viernes, 18 de mayo de 2018

Un tobo de agua


Hace años, pero no tantos, ya en época de Chávez, recuerdo una hermosa crónica de Milagros Socorro escrita en forma de carta a su hijo adolescente, sobre las necesidades en otros países que nosotros los venezolanos, por lo menos los caraqueños, éramos incapaces de imaginar. Por ejemplo algo que cualquier muchacho moderno daría por sentado, levantarse en la mañana y abrir el chorro de agua para lavarse la cara y los dientes, en muchos países donde escasea el agua y la tecnología, hasta en zonas remotas de Venezuela, verían ese chorro de agua como de una galaxia lejana.
Lo que sociedades modernas y civilizadas dan por sentado, como derecho adquirido, algo que pareciera tan sencillo como es el acceso al agua corriente, en muchos lugares del mundo es un bien escaso y por lo tanto preciado. Lo que indigna es que una sociedad que lograra en un pasado no tan remoto haber construido una de las represas más modernas del mundo, el Embalse de Guri, apostando por el progreso, creyendo que se garantizaba que Venezuela no tendría jamás problemas de energía por ser uno de los países con las mayores reservas de agua del planeta, henos aquí en el año 2018, en esta gesta revolucionaria que ya va para veinte años en el poder, que por irresponsabilidad, falta inversión y de mantenimiento en los embalses de agua, ese muchacho que se levanta todas las mañanas para ir a la escuela sin contar un chorro de agua con que lavarse los dientes y la cara, bien puede ser un chamo de cualquier barrio, caserío o urbanización en Venezuela.
En días pasados una valiente amiga me invitó a almorzar a su casa junto con dos amigas más, ya muy pocas caraqueñas salimos a almorzar a un restaurante con las panas que aquí nos quedan, hoy inventamos reunirnos en una casa.
Antes a una la invitaban a almorzar y decía ¿Qué te llevo? y por educación se ofrecía llevar un postre o un vino o algo para picar. Pero de Maduro para acá ya nadie ofrece nada más allá de una ensalada. Y sin aguacate porque está por las nubes. Pero al final la educación prevalece: 
"Mate ¿qué te llevamos?". 
"Si quieren tomar vino, traigan vino, si no, tengo cerveza para ofrecerles".
Tomamos cerveza. 
Pero lo más admirable de mi amiga María Teresa no es que haya preparado un suculento almuerzo para tres de sus amigas sin nadie que la ayudara porque la señora que trabajaba en su casa por día hace meses emigró a Oviedo, España, lo más sorprendente es que Mate haya decidido recibir en su apartamento en Caracas sin una gota de agua. 
"La tienen racionada, la ponen una hora en la mañana y una hora en la nochecita, tranquilas, pongámonos al día, que yo lavo después". 
Y ese es un edificio con suerte, hay condominios que pasan días sin que les llegue el agua de Hidrocapital, y tienen que comprarla de costosos camiones cisternas para parapetarse. 
En mi edificio, toco madera, el agua casi nunca falta, pero de vez en cuando llega con tierra que da asco bañarse, y si se lava la ropa sale marrón. Pero por lo menos se pueden bajar los baños. 
En Venezuela se nos va normalizando la miseria, hace unos meses me fui a servir un vaso de agua y una larva nadaba feliz en el fondo de la jarra. Pasé como tres días apunta de alcohol y bebidas enlatadas.  Hay quienes dicen que para qué comprar agua de botellón, que mejor comprar un buen filtro o hervir el agua, pero ante la falta de agua corriente y ante el agua que llega marrón, no hay filtro ni agua hervida que valga. Hace tres semanas el botellón estaba a sesenta mil bolívares que entonces costaba pagar porque no se conseguía efectivo, subió a ciento cincuenta mil, y ayer cuando el señor del camión vino a traer los dos botellones que usa nuestra familia por semana, me advirtió que para la semana entrante venía cada botellón a trescientos mil bolívares. 
Ojalá que sin larvas incluidas. 
Y pensar que hasta el año pasado yo sacaba sencillo de la cartera para pagar el agua, y con lo que sobraba le daba propina al señor que le alcanzaba para un café, y si no tenía dinero, el señor, que es un viejito bien viejito, me fiaba: "No se preocupe me paga la semana que viene". 
Hoy ni se fía ni se da propina, hoy se paga por transferencia. 
Esta escasez de agua, el almuerzo en casa de Mate, y la vieja crónica de Milagros, me hicieron regresar a una de las novelas más hermosas que he leído este año: "La flor púrpura" de la escritora Chimamanda Ngozi Adichie que trata de otro país revolucionado: Nigeria en los años 80. La pequeña Kambili vive con sus padres y su hermano en una confortable casa en la ciudad. El papá de Kambili si bien es un líder de la oposición en un país con un gobierno militar totalitario, como editor de un periódico les puede garantizar una vida cómoda a su familia, pero por una serie de eventos que no les voy a contar, los niños se instalan durante unas semanas con su tía y primos en las afueras de la ciudad. 
La tía trata que sus sobrinos se sientan lo más cómodos posibles en una casa, que a diferencia de donde ellos viven, hay más cariño que lujos. Pero no tardan en enfrentarse los niños del campo y los de la ciudad, la razón, el agua que los de la ciudad daban por sentado, para los del campo era un bien que había que ahorrar.  
La primera sorpresa se la llevó Kambili cuando fue al baño y no pudo bajar la cadena. La tía Ifeoma le explica avergonzada que como están escasos de agua, si es solo pipí, esperan a que toda la familia vaya, para después llenar el tanque con un tobo agua, y bajar la cadena. 
 La prima Amaka se burla de su prima Kambili:
"Estoy segura que en tu casa tiras de la cadena una vez cada hora, solo para que el agua esté limpia, pero aquí no es así". 
 Un tobo de agua para bajar varias meadas, bien podría describir hoy el mayor porcentaje de las casas venezolanas, y hasta los principales aeropuertos donde a los turistas los reciben con un tobo con agua para que dispongan de sus necesidades. 

