lunes, 26 de noviembre de 2018

La Hedda Gabler de cuero negro

La Escuela de Arte en los años 80, no sé porqué la recuerdo sin la s, era un privilegio a pesar de que como era la Escuela más reciente de la UCV no tenía sede -se barajaban varias posibles sedes- pero estábamos de prestado en las aulas de la Escuela de Estadísticas, antiguas residencias estudiantiles que apenas funcionaron como tal. En el año 2018 la Escuela de Artes sigue sin sede. Algunos criticaban que la Escuela, fundada por Inocente Palacios, era más teórica que práctica, lo que era verdad, pero lo especial de esos primeros años era que sus profesores formaban un dream team: Isaac Chocrón, José Ignacio Cabrujas, Victoria de Stefano, Leonardo Azparren, Eduardo Gil, Gustavo Tambascio, Nicolás Curiel, Bélgica Rodríguez, José Balza, Iván Feo, Adriano Gonzalez León, Enrique Porte... artistas e intelectuales que entonces estaban en plena ebullición creativa, prestaban unas horas de sus tiempos cada semana para darnos clases. Uno de estos profesores privilegio fue Ugo Ulive, dramaturgo y director de teatro uruguayo que hizo su carrera en Venezuela, entonces estaba recién llegado de Londres, poco le faltaba por montar La Máquina Hamlet con Mariano Álvarez, montaje que haría historia en el teatro venezolano. No recuerdo bien qué materia nos dio Ulive, solo recuerdo que saqué una excelente nota y sentía que el profesor me tenía en alta estima, de vez en cuando conversábamos y había simpatía mutua. Él tenía una conversación inteligente, seductora, incisiva, un tanto cínica pero sin rayar en la petulancia. Por eso cuando Ulive convocó entre los estudiantes de la Escuela a un casting para ver quienes formarían parte de un taller de actuación con el que tenía grandes proyectos, dije, este es el momento de cumplir mi sueño de ser una estrella en las tablas ya que mi querido Enrique Porte me había desahuciado como actriz desde el principio.
Para demostrarle al maestro Ulive mis incipientes dotes histriónicas decidí asumir el papel de Hedda Gabler, creo que en ese momento Enrique Porte estaba trabajando con esta obra en su Taller de Dirección, o no sé si andábamos con la fiebre de Henrik Ibsen, el hecho es que yo amaba el personaje de esta señora burguesa que es mala de lo puro aburrida que está. Le pedí a mi amigo Erasmo Colón que fuera mi compañero de escena en el papel de Tesman, y no sé porqué recuerdo a Cesar Alonzo como el taimado juez Brack, pero a lo mejor es la escena que montó Enrique para su taller. Lo que si recuerdo perfecto es cómo trabajé para crear mi personaje, esta sería una Hedda moderna, de los 80, emponderada, de lo más Kathleen Turner en Body Heat, para lograr el papel no se me ocurrió nada mejor que enfundarme una apretada falda de cuero negra.
Cuando por fin llegó el día del casting en el auditorio de Humanidades, me sentía de una seguridad stanilavskiana dentro de mi personaje, la falda de cuero negra era la clave de mi Hedda, una dominatrix, pero quienes me conozcan bien y sepan que en el fondo de tanta evitadera de intensidades se esconde una profunda timidez que por supuesto se traslada a las tablas, se podrán imaginar el horror que debió haber sido mi Hedda Gabler, lejos de manipuladora y seductora, titubeante y semi paralizada por el miedo escénico. Sin embargo yo sentí que de cierta forma no lo había hecho tan mal. La falda, la falda, tendrían que verme las piernas en esa falda, si el resto del cuerpo no dieron con el personaje, seguro que el sutil movimiento de mis piernas habrían logrado que el maestro Ulive encontrara un destello de actuación, quizás después de todo, la Villanueva podría llegar a ser actriz.
La verdad es que yo nunca quise ser actriz, cero vocación, ni de niña, qué pereza tantas horas de ensayos y aprenderse tantas líneas, lo hice por frasquitera, de todas maneras estaba ilusionada en quedar en el grupo de actores que serían formados por Ugo Ulive, no porque pensaba hacer carrera como actriz, pero me parecía una excelente formación para una posible dramaturgo. Inmensa fue mi desilusión cuando al día siguiente tras leer dos veces la lista de los seleccionados, me cercioré que yo no estaba en ella. ¿Cómo era posible si en medio de mis titubeos sentí que me la había comido?
Fui directo a hablar con el Maestro Ulive, debía haber un error, yo no estaba en la lista, creo recordar que Erasmo sí, si el maestro aplaudió nuestra escena, hasta se rió. Tuvo que explicarme para que entendiera: "Me reí y aplaudí porque me pareció muy divertida tu versión de Hedda Gabler de falda de cuero, pero Hedda Gabler no es una comedia, es un drama, y tu no eres actriz, tu escribes, dedícate a lo tuyo, y deja de andar inventando".
La que sí tuvo su debut en las tablas fue mi falda negra de cuero_ Enrique Porte me la pidió prestada para el vestuario de una de las actrices del montaje de Suicido en Sí Bemol de Sam Shepard en la sala Juana Sujo.
A lo largo de los años me crucé poco con el Maestro Ulive, pero cada vez que lo hacía se burlaba de mi Hedda Gabler: "Ahí viene la Hedda Gabbler de cuero negro". Menos mal que no soy intensa y me reía con él. Hoy lamento su muerte, y valoro su enseñanza. Y los invito a ver su obra Prueba de Fuego, montaje de Vilma Ramia con la actuación de mi amigo Alfredo Sánchez y Federico Moleiro, que recién estrenan en los Teatros del Trasnocho Cultural, y dicen que está muy bien.

