viernes, 18 de abril de 2014

Esperando la quema de Judas


Recuerdo solo dos oportunidades en las que me he quedado en Semana Santa en Caracas: la primera de niña cuando arreglado todo para irnos a Barinas en carro, se desató una temporada de lluvia tan violenta que papá temiendo inundaciones en las carreteras, decidió cancelar el viaje y mis tres hermanos y yo nos tuvimos que quedar encerrados en casa viendo tv, que en esa época era de tres canales, en blanco y negro, y con una programación exclusivamente bíblica.
La segunda vez que prescindí de este asueto religioso se debió a que en la Semana Santa de 1991 yo era una piñata apunto de explotar: estaba esperando a Sebastián para el jueves santo, pero quien nació fue Camila dos semanas después. 
De resto debo asumir el privilegio de haber salido de la ciudad todas las semana santas sin falta, desde que estoy casada principalmente con destino a la isla de Margarita, y en tres o cuatro oportunidades con destino a distintas ciudades en el exterior, cortesía de Cadivi.
Pero este año 2014 no pudo ser, y no por razones puntuales como en las dos ocasiones anteriores, si no porque no comimos avispas: para ser sincera no perdía la esperanza de viajar al exterior, pero hoy en Venezuela planear un viaje al extranjero en vacaciones se ha vuelto de una logística complicadísima: ante la multimillonaria cantidad de dólares que les adeuda el Gobierno Venezolano, las líneas aéreas internacionales no permiten reservar boletos sino días antes del viaje, y en temporadas altas, a precios que ya dejan de parecer a dólar preferencial.  Por lo tanto difícilmente se cuenta con el suficiente tiempo para arreglar los trámites de Cadivi para dólares de viajeros.
Nuestra segunda opción era ir a Margarita pero como no reservamos con meses de anticipación, fue imposible conseguir pasaje en avión con destino a la isla, aunque leí en el periódico que bajó el turismo con respecto a años anteriores. Y tras el triste destino de Mónica Spear y el padre de su hija a comienzos de año, a más de uno se nos quitaron las ganas de hacer turismo nacional en carro. 
Al igual que yo muchos de mis amigos esta Semana Santa 2014 no salieron ni al Litoral, además de por la dificultad de planificar un viaje en estos tiempos, porque quedarse en Caracas tras los revuelos de estos últimos dos meces de manifestaciones, represión y guarimbas... no nos parecía tan mal programa el poder tener una mínima tregua de siete días de paz en la ciudad para recuperar un poco las fuerzas. Aunque en el municipio Chacao sigan los enfrentamientos a menor escala. 
Si en carnavales el ambiente era que aquí nos quedamos todos haciendo #Resistencia por Venezuela, fue un rotundo fracaso el intento de crear una "Semana Tranca" porque más de un fiero combatiente salió de Caracas para recargar las baterías. Pocos se atreven a juzgar a quienes se escaparon por unos días de este campo de batalla porque los últimos dos meses han sido de una violenta tensión, no solo en Caracas, sino en distintas ciudades de Venezuela. 
Aunque para ser sincera en mi zona la hemos tenido leve, al vivir en el vecindario por lo menos tres altos jerarcas del gobierno nacional, por la Alta Florida no hemos sabido lo que es una guarimba, el ruido de detonaciones represivas se oyen a lo lejos en el vecino Chacao, la máxima #Resistencia por acá son unos cartelones pegados en postes que denuncian la escasez,  la censura y la violencia en la que hoy vivimos en Venezuela. Y alguna que otra vecina dictando cátedra en el abasto. 
Así que en la Alta Florida no habíamos tenido una guarimba por lo menos hasta esta Semana Santa que me crucé con la primera, eso sí, una guarimba disfrazada de tradición autóctona y popular: los preparativos para la Quema de Judas. 
Quizás por eso de salir de Caracas en estas fechas puede que no esté familiarizada con los ritos tradicionales de mi ciudad en esta época del año, por ejemplo, nadie me había contado que en la capital de la República Bolivariana de Venezuela la quema de Judas podía servir como un ejercicio de peaje y extorsión. De eso me pude dar cuenta el lunes pasado cuando fui a hacer unas compras en el abasto, y vi que en el medio de la calle principal de mi vecindario había un flamante muñeco de trapo sentado en una silla de plástico sosteniendo un pote de donaciones. Lo que me sorprendió de este enorme muñeco era lo bien vestido que iba: blanco de un blanco Nevex, y con unos zapatos de goma que ya quisiera mi hijo de 14 años tener. 
Hice mis compras en el abasto, con la misma angustia de siempre por todo aquello que escasea y por cómo han subido los precios estas últimas semanas, pero contenta que había menos gente por ser Semana Santa y no tuve que hacer cola. Cuando guardaba las compras en el carro me percaté que el muñeco de trapo ya no era uno sino tres, dispuestos a lo largo de la calle custodiados por mujeres encargadas de recoger las donaciones. 
No fue que me vi obligada a detenerme,  yo frené el carro, abrí la ventana, y sacando un sencillo que tengo desperdigado en la guantera que uso para llenar el tanque de gasolina de mi carro, lo di como ofrenda mientras le preguntaba a la muchacha que recibió mis moneditas con cara de desprecio, a quién personificaba ese Judas.  Por mí que quemen a quien les dé la gana, pero tampoco quería contribuir  a la posible quema de la MUD, o Capriles, o Leopoldo López, o María Corina, o  los estudiantes, o cualquiera de los posibles Judas para los simpatizantes del oficialismo. 
La mujer, una rubia joven, me contestó mientras introducía la cabeza en mi carro de manera intimidante:
- ¿A quién quieres que queme? ¿A Maduro? ¿A Capriles? A quien tu quieras lo quemamos pero no nos des moneditas sino billetes. 
Le dije la verdad, esas moneditas en esos momentos era todo mi capital en efectivo. Metió la cabeza inquisidora tan adentro del carro que por un momento pensé que la catira me iba a atracar. Falsa alarma, me dejó ir con la advertencia:
"Ya sabes, para la próxima solo billete".
Al día siguiente me comentaba alguien que pasaba a pie por esa calle en La Alta Florida que fue testigo en uno de esos tres puntos de peaje de la quema de Judas cómo un señor que se negó a dar una "donación" una recolectora lo amenazó que si volvía a pasar por ahí : "Te reventamos el vidrio del carro, viejo güón".  
Confieso que desde entonces evito esa calle de mi vecindario, aunque como que el método del amedrentamiento no debió haber funcionado porque el miércoles que no me quedó más remedio que pasar por ahí, las donaciones para la quema de Judas las pedían unas tiernas niñitas de tirabuzones. 
Solo falta esperar quiénes serán los tres Judas quemados este domingo, y si les quitarán los zapatos finos para quemarlos
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sábado, 12 de abril de 2014

