lunes, 22 de octubre de 2018

Encuentro de un par de sobrevivientes




Cuando me encuentro en Caracas con una cara conocida del pasado remoto me invade una gran alegría, han emigrado de Venezuela tantos amigos y conocidos que ver un rostro familiar es como cuando en Walking Dead aparece un inesperado sobreviviente en medio de la hecatombe de Zombies, o como cuando en Lost los sobrevivientes del vuelo 815 con destino a Los Angeles, descubren a otros sobrevivientes en algún rincón de la misteriosa isla infectada de carencias, monstruos y calamidades. 
La semana pasada me sucedió en el abasto de La Florida, fui a buscar mantequilla (que está desaparecida desde hace semanas) ya no la tienen en charcutería y hace tiempo no se ve en las neveras. Los charcuteros me sugirieron que intentara en la sección del mercado donde a través de un mostrador, cual joyería, se piden los artículos más cotizados, caros o escasos del mercado como champú, bebidas alcohólicas, aceite de oliva, granos o diablitos. 
Tratando de llamar la atención de la muchacha que te dice si hay o no hay el producto que andas buscando, me encontré con una cara del pasado que junto con otra media docena de personas se encontraban arremolinados ante el pequeño mostrador preguntando:
-¿Señorita tiene cubitos?
-¿Amiga hay resma de papel?
-¿Mi amor qué granos tienen?
M. no era un amigo, mas bien un conocido un poco mayor que yo que orbitaba en las mismas fiestas sifrinas en los años 80, pertenecía a un grupo más malandroso, no en el sentido peligroso que hoy le damos a la palabra malandro, sino porque tenía fama de ser un grupetín dado a los excesos sicotrópicos. Si simplificamos a las tribus sifrinas caraqueñas de los años 80, yo pertenecía a una tribu zanahoria, y M. a un grupo más "dañáo".
Por eso al cruzar miradas tardamos unos segundos en reconocernos, además porque teníamos como 30 años sin vernos. Pero la alegría fue la misma que si hubiésemos sido los más grandes de los panas, poco faltó para que nos abrazáramos.
- ¿Villanueva, verdad?
Me preguntó como haciendo un ejercicio de memoria del que se sintió muy orgulloso. Aspirar a que se acordara de mi nombre o de mi sobrenombre, habría sido demasiado pedir. 
Yo si me acordaba perfecto de su nombre, M. estaba igualito, como están igualitos los Rolling Stones de 2018 a lo que eran en los años 70: en el rostro ajado se le notaba el paso de los años, pero seguía teniendo la misma melena negra y despeinada, y la misma figura de cuando me lo topaba en las fiestas en La Castellana o Altamira.
-¿También estás buscando mantequilla?- le pregunté.
-No, estoy buscando una botella de ron.
Se me quedó mirando y le brillaron los ojos:
-Chama qué alegría verte- no me abrazó para no perder su puesto privilegiado en el mostrador, lo compensó exclamando emocionado- !Estás más gordita!, pero... ¡estás liiiindaaa!
En este tipo de momentos son en los que se me tambalea el feminismo: ¿a qué mujer le gusta que le digan que está más gordita, y a qué mujer le disgusta que le digan linda?
Lo de gordita no me extraña, aunque según mi doctora todavía no tenga sobrepeso -estoy justo en la raya- pero para quien me conoció hace treinta años y veinte kilos menos, antes de tres embarazos, y previo a un marido que cocina divino con lo que se encuentre en este país en crisis; debo ser tremenda gordita comparada con la flaca a la que M. conoció bailando "Don't stand so close to me".
Aquellos tiempos en los que yo pesaba cuarenta y tres kilos. Era tan delgada que mucha gente juraba que era anoréxica, lo que nunca fui, simplemente era una firifiri de naturaleza, plana como una tabla, en una era donde el ideal de belleza eran mujeres voluptuosas como Irene Sáez, Barbarita Palacios y Pilín León. 
Quizás me habría ofendido ese "gordita", más por lo que representaba el irrefutable paso de los años que por los kilos de más, de no ser porque ese "¡Estás liiindaaa!" del pana M. sonó tan espontáneo y sincero que me volví a sentir como la chama que bailaba Police jurando ser la Dancing Queen sin importar lo firifiri (o hoy gordita) que fuera.
-¿Cómo esta tu hermano?- me preguntó.
De mi hermano recordaba perfecto el nombre, quizás porque era más su contemporáneo.
-Muy bien, viviendo en el Norte. ¿Y tú? ¿Sigues aquí o estás de visita?
-Aquí, de los sobrevivientes, y no me voy.
Antes de que nos siguiéramos poniendo al día aunque entre nosotros jamás existiera amistad alguna con la que ponerse al día, la chica al otro lado del mostrador me rebotó:
"Mi reina mantequilla hace tiempo que no llega".
Y así nos despedimos hasta la próxima, este par de sobrevivientes de una Caracas en ruinas, yo sin conseguir mantequilla, y M. con su botella de ron.

