilita que cualquier psicópata mate impulsivamente a veinte niños y seis maestras, o a catorce feligreses en una iglesia bautista, o a cuarenta y nueve jóvenes que solo quería ser felices


domingo, 12 de junio de 2016

"Hi Mr Martin, I'm from Venezuela"

                                                                 
                               

                                        
                                                                     I

Antes de Chávez, cuando se visitaba una ciudad cosmopolita, digamos Nueva York, cada vez que nos identificábamos como venezolanos notábamos cómo nuestro interlocutor hacía un breve ejercicio mental para recordar algo sobre tan exótico gentilicio. Sabían que Venezuela quedaba en Suramérica, tan ignorantes no son, pero como cuando a un latinoamericano que no sea internacionalista le hablan de los países africanos, no tenían muy claras las diferencias geopolíticas del continente con ligeras excepciones (la Cuba de Castro, el Chile de Pinochet). Había quienes mencionaban a un amigo en Guayaquil, o en Barranquilla, a quien quizás conociéramos. No faltaban quienes repetían el cliché de las hermosas playas, mujeres bellas y grandes peloteros. Y quienes seguían nuestras telenovelas.
Pocos pasaban de ahí. 
En tiempos de Chávez nuestra patria se hizo famosa como suele pasar con las naciones donde se instalan gobiernos de hombres fuertes, bien sea de Izquierda o de Derecha, aunque quienes se proclaman antiimperialistas y revolucionarios usualmente llegan a ser aplaudidos por la imaginería popular y la izquierda caviar que les gusta apoyar revoluciones lejos de sus fronteras. Cuando una se identificaba como venezolana, tenía que estar preparada para oír todo tipo de alabanzas en torno al hombre que muchos venezolanos pensábamos estaba llevando nuestro país a la ruina. 
Eso se acabó, después de Chávez ya pocos se atreven regodearse de simpatía revolucionaria ante lo que vivimos en la Venezuela de Maduro. Si antes inspirábamos indiferencia, luego admiración en ciertos círculos, hoy lo que inspira la patria de Bolívar es lástima. Cada vez que nos identificamos como venezolanos la respuesta es inmediata: ¿está Venezuela tan mal de verdad? ¿Es cierto lo de las colas, los políticos presos, la escasez de alimentos y medicinas? ¿qué nos pasó? ¿cómo se puede seguir viviendo en un país donde la escasez y la violencia parecen ser política de gobierno? ¿Cómo puedo seguir viviendo allí?
"Menos mal que todavía les queda el Sistema de Orquesta", suspiran los más optimistas. 
Comentan amigos que siguen teniendo panas de esa izquierda incondicional -muchos ni siquiera han pisado esta tierra en sus vidas,  menos en la gloria de Nicolás- que insisten en defender el descalabro que hoy vivimos los venezolanos por ser un descalabro de izquierda. En mi reciente viaje a Nueva York no me topé con ninguno de estos fieles apologistas revolucionarios, solo me topé con lástima, una intensa lástima a Venezuela, considerada hoy el país más miserable del continente. 

