lunes, 20 de abril de 2015

De cómo esta caraqueñita llegó al Salto Ángel


Pensaba que me iba a quedar como la viejita de Up, que me iba a morir sin cumplir el sueño de conocer el Salto Ángel en  Canaima, que según los libros de geografía es el salto de agua más alto del mundo, y según los de viaje, uno de los destinos obligados para cualquier viajero que se respete. 
A pesar de que esos mismos libros de viaje y de geografía ubican a Canaima al sur de Venezuela, y Venezuela dista de ser un país tan grande como China, Rusia o Brasil, la mayoría de los venezolanos asumimos que visitar este privilegiado parque nacional considerado desde el año 1994 por la Unesco como patrimonio de la humanidad, tiene (o tenía) una logística casi tan complicada como viajar al Salto Victoria entre Zambia y Zimbabue, porque Canaima es turismo a tarifa internacional, sin dólar de viajero Cadivi, y salvo el costo del pasaje a Puerto Ordaz -que los vuelos nacionales siguen teniendo tarifa de gallina flaca-, la estadía en bolívares multiplicada por su valor al dólar libre, y por la cantidad de miembros de una familia, es sin duda elevada para la golpeada economía de cualquier familia venezolana.
También debo confesar que soy más de destinos urbanos que de comunión con la naturaleza, a diferencia de tantos turistas europeos que entre un universo de opciones alrededor del mundo, los muy aventureros no dudan en escoger Canaima como opción para sus vacaciones familiares. 
Pero ya sabemos lo complicado y costoso que se nos volvió a los venezolanos salir de Venezuela, un poco por eso, y también animada por unos amigos, descubrí que viajar a Canaima era mucho más fácil que amarrar la casa de globos de helio como sugiere la película de Pixar: con llamar con tiempo a una de las posadas recomendadas de la zona, y calcular el paquete que acomode nuestro presupuesto, hasta los hoy devaluados venezolanos podemos visitar ese destino tan cotizado por los viajeros del mundo entero. 
Y cuando digo con tiempo me refiero a meses de anticipación, el viaje lo planeamos tres familias amigas para Semana Santa 2015, en total dieciséis personas. Nuestra primera opción era Wakú Lodge, que tiene fama de ser la posada de mayor lujo de Canaima, nos pasaron el dato que tomaban reservaciones a partir enero. Cuando llamamos la primera semana del año, solo una de las familias amigas logró entrar en lista de espera, las demás ni siquiera. Finalmente optamos por la que dicen es la segunda posada más solicitada de la zona, y a precio más solidario que Wakú: Ucaima, también conocida como "el campamento de Jungle Rudy". 
Ignorante de mi, asumí que Rudy (hombre o mujer) sería nuestro gentil anfitrión sin saber que Rudolph Truffino era el hijo de una familia europea multimillonaria, quien en el año 1956, junto con su esposa y tres pequeñas hijas, fundó Ucaima siendo uno de los precursores en explorar el potencial turístico de la zona respetando el medio ambiente.
Muchos amigos no podían creer que el campamento de Jungle Rudy seguía en pie, lo visitaron de niños con sus padres, y por su sencillez imagino que poco habrá cambiado desde entonces, más allá que hoy tiene WiFi en la zona del bar, que prometen agua caliente en los cuartos (pero no enchufan los calentadores), y que de la familia Truffino en Ucaima solo queda una de las hijas de Rudy quien se encarga de recibir a sus huéspedes en el aeropuerto de Canaima para trasladarlos en un pequeño autobús hasta un punto del río Carrao donde embarcar la rústica curiara que lleva al campamento. 
A quien guste merodear, podrá toparse con la tumba de Rudy entre la flora de Ucaima. 
El vuelo Caracas-Puerto Ordaz despegó al amanecer, en Puerto Ordaz me enteré que no llegaríamos a Canaima en un pequeño avión de pasajeros, como pensábamos, sino divididos por familia en tres avionetas. Y yo que le tengo pánico a las avionetas, tenía 25 años que no me montaba en una, esa era otra de las razones por las cuales tardé tanto en visitar Canaima. Pero tomé un ansiolítico antes de despegar el monomotor y podría decir que gracias al buen tiempo, medio logré disfrutar el viaje de poco más de una hora que sobrevuela ríos, tepuyes y selva adentro. 
Al mediodía ya estábamos en tierra firme en el campamento Ucaima donde fuimos recibidos con collares de peonías y cocktail de bienvenida. 
Uno de los temas que confieso me preocupaba era el de las comidas, me gusta comer completo y tres veces al día. En ese aspecto Ucaima superó las expectativas: nos sirvieron los tres golpes (incluidos en el paquete) que constaron de comida sencilla pero muy sabrosa, bien balanceada, sopa incluida. Esta gordita no pasó hambre, más bien reiteró el placer de comer carne en vara. Eso sí, dateados de antemano, para las excursiones llevamos galletas y chucherías para los muchachos, aunque los guías repartían caramelos para que a nadie le faltara energía. 
Un detalle especial del viaje fue que el cumpleaños de mi hija Camila cayó ese viernes santo, tras avisarlo en Ucaima, encargaron una exquisita torta en el pueblo de Canaima que ya quisieran ofrecer en cualquier pastelería de Caracas. 