sábado, 13 de octubre de 2018

Y si, si se parece


En "Life" (2010), las memorias de Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones cuenta que cuando estaban a punto de sacar "Bridges of Babylon", álbum de los Stones del año 1997, Angela, la hija de Keith, le hizo notar a su padre que uno de los temas del disco por salir: "Anybody seen my baby?", tenía un indudable parecido con un reciente éxito de la cantante K.D Lang: "Constant Craving",
y si, si lo tiene,
Mick se ofendió porque cómo lo van a acusar de plagio, pana él es Mick "fucking" Jagger, pero el parecido era tan obvio que no les quedó más remedio que asumirlo antes que saliera el disco a la venta y darle créditos a Lang en la canción como coautora. "Anybody seen my baby?" fue el primer sencillo y mayor éxito del álbum, el video promocional contaba con la actriz Angelina Jolie como el objeto de la obsesión del viejo Mick. K.D Lang lejos de demandar a los Stones, se confesó halagada por formar parte de los créditos de la canción. Richards no culpa a Jagger de plagio, por lo menos no fue intencional, dice que lo que pasa es que Mick es una esponja, oye una melodía, se le queda grabada en el subconsciente, tiempo después comienza a tararearla y la asume como propia.
Ese cuento me acordó la demanda de plagio que vivió George Harrison por uno de sus mayores éxitos como solista: "My Sweet Lord", cuya melodía era casi idéntica a la canción "He's so fine" compuesta por Ronnie Mack, popularizada por el grupo Las Chiffons. Tras años de negociaciones en la corte el juez dictaminó que hubo plagio aunque no intencional, fue el subconsciente del Beatle más comeflor que lo traicionó. Según Wikipedia, subconsciente o no, Harrison se vio obligado a pagar una suma que correspondía a las dos terceras partes de los royalties percibidos hasta el momento por "My sweet lord", además de parte de los royalties del álbum donde aparece: "All things must pass". Harrison resultó tan traumatizado tras este juicio de plagio, que le quedó una paranoia durante un tiempo y no se atrevía a componer. No recuerdo dónde fue que leí que también se negaba a oír música no fuera a ser que su subconsciente se volviera a apropiar de una melodía ajena.
No los culpo, salvando las distancias con los geniales Mick Jagger y George Harrison, mi sunconciente también fue culpable de plagio, por lo menos en una ocasión: en mi novela "El móvil del Delito", publicada por Ediciones B en 2006, hay una escena donde uno de los personajes, Andrés, con tremenda trona, se monta en un techo y tras un discurso existencialista, pareciera querer lanzarse, mientras los amigos, a quienes se les pasa la trona del susto, tratan de evitarlo. Al final no pasa nada. Se evitan mayores intensidades. Y yo pensando que ese era el climax de mi novela, la gran escena, que me fundí.
 Meses después de publicada un amigo me felicitó porque le encantó El móvil... sobre todo la escena del techo: "igualita a la de la película "Almost Famous", cuando el personaje interpretado por Billy Crudup, en medio de una trona entre amigos, amenaza lanzarse del techo". Ahora que me lo dicen, si se parece bastante, puto subconsciente, menos mal que solo un amigo se dio cuenta del parecido, y que Cameron Crowe no me demandó por parte de los royalties de mi primera y hasta ahora, única novela.
Con su parte de los royalties de El Móvil... el famoso guionista/director, que fue groupie alguna vez, quizás se podría pagar un par de cervezas.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Ante el cierre del Lee Hamilton

Las redes sociales caraqueñas parecieran más conmocionadas por el cierre de la arepera El Tropezón en Bello Monte, y del legendario restaurante de carne Lee Hamilton en La Castellana, que por el viaje de Maduro para hipotecar lo que queda del futuro de Venezuela a China.
El Lee Hamilton, junto con El Carrizo y El Portón, eran los restaurantes a los que me llevaban a comer carne mis padres desde que tengo uso de razón. Casi siempre a almorzar, usualmente los domingos, porque en la noche la "carne cae pesada", no como hoy que "por la noche da miedo salir".
Como nunca he sido muy carnívora, cada uno de esos restaurantes para esta niña desganada tenía un atractivo especial que poco tenía que ver con la excelente carne que en ellos se comía: en El Portón, que quedaba en una quinta en la entrada de El Rosal a la autopista, me encantaba la media punta trasera con arroz y caraotas, más por el arroz y las caraotas negras que por la carne. Para la mesa se pedía una jarra de sangría que podíamos tomar los niños, solo una copa con más frutas que sangría, en los años 70 se pensaba que a los niños había que enseñarlos a tomar desde chiquitos.
Mi papá solía reconocer adecos famosos en las mesas de El Portón: "miren ahí está Canache Mata", "Miren ahí está Piñerua", por eso mi mamá decía que El Portón era "un restaurante de adecos", lo que no era precisamente un elogio, aunque tampoco un insulto, ni una experiencia similar a lo que sería en tiempos revolucionarios toparse con un chavista pesado en un restaurante.
El Carrizo en La Castellana (donde hoy queda El mundo del pollo) era un local más pequeño, de él salíamos tan ahumados que había quienes se bañaban y lavaban el pelo al llegar a casa. Lo recuerdo sobre todo de noche porque iba con los amigos en los años 80 cuando no era excepcionalmente caro invitar a comer a una muchacha. Hoy a un chamo no le alcanzaría un salario de profesional para almorzar él solo en cualquier restaurante de carne.
No le alcanza ni para almorzar solo en una pollera.
Del Carrizo lo que más añoro son los enormes tequeños que pedíamos para compartir,  y la ensalada Pérez Luna que entró en el menú cuando una cliente regular pedía siempre que a la ensalada mixta con aguacate y palmitos le agregaran queso roquefort.
 Solo en ocasiones especiales recuerdo haber ido al Lee Hamilton, restaurante de carne donde mi plato favorito era el corazón de lechuga con roquefort. A los niños nos llevaban poco, era un restaurante más sobrio, para adultos, menos familiar, la ultima vez que fui fue hace como 17 años,  después del funeral de una querida tía abuela, mi papá nos invitó a pasar el guayabo almorzando en el Lee Hamilton. Reencontrarme con la ensalada roquefort me hizo sentir tan feliz como cuando el estirado Gustav probó la ratatouille de la rata Remi.
¿Estaría el corazón de lechuga y roquefort en el menú hasta el final en el Lee Hamilton? ¿Es posible comer una ensalada con roquefort en la Venezuela de Maduro donde escasean hasta las necesidades más básicas? Suena frívolo preguntárselo, no habría problema en preguntárselo en cualquier país con una economía más o menos normal. 
El único de los restaurantes de carne al que mis padres me llevaron en la infancia que todavía sigue en pie es La Estancia, cuando dejemos de oír en la radio venezolana el pegajoso estribillo que nos recuerda que "Solo en La Estancia encontrarás, el buen sabor del restaurant" sabremos que finalmente llegó el Apocalipsis.
El primero que cerró de los restaurantes de carne de este recuento fue El Portón, a principios de los 90 se lo comió un proyecto inmobiliario, tenía tiempo cerrado antes de ser demolida la quinta donde quedaba para hacer las enormes torres de vivienda que hoy están en los terrenos donde también en una época estuvo el restaurante de carne El Alazán,  y la Juguetería El Rosal.
Después cerró El Carrizo, no recuerdo si a fines de los 90 o principios del 2000. Entonces no hubo más escándalo que el pesar por el cierre de un restaurant importante en la ruta gastronómica de Caracas.
Durante años mi papá siguió invitando a la familia de vez en cuando los domingos a almorzar a excelentes restaurantes de carne como El Alazán, El Shorton Grill (que también cerró) y El Aranjuez. Las mesas eran más largas porque íbamos hijos y nietos. Ya no pedíamos sangría sino vino chileno, los niños tomaban limonada, comenzaba la revolución, pero con el encantador de serpientes que era Chávez al timón y el barril de petróleo a cien dólares, ni en el peor de los pronósticos imaginábamos la tormenta económica que se cerniría sobre Venezuela. 
Un domingo cualquiera de la era de Chávez era difícil encontrar una mesa vacía en cualquier restaurante de carne. En 2018 en la era de Maduro tengo por lo menos tres años sin pisar uno. Actualmente en Venezuela, tras los controles de precios recientemente decretados, no se está consiguiendo carne ni en las carnicerías. Tanta dificultad para conseguir productos, a la que se suma el aumento salarial de varios ceros tras la reconversión de la moneda al Bolivar soberano, por lo visto decretaron el punto final del Lee Hamilton. 
 Hoy, que es noticia en las redes sociales el cierre del legendario restaurante de carne, pienso que lo raro es que haya sobrevivido tanto.  

