miércoles, 12 de noviembre de 2014

No money, no picture



La crónica del viaje a Berlín quedó muy formal, faltaron anécdotas, como por ejemplo la infortunada visita a Checkpoint Charlie, antiguo punto fronterizo entre las zonas soviética y estadounidense de Berlín por donde no estaba permitido el paso a ciudadanos alemanes. Derribado en el año 1990, vuelto a recrear en el año 2000,  por ese punto de acceso antes del derrumbe del muro solo se le permitía el paso a extranjeros, militares y burócratas de ambas Alemanias. 

Ese domingo Camila y yo ya estábamos lo suficiente ubicadas en la ciudad como para que con la ayuda de Google map, aprovechando uno de los días más azules que recuerde, caminar hasta algunos sitios de interés a los que no nos dio tiempo de bajar en el autobús turístico. 
Como de una mañana tan hermosa no se podía desperdiciar ni un minuto, nos saltamos el buffet de desayuno del hotel y desayunamos brëzels (pretzel) en una panadería cercana. Llegar a Checkpoint Charlie fue un paseo como de media hora, y porque me distraigo fácil tomando fotos de detalles que me llaman la atención: edificios interesantes, arte de calle, un rayo de luz inesperado... Nada que ver con las típicas fotos postales. Por eso cuando por fin llegamos al célebre punto de frontera entre las dos Alemanias, me pareció divertido tomarle una foto a los supuestos soldados norteamericanos, portando orgullosos sus banderas de barras y estrellas, al mismo tiempo que posaban con turistas para el lente de un soldado soviético. 
Lo que sucedió después jamás me habría pasado cuando usaba cámara con rollo, porque antes de tomar una foto, una fotógrafo regularzona como yo, lo pensaba dos veces ya que el revelado era costoso y no se desperdiciaban fotos con nimiedades que solían ser, en la mayoría de los casos, fotos perdidas. Hoy con la facilidad de la fotografía digital se le toma fotos a cualquier tontería, por eso me pareció simpático retratar al rosado soldado soviético, tomando fotos a los turistas posando con sus adversarios americanos, ¿en qué tipo de guachafita terminó esto de Checkpoint Charlie?
Inesperadamente el soldado soviético se volteó hacía mi y en un inglés con fuerte acento nórdico me increpó: "Are you taking my picture?! Why are you taking my picture?!".
Mi mamá siempre me lo dice, que no le esté tomando fotos a la gente en la calle que a nadie le gusta que los retraten sin su consentimiento, y le suelo hacer caso, pero bueno, estábamos en uno de los sitios turísticos por excelencia en Berlín, con decenas de personas con cámaras y teléfonos en la mano: click, click, click... quien me increpaba agresivo estaba uniformado de soldado soviético décadas después de que los rusos dejaron de tener injerencia en Alemania. Por eso ante la mirada gélida del que segundos antes había sido mi modelo involuntario, pensé: "¡rayos, caí como una zoqueta en un show turístico!".
Qué se le iba a hacer, le seguiría la corriente a este Pluto soviético. Como no me destaco por un rápido ingenio, lo único que se me ocurrió fue contestarle con un coqueto:
"Because you're cute".
Aunque este "oficial ruso" tenía de "cute" lo que podía tener de lindo el rollizo tío en las películas de Harry Potter.
Lo que siguió fue lo que debió ser un par de minutos de grito y grito que me resultaron largos como horas: que yo no tenía ningún derecho a tomarle fotos, que estaba invadiendo su intimidad, que si muéstreme la cámara, que si borre la foto, que si no la borró, que si le digo que la borre, que siga pasando fotos que quiero ver si hay otra... 
Jamás me habían gritado de manera tan déspota, al principio en medio de los gritos esperaba alguna señal, un guiño, una sonrisa, un "esto es parte del show". Pero el guiño no llegó,  y eso que me negué a bajar la mirada ante sus fríos ojos azules. Cuando por fin me cayó la locha que como que no era parte de un show, mi mirada pasó del "vamos a seguirle el juego" al más puro desprecio caraqueño - que quema como candela- aunque por dentro estaba temblando agradecida de que el tipo llevara gorra en vez de casco porque me sentía a punto de revivir el oprobioso incidente de la soldado venezolana que le entró a cascazos a la muchacha que se atrevió a tomarle una foto en una manifestación. 
Cuando borré las fotos ante sus ojos, sin insultarlo ni pedirle disculpas, el soldado soviético dejó de gritarme para seguir en lo suyo: retratar a los marines posando con los turistas, como si nada hubiera pasado. 
Mi hija y yo quedamos perturbadas durante el resto del día tras un momento tan desagradable, no entendíamos lo que acabábamos de vivir, era como si en un acto en Disney World el Capitán Garfio se saliera de personaje para caerte a gritos por tomarle una foto. Llegué a la conclusión que después de todo tenía que ser parte del show, una manera de revivir lo que debió haber sido la República Democrática Alemania de ruda y represiva. Nadie le grita a un turista así, seguro que el energúmeno no podía permitir salirse fuera de personaje. Sí, tenía que ser parte del show, me convencí para no amargarme lo que quedaba del viaje, pero qué manera de no romper con la cuarta pared. Cónchale que con un guiño habría bastado.
Menos de un mes después, gracias a las celebraciones del derrumbe del Muro de Berlín, me vengo a enterar lo que realmente sucedió esa mañana gracias a la foto que una amiga montó en Facebook posando en Checkpoint Charlie. Cuando le comenté que me armaron un lío por tomarle una foto al que hacía de soldado soviético, me explicó que se podía posar en la antigua alcabala con soldados americanos, rusos, franceses o británicos, eso sí, previo desembolso de dos euros por persona que quisiera salir en la foto. "No money, no picture". 
Cuando se lo conté a Camila, me dijo: "Por eso el hombre gritaba que si querías su foto tenías que pagarle primero". Inmersa en mi papel de caraqueñita que no se amilana ante ninguna autoridad déspota, no me percaté que la ironía era aún mayor: lo que realmente exigía el soldado soviético no era que se le respetase su intimidad, sino su tajada capitalista.
En medio del gentío esa mañana azul en Berlín no me fijé que la otrora alcabala militar hoy servía como caja registradora donde se cobra el derecho a posar con cualquiera de las dos Alemanias, que todavía hay quienes simpatizan con la antigua parte comunista. 
Qué iba a imaginar yo que tomarle una foto a un tipo poco agraciado disfrazado de soldado soviético había que pagarse. 
Revisando imágenes similares por Google, me fijé que algunos soldados en Checkpoint Charlie llevan guindados en el uniforme su tarifa por posar. No hay gran diferencia con los Elmos, Hello Kittys y Spidermans que circulan por Times Square en Nueva York, esos que amedrentan a los turistas que no les dan la propina esperada por tomar sus fotos. Solo que esto de cobrar por posar con los falsos soldados en Berlín es un negocio tan legal como cobrar por posar con San Nicolás en cualquier centro comercial. 
Solo entonces comprendí que que este soldadito soviético de utilería me cayera a gritos en plena plaza pública, lo que para mi fue uno de los momentos más bochornosos de mi vida, para el muy desgraciado fue: "Business as usual". 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Good Bye Berlín, Hello Caracas