¿Y ahora qué?


En los más de 14 años de esta V República no recuerdo mayor quiebre de la oposición como estos días con el tema del supuesto diálogo por la paz. Quizás lo estuvimos en el 2004 ante la decisión de si votar o no en las elecciones para la Asamblea Nacional con un Consejo Nacional Electoral puesto en duda ante su parcialidad por el oficialismo. Ya sabemos cuáles fueron los resultados de la nefasta corriente de opinión que impulsó a tantos venezolanos a renunciar el derecho al voto entregando en bandeja de plata la Asamblea Nacional al pensamiento oficial.
Recuerdo ese episodio porque el diputado Julio Borges fue uno de quienes entonces llamaban a votar y fue atacado con la misma agresividad verbal con la que hoy está siendo atacado por acceder hablar con el oficialismo, casi con la misma agresividad con la que en la Asamblea Nacional ha recibido más de un golpe.
Debido a la férrea censura en la que vivimos hoy en Venezuela no contamos con medios televisivos para disentir de la verdad oficial, ni siquiera para debatir entre la oposición. El debate de si ir al diálogo o no se dio en las redes sociales donde muchos opinaron, con razón, que faltaban los actores más importantes de la batalla librada en la calle estos últimos meses: los estudiantes (mientras los Tupamaros si tuvieron vocero), o en su defecto los abogados de Foro Penal que han registrado los abusos de las fuerzas del Estado. Muchos insistieron que aceptar reunirse con los opresores era lavarles la cara a nivel internacional.
Soy de quienes opino que negarse la oposición a este primer encuentro público con el oficialismo tras los sucesos de estos últimos dos meses habría sido un error tan garrafal como lo fue claudicar al derecho al voto. Este encuentro no estaba planteado por el bien del gobierno sino a petición de la comunidad internacional, y la voz disidente no podía desperdiciar la oportunidad de dar su punto de vista ante la verdad oficial. A nivel de imagen en el exterior habrían sido peores las consecuencias de no ir.
Pero sabemos que una cosa fue el show internacional montado con el Nuncio como invitado especial, y otra muy distinta la represión que vivimos en Venezuela. Por eso a muchos venezolanos nos parece un gran logro lo que debería ser normal en cualquier país democrático: ver en televisión disentir a la oposición del oficialismo. ¿Una ilusión? Por los momentos sí porque no hay que olvidar que Maduro en la tarde encadenó los medios de comunicación social para despotricar contra quienes en pocas horas estaría dándoles cordialmente la bienvenida al diálogo. Como tampoco podemos dudar que el análisis en la televisión venezolana de lo conversado la noche del jueves solo podrá tener un tinte rojo, vivimos en una Venezuela marcada “por la censura y la autocensura”, como acotó Ramón Guillermo Aveledo al inicio de este Diálogo por la Paz.
Vuelvo a recordar aquella escalofriante escena de la película No de Pablo Larraín, cuando en el Chile de Pinochet un periodista se aferra a los pocos minutos en televisión concedidos por la Dictadura porque no sabe cuándo los volverá a tener. Y así por primera vez en un año, por unas horas, pudimos ver en televisión frente a frente a los representantes de dos Venezuela, aunque no en igualdad de condiciones: a la que tiene en sus manos un poder comunicacional sin límites, y a la que hoy tiene prohibido hablar en televisión, se le cercena la palabra escrita y se le amenaza hasta en las redes sociales por el delito de opinión.
Se burlaban los voceros del oficialismo de aquellos que ayer abusaron del tiempo televisivo en este diálogo, ejemplo del cinismo revolucionario no admitir que estos minutos de más no se pueden comparar con la señal abierta que tiene el gobierno para difundir su verdad oficial. Puede que esas pocas horas en las que los canales fueron abiertos a la voz de la oposición serán una alegría de tísico,  y que hoy serán vilipendiadas con todo el poder de la propaganda de Estado.

