miércoles, 18 de julio de 2018

La recepcionista


Cuando se aproxima mi cumpleaños procuro hacer la visita anual al ginecólogo, como mi doctora es minuciosa con sus pacientes, la espera suele ser larga, recibe con cita por orden de llegada, atiende a partir de las nueve de la mañana. La secretaria sugirió que si no madrugaba, procurara llegar después de las once para que la espera no fuera tan prolongada. Le hice caso, llegué a las 11, fui la última en llegar de las seis pacientes convocadas, me llevé un libro porque sabía que la espera sería larga, lo que no imaginé es que pasaría cinco horas antes de que me atendieran. 
La novela de Ian McEwan apenas la abrí, cinco horas de espera dan para crear amistades que ni en toda una vida, en este caso una señora y su hija que habrán llegado cinco minutos antes que yo, lo que les ahorró una hora menos que a mí pero como era primera vez que iban a consulta de tan minuciosa doctora, la señora se tomó la larga espera como un desaire personal. 
"Por eso odio a los médicos, sé lo que digo, trabajé durante muchos años como enfermera, los odio. Yo por mi no vengo". 
La hija no hace caso al malhumor de su madre, es una chica zen, su energía es paz y amor, aunque es imposible evadir el tema de la deplorable situación en la que hoy vivimos en Venezuela, en cuatro horas de intensa conversación me contó que era Ingeniero de Computación egresada de la Universidad Simón Bolívar, que su alma mater no se escapa de la crisis: está devastada, de los míseros sueldos que perciben hoy los jóvenes profesionales, que por eso ella se casa en diciembre y se va a vivir a Europa con su futuro marido, que también es egresado de la Simón, aprovechando que él tiene pasaporte de la Comunidad Europea, pero será a Alemania o a Holanda porque le dicen que en España no se consigue trabajo.
Trataron Canadá, pero ya en Canadá no quieren a más venezolanos. 
Una mujer que esperaba cita con el cirujano plástico que tiene consulta frente a la ginecólogo, oía disimulada nuestra conversación, por fin se unió contándonos que se iba a hacer un retoquito, confesó 51 años, su rostro no aparentaba más de treinta y cinco, buena carta de presentación para el cirujano plástico que visitaba, yo hasta pedí una tarjeta pensando que en crisis, pero sin bolsas en los ojos ni papada.
Al poco rato me di cuenta que al entrar en la conversación la mujer no buscaba captar clientes para el cirujano plástico, sino ver si reclutaba a la joven ingeniero. Tras mostrarnos en el celular las fotos del antes y después de su primera operación, siguió con la importancia de mantener una buena imagen mientras sea posible, si lo sabrá ella que es gerente de recursos humanos, lo difícil que se ha vuelto ejercer su oficio en Venezuela porque todos los jóvenes profesionales, apenas consiguen el título, lo que quieren es irse del país porque con los salarios que cualquier compañía en Venezuela puede ofrecerles, no les da para nada.
"Muchos me dicen que ante tan míseros sueldos, los papás los instan a que se queden en sus casas, menos riesgo y gastan menos dinero que saliendo a trabajar, qué país tan loco".
La reclutadora comienza a enumerar la cantidad de vacantes que tiene la empresa para la cual trabaja,  sigue con la persecución que le monta a los jóvenes talentos que quiere contratar, cómo les pregunta que cuánto aspiran ganar y después les cuadriplica el monto, y aún así, nada, los chamos venezolanos huyen del Socialismo del Siglo XXI en estampida.
"Así será la situación que hace poco no tuve más remedio que contratar a una vieja de 56 años como recepcionista de la empresa".
Me hizo ruido que una mujer de 51 años esperando para hacerse un retoquito en la cara hablara con tanta ligereza de "una vieja de 56", pero no la iba a interrumpir, quería que terminara su historia.
"La señora llegó de lo más puntual y arregladita a su primer día de trabajo, cuando el jefe llegó y vio a la vieja en la recepción, me pegó un grito: '¡Graciela, a mi oficina!' Yo sabía antes de entrar lo que me iba a pedir, y no me equivoqué:
 'Me sacas a esa vieja de la recepción ya'.
'Pero jefe, dele una oportunidad, se ve una señora responsable, y está tan emocionada de haber encontrado trabajo, además, por lo que están ganando ningún joven en este país quiere trabajar, si casi todos se han ido, y los que no se han ido, están viendo cómo irse.
'Ese es tu problema, ve a ver qué haces, pero me la sacas ya, no quiero a esa vieja en la recepción de mi oficina".
Continuó la reclutadora la triste historia: "Y la tuve que botar, pobre señora, voy a ver dónde la ubico".
Pasaron la enfermera con su hija a la consulta de la ginecólogo, y la reclutadora a su consulta con el cirujano plástico, me quedé sola pero sin concentración para leer la novela de McEwan pensando que esta Venezuela no será país para jóvenes, pero mucho menos lo es para los que ya no lo son tanto.