sábado, 18 de agosto de 2018

Los apestados


En los años 80 uno de los más importantes puntos de la rumba sifrina era el Weekends (hoy Friday´s),  cuando se estrenó este inmenso local en Altamira con la innovadora oferta de comida chatarra tipo burritos, costillas y chicken wings; fue un paso más para hacer de Caracas una de las ciudades más cosmopolitas de Sur América. Una de esas noches de memorable rumba caraqueña fui con un grupo de panas a escuchar a una banda que hacía covers de Elvis Presley, entre set y set me acerqué al bar a buscar una cerveza cuando me abordó un educado joven, de marcado acento andino, quien después de identificarse como bogotano, se confesó deslumbrado por el ambiente de la noche caraqueña. 
"Comparada con Caracas Bogotá es un pueblo, ojalá los jóvenes en Bogotá tuviéramos tantas opciones, allá no pasamos de reunirnos en casas a conversar, no hay mucho que hacer".
Tampoco fue mucho lo que conversamos, comenzaba a sonar Heartbreak Hotel. 
Más de treinta años después recuerdo este breve encuentro en Weekends en mi primera visita a Bogotá: la rueda de la fortuna dio un giro tal que este agosto de 2018 esta ya no tan joven caraqueña es quien se siente deslumbrada por la capital de Colombia en comparación con la hiperdevaluada capital de la República Bolivariana de Venezuela. 

El motivo de mi viaje fue el matrimonio del hijo de una amiga, cada vez son más los muchachos venezolanos que no solo emigran de Venezuela, sino que se casan fuera por variadas razones. Era un matrimonio pequeño, bonito, bien servido pero sin mayores lujos en las afueras de Bogotá. En un lugar tan perdido que los choferes de Uber no llegaban ni con GPS. Tenía años queriendo conocer Bogotá, decidí que acompañar a mi amiga María Alejandra en el matrimonio de su único hijo era la ocasión perfecta, además serviría para mitigar la tristeza que mis hijas se unieron a la diáspora venezolana el mismo día que, no por casualidad, reservé vuelo para mi primera visita al país vecino. 
La fiesta de matrimonio estuvo amenizaba por una banda costeña que favorecía clásicos de salsa, en un momento de la noche se dejó colar La pollera colorá. Ante el entusiasmo de la concurrencia bailando cumbia, el cantante se emocionó:
"¡Qué viva Colombia! ¡Que levanten las manos los colombianos!" 
Nadie en la pista de baile levantó la mano. Si no fuera porque estaba en medio de eso de "aquí pa'llá y de allá pa'cá" podría jurar que hubo un tenso silencio esperando que alguien levantara la mano, aunque fuera un mesonero, identificándose como colombiano, pero nadie lo hizo. Hasta que al cantante se le ocurrió gritar: "Que levanten la mano los venezolanos".
Todos en la pista de baile alzamos la mano, y arrancó la fiesta otra vez. 