                                                                             II

Para bajarle dos a las intensidades cambio de tema a uno de mis lugares favoritos donde no fue necesario identificarme como venezolana, Strand, ubicada en la calle 12 con Broadway, a dos cuadras de Union Square, la legendaria librería que se promociona como "18 millas de libros", visita obligada en Nueva York.
Voy a Strand como el creyente va a un templo en peregrinación, a rendir pleitesía junto con otros feligreses del culto al libro, y salgo cargada con justo los suficientes para no pagar exceso de equipaje, sobre todo ahora que una tiene que regresar a Venezuela cargada de desodorante, champús y toallas sanitarias.  La selección de estas 18 millas de libros es pura calidad, y los precios varían entre el PVP, y libros en remate en los tablones de descuento. 
Desde hace algún tiempo sigo la cuenta de la mítica librería en Instagram y veo como es visitada por celebridades como Tom Hanks y Ewan Mc Gregor, decían que David Bowie se la pasaba metido allí, pero yo nunca me he encontrado con una celebridad entre los estrechos pasillos de Strand, o quizás ni pendiente porque lo que estoy es buscando libros que no conseguiría en Venezuela.
Además me acusan mis hijos de tener cierta tendencia a alucinar celebridades, como el día que juré haberme cruzado con el futbolista Iker Casillas en el aeropuerto de Berlín cuando se suponía tenía juego en Madrid. Por eso cuando me crucé en el área central de Strand con ese inmenso y desaliñado señor que tenía un indudable parecido con George R.R. Martin, después de que se me detuvo el corazón por un instante ante la posibilidad, me dije: "noooo, no puede ser". 
Y no podía ser porque el señor gordo estaba solo con su mujer deambulando como cualquier hijo de vecina por los pasillos de Strand. Más allá de esta venezolanita, nadie parecía darle una segunda mirada a este casi anciano de enorme humanidad, un Robert Baratheon moderno, vestido de negro, con tirantes que le sujetaban los pantalones, no se le fueran a caer ante su descomunal abdomen. 
"¡Ay pero es que es igualito!", pensé cuando me lo volví a tropezar en el tablón de los libros recomendados por el personal de Strand, pero no podía ser el autor de la saga de Game of Thrones, el  que lleva casi diez mil páginas anunciando que se aproxima el invierno, el creador de los Lannister y de los Starks, de la madre de los dragones, del otro lado del muro, de los salvajes, de los white walkers; de todo un universo que lo ha convertido en uno de los autores de fantasía más importantes a la par de Tolkien. Una leyenda viviente. Y ahí solito, sin perro que le ladre, sin nadie que lo perturbe en su búsqueda de libros. No puede ser.
Además, no llevaba puesto su gorra habitual. 
Así que decreté que todos los gordos inmensos como que eran igualitos, y subí al segundo piso donde habría de encontrarme un libro de Calder at Home, que me hizo olvidar al señor que se parecía a George R.R. Martín. 
No lo estaría contando de no ser porque esa noche estaba la foto del hombre con tirantes en la cuenta de Instagram de Strand celebrando otra visita de una celebridad:  "The one and only George R.R. Martin, y no nos pasó el dato de cuándo #Thewindsofwinter será publicado".
¡No lo podía creer! Había respirado el mismo aire de una leyenda literaria contemporánea y tras reconocerlo, de pendeja me desdije, y lo decreté un gordo cualquiera. 
Hoy pienso que mejor así, porque qué habría hecho: ¿molestar su privacidad para agradecerle que revivieran a Jon Snow? ¿Decirle un lugar común como Winter is coming o Valar Morghulis o The night is dark and full of terrors?, o peor aún: "Hi mr. Martin, I'm from Venezuela". 

                                                   

miércoles, 8 de junio de 2016

Once a princess