Este domingo 9 de noviembre en Alemania se celebrarán en grande los 25 años del derrumbe del muro de Berlín y el fin de la República Democrática Alemana, casualmente en octubre de 2014 realicé el sueño de visitar esta espléndida ciudad, sueño reciente ya que solo de unos añitos para acá todo el que visita el antiguo epicentro del Third Reich, que desde agosto 1961 hasta noviembre de 1989 estuvo divida por el conocido como "muro de la vergüenza", regresa enamorado de su actual efervescencia. Quienes la visitaron cuando estaba partida en dos, y desde entonces no han regresado, se sorprenden cuando les describen tan drástico cambio: la Berlín dividida era una ciudad "triste" y "fría", un lado muchísimo más triste que el otro. 
Fría sigue siendo, triste ya no. 
Mi visita fue corta, cuatro noches y cinco días, pero logré ver los puntos turísticos más importantes de la ciudad, estadía que coincidió con "El Festival de Luces" que desde hace diez años se celebra durante tres semanas en octubre, iluminando todas las noches sus principales edificios y monumentos. El Scandic Berlín Postdamerplatz fue el hotel donde mi hija y yo nos alojamos, parte de una cadena escandinava que se ofrece como "ecofriendly", lo que significó: económico, minimalista, bonito pero sin lujos, con trino de pajaritos dentro del ascensor, moderno y limpio, copiosos desayunos, mini bar gratis con bieres incluidas, y sobre todo, muy bien situado, en una zona tranquila a pocas cuadras de Postdamerplatz, aquella plaza que los ángeles de Wim Wenders tenían tomada, y que hoy es sinónimo de lo mejor de la modernidad. 
En el año 2014 para quien se medio maneje en inglés el idioma no es una barrera en Berlín, por lo menos en las partes donde abundan los turistas no hay quien no lo hable, sin embargo el berlinés es de trato seco con el turista que raya casi en lo descortés. Y eso éramos mi hija y yo en Berlín, las propias turistas, tanto que por primera vez en mi vida compré tickets para los autobuses de dos pisos que gracias a audífonos con varios idiomas a elegir, se puede seguir la historia de la ciudad a medida que se recorren diversos puntos de interés, teniendo el pasajero la oportunidad de subir y bajar a su gusto en distintas paradas. 
Gracias a la narración que iba escuchando en el tráfico de Berlín, mucho más leve que el de Caracas, me enteré que aproximadamente el 70 por ciento de la ciudad quedó en ruinas tras la Segunda Guerra Mundial,  y para terminar de hundirla en la miseria se le añadió la división entre la Berlín Oriental y la Occidental: una Berlín estancada en el comunismo y otra abierta al progreso. Por eso lo que más me impresionó gratamente en mi breve visita no fue haber tenido la suerte de coincidir con un programa de Strauss y Mozart en la Filarmónica de Berlín, ni la Branderburg Thor iluminada con variados diseños de luces, ni la sobria belleza del Homenaje a las víctimas del Holocausto; ni siquiera la deslumbrante arquitectura moderna de la ciudad, ni los orígenes de la civilización exhibidos en el Museo Pergamon, o la variedad de salchichas y cervezas que sin duda aumentaron mi nivel de triglicéridos; como caraqueña viviendo en una ciudad desvencijada y dividida ideológicamente, lo que más agradecí de mi visita a Berlín, salvando las distancias, fue constatar cómo fue reconstruída en menos de dos décadas tras semejante devastación física y moral. 
De regreso a Caracas, entre la oferta de películas del vuelo de Air France estaba la alemana Goodbye, Lenin!, que no veía desde su estreno en el año 2003, la disfruté aún más que la primera vez que la vi, fue otra lectura ver esta película de Wolfang Becker tras mi visita a Berlín y ante el difícil momento que vivimos en Venezuela, donde quizás no estemos divididos por un muro cubierto de alambres de púas, ni fieros guardias armados de rifles evitando deserciones de un lado a otro, pero si hay una división ideológica que parece infranqueable, una obligada homogeneidad de pensamiento de quienes ostentan poder, y una escasez de productos de primera necesidad que casi se iguala con la situación de un país en postguerra.
Contar de qué va Goodbye, Lenin! es como contar de qué va El mago de Oz, ¿quién no la ha visto? (y si no la has visto vela ya), once años después de estrenada y 25 años después de derribado el muro, pareciera que no ha cambiado mucho Alexanderplatz, principal escenario de la película, como sí cambió radicalmente en cuestión de meses (ocho son los que pasa la madre en coma perdiéndose el derrumbe del muro de Berlín) la dinámica de la parte de la ciudad que quedó en manos soviéticas, tanto que el hijo temiendo terminar de romperle el corazoncito comunista a su madre convaleciente, al no poder ocultarle más la unificación de las dos Alemanias, hace lo posible por hacerle creer que en la batalla de las ideas, el comunismo triunfó y son los antiguos capitalistas quienes derrumbaron el muro para abrazar las austeras costumbres de la República Democrática Alemana. 
Sí Luis.
La hermana del hijo abnegado lo secunda en la farsa, pero todo sacrificio, hasta por amor a la madre enferma, tiene su punto de quiebre, el de la hija es volver a ponerle a su bebé pantaletas plásticas. 
Tras tres semanas fuera (el resto del viaje en París de visita a mi hermano y su familia), de regreso en Venezuela no tardé en entrar en la dinámica de las colas y la escasez que lejos de mejorar cada día se torna peor. Esta semana llegaron pañales a diversos Farmatodos, daba dolor de país ver las largas colas que salían a la calle de madres con sus bebés cargados para demostrar que el niño existía, que no eran bachaqueras. En algunas farmacias piden las partidas de nacimientos de los niños antes de vender pañales, en otras el número de cédula de la madre para venderles dos paquetes por semana, no importa que sea madre de morochos o que el bebé tenga diarrea. Sin excepciones.
Pantaletas de plástico para su bebé fue el punto de quiebre de la hija sacrificada para mantener vivo el sueño político de su madre... nosotros en Venezuela lejos de evolucionar con este sueño revolucionario pareciera que estamos involucionando, cada vez más parecidos a esa represiva República Democrática Alemana que este domingo a todo trapo se celebrarán los 25 años de su desaparición.
¿Cuál será el punto de quiebre del pueblo venezolano?



