miércoles, 28 de septiembre de 2016

A la vera de Union Square

                                        I

Para quienes los escritores son nuestros Rock Stars, Nueva York es una ciudad donde es posible divertirse barato, por eso cada vez que tengo la oportunidad de visitarla busco con qué escritores coincidiré presentando libros, así he tenido la oportunidad de ver a Martin Amis, Kazuo Ishiguro, Paul Auster, Javier Cercas, E.L. Dowtorrow hablando de su narrativa; con menos público que cualquier velada literaria en Kalathos o en El Buscón.
Sin embargo al primer evento literario al que fui este verano 2016 no fui por amor a la Literatura sino por farandulera: el guapérrimo Anderson Cooper presentaría "American Heist: The Wild Saga of the Kidnapping, Crimes and Trial of Patty Hearst" de Jeffrey Toobin. 
Para ser sincera la historia de la heredera que se volvió revolucionaria la daba por conocida porque el secuestro de Patty Hearst fue uno de los escándalos mediáticos más trillados en mi preadolescencia. Las niñas en los años 70 no crecimos con un bombardeo de selfies a lo Kardashians, sino con dos imágenes antagónicas: la de una  rubia sexy de traje baño rojo que adornaba los cuartos de nuestros hermanos mayores, y la foto borrosa de una hermosa muchacha de 22 años, que tras meses secuestrada, sorpresivamente reapareció empuñando un fusil en las cámaras de seguridad de un banco.  
Patty Hearst sería la pin up girl de futuros revolucionarios. 
Farrah Fawcett murió sin superar el éxito de sus años como la más sexy de los Angeles de Charlie. Patty Hearst, hoy de 63 años, tras ser absuelta por la justicia por su participación en diversos crímenes de la banda que la secuestró: El Ejército de Liberación Simbionista; se casó con uno de sus guardaespaldas, tuvo dos hijos, escribió sus memorias, cría perros, participa en obras benéficas... la perfecta vida burguesa. 
Oyendo a Jeffrey Toobin y a Anderson Cooper conversar sobre el tema me viene a la memoria el escándalo de la niña consentida, hija del heredero de un imperio de prensa, aplicada estudiante de una buena universidad que se pasa al bando de quienes aspiran dinamitar el sistema.
"Síndrome de Estocolmo" fue la defensa entonces, cuando el rehén termina simpatizando con su captor.
Pero Toobin, quien publicó un libro sobre el caso de O.J Simpson y es colaborador en la revista The New Yorker, el caso de Patty Hearst no lo abarca con la simpatía de "pobre niña rica", sino como otro caso más donde los privilegios de las grandes fortunas logran pasar por encima de la justicia: comprobado que Patty Hearst participó activamente en asaltos armados, en uno de ellos hubo víctimas fatales, a diferencia del resto de sus camaradas del SLA - según Toobin de las bandas terroristas más incompetentes de la historia- la heredera de la prensa salió absuelta. 
Anderson Cooper fue el anzuelo para atrapar faranduleras como yo, pero Toobin brilla con luz propia, y cuando Cooper tuvo que marcharse porque tenía pendiente su programa de entrevistas en CNN, la conversa entre el periodista y quienes fuimos a oírlo hablar sobre el caso de Patty Hearst en el Barnes & Noble de Union Square, no bajó el interés porque Toobin es un tipo simpático, de chispa rápida, y apasionado con el tema de su investigación. 
Sin embargo no logré desprenderme del bagaje de país y sentí cierta frivolización sobre el tema de los secuestros entre el público intelectualoide neoyorkino, quienes llegaron a manifestar más de una vez esa noche que había algo de justicia social en que una rica heredera fuera secuestrada.  
Lástima que después saliera libre tras haberse unido al bando de sus captores. 
¿Acaso es difícil ver la contradicción? 