martes, 8 de mayo de 2018

Aprendiendo a flotar


Varias generaciones de niños aprendieron a nadar en la piscina del club con un viejito cubano llamado Joaquín que era algo cascarrabias. Por eso cuando mi hija mayor, Camila, tenía como tres años, como era una niña muy sensible cuando la puse bajo la tutela del huraño profesor, no tardó en cederle la alumna a su hijo, también llamado Joaquín, que con paciencia y dulzura logró que la niña en cuestión de semanas le perdiera miedo al agua y chapoloteara feliz con su tablita.  
Como en el año 96 o 97, cuando a mi hija Isabel le correspondió aprender a nadar, los Joaquínes se habían repartido responsabilidades: Joaquín papá se encargaba de los chiquitos en la piscina pequeña, y Joaquín hijo se encargaba de perfeccionar el estilo en clases grupales en la piscina grande. Como Joaquín papá estaba fañoso por los años, llegó un segundo hijo, Gastón, para unirse al equipo. 
Decir que Isabel fue la última alumna del viejo Joaquín es literal: cuando la llevé a su primera clase más dispuesta a chapolotear en el agua que su hermana mayor, Isabel se quedó sentada al borde de la piscina dándole a los piecitos como le indicó el profesor, mientras el viejo Joaquín se sumergía en la pileta que no tenía más de cincuenta centímetros de profundidad. El profe hacía ejercicios de respiración antes de arrancar la clase. Lo había visto sumergiéndose infinidad de veces cual cachalote en un estanque, pero en esta ocasión estaba tardando más de lo usual en salir. 
Yo estaba sola con mi niña y el viejo profesor, con un ojo puesto en un libro y otro en la piscinita. 
A los pocos segundos se me prendió una alarma, si bien Isabel seguía obediente dándole a los piecitos, el anciano profesor tardaba en sacar la cabeza del agua. Fue una de esas circunstancias donde los segundos de duda se vuelven eternidad: ¿cuánto tiempo bajo el agua es demasiado tiempo? ¿Este señor no está tardando como mucho en salir? ¿Será que le dio un infarto y se murió? ¿Será que soy una exagerada? ¿Ay coño qué hago? ¿Y si se me muere ahogado el viejo profesor de natación porque la más inútil de las mamás no reaccionó a tiempo? ¡Chica deja la histeria! ¡Mamita cuánto más vas a esperar!
Ya estaba a punto de meterme en la piscina para darle un golpecito tímido en la espalda al profesor para ver si estaba bien, cuando menos mal que llegó su hijo mayor. Le dije angustiada: "Joaquín tu papá tiene rato bajo el agua, me estoy comenzando a asustar". Joaquín enseguida entró en la piscina y le dio unos golpecitos en la espalda a su viejo, viendo que no reaccionaba, se apresuró en sacarlo, estaba desmayado, no recuerdo si fue necesario practicar respiración boca a boca. Creo que si. A Dios gracias el señor no tardó en reaccionar. Tras vomitar un chorro de agua volvió a la vida tan cascarrabias como siempre tratando de convencernos a mi y a su hijo que dejáramos el drama, fue un  leve desmayo, no pasó nada, debe ser que no desayunó. 
Dos semanas después Joaquín padre murió. En la primera clase de natación de Isabel y la que sería la última clase del viejo profesor cubano, aparentemente había sufrido un mini derrame cerebral que poco tiempo después habría de repetirle con mayor intensidad, costándole la vida. 
Mis hijas hoy adultas apenas tienen un leve recuerdo de Joaquín hijo, de Joaquin padre ni siquiera. De quien se acuerdan perfecto es de Gastón, debe ser que comenzando el primer gobierno de Chávez, Joaquín, que sabía lo que era vivir bajo el yugo comunista, avezó la tormenta que se nos venía encima en Venezuela, y no tardó en emigrar a Miami con su familia donde supimos por Gastón que enseguida consiguió trabajo como profesor de natación y le iba bien.
Gastón se quedó viviendo en Caracas unos años más, tengo más de una década que no sé de él, imagino que se debió haber ido hace tiempo, pero todavía en el primer quinquenio del siglo 2000 Gastón parecía ser de los que apostaban que a pesar del presidente Chávez y de sus charlatanerías revolucionarias, Venezuela era un buen país para ganarse la vida.
Estamos hablando como del año 2003. Cuando se fue Joaquín, Gastón dejó de trabajar en el club para ofrecer sus servicios de profesor de natación en condominios y casas con piscinas. En la piscina de mi edificio, una piscina ornamental de esas que con un par de brazadas ya se llegó a la otra orilla, aprendió a nadar el menor de mis hijos con los vecinitos. Hoy casi todos estos vecinitos que nacieron con la revolución, ya no viven aquí.
Si su padre era responsable y gruñón, y su hermano dulce y reservado, Gastón era alegre y dicharachero, lleno de cuentos, por ejemplo le gustaba contar cómo abandonó Cuba en una balsa que naufragó y varios de sus compañeros de travesía murieron devorados por los tiburones, noticia que salió en los periódicos, decía que conservaba el recorte de prensa.
Aunque en esos primeros años del gobierno de Chávez ya varios amigos habían puesto en marcha un plan B temiendo que este Socialismo del Siglo XXI fuera para rato, todavía la mayoría de los venezolanos apostábamos que Venezuela era el mejor país del mundo para vivir. Que esta moda revolucionaria pronto pasaría, que Venezuela no era Cuba, que aquí no calaría el comunismo. Solo los visionarios más pesimistas fueron capaces de imaginar que casi veinte años de chavismo después, Venezuela estaría entre los países del mundo con condiciones más precarias para vivir. Sin duda el peor en América Latina.
Si bien por esa época empezó la represión y la razia política con el famoso despido masivo a los ejecutivos de PDVSA en Aló Presidente, y ya la violencia y la inseguridad nos parecían comunes, en Venezuela todavía estábamos lejos de los tiempos de hiperinflación y escasez que hoy padecemos, y quien ganara en bolívares tenía poder adquisitivo y podía traducir su ganancia en dólares sin sentirse un menesteroso de la economía mundial.
A Gastón le gustaba hablar de su hija que quedó en Cuba con su mamá, enseñaba orgulloso fotos de la muchacha cuando cumplió quince años. Con lo que ganaba en Venezuela como profesor de natación pudo celebrar a distancia los quince años de su niña con una buena fiesta en La Habana.
Tanto hablaba de su hija y con tanta nostalgia, que un día le dije:
"Gastón porqué tienes a tu hija viviendo en la Dictadura de Fidel Castro, ¿por qué no te traes a  esa muchacha a vivir en Venezuela? Que mal que bien estamos mejor que en Cuba".
"Noooo Adrianita (él siempre me llamaba con el diminutivo de mi nombre que casi nadie usa), ahí te equivocas, mi hija en Cuba con los pocos dólares que le puedo mandar mensualmente vive como una reina, le da para compartir con su familia y sus amigos. Allá casi nadie tiene pesos para comprar ni un bistec, pero quien tiene unos pocos dólares puede conseguir en el mercado negro carne, cochino, pollo, arroz, frijoles, lo que quieras. Entonces tú dime para qué me la voy a traer, para que me muera de susto con tanta violencia tanto robo y esa niña adolescente queriendo salir. Mi hija está mejor en La Habana que aquí, por lo menos vive más segura".
Más de quince años después de esa conversación hoy me vienen a la memoria los profesores cubanos de natación, pensando en qué razón tuvo Joaquín en irse de Venezuela cuando se fue, y qué razón tuvo Gastón en no querer traerse a su hija.
También pensando en cómo nuestra economía en manos revolucionarias quedó demolida y pasamos de ser un país donde se solían enviar remesas para ayudar a los familiares en el exterior, a ser un país en el que buena parte de sus habitantes necesitan remesas en dólares para sobrevivir.
Y sobre todo pensando cómo Gaston tenía razón que en la Venezuela revolucionaria podíamos estar hasta peor que en la Cuba revolucionaria, no solo por la inseguridad como una carta más de intimidación, sino cómo en el último de los colmos de la maldad los bandidos que nos tienen en esta ruina, ahora aspiran echarle el guante a las remesas en dólares, buscando en este control de cambios indefinido que vivimos en Venezuela, imponer cambiar las remesas con el gobierno como diez veces por debajo al valor real del dólar en el mercado.
Remesas no muy altas en dólares pero millonarias en bolívares, que son la manera de mantenerse a flote de tantas familias venezolanas cuyos ingresos en moneda local hoy no dan ni para comprar un cartón de huevos.
 Oye tú, diría Gastón, qué difícil es seguir manteniendo la cabeza a flote en esta Venezuela.