jueves, 25 de septiembre de 2014

El chico plástico


Esta caricatura que pone el dedo en la llaga chavista ante el deplorable estado de la salud en Venezuela finalmente le costó el trabajo a Rayma. Desde que se anunció la venta definitiva de El Universal a un misterioso consorcio español, los más radicales de la oposición hicieron llamados en las redes sociales para boicotear este periódico venezolano con más de cien años de fundado temiendo que tras esta compra había dinero boliburgués, y que el que hasta hace unos meses fuera uno de los medios de comunicación más tradicionales y confiables en Venezuela (por lo menos para la mitad del país), al igual que ocurrió con Globovisión, no tardaría en ser parcializado a favor de los intereses del Gobierno.   
Optimista yo, insistía que había que moderar la histeria y darle un voto de confianza a la nueva directiva de El Universal. No se debía ser más papista que el Papa, que mientras las caricaturas de Rayma Suprani siguiera apareciendo en sus páginas, todavía quedaba constancia que El Universal no se había pasado a la fuerza oscura de la hegemonía revolucionaria. 
Pero en esta Venezuela los pesimistas, los agoreros, los don Fulgencio, como que siempre terminan teniendo razón, porque al igual que le di mi voto de confianza al canal de noticias Globovisión mientras Leopoldo Castillo mantuviera vivo el espíritu de lucha contra "la historia oficial",  y no pasó mucho tiempo antes de que El Ciudadano se viera obligado a renunciar, tras veinte años de caricaturas diarias en El Universal, a Rayma sencillamente la botaron. 
Globovisión y El Universal son un par de muertos en vida, ni siquiera cambiaron su público, simplemente lo sacrificaron como se inmola un negocio donde la inversión es con dinero que no duele. Tanto Globovisión como El Universal quedaron como el cascarón vacío de lo que solía ser un medio. 
Dinero que no duele como los cinco millones de dólares que ofreció ayer Nicolás Maduro para la lucha contra la epidemia de ébola en África. Gesto generoso e irreprochable ante la tragedia africana que ha cobrado tantas vidas, de no ser  porque Nicolás Maduro con más de quince años enchufado al poder en la República Bolivariana de Venezuela -los últimos dos años como presidente- ha permitido que su propio país llegue a semejante caos en el sector salud, claro, como él tiene todas sus necesidades y las de su familia más que cubiertas. 
La familia Maduro-Flores no sabe lo que es que en la actual Venezuela uno tras otro en una familia vaya sucumbiendo a un virus que agota la existencia familiar de Acetaminofén o de cualquier otro analgésico, salir a hacer un recorrido por las farmacias y  regresar con las manos vacías teniendo que apelar a la generosidad de terceros, o a métodos del siglo XIX para bajarle la fiebre a los muchachos. Como no saben lo que significa tener unos padres ancianos con necesidades de medicamentos que no se consiguen en Venezuela. Ni imaginar que Nicolás o familia necesiten hacerse unos exámenes  de laboratorio y los reboten porque no hay reactivos. Nicolás y su gente y cualquiera que esté próximo al poder no saben lo que es vivir hoy en Venezuela, viven en el país de la fantasía revolucionaria, ese que llena las páginas en prensa panfleto como Ciudad CCS. 
Claro que ese tema no se toca porque no hay que escupir para arriba, camarada, aunque ya en Aporrea lo estén haciendo, así será el desastre. Para Maduro y Cia. es más fácil llorar a los enfermos en África. Dárselas de líder mundial cuando el sistema de salud en Venezuela se está cayendo a pedazos: ¿qué se consigue con cinco millones de dólares del estado venezolano? Poco para parapetear la crisis de sanidad que señala Rayma en su genial caricatura, dando certeramente con los orígenes mismos de ella; poco también para ayudar la tragedia del ébola. Esos cinco milloncitos verdes no son sino una inversión para tratar de elevar la imagen internacional de Maduro, tan gris, en un momento donde en Venezuela las deudas con tantos flancos tienen paralizado no solo al sector salud, sino a toda la economía nacional.
Viendo a Maduro en Nueva York pavonearse ante su generosidad mientras en Venezuela estamos viviendo tan atrinca crisis de salud, viéndolo echándose un paso con Cilia en el Bronx, no dejo de recordar al chico plástico de Rubén Blades: "de los que prefieren el no comer por las apariencias que hay que tener...".
Claro las apariencias de unos pocos revolucionarios, que las necesidades las ponemos el resto de los venezolanos.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tres horas de gamelotadas


