jueves, 15 de enero de 2015

Aquellos maestros...


Como hoy es 15 de enero y en Venezuela se celebra el Día del Maestro, me tomo la libertad de ponerme intensa recordando aquellos maestros que dejaron marca en mi vida.
La primera maestra que recuerdo es Yolanda, del Kindergarten Tamanaco, recuerdo poco nítido porque Yolanda me dio clases en pre-kinder cuando apenas tenía 4 años. Tengo la sensación de que yo era su consentida no por simpática y querendona, sino porque del grupo de niños fui la primera que aprendió a leer. Rosa Elena era la maestra del salón de al lado, más vieja y más fea que Yolanda (así la recuerdo, a lo mejor no lo era), estaba celosa porque Yolanda tenía en su clase una niña que leía y ella no. Por eso una mañana Rosa Elena se tomó la molestia de desmontar el mito de la pequeña lectora sentándome a descifrar palabras como "cigüeña". Gracias a Rosa Elena aprendí que no todas las maestras eran dulces y pacientes como Yolanda. 
Entré en el colegio Santiago de León de Caracas en primer grado recién cumplidos seis años, la mayoría de mis compañeros ya tenían siete, pero mis padres insistieron que entrara a pesar de que iba ser la menor del salón porque recuerden que yo era la lectora precoz... la niña genio. Hasta primer grado me duró la fama de niña genio, mis notas decían lo contrario, y para colmo, casi todos mis compañeros cursaron preescolar en el Santiago y ya eran amigos entre sí. Que yo fuera un año menor y una niña despeinada y retraída no ayudaba mucho en mi popularidad. No me fue fácil hacer amigos, en los recreos me sentaba en un banco con una novela de Enid Blyton mirando de reojo a los demás niños jugar. Por eso recuerdo a Rosita en tercer grado como una de mis mejores maestras, no porque supo desarrollar mi potencial académico, sino porque fue capaz de identificarme como una niña solitaria y darme las herramientas sociales para hacer mis primeros amigos, los del colegio, a quienes todavía hoy considero mis amigos del alma. 
De Yolanda y de Rosita no conocí ni sus apellidos. De Yolanda no supe más, de Rosita solo que al año siguiente de ser mi maestra se casó y se retiró de la docencia.
A pocas de mis otras maestras de primaria las recuerdo por nombre, en cambio a casi todos los profesores de los tres primeros años de bachillerato los recuerdo como si hubiera tenido clases con ellos ayer: Cándido Millán, Guillén, Toro, Tortugón, Pedro Hernández, El Gocho Vivas, Pernalete, Echezuría; muchos de estos profesores tenían tantos años dando clases en el Santiago que habían sido profesores de mis tíos. A mi me parecían unos viejos, eran mayores que mi papá. Por eso cuando entró Elizabeth Uzcátegui, la nueva profesora de Literatura, fue como si abrieran una ventana en una tienda de Antigüedades para que entrara una bocanada de brisa fresca. 
Elizabeth en ningún lado habría pasado inadvertida, menos en un colegio donde las niñas estaban obligadas a llevar faldas grises y los profesores solían lucir fluxes de color marrón. Era una catira menuda pero con muy buen cuerpo apenas unos añitos mayor que sus alumnos. La recuerdo dando clases vestida de blanco con faldas vaporosas y escotes pronunciados. Y no solo fue una brisa fresca por el contraste de esta joven y alegre licenciada con el resto de sus colegas: Elizabeth fue la primera profesora que insistió que la llamáramos por su nombre y la tuteáramos, y lograba mantener el respeto en su clase porque siempre era interesante, si tocaba hablar de La Ilíada, ella era Aquiles Pélida. 
No fue monedita de oro Elizabeth, no todos mis compañeros la quisieron, más la queríamos sus alumnos de Humanidades que los de Ciencias, pero para mí fue la primera profesora en romper el molde de la formalidad escolar y la primera en demostrar la importancia de la creatividad y el amor por enseñar la Literatura más como una pasión que como una materia requerida por el Ministerio de Educación. Gracias a Elizabeth volví a sentir el orgullo de ser una de las mejores de la clase, aunque en esta oportunidad fue un orgullo compartido con varios, y no hubo señorita Rosa Elena para demostrar lo contrario. 
Cuando entré en Humanidades pasé de ser una alumna mala, de las que reparan, a una alumna buena, de las que eximen, pero no fue sino hasta que entré en la Escuela de Arte de la Universidad Central que el mundo se me volvió technicolor como a Dorothy cuando llega a Mushkinlandia. Mi mago de Oz fue Isaac Chocrón, aunque a diferencia del de la película de Warner, Isaac -que también insistió desde el primer día que lo llamáramos por su nombre- no era un charlatán. 
Las clases de Expresión Oral y Escrita que impartía Isaac en el primer semestre eran los viernes en el auditorio de Humanidades, incluía a los más de 100 alumnos que empezábamos la carrera, siendo la clase más masiva. Isaac decía que se preparaba para ella como si lo hiciera para un show en Las Vegas, y se notaba porque semana tras semana era un stand up comedy nuevo, habilidad que ya quisiera tener más de uno que ha hecho carrera montando monólogos sobre sus vidas. 
A pesar de que Isaac era la única estrella en su clase, y a pesar de tener tantos alumnos, nos iba conociendo porque todas las semanas mandaba de tarea una cuartilla sobre diversos temas, ejercicios de memoria emocional parecidos a esta crónica que están leyendo. A la semana siguiente los devolvía corregidos y con un comentario al margen. De trabajo final Isaac nos pidió que le entregáramos lo que quisiéramos, yo hice una versión criolla del primer acto de Pigmalión de Bernard Shaw que a Isaac le gustó tanto que se la dio a Enrique Porte, un joven director de Teatro recién llegado de Londres, para ver si le servía para su Taller de Actuación.
Así comenzó mi amistad con Enrique Porte antes que siquiera fuera su alumna. Cuando me enteré que algunos alumnos del Taller de Actuación de Enrique estaban amotinados por tener que trabajar con la obra inacabada de una chama dos semestres por abajo de ellos, le fui a llorar a Enrique, quien me regañó: "Si voy a trabajar tu Pigmalión es porque me gusta, y deja la pendejada que no es la primera crítica que vas a recibir en tu vida...", excelente lección eso de "deja la pendejada que no será la primera crítica que vas a recibir en tu vida", aunque es una de las enseñanzas que más cuesta asimilar.
Enrique hasta su temprana muerte en el año 1990, fue uno de mis mejores amigos. 
Enrique e Isaac no fueron los únicos grandes maestros que tuve en la Escuela de Arte, pero sí fueron los que más influencia tuvieron en mí, en cambio en mi rasante paso por la Escuela de Comunicación Social solo recuerdo un profesor inolvidable, de quien tampoco volví a saber, Luis Angulo se llamaba, era un profesor prestado de la Escuela de Letras y su sensibilidad para dar clases casi me hacen cambiar de carrera: si así eran los profesores en Letras, yo me tenía que ir para allá.
El profesor Angulo era venerado por todos sus alumnos, y al igual que Isaac, mandaba a escribir una cuartilla por clase de diversos temas, la diferencia era que teníamos una hora para escribirlas en las viejas máquinas de la escuela. 
Hoy me doy cuenta que muchas de las herramientas que aprendí en las clases de Angulo son las que aplico en el blog, sobre todo escribir contra reloj y concretar. Mi gran despecho académico fue cuando un lunes inesperadamente el profesor se despidió de sus alumnos a mitad de semestre, tenía demasiada carga académica y debía ceder la cátedra de Comunicación Social, a la semana siguiente tendríamos una nueva profesora.
No volví a saber de él.
 Este no es sino un breve recuento de algunos maestros de mi vida, al que podría incluir a muchos de los maestros de mis hijos, pero esas ya serían sus historias. Si hoy me dio por escribir esta intensidad fue para que quienes ejercen la vocación de enseñar sepan que vale la pena, que seguro en más de una ocasión en pequeños detalles hicieron la diferencia en algún estudiante que nunca los olvidará. 