martes, 24 de abril de 2018

Vuelo de regreso


Hablar con amigas venezolanas que tienen años residenciadas en París, inclusive las que se fueron por circunstancias que nada tienen que ver con el chavismo, es lo contrario a hablar con un amigo extranjero. Algunas saben más sobre lo que está pasando en Venezuela que una misma que sigue aquí. Mis amigas tendrán décadas viviendo lejos de su tierra y de sus familias, pero llevan la herida de país abierta, aunque en sus planes quizás no estuviera regresar:
"Es como que te quedaras sin piso", trataba de explicarme mi amiga Paulina, "si quisiera regresar a vivir en mi país, al país donde nací, en el que nacieron mis padres y mis abuelos, siento que ya no tendría a donde regresar. Es un vacío muy grande. Mucha impotencia no estar ahí y saber que nuestras familias están pasando trabajo para conseguir medicinas y comida, pero le digo a mi mamá que se venga y me dice: 'Estás loca, ¿qué voy a hacer yo allá? Yo me muero en mi país'".  
Mis amigas no viven vidas de lujos como los herederos de la boliburguesía que hoy se dan la gran vida lejos de la tragedia venezolana, las amigas parisinas cuidan su presupuesto, reunirse en un restaurante donde el menú del día vale 16 euros, es un lujo. Les cuento que en Caracas reunirse con las amigas a almorzar en un restaurante es algo que ya casi no pasa, que sacando la cuenta en euros almorzar en un restaurante económico sería diez veces menos que esos dieciséis euros por persona que pagamos por un sencillo almuerzo, pero sacando la cuenta en bolívares almorzar en un restaurante representaría como tres sueldos mínimos. 
"Y el desgraciado de Jorge Rodríguez aquí en París haciendo lobby para Maduro. Vamos a averiguar donde está para hacerle escrache"- propuso la pana más querre-querre del grupo.
Yo tendría que volver a nacer para hacer escrache, no está en mi temperamento la confrontación, afortunadamente la amiga querre-querre no llegó a convocarnos con la dirección de Rodríguez en París, se debió complicar con el trabajo.
Pensando en el fallido escrache rogaba que en el vuelo de regreso no me fuera a tocar viajar con Jorge Rodriguez, porque aunque esta evitadora de intensidades sea antiescrache, cómo evitar la indignación de enfrentar a quien viaja como un pachá en misión de lavar los trapos sucios de la dictadura que ha convertido Venezuela en uno de los países más miserables del mundo.

No viajé con Jorge Rodríguez, pero el último día de marzo viajé -entre quienes reconocí- con los constituyentistas Hermann Escarrá, Tanía Díaz y Darío Vivas que andaban en la misma del cínico psiquiatra: pretendiendo lavar los trapos sucios de la Dictadura en una Europa donde hasta la usualmente discreta Banca Suiza, está sancionando las millonarias cuentas de los funcionarios que han contribuido con el desmadre  revolucionario.