En el primer capítulo de Game of Thrones, cuando el invierno apenas comenzaba a asomar, conocemos a dos hermanas diametralmente distintas: la pequeña Arya Stark, guerrera y luchadora, quien pretende dominar las armas como se le exige a sus hermanos varones, su posesión más preciada es una espada que le regaló su hermanastro Jon Snow a la que bautiza Needle (aguja), no le interesan ni trapos ni joyas, ni intentar ser bonita, ni aprender a recitar, coser o bailar, y mucho menos le interesa la idea de un príncipe azul en su futuro. En cambio Sansa Stark,  entrando en la adolescencia, es romántica y soñadora del estilo romántico y soñador cuya idea de "vivieron felices para siempre" es un buen matrimonio con un guapo y galante príncipe que la adore, la llene de joyas y vestidos, para siempre verse como una futura reina debe lucir. 
Es decir, una Susanita en potencia. 
De los tantos hilos narrativos de la serie basada en la saga de George R.R. Martin, uno de mis preferidos es el de esta princesa devaluada quien abandona su hogar en Winterfell al ser prometida en matrimonio con el joven príncipe Joffrey Baratheon, que ante los ojos de la hija de Ned Stark, es el mejor prometido que la vida le puede brindar: rubio, de ojos azules, heredero de un poderoso trono, y que ante ella se muestra encantador. 
Distaba la púber Sansa imaginar las calamidades que el futuro le deparaba, calamidades que al principio afronta ingenua e indefensa, y que poco a poco empezó a afrontar con valor pero sin perder su delicada feminidad. Los seguidores de la serie de HBO hemos aprendido a querer a la malcriada adolescente, que tras ser comprometida con un novio sádico, sufrir las humillaciones de su posible suegra, ver diezmada a su familia, enamorarse de un chulo para después ser entregada por él en matrimonio a otro sádico quien habría de violarla la noche de bodas, y maltratarla consecuente en cualquiera parte del cuerpo que no impidiera darle un heredero; la otrora frívola Sansa se ha ido creciendo como personaje por el cual el espectador lejos de sentir fastidio y antipatía, siente empatía por la dignidad con la que afronta el descarrilamiento de lo que ella asumía sería su vida perfecta. 
Al principio de GOT nadie daba medio por Sansa Stark, hoy todos le tenemos ternura, aspiramos que en algún momento se le tuerza la suerte y le comiencen a salir bien las cosas, ya se le torció un poquito, logró huir de Winterfell con la ayuda de Theon Greyjoy, ahora está bajo la protección de Lady Brianne de Tarth, se reencontró con su supuesto hermanastro Jon Snow e hizo las paces con él tras una antipatía mutua que marcara su infancia, y a estas alturas de la serie es una pichón de estratega que busca armar con Jon un ejercito para rescatar a su hermano Rickon de las garras del sicópata Ramsay. 
Díganme, ¿quién ha crecido emocionalmente en el transcurso  de Game Of Thrones tanto como Sansa Stark?
Sin embargo en el capítulo del domingo pasado, titulado The Broken Man, nos dimos cuenta que todavía queda en ella esa esencia de la niña para quien entre los principales atributos de una mujer está ser bella y femenina, cuando a la hora de procurarse aliados para armar un ejército para rescatar a Rickon y batallar a los White Walkers, Sansa y Jon Snow recurren a un nuevo personaje en la serie, Lady Lyanna Morton, una reina de apenas diez años, quien los recibe en su corte rodeada de sus ancianos consejeros. Se equivoca Sansa al ver reflejada en la pequeña reina una imagen de si misma a su edad, en lugar de reconocer en la niña el espíritu combativo de su hermana Arya. Por eso trata de adularla en su estilo particular: 
"Es usted tan bella como lo era su madre".
 La niña será niña pero no es tonta, por eso la precisa:
"Mi madre era todo menos bella, mi madre era una guerrera". 
Con este breve intercambio de palabras Sansa demostró aquel lema que dice, "Once a princess, allways a princess", pero no por eso dejaremos de quererla. 