"¿Qué haces oyendo a Maduro?"- me preguntó mi chamo de catorce años cuando lo fui a buscar a un partido de fútbol. Es un reflejo condicionado en nuestra familia que cada vez que el hombre se encadena, apagar de inmediato el radio.
Es que habla demasiada pendejada.
Pero le expliqué a mi chamo que a veces no queda otra que escucharlo, qué remedio, después de todo es el presidente de Venezuela (aunque queda la duda de si electo o no). Pero está ahí, despechando desde Miraflores, y en sus manos el destino de un país en absoluta debacle. Estamos tan mal tan mal tan mal pero tan mal, que hasta en el portal revolucionario Aporrea comienzan a denunciar que estamos mal, por ejemplo, recientemente salió publicado un artículo de una compañera doctora sobre la actual crisis de medicamentos en Venezuela.
La escasez de medicinas es quizás la crisis más grave que actualmente vivimos en Venezuela. Hoy me tocó ser testigo en una consulta de rutina de cómo mi doctora hacía esfuerzos inútiles para encontrar el tratamiento anticonvulsivo para un joven paciente.
No hay anticonvulsivos, punto.
Lo mismo pasa con los tratamientos para el cáncer, la diabetes, la hipertensión, el HIV; es que ni siquiera analgésicos como acetaminofén o iboprufeno se consiguen en las farmacias.
Sin olvidar lo que ante esta urgencia hoy nos parecen frivolidades como champú, desodorante, alimentos de la canasta básica, quitaesmalte, repuestos para los carros, pasajes aéreos, la lista es larga.
Señores, no hay que ser de oposición para darse cuenta que en Venezuela el desabastecimiento llega a los niveles de un país en guerra.
Por eso en julio de 2014 Maduro anunció que tomaría medidas que el mismo bautizó como "El Sacudón". A amarrarse los cinturones pues. El presidente convocó al país a una cadena nacional para anunciar medidas de emergencia. Y todos los venezolanos con nuestros cinturones de seguridad puestos esperando la sacudida, pero esa noche de julio lo único que obtuvimos fue una prórroga. El presidente le confesó al país que medidas como las que se estaban planteando no se podían tomar así como así, mejor realizar consultas, había que perfeccionar los detalles, y pidió hasta mediados de agosto para anunciar en qué consistiría el temido pero necesario Sacudón.
Llegó septiembre y nada,  pero imposible ocultar el desastre por más buena fe revolucionaria que se tuviera,  en Aporrea exigen que la falta de medicamentos en Venezuela sea catalogada como crisis nacional: "la gente se está muriendo", clama desesperada la doctora revolucionaria.
Por eso cuando Maduro por fin a principios de septiembre volvió a convocar al país para retomar El Sacudón, los venezolanos pensamos que iba anunciar medidas contundentes, y así me encontró mi chamo ayer en la nochecita, oyendo a Maduro en cadena, ingenua de mi, esperando las medidas necesarias para aunque sea parapetear la grave crisis que vivimos en Venezuela.
Se especuló sobre aumento de la gasolina, se especuló sobre una nueva devaluación, se especuló sobre desmontar el control de cambios... pensé que por ahí irían los tiros porque Maduro estaba pidiendo apoyo y fe del pueblo revolucionario para El Sacudón que estaba por anunciar.
Anoche mis hijos me prepararon la comida, porque mamá se sentó frente al televisor vodka en mano esperando las medidas. Y el hombre habló,  habló, y habló. Pasó más de tres horas hablando. Qué capacidad para hablar sin decir nada. Como una hora y media dedicada a la autopropaganda incluyendo pertinentes menciones al difunto comandante; como una hora dedicada a irse por las ramas con la jerga de izquierda demodé;  chistecitos internos; menos mal que no cantó; un reconocimiento para la Primera Combatiente; los típicos insultos a la oposición, y después el enroque acostumbrado, moviendo tímidamente piezas en el tablero gubernamental, la cantidad de cargos a militares va en aumento. Quizás el único sacudón fue para Rafael Ramírez, quien dejó de ser el cacique petrolero, para pasar a ser el nuevo Canciller.
¿Medidas que apoyar haciendo alarde de sacrificio revolucionario? Ninguna, más allá de que Maduro se le ocurrió fusionar ministerios para crear vicepresidencias. Bla bla bla. La huella biométrica... blablabla... "los pelucones en el Estudio 54"... blablabla.
Es el segundo recule de Maduro del prometido Sacudón.  Quién lo habrá hecho entrar en razón: el piso político no está dado para ello, preferible que nos comamos los unos a los otros antes de tomar medidas necesarias pero impopulares.
Mientras tanto en las farmacias no hay para el dolor de cabeza que da oír tres horas de gamelotadas.