Pero era importante hacerse oír, es necesaria la política, como también es vital no abandonar la lucha pacífica de calle porque por algo el Gobierno se vio obligado a un debate cuando tienen más de 14 años sin admitir una pregunta incómoda al aire.  

viernes, 4 de abril de 2014

No son "Chukis", son estudiantes



Desde hace unas semanas se hace eco por las redes sociales una frase tipo autoayuda: "estar en el lado correcto de la Historia", frase complaciente y facilona porque a menos que se sea un mercenario, en la lucha de cualquier ideología siempre creemos estar del lado correcto de la historia. 
De lo que no queda duda es que en cualquier batalla de las ideas quienes cuenten con mayor número de estudiantes en sus filas, por lo menos a nivel promocional, se acercan más a esta manida frase porque la palabra "estudiante" causa simpatía inmediata al ser sinónimo de juventud, entusiasmo e idealismo. Los estudiantes son libres de culpas más que las culpas propias de la juventud, aunque no todos los estudiantes sean iguales: hay algunos más idealistas que otros, y no todos tienen porqué compartir los mismos ideales. Hay estudiantes hedonistas, otros comecandelas, comprometidos con distintas causas, los hay más dedicados a sus estudios, otros flojazos... pero por definición a los estudiantes de cualquier credo raza o ideología los une una misma palabra: futuro.
Por eso es tan importante para el Gobierno deslindar cualquier tipo de protesta antioficialista con el movimiento estudiantil. Para el Gobierno Revolucionario solo puede haber un futuro posible:  "con la Revolución todo, sin la Revolución nada". 
Y con la misma impunidad con la que se despojó a María Corina Machado de su cargo de Diputada, con la misma impunidad con la que los alcaldes tachirenses dejaron de ser alcaldes y fueron detenidos, con la misma impunidad con la que despojan a Henrique Capriles Radonski y a Antonio Ledezma de sus presupuestos como gobernantes electos por voto popular; las Fuerzas del Estado se han abocado a despojar a los estudiantes que hoy salen a la calle a protestar de su embestidura de estudiantes. 
Es un asunto comunicacional, descarada propaganda de Estado, en una Venezuela donde el gobierno que preside Nicolás Maduro tiene la hegemonía de los medios de comunicación social y el total control de los poderes civiles, se usan todos los recursos del Estado para impedir que los estudiantes críticos a la gesta revolucionaria sean vistos en la opinión pública como chamos soñadores. Así que mientras en las redes sociales y en lo que queda de la prensa independiente a los miles de muchachos que están en la calle manifestando se les denomina "estudiantes", en el masivo desprecio de los medios oficialistas jamás serán reconocidos como tal, y para referirse a ellos solo se usan mofas e insultos, de tal manera que los estudiantes que hoy protestan contra el gobierno revolucionario disten de ser vistos como "cañón de futuro".
Desde el poder comunicacional del Estado de Chávez para acá, los estudiantes que se atreven a salir a la calle a demostrar cualquier descontento de país no son sino unos "hijitos de papá y mamá", "manitos blancas", "nalgas blancas", "Chukis", "guarimberos", "terroristas", "fascistas"...  jamás, jamás, pero jamás, simplemente estudiantes. 
Despojando a los muchachos que manifiestan contra el Gobierno del epíteto "estudiantes" convirtiéndolos en "Chukis" o "guarimberos", se logra entender cómo hay quienes se puedan mostrar indiferentes, o prefieran mirar para otro lado, ante los hechos de violencia como los que han venido sucediendo contra nuestras universidades, siendo la más atacada la Universidad Central de Venezuela, "la casa que vence las sombras", donde muchos de los líderes del actual poder revolucionario, cursaron estudios y tienen un amplio currículo de quemacauchos en su pasado.
Claro, ellos considerarán que esos, los estudiantes de entonces, si estaban luchando "en el lado correcto de la Historia".  
Pareciera que lo que más les duele a algunos oficialistas es precisamente que la UCV sea mucho más grande que los intereses particulares de los ultrosos de los años 80, hoy ungidos de poder ilimitado, y que las universidades venezolanas a pesar del estrangulamiento oficial, no se rindan a las presiones del gobierno actual y de quienes intentan dinamitar la autonomía y pluralidad de ideas que siempre han sido motivo de orgullo ucevista, y de tantas otras universidades venezolanas cuyos estudiantes hoy están en pie de lucha. 
Siendo de alma ucevista me pregunto cómo harán aquellos ucevistas que simpatizan con el oficialismo para ver para el otro lado en momentos como cuando fuerzas paramilitares entraron de imprevisto en una asamblea de estudiantes en la Facultad de Arquitectura y le cayeron a palos a un grupo de muchachos; cómo hacerse los locos tras la explosión de un par de niples en esa misma Facultad, pero sobre todo, cómo se puede cerrar los ojos ante lo ocurrido el tres de abril cuando un par de estudiantes fueron desnudados y vejados por  un grupito de encapuchados de quienes insisten que el único lado correcto de la Historia, así sea a palos, solo puede ser el lado revolucionario.
El único lado correcto de la Historia solo puede ser cuando los estudiantes venezolanos dejen de ser divididos en estudiantes oficialistas o de la oposición, y vuelvan a ser simplemente estudiantes. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Confesiones de una Guerrera del Teclado