lunes, 9 de julio de 2018

Viviendo en la economía de las galletas


Barrio o urbanización se oye el mismo comentario entre los vecinos que vamos quedando: "Qué soledad se siente". Caracas pasó de ser una de las capitales más importantes de Latino América, a una mezcla entre el desahuciado pueblo que describiera Miguel Otero Silva en su novela Casas Muertas, y la vida estancada en el tiempo como aquella película con Bill Murray, Groundhog Day, en el caso de los caraqueños, estancados en un eterno dos de enero: una ciudad desierta, con resaca, desabastecida, casi sin tráfico, funcionando a media máquina. 
Si en época de Chávez los más previsivos profesionales se forjaron un meticuloso Plan B para emigrar de la debacle que vieron avecinar con la llegada del Socialismo del Siglo XXI, en el gobierno de Maduro las migraciones son casi desesperadas. En una economía arrasada, es cuestión de supervivencia: quien gane en bolívares, o viva de una pensión en bolívares, el dinero no le alcanza ni para comprar café, cuando se consigue. 
Hoy, si se consiguiese dinero en efectivo, para que alcanzara para comprar algo a quien se le da propina, habría que darle casi un millón de bolívares, cuando el sueldo mínimo está en poco más de cinco millones al mes, contando el bono de alimentación. 
En los restaurantes y en las peluquerías ya aceptan pagos en puntos de ventas para las propinas, aunque por más generosas que se crean, con semejante hiperinflación, las propinas no rinden lo que rendían antes. Quienes deben estar más fregados en esta economía revolucionaria son los empaquetadores de bolsas en los supermercados, y los "le cuido el carro" que saltan donde sea. 
Ante la falta de efectivo de los últimos meses en nuestro país, a muchos venezolanos les ha dado por dar propinas con paqueticos de galletas de soda o de Club Social.  
Hace unas semanas, fui a hacer una compra al mercado de la zona cuando me abordó un niño que no llegaría a los nueve años, ofreciendo cuidarme el carro. 
"No tengo efectivo para darte propina, chamo"- le dije.
"No importa, nos compra algo de comer a mi y a mi hermanito".
En otra Venezuela, hasta una no tan lejana, les habría brindado un sandwich, por lo menos un toddy, pero en esta Venezuela se dificulta no solo por la falta de efectivo, o por lo caro que está lo poco que se encuentra, sino también por el desabastecimiento: los mercados están pelados, rara vez se consigue pan. Lo que todavía no falta en los mercados son galletas de algún tipo. 
Esa tarde pensé que galleta llena el estómago pero no alimenta, por eso preferí regalarle unos apetitosos cambures, amarillos, sin una mancha, en su punto para comer. Los niños los recibieron dándome las gracias pero con el mismo asco de cuando a mis hijos les servía berenjenas en el almuerzo. 
"Señora para la próxima regálenos galletas".
Después de todo son niños, pensé, pero como mamá sentía que había hecho bien. Qué mejor fruta que un cambur: sabroso, listo para comer, alimenta, llena. 
Semanas después de esta anécdota, con la crisis de desabastecimiento, hiperinflación y falta de efectivo cada vez peor, fui a la inauguración de la exposición Fe de la artista Anita Reyna ayer domingo en la  galería Okios en el Edificio La Hacienda en Las Mercedes. Por la falta de efectivo decidí estacionar el carro en la calle. No tardó en saltar un hombre a quien le calculé como cuarenta años: "Madre, tranquila, que le cuido el carro y usted me compra unas galletas o algo para comer para llevarle a los muchachos". 
Como en el edificio hay un Automercado Plaza y yo le había prometido llevarle a mi mamá una bandeja de jamón, le dije que está bien, cuídame el carro. Tras disfrutar de la hermosa exposición, me fui al Plaza donde volví a insistir en eso que galleta no es alimento, así que además de una pequeña compra que no pasó de una bolsita, que requirió pasar tres veces la tarjeta (una de ellas "transacción fallida"), como este señor no era un niño sino un adulto, a pesar de que ya me había llevado un chasco dando propina en cambures, no se me ocurrió más brillante idea "para alimentar a los muchachos" que regalarle un plátano al padre de familia, jurando que me la estaba comiendo. 
Si los muchachitos recibieron con desprecio los cambures, el supuesto padre de familia despreció malcriado el plátano: "deje eso así, lo que le pedí fueron galletas". 
Yo de zoqueta tratando de venderle los beneficios del plátano: "Pero mejor un plátano, mucho más nutritivo que un paquetico de galletas".
El hombre lo rechazó como si lo que estuviera ofreciendo un huevo podrido. 
De regreso a casa me entró ratón moral, la diferencia entre quienes todavía pueden darse el lujo de llevarse una bandeja de jamón, y a quienes se les hace cada vez más cuesta arriba, en Venezuela nunca fue tan abismal. 
¿Cuál es la diferencia entre dar un paquetico de galletas y un plátano?  Valen más o menos lo mismo. ¿Será que el hombre aspiraba a que le pagara un paquete de galletas completo que hoy puede llegar al equivalente de lo que gana una enfermera en un Hospital Público? ¿O será que vive en la indigencia y pensará "cómo pretende esta señora que yo cocine el puto plátano"?
No pude evitar recordar lo conversado minutos antes con una amiga colombiana establecida hace más de dos décadas en Caracas, quien a pesar del acto de Fe de nuestra amiga Anita, me confesó que hace rato la fe, por lo menos de un cambio a mediano plazo en Venezuela, la había perdido: "Mucha gente dice que estamos tocando fondo con la hiperinflación, que la situación en Venezuela tiene que cambiar, pero si algo me consta por de donde yo vengo es que a menudo los abismos no tienen fondo, o se puede tardar demasiado tiempo en llegar a él".

¿Será que en algún momento les dará ratón moral a los responsables del abismo sin fondo que hoy vivimos en Venezuela? 

Mientras tanto, a comprar galletas 

mientras se pueda. 

jueves, 28 de junio de 2018

Un tipo de pinga


La actual crisis monetaria por la hiperflación y la falta de efectivo, razones por las cuales este año 2018 el venezolano no tiene ni con qué pagar el transporte público, y que las propinas se den con galletas y cambures, aunque sea de las peores que recuerde, no es la primera crisis monetaria que me ha tocado vivir en Venezuela en mis más de cinco décadas de vida.
Cómo olvidar la devaluación del bolívar el Viernes Negro en los años 80 cuando dejamos de ser el pueblo de los "Ta'barato"; o la intervención de tantos bancos nacionales a mediados de los años 90 cuando millares de cuenta habientes se las vieron negras para recuperar aunque fuera parte de sus malversados ahorros; o cuando Chávez impusiera en 2008 el "Bolívar Fuerte" quitándole tres ceros al bolívar para disimular la inflación, reemplazado diez años después por el "Bolívar Soberano" de Nicolás Maduro, quien decretó restarle de nuevo tres ceros a la moneda, decreto que todavía no ha podido ser llevado a la práctica. Sin olvidar cuando en diciembre de 2016 Maduro mandó a sacar de circulación los billetes de cien bolívares, entonces los de mayor denominación nacional, cuyo valor equivalía a unos cuantos centavos de dólar, creando un caos de aguinaldos y prestaciones en una complicada navidad. 
De estas crisis sufridas por nuestra cada vez más escuálida moneda nacional, una de las más absurdas que recuerde fue cuando en los años noventa los venezolanos nos quedamos sin sencillo (lo que en inglés se conoce como loose change). La razón fue similar a una de la causas por la cual hoy en Venezuela es tan difícil conseguir billetes: el valor del material con el que estaban hechas las monedas resultaba  superior a lo que se podía comprar con ellas. 
Si hoy la falta de billetes en Venezuela se ha vuelto una hecatombe económica, en los noventa la falta de sencillo -que no duró mucho tiempo- no pasó de la categoría de incidente molesto, aunque entonces nos lleváramos las manos a la cabeza pensando: "Un país sin monedas, ¿acaso se puede caer más bajo?".

La reciente historia revolucionaria ha demostrado a los venezolanos que siempre se puede caer pero mucho, mucho más bajo.