El avión de regreso a Caracas venía vacío, en turista las filas de cuatro puestos estaban ocupadas por  pasajeros que podían dormir de largo a largo. Y eso que era sábado de Semana Santa. En Turista premium de Air France, en el que viajé de ida a París rodeada de miembros de la izquierda internacional en apoyo al gobierno de Maduro, en el vuelo de regreso apenas veníamos cuatro personas. La única clase llena en ese vuelo de regreso a Caracas era Business, que con honorables excepciones, venía repleta con los constituyentistas y su comité de distinguidos revolucionarios que al no ser convocados por la Unión Interparlamentaria en Ginebra, viajaron de todas todas a la ciudad suiza para instalar en paralelo un Comité Constituyente para luchar "contra la censura" como si fueran las víctimas en lugar de los victimarios.
Escoger al jerarca chavista que nos parezca más abominable es tarea difícil, Hermann Escarrá estaría en mi lista de honor, antecediendo aún a Jorge Rodríguez porque por lo menos el psiquiatra nunca ha ocultado su talante rodilla en tierra con la Revolución, en cambio Hermann Escarrá durante años participó en la pantomima del jurista que combatía la hegemonía chavista mientras su hermano, Carlos Escarrá, era el jurista que buscaba legitimarla. Cuando quien en la oposición era conocido como "Escarrá el malo", murió súbitamente en enero del año 2012 de un infarto, al que llamábamos "Escarrá el bueno",  poco tardó en ocupar su lugar a la hora de buscar las vueltas leguleyas para justificar lo injustificable, levantando suspicacias si en realidad alguna vez fuera defensor de la Democracia, porque ha sido el profesor Escarrá quien ha estado al frente de todas las trampas legales a la hora de romper el hilo constitucional, sobre todo durante el gobierno de Maduro.
Por eso cuando oí como unas pasajeras que pasaban a la cola del avión comentaban la indignación de volar con "el gordo de mierda ese", antes de que cerraran las cortinas de separación de compartimientos tras despegar el avión, me fijé cómo el augusto leguleyo de hablar pausado se instalaba cómodamente en Business Class.
Por lo visto el método antiescrache de viajar de los funcionarios públicos venezolanos es entrar de últimos en el avión, y salir de primeros donde a las puertas de desembarque en Maiquetía los esperan funcionarios de protocolo para que tengan el menor contacto posible con otros pasajeros más díscolos que los que suelen viajar en Business.
Siempre ligo que me den un ascenso a Business Class, solo me ha pasado una vez, pero no pierdo la esperanza. Esta vez me alegré de que no hubiese sucedido, qué pesadilla aguantar la indignación de más de nueve horas de vuelo rodeada de la jerarquía roja tomando champaña regodeándose de sus logros revolucionarios. Entrando el Atlántico, el piloto pidió amarrarse los cinturones de seguridad, atravesaríamos una zona de turbulencia. A los pocos segundos el avión comenzó a moverse como una coctelera. En medio del susto no hacía sino pensar en qué pavoso eso de viajar con semejante comité en defensa de la impuesta Constituyente Nacional, dígame si este aparato se cae, y como no habría tantos muertos porque el avión estaba medio vacío, ni niños venían, cuántos no se alegrarían de semejante siniestro y empezarían a hablar de la justicia divina que esos bichos fueron a parar al fondo del mar.
Y yo metida en ese cocktail, que los peces me comieran junto a Tania Díaz, Dario Vivas y el Gordo Escarrá.
La turbulencia pasó rápido. Aterrizando en Caracas protocolo fue presto a recoger en la puerta del avión al doctor Escarrá, no tardaron en recoger al resto de los constituyentistas, mientras los demás pasajeros que regresamos a Caracas de París, tuvimos que detener el paso para entregar esas ridículas planillas que el Ministerio de Salud obliga a llenar preguntando si nos dio fiebre si estornudamos o si  sufrimos de una crisis de diarrea en el viaje, antes de pasar por aduana rezando que las maletas llegaran completas y que ningún despiadado funcionario fuera a decomisar los medicamentos traídos para los amigos enfermos que no consiguen su tratamiento en Venezuela
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miércoles, 18 de abril de 2018

El tío alemán

Jörg es amigo de mis padres desde que tengo como nueve años, aunque no habla español, cuando llegó por primera vez a la casa cargado de regalos para los niños que todavía no hablábamos inglés, se convirtió en uno de nuestros tíos preferidos.
Con el paso de los años no hemos perdido contacto con él, llama por lo menos una vez al mes para saber de la familia. La última vez que vino a Venezuela fue en el año 89 para mi matrimonio, llegó dos días antes del enlace cargado de exquisiteces que nos comimos esa misma noche con pan canilla de la panadería La Selva. Como buen europeo, por mucho jet lag que tuviera no se podía ir a dormir sin un café, a las 10 de la noche mis padres, mi futuro esposo y yo, lo llevamos al Gran Café en Sabana Grande, donde nos quedamos hasta las dos de la madrugada disfrutando bajo las estrellas, café tras café, del incomparable clima de Caracas. 
No ha regresado desde entonces nuestro tío alemán a Venezuela, venir para mi matrimonio fue una concesión por el cariño que nos tiene. Cuentan mis padres que Jörg dice que la única vez que lo estafaron fue en esta tierra de gracia, y aunque no por eso dejó de tener entrañables amigos venezolanos, desde entonces evitó pisar el aeropuerto Internacional Simón Bolívar a pesar de que lo tentamos recordándole el verde del valle de Caracas, nuestras hermosas playas (conoció Morrocoy cuando todavía tenía palafitos), Canaima... pero nada, Jörg, que viaja tanto, a Venezuela no quiso volver. 
Nosotras a Francia tratamos de ir cada vez que podemos, mi madre quiere visitar a las nietas que viven allá mientras el cuerpo aguante y yo la acompaño, ya mi padre no está en condición física de viajar. Jörg, a quien le faltan tres años para llegar a los ochenta, está en excelente forma, no ha dejado de ser un trotamundos, en este último viaje cuando coincidimos en París, estaba por agarrar un vuelo de doce horas a Saigón. 
Como todo aquel que tiene amigos en Venezuela, Jörg está pendiente de las alarmantes noticias que llegan de nuestro país, siempre pregunta sobre los disturbios que ve en las noticias. No me gusta entrar en detalles cuando viajo sobre la situación en Venezuela, detesto sonar patética, venir del país que en los años 70 parecía ser la democracia más afortunada de América y que hoy da tanta lástima. Es complicado explicar nuestra historia contemporánea, han pasado tantos años desde que Venezuela se embarcó en esta aventura revolucionaria que se fue tejiendo de manera fina con Chávez, hasta que con Maduro finalmente derivó en Dictadura. 
Pero esa tarde teníamos como tres botellas de vino encima, por eso cuando el tío Jörg insistió: "Explíquenme cómo es vivir hoy en Venezuela", no pude evitar intensidades y lanzarme el monólogo de la patria triste. 
Arranqué con las manifestaciones del 2017 cuando el Tribunal Supremo de Justicia buscó anular la Asamblea Nacional que por primera vez en mucho tiempo dominaba la oposición. De cómo durante cuatro meses salimos cientos de miles de venezolanos casi a diario a las calles a protestar ante la ruptura del hilo constitucional, antes de que el último día de julio en unas elecciones fantasma, con el respaldo del poder Militar, finalmente se impusiera la Dictadura eligiendo el CNE una Asamblea Constituyente hecha a la medida de Maduro. Cómo casi todos esos días de protesta las fuerzas del orden mataban a un joven, de cómo nos hacían emboscadas donde los soldados golpeaban, robaban y secuestraban a los manifestantes como métodos de intimidación a la sociedad civil. 
Terminé con esta Venezuela preelectoral 2018, unas elecciones con el mismo CNE sujeto a los intereses del poder y que por eso no serán reconocidas por gran parte de la comunidad internacional. Que ya se apuesta que Maduro se impondrá mientras en Venezuela la inflación, la violencia y la escasez han causado estos últimos dos años un éxodo tan grande, que los venezolanos nos convertimos en una crisis humanitaria para el resto del continente americano: hordas de compatriotas llegan diariamente a diversas ciudades de Sur América dispuestos a dormir en terminales de autobuses, en bancos de parques, donde sea al otro lado de la frontera, mientras consiguen un trabajo para sobrevivir. 
Le hablé a Jörg de la falta de efectivo en los bancos por la falta de papel moneda ante la vertiginosa devaluación del bolívar, ya en los cajeros automáticos no dispensan efectivo y los días de suerte tras una larga cola en taquilla, si acaso te dan el equivalente a unos centavos de dólar. Le conté cómo semejante escasez afecta sobre todo a la clase obrera por lo difícil que es pagar los transportes públicos porque en Venezuela solo aceptan efectivo. Le hablé de la escasez de medicamentos inclusive para enfermedades tan delicadas como cáncer, Parkinson, Sida y diabetes; que han regresado enfermedades que se pensaban erradicadas hace más de dos décadas. Le hablé del carnet de la patria como chantaje político, de las largas colas para comprar comida, de los presos políticos, y de cómo mientras Venezuela está en la deriva, una comisión comandada por un tocayo suyo, Jorge Rodríguez, se encontraba de gira por Europa para llevarle a la Comunidad Europea su "verdad", hablar de los logros revolucionarios, y asegurar que eso que en Venezuela se vive una crisis humanitaria es infundio de la Derecha.
También le conté que muchos de los responsables de la represión y la corrupción en Venezuela están siendo sancionados por los Estados Unidos y la Comunidad Europea, que blanquear los enormes capitales que han sacado de este Socialismo del Siglo XXI, o buscar emigrar a una vida más tranquila en un futuro después de ser cómplices de arruinar el país, se les está haciendo cuesta arriba a los principales ejecutores de la tragedia de la Venezuela socialista.
Al contrario de Jorge Rodríguez, a la mayoría de los venezolanos hablar en el exterior sobre la historia reciente de Venezuela, es como reconstruir un trauma, por eso cuando sentí que se me quebraba la voz hablando con Jörg, y lo sorprendí oyéndome con los ojos aguados, cambié de tema no nos fuera a agarrar una pea llorona, no sin que antes el tío alemán me dijera:

"Lo que me cuentas no es ni de cerca lo que sale en los noticieros sobre Venezuela".

 Hoy pienso que me quedé corta. 

viernes, 6 de abril de 2018

Vuelo de ida



De doce libros en enero, a ocho libros en febrero, bajé a cuatro libros leídos en marzo, la razón de esta baja lectora es que pasé tres semanas de viaje acompañando a mi mamá a París donde vive mi hermano con su familia. Para no perder la disciplina comparto los libros leídos en marzo:

Fates and Furies de Lauren Groff (impreso)
Earthly Remains, la 26 entrega del Comisario Brunetti de Donna Leon (Digital).
La imperfección del amor de Milena Argus (Impreso)
Ordesa de Manuel Vilas (digital)

Este mes se van a salvar de que les cuente sobre los libros leídos, mas bien les voy a narrar ciertas intensidades del viaje, aunque me había prometido no hacerlo, pareciera que no hay raya más grande en esta Venezuela en ruinas que viajar, peor aun, más raya que regresar. Es como haber salido de la devastación de una guerra, y volver a ella voluntariamente.

Como si una fuera loca o masoquista.

Qué le voy a hacer si yo vivo en Venezuela, aunque hace tiempo dejé de ser optimista.

Cómo se puede ser optimista si hasta hace poco esos vuelos de Air France llegaban y salían de Venezuela cargados de pasajeros, muchos de ellos chinos, y ya ni los chinos vienen para acá. Por lo menos en los vuelos que me tocó volar, había uno que otro chino en conexión a su tierra natal, pero no familias enteras, como veíamos en los vuelos de Air France hasta hace pocos años, chinos de todas las edades que no sabían ni español ni inglés ni francés, pelando bola para llenar la tarjeta de inmigración, todos con pasaporte venezolano. Las malas lenguas decían que los nacionalizaban y los traían a votar, el voto rojo era parte del pago al llamado Socialismo del Siglo XXI que le hipotecó Venezuela a la República Popular China.

Pero ni los ciudadanos chinos se salvan de la violencia que desangra Venezuela, y después de varios de sus ciudadanos fueran víctimas de extorsiones y atracos, habrán dicho: "La pezuña, seguiremos chupando de esta teta petrolera, pero bien lejos de aquí".

Familiares y amigos que han viajado en distintas aerolíneas a Europa estos últimos meses (muchos para quedarse) coinciden que no solo ya casi no están viniendo ciudadanos chinos/venezolanos, los vuelos de Venezuela hoy despegan con una menor afluencia de pasajeros, y suelen regresar a esta antigua tierra de gracia casi vacíos.

A Venezuela hoy no viene ni el gato, ni siquiera venezolanos de visita a sus familias, quizás por la  actual dificultad de renovar pasaportes venezolanos porque no hay dinero para pagar el material, además de por lo caro que son los pasajes con destino a Venezuela, lo cierto es que muchos venezolanos que viven en el extranjero se ven imposibilitados de venir siquiera de visita. Nuestros viejos comienzan a morir sin que sus hijos puedan venir a enterrarlos.

En un aeropuerto internacional Simón Bolívar vacío de pasajeros y aviones, es difícil no preguntarse si llegará el momento en el que los únicos aviones que despegaran de Venezuela serán los que van y vienen de Cuba.* En Maiquetía hasta hay un terminal especial para los viajeros a Cuba en el que entran pasajeros cargando con bolsas grandes como las que solían montar en las cabinas de Avensa las doñas de regreso de la Margarita de Puerto Libre.

¿Qué llevarán en esas bolsotas las doñas revolucionarias con dirección a La Habana saliendo de un país donde no se consigue ni pasta de diente?

No tuve problemas para que me chequearan en el avión, quizás porque ya no soy una chama, Air France parece haberse acogido a la política de las aerolíneas españolas de no chequear aquellos  jóvenes con pasaporte venezolano que no presenten una reservación de hotel o una carta de invitación de un residente legal del país a donde van, señalando fecha de partida del invitado.