Dos días antes, tras la lenta cola para pasar inmigración que duró más que el vuelo Caracas-Bogotá, nos recibió en El Dorado a mi esposo y a mi un chofer del hotel que tenía el carro en el estacionamiento del aeropuerto. Ya casi era medianoche, mientras el chofer pagaba el ticket, nos abordó un hombre no tan joven, tampoco viejo, ni de mala presencia: "Buenas noches, soy venezolano, por favor ayúdenme comprándome una chupeta". Esa presentación la oí varias veces durante mi corta estadía en Bogotá, inclusive de quienes se presentaron como profesionales: "Soy venezolano, ayúdenme mientras consigo trabajo...", tras casi veinte años de economía socialista los venezolanos pasamos a utilizar nuestra ciudadanía para inspirar pesar, dejamos el orgullo patrio a un lado para presentarnos internacionalmente como uno de los gentilicios más necesitados del planeta.
Recientemente Nicolás Maduro, con su verbo socarrón,  tildó a decenas de miles de venezolanos que en los últimos meses han emigrado a otros países de América Latina, como "mendigos, esclavos  y limpia pocetas", como si no fuera el principal responsable de tan triste migración de tantos profesionales, y ahora clase obrera, que en Venezuela se les ha vuelto casi imposible vivir de sus trabajos, migración que se está convirtiendo en una crisis para el resto del continente americano, entre otros atolladeros de cabeza los venezolanos hemos llevado enfermedades que se pensaban hace tiempo erradicadas, como el sarampión.


El hotel Jazz queda frente al parque El Virrey, un hotel económico que conseguí en Internet,  ninguno de mis amigos que conoce Bogotá sabía de él pero me aseguraron que estaba  bien situado aledaño a la zona T. Llegamos pasada la medianoche, mientras nos registrábamos entró una pareja un tanto peculiar: él galan otoñal, ella una Kardashian colombiana enfundada en cuero blanco de la cabeza a los pies. 
Lo más bonito del hotel es que cada cuarto está dedicado a una gloria del Jazz, nos tocó la suite Billie Holliday, a pesar de haber coincidido con una de mis cantantes favoritas, y que el cuarto aunque sin vista, tenía un buen tamaño, tras cruzarnos con la furtiva pareja otoño-primavera, el baño nos dio peor espina: a un lado del lavamanos en una bandejita ofrecían a la venta condones, lubricantes, desodorantes "his and hers".
"Caramba, mi amor", le dije a mi marido, "¿Será que después de casi treinta años de casados ahora es que vamos a empezar a ir a "mataderos"?". 
Qué carrizo, estábamos tan cansados que nos acostamos a dormir en la cómoda cama de mullido edredón, ni soñar utilizar el condón o el lubricante. Ya mañana veríamos. 
Al día siguiente, en el desayuno (incluido), nos dimos cuenta que a pesar del encuentro fortuito con la singular pareja y de la sensual oferta de artículos en el baño, el Jazz es un hotel de ambiente familiar muy bien ubicado con excelente relación precio-calidad. No éramos los únicos venezolanos hospedados en nuestra corta estadía en el Jazz: en la recepción del hotel oímos hablar en inconfundible caraqueño a una familia contando que pronto regresaría a su hogar en Toronto. El cocinero encargado de preparar los huevos del desayuno también era venezolano. 

 En Andrés Carne de Res, una de las más anticipadas atracciones de mi visita,  fue donde recordé al joven colombiano que conocí en los años 80 en Weekends, porque todo lo que él envidiaba de la noche caraqueña, y más, está condensado en esta especie de restaurante/discoteca/happening fundado a principio de los años 80 en Chía, en las afueras de Bogotá, por el arquitecto Andrés Jaramillo. 
Así como hay locales nocturnos que exigen chaqueta y corbata para entrar, el único requisito para entrar en Andrés Carne de Res es estar dispuesto a gozar.  La primera advertencia que nos hizo uno de los eufóricos anfitriones al darse cuenta que éramos venezolanos, fue: "En Andrés Carne de Res está prohibido mencionar a Maduro, aquí solo se viene a pasarla bien". 
Este mítico local bogotano del que tanto me habían hablado, por eso de "carne de res", me lo imaginaba similar al famoso restaurante valenciano: "Asociación Venezolana de Ganaderos" siendo la carne la principal protagonista, imposible imaginar esta bacanal de música, baile, comida y alcohol; tampoco esperaba el ambiente cargado de detalles que van de lo pagano a lo místico, pasando por el Kitsch y el folklore,  un caos muy bien calculado.
Lo que no se puede calcular es que la xenofobia se pueda colar hasta en este desaforado mundo feliz. No me tocó a mi, no sé cómo habría reaccionado, me enteré fue al día siguiente, que mis tres sobrinos en un momento en el que salieron a un patio que da a la calle para fumar un cigarrillo -zona que los sábados es como una fiesta, ese viernes había poca gente- fueron abordados por un joven como ellos, quien aprovechando que la muchacha con la que estaba había ido para el baño, se les acercó a preguntarles, con tono educado:
"¿Ustedes son venezolanos?".  
"Si".
"Pues me van a tener que disculpar pero yo soy xenofóbico, este es mi espacio así que mejor me desalojan".
Por mucho menos que este "me desalojan"  los más gamberros de mis amigos sifrinos en los años 80 habrían destrozado una discoteca en Vail, pero a los actuales chamos venezolanos les ha tocado otra vida, y de ella han aprendido vivir con la preciada virtud de la humildad. Mi ahijado Carlos, de 32 años, que tiene varios años radicado en Bogotá, prefirió evitar entrar en conflicto con semejante muestra de odio, y se llevó a sus dos hermanas veinteañeras lejos del autoproclamado xenofóbico. 
Carlos, al darse cuenta que dejó abandonado su trago, regresó a buscarlo, en esos minutos el xenofóbico tuvo tiempo de reflexionar, y le pidió perdón:
"Disculpa por lo que les dije hace unos momentos, sé que me comporté mal, deben pensar que soy una persona horrible".
"No te preocupes mi pana", le dijo mi ahijado, "Tu eres el que tienes el problema, no yo, yo vine aquí a pasarla bien". 
Me cuentan mis sobrinos/primos (dos muchachos de la familia viviendo en Bogotá, uno a punto de ser papá) que viviendo en Bogotá más de una vez les ha tocado oír la odiosa frase: "Venezolano tenías que ser", que si se van a entrar a coñazos cada vez que la oyen, tendrían más peleas que Floyd Mayweather. 