En cuanto a las bebidas espirituosas, no están incluidas en el paquete turístico, podías llevar tus propias botellas, aunque sumando 50 % de descorche con respecto al precio que tuviera una botella similar en el bar del campamento. Los precios de los tragos en bolívares son altos. Para quienes calculan en dólares, no tanto. Ucaima cuenta con un bar bien surtido con una correcta cava de vinos, cuando no estábamos de excursión, ahí nos encontrábamos los huéspedes cual viciosos de la tecnología, trago en mano, pegados al WiFi para montar en Instagram las fotos del día. En los atardeceres, al llegar tras las diversas excursiones, se agradecía ser recibidos en el bar con galletas, café y chocolate caliente, obsequio de la casa. 
Esta Semana Santa 2015 tuvimos suerte en tantos sentidos: a las tres familias amigas se nos unió una cuarta familia y pasamos de ser el "Grupo de los 16", como originalmente nos llamaban los guías de Ucaima, al "grupo de los 20". Éramos las familias venezolanas que ocupamos como la mitad de la capacidad del campamento, además de un número similar de parejas y de familias de diversas nacionalidades que eran recibidas en Ucaima izando la bandera de su país de origen.
Tuvimos tanta suerte que durante nuestra estadía -de miércoles a domingo de Semana Santa- nos tocaron días azules pero frescos, no fuimos fustigados por la plaga, la luna llena parecía un farol que reflejaba plateados los tepuyes frente al río Carrao, pero el mayor golpe de suerte fue que llovió justo la noche antes que llegáramos. Nos habían llamado a Caracas advirtiéndonos que probablemente el viaje en curiara para pasar la noche frente al Salto Ángel no se podría hacer porque el río estaba casi seco y en esas condiciones imposible navegar.  
Una lluvia repentina fue suficiente para llenar el caudal justo lo necesario para nuestra navegación. Según los guías, desde febrero no habían podido llevar turistas a pasar la noche frente al Salto Ángel, que toma como cuatro horas en curiara con diversas paradas, siendo la excursión estrella en cualquier paquete turístico en Canaima
Quienes quisieran ver el salto de agua más grande del mundo, tenían que hacerlo en avioneta, representando un gasto (y en mi caso, un susto) adicional. Afortunadamente no fue nuestro caso, pero si de quienes pretendieron navegar un día después que nosotros, porque el río se volvió a secar. 
El verano no nos permitió ver el salto en todo su esplendor, apenas una llovizna, pero permitió bañarse en la helada laguna donde desemboca el torrente del salto. La excursión para llegar a esta laguna es de aproximadamente hora y media subiendo entre rocas y raíces, ya no con zapatos de agua sino con zapatos de goma (aunque los guías la hacen descalzos) y está desaconsejada para niños menores de seis años y adultos mayores o con problemas de salud. De nuestro grupo, que incluyó dos niños de 8 y 11 años, una amiga recién operada, y otro que veía doble por un problema muscular en un ojo; yo fui el eslabón más débil, siempre la última en llegar a las metas. 
Pero lo logré, si yo llego, cualquiera con escasa capacidad física llega.
Sin embargo si me preguntan dejaría a los más viejitos y a los nenés en casa, o por lo menos evitaría las excursiones con algún nivel de dificultad para ellos, aunque en el campamento nos encontramos con parejas europeas que viajaban con sus bebés y los llevaban a todas las excursiones, previa firma de carta asumiendo responsabilidad. 
Otra de las gratas sorpresas en este viaje fue el nivel de profesionalismo que encontramos en Ucaima, que imagino debe reflejarse en la mayoría de las buenas posadas de la zona. Ángel y Marcos, los guías pemones que nos tocó al grupo de los 20, al principio podían parecer un tanto secos y hasta antipáticos, quizás para que grupos grandes como el de nosotros no se les fuera de la mano con el típico bochinche venezolano, pero a medida que iban conociendo al grupo se dejaban colar,  sin que en algún momento perdieran su profesionalismo, y al decir profesionalismo me refiero al cuidado del turista: por primera vez en muchos años, más allá de las avionetas a las que le tengo pánico, me sentí segura en Venezuela, no solo porque Canaima, a diferencia de los llanos y otras zonas del país, no parece estar contaminada todavía de la inseguridad que hoy reina impune en el resto de Venezuela (aunque recientemente sucedió un asalto masivo en el parque de La Llovizna) sino también por el esmero en mantener la seguridad en las excursiones, un guía adelante y otro atrás para que hasta los eslabones más torpes como yo, llegaran con bien a su destino.
Algunas de las fotos tomadas en este viaje las compartí por las redes sociales, y me di cuenta que no estaba sola en eso de sentir que me iba a quedar como la viejita de Up, sin llegar a conocer a Canaima, muchos amigos al ver las fotos de nuestras vacaciones de Semana Santa sintieron que llegar a este destino como que era más fácil de lo que los caraqueños imaginamos. Tantos panas me han preguntado por datos y detalles, que decidí redactar esta entrada turística tras dos intensidades que dejaron a más de uno al borde de la depresión. 
Venezuela distará de ser el destino más chévere pero hay que rescatar lo mejor del país, y sin duda Canaima encabeza la lista. 