martes, 3 de mayo de 2016

Sobreviviendo a Mugabe



Las autobiografías están pasadas de moda, ahora se escriben "memorias", género que se ha democratizado porque no hay que ser famoso para publicar un libro narrando una singular experiencia de vida.  Hay memorias que son consideradas Literatura como I Know why the caged bird sings de Maya Angelou, Night de Ellie Wiesel, y The year of magical thinking de Joan Didion; hay memorias que tras estar de primeras en la listas de venta de no-ficción son llevadas con éxito a la gran pantalla y así a Elizabeth Gilbert se le conoce con la cara de Julia Roberts en Eat, Pray, Love; y a Cheryl Strayed como Reese Whiterspoon en la versión fílmica de Wild
Confieso ser lectora de este género que puede rayar con placer culposo, en el 2016 ya he leído como ocho memorias de temas tan diversos como las aventuras de un groupie de los Rolling Stones (Under their thumb de Bill German), la envidiable vida en Venecia de la escritora Donna Leon (My Venice and other essays), y Teacher Man, el recuento de los años de docencia de Frank McCourt tras escribir sobre su miserable infancia irlandesa en Las cenizas de Ángela
Por más diferentes que puedan ser estas memorias a nuestras culturas y experiencias personales, a menudo encontramos puntos en común, por ejemplo en Teacher Man cuando Mr. McCourt le narra a sus estudiantes que en Irlanda eran tan miserables que no tenían ni papel toilette. Cómo no remitirse a la actual Venezuela en la que conseguir papel higiénico es un calvario. Los muchachos creían que el maestro exageraba: ¿En qué tipo de sociedad no se consigue papel toilette? 
Nancy levanta la mano: "Profe, ¿podemos seguir con la clase? Mejor no hablar sobre estos temas antes de almuerzo".
Hay estómagos demasiado delicados para las penurias ajenas.
Unas memorias en las que imposible no subrayar innumerables coincidencias fue en The last resort: A memoir of Zimbabwe de Douglas Rogers; que descubrí entre las ofertas digitales en Amazon, me llamó la atención porque tenía buenos comentarios, pero sobre todo porque hoy sobran las comparaciones entre el país africano que tiene más de treinta años bajo el mando de Robert Mugabe, y la Venezuela revolucionaria de Chávez a Maduro.  
De Zimbabue sé lo que debe saber un zimbabuense de mediana cultura sobre Venezuela, absolutamente nada, o por lo menos nada hasta que comenzaron a ser comparadas nuestras miserias políticas, y en verdad pareciera que los líderes de la gesta cívico-militar venezolana siguieran el manual de Mugabe, por ejemplo: 
"Con una inflación acercándose a 20.000 por ciento y los precios subiendo cada hora, salió una ley: bajar los precios un 50 por ciento alegando que comerciantes sin escrúpulos en `coalición con el Occidente´ los subían para tumbar el gobierno. El resultado fue un robo propiciado por el Estado. Era una locura, una orgía de compras que duró más de una semana. Los anaqueles de los supermercados quedaron vacíos. Los militares determinaban los precios mientras sus familiares y amigos tenían prioridad para comprar. Panaderías, licorerías, y las pocas carnicerías que quedaban resultaron arrasadas. Los espantados comerciantes que se atrevieron a protestar fueron llevados detenidos como especuladores. No solo los precios de alimentos fueron forzados a bajar, también de artículos de lujo: computadoras y televisores pantalla plana se vendían por unos pocos dólares al precio del mercado negro. Los carros se los llevaban jóvenes milicianos que semanas antes no tenían ni para comprar una hogaza de pan. La cava de un hotel fue saqueada, vendían las botellas del mejor vino francés a menos de cinco dólares". 