Recordar esa época en la que Caracas seguía siendo una de las ciudades más envidiadas de América Latina, a pesar de que ya se empezaban a sentir los primeros sacudones políticos y económicos, en especial recordar cuando no tener monedas en el bolsillo era uno de los mayores disgustos cívicos del venezolano de los 90, me hizo recordar a un personaje que orbitaba en mi tribu de juventud, aunque nunca llegó a ser mi amigo.
Por respeto a su familia y a su memoria porque murió hace más de veinte años, llamémoslo Axel.
Axel sin duda era un tipo buenmozo: alto, rubio, con el porte de un príncipe de Luxemburgo, es decir, tan soso como un príncipe de Luxemburgo. Cero atractivo por lo menos para mi y mis amigas a quien nos parecía demasiado sifrino hasta para nuestros niveles de sifrinería, que tampoco eran bajos. Su actitud era como de un Marqués a quien le tocó por error vivir entre plebeyos. O por lo menos esa era la vibra que daba. 
No cabe duda que Axel tenía su público, pero para mi particular tribu de panas salir con Axel sería tremenda raya. Y seguro que para él mi tribu de amigas no era ni material para el Miss Venezuela ni Gucci enough.
Por eso me sorprendió tanto cuando haciendo nuestra lista de invitados a la boda, mi futuro marido, tan  sencillote, insistiera que invitáramos a Axel: 
-¿Y de cuándo acá tu eres amigo de Axel?- le pregunté sorprendida.
-Es mi pana del alma. 
-Pero si en todo el tiempo que tenemos de novios nunca me has dicho para salir con Axel y quien sea la miss con la que ande, ni siquiera me lo has nombrado ¿qué tipo de pana del alma es ese?
-Le tengo mucho aprecio, estudiamos juntos en la universidad, sé que parece tremendo sifrino pero esa es solo la imagen que da, cuando lo conoces bien te das cuenta que es un tipo de pinga, buen amigo. Que nunca te lo haya nombrado o que no hayamos salido con él, no quita que le tenga aprecio, y se ofendería si no lo invito. 
Como yo no era quién para cuestionar las amistades de mi futuro esposo y tampoco me gustaría que el comenzara a cuestionar la ecléctica calidad de mis amistades invitadas, en un pacto de no agresión agregué a Axel a la lista, a sabiendas que imagen o no, subiría el coeficiente sifrino de la noche.

A la hora de repartir las invitaciones nos dividimos la tarea, el novio repartiría las tarjetas del sureste de la ciudad, donde vivía con su familia, yo las del noreste. Tarjeta de Axel incluida. El día antes de la boda, encontré la tarjeta de Axel entre unos papeles en la guantera del carro, se me había pasado entregársela, ya era muy tarde para hacerlo. Imaginé que entre tantos amigos invitados, mi futuro marido no extrañaría la ausencia de su antiguo pana de la universidad.
Pero en plena Luna de Miel me comentó: "Qué raro que Axel no fue al matrimonio ni mandara regalo".
"Debe ser que estaba de viaje", pensé en decirle, pero como una mentira no es manera de comenzar un matrimonio, le confesé que no llegué a entregar la tarjeta por descuido.
Fue uno de nuestros primeros disgustos de casados que se amainó con la promesa que la próxima vez que nos encontráramos con Axel, le pediría disculpas responsabilizándome de haber perdido su tarjeta en medio del desorden del carro.
 Como en esa época en Caracas la gente que se iba de Venezuela era por temporadas cortas, no para emigrar,  uno tenía la certeza que en este pueblo grande que era Caracas, más temprano que tarde, nos volveríamos a encontrar. 
Como tres años pasaron sin toparnos con Axel ni en el club, ni en una fiesta, ni de manera casual,   sabíamos que seguía viviendo en Caracas porque vimos su matrimonio reseñado en las crónicas sociales, fastuoso evento al cual, por supuesto, no nos invitó.
Repito, en los años noventa casi todos los amigos vivíamos en Venezuela y nadie ni en su peor pesadilla podría imaginar que emigrar sería cuestión de supervivencia.

La última vez que supe de Axel, o creo haber sabido de él, fue de manera casual cuando mi amiga Rosa Helena vino una tarde a mi casa a intercambiar libros, y me contó una anécdota, porque "seguro tu conoces el personaje, un rubio buenmozo en una Range".
Si yo consideraba a Axel el rey de los sifrinos entre los sifrinos, por lo visto mi amiga Rosa me consideraba a mi toda una connosieur en el tema. No sabía si ofenderme, ¿cómo diablos voy a poder determinar la identidad del misterioso catire de la Range? Eso era tan genérico como identificar a una flaca bonita en un Corolla.
Pero cuando Rosa terminó el cuento del catire de la Range, inmediatamente imaginé que tenía que ser Axel, quien no llegó a vivir para corroborarlo, ni siquiera sé si tenía una Range, pero todavía hoy podría apostar que se trataba de él.
Recordar la anécdota urbana narrada hace tantos años por mi amiga Rosa me regresa al tema de la crisis del sencillo en la Venezuela de los 90, cuando el níquel con el que estaban hechas las monedas era superior a su valor de adquisición. La clase media-alta sentía el impacto de la falta de sencillo sobre todo a la hora de pagar los estacionamientos porque las fracciones de hora se cobraban en fracciones de bolívares y en esa época todavía ni soñar con punto de venta. Es decir, si fuiste al cine y el estacionamiento te costó 7,50 bs, era muy probable que cuando fueras a cancelar a la salida si no tenías el monto exacto a pagar, te dijeran: "Amiga, no tengo vuelto, ¿cómo hacemos?".
La solución de ese "cómo hacemos" generaba enormes colas de carros en los estacionamientos porque si bien no faltaba quienes dijeran: "Déjalo así", había quienes peleaban su vuelto como quien pelea una herencia. La solución que encontraron los dueños de estacionamiento fue tener Frunas,   Torontos, lápices, sacapuntas de hierro; cualquier menudencia que pudiera compensar las monedas en falta. Prendas que la mayoría aceptaba resignada y hasta complacida, ¿quién puede decirle que no a un Toronto? Sin embargo algunos insistían hasta los gritos en obtener su vuelto, y para los más peleones quedaban las pocas monedas disponibles. 
En una de esas largas colas para pagar el estacionamiento del Centro Ciudad Comercial Tamanaco se encontraba Rosa Helena esperando resignada su turno. Cuando Rosa casi llegaba, teniendo solo dos o tres carros por delante, de repente un carrito apareció de la nada coleándose en un descuido del conductor de la Range que estaba frente al carro de Rosa.
Sifrino o no, nada resulta más indignante que se te coleen, el conductor de la Range "-un catire buenmozo que parecía un príncipe de Disney con tremenda pinta de sifrino-" según la descripción de mi amiga, abrió su vidrio, hasta entonces cerrado por el confort del aire acondicionado, para insultar al conductor del carrito coleado, que resultó una conductora: una muchacha que con desparpajo sacó la cabeza para gritarle al catire ante su comprensible indignación:
"¿Acaso tu no sabes que el mundo es de los vivos?".
Lejos de resignarse a que se le colearon, el catire decidió tomar acción, aprovechando el poderío de su carro, mataburros incluido, le puso la mocha a la Range hasta que a punta de golpecitos, logró sacar a un lado de la cola el carrito de la muchacha cuando ya casi llegaba a pagar.
Todo pasó en cuestión de segundos, el catire de la Range pagó sin esperar vuelto no sin antes gritarle a la avispada muchacha que después de autocelebrar su viveza, ahora lloraba ante su carro con el parachoques todo abollado:
"¡Te equivocas nena, el mundo es de los ricos!".