 Aquí el link a Ucaima para los interesados.

sábado, 18 de abril de 2015

El bojotico



Quizás porque pasé varias semanas fuera de Caracas, primero en Nueva York para estar presente en la inauguración de la exposición de Arquitectura Latinoamericana en el MOMA, y después haciendo turismo nacional con mi familia en el asueto de Semana Santa; pensé que eso de hacer compras según el terminal de la cédula no era conmigo, es decir, no era con quienes compramos en las redes de supermercados comerciales. Inocente de mí, asumí que el límite para comprar productos en escasez apenas un día a la semana según el terminal de la cédula tan solo se aplicaría en las redes de mercados populares estatales. Por eso me tomó por sorpresa cuando el pasado lunes haciendo compras en el supermercado Luvebras de La Florida, el charcutero me dijo:
"Aproveche que están sacando carne".
No me iba a pelar ese boche, la semana que estuve en Margarita la dieta fue a base de chuletas y pasta porque no se conseguía ni pollo ni carne y el pescado es un verdadero lujo hasta en la isla. El regreso a Caracas la encontré tan desprovista de proteína animal como en Margarita, por eso cuando el charcutero del Luvebras me pasó el dato que había llegado carne, maravillada que frente a la carnicería no se veía casi gente, ya iba a dejar el pavo ahumado de lado para hacerme de unos buenos bistecks, cuando el charcutero me advirtió: "Eso si, como hoy es lunes solo le dan carne si el terminal de su cédula es 00 o 01".
"¿Cómo es la cosa?"- Toto, I think were not in New York anymore.
 El charcutero se me quedó viendo con cara de en qué país vive usted, comprar los productos en escasez según el terminal de la cédula estaba implementado desde hace semanas en la mayoría de las redes comerciales de supermercados, así que mientras el buen hombre me arreglaba en una bandeja queso blanco de búfalo porque tipo Paisa hace tiempo que no llega, me fui a buscar por los pasillos del mercado a mi hija Isabel, quien casualmente me acompañaba esa tarde de compras. 
Hasta que por fin la encontré: "Rápido, ¿cuál es el terminal de tu cédula?"
"01"
"¡Bingo! Ponte en la cola para comprar carne".
Isabel me miró petrificada, como buena universitaria no está en la nota de hacer cola a menos que sea para entrar en un concierto de Rock. Pareció aliviada cuando se dio cuenta que delante de ella en la carnicería no había más de cuatro personas.
Por menos gente que hubiera esperando, me sorprendió que Isabel regresara a los pocos segundos, justo cuando el charcutero me empaquetaba dos chorizos, que granos todavía se consiguen. 
"¿Qué pasó?".
"Mostré mi cédula y esto fue lo que me dieron"- me entregó un bojotico- "lo llaman el combo".

 Al abrir el tal combo para saber en qué consistía el racionamiento de carne de una vez a la semana para un venezolano cualquiera, me entró una indescriptible ansiedad de país porque lo que saqué fue menos de un kilo de costilla de res, 700 gramos de carne molida, y dos bistecs supuestamente de ganso.
 Y ya está. 
Nadie tenía derecho a pedir más, eso es lo que hay.
Pero lo que más ansiedad de país me dio fue que una señora que esperaba en la no regulada cola de la charcutería, al ver el botín de mi hija, se alegró en voz alta.
"Me parece bien comprar carne según el terminal de la cédula, así no tenemos que hacer tanta cola".
Oír ese suspiro conformista para mi fue peor que si la doña hubiese levantado el puño y exclamado: "¡Así, así, así es que se gobierna!".
No me pude quedar callada:
"¿Cómo le va a parecer bien? ¿será que en Venezuela ya nos acostumbramos a vivir cada vez peor? ¿A que nos regulen las compras a un día a la semana? ¿que la definición de suerte sea que el día que te toque comprar por cédula estar en el mercado para que te entreguen un bojotico de carne que no rinde ni unos días para una familia de cinco?".
La señora me contestó sin ánimos de hacer política, más bien como consejo de postguerra: "Pique los bistecs en pedacitos para que rindan". 
Y así es como nos vamos acostumbrando a vivir en un país de economía revolucionaria, ese lunes de terminal de cédula número 00 y 01, Isabel salió del Lubevras con su bojotico de carne, pero no encontró ni leche, ni azúcar, ni café, ni ningún tipo de jabón...  solo lo que va quedando de país.