(Ilustración de Weil conseguida en Internet)

lunes, 1 de septiembre de 2014

#10libros (pero en formato digital)


Joanna Casas me convocó por Facebook al reto de los #10libros, compartir una selección de diez libros que han marcado mi vida.  Para mí este reto es imposible porque los libros que pueda nombrar hoy no serán los mismos que nombraría la semana que viene, ni siquiera los que nombraría mañana, además, tras cumplir el reto de los #30libros30días en la redes sociales en julio pasado, me di cuenta que la nostalgia literaria terminó dominando mi lista. Por eso decidí aceptar el reto de Joanna pero con una modificación: escoger los libros que he leído en formato digital que más me han gustado en los dos años que estoy leyendo en Kindle.  Y aunque también he leído no-ficción en formato digital, y una buena cuota de libros impresos, esta lista solo incluye novelas leídas en pantalla, y sin orden particular:

1- The Begginers Goodbye- de Anne Tyler
 Titulada en español "El hombre que dijo adiós" esta novela fue mi bautizo en kindle. Su autora, Anne Tyler (1941), es una de mis escritoras favoritas, no muy leída fuera de los Estados Unidos porque es más norteamericana que el "apple pie". Tyler se afinca en la construcción de personajes clase media de los suburbios de Baltimore, hay quienes los llaman "excéntricos", sus críticos "sentimentaleros". Las últimas novelas de Tyler que había leído, Diggin to America y Noah Compass, carecían de su sazón especial, y más que excéntricas eran simplemente sentimentaleras. Con The begginers goodbye, la historia de un editor de libros "para principiantes" cuya esposa muere al caer la rama de un árbol sobre su casa, pero su fantasma se niega a abandonarlo, Tyler recupera el pulso de lo mejor de su narrativa con el equilibrio exacto entre humor, cotidianidad y melancolía.

2- Back to Blood- Tom Wolfe
 Amé esta novela de Wolfe (1931) que fue un fracaso comercial,  titulada en español "Bloody Miami" publicada por Anagrama, muchos panas la detestaron, pero pocas veces me he reído tanto leyendo un libro como con esta serie de personajes (inmigrantes cubanos, rusos y haitianos,  marchantes y coleccionistas de arte, nuevos ricos por doquier)  cuyas peripecias son narradas en capítulos alternos en los que el autor, tras demoler en novelas anteriores a los habitantes de Nueva York y Atlanta,  posa su satírico ojo en la torre de Babel que es Miami.

3- Canada- Richard Ford
Es mi primer acercamiento con este escritor nativo de Mississippi famoso por la trilogía que comenzó con The sportswritter (pendiente en mi lista de libros por leer).  Canada es la historia de dos adolescentes cuyos aburridos padres, de repente, deciden convertirse en ladrones de bancos. Suena divertido y excéntrico como las novelas de Tyler, pero no lo es, Canada está escrita con la nostalgia de quien recuerda su adolescencia como una etapa de horror.

4-Los Enamoramientos de Javier Marías.
Dirán que mi selección de libros predominan los autores norteamericanos, y tienen razón, pero es que cuando comencé a leer en digital pocos autores de habla hispana habían dado el paso a este formato. De los primeros que lo hicieron Javier Marías (1951), autor que se odia o se ama. A mi me gusta, y Los enamoramientos fue mi primera novela leída digital en español. Es una novela corta pero intensa, una de esas experiencias narrativas que mejor entrar en ella sin saber mucho de qué va.