jueves, 8 de noviembre de 2018

El Antepenúltimo concierto de Paul Simon

En septiembre pasado caminaba por la parte alta de la Tercera Avenida en Nueva York cuando a mi lado pasó una muchacha apurada, casi corriendo, hablaba por teléfono: "Run, run, Paul McCartney is in Grand Central". Estuve a punto de agarrar un taxi para ver si llegaba a ver al más lindo de los Beatles aunque fuera de lejos, pero asumí que de ahí a que llegara a la estación de tren, ya sir Paul se habría ido. Me pareció surrealista que un Beatle deambulara por la estación de tren en hora pico, pensé que como mi inglés no es el mejor, seguro inventé la conversación. En el noticiero de las once supe que en efecto Paul McCartney había estado esa tarde en la concurrida estación de tren en un concierto sorpresa para presentar su último disco. Aunque hubiese agarrado un taxi y llegado a Grand Central en menos de diez minutos, quizás lo habría podido oír pero no lo habría visto: el ex Beatle cantó tras un paral ante un selecto público de V.I.P s newyorkinos.
Paul McCartney y Stevie Wonder son las barajitas que me faltan para decir que he visto en concierto a mis grandes ídolos. La última barajita que conseguí fue justo en este viaje a Nueva York, cuando sin saber que sería su antepenúltimo concierto (no me percaté que la gira se llamaba The Farrewell Tour) conseguí una entrada a muy buen precio para ver cantar en vivo a Paul Simon. Fue en el Madison Square Garden en NYC, compré la entrada por Internet sin saber que Simon, nacido en New Jersey en octubre del año 1941 pero críado en Queens, anunciara que esta sería su última gira. Como a Sir Elton John, en el 2018 sintió que ya le había llegado la hora de despedirse de los grandes escenarios. En el concierto Simon aclaró que su despedida no era como artista porque seguiría componiendo, tampoco descartaba que volvería tocar su música en público, pero se quería dedicar a disfrutar lo que le quedaba de vida en asuntos más importantes que en el ajetreo de una gira.
El verdadero último concierto de despedida de Paul Simon fue en Flushing Meadows Park en Corona, Queens, ante un público aproximado de treinta mil espectadores, el mismo lugar al que le canta en su famosa canción: "Me and Julio down by the school yard", que es de las primeras canciones que aprendí a cantar siendo niña cuando todavía no hablaba nada de inglés. Paul Simon es un músico fundamental de la banda sonora de mi vida, verlo en concierto fue un sueño hecho realidad, abrió en el MSG sin telonero, guitarra en mano, una guitarra casi más grande que él, acompañado por una magnífica banda en la que había músicos jóvenes y veteranos por igual, de diversas partes del mundo incluyendo a un guitarrista africano a quien Simon presentó como en su primera visita a los Estados Unidos. En tiempos tumultuosos políticamente, abrió con un tema de la época del duo Simon & Garfunkel: America, sobre la complejidad de alcanzar el llamado Sueño Americano. A pesar de que evitó tocar las canciones que hicieron famoso al duo a fines de los años 60, se refirió a esa popular época de su vida sin mencionar a Art Garfunkel, como una etapa de la cual prefería saltarse a favor de temas más personales, rescató de ese maravilloso lote, como a un hijo pródigo del que se tienen sentimientos encontrados, Puente sobre aguas turbulentas. Momento mágico en el concierto, una de las canciones más aplaudidas de la noche.
Paul Simon cantó una a una casi todas mis canciones preferidas de su repertorio, incluida Me & Julio down by the Schoolyard. En el concierto en Queens en el famoso silbido lo acompañó su esposa, la cantante Eddie Brickell, en el MSG silbó el viejo Paul acompañado de miles de improvisados silbadores. Entre tantos temas que el público coreo con su ídolo en MSG: Still Crazy after all this years, Fifty ways to leave your lover, You can call me Al, Diamonds on The Sole of her shoes de Graceland, una de mis canciones preferidas de uno de mis discos favoritos, además de un tema que no es tan conocido pero que a mi me encanta: René and Georgette Magritte with their dog after the war; que está incluido en su más reciente producción: In the blue Light; disco bastante jazz con diez canciones que están en discos anteriores que no fueron populares en su momento pero que Simon decidió que merecían otra oportunidad con nuevos arreglos.
Fui sola, ir sola a conciertos da para conseguir entradas a buen precio, mi puesto estaba bien pero distaba ser de los mejores, como en la mitad de la mitad del MSG. Casi todo el público pasaba de largo los cincuenta años, yo hasta me sentía una pava. Había señoras que llegaban en andadera. Chateando antes de que comenzara el concierto mis amigos me aconsejaban que me apresurara en salir una vez finalizado el show porque la cola en la escalera iba a ser bárbara entre andaderas, operaciones de cadera y rodillas maltrechas. Por hacerles caso me perdí Kodachrome, no esperaba un tercer encore.
No me puedo quejar, estaba bien sentada y el concierto alcanzó mis expectativas, pero me habría gustado estar más cerca del escenario. O por lo menos eso pensaba hasta que Paul Simon a mitad del espectáculo hizo una pausa para saludar a una amiga muy querida que esa noche lo acompañaba desde el público: Joan Baez.La audiencia aplaudió con fuerza con la esperanza de que la famosa cantante símbolo del inconformismo de los años 60, subiera al escenario a acompañar a su viejo amigo Paul. Supe que no sería así cuando Simon al no ver a su pana Joan entre las primeras filas de los VIP donde la suponía sentada, le pidió que se parara donde fuera que estuviera en el enorme Madison Square Garden para que un foco de luz la iluminara y así poder saludarla. Pasaron varios segundos tensos antes de que el foco de luz por fin encontrara a la legendaria artista folk, estaba sentada en el culo (me perdonan la expresión, pero realmente era el culo) del MSG. La leyenda de la música folk estaba sentada en la última fila del último balcón.
Y yo que me quejaba que mi puesto podría ser mejor.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Por qué lloramos como lloramos a Teodoro Petkoff