El autor parece describir el "Dakazo" ocurrido en Venezuela cuando Maduro decretó bajar los precios aspirando ganar popularidad previo a unas elecciones (y lo logró por un tiempo breve). Sin embargo nuestros procesos históricos son tan distintos como los de cualquier país africano comparado con cualquier país americano: si ambos continentes fueron colonizados siglos atrás por conquistadores europeos, en los países americanos -por lo menos en Venezuela- se produjo un proceso de mestizaje que hoy conforma la mayoría de nuestra población, en cambio en África el dominio de una minoría blanca sobre una mayoría negra duró siglos. La independencia al dominio blanco se comenzó a conquistar tan solo a mediados del siglo XX, siendo uno de los resultados más extremos la política de Mugabe, que aspira abiertamente a una "Zimbabue sin blancos". 
Douglas Rogers (1968), nacido en Umtali de la antigua Rodesia, al igual que sus tres hermanas, y que la mayoría de los jóvenes blancos de la hoy República Zimbabue, ante prohibiciones como que los blancos no podía ser propietarios de tierras, optaron por emigrar al constatar que bajo el mando de Mugabe, sus vidas serían muy difíciles a pesar de ser zimbabuense de varias generaciones. Sus padres quedaron en su tierra natal aspirando que tarde o temprano la situación habría de cambiar. Hay una edad en la que es difícil desarraigarse, a pesar de temer por su seguridad -muchos de sus amigos fueron asesinados- ser víctimas de expropiaciones y de todo tipo de represiones, y de vivir alejados de su familia, los Rogers no abandonaron Zimbaube.  
Cuando Douglas Rogers comienza a redactar estas memorias en el año 2000: "Mi padre tenía 66 años, mi madre 61; ya era hora de que comenzaran a pensar en su futuro". Pero por más que insistieran los hijos que la pareja se mudara a la vecina Mozambique -donde vivía una de sus hijas- país vecino que progresaba tras superar años de guerras civiles, los viejos se negaron.  
Ros Rogers había sido un abogado especialista en sacar  patentes de licor, la mayor parte de su clientela fue negra, al retirarse compró una finca con Lyn, su mujer. Eventualmente, al igual que toda propiedad en manos de blancos, la finca le fue expropiada por el gobierno, pero se les permitió permanecer y así ha pasado de pensión de mochileros, a burdel, a pensión multiracial escogida por los amigos blancos a quienes iban expulsando de sus propiedades, a siembra de marihuana. 
Lo que sea necesario por sobrevivir sin irse de su amado país. 
Ocho años tardó Douglas Rogers escribiendo la historia de sus padres en la Zimbabue de Mugabe, hasta que por fin publicó The Last Resort en el año 2010.  
Rescato otra crisis narrada por Rogers que asemeja a la actual Venezuela:
"El país comenzó a sumirse en la oscuridad. Las turbinas de Hwange, cerca de las cataratas Victoria, habían colapsado por mal mantenimiento y por falta de personal apto, el gobierno, incapaz de pagar la energía importada de Zambia, Congo y Sur África, empezó a imponer apagones que llamaron "racionamientos".
En 2016, a los 87 años, Mugabe sigue gobernando. Hasta donde llego por Internet, Lyn y Ros Rogers deben continuar regentando la pensión llamada "Drifters" (por lo menos hasta 2012 lo hacían), sobreviviendo las medidas del dictador que odia a los blancos. Llegó un punto que Douglas y sus hermanas dejaron de insistir que sus padres salieran de ese infierno, a pesar de que en el año 2000 cuando Rogers comenzó a escribir estas memorias: "a diferencia de este año 2007, el país por lo menos conservaba un resto de una sociedad funcional". 
Con el pasar de los años los hermanos Rogers se dieron cuenta que el caos en el que viven sus padres: "les ha dado propósito de seguir, una razón para vivir. Todos los días durante los últimos ocho años se levantan buscando una manera de sobrevivir, y sin dejarse aplastar por tanta lucha, se han crecido, encontrando una rara energía, pasión, que los ha mantenido jóvenes, activos y vivos". 
Rogers desde la comodidad de su apartamento en Brooklyn, preocupado por sus padres y por su país pero con un leve sentimiento de culpa por reconocer sentirse feliz de saberse lejos de ahí, se pregunta si sus padres llegaran a ver la luz al final del túnel de la tiranía. 
 Ros -que debe tener casi la edad de Mugabe- brinda porque sí:
"Tan solo quiero sobrevivir, quiero ver el fin de los responsables de esto". 