5- Asesinos sin rostro de Henning Mankell
El sueco Henning Mankell (1948) es mi autor de novela negra preferido gracias a su personaje del inspector Wallander, extraña selección para quien evita intensidades adorar a un policía de Istad que lucha contra la melancolía de la mediana edad oyendo ópera, tratando de ser eficiente en su trabajo al mismo tiempo que lidia con su divorcio, la senilidad del padre, la adolescencia de su hija, y reflexiona sobre la descomposición moral en Suecia. Qué diría Wallander de vivir en Venezuela. Asesinos sin rostro es la primera novela de la serie Wallander, una pareja de ancianos es torturada y dada por muerta en su aislada casa. La serie de la BBC con Keneth Branagh en el papel de Wallander está muy bien lograda.

6- A suspension of mercy de Patricia Highsmith
Y yo que creía haber leído todos los libros de Highsmith (1921-1995), gracias a las ofertas del día de Amazon descubrí esta novela traducida al español como "Crímenes Imaginarios" publicada en 1965 que casualmente comparte el tema con el bestseller de moda "Gone girl": una joven acaudalada desaparece y la sospecha inmediata recae sobre el marido. La narración ambigua hace que el lector dude hasta el final: ¿quién es la víctima y quién el victimario?

7-Las leyes de la frontera de Javier Cercas
 Ya en el año 2014 las novelas en español salen casi a la par en digital que en impreso, y con los actuales problemas de importación en Venezuela es más fácil conseguirlas en digital. La última novela de Javier Cercas la leí en kindle. Como Canadá de Ford, Las leyes de la frontera es una reflexión de los años de la juventud desde la edad adulta, en este caso una pandilla de adolescentes en Gerona. Décadas después, uno de los miembros es un legendario bandolero, y otro un prestigioso abogado. Cercas, nacido en 1962, escribe sobre los años de transición del Franquismo a la Democracia, aquellos que somos sus contemporáneos, disfrutamos en esta novela sus referencias generacionales.

8- 11/22/63- Stephen King
 Si algo me ha dado la lectura digital es regresar al gusto por los libracos, de esos que como dice el Rey, si te caen en el dedo gordo del pie te lo fracturan. Quizás la novela que más me ha gustado estos últimos años es esta fantasía de King (1947) sobre una rendija en el tiempo por la cual un maestro de escuela logra entrar al pasado con el único objetivo de impedir el asesinato de Kennedy. Más de 800 páginas que devoré en menos de una semana sin perder en ningún momento el interés.

9-Los maletines de Juan Carlos Méndez Guédez
Cuando en el reto de los #30libros tocó escoger un libro que describe a mi país, estuve tentada a elegir la más reciente novela de Juan Carlos Méndez Guédez (1967).  Pero Los Maletines no describe a Venezuela en su totalidad, sino aquellos oscuros personajes que arropados bajo el manto de la "revolución" hoy desfalcan a esta República Bolivariana con total impunidad, además de un par de antihéroes que bregan por recoger migajas que quedan del desfalco revolucionario. Bien divertida la novela si no fuera porque qué tragedia que semejante rapacería como la que describe Méndez Guédez desde España, realmente esté pasando en Venezuela.

10- This is how you lose her- de Junot Díaz.
Formalmente es un libro de cuentos, pero lo siento más como una novela porque Yunior, la voz narradora de todos los relatos, hilvana sus historias con los personajes de una familia dominicana inmigrante en Nueva York. Quienes han leído a Junot Díaz (1968) en español aseguran que en la traducción no pierde su encanto, pero para mi lo más grande de este autor es el manejo de los giros del spanglish.

La ñapa: lo que sea de Joyce Carol Oates.
Esta autora norteamericana es tan prolífica que imposible escoger uno solo de sus libros aun en una lista que abarca un reducido espacio de años, solo en formato digital de ella he leído: The Falls, Bellefleur, Zombie, Missing Mom, A widow's story; sin contar los que tengo impresos en casa. Lo que más admiro de  Joyce Carol Oates es que sin perder la calidad de su prosa, sus libros poco tienen que ver entre sí. Además, es fácil encontrarlos en oferta en Amazon. De esta lista el más famoso, la saga de los Bellefleur, confieso que me aburrió; los demás me encantaron.

(Si les parece que algunas de estas acotaciones ya las habían leído antes, es porque muchas de estas lecturas fueron comentadas en Evitando Intensidades).

martes, 5 de agosto de 2014

Viviendo en "El miedo"