                                                                                II

A un segundo evento digamos que literario en Barnes & Noble de Union Square no fui yo pero fue mi hija Isabel: la presentación de "The girl with the lower back tatoo" de la comediante Amy Schumer. 
Si bien la mayoría de los eventos literarios en Nueva York, por más prestigioso que sea el escritor, no suelen tener un público masivo, basta con que se presente una celebridad para que la librería parezca un Luvebras un sábado cualquiera en el que apareció Harina Pan. 
Aunque para mí una celebridad es Anderson Cooper y la noche de la presentación del libro de Toobin no habría más de cincuenta personas en el público, en cambio a Amy Schumer si acaso la conocía de referencia, una comediante treintañera ganadora de un premio Emmy que se inició en el stand-up. Tras haber visto la semana pasada su primera película: "TrainWreck" de Judd Apatow, escrito por la misma Schumer, descubro un humor ácido, algo vulgar, de mujer moderna negada a encajonarse en el estereotipo de la eterna búsqueda del amor romántico. 
¿La habría ido a ver de haber visto "TrainWreck" antes? No creo, para tumultos los que nos tenemos que calar a diario en Venezuela. Isabel me cuenta que había tanta gente en la librería aspirando ver de cerca a la rubia comediante, que el piso donde se presentaba fue acordonado. Solo quienes compraran esa tarde el libro de la chica con el tatú en la espalda, y no precisamente el de Larsson, con enseñar el libro podrían entrar. Quien quisiera otro libro de ese piso, tenía que pedirlo, y un empleado de la librería se lo conseguía.
Isabel compró el libro santo y seña y si bien pudo entrar, había tanta gente ansiosa de ver a la comediante que ni soñar sentarse porque ya todas las sillas estaban ocupadas. No me contó mucho de la presentación, después de todo era una celebridad sobre la que su madre no maneja tanta  información como del secuestro de Patricia Hearst. Lo que sí me contó es que el único momento memorable de la velada fue cuando un grupo de activistas de los derechos de animales se levantó súbitamente entre las primeras filas exhibiendo carteles como protesta porque la comediante en una oportunidad lució un abrigo que le regaló una compañía canadiense, conocida por los activistas del PETA por su crueldad con los animales. 
El boicot duró unos desagradables minutos. Cuenta Isabel que Schumer, con simpatía y humildad supo salir del mal rato, antes de disponerse a firmarle las copias a decenas de mujeres modernas que no creen que la esencia del éxito se encasille en la búsqueda del amor romántico. 

                                                                       III

 Días antes de regresar a Caracas se presento en Barnes & Noble de Union Square uno de mis escritores norteamericanos favoritos: Carl Hiaasen.
Nativo del estado Florida, Hiaasen (1953) comenzó su carrera como periodista del Miami Herald. Esa noche contó al público que eran tan locas e increíbles las noticias con las que se topaba a diario en su estado natal, que comenzó a narrarlas en forma de ficción. Hoy es uno de los autores más leídos en los Estados Unidos, aplaudido por el público y la crítica por igual por sus hilarantes novelas policiales de florido lenguaje, en las que aparecen excéntricos personajes recurrentes, y más de un cocodrilo en el pantano.
El público que fue a escuchar a Hiaasen fue similar en número a quienes acudieron a la cita de Toobin, pero a diferencia de la historia de Patty Hearst, casi todos, incluyéndome, teníamos nuestra copia del libro a presentar para que nos la dedicara el autor.
 Hiaasen no quiso leer un extracto de su más reciente novela como hacen buena parte de los escritores  en promoción,  prefirió conversar un poco sobre sobre sus métodos: "Si me estoy divirtiendo escribiendo una parte de una novela, sé que el lector lo hará también, y cuando comienzo a aburrirme, inevitablemente el lector también lo hará. Por eso si un personaje me comienza a aburrir, al igual que lo hacía mi maestro James Elroy, lo mató y se acabó el problema".
No podía faltar una alusión al momento político que se está viviendo en los Estados Unidos con un candidato como Donald Trump en la lucha por la presidencia: "Como ciudadano de este país detestaría que los Estados Unidos tuviera un presidente como Trump, pero como escritor me seduce la idea por la cantidad de material que semejante personaje sería capaz de dar".
La participación del público también estuvo interesante, fieles seguidores de la obra de Hiassen, le dieron la oportunidad no solo de regresar a muchas de sus novelas, también de reiterar su odio activo por el emporio Disney: "Recientemente un niño fue devorado por un cocodrilo en uno de sus resorts. Ellos sabían que es imposible sacar a los cocodrilos de los pantanos, te los puedes llevar a miles de kilómetros de distancia que los animales siempre encontrarán la forma de regresar. ¿Y qué precauciones tomaron para evitar un accidente? Carteles pequeñitos que apenas se veían: 'Cuidado con los cocodrilos'.  Tuvo un niño que morir para que hoy los resorts se dignen a poner grandes carteles advirtiendo el peligro del que siempre estuvieron conscientes".
De la ronda de preguntas pasaron a la firma de libros que fue un poco más larga que lo usual porque había quienes llevaba varias novelas de Hiaasen para que se las firmara. El escritor conversaba amable y se tomaba fotos con quien se lo pidiera. Recordé cuando hace años tuve la oportunidad de acercarme a Paul Auster en una presentación similar, uno de mis grandes ídolos, y la única frase que se me ocurrió decirle fue "I'm from Venezuela".
 Esta vez elegiría bien mis palabras, con tal de que no se me enredara la lengua en inglés.
Hasta que me vi frente al sonriente escritor... y lo volví a hacer: "I'm from Venezuela", pero esta vez no se quedó así, continúe en mi mal inglés: " y créame que no quiere un personaje como Trump como presidente, porque por más buen escritor que usted sea, un personaje como Trump, o como lo fue Chávez en el poder, termina siendo la ruina de la imaginación de cualquiera ya que es imposible superarlo en sus locuras".
Firmó mi copia del libro, nos tomamos la foto de rigor, y hoy solo deseo para Hiaasen y para los Estados Unidos, que tengan la sabiduría de no escoger a un excéntrico personaje como presidente.