¿Qué mejor razón puede haber para vivir?






lunes, 11 de abril de 2016

Un lunes cualquiera en la actual Venezuela


Esta mañana fue una mañana como cualquier otra en la actual Venezuela: el café tuve que tomarlo sin leche porque leche #nohay (debo darme con una piedra en los dientes porque por lo menos tengo café y un poquito de azúcar). Tomo mi guayoyo mientras leo en El Nacional un nuevo episodio de cómo  en la Venezuela de Maduro, quienes hemos porfiado en seguir aquí, vivimos en uno de los países más miserables del mundo. 
El capítulo del día es la falta de tratamiento para controlar el Mal de Parkinson, denuncia que hace la periodista Isayen Hernández aprovechando que ayer fue el Día Internacional de esta enfermedad degenerativa que suele atacar a los ancianos, pero no discrimina: pacientes que apenas pasan la treintena también son diagnosticados con este mal neurológico que combina rigidez con espasmos incontrolables. 
Como tantas otras enfermedades crónicas, a los afectados de Parkinson -que según el artículo en nuestro país hoy suman 30 mil- en la Venezuela de Maduro les está costando Dios y su ayuda encontrar los medicamentos necesarios para combatirla, medicamentos que si bien no darán una cura a su mal, son imprescindibles para contenerlo el mayor tiempo posible. 
Los pacientes de Parkinson con medios económicos a un alto costo logran importarlos, pero quienes no tienen dólares para hacerlo, sus familiares deben zanquear farmacias y redes sociales hasta lograrlo, muchas veces siendo necesario cambiar de tratamiento por uno menos efectivo, pero con suerte más fácil de conseguir.  
Cuánta impotencia que se nos esté volviendo normal los llamados desesperados de quienes buscan en las redes sociales medicinas para sus ancianos padres, tan normal como los llamados desesperados para conseguir los tratamientos para pacientes de cáncer. Pero no por volverse normal deja de ser  indignante vivir en un país donde el Gobierno parece incapaz de resolver la grave crisis de salud que enfrenta desde hace ya suficiente tiempo como para hacerla prioridad en su agenda, y haberla resuelto.  
También se nos ha vuelto normal que frente a la mayoría de los mercados venezolanos casi siempre haya cola para entrar para conseguir cualquier artículo regulado. Esta mañana en Los Campitos de Campo Alegre la cola era porque llegó salsa de tomate de una marca tan tapa amarilla como las que buscaba el joven protagonista para su madre, fiel comunista cuyo corazón no podría soportar enterarse de que había caído el Muro de Berlín mientras ella estuvo en coma. El precio 317 bolívares. También había llegado mayonesa tapa amarilla, pero no tuve la suerte de que alcanzara para llevarme un frasco. 
Y eso que en Los Campitos a quienes íbamos a hacer un mercado mayor nos dejaban entrar sin necesidad de hacer cola, la cola era para quienes estaban solo para comprar esa salsa "a base de tomates", de la que dejaban llevar un máximo de dos frascos por cliente. Yo había ido a Los Campitos con la esperanza de conseguir carne, pero el buen carnicero me aconsejó no llevármela porque estaba dura: "Usted me la compra y seguro regresa mañana para devolverla", así que solo llevé carne molida, muslos de pollo, algo de legumbres, y dos frascos de salsa tomate tapa amarilla. 
De salida me topé con una conmoción a las puertas del Seniat, el joven diputado Miguel Pizarro, acompañado de unos cuantos viejitos, aspiraba hacerle llegar al Director del Seniat, José David Cabello, una carta con la solicitud de audiencia para exponerle la Ley de Bono de Alimentación y Medicamentos para Jubilados y Pensionados aprobada el 30 de marzo en la Asamblea Nacional. 
En esta Venezuela de Maduro también quienes nos gobiernan quieren hacernos parecer normal que el Gobierno Central, imponiendo un Tribunal Supremo de Justicia nombrado a su medida, ignore  descaradamente cualquier iniciativa o ley de una Asamblea Nacional en la que hoy son mayoría los diputados de la oposición.
Los empleados del Seniat, a quienes también les tocará hacer cola cuando llega papel higiénico o arroz en el mercado a pocos metros de su oficina, pienso que seguirían órdenes, o quizás me equivoco y sentirían que hacen patria negándole acceso a la oficina pública de Administración de Aduanera y Tributaria, al joven diputado y a la decena de viejitos que lo acompañaban. 
Llegaron las cámaras de televisión, llegó la Guardia Nacional, se acabó la salsa de tomate tapa amarilla, se acabó la cola frente al mercado, y a Pizarro y los viejitos les cerraron en sus narices la reja blanca del Seniat. El diputado trataba de apelar conciencias, gritaba ante la reja cerrada algo así como: "¡Cómo pueden dormir en la noche sabiendo lo que está sucediendo en su país, que el pueblo está pasando hambre y muriendo por falta de medicamentos, mientras sus jefes hacen fortunas!".
Del otro lado de la puerta alguien responde: "¡Porqué mejor no hablas del diputado Julio Borges y sus cuentas secretas en Panamá!". 
Esa era la única respuesta disponible, y de ella los funcionarios públicos no salieron. 
Al diputado Pizarro ni siquiera le recibieron su carta solicitando una audiencia para tratar sobre el financiamiento para aumentar los beneficios de alimentación y salud a los pensionados, la única respuesta que obtuvo, a gritos a reja cerrada era en relación a que el nombre del diputado Borges se asomó en el escándalo de los Panama Papers. 
Dos personas que solo estaban en el Centro Comercial Mata de Coco para comprar salsa de tomate, entablaron la típica discusión política a la que también nos hemos acostumbrado los venezolanos. Un hombre defendía lo que queda de la revolución, hablaba algo de la historia, de cómo el puntofijismo había arruinado al país y ahora la oposición pretendía borrar la historia.  Hablaba tantas tonterías que nadie le hacía caso hasta que una humilde señora se le volteó y lo enfrentó: "No hable tanta zoquetada, que ese diputado que está luchando a favor de los pensionados, cuando llegó el chavismo al poder, apenas sería un muchachito. Lo que si le aseguro, porque en cambio yo no nací ayer, es que nunca en nuestro país se moría la gente por falta de medicinas como está pasando ahorita". 
El señor rojo no supo que contestar, en el manual del buen revolucionario faltan muchas respuestas, así que yo me fui sin carne pero con mis dos salsas de tomate a casa, después les cuento qué tal. Mientras tanto, ahí les dejo el documento subversivo que al diputado Pizarro -de 28 años- no le quisieron recibir. 