La verdad que yo no tengo de qué quejarme, quedé encantada con mi visita a Bogotá, nadie me trató mal, por el contrario, el bogotano muy educado y gentil, hasta el frío no me pareció tan terrible como algunos caraqueños se quejan acostumbrados a un clima más primaveral. Es una ciudad rodeada de colinas que recuerda mucho por su verde, tráfico y urbanismo a Caracas. Entre la actual bonanza de Bogotá lo que más envidié fueron las librerías: además de medicinas que no se encuentran en Caracas, champú, desodorante, y dos latas de Ensure en polvo para mi padre, compré todos los libros que el restringido límite de kilos de equipaje de Wingo me permitieron llevar, entre ellos:  "Las formas de la pereza" de Héctor Abad Faciolince, recopilación de artículos y ensayos que hiciera el escritor colombiano entre los años 2006/2007,  un año sabático que se tomó en Berlín gracias a una beca. 
De grata lectura algunos de estas crónicas son gérmenes de  "El olvido que seremos", escritas entre las décadas del 90 y 2000, en una Colombia en plena guerra contra tantos frentes: las mafias del narcotráfico, los paramilitares, las guerrillas... Abad Faciolince cuenta del escritor colombiano que elude los temas más escabrosos de su actualidad por miedo, miedo a la violencia en su tierra que costara la vida de tantas personas nobles por enfrentarse a la barbarie.
 Leyendo estos ensayos es fácil notar cómo poco a poco ese miedo  se va transformando hasta llegar a obras como su más reciente novela: "La Oculta". Varios de los artículos de este libro, en particular: "La risa de la loca de la casa", bien pudieran describir a la Venezuela actual, hace más de treinta años tan envidiada por el resto de Latinoamérica: "No es la palabra guerra la que mejor refleje nuestra situación. Mejor se nos acomoda la metáfora peste".
 Lejos de referirse a la Venezuela de Maduro, sino a los años más cruentos de "la peste" en Colombia, Abad Faciolince gracias a el poder de la Literatura, usa la palabra exacta de cómo nos sentimos hoy millones de venezolanos, dentro y fuera de Venezuela, sobreviviendo a duras penas a la peste del socialismo del Siglo XXI que tiene sumida a nuestro país en la mayor de las miserias, y que mientras el actual régimen siga en las riendas, solo tenderá a agravarse. 

  




miércoles, 18 de julio de 2018

La recepcionista


Cuando se aproxima mi cumpleaños procuro hacer la visita anual al ginecólogo, como mi doctora es minuciosa con sus pacientes, la espera suele ser larga, recibe con cita por orden de llegada, atiende a partir de las nueve de la mañana. La secretaria sugirió que si no madrugaba, procurara llegar después de las once para que la espera no fuera tan prolongada. Le hice caso, llegué a las 11, fui la última en llegar de las seis pacientes convocadas, me llevé un libro porque sabía que la espera sería larga, lo que no imaginé es que pasaría cinco horas antes de que me atendieran. 
La novela de Ian McEwan apenas la abrí, cinco horas de espera dan para crear amistades que ni en toda una vida, en este caso una señora y su hija que habrán llegado cinco minutos antes que yo, lo que les ahorró una hora menos que a mí pero como era primera vez que iban a consulta de tan minuciosa doctora, la señora se tomó la larga espera como un desaire personal. 
"Por eso odio a los médicos, sé lo que digo, trabajé durante muchos años como enfermera, los odio. Yo por mi no vengo". 
La hija no hace caso al malhumor de su madre, es una chica zen, su energía es paz y amor, aunque es imposible evadir el tema de la deplorable situación en la que hoy vivimos en Venezuela, en cuatro horas de intensa conversación me contó que era Ingeniero de Computación egresada de la Universidad Simón Bolívar, que su alma mater no se escapa de la crisis: está devastada, de los míseros sueldos que perciben hoy los jóvenes profesionales, que por eso ella se casa en diciembre y se va a vivir a Europa con su futuro marido, que también es egresado de la Simón, aprovechando que él tiene pasaporte de la Comunidad Europea, pero será a Alemania o a Holanda porque le dicen que en España no se consigue trabajo.
Trataron Canadá, pero ya en Canadá no quieren a más venezolanos. 
Una mujer que esperaba cita con el cirujano plástico que tiene consulta frente a la ginecólogo, oía disimulada nuestra conversación, por fin se unió contándonos que se iba a hacer un retoquito, confesó 51 años, su rostro no aparentaba más de treinta y cinco, buena carta de presentación para el cirujano plástico que visitaba, yo hasta pedí una tarjeta pensando que en crisis, pero sin bolsas en los ojos ni papada.
Al poco rato me di cuenta que al entrar en la conversación la mujer no buscaba captar clientes para el cirujano plástico, sino ver si reclutaba a la joven ingeniero. Tras mostrarnos en el celular las fotos del antes y después de su primera operación, siguió con la importancia de mantener una buena imagen mientras sea posible, si lo sabrá ella que es gerente de recursos humanos, lo difícil que se ha vuelto ejercer su oficio en Venezuela porque todos los jóvenes profesionales, apenas consiguen el título, lo que quieren es irse del país porque con los salarios que cualquier compañía en Venezuela puede ofrecerles, no les da para nada.
"Muchos me dicen que ante tan míseros sueldos, los papás los instan a que se queden en sus casas, menos riesgo y gastan menos dinero que saliendo a trabajar, qué país tan loco".
La reclutadora comienza a enumerar la cantidad de vacantes que tiene la empresa para la cual trabaja,  sigue con la persecución que le monta a los jóvenes talentos que quiere contratar, cómo les pregunta que cuánto aspiran ganar y después les cuadriplica el monto, y aún así, nada, los chamos venezolanos huyen del Socialismo del Siglo XXI en estampida.
"Así será la situación que hace poco no tuve más remedio que contratar a una vieja de 56 años como recepcionista de la empresa".
Me hizo ruido que una mujer de 51 años esperando para hacerse un retoquito en la cara hablara con tanta ligereza de "una vieja de 56", pero no la iba a interrumpir, quería que terminara su historia.
"La señora llegó de lo más puntual y arregladita a su primer día de trabajo, cuando el jefe llegó y vio a la vieja en la recepción, me pegó un grito: '¡Graciela, a mi oficina!' Yo sabía antes de entrar lo que me iba a pedir, y no me equivoqué:
 'Me sacas a esa vieja de la recepción ya'.
'Pero jefe, dele una oportunidad, se ve una señora responsable, y está tan emocionada de haber encontrado trabajo, además, por lo que están ganando ningún joven en este país quiere trabajar, si casi todos se han ido, y los que no se han ido, están viendo cómo irse.
'Ese es tu problema, ve a ver qué haces, pero me la sacas ya, no quiero a esa vieja en la recepción de mi oficina".
Continuó la reclutadora la triste historia: "Y la tuve que botar, pobre señora, voy a ver dónde la ubico".
Pasaron la enfermera con su hija a la consulta de la ginecólogo, y la reclutadora a su consulta con el cirujano plástico, me quedé sola pero sin concentración para leer la novela de McEwan pensando que esta Venezuela no será país para jóvenes, pero mucho menos lo es para los que ya no lo son tanto.