martes, 30 de agosto de 2016

Si un país te hace llorar


No iré a la Toma de Caracas por la sencilla razón de que no estoy en Caracas, no porque me fui demasiado sino porque me fui demasiado de vacaciones de país. La invitación de la Mesa de la Unidad a tomar Caracas el primero de septiembre en protesta, entre tantas cosas, a la lentitud del CNE de activar el referendo para revocar al nefasto presidente Nicolás Maduro, se hizo cuando ya tenía un viaje planificado, viaje que inventé con mi familia tras las pálidas sufridas en junio luego de lidiar dos secuestros en menos de tres días, a lo que se unió la pesadilla que tantas familias venezolanas están padeciendo desde hace más de un año de zanquear farmacias en busca de un medicamento desaparecido, en este caso, la medicina de la tensión de mi mamá. En menos de una semana temí por la vida de varios seres queridos por vivir en una Venezuela miserable. 
Este viaje no es cualquier vacación, es el primer viaje que hago con la mirada alerta y la conciencia de si nuestra familia, que éramos hasta hace un par de meses de quienes repetíamos el lugar común de que el único plan B posible era echarle bola al plan A, debería comenzar a plantearse seriamente si en manos de Maduro y su pandilla, Venezuela acaso no es un país desahuciado, sin futuro para nuestros hijos, de presente más que inseguro para los enfermos y los ancianos. 
Si no viene siendo hora de asumir lo que tanto le costó asumir al escritor húngaro Sándor Marai, quien narraba en sus memorias "¡Tierra, Tierra!" que seguir viviendo en la Hungría comunista en medio de las amargas restricciones de un gobierno totalitario era una forma de aprobarlo, de decir, estamos mal, pero no tanto, todavía se puede vivir aquí. En la Venezuela de Maduro llegamos al punto de quiebre, no solo por la inseguridad, la escasez de alimentos y medicinas, sino también por la actual represión, la dificultad de producir, a lo que se suma el desparpajo que altos militares sindicados internacionalmente por delitos como narcotráfico, en Venezuela son recibidos como héroes nacionales y se les asigna altas posiciones de poder. 
Este viaje es un respiro, no me voy todavía, ni tengo un plan cocinando, pero ya el plan B comienza a ser una luz en el horizonte que llama cada vez más. Por primera vez salgo de mi país sin ganas de volver, quizás efecto normal después de pasar por la experiencia de que unos malandros amenazaran la vida de mi muchachita.