Tras la temprana muerte de Axel siempre me quedé con la duda: ¿habrá sido Axel el conductor de la Range? mi marido todavía insiste que no, que él no sabe por qué yo siempre le tuve idea a su pana, que era un caballero, un tipo de pinga. Y aunque no fueron a sus respectivos matrimonios, mi marido fue al entierro de Axel cuando murió en un accidente, sin llegar a saber que su compañero de universidad nunca le hizo un desaire, que siempre lo consideró su amigo
 tampoco llegó Axel a saber que algún día los vivos se apoderarían de Venezuela para hacerse inmensamente ricos.

La foto la tomé de Internet para ilustrar el artículo, lo más cercano que encontré en la web que coincidiera con la descripción: "catire en los 90 con una Range". 




miércoles, 13 de junio de 2018

Mi primera Feria del Libro en Madrid


Si algunos sueñan con lanzarse en paracaídas, otros con ver la aurora boreal, y hay quienes no quieren morir sin visitar Machu Picchu, de primero en mi lista de sueños por realizar estaba conocer una importante feria del libro internacional porque siempre he disfrutado hasta del más paupérrimo festín del libro en Caracas. Durante mucho tiempo ni siquiera falté a las ferias del libro organizadas por los carcamales revolucionarios -tengo como cinco años que no voy- y mientras yo gozando como chino en tranvía a pesar de la escasa oferta de novedades, o ante cualquier presentación de un escritor nacional o extranjero (la última que recuerdo fue a Laura Restrepo presentando Hot Sur frente al Obelisco de la Plaza Altamira), nunca faltó en medio de mi entusiasmo provinciano un cortanota que comentara con displicencia la mierda del Festival de la Lectura en nuestra tan devaluada capital en comparación con ferias en otras ciudades de habla hispana como Buenos Aires, Bogotá, Madrid o Guadalajara. 
Sin duda no les faltaría razón en cuanto a oferta de libros impresos se trata, pero desde que leo en formato digital y gracias al acceso por Internet a tantos portales literarios y prensa extranjera, no me siento tan aislada en cuanto a materia literaria se refiere, a pesar de que Venezuela culturalmente ha retrocedido a niveles de hato zamorano tras dos décadas de hegemonía revolucionaria. Pero en lo que en nuestros Festivales del Libro falta en recursos y oferta, se compensa en mística de sus organizadores y entusiasmo ciudadano. 
 Si bien disfrutara nuestros cada vez más austeros Festivales de la Lectura en la Plaza Altamira (las Ferias pasaron a ser parte del Copyright estatal), no perdía la esperanza que algún día coincidiría con una Feria del Libro en una ciudad no arrasada por la barbarie revolucionaria. Hasta que por fin en mayo de 2017 logré coronar mi primera Feria del Libro en una Meca literaria: Buenos Aires. 
Quizás porque la llegada a la ciudad de Borges, Cortazar y Bioy, coincidió con el último día de la 43ª Feria Internacional del Libro; no se cumplió la experiencia religiosa que esperaba de ella, me sentí abrumada ante la avasalladora oferta de libros en el inmenso espacio cerrado, como cualquier venezolano cuando sale de nuestras fronteras y entra a un supermercado se abruma al ver tantos productos que en un país normal se dan por contado, y que en Venezuela están desaparecidos, o son difíciles de conseguir. 
La verdadera experiencia religiosa la viví un año después en la 77ª Feria del Libro en Madrid ubicada de ancho a ancho en el Parque El Retiro. Caminando por entre las casetas colmadas de todo tipo de libros que desde hace años ni soñar en nuestras librerías, bajo el cielo azul en el todavía clima primaveral, me di cuenta que mi problema con la Feria del Libro en Buenos Aires mas allá de la abrumadora oferta viniendo yo de un país donde no se consiguen libros impresos ni de los más importantes autores coterráneos, fue que se efectuó en un lugar cerrado. Porque en Caracas, a pesar de tanta carestía, los organizadores de estos eventos literarios han aprovechado al máximo el privilegio de vivir en eterna primavera, logrando fusionar la fiesta del libro con la ciudad en lugares como el Parque del Este y los Caobos, y en las plazas Alfredo Sadel y Altamira.
 No pretendo pecar de nacionalismos ridículos y compararnos con las Ferias Internacionales del Libro en Buenos Aires y Madrid. Caracas está a años luz de ambas ciudades en materia editorial, sería como comparar la Edad Media con el Renacimiento. La feria en el Parque El Retiro con más de trescientos expositores me tomó tres días de lluvia y sol recorrerla, y no llegué a realizar el recorrido completo ni con el detenimiento que me habría gustado. Tampoco logré ver ni por asomo a todos los escritores admirados por esta groupie que se presentaron este año a firmar ejemplares: por dos días me perdí que el Nobel J.M Coetzee me dedicara sus "Siete cuentos morales". 
No me quejo, conseguí la dedicatoria de cuatro escritores para mi entrañables que con excepción de la de Boris Izaguirre, ya contaré porqué, quizás por la sobreoferta de firmas (durante las dos semanas que duró la Feria se presentaron en El Retiro más de dos mil autores a dedicar sus libros) me tomó menos tiempo de espera conseguir la dedicatoria de aclamadas plumas de habla hispana que la firma de cualquier pana escritor en la caseta de Alfadil en la Plaza Altamira.