lunes, 9 de julio de 2018

Viviendo en la economía de las galletas


Barrio o urbanización se oye el mismo comentario entre los vecinos que vamos quedando: "Qué soledad se siente". Caracas pasó de ser una de las capitales más importantes de Latino América, a una mezcla entre el desahuciado pueblo que describiera Miguel Otero Silva en su novela Casas Muertas, y la vida estancada en el tiempo como aquella película con Bill Murray, Groundhog Day, en el caso de los caraqueños, estancados en un eterno dos de enero: una ciudad desierta, con resaca, desabastecida, casi sin tráfico, funcionando a media máquina. 
Si en época de Chávez los más previsivos profesionales se forjaron un meticuloso Plan B para emigrar de la debacle que vieron avecinar con la llegada del Socialismo del Siglo XXI, en el gobierno de Maduro las migraciones son casi desesperadas. En una economía arrasada, es cuestión de supervivencia: quien gane en bolívares, o viva de una pensión en bolívares, el dinero no le alcanza ni para comprar café, cuando se consigue. 
Hoy, si se consiguiese dinero en efectivo, para que alcanzara para comprar algo a quien se le da propina, habría que darle casi un millón de bolívares, cuando el sueldo mínimo está en poco más de cinco millones al mes, contando el bono de alimentación. 
En los restaurantes y en las peluquerías ya aceptan pagos en puntos de ventas para las propinas, aunque por más generosas que se crean, con semejante hiperinflación, las propinas no rinden lo que rendían antes. Quienes deben estar más fregados en esta economía revolucionaria son los empaquetadores de bolsas en los supermercados, y los "le cuido el carro" que saltan donde sea. 
Ante la falta de efectivo de los últimos meses en nuestro país, a muchos venezolanos les ha dado por dar propinas con paqueticos de galletas de soda o de Club Social.  
Hace unas semanas, fui a hacer una compra al mercado de la zona cuando me abordó un niño que no llegaría a los nueve años, ofreciendo cuidarme el carro. 
"No tengo efectivo para darte propina, chamo"- le dije.
"No importa, nos compra algo de comer a mi y a mi hermanito".
En otra Venezuela, hasta una no tan lejana, les habría brindado un sandwich, por lo menos un toddy, pero en esta Venezuela se dificulta no solo por la falta de efectivo, o por lo caro que está lo poco que se encuentra, sino también por el desabastecimiento: los mercados están pelados, rara vez se consigue pan. Lo que todavía no falta en los mercados son galletas de algún tipo. 
Esa tarde pensé que galleta llena el estómago pero no alimenta, por eso preferí regalarle unos apetitosos cambures, amarillos, sin una mancha, en su punto para comer. Los niños los recibieron dándome las gracias pero con el mismo asco de cuando a mis hijos les servía berenjenas en el almuerzo. 
"Señora para la próxima regálenos galletas".
Después de todo son niños, pensé, pero como mamá sentía que había hecho bien. Qué mejor fruta que un cambur: sabroso, listo para comer, alimenta, llena. 
Semanas después de esta anécdota, con la crisis de desabastecimiento, hiperinflación y falta de efectivo cada vez peor, fui a la inauguración de la exposición Fe de la artista Anita Reyna ayer domingo en la  galería Okios en el Edificio La Hacienda en Las Mercedes. Por la falta de efectivo decidí estacionar el carro en la calle. No tardó en saltar un hombre a quien le calculé como cuarenta años: "Madre, tranquila, que le cuido el carro y usted me compra unas galletas o algo para comer para llevarle a los muchachos". 
Como en el edificio hay un Automercado Plaza y yo le había prometido llevarle a mi mamá una bandeja de jamón, le dije que está bien, cuídame el carro. Tras disfrutar de la hermosa exposición, me fui al Plaza donde volví a insistir en eso que galleta no es alimento, así que además de una pequeña compra que no pasó de una bolsita, que requirió pasar tres veces la tarjeta (una de ellas "transacción fallida"), como este señor no era un niño sino un adulto, a pesar de que ya me había llevado un chasco dando propina en cambures, no se me ocurrió más brillante idea "para alimentar a los muchachos" que regalarle un plátano al padre de familia, jurando que me la estaba comiendo. 
Si los muchachitos recibieron con desprecio los cambures, el supuesto padre de familia despreció malcriado el plátano: "deje eso así, lo que le pedí fueron galletas". 
Yo de zoqueta tratando de venderle los beneficios del plátano: "Pero mejor un plátano, mucho más nutritivo que un paquetico de galletas".
El hombre lo rechazó como si lo que estuviera ofreciendo un huevo podrido. 
De regreso a casa me entró ratón moral, la diferencia entre quienes todavía pueden darse el lujo de llevarse una bandeja de jamón, y a quienes se les hace cada vez más cuesta arriba, en Venezuela nunca fue tan abismal. 
¿Cuál es la diferencia entre dar un paquetico de galletas y un plátano?  Valen más o menos lo mismo. ¿Será que el hombre aspiraba a que le pagara un paquete de galletas completo que hoy puede llegar al equivalente de lo que gana una enfermera en un Hospital Público? ¿O será que vive en la indigencia y pensará "cómo pretende esta señora que yo cocine el puto plátano"?
No pude evitar recordar lo conversado minutos antes con una amiga colombiana establecida hace más de dos décadas en Caracas, quien a pesar del acto de Fe de nuestra amiga Anita, me confesó que hace rato la fe, por lo menos de un cambio a mediano plazo en Venezuela, la había perdido: "Mucha gente dice que estamos tocando fondo con la hiperinflación, que la situación en Venezuela tiene que cambiar, pero si algo me consta por de donde yo vengo es que a menudo los abismos no tienen fondo, o se puede tardar demasiado tiempo en llegar a él".