La noticia de la muerte de Teodoro Petkoff a muchos nos cayó como garrote de cochinero, aunque Teodoro tuviera 86 años, aunque no era ningún secreto que tenía tiempo delicado de salud, que su memoria comenzaba a divagar, que la tristeza de país se había apoderado de él teniendo a "Venezuela por cárcel", como declaró en el 2015 al recibir en su casa de manos de Felipe González el Premio Ortega y Gasset de periodismo, imposibilitado de viajar a España a recibirlo porque en el año 2014 le fuera dictado prohibición de salida del país cuando se atrevió a reproducir en Tal Cual un artículo de Wall Street Journal que vinculaba a Diosdado Cabello con el narcotráfico. 
Y sobre todo el dolor de pensar que en sus últimos días más que  la tristeza de tener a "Venezuela por cárcel", el enorme desasosiego que debió sentir este luchador de izquierda de arraigados principios demócratas, de saber que moriría antes de que este capítulo de horror en la Historia de Venezuela, llegara a su final. 
Muchos dolientes por las redes exaltaron distintas facetas de Petkoff: su etapa en la lucha armada, su par de fugas como de película del Cuartel San Carlos, cómo a pesar de nunca dejar de considerarse un hombre de Izquierda tuvo la honestidad política de señalar los desmanes de los regímenes comunistas, como criticar la invasión soviética a Checoslovaquia, publicando un libro sobre el tema, cortando pajita no solo con la Unión Soviética, sino también con el Partido Comunista de Venezuela.
Que más que un político, fuera un intelectual, un hombre de ideas, honesto y cabal.
No faltaron quienes recordaron que Teodoro fue fundador del Movimiento al Socialismo, el partido MAS, del cual el primer candidato fue José Vicente Rangel, y luego Petkoff fuera el candidato presidencial en las dos elecciones de los años 80 llegando en un distante tercer lugar. Eventualmente  renunciaría al partido del cual fuera fundador cuando la nueva generación de masistas decidiera  apoyar al Chavismo. 
También se resaltó que Teodoro habría sido el candidato ideal, el presidente ideal, para sustituir a Hugo Chávez en 2007, pero como nunca fue un político popular, el consenso decidió por el gobernador Manuel Rosales para enfrentarse con Chávez, decisión que Petkoff aceptara con humildad. 
Tampoco faltaron quienes recordaron otra de las causas perdidas de Teodoro, su militancia incondicional por los Gloriosos Tiburones de la Guaira, militancia que desde los noventa temporada tras temporada dejara con el corazón roto a la fanaticada escuala. Ni faltaron las mujeres que resaltaron que junto con Américo Martín, Teodoro fue el político más guapo de su generación, guapura que cual Paul Newman el catire del mostacho poblado conservara hasta el final de sus días. Hace pocos años, ya en la era de las redes sociales,  se creo en twitter el hashtag  #Teoessexy, del cual admito ser una de las más activas participantes como la fan enamorada de Teodoro que siempre fui. 
También muchos resaltaron su etapa como ministro de Cordiplan durante el gobierno de Rafael Caldera, dividiéndose las opiniones de si con éxito, o no, a pesar de que le tocara encargarse de las finanzas en uno de los momentos económicos más críticos para el país por la baja del precio barril del petróleo, obligado a tomar decisiones que fueron controversiales. 
No todos los venezolanos lloraron la muerte de Teodoro, muchos lo llamaron "comunista", sin derecho a redención por haber sido un hombre de Izquierda, tampoco faltaron quienes recordaron su supuesta participación en la masacre en el tren del Encanto, aunque estaba aclarado que Teodoro no participó en este ataque guerrillero donde murieron varios soldados. 
Había quienes no apreciaban su verbo cascarrabias, ni que se atreviera a denunciar que en el 2002 con el Carmonazo hubo un golpe de estado, una ruptura del hilo constitucional. 
También muchas fueron las voces que destacaron que Teodoro siempre fue solidario con las denuncias que llegaban a él en su oficina como director de Tal Cual, por ejemplo fue el primero en prestar las páginas de su periódico para relatar la huelga de hambre de la cual finalmente moriría Franklin Brito. 
Pero los detractores de Petkoff, por lo menos entre mis contactos en las redes sociales, son una minoría, lo que sentí por las redes fue una inmensa pena, como si nos quedáramos huérfanos más que por todo lo antes señalado, que ya es bastante, porque desde el año 2000 sus editoriales en la primera página de Tal Cual de lunes a jueves, incluyendo las notas de su alter ego Simón Boccanegra, más que un faro de opinión sobre los desmanes autoritarios que fueron en incremento desde que Hugo Chávez llegara al poder, hoy se podría considerar un histórico dossier que explica detalladamente los abusos del chavismo. 
Durante más de una década millones de venezolanos estábamos pendientes de que diría Teodoro ante la más reciente patraña de un gobierno que se volvía cada vez más autoritario hasta desembocar en la Dictadura en la que hoy vivimos. 
Lloramos a Teodoro no solo sabiendo que murió un gran hombre, un hombre de ideales, que algún día dijo "solo los estúpidos no cambian de opinión", que vivió una vida plena y productiva, luchando hasta el final por el regreso de la Democracia a Venezuela, no solo lloramos por quien fuera un guía intelectual para muchos, con la muerte de Teodoro, tanto los que lo admiramos como los que de cierta forma lo responsabilizan por sus ideales de izquierda como cómplice de la catástrofe revolucionaria, lloramos porque en estos últimos veinte años la lucha demócrata se nos ha vuelto como la piedra de Sísifo, que por más que nos esforcemos en llevarla cuesta arriba en la montaña, cuando ya parecemos llegar,  termina rodando otra vez hacía abajo.
Pero por la memoria de Teodoro Petkoff y tantos otros luchadores que han muerto sin ver el final de esta pesadilla revolucionaria que ya va para dos décadas, no debemos rendirnos hasta lograr que Venezuela vuelva a  regresar a la Democracia. 