martes, 5 de abril de 2016

Bíblica Semana Santa en Margarita

                                                           

                                                           1- Hágase la luz (y el agua)

Muchos cancelaron sus vacaciones cuando en las redes sociales comenzaron a difundir súplicas desde Margarita que por favor nos abstuviéramos de visitarla esta Semana Santa. La isla es una cápsula más del desastre de país en el que hoy vivimos, y estos primeros meses del 2016 a la corrupción y desidia política, se le suma una sequía espantosa que tiene a Venezuela al borde del colapso eléctrico. Me contaba una señora en la lenta cola de Sigo Market - los puntos de ventas estaban caídos-, que en la isla más allá de un par de dispersos chaparrones, no llueve desde diciembre, y eso se nota en el árido paisaje. El hermoso túnel natural saliendo del aeropuerto estaba chamuscado como si le hubieran prendido fuego. 
Los días previos a Semana Santa el racionamiento de agua en Margarita apenas daba para sus habitantes, temían que la insoportable situación empeoraría con la carga adicional del turismo propio de la época, sin contar la escasez de alimentos, productos básicos y medicinas que caracteriza a Venezuela en tiempos de Maduro. 
En cuanto a escasez no encontré la isla ni peor ni mejor que Caracas. La mayoría de los navegados que nos atrevimos a visitar Margarita esta Semana Santa a pesar de las apocalípticas advertencias, llegamos con papel higiénico, jabón de baño y otros artículos difíciles de encontrar no solo en la isla, sino en cualquier lado de Venezuela. 
En cuanto al abastecimiento en mi experiencia este año estuvo mejor que el año pasado por esta época, fue fácil dar con productos que en el año 2015 eran difíciles de encontrar como carne y pollo - ya que subieron de precio-, café se conseguía el "de lujo", pasta solo la importada, refrescos máximo dos botellones por compra, cervezas Zulia y Polar Light (pero había que llevar el vacío de botellas). 
El pescado en la isla en Semana Santa nunca falla, en Pampatar subió a cuatro mil bolívares el kilo de pargo, dos mil bolívares el de Dorado y mil trescientos el de Cazón; agua de coco a ochocientos bolívares la botella, huevos solo se consiguen a orillas de la carretera a precio de mercado negro.
Ni leche, ni azúcar, ni arroz, ni harina Pan; as usual
Llegamos confiados de que en nuestro condominio de Guacuco no suele haber problemas de agua porque cuenta con una planta desalinizadora que se surte de un aledaño pozo de agua de mar, y aunque había conciencia de la sequía que, como el resto de Venezuela, atraviesa la isla, el agua no nos llegó a faltar, a diferencia de otros hoteles, posadas y condominios, donde no era exageración que cargaban en tobos con el agua de las piscinas para bajar las pocetas. 
Mi sobrina -que llegó con un grupo de amigos a Cimarrón- me contó que en el condominio próximo a Playa Parguito les llegaba agua por dos horas tres veces al día. Otros no tuvieron esa suerte, a una amiga la llamaron de la posada en Playa El Agua donde se alojaría para cancelar la reservación puesto que estaban sin agua. Los camiones de agua fueron parte del paisaje esta Semana Santa en la isla.
Disfrutando de unos espectaculares días de playa llegaban reportes desde Caracas de la gris atmósfera de calina (o calima como algunos prefieren decir) que no dejaba siquiera ver el Ávila. En Margarita la Semana Santa 2016 el cielo estuvo azul, sin una nube, la brisa fresca. En los días que estuvimos, no cayó una gota de agua. En mi privilegiada posición de vacacionista en Terrazas de Guacuco, el agua solo me llegó a faltar el último día, y fue en el aeropuerto Santiago Mariño a punto de regresar a Caracas, donde antes de entrar en el baño me topé con un enorme pipote de basura lleno de agua, adentro un pote vacío de helado Efe con la instrucción: "agua para bajar el W.C" .
A tan sola media hora de vuelo, preferí esperar a llegar a Maiquetía. 


                                             2-  El nuevo paraíso terrenal (casi).

Desde que el año pasado mandaron a demoler los quioscos instalados desde hace años en Playa El Agua, a pesar de que lo lamento por los comerciantes que perdieron sus negocios, hay que reconocer que esta hermosa playa se convirtió en un edén, no tanto porque hoy sea más bonita con el paisaje sembrado de cocoteros en lugar de edificaciones construidas a la machimberra, sino por la paz que se siente hasta en temporada alta como Semana Santa. 
La rumba grande, esa estilo Sodoma y Gomorra de derroche etílico y ruido ensordecedor, se mudó a Playa Parguito, opción de los jóvenes que para su felicidad, los padres evitamos como la peste.
Debe ser que me estoy poniendo vieja, yo que tanto disfruté en los años 80 cuando Margarita era una fiesta en quioscos como El Rendezvous a ritmo de Juan Luis Guerra y 4.40, hoy me confieso feliz de que se acabó la mega rumba en Playa El Agua, porque la guerra de minitecas a lo largo de la playa en una competencia de en cual quiosco sonaba la música más alto y tenía el mejor flow, se había vuelto insoportable para quienes de la playa lo que más valoramos es la comunión con la naturaleza y el sonido del mar. 
Tampoco es que Playa El Agua se convirtiera en un espacio cien por ciento libre de changa y regatón, nunca faltan los vecinos de toldo que sacan sus cornetas Bosé último modelo para imponer distintos gustos musicales que suelen variar desde Chino y Nacho, hasta Ricardo Arjona. El gusto musical parece guardar estrecha relación con el volumen con el que buscan imponerlo en su entorno. Como un perro que orina marcando territorio. Solo que el recuerdo de los decibeles y la vibración que solían caracterizar a los antiguos quioscos de Playa El Agua, hacen que el Picky, Picky, Picky; que mana de las cornetas Bosé del toldo vecino suene a La Flauta Mágica. 