¿Será que en algún momento les dará ratón moral a los responsables del abismo sin fondo que hoy vivimos en Venezuela? 

Mientras tanto, a comprar galletas 

mientras se pueda. 

jueves, 28 de junio de 2018

Un tipo de pinga


La actual crisis monetaria por la hiperflación y la falta de efectivo, razones por las cuales este año 2018 el venezolano no tiene ni con qué pagar el transporte público, y que las propinas se den con galletas y cambures, aunque sea de las peores que recuerde, no es la primera crisis monetaria que me ha tocado vivir en Venezuela en mis más de cinco décadas de vida.
De estas crisis sufridas por nuestra cada vez más escuálida moneda nacional, una de las más absurdas que recuerde fue cuando en los años noventa los venezolanos nos quedamos sin sencillo (lo que en inglés se conoce como loose change). La razón fue similar a una de la causas por la cual hoy en Venezuela es tan difícil conseguir billetes: el valor del material con el que estaban hechas las monedas resultaba  superior a lo que se podía comprar con ellas. 
Si hoy la falta de billetes en Venezuela se ha vuelto una hecatombe económica, en los noventa la falta de sencillo -que no duró mucho tiempo- no pasó de la categoría de incidente molesto, aunque entonces nos lleváramos las manos a la cabeza pensando: "Un país sin monedas, ¿acaso se puede caer más bajo?".

La reciente historia revolucionaria ha demostrado a los venezolanos que siempre se puede caer pero mucho, mucho más bajo.

Recordar esa época en la que Caracas seguía siendo una de las ciudades más envidiadas de América Latina, a pesar de que ya se empezaban a sentir los primeros sacudones políticos y económicos, en especial recordar cuando no tener monedas en el bolsillo era uno de los mayores disgustos cívicos del venezolano de los 90, me hizo recordar a un personaje que orbitaba en mi tribu de juventud, aunque nunca llegó a ser mi amigo.
Por respeto a su familia y a su memoria porque murió hace más de veinte años, llamémoslo Axel.
Axel sin duda era un tipo buenmozo: alto, rubio, con el porte de un príncipe de Luxemburgo, es decir, tan soso como un príncipe de Luxemburgo. Cero atractivo por lo menos para mi y mis amigas a quien nos parecía demasiado sifrino hasta para nuestros niveles de sifrinería, que tampoco eran bajos. Su actitud era como de un Marqués a quien le tocó por error vivir entre plebeyos. O por lo menos esa era la vibra que daba. 
No cabe duda que Axel tenía su público, pero para mi particular tribu de panas salir con Axel sería tremenda raya. Y seguro que para él mi tribu de amigas no era ni material para el Miss Venezuela ni Gucci enough.
Por eso me sorprendió tanto cuando haciendo nuestra lista de invitados a la boda, mi futuro marido, tan  sencillote, insistiera que invitáramos a Axel: 
-¿Y de cuándo acá tu eres amigo de Axel?- le pregunté sorprendida.
-Es mi pana del alma. 
-Pero si en todo el tiempo que tenemos de novios nunca me has dicho para salir con Axel y quien sea la miss con la que ande, ni siquiera me lo has nombrado ¿qué tipo de pana del alma es ese?
-Estudiamos juntos en la universidad, sé que parece tremendo sifrino pero esa es solo la imagen que da, cuando lo conoces bien te das cuenta que es un tipo de pinga, buen amigo. Que nunca te lo haya nombrado o que no hayamos salido con él, no quita que le tenga aprecio, y se ofendería si no lo invito. 
Como yo no era quién para cuestionar las amistades de mi futuro esposo y tampoco me gustaría que el comenzara a cuestionar la ecléctica calidad de mis amistades invitadas, en un pacto de no agresión agregué a Axel a la lista, a sabiendas que imagen o no, subiría el coeficiente sifrino de la noche.