lunes, 12 de enero de 2015

La corrección política, la libertad de expresión y los Golden Globes


A los frívolos de corazón nos divierte más la noche de la entrega de los Golden Globe que la de los premios Oscar porque la prensa extranjera no celebra al Cine (o a la televisión) sino a la industria del espectáculo. Cero premios técnicos ni demás intensidades, estrellas y nada más. Pero anoche en medio de la nota de la moda y de las joyas, de la expectativa de la primera aparición en la alfombra rojo como hombre casado de George Clooney, y de si la mejor comedia se la llevaría Birdman o El Gran Hotel Budapest... se dejaron colar un par de temas nada frívolos que pueden resultar antagónicos entre sí: la corrección política y la libertad de expresión.  
Cuatro días después del ataque en París al semanario humorístico Charlie Hebdo en el que fueron ajusticiadas doce personas, entre ellas cuatro caricaturistas, por publicar ilustraciones provocadoras sobre el islamismo; no fueron tantas como se pensaba las estrellas de Hollywood que aprovecharon la noche para pronunciarse con el solidario "Je suis Charlie". 
Entre las pocas que lo hicieron: Helen Mirren, Diana Kruger, Jared Leto, Kathy Bates, y el recién casado George Clooney, homenajeado de la noche con el premio Cecil B. De Mille por su labor humanitaria.    
Clooney tras profesar su amor por la elegante Amal Alamuddin (vestida de Dior, con un prendedor de "Je suis Charlie" en su cartera y una cara de fastidio con balcón y vista al mar), se tomó unos segundos en el discurso de agradecimiento a la prensa extranjera para celebrar a las millones de personas que manifestaron en París y en el mundo entero por el derecho a caminar sin miedo: "Je suis Charlie", terminó el guapo George antes de ser ovacionado.
Quien quita si muchas estrellas de Hollywood prefirieron hacerse las locas para no ofender ninguna susceptibilidad,  después de todo en las redes sociales a medida que se iban multiplicando los "Je suis Charlie", también hubo quienes se apresuraron en precisar: "yo no soy Charlie", catalogando el humor de Charlie Hebdo como eurocentrista y ofensivo para la cultura islámica, sin que necesariamente por eso justificaran el acto de terrorismo sufrido en París, aunque sí con un gran "peeero". 
Si de algo podemos estar seguros es que un semanario como Charlie Hebdo hoy sería impensable en un país como los Estados Unidos donde a la libertad de expresión se la comió la corrección política. La corrección política también puede ser un flagelo porque siempre se tiene miedo de ofender a alguien y eso limita la creación, termina siendo una forma de autocensura. Sin embargo estos meses han ocurrido ciertos incidentes sobre los que Hollywood no puede mirar para otro lado como las acusaciones que señalan como violador al venerado comediante Bill Cosby.
Durante décadas las imposiciones sexuales del doctor Huxtable eran un secreto a voces en Hollywood, hasta que a mediados de 2014 un humorista irreverente se atrevió.a incluir en su acto un chiste sobre tan escabroso tema. El chiste se volvió viral por You Tube lo que animó a que poco a poco más de veinte mujeres se decidieran a confesar sus historias de cómo fueron drogadas y sometidas sexualmente por el buenote de Bill. Entre las víctimas, muchas de ellas ya abuelas, las modelos Janice Dickinson y Beverly Johnson. 
Contra Cosby no hay más evidencias que el testimonio de una veintena de mujeres, suficiente para que "el padre perfecto" perdiera el amor de gran parte de su público, además de contratos millonarios como un nuevo show de televisión.