El papá de una muchacha en el mostrador de Air France peleaba porque no querían chequearla en el  vuelo sin esa carta.
"¿Por qué cuando compramos el pasaje no avisaron de dicho requisito? ¡Ustedes si son arrechos! ¡Van avisar ahora en el aeropuerto!".
 De manera fría la mujer en el mostrador le contestó que la aerolínea no estaba en el deber de informales a los pasajeros a la hora de venderles el boleto las políticas de aduana del país al que viajaban, le correspondía al pasajero informarse, acaso no sabían que esa carta de invitación o reservación en un hotel era requisito desde hace tiempo para que los ciudadanos venezolanos pudieran entrar en España.
"¡Si!"- contestaba el hombre enfurecido- "¡Pero mi hija no está volando a España, está volando a  Francia!".
Al final con una llamada al familiar que la alojaría, la muchacha logró la carta de invitación, pero no pudo evitar el mal rato de sentirse como una paria.
Sabrá Dios si será de las que viajó a Europa para quedarse.

El avión a París en la clase premier economy, que es en la que viajo cuando la diferencia de tarifa con turista no es tanta, iba lleno de entusiastas simpatizantes de lo que queda de la revolución bolivariana. De lo más orondos como si fueran parte de la logia de los Búfalos Mojados, portaban en el cuello carnets que los identificaban como Todos somos Venezuela, solidarios internacionales con el gobierno de Nicolás Maduro Moros en rechazo a las  sanciones imperialistas, jornada que se realizó en el Teatro Teresa Carreño entre el 5 y el 7 de marzo, con invitados de más de 60 países, siendo sus anfitriones Jorge Arreza, Delcy Rodríguez y Adán Chávez.

 La jornada solidaria con la dictadura venezolana fue inaugurada por el Sistema de Orquestas juveniles de Venezuela, días antes de que el maestro José Antonio Abreu expirara, y que la omnipresente Delcy Rodríguez y el delfín Nicolasito, fueran nombrados parte de la directiva del Sistema.
Mi vecino de asiento en el avión parecía un príncipe africano, un hombre de mediana edad de sonrisa cálida, vestido con blazer como viajaban los caballeros de antes. Cada vez que pasaba un correligionario revolucionario, pasaba por encima mío para estrecharle la mano. Ser una apóstata de la revolución se me nota desde lejos, pero el señor no parecía andarse con prejuicios políticos, me dio la mano cordialmente cuando vio que sería su compañera de vuelo.
Qué flojera pensar que tendría de vecino de asiento a un conversador, peor aún, a un conversador en inglés apologista de la Dictadura de Maduro, pero al rato me dejé conquistar por la simpatía de quien se identificó como africano de Guinea Occidental, y mientras el avión se alistaba para despegar, conversamos un rato sin entrar abiertamente en política. Le pregunté cómo lo había tratado Venezuela, me contestó que muy bien, estaba alojado en el Meliá, excelente hotel me dijo, le contesté que sí, lástima que desde hace ya casi veinte años no se han vuelto a hacer en Venezuela proyectos similares. Le pedí que me hablara de su país: me contó que Guinea Occidental era muy bella, muy rica, lo triste era que tanta riqueza mineral estuviera concentrada en una minoría mientras el resto del país estaba pasando hambre y trabajo.
"We can relate to that in Venezuela", le dije, el señor sonrió no dando por aludida a la causa revolucionaria por la cual viajaba, antes de desconectarse para ver La Torre Oscura con Idris Elba, yo me puse a ver Asesinato en el Oriente Express de Keneth Branagh. Nueve horas y dos películas después, entrando en París, nos despedimos tan cordialmente como nos presentamos, con la certeza que más nunca nos volveríamos a ver.
Hoy mi amigo africano estará contando las maravillas de ese país sudamericano que lo invitó a pasar tres días de ensueño revolucionario. Dudo que se haya molestado en indagar un poco más tras los oropeles de la propaganda revolucionaria que lo invitó, averiguar, por ejemplo, sobre la crisis de salud en este hermoso país de enormes riquezas minerales, donde desde hace más de un año los transplantes renales están paralizados, y los afortunados que ya fueron transplantados, hoy corren peligro de muerte porque tienen varios meses esperando los inmunosupresores contra el rechazo.

*Horas después de escribir esta intensidad, el presidente Nicolás Maduro suspendió las relaciones comerciales con Panamá durante 90 días, medida que afecta a Copa Airlines, de las pocas líneas aéreas con la que todavía contábamos los venezolanos para hacer conexiones, después que tantas líneas aéreas nos han ido abandonando. Semejante sanción es represalia ante las medidas tomadas por el gobierno panameño contra 55 funcionarios venezolanos, entre ellos, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, por "blanqueo de capitales".  




viernes, 2 de marzo de 2018

De Gente Adinerada a Tan Poca Vida



Bajé de doce libros leídos en enero a ocho en febrero, sigue siendo un excelente promedio, se atravesó un carnaval donde no hubo mucho que hacer más que leer. 

Estos fueron los libros de febrero:

Expensive People- Joyce Carol Oates (Digital)
A Manual for Cleaning Women- Lucía Berlin. (Impreso).
Quicksand: What it means to be a human being- Henning Mankell (Digital)
Love & War: Twenty years, three presidents, two daughters and one Louisiana Home- James Carville y Mary Matalin.  (Digital)
This is how it always is- Laurie Frankel (Digital)
Beltenebros- Antonio Muñoz Molina (Digital)
Shop Talk: a writter and his colleagues and their work- Philip Roth (Digital)
A Little Life- Hanya Yanagihara. (Digital).

Con la excepción de la novela de Muñoz Molina y las memorias póstumas de Mankell, tuve un febrero bastante pitiyanqui en cuanto a lectura se trata, el mejor libro leído este mes, y que desde ya coroné como uno de mis libros de cuentos favoritos fue Manual de Mujeres de Limpieza de Lucia Berlin. También fue el único libro impreso leído en febrero. 
Lucia Berlin, hija de un Ingeniero de Minas, supuesto agente del CIA, nació en Alaska en 1936 y murió en Marina del Rey, California, en 2004 a los 68 años tras batallar cáncer de pulmón. Fue una escritora tardía y poco conocida en vida, aunque sus cuentos eran lectura obligada en cursos de escritura creativa en diversas universidades norteamericanas. Once años después de su muerte, en 1915, la editorial Farrar Straus and Giroux publicó una antología de sus mejores cuentos con el título A Manual for Cleaning Women, que dio a conocer póstumamente a la hermosa Lucia como una de las mejores cuentistas del siglo XX.  
 Los relatos de Berlin son difíciles de encasillar solo como cuentos, son casi crónicas, relatos autobiográficos sin disimulo, la propia princesa devaluada que se inicia con una vida de lujos como parte de la comunidad norteamericana en Chile, donde vivió su niñez y adolescencia, hasta el final de su vida: años de alcoholismo y coadicción, madre tres veces divorciada de cuatro hijos varones que se vio obligada a ejercer variados oficios entre los que no faltó limpiar casas ajenas, antes de lograr establecerse como profesora de Literatura creativa en Boulder, Colorado. Desprovista de sentimentalismos pero a la vez intensa, al leer a Berlin comprendo porqué siendo una autora bajo perfil era tan incluida en las clases de escritura creativa. Una lección de estilo leerla. La comparan con Hemingway y Carver, me acordó mas bien los cuentos de Clarice Lispector. 