Pocos términos más despectivos en la crisis actual que "Guerrero del teclado", frase que describe a todos aquellos que desde la comodidad de sus hogares critican, comentan o se ofrecen como indeseados estrategas ante el caos político en el que estamos sumergidos en esta República Bolivariana de Venezuela. Cada vez que leo alguien por las redes sociales despotricando contra los "Guerreros del teclado", yo que siempre he sido una mujer de cavilación más que de acción, no puedo evitar darme por aludida. 
Pero ayer no me quedó más remedio que asumir lo que soy, una pusilánime guerrera del teclado, no porque jamás haya sentido la disposición de trancar las calles incendiando una pila de trastos viejos -método de protesta que no comparto- o porque no me imagino devolviendo con la mano una bomba de gas lacrimógeno a la GN cuando ni siquiera en mis años universitarios lo hice, sino porque aquí entre nos, para ser sincera, eso de "la calle" no se me da. 
"Qué posición tan cómoda, francamente", dirán los más escépticos lectores. Pero es verdad, la calle no se me da. 
Por ejemplo ayer fui a Chacaíto dispuesta a solidarizarme con la diputado María Corina Machado contra quien el Tribunal Supremo de Justicia falló para despojar de su inmunidad parlamentaria e inhabilitarla de participar en la Asamblea Nacional por un supuesto llamado a la insurrección. Más allá de que se esté o no de acuerdo con #LaSalida, el fallo en contra María Corina Machado del TSJ, como han sido las detenciones de los alcaldes táchirenses, las constantes amenazas contra los alcaldes caraqueños de la oposición, los presos políticos y demás abusos y maltratos registrados por Foro Penal del que han sido víctimas cientos de manifestantes en distintas ciudades del país; han logrado que hasta los más pusilánimes guerreros del teclado nos sintamos con la obligación moral de salir a la calle para unirnos a la masiva voz de protesta ante un gobierno que va rompiendo cada vez con mayor descaro las más elementales normas democráticas.   
Y eso que soy de quienes piensan que las condiciones para "La Salida" no estaban dadas; pero me sumé a la indignación republicana en apoyo a María Corina por lo que consideré una patada más a la constitucionalidad de este país, así que agarré mi cámarita Lumix y mi gorra que dice Margarita, y me fui a solidarizar en la Plaza Brión con una mujer venezolana que ha demostrado ser de una valentía y de un tesón incuestionables. 
Mi prima Eugenia me ofreció salir con ella y un grupo de amigos, pero decidí hacerlo con mi hija Camila porque soy proclive a sufrir accidentes tontos, y no me gusta importunar: en una marcha el año pasado metí el pie en un hueco en Plaza Venezuela y sufrí un esguince del tobillo izquierdo; en una concentración en El Rosal me dio un ataque de pánico al verme aprisionada entre la multitud y casi me desmayo. La peor humillación, la que demostró de qué madera estoy hecha, fue cuando en una de estas concentraciones de febrero 2014, cuando ya estaba de salida, me di cuenta que decenas de personas comenzaban a correr despavoridas por la avenida Francisco de Miranda, y tal fue la carrera que di, que debí batir el récord de velocidad de Florence Griffith Joyner llegando a mi carro en cuestión de segundos. Solo al saberme a salvo de una estampida me percaté con horror que pudo más el instinto de supervivencia que el maternal, porque minutos después mis hijas llegaron jadeantes tras de mi. 
Definitivamente no soy del tipo de soldado a quien le gustaría tener al lado en una trinchera en cualquier guerra. Un coronel con dos dedos de frente me mandaría directo a la cocina a pelar papas o a secretaría a redactar cartas. Pero en esta Venezuela ni pusilánimes como yo se pueden dignar a quedarse esperando a que otros salgan a la calle por una, y ya perdí la cuenta de cuántas veces me he unido a la masiva voz de protesta, aunque sea en "marchitas tontas" como las descalifican aquellos que abogan por las guarimbas como único método efectivo de lucha. 
Este primero de abril de 2014 prometía ser un día especialmente difícil: a María Corina Machado le sería negado el acceso a la Asamblea Nacional donde fue la diputada electa con mayor porcentaje de votos. Al cruzar la avenida Francisco de Miranda al mediodía no se asomaba el alto nivel de tensión política a punto de vivirse: apenas unas cuantas mujeres franela blanca, gorra tricolor, cargando sus banderas de siete estrellas; parecían una ínfima minoría ante hombres y mujeres que se tomaban una hora para almorzar. 
Caminando con mi hija Camila y con tres amigas que nos encontramos en la calle, comentábamos sobre la normalidad que se sentía, como si no estuviera pasando nada. Quizás por esa primera sensación de abandono, a la altura de la estatua de José Martí, cuando me di cuenta que después de todo María Corina no estaba sola, que miles de caraqueños de ambos sexos y de todas las edades se habían reunido en la Plaza Brión para apoyarla, me emocioné, bajé la guardia, aceleré el paso, y como ya comienza a ser costumbre en mi, sufrí un tropezón, perdí el equilibrio, y caí de platanazo en la acera. 