Fuera el gato del saco del escándalo, las estrellas de cine y televisión parecen dividirse entre quienes acusan a Cosby como un hipócrita abusador de mujeres, quienes le dan el beneficio de la duda, y quienes como Whoopi Goldberg, son incondicionales y están seguras de que el pobre Bill no es sino víctima de una oscura conspiración de la cual son responsables los medios perversos.
Tal división de pareceres se percibió anoche cuando Tina Fey y Amy Poehler, las mejores presentadoras de cualquier entrega de premios de los últimos años, no perdonaron a Cosby en la introducción del espectáculo responsabilizándolo de haber tenido un encuentro con la Bella Durmiente.
Al primer chiste contra la vaca sagrada de la televisión norteamericana se oyeron unos cuantos buuus, y algunas risas nerviosas, a medida de que Tina y Amy insistieron en meter el dedo en la llaga de la reputación del actor, las risas se oían más espontáneas, pero al enfocar al público se vieron caras amarradas, como la de la actriz Frances Mc Dormand (¿quién lo habría dicho?) por lo visto la estrella de la película Fargo es de las que a Cosby le dan el beneficio de la duda. 
¿Será que hay temas que para Hollywood ni con el pétalo de una rosa? Menos mal que todavía quedan comediantes como C.K Louis, quien de la incorrección política alimenta su humor, como también lo era en su estilo la difunta Joan Rivers.
De vez en cuando salta una liebre irreverente contra los sentimientos patrios ajenos como lo ocurrido en diciembre 2014 ante las amenazas de terrorismo que se dejaron colar por Internet si Sony osaba estrenar "The Interview" con Seth Rogen y James Franco, película que trata sobre un supuesto magnicidio contra Kim Jong-un, una imagen caricaturesca y negativa del dictador de la República Democrática Popular de Corea.
A pesar de las amenazas, "The interview" se estrenó, con cierta timidez, en menos cines de los que se había planeado; aunque la polémica fue para su bien, publicidad gratuita, y así una película de humor escatológico que muchos no teníamos el más mínimo interés de ver, tras la amenaza norcoreana ahora se nos despierta cierta curiosidad.  
 Lo que no necesariamente hace a "The Interview" una película interesante, sin duda el chiste más flojo de la noche del team Fey-Poehler fue cuando presentaron a la  censora norcoreana (interpretada por Margaret Cho) invitada a los Golden Globe para no herir susceptibilidades. Muchos por las redes sociales en los Estados Unidos tildaron el momento de "racista" y de "presentar una imagen estereotipada de los orientales". Solo los sagaces ojos de las redes sociales venezolanas mordieron el detalle que la funcionaria coreana admiradora de Meryl Streep, llevaba bordada en la manga una bandera tricolor similar a la ecuatoriana y a la colombiana, pero que los venezolanos inmediatamente la tomamos como el glorioso pabellón nacional. 
No tardaran los estandartes de la corrección política en pedir cortar la pajita, y lavar nuestro honor: "Je suis Kim Jong".