lunes, 22 de octubre de 2018

Encuentro de un par de sobrevivientes




Cuando me encuentro en Caracas con una cara conocida del pasado me invade una gran alegría, han emigrado de Venezuela tantos amigos que ver un rostro familiar es como cuando en Walking Dead aparece un inesperado sobreviviente en medio de la hecatombe de Zombies, o como cuando en Lost los sobrevivientes del vuelo 815 con destino a Los Angeles, descubren a otros sobrevivientes en algún rincón de la misteriosa isla plagada de carencias, monstruos y calamidades. 
La semana pasada me sucedió en el abasto de La Florida, fui a buscar mantequilla (que está desaparecida desde hace semanas) ya no la tienen en charcutería y hace tiempo no se ve en las neveras. Los charcuteros me sugirieron que intentara en la sección del mercado donde a través de un mostrador, cual joyería, se piden los artículos más cotizados, caros o escasos del mercado como champú, bebidas alcohólicas, aceite de oliva, granos o diablitos. 
Tratando de llamar la atención de la muchacha que te dice si hay o no hay el producto que andas buscando, me encontré con una cara del pasado quien junto con media docena de personas, se arremolinaban ante el pequeño mostrador preguntando a la vez:
-¿Señorita tiene cubitos?
-¿Amiga hay resma de papel?
-¿Mi amor qué granos tienen?
M. no era un amigo, mas bien un conocido un poco mayor que yo que orbitaba en las mismas fiestas sifrinas en los años 80, pertenecía a un grupo más malandroso, no en el sentido peligroso que hoy le damos al adjetivo malandro, sino porque tenía fama de ser un grupetín dado a los excesos sicotrópicos. Si simplificamos a las tribus sifrinas caraqueñas de los años 80, yo pertenecía a una tribu más zanahoria, y M. a un grupo más "dañáo".
Por eso al cruzar miradas tardamos unos segundos en reconocernos, además porque teníamos como 30 años sin vernos. Pero la alegría fue la misma que si hubiésemos sido los más altos panas, poco faltó para que nos abrazáramos.
- ¿Villanueva, verdad?
Me preguntó como haciendo un ejercicio de memoria del que se sintiera orgulloso. Aspirar a que se acordara de mi nombre o de mi sobrenombre, habría sido demasiado pedir. 
Yo si me acordaba perfecto de su nombre, M. estaba igualito, como están igualitos los Rolling Stones de 2018 a lo que eran en los años 70: mantenía la energía juvenil, solo en el rostro ajado se le notaba el paso de los años, pero seguía teniendo la misma melena negra y despeinada, y la misma figura desgarbada de cuando me lo topaba en las fiestas en La Castellana o Altamira.
-¿También estás buscando mantequilla?- le pregunté.
-No, estoy buscando una botella de ron.
Se me quedó mirando, le brillaron los ojos con deja vú:
-Chama qué alegría verte- no me abrazó para no perder su puesto privilegiado en el mostrador, lo compensó exclamando emocionado- !Estás más gordita!, pero... ¡estás liiiindaaa!
En este tipo de momentos es en los que se me tambalea el feminismo porque soy de aquellas mujeres que ni les gustan que les digan que están más gorditas, ni les disgusta que les digan lindas.
Lo de gordita no me extraña, aunque según mi doctora todavía no tenga sobrepeso -estoy justo en la raya- pero para quien me conoció hace treinta años y veinte kilos menos, antes de tres embarazos, y previo a un marido que cocina divino con lo que se encuentre en este país en crisis; debo ser tremenda gordita comparada con la flaca a la que M. conoció bailando "Don't stand so close to me".
Aquellos tiempos en los que yo pesaba cuarenta y tres kilos. Era tan delgada que mucha gente juraba que era anoréxica, lo que nunca fui, simplemente era una firifiri, plana como una tabla, en una era donde el ideal de belleza eran mujeres voluptuosas como Irene Sáez, Barbarita Palacios y Pilín León. 
Quizás me habría ofendido ese "gordita", más por lo que representaba el irrefutable paso de los años que por los kilos de más, de no ser porque ese "¡Estás liiindaaa!" del pana M. sonó tan espontáneo y sincero que me volví a sentir como la chama que bailaba Police jurando ser la Dancing Queen sin importar lo firifiri (o hoy gordita) que fuera.
-¿Cómo está tu hermano?- me preguntó.
De mi hermano mayor si recordaba el nombre, quizás porque era su contemporáneo.
-Muy bien, viviendo en el Norte. ¿Y tú? ¿Sigues en Caracas o estás de visita?
- En Caracas, de los últimos sobrevivientes de este barco que se hunde, y no me voy.
Antes de que nos siguiéramos poniendo al día aunque entre nosotros no existiera una amistad con la que ponerse al día, la chica al otro lado del mostrador me rebotó:
"Mi reina mantequilla hace tiempo que no llega".
Y así nos despedimos hasta la próxima, un par de sobrevivientes de una ciudad en ruinas, esta gordita sin conseguir mantequilla, y M. con su botella de ron.