Cuánto se puede pensar en las fracciones de segundo que tarda una caída: lo primera fue: "¡Coño! Me volví a caer!", lo segundo: "Ay que no le pase nada a mi cámara (no le pasó)", lo tercero, y todavía no había dado contra el piso: "Con tal de que no se me vuelva a torcer el tobillo (mi tobillo no sufrió)" y así me vi poniendo instintivamente las manos para frenar la caída antes de un último pensamiento: "¡Qué papelón caerme en público así!". 
Traté de restarle importancia al verme en el piso, sobre todo porque debía recuperar la dignidad ante un estúpido tropezón después de meses que los venezolanos hemos visto heridos de balas, perdigonazos, maltratos a cascazos y patadas de las fuerzas armadas, golpes de las fuerzas paramilitares, múltiples asfixiados por bombas de gases lacrimógenos, ancianas empapadas por ballenas... y esta pendeja se viene a caer por un piche desnivel. 
Así que rápidamente me senté en la acera, varias caras desconocidas, además de mi hija, me preguntaban si estaba bien. Les dije que sí, aunque la verdad es que caí fuerte sobre el pecho y tardé unos segundos en recuperar la respiración. Cuando por fin me pude parar ayudada por dos solidarias manos, me di cuenta que también me había golpeado la rodilla izquierda, pero no lo suficiente como para desistir en sumarme a la plaza, aunque lo hice en la parte de atrás de la tarima donde había menos gente. 
Me senté en un banco de piedra cerca de la estación de Metro donde en la santamaría negra que estaba trancada, habían escrito con pintura blanca: "MCM nuestra diputada". Estaba un poco aturdida, frente a mi pasaron varias caras amigas a quienes saludé con afecto de aquí seguimos. Unos muchachos me pidieron que les cediera el banquito para pegar volantes que hablaban de la escasez y de la inseguridad. Pedían que no les tomaran fotos porque cada vez arremetían más duro contra los estudiantes.  Cuando abandonaron el banco de piedra, me volví a sentar para no forzar la rodilla, a mi lado se acomodaron dos viejitos en silencio, silencio que la señora rompió con un suspiro: "¿Y qué irá a pasar?".
No sé si la pregunta iba dirigida a mi o a su marido, ni siquiera si se refería a un futuro inmediato: qué pasaría esa tarde cuando la diputado Machado llegara a la Asamblea; o a un futuro incierto: qué pasaría en esta Venezuela en la que desde hace casi dos meses vivimos en pie de guerra. 
La de un futuro inmediato era más fácil de contestar: a María Corina las fuerzas del oficialismo le impedirían presentarse en la Asamblea. Vivimos en Dictadura y en las Dictaduras se impone la barbarie del poder. 
El "¿qué irá a pasar en Venezuela?" a corto y mediano plazo es la pregunta que a millones nos desvela porque desde que Nicolás Maduro fue ungido por  Chávez como su heredero; la represión y la censura ya no se disimulan, y lejos de un diálogo por la paz, como aseguró Maduro en un desfachatado artículo para el New York Times, la situación en Venezuela cada día asemeja más el "Diálogo según un Dictador" escrito por Rafael Cadenas: "Cuando yo dialogo, no quiero que me interrumpan".
Apenas terminó de hablar María Corina, tras el himno nacional, me fui arrastrando la magullada pierna acompañada de mi hija. Quería llegar a casa para tomar un cataflan, untarme de árnica y ponerme hielo en la rodilla. El regreso por la avenida Francisco de Miranda fue igual de tranquilo aunque más acompañado que la llegada. Por eso fue grande mi sorpresa cuando ya en casa, apenas prender la computadora, me enteré que en la misma avenida donde minutos antes había arrastrado mi pierna adolorida, en ese instante sucedía una batalla campal cuando la Guardia Nacional arremetió contra la manifestación de apoyo a la diputada Machado. 
No me equivoqué en mi pronóstico de futuro inmediato, todavía aturdida por el efecto de las bombas lacrimógenas que le impidieron avanzar más de una cuadra donde acababa de ser ovacionada, María Corina se montó de parrillera en un moto que la llevaría a la Asamblea Nacional, donde en efecto, no se le permitió el paso. Horas después, la represión contra los estudiantes que se habían quedado para acompañarla, seguía en la Avenida Francisco de Miranda a la altura de Chacao.
Esta mañana María Corina Machado partió a Sao Paulo para insistir en denunciar la delicada situación política que vivimos en Venezuela. Imposible no admirar su capacidad de lucha, cuando yo, que soy apenas tres años mayor que ella, estoy molida por un simple tropezón. En cambio la diputada Machado, a pesar de las humillaciones, golpes y amenazas recibidas desde el oficialismo, insiste con entereza en no claudicar. 
Mientras tanto meto la piernita en sal de higuera, y regreso a las andanzas de guerrera del teclado, hasta que vuelva a ser llamada a las trincheras. 