lunes, 13 de abril de 2015

Cincuenta años de vacas flacas


Corre por Facebook un artículo que sirve de ejemplo de lo enfermos de odio que podemos llegar a estar los venezolanos: "¿Dónde están esos que se burlaron de los que se fueron?" testimonio de un emigrante venezolano a quien lo carcome el resentimiento ante los paisanos que vacacionan en el exterior derrochando dólares de viajeros Cadivi  mientras tildan a quienes emigraron de la Venezuela chavista como unos "limpia-baños". El autor del texto se confiesa feliz ante la presente situación económica en Venezuela, situación que podría representar no solo el fin de los manirrotos viajeros, sino también el abismo total en la economía venezolana.
Doloroso para quienes aquí seguimos ese sentimiento de: "ahora jódanse mis panas, ojalá lo pierdan todo por pendejos, menos mal que ya yo me fui". 
Como si mientras más se hunda Venezuela en este cataclismo revolucionario, más se justifica la difícil decisión de tantos venezolanos de emigrar en condiciones precarias. 
Para ser justos no es fácil ni la decisión de emigrar, ni la de seguir en la actual Venezuela marcada por la violencia, la escasez y la represión. Leyendo a quien apuesta por la implosión de su país como merecido castigo a los compatriotas que se quedaron y alguna vez viajaron a Disney World con Cadivi, me doy cuenta que a veces uno gravita sobre un tema más que por mera casualidad, como es el caso de mis lecturas de chinchorro margariteño de esta Semana Santa 2015: la novela "Herejes" de Leonardo Padura, y "Nieve en La Habana, memorias de un cubanito" de Carlos Eire. 
Al finalizar de leer ambos libros casi simultáneamente (uno impreso y el otro digital) me percaté que si bien ambos tenían como marco La Habana revolucionaria, las memorias de Eire tratan sobre la experiencia del cubano que se fue de su tierra para no volver, mientras la novela de Padura, con el antihéroe Mario Conde de nuevo como desentramador de misterios, entre otros temas trata sobre aquellos cubanos que sin estar felices con el status quo revolucionario, se quedaron en la isla adaptándose a la decadencia de país. 
"Venezuela no es Cuba" algunos decíamos cuando los más funestos agoreros, con la llegada de Hugo Chávez Frías al poder, vaticinaban que un rudo comunismo estaba a nuestras puertas. Ambos tuvimos razón, Venezuela no fue Cuba: quizás en el año 2015 podemos decir que llegamos al mismo destino de ruina revolucionaria, pero por caminos distintos: mientras en Cuba la represión fue casi inmediata, en Venezuela no fue sino hasta la llegada de Nicolás Maduro al mando cuando se apretó al acelerador rumbo hacía el abismo al que hoy parecemos caer sin paracaídas. 
Tanto Eire como Padura narran sobre los primeros cubanos que partieron al exilio apenas tomó Fidel Castro el poder, la mayoría allegados a la Dictadura de Batista que temían por sus vidas. Quienes huyeron primero quizás lograron salvar algo, después fue que comenzaron a irse ciudadanos comunes con poca disposición para el sacrificio revolucionario, a quienes los fidelistas bautizaron con desprecio: "gusanos", aquellos cubanos que prefirieron emigrar, aun arriesgando sus vidas, antes que quedarse en Cuba a luchar por el sueño revolucionario.
Se lee tanto en las novelas de Padura como en las memorias de Eire, la imposición revolucionaria a cortar cualquier lazo o comunicación con semejantes "traidores". 
Por supuesto que no debe ser fácil emigrar, bajo ninguna circunstancia, pero tampoco se puede negar que los cubanos y los venezolanos no lo hicieron en las mismas condiciones: en Venezuela, mal que bien, quienes claudicaban de país ante esta aventura revolucionaria, han tenido más de quince años para elaborar un "plan B", años para liquidar propiedades en Venezuela, conseguir trabajo en el exterior, hasta hace poco la facilidad para conseguir dólar preferencial Cadivi para los estudiantes, tiempo más que suficiente para calibrar opciones... en la Cuba revolucionaria se cerraron las puertas de salida casi que de inmediato, y quienes pudieron partir en avión, que fueron muy pocos, cuando lo hicieron ya habían perdido su dinero e inversiones en Cuba, sus propiedades no las habían perdido pero no podían disponer de ellas, y solo les permitían sacar de Cuba, según cuenta Eire que se fue de niño en la operación Pedro Pan en el año 1962: "Dos mudas de ropa, tres mudas de ropa interior, tres pares de medias, y un libro". 
Másná. 
La operación Pedro Pan de la que se beneficiaron el joven Carlos y su hermano mayor fue una puerta de salida que se abrió a catorce mil niños cubanos a quienes se les dio visa para emigrar a los Estados Unidos viviendo arrimados en casa de familiares y amigos, muchos en orfanatos, mientras esperaban a que sus padres consiguieran visas para unírseles. Cuenta Eire que en la despedida en el aeropuerto de La Habana, a la que acudió toda su familia extendida: abuelos, tíos, primos... ni el más pesimista pensó que esa despedida sería definitiva. Pero los hermanitos se fueron de Cuba para no volver: en el aeropuerto vieron por última vez a su padre y a sus abuelos. Su mamá se habría de reunir con ellos dieciocho meses después. 
Hasta para el cubano más próspero tras el exilio revolucionario ser "limpia-baños" distaba de ser un insulto como para el venezolano ofendido, sino un trabajo como cualquier otro para comenzar a construir sus vidas desde cero. Criado como un principito en La Habana, Eire pasó años de su adolescencia lavando platos en el Hotel Hilton de Chicago para mantener a su madre, que tenía un brazo lisiado, y pagar sus estudios.
Coinciden Eire y Padura en destacar la solidaridad del cubano para ayudarse entre compatriotas, tanto en el exilio como en los avatares de la isla, en eso Venezuela tampoco es Cuba. Pero si la historia del libro de Eire termina en la despedida en el aeropuerto en La Habana, la de Padura comienza con la llegada del artista neoyorquino Elías Kaminski a la tierra de sus padres, por recomendación de un amigo, Kaminski busca a Mario Conde -ahora dedicado a la compra-venta de libros usados en La Habana- y le ofrece cien dólares diarios para que lo ayude a dar con el paradero de un retrato de Rembradt, herencia familiar.
Herejes es tres novelas en una: la primera parte es grandiosa, narra la historia de Daniel Kaminski y su tío Pepe Cartera, inmigrantes en Cuba marcados por la tragedia familiar ante el sentimiento antisemita de mediados de siglo XX cuando se les negó el desembarco en La Habana a cientos de pasajeros judíos que huían del nazismo. 
La segunda parte es la historia del retrato de Rembradt, la cabeza de un Cristo de rasgos judíos,  y la tercera parte asemeja más a las otras novelas policiales de Padura cuando Mario Conde se involucra en la desaparición de una joven "emo", cuyo burócrata padre había sido señalado en negocios turbios en Venezuela. Al final las tres historias se conectan entre sí, son historias de Herejes, de aquellos que se atreven a desafiar un dogma impuesto por el poder. Del judío que se rebela a las imposiciones de su religión, hasta los jóvenes "emos" hijos del desencanto revolucionario. 
Pedro Kaminski, mulato hijo adoptivo del judío Pepe Cartera, al conocer a su exitoso primo neoyorkino trata de explicarle las razones por las cuales un buen médico como él, vive apretado en una pequeña casa con su esposa, hijas, yernos (todos profesionales) y nietos en condiciones más que precarias (uso la memoria para citar porque dejé el libro en Margarita): "Tuvimos oportunidad de irnos pero no lo hicimos porque siempre pensamos que la situación tenía que mejorar, y nunca lo hizo". 
Leo esa frase con miedo, es cierto que Venezuela no es Cuba, pero ¿será que también nos tocarán más de cincuenta años de vacas flacas revolucionarias?