La primera firma la conseguí por casualidad gracias a la amiga Adriana Bertorelli, publicista/poeta radicada en Madrid, a quien llamé para pedirle una dirección, y me contó que estaba saliendo para el parque porque el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince estaba en la caseta 64 firmando libros. Corrí a su encuentro como si me hubiese dicho que Mick Jagger y Keith Richards estaban firmando copias de Beggars Banquet. Acostumbrada a las Ferias del Libro caraqueñas donde un escritor como Héctor Abad habría necesitado seguridad no para protegerlo de los malandros sino del acoso de sus fans, esperaba encontrar al autor de "El Olvido que Seremos" rodeado de entusiastas de su pluma, para mi gran suerte lo encontré más solo que cualquier escritor inédito presentando su primer libro de relatos. 
De una simpatía natural frente a esta venezolana que se le acercó de lo más fresca tuteándolo, diciéndole que en nuestro país lo admirábamos casi que como a un Beatle, como no tenía libro reciente que presentar, me preguntó cuál de sus obras quería que me dedicara. Me costó escoger porque las tengo casi todas, me llevé "Fragmentos de Amor Furtivo" (Alfaguara, 1998), la única que no tenía. Cordial accedió a tomarse una foto que no fuera selfie, invitándome a entrar en la caseta para que la foto saliera mejor. 
"¡Ay que pena con usted!", porque en la foto no disimulo la cara de felicidad.

Esa misma noche, a pesar de que estaba pronosticada una tormenta, regresé a El Retiro sabiendo que a partir de las siete mi querido amigo Boris Izaguirre estaría firmando su más reciente novela: "Tiempo de Tormentas" (Planeta, 2018). Esta vez fui acompañada de mi marido quien no es ni de ferias ni de gentíos. Cuando llegamos al parque la lluvia comenzaba arreciar y la cola esperando por la firma del escritor venezolano que se hizo famoso en España gracias a la TV con Crónicas Marcianas, nada que se movía. Frente a nosotros una familia soportaba el aguacero con paciencia, incluida una bebé en su cochecito, hasta que empezaron los rayos, y sus padres se llevaron a la criatura. 
Yo estaba semi-protegida del agua por una chaqueta impermeable con capucha. Mi pobre marido no, me acompañaba mentando madre que si no lo mataba un rayo lo mataba una pulmonía porque cómo olvidé el paraguas si sabía que venía lluvia. Le dije que tranquilo, apenas teníamos como seis personas por delante, aunque más bien eran como seis parejas. 
Boris, siendo Boris, seis parejas por delante es una multitud: a cada persona que le tendía un libro para que se lo firmara con su tradicional bolígrafo de tinta roja, le dedicaba varios minutos de conversación haciéndola sentir como el ser más fascinante con el que se hubiese topado esa noche en El Parque El Retiro. 
 La alegría pareció escalar cuando en lugar de un lector desconocido, se encontró Boris con esta vieja amiga de cuando en Caracas se rumbeaba en el Gala y en el Mambo, y nosotros compartíamos el cariño de Isaac Chocrón y la lectura de Dominick Dunne. Nos faltaba unos gin tonics para celebrar el encuentro, Boris tan divino como siempre y mi marido y yo cero glamour como un par de pollos mojados salidos de un tiempo de tormentas, entrañable novela que ya de regreso en Caracas, devoré en dos días. Boris hábilmente novela su biografía en la que rinde homenaje a su familia por siempre apoyarlo en su extraordinaria manera de ser, en especial a su madre a quien desde niño llamó por su nombre: Belén.
Leyendo "Tiempo de Tormentas" me sentí como extra de la historia, testigo de un país, de una sociedad, que naufraga irremediablemente.


 Todavía bajo la tormenta, obligué a mi marido a una última parada en el parque El Retiro porque esa señora tan solita en esa caseta es nada más y nada menos que la loca de la casa, Rosa Montero, y como tu comprenderás, de loca de la casa a loca de la casa, yo no me puedo ir sin que me dedique su "Nosotras".
Recién publicada por Alfaguara, "Nosotras" es la compilación de tres libros de semblanzas de mujeres célebres escritas por Rosa Montero, ilustradas por María Herreros. 
Entre lo que pude percatarme en esta feria del libro fue del extra esfuerzo que tienen que hacer hoy los editores de libros impresos para que no se los coman los digitales: el libro como objeto que el lector no se conforme solo con leer, también deseé poseer en físico. 
La  autora  de La Hija del Caníbal -novela que recuerdo cada vez que en un aeropuerto mi esposo me dice: "Ya vengo, voy para el baño"-, en su dedicatoria pintó una estrellita fucsia como la portada del libro.
Pensé que esa estrellita cerraría este ciclo de colección de firmas cuando me enteré que al día siguiente estaría firmando ejemplares de su última novela uno de mis ídolos literarios: Antonio Muñoz Molina.

A pescar la firma de Muñoz Molina si que no me acompañó mi marido, la solidaridad tiene un límite, y un domingo bajo el sol en una abarrotada feria del libro parecía ser el límite del mío. El autor de Sefarad tenía tantas personas esperando por su firma como las que esperaban la noche anterior por la de Boris Izaguirre. Lo único peor que hacer cola bajo la lluvia para que te dediquen un libro, es hacer cola bajo el inclemente sol del mediodía. Afortunadamente Muñoz Molina es tan tímido como Boris es extrovertido, lo que hizo que la fila para sus dedicatorias avanzara mucho más rápido. 
"Un andar solitario entre la gente" (Seix Barral, 2018), es otro ejemplo de libro que merece tenerse en formato impreso porque este "delicioso mosaico narrativo" como lo describe la contraportada donde "el narrador sigue a un caminante anónimo por la ciudad", está repleto de imágenes y fotos que no se apreciarían igual en formato digital. 
La pareja española que hacia la cola detrás de mi comentaba que nunca había leído una novela de Muñoz Molina, discutían entre ellos sobre cuál novela comprar para que se la dedicara al hijo universitario que se acababa de mudar a Úbeda. 
"El jinete polaco", decía la señora porque había oído que esa era la novela que mejor narraba el pueblo natal del escritor. 
Yo, que tengo en entre mi casa y mi kindle casi toda la obra de Muñoz Molina, había comprado mi ejemplar de "Un andar solitario entre la gente" el día anterior sin sospechar que 24 horas después estaría frente a tan admirado autor. Mas allá de la frasquitería del libro firmado quería agradecerle a Muñoz Molina la gentileza y solidaridad a la hora de presentar el libro: "Siete sellos: crónica de la Venezuela Revolucionaria", compilación de textos hecha por Gisela Kozak Rovero, editado por Kalathos Ediciones, crónicas de varias generaciones de narradores y periodistas venezolanos sobre los devastadores efectos de la Dictadura revolucionaria que se ha enquistado en Venezuela. Le comenté que dos crónicas mías aparecían en ese libro que por razones obvias, no se conseguía en mi país. 
Parecí despertar el interés de Muñoz Molina: "¿Cuáles?"
"Una sobre el secuestro de mi hija y de su prima, y de como tres días después volvimos a vivir de cerca otro secuestro de una familia amiga; y la crónica sobre dos amigos que fueron asesinados con dos meses de diferencia". 
Dijo recordarlas, no sé si por educación ante tantas crónicas excelentes sobre nuestro desamparo. Las palabras de su dedicatoria las comparto con mis compañeros cronistas de Siete Sellos y con sus editores: "Para Adriana, con la fraternidad de la literatura, y de la rebeldía contra la sin razón". 