lunes, 31 de marzo de 2014

#LetrasPorVenezuela


Esta mañana uno de los principales trending topics en twitterzuela fue #LetrasPorVenezuela. No tardé en entender que semejante hashtag estaba siendo usado por escritores e intelectuales venezolanos para expresar su inconformidad de país, y así fui leyendo a Sonia Chocrón, Gisela Kozak, Eduardo Sánchez Rugeles, Israel Centeno, Elías Pino Iturrieta, Ricardo Ramírez Requena, Willy McKey... entre tantas plumas que estimo y admiro, unir su voz de protesta en uno de los pocos espacios de disidencia que nos permite la actual censura en Venezuela. Tanto talento en esta efímera pajarera para decir que no, no es normal, no puede ser normal vivir en un país donde predomine la violencia, el odio, el autoritarismo... una Venezuela en la que pareciera que el poder del Estado, sin contrapeso alguno, aspira acostumbrarnos a vivir sometidos a la barbarie. 
Leyendo #LetrasPorVenezuela pensé cómo habría desguazado bajo este hashtag el twittero mayor Simón Alberto Consalvi, quien hace un año nos dejó huérfanos en esto de resumir  en 140 caracteres la desazón de país. Al recordar a Consalvi, y sus artículos dominicales en El Nacional, quizás pecando de necrofilia como acusan a la oposición, evoqué tantos maestros queridos que no llegaron a ver el fin de este capítulo nefasto en la Historia de Venezuela. 
La primera gran orfandad fue cuando murió José Ignacio Cabrujas en 1995 a los 58 años sin ver salir del slum a los gloriosos Tiburones de La Guaira, apenas asomándose la Revolución Bolivariana a escena. Aunque para muchas almas burlonas más que huérfanos somos "las viudas de Cabrujas" quienes casi 20 años después de que murió mi admirado profesor de Artes Escénicas, seguimos extrañando las agudas crónicas que habría escrito José Ignacio en este burlesco revolucionario. Sin embargo, con su artículo "El hombre de la franela rosada" publicado en El Diario de Caracas en diciembre del año 1992, Cabrujas fue profético de lo que nos venía en Venezuela tras aquel madrugonazo golpista en VTV, porque si en las manos de tan desaliñados hombres abrazando un fusil estaba la Revolución: "pinga", escribió José Ignacio.
A esta primera orfandad intelectual en tiempos revolucionados, por lo menos en lo que a esta evasora de intensidades concierne, la han seguido varias orfandades como la de otro querido profesor de la Escuela de Arte, Adriano González León, quien a diferencia de Cabrujas llegó a vivir bajo el yugo costumbrista de Hugo Chávez Frías. Me consta que Adriano murió con el corazón hecho añicos porque en el último encuentro que tuve con mi querido tocayo tras una velada literaria en El Buscón, cuando me pidió que lo llevara a su casa porque estaba cansado, el autor de País Portátil me confesó que él que se asumía un hombre de Izquierda, un progresista, un fundador de utopías; nunca imaginó que vería a su país en semejante túnel del oscurantismo.
Meses después de esta conversación en el tráfico de un jueves por la noche, Adriano murió repentinamente en enero de 2008, quizás sospechando que del oscurantismo tardaríamos mucho más de un lustro en salir, y él no habría de verlo en vida. 
Eugenio Montejo no fue mi profesor, apenas lo conocí en otra velada literaria, pero su muerte meses después de la de Adriano también dejó una sensación de irreparable orfandad porque para colmo la obra de uno de nuestros mayores poetas, premio Octavio Paz 2004, a la hora de su muerte en Venezuela era muy difícil de conseguir porque ya la falta de divisas para importar papel y para editar estrangulaban sin piedad a la Literatura Nacional. Afortunadamente, las redes sociales comenzaban a imponerse y la palabra de Montejo hizo eco en Facebook:

"... Más que el silencio de la tumba
  temo la hora de la resurrección; 
  demasiado terrible
  es despertar mañana en otra parte".

"Irreparable pérdida", dice el lugar común, irreparable pérdida para mí fue la muerte de Isaac Chocrón quien más que un profesor fue un padre espiritual. Isaac no murió de un sopetón, le tocó lidiar con una serie de problemas de salud que eventualmente lo llevaron en el año 2011 a unirse en el paraíso de los hombres de teatro con su querido amigo José Ignacio. El tercer integrante de esta, "santísima trinidad" del Nuevo Grupo, el dramaturgo y cineasta Román Chalbaud, es el único que sigue vivo y el único que apoyó, y sigue apoyando, el sueño revolucionario del Comandante Hugo Chávez Frías. 
Tener visiones tan distintas de país no acabó con el cariño que siempre se profesaron Chocrón y Chalbaud, pero sí abrió una incómoda brecha entre los amigos de infancia que los alejó al final de sus vidas.
¿Quién en la actual Venezuela no puede decir lo mismo de algún afecto cuya visión de país hoy puede ser tan opuesta a la nuestra? Cómo se salva una amistad con quienes ven orden donde nosotros vemos represión...   con quienes llaman gobierno de justicia social lo que nosotros llamamos Dictadura... cómo conciliar con aquellos que llaman fascistas nuestros sueños de una Venezuela democrática mientras nosotros llamamos fascistas sus sueños revolucionarios.
Muchos años pasarán para que esas heridas sanen, y si siguen pasando tan rápido los años en esta división de oficialistas y oposición, demasiados venezolanos no lograrán verlas sanar. 
La más reciente orfandad intelectual que vivimos en esta Venezuela ocurrió el fin de semana pasado con la inesperada noticia de la muerte de la escritora Michaelle Ascencio, a quien tampoco tuve la suerte de tener como profesora, y conocí muy poco, pero tuve el privilegio de que amadrinara mi participación, junto con la de los escritores Krina Ber y Roberto Martínez Bachrich, en el I Encuentro de Narrativa Urbana. 
Michaelle no era una escritora afecta a las redes sociales, que yo sepa no estaba en Facebook ni en twitter, difícil resumir su caudal intelectual y espiritual en unos cuantos caracteres, pero bastaba conocer su obra, habernos cruzado alguna vez con su hablar pausado y su dulce y sabia sonrisa, para saber que Michaelle era una mujer que no habría anhelado despertar en ninguna otra parte, más que en una mejor Venezuela.