lunes, 30 de marzo de 2015

Venezuela is home


Las intensidades estaban calladitas porque tuve la inmensa fortuna de viajar a Nueva York antes de Semana Santa para estar presente en la inauguración de "Latinoamérica en construcción", exposición en el Museo de Arte Moderno que abarca lo más influyente de la arquitectura latinoamericana desde 1955 hasta 1980. Y aunque no están todos los que son, doy fe que Venezuela está bien representada con obras como el proyecto de El Helicoide de los arquitectos Pedro Neuberger, Jorge Romero Gutiérrez y Dirk Bornhorst (presente en la inauguración), el Parque del Este atribuido en el catálogo exclusivamente a Burle Marx (según mi tía Paulina se saltaron a Fernando Tavora, John Stoddar y Carlos Guinand), el Hotel Humboldt de Tomás José Sanabria, además de obras de los arquitectos Federico Beckhoff, Jorge Castillo, Jimmy Alcock, Jesús Tenreiro, Jorge Rigamonti, y mi abuelo, Carlos Raúl Villanueva. Por eso esta caraqueñita y parte de su familia estuvieron presentes la noche del martes 24 de marzo en el MOMA inflados de orgullo, al igual que tantos familiares de los arquitectos de las obras expuestas, aunque con cierta nostalgia de un sueño que al final no se dio, ese sueño de cuando en Latinoamérica se vislumbraba un futuro marcado por la Modernidad. 
En los años 60, además de la docencia, mi abuelo dedicó gran parte de su tiempo a dictar conferencias en distintas universidades norteamericanas, por eso solía visitar con frecuencia Nueva York, entonces resultaba mucho más fácil que hoy viajar Caracas-Nueva York: diariamente había vuelos directos de distintas aerolíneas que despegaban de Maiquetía a Kennedy y de Kennedy a Maiquetía. Cinco décadas después, y por distintas circunstancias, en esta V República los vuelos Nueva York-Caracas, y viceversa, hasta el año pasado se vieron limitados a un avioncito de American Airlines que despegaba a las 9.30 de la mañana de Maiquetía cinco veces por semana, si no había retraso, se llegaba a media tarde a la ciudad. Con la misma frecuencia el vuelo de regreso partía como a las cinco pm de JFK, aterrizando en Maiquetía antes de la medianoche. 
Si a eso le agregamos que en la República Bolivariana de Venezuela los pasajes aéreos estuvieron hasta el año 2014 regulados a dólar preferencial, viajar a Nueva York desde esta Venezuela revolucionaria era una papita. Al calcular el costo de un pasaje en dólar de mercado negro salía más económico llegar a Nueva York desde Caracas en American Airlines, que llegar en tren desde la vecina ciudad de Filadelfia. 
Not anymore, ante la deuda en dólares del gobierno venezolano con las líneas aéreas internacionales, hoy eso de viajar a precio de bolívar a tasa preferencial quedó tan atrás como el sueño de la modernidad expuesta en el MOMA: se acabaron los vuelos directos a Nueva York, además de otros destinos, y para colmo los pasajes en vuelos internacionales hay que pagarlos en dólares y a una tasa muy por encima de la de destinos similares.  
Nosotros los de entonces ya no somos los mismos, eso lo saben en American Airlines, ya no se arriesgan a dejar ni a su tripulación ni a sus aviones siquiera una noche en hostil territorio venezolano: los dos vuelos diarios provenientes de Miami aterrizan a primeras horas de la tarde en Maiquetía, y despegan de regreso antes de que caiga el sol cargados de pasajeros, algunos en conexión a otros destinos como Nueva York. Así lo que solía ser un vuelo más o menos corto se ha convertido en una odisea similar a un viaje trasatlántico. No faltará un bolsa en jactarse: "Pero tenemos patria".  
En mi caso particular el viaje de ida implicó una tormenta de nieve con fuertes vientos en Nueva York que ya habían causado un incidente esa mañana en el aeropuerto La Guardia, si el plan original era aterrizar en ese mismo aeropuerto a las 10 de la noche, el clima decidió que aterrizáramos en JFK a las tres de la madrugada con una obligada parada en Filadelfia a la espera de que pasara el mal tiempo. Más de catorce horas lo que hasta julio del 2014 era un viaje de cuatro horas y media.
Pero prefiero aterrizar en la madrugada que despegar antes de que salga el sol, como fue el caso del viaje de regreso a Caracas, el taxi me esperaba antes de las cinco y yo que me había acostado a la una acomodando desodorantes, champús, repelente de insectos, y tantos otros encargos de artículos que a quién se le ocurre llevar en el equipaje con el dólar a como está, pero que hoy no se consiguen en nuestra desabastecida Venezuela.
No era una buena mañana para viajar para alguien que no se siente a gusto en el aire: despegamos bajo un fuerte aguacero que no amainó en las más de dos horas y media que duró el trayecto Nueva York-Miami. La tripulación estuvo sentada casi todo el vuelo ante las condiciones de clima, apenas dio tiempo para ofrecer el servicio de bebidas no espirituosas gratis, y desayuno a aquellos que lo quisieran pagar porque ya en los vuelos internos en los Estados Unidos ni un paquetico de mani brindan. 
Viajar no solo se ha vuelto incómodo para los venezolanos, las cabinas de los aviones son cada vez más reducidas, tanto que cuesta entender a quienes pagan Bussines porque el espacio no es mucho más amplio que la cabina turista. 
Siempre pido volar en pasillo, apretujada a mi tengo a una joven pareja que por lo acaramelada que va imagino rumbo a su luna de miel en Florida. Él le soba el brazo como tranquilizándola ante el mal tiempo, ella sonríe, se recuesta en su hombro y trata de dormir. No bajan la cortinilla de la ventana, lo agradezco, me gusta ver lo que está pasando, cerciorarme de que rompemos el techo de nubes color plomo. No lo logramos en casi todo el vuelo. 
Por fin pasan el servicio de bebidas, no son ni las ocho de la mañana, pido agua, la pareja de enamorados pide dos botellitas de vodka y una lata de Bloody Mary Mix. A esa hora de la mañana no puedo evitar ser un tanto moralista, casi que me volteo y les pregunto: "¿Tan temprano?". Ya no los veo como a una dulce pareja sino como a personajes de la imaginería de un relato de Charles Bukowski. Abro el periódico para distraerme y para no juzgar vidas ajenas, en primera plana un perfil del copiloto de Lufthansa que estrelló en Los Alpes un avión con 150 almas abordo. No precisamente un buen material de lectura para aplacar los nervios en un avión. La parejita se toma sus Bloody Mary como si fuera jugo de naranja y pide otra ronda más. El avión no para de jamaquearse, me siento tentada a acompañarlos, opto por un lexotanil que los tengo racionados para ocasiones especiales porque en Venezuela tranquilizantes #nohay. El chico me pide prestado el periódico, quiere leer el artículo sobre el infausto copiloto alemán. El lexotanil y los Bloody Marys parecen hacer efecto porque al rato los tres nos quedamos dormidos hasta que por fin aterrizamos en Miami.
Me despido con cierta envidia de mis alegres vecinos que llegaron a su destino, a mi todavía me hace falta un avión por agarrar.
El aeropuerto de Miami es inmenso como una sabana, tengo menos de una hora para hacer la conexión, llego a la puerta minutos antes de que invitaran a abordar.  No se ven muchos pasajeros en la sala de espera, comienza Semana Santa: los viajeros venezolanos llegan a Miami, no se van a Caracas. El personal de tierra les pide a los pasajeros que solo tengan pasaporte norteamericano pasar por el counter, hay que cerciorarse de que lleven el nuevo sello de la visa venezolana. 
El mundo al revés. 
En efecto el avión va medio vacío, me toca pasillo en la última fila sin nadie al lado, podré seguir durmiendo apenas pasen el sandwich que sirven de almuerzo porque tengo hambre. La selección dejó de ser "Chicken or pasta". Una chica que viaja sola sentada al otro lado de mi fila me cuenta que vive en Chicago pero añora Venezuela: "Sobre todo por la comida, me hace falta la sazón venezolana, la comida americana sabe a plástico". Cuando sirven la comida la comprendo, el sandwich de jamón es de un rosado sospechoso que  dejo abandonado tras un par de bocados.
Antes de despegar, el personal de vuelo hace una advertencia adicional además de las obligadas medidas en caso de emergencia, una advertencia que jamás había oído: todavía estábamos a tiempo de bajarnos del avión, ¿acaso estamos seguros de querer viajar a Venezuela?
Como si estuviéramos a punto de partir a una zona de guerra.
Si, suspiré para mis adentros, "Venezuela is home", y al poco tiempo de despegar el avión me quedé dormida con un sueño plácido, soñé cuando el futuro que se vislumbraba en mi país era el de la Modernidad. 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Por qué Leopoldo López sigue "privado de libertad"