martes, 6 de enero de 2015

Lecturas de Chinchorro Navidad 2014


Sin Wifi ni televisión, las vacaciones navideñas en Margarita son ideales para ponerme al día con aquellos libros que he estado dejando de lado para cuando haya tiempo y concentración, por eso a la isla rara vez llevo la novela de moda sino aquellas que están agarrando polvo en mi biblioteca. La selección suele ser fortuita, en diciembre 2014 elegí al azar cuatro novelas, por casualidad tres de ellas estaban relacionadas con las atrocidades cometidas en la agitada Europa de mediados del siglo XX.
Para la espera en el aeropuerto -que en las circunstancias actuales de país sospechaba que iba a ser larga- llevé una novela que traje de Madrid hace un par de Semana Santas: El lector de Julio Verne -Episodios de una guerra interminable- (Tusquets-2012) de Almudena Grandes, la historia de Nino, un niño de nueve años hijo de un Guardia Civil en un pequeño pueblo de la España rural en el año 1947 que no es demasiado niño para percibir que del trabajo de su padre no hay mucho de lo que enorgullecerse.
Las novelas de Almudena Grande son amenas, y como El Lector de Julio Verne no está entre sus obras más densas de tamaño y no pesaba tanto en la cartera, Nino y su fascinación por las novelas de Julio Verne y por la leyenda del forajido "Cencerro" fueron la distracción perfecta hasta que el vuelo de Lasser -que esa noche tuvo cuatro de horas de retraso- por fin aterrizara en el aeropuerto Santiago Mariño. Su génesis es el relato que le hizo a la escritora Cristino Pérez Meléndez, quien siendo hijo de un Guardia Civil en el llamado "Trienio del Terror" (1947-1949) cuando el Franquismo acabó con el grueso de la Guerrilla, como las paredes de sus casas eran tan delgadas, los niños de los guardias oían los gritos de los prisioneros siendo torturados. 
Ya en el chinchorro con vista al mar, de la provincia de Jaén pasé a lo que quedó de Berlín tras la Segunda Guerra Mundial con En Busca de Klingsor (1999) de Jorge Volpi, novela muy recomendada por todo quien la ha leído a la que confieso tenía años sacándole el cuerpo porque, como le constó al profesor Camero, lo mío no es la Física. Más de 15 años después de publicada, cuando por fin me decidí a entrarle, me sorprendió que más interesantes me parecieran los párrafos dedicados a la Ciencia que a las aventuras galantes de los diversos protagonistas. 
La primera y ambiciosa novela del mexicano Volpi trata sobre un joven Físico estadounidense quien desprestigiado por un escándalo sexual, cambia el mundo académico por el militar para llevar a cabo la misión de encontrar en la Berlín ocupada por rusos y norteamericanos a "Klingsor", nombre usado por un anónimo científico para asesorar al nazismo en la carrera por desarrollar la energía nuclear. 
En busca de Klingsor no fue que me despertó un tardío amor por la Física, ciencia que según leí en el libro de Volpi a los 30 años ya se es obsoleto, pero si quedé con ganas de leer una materia pendiente: la obra Copenhague de Michael Frayn sobre el encuentro de los físicos Nells Bohr y Werner Heisenberg para discutir sobre el poder nuclear. Presentada en teatro en Venezuela por Héctor Manrique y el GA80.
De la derrota nazi retrocedí unos años a la invasión alemana en París en 1940 con Suite Francaise de Irene Nemirovski, publicada en el año 2004 pero escrita con olor a pólvora fresca mientras la escritora de origen ruso se las veía también cómo hacer para proteger a su familia. La idea de Nemirovski era escribir una serie de cinco novelas relacionadas entre sí por varios personajes, solo alcanzó a escribir dos de ellas antes de que debido a su origen judío, fuera detenida por los nazis y al poco tiempo habría de morir en Auschwitz, no sin antes poner a salvo a sus dos hijas en custodia de su aya. Con las niñas dejó el manuscrito de su ambicioso proyecto que ellas conservaron en una maleta hasta que una de las niñas, ya en la mediana edad, decidió transcribirla y entregarla para ser publicada convirtiéndose Suite Francaise en el año 2004 en un fenómeno editorial: un bestseller cuya autora, desconocida para los lectores modernos, tenía más de 60 años muerta. 
Se puede decir mucho de esta novela inacabada, lo que más se ha admirado es la capacidad de la autora para desentrañar las bajezas del alma humana, pero a mí lo que más me sorprendió fue su temple para que en medio de los bombardeos y de la desesperación de encontrar la manera de que la familia sobreviviera la guerra, Irene Nemirovski encontrara tiempo y concentración para elaborar semejante retrato de tan terrible momento histórico in situ.
Y una que en este desbarajuste histórico en Venezuela si acaso encuentro cabeza para una que otra intensidad. 
La primera novela leída en el año 2015, antes de abandonar el chinchorro para volver a la realidad caraqueña, regresé a la lectura digital y al siglo XXI con Carthage la más reciente novela de Joyce Carol Oates, que si algún parecido puede tener con las tres novelas antes leídas son las nefastas consecuencias que deja toda guerra no solo en quienes la viven. 
Carthage es una pequeña ciudad al norte del estado Nueva York -escenario de casi todas las novelas de la autora-  donde los Westfields son la aristocracia del barrio, bendecidos por una hija bella y otra inteligente. Juliet, la hija mayor,  bella y encantadora maestra de la escuela local, acaba de terminar con su novio, un Marine que no se logra desprender de los tormentos testimoniados en la guerra de Afganistán. Cressida, "la inteligente", un eufemismo de "la que no es bonita",  es una universitaria amarga que se deja vencer fácilmente por cualquier adversidad. Cuando Cressida desaparece, las sospechas recaen sobre Brett, el héroe de guerra idealizado por el pueblo que hasta hacía unos días había estado comprometido con su hermana. 
Joyce Carol Oates es una escritora tan prolífica como Stephen King, con un ojo inquisidor del alma humana comparable al de Irene Nemirovski, pero sus novelas rara vez terminan siendo best sellers, aunque suelen ser bien recibidas por la crítica en general. Carthage no fue la excepción. Quizás por ser tan prolífica, ya su obra se da por sentado, sus novelas y colecciones de cuentos rara vez son tomadas en cuenta en las listas de los mejores libros del año, aunque todos los años su nombre figura entre posibles merecedores del Nobel de Literatura. Carthage  puede que no sea la mejor novela de Joyce Carol Oates, pero es una excelente novela, dura, no es complaciente con ninguno de los personajes, en todos hay rastros de mezquindad, como en toda alma humana. 
No precisamente un pensamiento feliz para recibir este año que se avecina.