En julio 2014 participé en Facebook en el reto #30libros, especie de memoria emocional literaria con etiquetas como “Historia con un gran antagonista”, “Libro recomendado por muchos que a ti no te gustó”, “Libro que te recuerde a tu mamá”…  Había categorías difíciles de escoger como por ejemplo: “libro que nos  hizo reír”, hay muchos. Había otras categorías que me remitieron inmediatamente a un título, ese fue el caso de “Libro que explique a tu país”, para mí esa fue una categoría sin competencia ni titubeos, el libro que mejor explica a Venezuela y a los venezolanos es Doña Bárbara de Rómulo Gallegos.   
Publicada en 1929, ¿puede haber una mejor analogía con la actual Venezuela que la historia se desarrolle en un hato llamado “El Miedo”?  En 2004 escribí una crónica asegurando que Doña Bárbara era la más contemporánea de nuestras novelas, diez años después, la barbarie sigue derrotando a la civilización, aunque  hoy no hay una referencia inmediata a Doña Bárbara como en 1929 lo era el General Gómez, y en 2004 para muchos venezolanos lo fue el entonces presidente Hugo Chávez Frías. Hoy pareciera que la doña se perdió en el Arauca, y esta República Bolivariana quedó en poder de una banda de Mujiquitas, Balbinos Paibas y Ño Pernaletes, funcionarios corruptos y acomodaticios que por un lado se hacen zancadillas, y por el otro se protegen entre sí.
Los Mr. Danger tampoco faltan en esta Venezuela revolucionada, solo que hoy el extranjero que chupa y explota el jugo del subdesarrollo y la barbarie ajena ya no es exclusivamente gringo, ahora nuestros Mr. Danger son de diversas nacionales: cubanos, chinos, rusos, iraníes, un sin fin de hermanos latinoamericanos, unos cuantos norteamericanos, la izquierda caviar europea, y más recientemente, la participación especial de Holanda.
Lorenzos Barqueros hay por doquier, anestesiados, viviendo en sus parcelas áridas, entregados a la desolación, al conformismo, al “ya todo está perdido, luchar para qué”.
Pajarotes, Juan Primitos… esos son los que más abundan, el pueblo, el venezolano de a pie, no importa su afiliación política, haciendo cola de horas para conseguir comida y artículos de primera necesidad de lo poco que se produce en el Hato El Miedo, pasando trabajo para encontrar los medicamentos que necesitan para ellos o sus familias, asustados no se vayan a topar con un malandro en el camino; mientras los Ño Pernaletes y Balbinos Paibas en el poder andan protegidos con escoltas y se forran los bolsillos de billetes verdes, gracias a eso que hoy se llama “Empresas de maletín”, grandes fortunas construidas desangrando nuestra nación con total impunidad.
Pero los Mujiquitas deben estar molestos, ellos reciben migajas, Cadivi se ha puesto duro, y ahora ante la deuda con las líneas aéreas internacionales está muy difícil conseguir pasaje a Orlando, ¿cómo llevar a los muchachos a Disney World?
Mariselas son nuestros estudiantes, despertando al mundo, no conocen otra vida sino la del Hato El Miedo, pero sueñan con vivir en una Venezuela mejor, sin censura ni represión, no en esta República en la que por más diplomas que alcancen, parecen condenados a sueldos miserables cuando no al desempleo. Qué tristeza que hoy para muchos Mariselas la única opción para vivir en la civilización sea emigrar.
¿Y quiénes son los Santos Luzardo? Cada quien en su estilo, y a pesar de sus desavenencias, son aquellos líderes que con firmeza y valentía insisten en la lucha porque la civilización venza  y dejemos de vivir en El Miedo.

Y si seguimos el ejemplo de la novela de Gallegos, y las nuevas generaciones de venezolanos optan por no claudicar, tarde o temprano, así será.  

Artículo de agosto para la página web de El Nacional porque papel no hay 

sábado, 19 de julio de 2014

A falta de valium...