sábado, 13 de octubre de 2018

Y si, si se parece


En "Life" (2010), las memorias de Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones cuenta que cuando estaban a punto de sacar "Bridges of Babylon", álbum de los Stones del año 1997, Angela, la hija de Keith, le hizo notar a su padre que uno de los temas del disco por salir: "Anybody seen my baby?", tenía un indudable parecido con un reciente éxito de la cantante K.D Lang: "Constant Craving",
y si, si lo tiene,
Mick se ofendió porque cómo lo van a acusar de plagio, pana él es Mick "fucking" Jagger, pero el parecido era tan obvio que no les quedó más remedio que asumirlo antes que saliera el disco a la venta y darle créditos a Lang en la canción como coautora. "Anybody seen my baby?" fue el primer sencillo y mayor éxito del álbum, el video promocional contaba con la actriz Angelina Jolie como el objeto de la obsesión del viejo Mick. K.D Lang lejos de demandar a los Stones, se confesó halagada por formar parte de los créditos de la canción. Richards no culpa a Jagger de plagio, por lo menos no fue intencional, dice que lo que pasa es que Mick es una esponja, oye una melodía, se le queda grabada en el subconsciente, tiempo después comienza a tararearla y la asume como propia.
Ese cuento me acordó la demanda de plagio que vivió George Harrison por uno de sus mayores éxitos como solista: "My Sweet Lord", cuya melodía era casi idéntica a la canción "He's so fine" compuesta por Ronnie Mack, popularizada por el grupo Las Chiffons. Tras años de negociaciones en la corte el juez dictaminó que hubo plagio aunque no intencional, fue el subconsciente del Beatle más comeflor que lo traicionó. Según Wikipedia, subconsciente o no, Harrison se vio obligado a pagar una suma que correspondía a las dos terceras partes de los royalties percibidos hasta el momento por "My sweet lord", además de parte de los royalties del álbum donde aparece: "All things must pass". Harrison resultó tan traumatizado tras este juicio de plagio, que le quedó una paranoia durante un tiempo y no se atrevía a componer. No recuerdo dónde fue que leí que también se negaba a oír música no fuera a ser que su subconsciente se volviera a apropiar de una melodía ajena.
No los culpo, salvando las distancias con los geniales Mick Jagger y George Harrison, mi sunconciente también fue culpable de plagio, por lo menos en una ocasión: en mi novela "El móvil del Delito", publicada por Ediciones B en 2006, hay una escena donde uno de los personajes, Andrés, con tremenda trona, se monta en un techo y tras un discurso existencialista, pareciera querer lanzarse, mientras los amigos, a quienes se les pasa la trona del susto, tratan de evitarlo. Al final no pasa nada. Se evitan mayores intensidades. Y yo pensando que ese era el climax de mi novela, la gran escena, que me fundí.
 Meses después de publicada un amigo me felicitó porque le encantó El móvil... sobre todo la escena del techo: "igualita a la de la película "Almost Famous", cuando el personaje interpretado por Billy Crudup, en medio de una trona entre amigos, amenaza lanzarse del techo". Ahora que me lo dicen, si se parece bastante, puto subconsciente, menos mal que solo un amigo se dio cuenta del parecido, y que Cameron Crowe no me demandó por parte de los royalties de mi primera y hasta ahora, única novela.
Con su parte de los royalties de El Móvil... el famoso guionista/director, que fue groupie alguna vez, quizás se podría pagar un par de cervezas.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Ante el cierre del Lee Hamilton