jueves, 18 de diciembre de 2014

La flor en el estiércol


Varios amigos me han preguntado porqué tengo abandonada Evitando Intensidades. Es reconfortante saber que esto de lanzar un mensaje en una botella al mar tiene sus lectores. Uno de estos panas me decía que extraña leer con un toque de humor sobre el actual desastre de país. He ahí una de las respuesta del porqué este blog parece haber entrado en año sabático: ¿cómo evitar intensidades en momentos tan críticos como los que vivimos en Venezuela? 
El desgano en la lucha en contra de las intensidades se debe, quizás, al percatarme que de hace como dos años para acá las colas en las farmacias y los supermercados son mi principal fuente de inspiración. Las crónicas de ciudad se han ido convirtiendo en crónicas de la escasez. 
Tanto desgano de país se respira en las calles y domina las redes sociales, cómo no sentirlo viviendo en Venezuela una situación que parece de post guerra donde quienes encuentran una oportunidad, emigran, y los que se quedan deben resignarse a hacerlo adaptándose a vivir en medio del miedo, censura, anarquía de Estado y grandes privaciones.  
Por eso no deja de sorprenderme cada vez que encuentro un intento optimista de recuperar un poco de civilidad, como por ejemplo los promotores del hashtag #Caraqueando, un esfuerzo en las redes sociales de compartir fotos y experiencias que demuestren que en Caracas todavía pasan cosas divertidas que poco tienen que ver con la política: chamos que montan patineta, exhibiciones caninas, lo que sea que sirva para humanizar la ciudad. 
O el esfuerzo titánico de convocar en la Plaza Altamira a un Festival de la Lectura en un momento donde los problemas de divisas afectan tanto a la importación de libros como a la producción nacional. Y ahí siguen insistiendo con las uñas editoriales, libreros, escritores, bibliófilos, y todos aquellos caraqueños que durante diez días en diciembre buscan recuperar aunque sea por una horas la sensación de bienestar urbano. 
O el Festival Suena Caracas, el último recurso megalómano revolucionario que consistió en convocar artistas de fama nacional e internacional para demostrar que en un país donde no se consiguen pañales, ni leche, ni acetaminofén... todavía el gobierno invierte millones de dólares para que por unas noches los jóvenes sientan que la muerte no está en cada esquina, que aunque no haya mucho futuro en Venezuela, gracias a los favores del Gobierno Revolucionario, todavía se la puede pasar bien. 
Pero no, no estamos bien, estamos mal, muy mal, para los más mala sangre estos intentos de felicidad urbana terminan siendo como aquella imagen de la flor en el estiércol, porque quién puede negar que para Venezuela el año 2014 ha sido un año de porquería: los primeros meses signados por protestas, represión, muertos y detenidos, guarimbas; cuatro meses viviendo en Estado de sitio en medio de una censura oficial de la que a duras penas se salvaron las redes sociales.
Después de Semana Santa la situación de Venezuela se regularizó si regularizarse se puede llamar a que sigue la censura institucional y de los medios de comunicación social, que sigue el miedo a ser víctimas de la violencia, el  tener que acostumbrarnos a que tantos jóvenes y profesionales encuentren la manera de emigrar como único futuro posible, y que ya ni siquiera puedan venir a visitar a sus familias en Venezuela, o ser visitados por ellas, porque los pocos pasajes que se consiguen son desde hace unos meses los más costosos del mundo. Sin olvidar el objeto de mis musas: la escasez, que ha extendido sus tentáculos a artículos de primera necesidad como pañales para niños y adultos, productos de limpieza y tocador, y sobre todo, medicinas. Difíciles de encontrar desde analgésicos hasta medicamentos para la lucha contra el cáncer.
Estamos mal, señores, muy mal, y eso no lo pueden ocultar ni bailantas en la Cota Mil, ni ferias de libros ni exhibiciones caninas, y mucho menos oír a Estopa a las cuatro de la mañana en la Plaza Diego Ibarra cortesía de la Alcaldía de Caracas. 
¿Con esto quiero decir que debemos prescindir de cualquier posibilidad de que en Caracas, o en el resto de Venezuela, se batalle por conservar un ápice de bienestar urbano? 
El caso más reciente de quienes se resisten a que se cuele un rayo de luz entre tanta oscuridad fue el acto de vandalismo contra el árbol de Navidad en la Plaza Altamira, con el supuesto argumento de que mientras vivamos en Dictadura no hay espacio para frivolidades como la Navidad, destrozaron las luces. Tremendo autogol, ni al Grinch más furibundo se le ocurriría pisar una optimista flor que nace entre tanto estiércol.  