"Disculpe, ¿tienen valium? No me estoy coleando, solo para saber si hay lo que busco para no perder el tiempo".
Quien hacía la pregunta era una mujer de aproximadamente 45 años al tomar su número y darse cuenta que tenía doscientos números por delante en la farmacia de Locatel La Castellana.
Yo llevaba más de una hora en espera y todavía faltaban como 50 personas antes que tocara mi turno. Por eso de confianzuda dije un chiste fácil que dudo habrá sido apreciado por alguien desesperado buscando valium.
"Si hay valium deberían repartirlos porque solo así se aguanta esta espera".
No había Valium, la señora insistió con dos ansiolíticos más que el doctor le dio receta por si no encontraba la primera opción. Tampoco había. En la más de una hora de espera que tenía en Locatel pude darme cuenta que a un alto porcentaje de quienes llegaban preguntando si tenían determinado medicamento, se enfrentaban a la temida respuesta:
"No hay"
La reacción solía ser la misma:
"Cómo que no hay, si es urgente  ¿y entonces?".
También pregunté antes de calarme la cola si tenían lo que andaba buscando... lo tenían...¡aleluya! Al rato me encontré con una prima que venía diez números antes que yo:
"Pero si acabas de llegar".
Un señor le regaló su número porque tras agarrarlo preguntó, y tampoco había lo que él buscaba.
La prima de optimista ni preguntó si había el medicamento que ella andaba buscando, tenían que tenerlo, es para el asma que sufre su marido, un artículo de primera necesidad.
Hizo la cola en vano: "Lo lamentamos señora, no hay".
Su visita a Locatel no fue infructuosa, encontró el tinte que usa para el pelo que tiene tiempo desaparecido. Seguiría zanqueando farmacias, pero con el pelo en su justo color.
Di una vuelta mientras esperaba para ver qué encontraba: me contaron que a ese Locatel el día anterior llegó acetona Valmy, voló rápido a pesar del: "Máximo dos frasquitos por persona", en Venezuela ni siquiera las manicuristas profesionales consiguen acetona.
Mi hija que me acompañaba quiso tomar un refresco pero la oferta era limitada. No hay envases para refrescos. Le sugerí que cruzara al supermercado de enfrente mientras yo hacía la cola. Regresó a los pocos minutos con las manos vacías: en Luvebras había más gente que en Locatel.
Y una que dice tener dignidad, resistirse a hacer cola, cuando se trata de un remedio no queda otra, en mi caso afortunadamente no era una urgencia, un jabón recetado por el dermatólogo a mi hijo adolescente que tiene principios de acné. Ya había ido a dos farmacias buscándolo, y no encontraba ninguna de las dos opciones recetadas por el médico.
Qué se puede esperar en un país donde hasta el jabón de baño está difícil de encontrar.
Por eso hay tanta gente en espera en Locatel, tiene fama de ser la cadena de farmacias mejor surtida en Venezuela, si el remedio que buscas no lo encuentras en Locatel, encomiéndate a los santos.
Cuando por fin salió mi número suspiré, apenas era la mitad del vía crucis, faltaba hacer la cola para pagar, por lo menos otra hora. Eso no quiere decir que Locatel tenga escasez de personal, solo que no se da abasto ante la cantidad de gente que va para allá como primera, o última instancia, para conseguir un medicamento.
En total dos horas y media para tener en mi poder el bendito jabón para un adolescente que quién sabe cuándo se recordará lavar la cara. Entramos en la tarde y ya era de noche, soñaba llegar a casa para tomarme un vodka y así aliviar un poco la tensión de tan larga espera cuando al entrar al estacionamiento nos dimos cuenta que nos habían trancado el carro.
"No te preocupes" tranquilicé a Camila "El parquero debe tener las llaves de la camioneta que nos está trancado".
No había parquero sino vigilante y dijo que no, él no las tenía porque no le permiten agarrar las llaves de los clientes pero no nos preocupáramos que el carro era de un señor que entró un momentico en Locatel a comprar una pastillita y ya venía.
"¡Un momentico a comprar una pastillita y ya venía? ¿Tú crees que estamos en el año 1992? ¡Si yo tengo dos horas y media esperando para comprar un piche jabón! ¡Cómo dejas que tranquen un carro si no se permite dejar las llaves!".
"No se me ponga brava señora que así como usted es cliente el señor también lo es y tiene derecho a estacionar su carro".
"¡Pero yo no estoy trancando a nadie!", me ahorré el so-cretino porque soy una persona educada pero en la cara se me veía la furia, sobre todo cuando el vigilante de lo más Zen me sugirió:
"Calma mi señora, espere tranquilita en su carro a que salga el señor que ese no tarda".
Menos mal que no me dijo doñita porque le habría saltado a la yugular.
Suelo ser más sosegada que el común caraqueño, pero ya tenía el modo cuaima on, quizás activado desde el día anterior cuando en Farmatodo de La Florida, buscando el bendito jabón contra el acné, mientras esperaba que se desocupara un puesto de estacionamiento, en el puesto de handicap se estacionó un mangazón que tenía de minusválido lo que yo tengo de la madre Teresa de Calcuta.
Es que Venezuela no es un país de vivos, es un país de pendejos, donde los pocos vivos que hay hacen lo que les da la gana. Por eso subí a Locatel a hablar con el gerente: "¿cómo es posible que después de dos horas y media de espera, no me pueda ir para mi casa porque me están trancando el carro con el visto bueno del vigilante del estacionamiento".
La voz me temblaba, tenía la vena de la frente brotada, sentía que me iba a dar un ataque de histeria, estoy segura que de haber tenido valium en ese momento, me lo habrían dado sin prescripción cortesía de la casa.
Se disculparon, ese era ese vigilante que es así, no debió permitirlo, que no me preocupara, encendieron el altavoz y llamaron al propietario de una camioneta Toyota blanca placas tal y tal... pero nada que aparecía el desgraciado.
Como nadie se daba por entendido, me acerqué gritando adonde la gente esperaba pacientemente su turno en la farmacia, ¡el propietario de una Toyota blanca, coño!" pero nada, el abusador no daba la cara.
"Quizás está en Luvebras", sugirió el señor que sella a la salida el ticket de compra.
"¡Luvebrassss? ¡Si allá la cola está peor que acá!".
Esos son los momentos donde una farmacia  debería tener a la mano valium inyectado porque si esta cliente tuviera un bate le habría caído a batazos a la camioneta blanca del abusador. Echando humo por la nariz regresé al estacionamiento a esperar en mi carro a que apareciera el tipo dispuesta a darle la insultada del siglo, que dicen en esta Caracas es lo último que se debe hacer, que ante los abusos hay que quedarse calladito, porque cualquiera saca un arma y pam pam... fin de la discusión.
Pero el abusador ya se había ido, o movido el carro, se ve que oyó cuando llamaban a que moviera el carro y no se identificó.  Y resultó que la mala fui yo, el vigilante estaba esperándome al borde de las lágrimas.
"Tuvo que subir a reclamar y me hicieron una amonestación, y yo lo que le estaba haciendo era un favor a un señor, pobrecito, viejito, minúsvalido".
Viejito minusválido un cuerno, de ahí no salió ningún viejito minusválido. Pero qué sentido ponerse a discutir con el vigilante, yo lo que quería era salir de ese anillo de este purgatorio moderno. En mi casa me estaba esperando un ansiolítico mejor que el valium, un vodka en las rocas con un chorrito de limón, que en Venezuela todavía no nos ha faltado, que el día que nos falte, ese día si habrá que emigrar.