El primer libro digital leído en febrero fue Expensive People, la tercera novela de Joyce Carol Oates (1938) publicada en el año 1968 cuando la escritora nativa del estado de Nueva York tenía apenas treinta años. Parte del cuarteto Wonderland -no he leído las otras tres novelas-  en el caso de Gente Adinerada es interesante el estilo Patricia Highsmith narrada desde el punto de vista de un psicópata: un chico antisocial cuenta con frialdad cómo en un mundo privilegiado se comete un crimen sin mayores consecuencias para el asesino. Si bien se lee fácil, esta Gente Adinerada para los seguidores de Oates, es apenas un abreboca de una eterna favorita a llevarse  el Nobel de Literatura por la calidad narrativa de su extensa obra. 

Arena movediza: lo que significa ser humano, es el último libro de otro de mis escritores favoritos, Henning Mankell (1948-2015), quien no acude al inspector Wallander para resolver el misterio más grande de todos, el misterio de la vida. Una mañana de enero de 2014 Mankell decide ir al médico para que le alivie una tortícolis, el escritor sueco que pensaba que de inyectarse voltaren no pasaría, sale de consulta ese mismo día con uno de los peores diagnósticos posibles: cáncer en el pulmón con metástasis. En lugar de preguntarse porqué a él, hace lo que un buen escritor haría: sentarse a escribir mientras pueda para narrar la experiencia de la batalla contra la enfermedad. Mankell compara tan delicado momento existencial con aquellas películas que veía en su niñez donde el héroe queda atrapado en arena movediza, aprovecha para reflexionar sobre su vida, sobre cómo enfrentar la enfermedad sin perder la esperanza, y siendo ateo coincide con la Biblia que inevitablemente hasta el recuerdo del más grande de los hombres, las grandes obras de los seres humanos, eventualmente la humanidad misma, del polvo vienen y polvo serán. 

Una lectura más light fue Love & War: twenty years, three presidents, two daughters and one Louisiana home; el recuento de los politólogos James Carville y Mary Matalin de cómo han hecho para que su matrimonio sobreviva más de veinte años siendo él Demócrata, asesor de los Clinton, y ella Republicana, asesora de los Bush. Entre tantas diferencias además de las políticas, Mary es nocturna, James es diurno, Mary es gran amante de los animales, y James apena los tolera, viéndose obligado a compartir el amor de su esposa y hasta su cama con cualquier número de "bestias", como él llama a los perros y gatos que ella adopta.  Las respuestas del éxito de tan dispar matrimonio son las típicas de cualquier libro de autoayuda: evitar en lo posible enojarse por política, concentrarse en su vida doméstica, y por supuesto, nunca ir bravos a la cama. Imagino la versión venezolana.

This is how it always is de Laurie Frankel es el equivalente a una película de Lifetime Channel, la premisa es interesante: Rosie siempre soñó con ser madre de una niña, su sueño se cumple cuando después de tener cinco hijos varones, el menor decide que no quiere ser más Claude, sino Poppy, y usar vestidos en lugar de pantalones. La familia entera es tan comprensiva con los deseos de la pequeña Poppy como el padre de Call me by your name; pero ¿basta el apoyo familiar para afrontar los enormes obstáculos que debe enfrentar una pequeña de cinco años que asume haber nacido en el cuerpo errado? La autora se inspira en su propia niña trans para crear la historia pero dice que no por eso es autobiográfica porque más que sobre la experiencia de tener un niño trans es sobre una amorosa familia donde como cualquier otra amorosa familia, las mejores intenciones no bastan para hacer felices a nuestros hijos.  

Beltenebros fue la única novela en español leída este mes, publicada en 1989, es de las primeras novelas de Antonio Muñoz Molina, un juego de espejos, de culpas del pasado que no claudican, un justiciero republicano sale de su retiro en Inglaterra, donde tiene una librería, para acabar con la vida de un supuesto traidor de la causa. Novela negra de lectura rápida que casualmente coincidió con la enorme gentileza de Muñoz Molina de presentar el libro Siete Sellos: Crónicas de la Venezuela Revolucionaria de la Editorial Kalathos, compilación de Gisela Kozak, donde 24 cronistas venezolanos fuimos convocados para relatar las siete maldiciones que  han caído en Venezuela con el chavismo, en especial, los últimos dos años que han sido una pesadilla: crimen, autoritarismo, hambre, diáspora, martirio, enfermedad y perversidad. 
Además de presentar el libro en la Casa de las Américas con las palabras más conmovedoras que he oído de un intelectual extranjero sobre las calamidades que hoy vivimos en Venezuela, Muñoz Molina dedicó a Siete Sellos una hermosa crónica en El País: Voces de Venezuela.

Gracias de corazón, don Antonio, por su solidaridad con nuestra sufrida tierra. 

Shop talk, las conversaciones de Philip Roth con diversos escritores parecieran originarse en su interés sobre el ejercicio del escritor en tiempos de represión, en especial la Checoslovaquia Comunista donde a Roth le llegaron a prohibir la entrada por plantear preguntas como la que le hace al escritor checo Ivan Klima: "¿Es posible seguir siendo un buen escritor y aceptar las reglas oficialistas, o se debilita la obra automáticamente al comprometerse en aceptarlas?"
O como la respuesta que le da Kundera desde el exilio en Francia: "El totalitarismo le quita a la gente la memoria convirtiéndolos en una nación de niños. Todos los totalitarismos lo hacen". 
Dedica Roth buena parte del libro a escritores judíos como Saul Bellow, Isaac Bashevis Singer, Aharon Appelfeld, Primo Levi y Bernard Malamud. Ademas de dos escritoras: Mary Mc Carthy y Edna O'Brien, que más allá del ejercicio la escritura, poco tienen que ver con el resto de los autores de estas conversaciones de trastienda.