martes, 9 de diciembre de 2014

Los verdaderos hijos de la anarquía


Llega a su final Sons of Anarchy, serie de Fx cuyo creador Kurt Sutter describió en sus inicios como "Hamlet en dos ruedas", que a lo largo de siete temporadas ha ganado un prestigio en el público estadounidense similar a excelentes series más populares en Venezuela como Los Sopranos y Breaking Bad. 
Mi medidor de ranking es mis amigos, cada vez que le pregunto a los aficionados de las buenas series si siguen las aventuras de SAMCRO, la banda de motorizados al margen de la ley en la pequeña ciudad de Charming, California, me doy cuenta que con excepción de mis primas Villanueva -que estoy segura ya se tatuaron la calavera en la espalda-  a muy pocos se les ha abierto el apetito por esta serie que transmiten por Netflix hasta la sexta temporada, a pesar de las múltiples referencias shakesperianas, porque el personaje de Gemma, interpretado magistralmente por  Katey Segal, más que Gertrudis, la madre de Hamlet, tiene la fuerza de Lady Macbeth.
Para ser sincera tampoco me llamaba la atención Sons of Anarchy, entre tantas series por ver, no estaba en mi lista de prioridades esta saga de motorizados californianos protagonizada por el guapo Charlie Hunnam, pero mis primitas que tienen un impecable gusto narrativo, insistieron que viera esta historia de cómo el catire Jax pretende desentenderse de los negocios sucios de la banda de motorizados regida por su padrastro, así que la comencé a ver por Netflix, y ya voy por la tercera temporada cuando los muchachos de SAMCRO van a Belfast a rescatar a un bebé de los tentáculos del IRA.  
Pero no hace falta ser seguidor de Sons of Anarchy para toparse con los hijos de la anarquía en Venezuela, como sucedió hace un par de fin de semanas cuando mi esposo y yo fuimos invitados a la casa de la playa de unos amigos. Salimos en caravana de dos carros un viernes temprano en la tarde vía Higuerote, la idea era que no nos agarrara la noche en la carretera por los conocidos problemas de seguridad que vivimos en Venezuela, pero susto en este país se pasa a toda hora y donde sea, como una tarde azulísima en la autopista antes de llegar a Higuerote cuando nos topamos con una versión criolla de SAMCRO: como veinte motos con parrilleros incluidos tenían tomada la autopista impidiendo el paso de quien los quisiera pasar, lo que era bien difícil porque sus motos iban a una velocidad que superaba los 120 kilómetros por hora. 
La paranoia es libre, estaba aterrada que en algún pasaje desolado terminaran deteniéndose, trancaran el paso, y atracaran a varios carros como ha pasado con playas enteras sometidas por malandros. Aunque estos malandros estaban bien vestidos y sus motos no eran unos cacharros, a simple vista por las piruetas que realizaban de tanto en tanto, parecía una caravana de niñitos sifrinos con sus escoltas. 
Sin comunicarnos por teléfono con nuestros amigos en el carro de enfrente, se veía que compartían el recelo, de eso nos dimos cuenta cuando los motorizados disminuyeron la velocidad entre pirueta y pirueta, y nuestros amigos hicieron un amago de pasarlos, pero los motorizados no cedieron el paso.
Ingenua de mi, me alegré cuando vi a lo lejos una alcabala pensando que semejante contingente de motociclistas habría de ser detenido para requisarle los papeles, mínimo disminuirían la velocidad, y ahí tendríamos ocasión de pasarlos, pero los muchachones cruzaron la alcabala sin disminuir ni un ápice de velocidad, y sin que los guardias nacionales parecieran inmutarse.
Cuando por fin llegamos a Higuerote, cual lo acordado, ambos carros nos detuvimos en una licorería para apertrecharnos de agua, refrescos y cervezas para el fin de semana. Mis amigas se bajaron del carro blancas como la única nube que había en el cielo, me contaron que cuando el conductor trató de pasar a la banda de motorizados, de inmediato uno de los parrilleros que iba en una de las motos a la retaguardia de la caravana se levantó la chaqueta para que se dieran cuenta que portaban armas, y que a estos muchachones haciendo piruetas en sus motos a 120 kilómetros por hora no los pasaba nadie. Un carro tras de ellos se les acercó, y bajando la ventana su conductor les confió: "Es que ahí va el hijo de la Primera Combatiente con sus amigotes, se creen que son los dueños de la autopista, y por lo visto lo son".
No nos consta que realmente se trate del hijo de la Primera Combatiente con sus escoltas y amigotes, quizás es puro chisme, pero por lo visto los muchachones en la motos si eran los dueños de la autopista, los verdaderos hijos de la anarquía. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

No money, no picture



La crónica del viaje a Berlín quedó muy formal, faltaron anécdotas, como por ejemplo la infortunada visita a Checkpoint Charlie, antiguo punto fronterizo entre las zonas soviética y estadounidense de Berlín por donde no estaba permitido el paso a ciudadanos alemanes. Derribado en el año 1990, vuelto a recrear en el año 2000,  por ese punto de acceso antes del derrumbe del muro solo se le permitía el paso a extranjeros, militares y burócratas de ambas Alemanias. 