Las redes sociales caraqueñas parecieran más conmocionadas por el cierre de la arepera El Tropezón en Bello Monte, y del legendario restaurante de carne Lee Hamilton en La Castellana, que por el viaje de Maduro para hipotecar lo que queda del futuro de Venezuela a China.
El Lee Hamilton, junto con El Carrizo y El Portón, eran los restaurantes a los que me llevaban a comer carne mis padres desde que tengo uso de razón. Casi siempre a almorzar, usualmente los domingos, porque en la noche la "carne cae pesada", no como hoy que "por la noche da miedo salir".
Como nunca he sido muy carnívora, cada uno de esos restaurantes para esta niña desganada tenía un atractivo especial que poco tenía que ver con la excelente carne que en ellos se comía: en El Portón, que quedaba en una quinta en la entrada de El Rosal a la autopista, me encantaba la media punta trasera con arroz y caraotas, más por el arroz y las caraotas negras que por la carne. Para la mesa se pedía una jarra de sangría que podíamos tomar los niños, solo una copa con más frutas que sangría, en los años 70 se pensaba que a los niños había que enseñarlos a tomar desde chiquitos.
Mi papá solía reconocer adecos famosos en las mesas de El Portón: "miren ahí está Canache Mata", "Miren ahí está Piñerua", por eso mi mamá decía que El Portón era "un restaurante de adecos", lo que no era precisamente un elogio, aunque tampoco un insulto, ni una experiencia similar a lo que sería en tiempos revolucionarios toparse con un chavista pesado en un restaurante.
El Carrizo en La Castellana (donde hoy queda El mundo del pollo) era un local más pequeño, de él salíamos tan ahumados que había quienes se bañaban y lavaban el pelo al llegar a casa. Lo recuerdo sobre todo de noche porque iba con los amigos en los años 80 cuando no era excepcionalmente caro invitar a comer a una muchacha. Hoy a un chamo no le alcanzaría un salario de profesional para almorzar él solo en cualquier restaurante de carne.
No le alcanza ni para almorzar solo en una pollera.
Del Carrizo lo que más añoro son los enormes tequeños que pedíamos para compartir,  y la ensalada Pérez Luna que entró en el menú cuando una cliente regular pedía siempre que a la ensalada mixta con aguacate y palmitos le agregaran queso roquefort.
 Solo en ocasiones especiales recuerdo haber ido al Lee Hamilton, restaurante de carne donde mi plato favorito era el corazón de lechuga con roquefort. A los niños nos llevaban poco, era un restaurante más sobrio, para adultos, menos familiar, la ultima vez que fui fue hace como 17 años,  después del funeral de una querida tía abuela, mi papá nos invitó a pasar el guayabo almorzando en el Lee Hamilton. Reencontrarme con la ensalada roquefort me hizo sentir tan feliz como cuando el estirado Gustav probó la ratatouille de la rata Remi.
¿Estaría el corazón de lechuga y roquefort en el menú hasta el final en el Lee Hamilton? ¿Es posible comer una ensalada con roquefort en la Venezuela de Maduro donde escasean hasta las necesidades más básicas? Suena frívolo preguntárselo, no habría problema en preguntárselo en cualquier país con una economía más o menos normal. 
El único de los restaurantes de carne al que mis padres me llevaron en la infancia que todavía sigue en pie es La Estancia, cuando dejemos de oír en la radio venezolana el pegajoso estribillo que nos recuerda que "Solo en La Estancia encontrarás, el buen sabor del restaurant" sabremos que finalmente llegó el Apocalipsis.
El primero que cerró de los restaurantes de carne de este recuento fue El Portón, a principios de los 90 se lo comió un proyecto inmobiliario, tenía tiempo cerrado antes de ser demolida la quinta donde quedaba para hacer las enormes torres de vivienda que hoy están en los terrenos donde también en una época estuvo el restaurante de carne El Alazán,  y la Juguetería El Rosal.
Después cerró El Carrizo, no recuerdo si a fines de los 90 o principios del 2000. Entonces no hubo más escándalo que el pesar por el cierre de un restaurant importante en la ruta gastronómica de Caracas.
Durante años mi papá siguió invitando a la familia de vez en cuando los domingos a almorzar a excelentes restaurantes de carne como El Alazán, El Shorton Grill (que también cerró) y El Aranjuez. Las mesas eran más largas porque íbamos hijos y nietos. Ya no pedíamos sangría sino vino chileno, los niños tomaban limonada, comenzaba la revolución, pero con el encantador de serpientes que era Chávez al timón y el barril de petróleo a cien dólares, ni en el peor de los pronósticos imaginábamos la tormenta económica que se cerniría sobre Venezuela. 
Un domingo cualquiera de la era de Chávez era difícil encontrar una mesa vacía en cualquier restaurante de carne. En 2018 en la era de Maduro tengo por lo menos tres años sin pisar uno. Actualmente en Venezuela, tras los controles de precios recientemente decretados, no se está consiguiendo carne ni en las carnicerías. Tanta dificultad para conseguir productos, a la que se suma el aumento salarial de varios ceros tras la reconversión de la moneda al Bolivar soberano, por lo visto decretaron el punto final del Lee Hamilton. 
 Hoy, que es noticia en las redes sociales el cierre del legendario restaurante de carne, pienso que lo raro es que haya sobrevivido tanto.  

sábado, 18 de agosto de 2018

Los apestados


En los años 80 uno de los más importantes puntos de la rumba sifrina era el Weekends (hoy Friday´s),  cuando se estrenó este inmenso local en Altamira con la innovadora oferta de comida chatarra tipo burritos, costillas y chicken wings; fue un paso más para hacer de Caracas una de las ciudades más cosmopolitas de Sur América. Una de esas noches de memorable rumba caraqueña fui con un grupo de panas a escuchar a una banda que hacía covers de Elvis Presley, entre set y set me acerqué al bar a buscar una cerveza cuando me abordó un educado joven, de marcado acento andino, quien después de identificarse como bogotano, se confesó deslumbrado por el ambiente de la noche caraqueña. 
"Comparada con Caracas Bogotá es un pueblo, ojalá los jóvenes en Bogotá tuviéramos tantas opciones, allá no pasamos de reunirnos en casas a conversar, no hay mucho que hacer".
Tampoco fue mucho lo que conversamos, comenzaba a sonar Heartbreak Hotel. 
Más de treinta años después recuerdo este breve encuentro en Weekends en mi primera visita a Bogotá: la rueda de la fortuna dio un giro tal que este agosto de 2018 esta ya no tan joven caraqueña es quien se siente deslumbrada por la capital de Colombia en comparación con la hiperdevaluada capital de la República Bolivariana de Venezuela. 