miércoles, 6 de junio de 2018

El país sin pan


 Salí de Venezuela apenas por diez días y a mi regreso encontré que se fue la dueña de la panadería de la esquina, que hasta hace no mucho -y todavía cuando aparece la harina-, venden el mejor pan del planeta 
Y del universo
No me supieron decir si la señora de origen portugués se está tomando unas largas vacaciones de esta, su tierra de acogida, o si se fue para no volver (ya su paisano, el dueño del abasto del vecindario, se fue, dicen que sin planes de regreso)
Por lo oído -que yo no estaba- aunque la panadería sigue abierta, desde hace más de dos semanas no han podido sacar ni una canilla de pan por falta de harina, ni hablar de pan gallego o campesino, que son su especialidad
En semejante crisis panadera estamos desde hace más de un año en Venezuela
A veces reparten sacos de harina por las panaderías, entonces sacan pan a la venta y se forman enormes colas para hacerse de tan raro bien en nuestra sociedad. Los clientes aprovechan para llevarse tres o cuatro panes, los que sus bolsillos y las regulaciones les permitan, para guardarlos en el refrigerador para aquella comida especial
pero desde hace ya varios meses la mayoría de los días las panaderías se ven obligadas a guindar una cartulina escrita con marcador para que la distinguida clientela ni se moleste en entrar a menos que se busque otro insumo, porque lo usual hoy en las panaderías venezolanas es leer el aviso: "No hay harina, no hay Pan".
¿Cómo sobrevive una panadería la escasez de harina? Como sobreviven las farmacias venezolanas la falta de medicinas, las caucheras la falta de cauchos, los bancos la falta de dinero en efectivo, las librerías la falta de libros.
A duras penas
Hasta que dejan de sobrevivir, y cierran
Pero allí siguen porfiados en la panadería de mi barrio los empleados que quedan, vendiendo jugos pasteurizados que pocos compran. O un café, que se ha vuelto un lujo. Si acaso de vez en cuando entra un cliente y se lleva unos gramos de jamón o de queso o de mortadela, bien sabe quien se lleve embutidos que difícilmente podrá hacer un sandwich con ellos, porque inclusive pan de sandwich no es fácil de encontrar
Ni soñar comer los embutidos con arepa porque harina de maíz #TampocoHay
"mejor para la dieta" dirán los que siempre ven el vaso de agua medio lleno
y ahí siguen los empleados de la panadería de mi barrio esperando que la fortuna en Venezuela se   tuerza y por fin llegue harina de manera regular, que no se puede vivir y trabajar con tanto sobresalto... ni con tanto hastío. Esto de equiparar sobresalto con hastío pudiera parecer una contradicción pero en Venezuela el hastío y el sobresalto cuando no van de la mano, se alternan
y lo peor es que los empleados, la dueña de la panadería, y quienes nos quedamos con ganas de comer la tortilla de papas con pan, ya casi perdimos la esperanza de que en esta Venezuela Revolucionaria algo pueda cambiar en un futuro cercano 
cambiar para mejor, que cambiar para peor ya estamos acostumbrados
la esperanza es lo último que muere, aunque muchos opinen lo contrario, que la esperanza en esta Venezuela hace rato que murió
En la República Bolivariana de Venezuela la esperanza está como la Bella Durmiente, durmiendo un sueño largo (solo que si la Bella Durmiente dormía un sueño plácido, en Venezuela se duerme una pesadilla)
¿Será este sueño/pesadilla como el de la princesa Aurora? Una maldición centenaria de la que quizás varias generaciones de venezolanos moriremos sin ver el despertar
Mas se equivocan quienes apuestan por la muerte de la esperanza en Venezuela, puede que tengan razón en su pronóstico pesimista, pero la esperanza nunca muere, solo se confisca, en estas tierras, por decreto militar
Los venezolanos que aquí porfiamos en seguir nos tenemos que aferrar a ese hilo de esperanza que de vez en cuando se deja colar, no queda otra
confiar que más pronto que tarde, tras un verdadero giro político 
entre tantas otras normalidades  
los venezolanos volveremos a saber lo que es comprar pan cada vez que nos apetezca 
como en un país normal.