Como miles de caraqueños, hoy hace un año me concentré en los alrededores de la Plaza Brión en Chacaíto para acompañar a Leopoldo López a entregarse a la justicia venezolana acusado del delito de incitar a la rebelión. No soy Leopoldista, ni siquiera estaba de acuerdo con #lasalida, pero me sentí con el deber de apoyar a este ya no tan joven político que al entregarse a una Fiscalía arbitraria se las estaba jugando en un país donde la única justicia posible es la que viene dictada desde el poder. 
Un año después, dice su esposa, Lilian Tintori, que entregarse era la única opción para Leopoldo, pasar a la clandestinidad habría representado un gran riesgo para él y para su familia, y López se negaba a huir a un exilio que habría sido una forma de muerte en vida. 
No veo ninguna deshonra en el exilio forzado por la tiranía, Rómulo Betancourt vivió años entre el exilio y la clandestinidad y nadie negaría que fue el gran líder de la lucha democrática venezolana del siglo XX. Pero López decidió afrontar la justicia chavista (que sabemos que en esta Venezuela la balanza de esa señora ciega solo se inclina para el lado de los intereses oficialistas) quizás para no sufrir una muerte política como la de tantos líderes de la oposición contemporánea que se esfumaron en el exilio. 
O quizás confiando que todavía en Venezuela quedaría un ápice de justicia, aunque fuera por temor a la evidente arbitrariedad que su encarcelamiento representaría ante los ojos del mundo. 
La entrega y la posterior saga de los malos tratos a Lopez en la cárcel militar de Ramo Verde han sido acusadas de noveleras, no se puede negar que en esta historia, como en todo buen melodrama, hay una fotogénica pareja protagonista enfrentándose a fuerzas antagónicas de una maldad encomiable. Unos malos casi de comiquita. Por eso cuesta entender la torpeza de este gobierno de mantener preso, o como dicen hoy en día en la neolengua chavista "privado de libertad", al líder de Voluntad Popular, de negarle las visitas que en otros tiempos no se le habrían negado a un detenido por insurrección como Hugo Chávez Frías, de retrasar una y otra vez su juicio, de insistir en confiar en las principales pruebas de la Fiscalía en un par de análisis Lingüísticos de un supuesto "mensaje de odio" de López para incitar a la rebelión, sin más pruebas concretas en su contra. 
No entiendo, por Dios que no entiendo, la necesidad del Madurismo de convertir a Leopoldo López en una especie de mártir de la disidencia, sin importarles un bledo quedar desenmascarados internacionalmente como un gobierno opresor. 
Lo único que puedo pensar ante tanta arbitrariedad es que muerto Chávez y electo Maduro como su sucesor, ante el caos de país heredado, entre varios caminos posibles Maduro eligió complacer a los chavistas radicales, esos que gritan que mano dura contra quienes amenacen el sueño revolucionario, que la revolución se defiende por las buenas o por las malas, que no hay alternativa posible al chavismo. A Maduro ya no le importa conservar un mínimo de pudor democrático, ahora lo que importa es el parapeto de la lealtad a toda costa del proceso cívico-militar revolucionario que hoy él preside y que ya tiene más de cinco lustros al poder, y como la economía ya no da para "Mi casa bien equipada" y otras dádivas gobierneras, ni siquiera para mantener medianamente surtidos farmacias y supermercados, hay que garantizar opositores presos señalados como "enemigos de la patria", inventar conatos de golpe de estado, cerrar el cerco a los medios de comunicación social, censura, cadenas y más cadenas,  amenazas y chistes groseros y prepotentes indignos de cualquier figura presidencial.
Nerón tocando la lira viendo a Roma arder. Muerto Chávez la revolución seguirá, aunque solo quede polvo y escombros.  
Por eso Leopoldo López está preso y amenazas contra líderes de la oposición como Julio Borges y María Corina Machado siguen pendientes, así como en las últimas semanas fueron privados de libertad varios empresarios negándoles sus derechos más básicos siendo expropiados parte de sus bienes para repartirlos como un botín ante una economía de estado nefasta. Así como la mayoría de los medios de comunicación social más importantes del país tienen nuevos y misteriosos propietarios que se pliegan sin vergüenza al régimen, mientras lo poco que queda de los medios disidentes está asfixiado por la censura y la dificultad para conseguir divisas para importar papel.
Maduro ya ni guarda las apariencias demócratas ni habla con pajaritos ni regala neveras, prefiere amenazar en cadena nacional con la misma arrogancia e impunidad con la que don Pablo Escobar Gaviria en la novela El Patrón del Mal, amenazaba a quien se le cruzara por delante, solo le falta el cuadernito negro y el lapicito para ir anotando nombres no se le  vaya a olvidar alguien. En el caso de Maduro, las amenazas cruzan fronteras incluyendo multinacionales que han visto su capital en Venezuela dramáticamente devaluado, y la prensa extranjera que ose criticar a la noble lucha revolucionaria. 
Amenazas, amenazas, represión, represión, grito y grita, jactarse de incultura y patanería, ese es el camino que tomó Nicolás Maduro para sostener a una revolución fracasada que principalmente se sustenta porque el verdadero poder está en manos militares con demasiados intereses económicos y penales que defender.
 Y así mientras se pueda López seguirá preso, porque aquí no hay contra poder, y Maduro seguirá empujando a Venezuela al abismo más oscuro con tal de no tomar medidas necesarias para levantar una economía fracasada, mientras en el mundo somos vistos con estupor como unos de los derrumbes más estrepitosos de lo que alguna vez fue un país con todo para ser feliz.