martes, 25 de marzo de 2014

Sobre los selfies en las marchas



La otra tarde en la Plaza Altamira repartían volantes ofreciendo un curso de cómo tomar fotos en marchas y manifestaciones. No agarré el volante, pensé que sería una nueva forma de rebusque en tiempos de crisis. Después me enteré que no se trataba de un negocio en ciernes sino de una clase abierta, sin fines de lucro, que se dio esa misma tarde en las escaleras del lado oeste de la Plaza Francia.
Quizás debí haber tomado el curso, disto de ser una experta, pero es que ya tengo doce años tomando fotos en las marchas, desde los tiempos del: "Si va a caer, si va a caer, este Gobierno va a caer" hasta los del actual: "¿Quiénes somos? Venezuela, ¿Qué queremos? ¡Libertad!". 
Tenemos tanto tiempo en esto que las primeras fotos que tomé de marchas multitudinarias de la oposición fueron con mi Canon AS Program con rollito Kodak ASA 400. Por cada marcha, 36 instantes detenidos en el tiempo que se debían administrar con precaución porque por una foto buena salían varias regulares, unas cuantas malas, y era bastante costoso el revelado. Al no ser fotógrafo profesional, mis fotos apenas estaban destinadas a los álbumes familiares, ni siquiera existía Facebook para compartirlas. 
De negativo a digital he ido acumulando en mi archivo personal enemil fotos tomadas a lo largo de estos últimos doce años de cientos de miles de ciudadanos caminando por las calles de Caracas la inconformidad de país. Y eso que no soy de las precursoras de las marchas, ni siquiera marché el 11 de abril, no me gustan las aglomeraciones, sufro de enoclofobia. Pero tras los sucesos de ese funesto día decidí que no podía quedarme pasiva en casa mientras otros salían a la calle y me uní a cuanta marcha de la oposición se diera haciendo de mi cámara una especie de amuleto para distraer el miedo a las multitudes. 
Tampoco me engaño, soy una fotógrafo regularzona, aunque en esta era de la fotografía digital es difícil tomar fotos malas porque tomamos tantas que se va entrenando el ojo. Edito algunas fotos cortándole lo superfluo, borro muchas fotos que no dicen nada, y selecciono las mejores para hacer álbumes en Facebook que no son más que recuentos personales. 
Hasta que este año decidí que qué fastidio, tenía años montando fotos de marchas, ¿a quién le podía seguir interesando esta historia sentimental de mi paso por las inconformidad multitudinaria? Me sentí como escribiendo la misma crónica una y otra vez con ligeras variaciones. Más de lo mismo, pero varios amigos me reclamaron que si acaso ya no iba a las marchas que había dejado de montar fotos en Facebook. Aparentemente les gusta hacer el recorrido con mis álbumes donde mezclo fotos de amigos con las mejores pancartas y mi encuentro con celebridades de la política (tengo fotos de Pompeyo Márquez, Américo Martín, Antonio Ledezma, Leopoldo López y Hentique Capriles Radonski cuando no eran más que unos mozalbetes, María Corina Machado el día después de que le entraron a golpes en la Asamblea). Así que chimbas o no, decidí continuar compartiendo mis fotos de las marchas, sobre todo para los amigos que viven en el exterior para que sientan un poco el espíritu de lo vivido. 
Haciendo un recorrido por estos álbumes de los pasados doce años es fácil darse cuenta que hay dos tipos de marchas: aquellas en las que se va con esperanza, y aquellas en las que se va con arrechera. Esperanza no solo se marcha cuando estamos en campaña por un candidato, también en cierta forma marchábamos con esperanza cuando en ese diciembre de 2002, en medio del paro petrolero, muchos llegamos a pensar que se estaba tambaleando el gobierno de Chávez a cuenta de las marchas casi que diarias que sucedían apoyando el paro, sin sospechar que tras el paro petrolero lo que estábamos haciendo era atornillándolo más. 
Semejante esperanza desapareció de las marchas en febrero de 2014, así como desapareció la alegría de marchar. ¿Cómo se puede marchar alegre y optimista cuando sentimos que oficialmente estamos viviendo en Dictadura?  Pero esta alegría poco a poco se ha ido recuperando al sentir que a pesar de las trabas cada vez más represivas para impedir las marchas y manifestaciones opositoras, cientos de miles de venezolanos seguimos dispuestos a salir una y otra y y otra y otra vez de manera pacífica, cargando banderas de siete estrellas, acompañados en grupos familiares, o con amigos, muchos hasta solos, arriesgando a ser mal encarados por la Guardia Nacional, a ser reprimidos a punta de bombas lacrimógenas, ser bañados con la ballena, y hasta detenidos sin más motivo que cruzarnos en el momento equivocado con las fuerzas del orden del Estado. Sin hablar de ser víctimas de las fuerzas paramilitares que apoyan al oficialismo.  
A partir del 12 de febrero parecían habernos arrebatado hasta la alegría y la esperanza de marchar, pero poco a poco ante la insistencia civil en no abandonar la calle, a pesar de los obstáculos que pone el Gobierno con cada vez más fuerza represiva, a pesar de amedrentarnos con las bandas de paramilitares armados como la que atacó recientemente la Asamblea de Estudiantes de la Facultad de Arquitectura, viendo en cada una de las marchas las creativas pancartas que demuestran que no hay censura que calle el descontento de país, pancartas que denuncian la inconformidad de tener que acostumbrarnos en Venezuela a vivir con violencia, a que desde el poder del Gobierno se salten las más esenciales normas democráticas, ante el rechazo a la escasez, a la censura, al autoritarismo... a este desastre de Gobierno que cada vez esconde menos sus rasgos de Dictadura... marchas que están sucediendo con mayor o menor nivel de intensidad en tantas ciudades del interior... me parece el menor de los males que hoy tenemos en Venezuela que haya quienes se tomen un selfie con los panas en las marchas. 
Confieso con desvergüenza que también lo hago, es parte de la pírrica alegría de sentirme menos sola en medio de tanto desánimo.