                                                                          II
Un descubrimiento en estas vacaciones son los Thrifts Shops, o ventas de objetos usados, en Nueva York los espacios suelen ser muy reducidos, a menos que se sea horder (acumulador) la gente aprende a desprenderse fácilmente de sus pertenencias, nada de conservar el juego de té de la abuelita. Pero yo lo que voy es a comprar libros, casi nadie guarda libros aquí, cuando los leen, los venden o los donan, así este verano me he ido haciendo de una buena colección por lo que antes gastaba en una visita a Barnes & Noble. La mayoría de los libros que he comprado son de autores que conozco, no hay que ponerse a inventar, pero curucuteando encontré un libro cuyo título describe exactamente lo que siento por la Venezuela actual: "If a place can make you cry" (Si un lugar puede hacerte llorar).
El libro escrito por un tal Daniel Gordis, trata de una familia californiana que se toma un año sabático para vivir en Israel, era el año 1998, entonces se asomaba una esperanza de paz en los conflictos del Medio Oriente. Cuando esa ilusión gradualmente se fue disolviendo, ya era tarde, la familia Gordis se había arraigado tanto en Israel que el año sabático se había convertido en una mudanza definitiva. No es una novela ni son unas memorias, es una colección de emails que Gordis compartió con familiares y amigos para narrar el desarrollo de su vida en un país en pie de guerra. Eran tan interesantes los correos masivos de Gordis que se hicieron virales porque describían la cotidianidad de una familia en medio de semejante conflicto, que a quienes están lejos llevando una vida medianamente normal sin tantos sobresaltos, les cuesta entender cómo se puede vivir así bajo constante amenaza. 
Para ser sincera si no fuera por el título ni lo hubiera notado, no soy versada en los problemas del Medio Oriente y tampoco me entusiasma la idea de libros basados en emails. Fue la contraportada lo que me hizo llevármelo junto con una colección de cuentos de Alice Munro. 
Si bien no hay que ser internacionalista para saber que lo que hoy se vive en Venezuela y lo vivido en Israel no tienen punto de comparación, a las palabras de la contraportada del libro de Gordis le cambias Jerusalem por Caracas, Israel por Venezuela, y lo que describe como padre es muy parecido a lo que sentimos quienes seguimos arraigados en Venezuela, ese vivir conscientes de que podemos morir, o ver a morir a un ser querido, si bien en el caso nuestro no por una inesperada explosión en un sitio público, sino por falta de medicamentos, o víctima de la violencia ciudadana que en la Venezuela revolucionaria se convirtió en nuestra marca de país. 
El texto de la contraportada comienza con una conversación entre Gordis y su hijo Avi, ¿por qué su mamá no lo deja agarrar el autobús? 
El problema en Israel no es que vayan a entrar en el autobús unos malandros gatillo alegre a pedir que "colaboren", es otro tipo de miedo. Pero es el mismo miedo a la peor muerte: la muerte de quienes más queremos por insistir en vivir en una tierra hostil:
"¿Sabes lo que pienso? Que cuando los adultos realmente aman a Israel, están hasta dispuestos que sus hijos mueran por ello" le dice el niño.
Continua Gordis: 
"Entonces lo supe. Que esto tenía que terminar. ¿Militarmente? ¿Diplomáticamente? No sé. Pero esta locura no podía seguir. Porque francamente, no estoy preparado a que mi muchacho piense eso. Llegamos a este país en un momento en que la paz parecía estar a la vuelta de la esquina, cuando la pregunta no era "Si" sino "Cuando". Ya la gente no le queda ni la energía de soñar con la paz. Estamos agotados. Exhaustos de día tras día de noticias devastadoras, hasta nuestros hijos creen que el estar aquí es una manera de sacrificarlos. 
¿Cuánto tiempo más puede vivir uno así? No tengo idea. Pero sé que tenemos que hacer algo. No puedo tolerar que mi hijo piense que amo más a una tierra de lo que lo amo a él.
Basta ya". 
El caso de Israel es un conflicto entre dos pueblos en el que no me atrevo a opinar sin temor a meter la pata. El caso de la Venezuela revolucionaria lo vivo y lo sufro desde hace 18 años, pero hoy se podría simplificar en que una banda de malandros bajo la falsa promesa de un sueño revolucionario, convirtieron al que fuera durante tantas décadas el país más envidiable de Suramérica, en una de las naciones más miserables del mundo. Pero mientras sigan haciendo fortunas sin control, sabiendo que tendrían judicialmente tanto por lo que responder, prefieren que el pueblo venezolano se mantenga en la peor de las miserias, antes de claudicar al poder.