sábado, 7 de febrero de 2015

Los huérfanos de Zapata



Al enterarme por las redes sociales de la muerte de Pedro León Zapata días antes de cumplir 86 años, supe de inmediato que le iba a dedicar su intensidad, pero después pensé que mejor no, estos homenajes póstumos suelen ser medio pavosos, todo lo contrario de lo que significaron los Zapatazos, que durante 50 años de publicación diaria hicieron que el caricaturista de El Nacional fuera considerado como el gran humorista venezolano durante varias generaciones.
Esta mañana me desperté con algo parecido al remordimiento: ¿Cómo era posible que con un blog llamado Evitando Intensidades, se me ocurriera pasar por alto la muerte de Pedro León Zapata? Cuando si alguien fue el gran maestro de la evasión de intensidades en nuestro sufrido país fue precisamente Zapata, entendiéndose evitar intensidades no como esconderse en temas frívolos, sino enfrentarse a los temas intensos bajándole dos al melodrama, humor de por medio.  
Y así durante cincuenta años pasamos en Venezuela por terremotos y deslaves, intentos de golpe de estado, crisis económicas, devaluaciones, todo tipo de escasez, violencia sin freno, represión, militarismo en auge, corrupción impune... tantas intensidades capaces de ocasionarnos múltiples desvelos a millones de venezolanos, pero sabiendo que nos quedaba el consuelo que así como saldría el sol todas las mañanas por más terrible que fuera el momento, diariamente encontraríamos en la página editorial de El Nacional un Zapatazo que tomaría el pulso moral de esta Venezuela de nuestros tormentos. 
Se habla de la generación de alumnos de Zapata, caricaturistas que se nutrieron de los Zapatazos, que sin ser mejores, son tan geniales como el maestro. Distan de ser los únicos huérfanos, con su muerte Pedro León Zapata también deja un gran vacío en varias generaciones de escritores y de humoristas que nos nutríamos como vampiros de su ración diaria de humor y de dolor de país, además de aquellos miles de venezolanos que ayer quedaron huérfanos sin ser artistas, humoristas o escritores, simplemente porque se acostumbraron a desayunar buscando el Zapatazo. Una manera de leer a Venezuela.  
Me declaro una de las huérfanas no reconocidas de Zapata, tratando de absorber y aprender de su capacidad de síntesis para describir un momento, un país, un sentimiento, apenas con un dibujo y una frase, con justa la dosis de humor requerida en una caricatura, aunque el humor se alimentara del intenso dolor de una Venezuela que se nos volvió en tragicomedia.  
¿Cómo no sentir admiración, respeto y hasta envidia por un talento como el de Zapata, y de los caricaturistas actuales? Por ejemplo, homenajes parecidos a este que a cualquier escritor le toma miles de caracteres para expresar con justicia los honores del muerto -Adriano Gonzalez León, Salvador Garmendia, Isaac Chocrón para nombrar algunos de los que coincidí con Zapata-, homenajes escritos en los que es imposible no caer en unas cuantas intensidades y las inevitables anécdotas personales; por más que nos fajemos y por más diestra que sea nuestra prosa sabemos que quedaremos cortos en comparación con los homenajes de los caricaturistas que con un trazo y si acaso una frase, condensan todo y más de lo que quisimos expresar en nuestro texto. 
A nivel personal a Zapata lo conocí poco, si acaso lo habré visto una decena de veces, ni una anécdota personal que valga la pena mencionar así que se salvaron, pero como cientos de miles de venezolanos Zapata era una constante en mi vida porque desde la adolescencia me acostumbré a buscar el Zapatazos de El Nacional todas las mañanas con el café con leche. Celebro su larga y productiva vida, no es poco cinco décadas nutriéndonos de su humor y dolor, solo lamento que Pedro León Zapata se haya tenido que ir sin ver el final de este funesto capítulo de nuestra historia, a la que en sus Zapatazos dio guerra sin cuartel. 
Hoy comenzó una nueva era, la era en la que en Venezuela amanecimos sin encontrar en El Nacional los Zapatazos, nos queda a sus herederos continuar en la lucha contra las intensidades en un país cada vez más intenso.
No claudicar al humor y a la denuncia es el gran legado que nos deja el maestro Zapata.