El motivo de mi viaje fue el matrimonio del hijo de una amiga, cada vez son más los muchachos venezolanos que no solo emigran de Venezuela, sino que se casan fuera por variadas razones. Era un matrimonio pequeño, bonito, bien servido pero sin mayores lujos en las afueras de Bogotá. En un lugar tan perdido que los choferes de Uber no llegaban ni con GPS. Tenía años queriendo conocer Bogotá, decidí que acompañar a mi amiga María Alejandra en el matrimonio de su único hijo era la ocasión perfecta, además serviría para mitigar la tristeza que mis hijas se unieron a la diáspora venezolana el mismo día que, no por casualidad, reservé vuelo para mi primera visita al país vecino. 
La fiesta de matrimonio estuvo amenizaba por una banda costeña que favorecía clásicos de salsa, en un momento de la noche se dejó colar La pollera colorá. Ante el entusiasmo de la concurrencia bailando cumbia, el cantante se emocionó:
"¡Qué viva Colombia! ¡Que levanten las manos los colombianos!" 
Nadie en la pista de baile levantó la mano. Si no fuera porque estaba en medio de eso de "aquí pa'llá y de allá pa'cá" podría jurar que hubo un tenso silencio esperando que alguien levantara la mano, aunque fuera un mesonero, identificándose como colombiano en una fiesta en las afueras de Bogotá, pero nadie lo hizo. Hasta que al cantante se le ocurrió gritar: "Que levanten la mano los venezolanos".
Todos en la pista de baile alzamos la mano, y arrancó la fiesta otra vez. 

Dos días antes, tras la lenta cola para pasar inmigración que duró más que el vuelo Caracas-Bogotá, nos recibió en El Dorado a mi esposo y a mi un chofer del hotel que tenía el carro en el estacionamiento del aeropuerto. Ya casi era medianoche, mientras el chofer pagaba el ticket, nos abordó un hombre no tan joven, tampoco viejo, ni de mala presencia: "Buenas noches, soy venezolano, por favor ayúdenme comprándome una chupeta". Esa presentación la oí varias veces durante mi corta estadía en Bogotá, inclusive de quienes se presentaron como profesionales: "Soy venezolano, ayúdenme mientras consigo trabajo...", tras casi veinte años de economía socialista los venezolanos pasamos a utilizar nuestra ciudadanía para inspirar pesar, dejamos el orgullo patrio a un lado para presentarnos internacionalmente como uno de los gentilicios más necesitados del planeta.
Recientemente Nicolás Maduro, con su verbo socarrón,  tildó a decenas de miles de venezolanos que en los últimos meses han emigrado a otros países de América Latina, como "mendigos, esclavos  y limpia pocetas", como si no fuera el principal responsable de tan triste migración de tantos profesionales, y ahora clase obrera, que en Venezuela se les ha vuelto casi imposible vivir de sus trabajos, migración que se está convirtiendo en una crisis para el resto del continente americano, entre otros atolladeros de cabeza los venezolanos hemos llevado enfermedades que se pensaban hace tiempo erradicadas, como el sarampión.


El hotel Jazz queda frente al parque El Virrey, un hotel económico que conseguí en Internet,  ninguno de mis amigos que conoce Bogotá sabía de él pero me aseguraron que estaba  bien situado aledaño a la zona T. Llegamos pasada la medianoche, mientras nos registrábamos entró una pareja un tanto peculiar: él galan otoñal, ella una Kardashian colombiana enfundada en cuero blanco de la cabeza a los pies. 
Lo más bonito del hotel es que cada cuarto está dedicado a una gloria del Jazz, nos tocó la suite Billie Holliday, a pesar de haber coincidido con una de mis cantantes favoritas, y que el cuarto aunque sin vista, tenía un buen tamaño, tras cruzarnos con la furtiva pareja otoño-primavera, el baño nos dio peor espina: a un lado del lavamanos en una bandejita ofrecían a la venta condones, lubricantes, desodorantes "his and hers".
"Caramba, mi amor", le dije a mi marido, "¿Será que después de casi treinta años de casados ahora es que vamos a empezar a ir a "mataderos"?". 
Qué carrizo, estábamos tan cansados que nos acostamos a dormir en la cómoda cama de mullido edredón, ni soñar utilizar el condón o el lubricante. Ya mañana veríamos. 
Al día siguiente, en el desayuno (incluido), nos dimos cuenta que a pesar del encuentro fortuito con la singular pareja y de la sensual oferta de artículos en el baño, el Jazz es un hotel de ambiente familiar muy bien ubicado con excelente relación precio-calidad. No éramos los únicos venezolanos hospedados en nuestra corta estadía en el Jazz: en la recepción del hotel oímos hablar en inconfundible caraqueño a una familia contando que pronto regresaría a su hogar en Toronto. El cocinero encargado de preparar los huevos del desayuno también era venezolano. 