Ese domingo Camila y yo ya estábamos lo suficiente ubicadas en la ciudad como para que con la ayuda de Google map, aprovechando uno de los días más azules que recuerde, caminar hasta algunos sitios de interés a los que no nos dio tiempo de bajar en el autobús turístico. 
Como de una mañana tan hermosa no se podía desperdiciar ni un minuto, nos saltamos el buffet de desayuno del hotel y desayunamos brëzels (pretzel) en una panadería cercana. Llegar a Checkpoint Charlie fue un paseo como de media hora, y porque me distraigo fácil tomando fotos de detalles que me llaman la atención: edificios interesantes, arte de calle, un rayo de luz inesperado... Nada que ver con las típicas fotos postales. Por eso cuando por fin llegamos al célebre punto de frontera entre las dos Alemanias, me pareció divertido tomarle una foto a los supuestos soldados norteamericanos, portando orgullosos sus banderas de barras y estrellas, al mismo tiempo que posaban con turistas para el lente de un soldado soviético. 
Lo que sucedió después jamás me habría pasado cuando usaba cámara con rollo, porque antes de tomar una foto, una fotógrafo regularzona como yo, lo pensaba dos veces ya que el revelado era costoso y no se desperdiciaban fotos con nimiedades que solían ser, en la mayoría de los casos, fotos perdidas. Hoy con la facilidad de la fotografía digital se le toma fotos a cualquier tontería, por eso me pareció simpático retratar al rosado soldado soviético, tomando fotos a los turistas posando con sus adversarios americanos, ¿en qué tipo de guachafita terminó esto de Checkpoint Charlie?
Inesperadamente el soldado soviético se volteó hacía mi y en un inglés con fuerte acento nórdico me increpó: "Are you taking my picture?! Why are you taking my picture?!".
Mi mamá siempre me lo dice, que no le esté tomando fotos a la gente en la calle que a nadie le gusta que los retraten sin su consentimiento, y le suelo hacer caso, pero bueno, estábamos en uno de los sitios turísticos por excelencia en Berlín, con decenas de personas con cámaras y teléfonos en la mano: click, click, click... quien me increpaba agresivo estaba uniformado de soldado soviético décadas después de que los rusos dejaron de tener injerencia en Alemania. Por eso ante la mirada gélida del que segundos antes había sido mi modelo involuntario, pensé: "¡rayos, caí como una zoqueta en un show turístico!".
Qué se le iba a hacer, le seguiría la corriente a este Pluto soviético. Como no me destaco por un rápido ingenio, lo único que se me ocurrió fue contestarle con un coqueto:
"Because you're cute".
Aunque este "oficial ruso" tenía de "cute" lo que podía tener de lindo el rollizo tío en las películas de Harry Potter.
Lo que siguió fue lo que debió ser un par de minutos de grito y grito que me resultaron largos como horas: que yo no tenía ningún derecho a tomarle fotos, que estaba invadiendo su intimidad, que si muéstreme la cámara, que si borre la foto, que si no la borró, que si le digo que la borre, que siga pasando fotos que quiero ver si hay otra... 
Jamás me habían gritado de manera tan déspota, al principio en medio de los gritos esperaba alguna señal, un guiño, una sonrisa, un "esto es parte del show". Pero el guiño no llegó,  y eso que me negué a bajar la mirada ante sus fríos ojos azules. Cuando por fin me cayó la locha que como que no era parte de un show, mi mirada pasó del "vamos a seguirle el juego" al más puro desprecio caraqueño - que quema como candela- aunque por dentro estaba temblando agradecida de que el tipo llevara gorra en vez de casco porque me sentía a punto de revivir el oprobioso incidente de la soldado venezolana que le entró a cascazos a la muchacha que se atrevió a tomarle una foto en una manifestación. 
Cuando borré las fotos ante sus ojos, sin insultarlo ni pedirle disculpas, el soldado soviético dejó de gritarme para seguir en lo suyo: retratar a los marines posando con los turistas, como si nada hubiera pasado. 
Mi hija y yo quedamos perturbadas durante el resto del día tras un momento tan desagradable, no entendíamos lo que acabábamos de vivir, era como si en un acto en Disney World el Capitán Garfio se saliera de personaje para caerte a gritos por tomarle una foto. Llegué a la conclusión que después de todo tenía que ser parte del show, una manera de revivir lo que debió haber sido la República Democrática Alemania de ruda y represiva. Nadie le grita a un turista así, seguro que el energúmeno no podía permitir salirse fuera de personaje. Sí, tenía que ser parte del show, me convencí para no amargarme lo que quedaba del viaje, pero qué manera de no romper con la cuarta pared. Cónchale que con un guiño habría bastado.
Menos de un mes después, gracias a las celebraciones del derrumbe del Muro de Berlín, me vengo a enterar lo que realmente sucedió esa mañana gracias a la foto que una amiga montó en Facebook posando en Checkpoint Charlie. Cuando le comenté que me armaron un lío por tomarle una foto al que hacía de soldado soviético, me explicó que se podía posar en la antigua alcabala con soldados americanos, rusos, franceses o británicos, eso sí, previo desembolso de dos euros por persona que quisiera salir en la foto. "No money, no picture". 
Cuando se lo conté a Camila, me dijo: "Por eso el hombre gritaba que si querías su foto tenías que pagarle primero". Inmersa en mi papel de caraqueñita que no se amilana ante ninguna autoridad déspota, no me percaté que la ironía era aún mayor: lo que realmente exigía el soldado soviético no era que se le respetase su intimidad, sino su tajada capitalista.
En medio del gentío esa mañana azul en Berlín no me fijé que la otrora alcabala militar hoy servía como caja registradora donde se cobra el derecho a posar con cualquiera de las dos Alemanias, que todavía hay quienes simpatizan con la antigua parte comunista. 
Qué iba a imaginar yo que tomarle una foto a un tipo poco agraciado disfrazado de soldado soviético había que pagarse. 
Revisando imágenes similares por Google, me fijé que algunos soldados en Checkpoint Charlie llevan guindados en el uniforme su tarifa por posar. No hay gran diferencia con los Elmos, Hello Kittys y Spidermans que circulan por Times Square en Nueva York, esos que amedrentan a los turistas que no les dan la propina esperada por tomar sus fotos. Solo que esto de cobrar por posar con los falsos soldados en Berlín es un negocio tan legal como cobrar por posar con San Nicolás en cualquier centro comercial. 
Solo entonces comprendí que que este soldadito soviético de utilería me cayera a gritos en plena plaza pública, lo que para mi fue uno de los momentos más bochornosos de mi vida, para el muy desgraciado fue: "Business as usual". 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Good Bye Berlín, Hello Caracas