                                             3- La serpiente que no tentó ni a Eva ni a Adán

Hace veinte años, cuando mis hijas mayores eran bebés, yo le tenía más miedo a los alacranes que a los malandros. Aunque ya había inseguridad en Venezuela, entonces se oían más cuentos de alacranes mortales que de robos con fatalidades. Por eso previo a cada viaje a Margarita donde toparnos con uno o dos alancracitos era lo usual, iba a la Facultad de Farmacia de la Universidad Central de Venezuela en busca de suero antiescorpiónico porque en la isla no se conseguía. Afortunadamente no fue necesario usarlo, los alacranes en Margarita, que dicen los expertos no ser de los peligrosos, solo le clavaron su ponzoña a mi papá, sin consecuencias. 
 Los años pasan y los temores cambian, hoy le tengo pavor a los malandros en cambio hace tiempo que no voy a buscar suero antiescorpiónico a la UCV,  quizás por eso esa plácida mañana de un martes de Semana Santa no entré en pánico al escuchar los alaridos de mi marido: "¡Coño! ¡Coño! ¡Coño!".
Un malandro no podía ser porque ya lo habría hecho callar de un culatazo, pensé que se había encontrado con un alacrán en el baño, qué cagueta, pero tras el sexto ¡Coño! pensé que para entonces el alacrán ya debió haber sido cazado, algo peor estaría sucediendo, así que no me quedó más remedio que dejar mi libro a un lado y pararme del chinchorro para ver qué tipo de animalejo se le habría aparecido al padre de mis hijos. 
Y yo que estaba preparada para enfrentarme a un alacrán, quizás un alacrán un poco más grande de lo usual, lo que no estaba preparada era para encontrarme en el espejo del baño con una enorme culebra verde.  
"¡Hasta que llegaste, coño! Quédate cuidándola para que no se escape mientras encuentro algo con que cazarla".
Ni que nos hubiéramos casado ayer, ¿acaso soy del tipo de mujer que se quedaría encerrada en un diminuto baño cuidando que una culebra no se escape? Cualquiera que me conoce sabe que no formo parte del ejército de las mujeres valientes de Venezuela. Sin hacer caso de las instrucciones del cazador, corrí al cuarto de mis hijas -que se habían despertado con los gritos- a cobrarles aquellas peregrinaciones a la Facultad de Farmacia de la UCV para encontrar suero antiescorpiónico: 
"Ocúpense con su papá de cazar la culebra que su mamá está indispuesta".
Como ellas si saben el tipo de mujer que las parió, no les quedó más remedio que levantarse de la cama a ayudar a su papá, mientras  mamá escondida bajo sábanas ordenaba a gritos cual Lady Macbeth tropical: "¡Llamen a un jardinero del condominio, les apuesto que caza a esa bicha en dos segundos!".
Pero macho que se respeta no llama a un jardinero para que cace una culebra por él: "¡No llamen a nadie que yo no soy una mamita!", y así a las muchachitas a las que tanto protegí en su infancia del peligro de un alacrán, quedaron cuidando a la vil serpiente en el diminuto baño mientras su padre buscaba armamento de cacería que resultó un tobo y una escoba. 
 Los "¡Coño!" no cesaron, el cazador al acecho iba describiendo el periplo de la serpiente: "¡Coño! Se está enredando en los cepillos de dientes, ¡coño se encaramó en la puerta...!".
Mi gran preocupación era que no le fuera a caer a palazos y romper el espejo del baño que lo último que necesitamos viviendo en este país, es el bono de "siete años de mala suerte".
Hasta que una de mis hijas decidió hacerme caso, logró escapar del inepto equipo de cazadores y llamar a un jardinero del condominio quien en cuestión de segundos, tocó la culebra con el palo de escoba, la hizo caer en el tobo, y la sacó de la casa. 
Viendo al reptil que el jardinero identificó como una "verdegallo" no venenosa pero sí agresiva: "Da latigazos con la cola cuando se siente en peligro", pensé que qué suerte que la culebra se le apareció al valiente pero fallido cazador, porque a esta princesa devaluada sentándose adormecida para hacer pipí, se le aparece esta amiga, las historias de la serpiente, la sequía y la rumba playera no habrían llegado a intensidades, no por morir cual Cleopatra ante el veneno de una áspid, sino porque de que me daba un infarto, me daba.