A la hora de repartir las invitaciones nos dividimos la tarea, el novio repartiría las tarjetas del sureste de la ciudad, donde vivía con su familia, yo las del noreste. Tarjeta de Axel incluida. El día antes de la boda, encontré la tarjeta de Axel entre unos papeles en la guantera del carro, se me había pasado entregársela, ya era muy tarde para hacerlo. Imaginé que entre tantos amigos invitados, mi futuro marido no extrañaría la ausencia de su antiguo pana de la universidad.
Pero en plena Luna de Miel me comentó: "Qué raro que Axel no fue al matrimonio ni mandara regalo".
"Debe ser que estaba de viaje", pensé en decirle, pero como una mentira no es manera de comenzar un matrimonio, le confesé que no llegué a entregar la tarjeta por descuido.
Fue uno de nuestros primeros disgustos de casados que se amainó con la promesa que la próxima vez que nos encontráramos con Axel, le pediría disculpas responsabilizándome de haber perdido su tarjeta en medio del desorden del carro.
 Como en esa época en Caracas la gente que se iba de Venezuela era por temporadas cortas, no para emigrar,  uno tenía la certeza que en este pueblo grande que era Caracas, más temprano que tarde, nos volveríamos a encontrar. 
Como tres años pasaron sin toparnos con Axel ni en el club, ni en una fiesta, ni de manera casual,   sabíamos que seguía viviendo en Caracas porque vimos su matrimonio reseñado en las crónicas sociales, fastuoso evento al cual, por supuesto, no nos invitó.
Repito, en los años noventa casi todos los amigos vivíamos en Venezuela y nadie ni en su peor pesadilla podría imaginar que emigrar sería cuestión de supervivencia.

La última vez que supe de Axel, o creo haber sabido de él, fue de manera casual cuando mi amiga Rosa Helena vino una tarde a mi casa a intercambiar libros, y me contó una anécdota, porque "seguro tu conoces el personaje, un rubio buenmozo en una Range".
Si yo consideraba a Axel el rey de los sifrinos entre los sifrinos, por lo visto mi amiga Rosa me consideraba a mi toda una connosieur en el tema. No sabía si ofenderme, ¿cómo diablos voy a poder determinar la identidad del misterioso catire de la Range? Eso era tan genérico como identificar a una flaca bonita en un Corolla.
Pero cuando Rosa terminó el cuento del catire de la Range, inmediatamente imaginé que tenía que ser Axel, quien no llegó a vivir para corroborarlo, ni siquiera sé si tenía una Range, pero todavía hoy podría apostar que se trataba de él.
Recordar la anécdota urbana narrada hace tantos años por mi amiga Rosa me regresa al tema de la crisis del sencillo en la Venezuela de los 90, cuando el níquel con el que estaban hechas las monedas era superior a su valor de adquisición. La clase media-alta sentía el impacto de la falta de sencillo sobre todo a la hora de pagar los estacionamientos porque las fracciones de hora se cobraban en fracciones de bolívares y en esa época todavía ni soñar con punto de venta. Es decir, si fuiste al cine y el estacionamiento te costó 7,50 bs, era muy probable que cuando fueras a cancelar a la salida si no tenías el monto exacto a pagar, te dijeran: "Amiga, no tengo vuelto, ¿cómo hacemos?".
La solución de ese "cómo hacemos" generaba enormes colas de carros en los estacionamientos porque si bien no faltaba quienes dijeran: "Déjalo así", había quienes peleaban su vuelto como quien pelea una herencia. La solución que encontraron los dueños de estacionamiento fue tener Frunas,   Torontos, lápices, sacapuntas de hierro; cualquier menudencia que pudiera compensar las monedas en falta. Prendas que la mayoría aceptaba resignada y hasta complacida, ¿quién puede decirle que no a un Toronto? Sin embargo algunos insistían hasta los gritos en obtener su vuelto, y para los más peleones quedaban las pocas monedas disponibles. 
En una de esas largas colas para pagar el estacionamiento del Centro Ciudad Comercial Tamanaco se encontraba Rosa Helena esperando resignada su turno. Cuando Rosa casi llegaba, teniendo solo dos o tres carros por delante, de repente un carrito apareció de la nada coleándose en un descuido del conductor de la Range que estaba frente al carro de Rosa.
Sifrino o no, nada resulta más indignante que se te coleen, el conductor de la Range "-un catire buenmozo que parecía un príncipe de Disney con tremenda pinta de sifrino-" según la descripción de mi amiga, abrió su vidrio, hasta entonces cerrado por el confort del aire acondicionado, para insultar al conductor del carrito coleado, que resultó una conductora: una muchacha que con desparpajo sacó la cabeza para gritarle al catire ante su comprensible indignación:
"¿Acaso tu no sabes que el mundo es de los vivos?".
Lejos de resignarse a que se le colearon, el catire decidió tomar acción, aprovechando el poderío de su carro, mataburros incluido, le puso la mocha a la Range hasta que a punta de golpecitos, logró sacar a un lado de la cola el carrito de la muchacha cuando ya casi llegaba a pagar.
Todo pasó en cuestión de segundos, el catire de la Range pagó sin esperar vuelto no sin antes gritarle a la avispada muchacha que después de autocelebrar su viveza, ahora lloraba ante su carro con el parachoques todo abollado:
"¡Te equivocas nena, el mundo es de los ricos!".

Tras la temprana muerte de Axel siempre me quedé con la duda: ¿habrá sido Axel el conductor de la Range? mi marido todavía insiste que no, que esa es una leyenda urbana, que él no sabe por qué yo siempre le tuve idea a su pana, que era un caballero, un tipo de pinga. Y aunque no fueron a sus respectivos matrimonios, mi marido fue al entierro de Axel cuando murió en un accidente, sin llegar a saber que su compañero de universidad nunca le hizo un desaire, que siempre lo consideró su amigo
tampoco llegó Axel a saber que algún día los vivos se apoderarían de Venezuela para hacerse inmensamente ricos.

La foto la tomé de Internet para ilustrar el artículo, lo más cercano que encontré en la web que coincidiera con la descripción: "catire en los 90 con una Range".