Este domingo 9 de noviembre en Alemania se celebrarán en grande los 25 años del derrumbe del muro de Berlín y el fin de la República Democrática Alemana, casualmente en octubre de 2014 realicé el sueño de visitar esta espléndida ciudad, sueño reciente ya que solo de unos añitos para acá todo el que visita el antiguo epicentro del Third Reich, que desde agosto 1961 hasta noviembre de 1989 estuvo divida por el conocido como "muro de la vergüenza", regresa enamorado de su actual efervescencia. Quienes la visitaron cuando estaba partida en dos, y desde entonces no han regresado, se sorprenden cuando les describen tan drástico cambio: la Berlín dividida era una ciudad "triste" y "fría", un lado muchísimo más triste que el otro. 
Fría sigue siendo, triste ya no. 
Mi visita fue corta, cuatro noches y cinco días, pero logré ver los puntos turísticos más importantes de la ciudad, estadía que coincidió con "El Festival de Luces" que desde hace diez años se celebra durante tres semanas en octubre, iluminando todas las noches sus principales edificios y monumentos. El Scandic Berlín Postdamerplatz fue el hotel donde mi hija y yo nos alojamos, parte de una cadena escandinava que se ofrece como "ecofriendly", lo que significó: económico, minimalista, bonito pero sin lujos, con trino de pajaritos dentro del ascensor, moderno y limpio, copiosos desayunos, mini bar gratis con bieres incluidas, y sobre todo, muy bien situado, en una zona tranquila a pocas cuadras de Postdamerplatz, aquella plaza que los ángeles de Wim Wenders tenían tomada, y que hoy es sinónimo de lo mejor de la modernidad. 
En el año 2014 para quien se medio maneje en inglés el idioma no es una barrera en Berlín, por lo menos en las partes donde abundan los turistas no hay quien no lo hable, sin embargo el berlinés es de trato seco con el turista que raya casi en lo descortés. Y eso éramos mi hija y yo en Berlín, las propias turistas, tanto que por primera vez en mi vida compré tickets para los autobuses de dos pisos que gracias a audífonos con varios idiomas a elegir, se puede seguir la historia de la ciudad a medida que se recorren diversos puntos de interés, teniendo el pasajero la oportunidad de subir y bajar a su gusto en distintas paradas. 
Gracias a la narración que iba escuchando en el tráfico de Berlín, mucho más leve que el de Caracas, me enteré que aproximadamente el 70 por ciento de la ciudad quedó en ruinas tras la Segunda Guerra Mundial,  y para terminar de hundirla en la miseria se le añadió la división entre la Berlín Oriental y la Occidental: una Berlín estancada en el comunismo y otra abierta al progreso. Por eso lo que más me impresionó gratamente en mi breve visita no fue haber tenido la suerte de coincidir con un programa de Strauss y Mozart en la Filarmónica de Berlín, ni la Branderburg Thor iluminada con variados diseños de luces, ni la sobria belleza del Homenaje a las víctimas del Holocausto; ni siquiera la deslumbrante arquitectura moderna de la ciudad, ni los orígenes de la civilización exhibidos en el Museo Pergamon, o la variedad de salchichas y cervezas que sin duda aumentaron mi nivel de triglicéridos; como caraqueña viviendo en una ciudad desvencijada y dividida ideológicamente, lo que más agradecí de mi visita a Berlín, salvando las distancias, fue constatar cómo fue reconstruída en menos de dos décadas tras semejante devastación física y moral. 
De regreso a Caracas, entre la oferta de películas del vuelo de Air France estaba la alemana Goodbye, Lenin!, que no veía desde su estreno en el año 2003, la disfruté aún más que la primera vez que la vi, fue otra lectura ver esta película de Wolfang Becker tras mi visita a Berlín y ante el difícil momento que vivimos en Venezuela, donde quizás no estemos divididos por un muro cubierto de alambres de púas, ni fieros guardias armados de rifles evitando deserciones de un lado a otro, pero si hay una división ideológica que parece infranqueable, una obligada homogeneidad de pensamiento de quienes ostentan poder, y una escasez de productos de primera necesidad que casi se iguala con la situación de un país en postguerra.
Contar de qué va Goodbye, Lenin! es como contar de qué va El mago de Oz, ¿quién no la ha visto? (y si no la has visto vela ya), once años después de estrenada y 25 años después de derribado el muro, pareciera que no ha cambiado mucho Alexanderplatz, principal escenario de la película, como sí cambió radicalmente en cuestión de meses (ocho son los que pasa la madre en coma perdiéndose el derrumbe del muro de Berlín) la dinámica de la parte de la ciudad que quedó en manos soviéticas, tanto que el hijo temiendo terminar de romperle el corazoncito comunista a su madre convaleciente, al no poder ocultarle más la unificación de las dos Alemanias, hace lo posible por hacerle creer que en la batalla de las ideas, el comunismo triunfó y son los antiguos capitalistas quienes derrumbaron el muro para abrazar las austeras costumbres de la República Democrática Alemana. 
Sí Luis.
La hermana del hijo abnegado lo secunda en la farsa, pero todo sacrificio, hasta por amor a la madre enferma, tiene su punto de quiebre, el de la hija es volver a ponerle a su bebé pantaletas plásticas. 
Tras tres semanas fuera (el resto del viaje en París de visita a mi hermano y su familia), de regreso en Venezuela no tardé en entrar en la dinámica de las colas y la escasez que lejos de mejorar cada día se torna peor. Esta semana llegaron pañales a diversos Farmatodos, daba dolor de país ver las largas colas que salían a la calle de madres con sus bebés cargados para demostrar que el niño existía, que no eran bachaqueras. En algunas farmacias piden las partidas de nacimientos de los niños antes de vender pañales, en otras el número de cédula de la madre para venderles dos paquetes por semana, no importa que sea madre de morochos o que el bebé tenga diarrea. Sin excepciones.
Pantaletas de plástico para su bebé fue el punto de quiebre de la hija sacrificada para mantener vivo el sueño político de su madre... nosotros en Venezuela lejos de evolucionar con este sueño revolucionario pareciera que estamos involucionando, cada vez más parecidos a esa represiva República Democrática Alemana que este domingo a todo trapo se celebrarán los 25 años de su desaparición.
¿Cuál será el punto de quiebre del pueblo venezolano?