El último libro en leer en febrero fue la mayor inversión en tiempo, 736 páginas, y la mayor decepción: A Little Life (Tan poca vida) de Hanya Yanagihara. Nominada a varios premios literarios en el año 2015 (creo que no ganó ninguno) quizás por su densidad se le promocionó como "la gran novela gay americana" aunque las diversas sexualidades de los personajes son incidentales, dista de ser el tema de esta historia de cuatro décadas en la amistad de cuatro talentosos hombres radicados en Nueva York, desde los últimos años de la adolescencia comenzando la universidad hasta verlos convertidos en exitosos profesionales: un artista plástico, un abogado, un actor y un arquitecto. Empieza bien con capítulos intercalados de la vida de tres de los amigos mientras que el cuarto pana, Jude, parece ser el centro del grupo, pero en esa primera parte no es foco narrativo. Se tuerce en la segunda parte la novela cuando la mirada narrativa se enfoca casi exclusivamente en cuán atormentado y sufrido es Jude  debido a un misterioso pasado del que se niega a hablar, que estaría bien si la novela no pasara de 350 páginas, pero con 736 páginas llega un momento en que si no fuera porque lo leí en kindle, lo habría echado por la ventana para abajo de tanto regodeo en el sufrimiento que termina aburriendo porque ni Yanagihara es Dickens ni el huérfano Jude St. Francis es Pip. 



miércoles, 28 de febrero de 2018

Si la vida te da limones, cuidado con los Gin Tonics


Quedarnos encerrados en nuestros hogares se ha vuelto una neurosis para los caraqueños, no sé si neurosis o paranoia pero si quieres reunirte con amigos muchos te dirán que solo de día ya que por miedo a la delincuencia de noche no salen ni a cobrar una herencia. 
Yo por lo menos cada vez salgo menos, pensé que ya estaba al borde de la agorafobia, por eso el pasado domingo al mediodía decidí salir de mi autoimpuesto encierro y como tenía una botella de ginebra y los tíos vendrían a almorzar, salí a comprar limones y aguakina para hacer unos gin tonics para bajar el nivel de estrés. 
Como la aguakina  en el mercado de mi vecindario hace tiempo está desaparecida, decidí ir al automercado Los Campitos de Mata de Coco en parte porque no cobran estacionamiento, hoy en Venezuela  nadie tiene efectivo para pagar. Conseguí limones pero no conseguí aguakina. El mercado desabastecido ya nos parece normal en la era de Maduro.
Llevé mi bolsa de reciclaje para que no me cobraran los tres mil bolívares por bolsita, compré Cheese Triz, en fin, no pasé ni diez minutos en Los Campitos. Cuando salí con mi bolsa de reciclaje cargada de limones y Cheese Triz, y aunque en el estacionamiento solo había tres carros, tardé en encontrar el mío. Por un momento pensé que me lo habían robado, pero ahí estaba donde lo dejé estacionado, el problema fue que me costó reconocerlo, tuve que activar el control de la alarma para cerciorarme que la minivan Mitsubishi chocada y rayada era la misma que recién hace unas semanas había salido del taller de latonería precisamente para quitarle los choquecitos y rayones acumulados a lo largo de los años.
"Si el país está en la ruina, por lo menos en esta familia trataremos de conservar los carros en buen estado", es la filosofía de mi marido, por eso cuando me encontré con el carro desbaratado, no pensé pobrecita yo que me descoñetaron el carro, sino pobrecito mi gordo, tan optimista él que no se termina de dar cuenta que para quienes seguimos aquí, no hay forma de no ser parte de la ruina del país. 
 Alguien tenía que responder por el carro chocado, entré en el mercado a buscar a la gerente de turno quien a su vez buscó al parquero que parecía escondido para no tener que responder por el siniestro. Lo buscaron hasta que lo encontraron, no es uno de esos parqueros a quienes uno les da la llave del carro para que te lo estacione, es del tipo vigilante que está ahí para asegurarse que quienes dejen el carro en el mínimo estacionamiento del local sean clientes del supermercado (el estacionamiento del edificio Mata de Coco se lo agarró el Seniat) y que eventos como que te choquen el carro y se den a la fuga no pasen. 
El parquero era un muchachito no mucho mayor que mi hijo de dieciocho años, casi llorando explicó su versión de los hechos: "Perdona Madre, el tipo venía mandado, tenía una camionetota, no calculó y se llevó tu carro de lado, no lo pude parar, se fue volando, ¿Qué podía hacer yo? Lo que puedo hacer por ti es que si el tipo regresa le tomo una foto a las placas del carro y te la mando para que le reclames". 
Por lo menos me llamó "Madre" y me tuteó, prefiero madre que me llamen doña. Pero si de algo estaba segura es que no estaba contando el cuento como es: imposible que la camionetota viniera mandada, el espacio no da al ser la entrada en curva de un estacionamiento bastante angosto. Lo que si era seguro es que de que no supo calcular no supo calcular. Mi teoría es que la camioneta estaba estacionada detrás de mi carro, el chofer no calculó bien el espacio a la hora de salir y se enganchó con mi vieja minivan Mitsubishi dejando un abollado tatuaje negro a lo largo de la carrocería del lado derecho.  
Tomé una foto del carro magullado con el celular para constatar que yo si lo había dejado bien estacionado, aunque tomar la foto solo me serviría para evitar conflictos domésticos, para que en la casa el marido no me reclamara: "¡Seguro dejaste mal estacionado el carro!", como efectivamente hizo hasta que le mostré la evidencia. Entonces quería matar al parquero, y al portugués dueño del mercado aunque no estaba, y a Maduro, y a los militares y hasta a Zapatero por cómplice del desastre que estamos viviendo los venezolanos. 
Tampoco culpo al parquero, qué le va estar reclamando a un cretino para que responda por un choque, en Venezuela cualquier  pendejo anda armado y por menos te sacan un revólver y te pegan tres tiros. 
Eso que dicen que si la vida te da limones haz una limonada, pues yo por buscar limones lo que conseguí fue que me chocaran el carro estacionado, que el desgraciado se diera a la fuga, y que al no conseguir aguakina, ni siquiera un Gin Tonic me pudiera tomar para pasar la rabia.