viernes, 18 de mayo de 2018

Un tobo de agua


Hace años, pero no tantos, ya en época de Chávez, recuerdo una hermosa crónica de Milagros Socorro escrita en forma de carta a su hijo adolescente, sobre las necesidades en otros países que nosotros los venezolanos, por lo menos los caraqueños, éramos incapaces de imaginar. Por ejemplo algo que cualquier muchacho moderno daría por sentado, levantarse en la mañana y abrir el chorro de agua para lavarse la cara y los dientes, en muchos países donde escasea el agua y la tecnología, hasta en zonas remotas de Venezuela, verían ese chorro de agua como de una galaxia lejana.
Lo que sociedades modernas y civilizadas dan por sentado, como derecho adquirido, algo que pareciera tan sencillo como es el acceso al agua corriente, en muchos lugares del mundo es un bien escaso y por lo tanto preciado. Lo que indigna es que una sociedad que lograra en un pasado no tan remoto haber construido una de las represas más modernas del mundo, el Embalse de Guri, apostando por el progreso, creyendo que se garantizaba que Venezuela no tendría jamás problemas de energía por ser uno de los países con las mayores reservas de agua del planeta, henos aquí en el año 2018, en esta gesta revolucionaria que ya va para veinte años en el poder, que por irresponsabilidad, falta inversión y de mantenimiento en los embalses de agua, ese muchacho que se levanta todas las mañanas para ir a la escuela sin contar un chorro de agua con que lavarse los dientes y la cara, bien puede ser un chamo de cualquier barrio, caserío o urbanización en Venezuela.
En días pasados una valiente amiga me invitó a almorzar a su casa junto con dos amigas más, ya muy pocas caraqueñas salimos a almorzar a un restaurante con las panas que aquí nos quedan, hoy inventamos reunirnos en una casa.
Antes a una la invitaban a almorzar y decía ¿Qué te llevo? y por educación se ofrecía llevar un postre o un vino o algo para picar. Pero de Maduro para acá ya nadie ofrece nada más allá de una ensalada. Y sin aguacate porque está por las nubes. Pero al final la educación prevalece: 
"Mate ¿qué te llevamos?". 
"Si quieren tomar vino, traigan vino, si no, tengo cerveza para ofrecerles".
Tomamos cerveza. 
Pero lo más admirable de mi amiga María Teresa no es que haya preparado un suculento almuerzo para tres de sus amigas sin nadie que la ayudara porque la señora que trabajaba en su casa por día hace meses emigró a Oviedo, España, lo más sorprendente es que Mate haya decidido recibir en su apartamento en Caracas sin una gota de agua. 
"La tienen racionada, la ponen una hora en la mañana y una hora en la nochecita, tranquilas, pongámonos al día, que yo lavo después". 
Y ese es un edificio con suerte, hay condominios que pasan días sin que les llegue el agua de Hidrocapital, y tienen que comprarla de costosos camiones cisternas para parapetarse. 
En mi edificio, toco madera, el agua casi nunca falta, pero de vez en cuando llega con tierra que da asco bañarse, y si se lava la ropa sale marrón. Pero por lo menos se pueden bajar los baños. 
En Venezuela se nos va normalizando la miseria, hace unos meses me fui a servir un vaso de agua y una larva nadaba feliz en el fondo de la jarra. Pasé como tres días apunta de alcohol y bebidas enlatadas.  Hay quienes dicen que para qué comprar agua de botellón, que mejor comprar un buen filtro o hervir el agua, pero ante la falta de agua corriente y ante el agua que llega marrón, no hay filtro ni agua hervida que valga. Hace tres semanas el botellón estaba a sesenta mil bolívares que entonces costaba pagar porque no se conseguía efectivo, subió a ciento cincuenta mil, y ayer cuando el señor del camión vino a traer los dos botellones que usa nuestra familia por semana, me advirtió que para la semana entrante venía cada botellón a trescientos mil bolívares. 
Ojalá que sin larvas incluidas. 
Y pensar que hasta el año pasado yo sacaba sencillo de la cartera para pagar el agua, y con lo que sobraba le daba propina al señor que le alcanzaba para un café, y si no tenía dinero, el señor, que es un viejito bien viejito, me fiaba: "No se preocupe me paga la semana que viene". 
Hoy ni se fía ni se da propina, hoy se paga por transferencia. 
Esta escasez de agua, el almuerzo en casa de Mate, y la vieja crónica de Milagros, me hicieron regresar a una de las novelas más hermosas que he leído este año: "La flor púrpura" de la escritora Chimamanda Ngozi Adichie que trata de otro país revolucionado: Nigeria en los años 80. La pequeña Kambili vive con sus padres y su hermano en una confortable casa en la ciudad. El papá de Kambili si bien es un líder de la oposición en un país con un gobierno militar totalitario, como editor de un periódico les puede garantizar una vida cómoda a su familia, pero por una serie de eventos que no les voy a contar, los niños se instalan durante unas semanas con su tía y primos en las afueras de la ciudad. 
La tía trata que sus sobrinos se sientan lo más cómodos posibles en una casa, que a diferencia de donde ellos viven, hay más cariño que lujos. Pero no tardan en enfrentarse los niños del campo y los de la ciudad, la razón, el agua que los de la ciudad daban por sentado, para los del campo era un bien que había que ahorrar.  
La primera sorpresa se la llevó Kambili cuando fue al baño y no pudo bajar la cadena. La tía Ifeoma le explica avergonzada que como están escasos de agua, si es solo pipí, esperan a que toda la familia vaya, para después llenar el tanque con un tobo agua, y bajar la cadena. 
 La prima Amaka se burla de su prima Kambili:
"Estoy segura que en tu casa tiras de la cadena una vez cada hora, solo para que el agua esté limpia, pero aquí no es así". 
 Un tobo de agua para bajar varias meadas, bien podría describir hoy el mayor porcentaje de las casas venezolanas, y hasta los principales aeropuertos donde a los turistas los reciben con un tobo con agua para que dispongan de sus necesidades. 