martes, 3 de febrero de 2015

La vaca


La próxima víctima fue la cadena de mercados populares Día a Día, tan populares que muy pocos venezolanos de los que viven en urbanizaciones y anuncian el fin de los tiempos revolucionarios por twitter han entrado a uno de estos "practimercados" ubicados en sectores escalera arriba en los barrios. 36 tiendas en seis estados de Venezuela. Competencia directa y eficaz de los mercaditos de PDVAL y Mercal, solo que los Día a Día solían estar bien surtidos mientras los abastos populares del Estado hoy están pelados. Lo que hacía a Día a Día un negocio de alto riesgo en una Venezuela donde no se le puede hacer sombra a un régimen inepto. 
El picapasito de Ernesto Villegas ayer entró como un orgulloso general de las tropas zamoranas a los depósitos de Día a Día y ¡oh escándalo! encontró inventario. Porque hoy en Venezuela se le llama acaparamiento a tener el lógico inventario para surtir 36 locales a lo largo de todo el país. Villegas hizo lo que le tienen prohibido los ciudadanos de a pie,  y foto y foto twiteó un dossier con bultos de Mazeite, Harina Pan, entre otros productos en escasez, para dar testimonio de la supuesta guerra económica contra esta maravilla de gobierno. 
Me pregunto si el valiente Villegas osaría entrar como el justiciero zamorano a las bodegas de La Casona para ver cómo está el inventario de comida de la residencia presidencial hoy ocupada de manera ilegal, o cómo está el inventario de los mercados militares no se vaya a quedar sin su arepa la esposa de algún sargento a punto de arrecharse, y ni se diga el inventario en Miraflores, que por lo rollizos de quienes allá despachan, se ve que no les falta nada. 
 Así estamos en Venezuela, tan mal tan mal que no nos podemos comer ni un cable por la sencilla razón que cable #nohay, así estaremos de mal que hasta Giordani dice que somos "casi" el hazmereír de Latinoamérica. ¡No lo vamos a hacer! De penalización en penalización como quien busca salvar un naufragio poniendo curitas rojas en los huecos donde entran chorros de agua: penalizado tener inventario, penalizado los estantes vacíos, penalizado tomar fotos que puedan mostrar la actual escasez causando zozobra en la población (como si la escasez fuera una abstracción), penalizado quejarse en las colas, penalizando las colas, penalizando una caja registradora inoperante...  
Por lo visto la solución a esta guerra económica no es incentivar la industria y la producción sino ahorcarla aún más. 
Cuando veo a Villegas y a sus cuatreros saquear los depósitos de Día a Día cual banda de bucaneros repartiendo un botín del que pronto no quedará sino más miseria, pienso es en una vaca, una vaca querida y cuidada por sus propietarios quienes la ordeñan diariamente para vender la leche entre los vecinos del pueblo, hasta que un día llega una partida de malandros con poder,  y proclaman que la vaca será liberada del yugo capitalista, que sus propietarios no son sino unos explotadores símbolo de todos los males, que los dueños de la vaquita están traficando con su leche jugando con las necesidades del pueblo, que no la ponen a producir como debería estar produciendo, que esto no puede seguir así, y se llevan a la vaca, y no la cuidan bien, y le sacan leche hasta que la secan,  y cuando solo quede el pellejo de la pobre vaca y de ella no salga ni una gota de leche, la dejarán morir de mengua antes de repartirse el cuero y la osamenta. 
Pierde la vaca, pierde el dueño de la vaca, pierden quienes se beneficiaban de la leche de la vaca, por un momento se benefician quienes se llevaron la vaca, y al final solo queda la nada.
Pues así estamos.