 En Andrés Carne de Res, una de las más anticipadas atracciones de mi visita,  fue donde recordé al joven colombiano que conocí en los años 80 en Weekends, porque todo lo que él envidiaba de la noche caraqueña, y más, está condensado en esta especie de restaurante/discoteca/happening fundado a principio de los años 80 en Chía, en las afueras de Bogotá, por el arquitecto Andrés Jaramillo. 
Así como hay locales nocturnos que exigen chaqueta y corbata para entrar, el único requisito para entrar en Andrés Carne de Res es estar dispuesto a gozar.  La primera advertencia que nos hizo uno de los eufóricos anfitriones al darse cuenta que éramos venezolanos, fue: "En Andrés Carne de Res está prohibido mencionar a Maduro, aquí solo se viene a pasarla bien". 
Este mítico local bogotano del que tanto me habían hablado, por eso de "carne de res", me lo imaginaba similar al famoso restaurante valenciano: "Asociación Venezolana de Ganaderos" siendo la carne la principal protagonista, imposible imaginar esta bacanal de música, baile, comida y alcohol; tampoco esperaba el ambiente cargado de detalles que van de lo pagano a lo místico, pasando por el Kitsch y el folklore,  un caos muy bien calculado.
Lo que no se puede calcular es que la xenofobia se pueda colar hasta en este desaforado mundo feliz. No me tocó a mi, no sé cómo habría reaccionado, me enteré fue al día siguiente, que mis tres sobrinos en un momento en el que salieron a un patio que da a la calle para fumar un cigarrillo -zona que los sábados es como una fiesta, ese viernes había poca gente- fueron abordados por un joven como ellos, quien aprovechando que la muchacha con la que estaba había ido para el baño, se les acercó a preguntarles, con tono educado:
"¿Ustedes son venezolanos?".  
"Si".
"Pues me van a tener que disculpar pero yo soy xenofóbico, este es mi espacio así que mejor me desalojan".
Por mucho menos que este "me desalojan"  los más gamberros de mis amigos sifrinos en los años 80 habrían destrozado una discoteca en Vail, pero a los actuales chamos venezolanos les ha tocado otra vida, y de ella han aprendido vivir con la preciada virtud de la humildad. Mi ahijado Carlos, de 32 años, que tiene varios años radicado en Bogotá, prefirió evitar entrar en conflicto con semejante muestra de odio, y se llevó a sus dos hermanas veinteañeras lejos del autoproclamado xenofóbico. 
Carlos, al darse cuenta que dejó abandonado su trago, regresó a buscarlo, en esos minutos el xenofóbico tuvo tiempo de reflexionar, y le pidió perdón:
"Disculpa por lo que les dije hace unos momentos, sé que me comporté mal, deben pensar que soy una persona horrible".
"No te preocupes mi pana", le dijo mi ahijado, "Tu eres el que tienes el problema, no yo, yo vine aquí a pasarla bien". 
Me cuentan mis sobrinos/primos (dos muchachos de la familia viviendo en Bogotá, uno a punto de ser papá) que viviendo en Bogotá más de una vez les ha tocado oír la odiosa frase: "Venezolano tenías que ser", que si se van a entrar a coñazos cada vez que la oyen, tendrían más peleas que Floyd Mayweather. 

La verdad que yo no tengo de qué quejarme, quedé encantada con mi visita a Bogotá, nadie me trató mal, por el contrario, el bogotano muy educado y gentil, hasta el frío no me pareció tan terrible como algunos caraqueños se quejan acostumbrados a un clima más primaveral. Es una ciudad rodeada de colinas que recuerda mucho por su verde, tráfico y urbanismo a Caracas. Entre la actual bonanza de Bogotá lo que más envidié fueron las librerías: además de medicinas que no se encuentran en Caracas, champú, desodorante, y dos latas de Ensure en polvo para mi padre, compré todos los libros que el restringido límite de kilos de equipaje de Wingo me permitieron llevar, entre ellos:  "Las formas de la pereza" de Héctor Abad Faciolince, recopilación de artículos y ensayos que hiciera el escritor colombiano entre los años 2006/2007,  un año sabático que se tomó en Berlín gracias a una beca. 
De grata lectura algunos de estas crónicas son gérmenes de  "El olvido que seremos", escritas entre las décadas del 90 y 2000, en una Colombia en plena guerra contra tantos frentes: las mafias del narcotráfico, los paramilitares, las guerrillas... Abad Faciolince cuenta del escritor colombiano que elude los temas más escabrosos de su actualidad por miedo, miedo a la violencia en su tierra que costara la vida de tantas personas nobles por enfrentarse a la barbarie.
 Leyendo estos ensayos es fácil notar cómo poco a poco ese miedo  se va transformando hasta llegar a obras como su más reciente novela: "La Oculta". Varios de los artículos de este libro, en particular: "La risa de la loca de la casa", bien pudieran describir a la Venezuela actual, hace más de treinta años tan envidiada por el resto de Latinoamérica: "No es la palabra guerra la que mejor refleje nuestra situación. Mejor se nos acomoda la metáfora peste".
 Lejos de referirse a la Venezuela de Maduro, sino a los años más cruentos de "la peste" en Colombia, Abad Faciolince gracias a el poder de la Literatura, usa la palabra exacta de cómo nos sentimos hoy millones de venezolanos, dentro y fuera de Venezuela, sobreviviendo a duras penas a la peste del socialismo del Siglo XXI que tiene sumida a nuestro país en la mayor de las miserias, y que mientras el actual régimen siga en las riendas, solo tenderá a agravarse.