martes, 8 de mayo de 2018

Aprendiendo a flotar


Varias generaciones de niños aprendieron a nadar en la piscina del club con un viejito cubano llamado Joaquín que era algo cascarrabias. Por eso cuando mi hija mayor, Camila, tenía como tres años, como era una niña muy sensible cuando la puse bajo la tutela del huraño profesor, no tardó en cederle la alumna a su hijo, también llamado Joaquín, que con paciencia y dulzura logró que la niña en cuestión de semanas le perdiera miedo al agua y chapoloteara feliz con su tablita.  
Como en el año 96 o 97, cuando a mi hija Isabel le correspondió aprender a nadar, los Joaquínes se habían repartido responsabilidades: Joaquín papá se encargaba de los chiquitos en la piscina pequeña, y Joaquín hijo se encargaba de perfeccionar el estilo en clases grupales en la piscina grande. Como Joaquín papá estaba fañoso por los años, llegó un segundo hijo, Gastón, para unirse al equipo. 
Decir que Isabel fue la última alumna del viejo Joaquín es literal: cuando la llevé a su primera clase más dispuesta a chapolotear en el agua que su hermana mayor, Isabel se quedó sentada al borde de la piscina dándole a los piecitos como le indicó el profesor, mientras el viejo Joaquín se sumergía en la pileta que no tenía más de cincuenta centímetros de profundidad. El profe hacía ejercicios de respiración antes de arrancar la clase. Lo había visto sumergiéndose infinidad de veces cual cachalote en un estanque, pero en esta ocasión estaba tardando más de lo usual en salir. 
Yo estaba sola con mi niña y el viejo profesor, con un ojo puesto en un libro y otro en la piscinita. 
A los pocos segundos se me prendió una alarma, si bien Isabel seguía obediente dándole a los piecitos, el anciano profesor tardaba en sacar la cabeza del agua. Fue una de esas circunstancias donde los segundos de duda se vuelven eternidad: ¿cuánto tiempo bajo el agua es demasiado tiempo? ¿Este señor no está tardando como mucho en salir? ¿Será que le dio un infarto y se murió? ¿Será que soy una exagerada? ¿Ay coño qué hago? ¿Y si se me muere ahogado el viejo profesor de natación porque la más inútil de las mamás no reaccionó a tiempo? ¡Chica deja la histeria! ¡Mamita cuánto más vas a esperar!
Ya estaba a punto de meterme en la piscina para darle un golpecito tímido en la espalda al profesor para ver si estaba bien, cuando menos mal que llegó su hijo mayor. Le dije angustiada: "Joaquín tu papá tiene rato bajo el agua, me estoy comenzando a asustar". Joaquín enseguida entró en la piscina y le dio unos golpecitos en la espalda a su viejo, viendo que no reaccionaba, se apresuró en sacarlo, estaba desmayado, no recuerdo si fue necesario practicar respiración boca a boca. Creo que si. A Dios gracias el señor no tardó en reaccionar. Tras vomitar un chorro de agua volvió a la vida tan cascarrabias como siempre tratando de convencernos a mi y a su hijo que dejáramos el drama, fue un  leve desmayo, no pasó nada, debe ser que no desayunó. 
Dos semanas después Joaquín padre murió. En la primera clase de natación de Isabel y la que sería la última clase del viejo profesor cubano, aparentemente había sufrido un mini derrame cerebral que poco tiempo después habría de repetirle con mayor intensidad, costándole la vida. 
Mis hijas hoy adultas apenas tienen un leve recuerdo de Joaquín hijo, de Joaquin padre ni siquiera. De quien se acuerdan perfecto es de Gastón, debe ser que comenzando el primer gobierno de Chávez, Joaquín, que sabía lo que era vivir bajo el yugo comunista, avezó la tormenta que se nos venía encima en Venezuela, y no tardó en emigrar a Miami con su familia donde supimos por Gastón que enseguida consiguió trabajo como profesor de natación y le iba bien.
Gastón se quedó viviendo en Caracas unos años más, tengo más de una década que no sé de él, imagino que se debió haber ido hace tiempo, pero todavía en el primer quinquenio del siglo 2000 Gastón parecía ser de los que apostaban que a pesar del presidente Chávez y de sus charlatanerías revolucionarias, Venezuela era un buen país para ganarse la vida.
Estamos hablando como del año 2003. Cuando se fue Joaquín, Gastón dejó de trabajar en el club para ofrecer sus servicios de profesor de natación en condominios y casas con piscinas. En la piscina de mi edificio, una piscina ornamental de esas que con un par de brazadas ya se llegó a la otra orilla, aprendió a nadar el menor de mis hijos con los vecinitos. Hoy casi todos estos vecinitos que nacieron con la revolución, ya no viven aquí.
Si su padre era responsable y gruñón, y su hermano dulce y reservado, Gastón era alegre y dicharachero, lleno de cuentos, por ejemplo le gustaba contar cómo abandonó Cuba en una balsa que naufragó y varios de sus compañeros de travesía murieron devorados por los tiburones, noticia que salió en los periódicos, decía que conservaba el recorte de prensa.
Aunque en esos primeros años del gobierno de Chávez ya varios amigos habían puesto en marcha un plan B temiendo que este Socialismo del Siglo XXI fuera para rato, todavía la mayoría de los venezolanos apostábamos que Venezuela era el mejor país del mundo para vivir. Que esta moda revolucionaria pronto pasaría, que Venezuela no era Cuba, que aquí no calaría el comunismo. Solo los visionarios más pesimistas fueron capaces de imaginar que casi veinte años de chavismo después, Venezuela estaría entre los países del mundo con condiciones más precarias para vivir. Sin duda el peor en América Latina.
Si bien por esa época empezó la represión y la razia política con el famoso despido masivo a los ejecutivos de PDVSA en Aló Presidente, y ya la violencia y la inseguridad nos parecían comunes, en Venezuela todavía estábamos lejos de los tiempos de hiperinflación y escasez que hoy padecemos, y quien ganara en bolívares tenía poder adquisitivo y podía traducir su ganancia en dólares sin sentirse un menesteroso de la economía mundial.
A Gastón le gustaba hablar de su hija que quedó en Cuba con su mamá, enseñaba orgulloso fotos de la muchacha cuando cumplió quince años. Con lo que ganaba en Venezuela como profesor de natación pudo celebrar a distancia los quince años de su niña con una buena fiesta en La Habana.
Tanto hablaba de su hija y con tanta nostalgia, que un día le dije:
"Gastón porqué tienes a tu hija viviendo en la Dictadura de Fidel Castro, ¿por qué no te traes a  esa muchacha a vivir en Venezuela? Que mal que bien estamos mejor que en Cuba".
"Noooo Adrianita (él siempre me llamaba con el diminutivo de mi nombre que casi nadie usa), ahí te equivocas, mi hija en Cuba con los pocos dólares que le puedo mandar mensualmente vive como una reina, le da para compartir con su familia y sus amigos. Allá casi nadie tiene pesos para comprar ni un bistec, pero quien tiene unos pocos dólares puede conseguir en el mercado negro carne, cochino, pollo, arroz, frijoles, lo que quieras. Entonces tú dime para qué me la voy a traer, para que me muera de susto con tanta violencia tanto robo y esa niña adolescente queriendo salir. Mi hija está mejor en La Habana que aquí, por lo menos vive más segura".
Más de quince años después de esa conversación hoy me vienen a la memoria los profesores cubanos de natación, pensando en qué razón tuvo Joaquín en irse de Venezuela cuando se fue, y qué razón tuvo Gastón en no querer traerse a su hija.
También pensando en cómo nuestra economía en manos revolucionarias quedó demolida y pasamos de ser un país donde se solían enviar remesas para ayudar a los familiares en el exterior, a ser un país en el que buena parte de sus habitantes necesitan remesas en dólares para sobrevivir.
Y sobre todo pensando cómo Gaston tenía razón que en la Venezuela revolucionaria podíamos estar hasta peor que en la Cuba revolucionaria, no solo por la inseguridad como una carta más de intimidación, sino cómo en el último de los colmos de la maldad los bandidos que nos tienen en esta ruina, ahora aspiran echarle el guante a las remesas en dólares, buscando en este control de cambios indefinido que vivimos en Venezuela, imponer cambiar las remesas con el gobierno como diez veces por debajo al valor real del dólar en el mercado.
Remesas no muy altas en dólares pero millonarias en bolívares, que son la manera de mantenerse a flote de tantas familias venezolanas cuyos ingresos en moneda local hoy no dan ni para comprar un cartón de huevos.
 Oye tú, diría Gastón, qué difícil es seguir manteniendo la cabeza a flote en esta Venezuela.