lunes, 24 de marzo de 2014

El Impasse


Haciendo un repaso de las más recientes intensidades es fácil darse cuenta porqué en las últimas semanas me ha llamado y escrito más de un amigo preocupado desde el exterior, y es que Evitando Intensidades se ha convertido como el relato de un naufrago que se resiste a abandonar un barco a la deriva, pero somos tercos e insistimos en no cejar porque además de que Venezuela es el país donde nacimos por el que bien vale la pena luchar, la balsa salvavidas tampoco es que se vea muy alentadora, y dudamos que al saltar este barco no terminaremos en otras tierras donde no seremos recibidos, precisamente, con los brazos abiertos. 
Hablando y escribiéndome con los panas preocupados por cómo la estamos pasando en Venezuela me cuesta decidir si acaso quienes aquí seguimos terminamos acostumbrándonos poco a poco a este drástico bajón de calidad de vida, o si la impotencia de quienes viven afuera se puede magnificar con la intensidad de las redes sociales.
Por ejemplo, cuando viene alguien muy cercano de visita a Venezuela, si antes te llamaban para ver si querías que te trajeran Advil PM o el último ejemplar de la revista Rolling Stone, hoy se ponen a la orden por si quieres que te traigan harina, azúcar y hasta papel toilet. Una amiga le dice a sus hijos que se coman toda su comida porque en Venezuela no tenemos qué comer. 
Por lo menos en ese sentido en Venezuela no estamos taaaan mal, años luz de las hambrunas de la Europa de la postguerra cuando las familias tenían que compartir una papa podrida, o de la miseria de tantos países en África que ni siquiera tienen una papa podrida para compartir, o de la Cuba que narra Leonardo Padura donde cualquier plato preparado por la mamá del Flaco Carlos con lo que se consiga en el mercado negro es una bendición para el teniente Conde acostumbrado a moros y cristianos. Aunque en Venezuela es difícil hasta comer congrí porque tanto el arroz como las caraotas negras están difíciles de conseguir.
Digo y me desdigo, vamos a ver si me explico, por lo menos en Caracas todavía distamos de estar pasando hambre a pesar de que el 47 % de los productos regulados en la canasta básica no son fáciles de encontrar, por ejemplo, en mi casa teníamos meses sin leche en polvo, que para un extranjero puede ser "So what?", pero para gran parte de los hogares venezolanos es un producto de primera necesidad. Cuando aparece la leche en polvo, las colas para pagar son kilométricas, y como en mi familia el niño pequeño ya cumplió catorce años, me niego a hacer cola y me acostumbré a tomar el café con leche de larga duración, que aparece y desaparece con la regularidad de la luna menguante, al igual que productos como el arroz, harinas, margarina, aceite, azúcar y el mismo café.  
Por otro lado en el abasto de mi vecindario es usual encontrar pollo, huevos, nunca falta carne, ni frutas ni verduras ni charcutería, y hasta ahora la pasta nunca ha fallado. Enlatados los que quieras (menos Diablitos que es difícil de encontrar), e inclusive extraños productos importados como Bloody Mary Mix. Así que ni hambre ni sed hemos sufrido, pero sí parece que ya nos estamos acostumbrando a hacer cola y a saber que eso de ir al mercado solo una vez a la semana, en Venezuela es cosa del pasado porque nunca encontramos ni la mitad de lo que fuimos a comprar. 
Ya narré en una intensidad pasada el lúgubre ambiente que se respira hoy en el abasto de mi vecindario, no me voy a repetir con eso que la gente está de a toque: grandes emociones seguidas de grandes depresiones. Hace una semana la gran emoción, además de la toma pacífica civil en la Plaza Altamira tras ser militarizada, fue que la nevera estaba llena de helado de mantecado, solo de mantecado. 
El señor de las verduras conversaba con un cliente que divagaba sobre la manera de levantar el país, no presté atención porque sé que este tipo de conversaciones en lugares público no suelen llegan a buen puerto. Y no me equivoqué, de repente una señora perdió los papeles y comenzó a gritar: "¡Pero chico tú crees que Venezuela está bien! ¿De verdad tú crees que tu país está bien!".
Se puso tan brava la señora que por un momento temí que sería necesario llamar a seguridad.   
El señor de las verduras siguió pesando cebollas, murmurando sin perder su afabilidad: "Para mí la vida no ha cambiado estos últimos años, yo sigo viviendo igual".