                                                                          III

El jueves primero de septiembre es la toma civil de Caracas, tampoco todos podemos rendirnos y dejar a Venezuela a la deriva. La lucha y la voluntad de cambio tienen que seguir. Yo no estaré en esta ocasión, por unos días no me tocó estar, si estuviera en Caracas sin duda estaría ahí. No quiero vivir fuera de Venezuela, no está entre mis planes en un futuro cercano, sería una medida extrema que representaría demasiados cambios y sacrificios, pero también hay que tomar conciencia de que si un país te hace llorar... una y otra y otra vez... es  humano planteárselo, por lo menos mientras continue la Dictadura en la que vivimos. 

miércoles, 6 de julio de 2016

73 horas después de "La Pálida"



73 horas después de "La Pálida" vivida, pensando que ya nos había tocado la cuota de secuestros express y solo quedaba pasar el susto, sonó el teléfono a las 10.38 de la noche, era nuestra amiga/vecina, la misma a quien hice una de las primeras llamadas de SOS tras el secuestro express de mi hija.
Llamaba desesperada para avisar que se habían llevado a su niño con su papá y su familia. 
Vuelvo ahorrarles los detalles morbo de uno más de los tantos secuestros express que suceden a diario en esta anárquica Venezuela, más allá de que ambos secuestros comenzaron a las nueve de la noche, y ambos tuvieron finales felices (si finales felices pueden llamarse que las víctimas de los secuestros regresan ilesas a casa). Pero fueron experiencias distintas: mientras el secuestro de nuestras muchachas fue rápido y poco intimidante, como si de una engorrosa transacción comercial se tratara, el secuestro de mis amigos desde la primera llamada fue agresivo sin bajar el tono a lo largo de las negociaciones que se extendieron hasta la madrugada.  
Vivir una tras otra las negociaciones de dos secuestros tan distintos no me hacen una experta. No sería capaz de hacer recomendaciones ni de cómo evitarlos, ni de qué hacer si acaso llegamos a ser víctimas de esta rifa siniestra, ni de cómo negociarlos ni de cómo superar "la pálida"; para eso están los profesionales a quienes les ha tocado lidiar con cientos de casos con diferentes niveles de complicación, pero si me dio cierto insight para compartir entre quienes por más que evitan intensidades, puede que se las encuentren: 

1)- LAS REDES SOCIALES

Hemos sido advertidos mil y una veces que viviendo en esta Venezuela donde el secuestro express es uno de los negocios más lucrativos en tiempos revolucionarios, seamos discretos con la información que compartimos en Facebook e Instagram, sobre todo los adultos más dados a compartir viajes y festines que los chamos que han migrado a Snapchat, red efímera por naturaleza. 
Confieso ser de las que sobrecomparto, no le paraba mucho a la advertencia de FB como caldo de secuestros porque pensaba que te escogieran como víctima de un secuestro express espiando tu perfil en una red con millones de usuarios, era pecar de paranoia. 
El problema no es tanto el espionaje virtual buscando un objetivo jugoso, el problema es que lo primero que te piden los captores cuando estás en su poder, es el celular, que puede ser una prueba más certera de quién es la presa en sus manos que si le hicieran una prueba de ADN. Cuando te arrebatan los celulares muchos captores revisan las redes sociales antes de llamar a los familiares, y si en tu Instagram o FB sales sonriente en uno o más viajes, o jactándote de cualquier lujo por más nimio que sea, el valor en las negociaciones subirá porque de qué vale regatear con que en esta familia somos unos limpios, cuando en tu teléfono tienen la prueba que en Semana Santa estabas esquiando en Vail.

2) LOS CHATS O EL EFECTO "¡NIÑITAS GANAMOS!" 

Mi esposo manejó el "asunto país" como preferían llamarlo los captores, de manera impecable,  apenas un error cometió esa noche: compartir la angustia del secuestro en el chat de la familia. 
"Solo para que sepan que I. está secuestrada"- fue el breve mensaje a este chat en el que participan madre, hijos, y nietos, no más de 14 personas. Este breve mensaje fue un error en varias dimensiones: no solo porque fue un mal rato que le pudimos haber ahorrado a los primos y los tíos que viven en el exterior desde donde no era mucho lo que podían hacer, sino que tanta fue la angustia que una de mis sobrinas que emigró, se lo contó a una amiga antigua condiscípula de las chicas secuestradas, quien a su vez lo compartió de inmediato en un chat de las amigas del colegio. 
No está de más volver a insistir: lo primero que se apoderan hoy los captores es del teléfono celular, no solo para hacer un estudio socioeconómico, también es a través de los celulares de los rehenes desde donde se hacen las negociaciones. Tan pendientes estaban los captores de los chats que recibían las muchachas que sus compañeros de estudios de la universidad, con los que habían estado realizando un trabajo hasta pasadas las 8 de la noche, cuando les escribieron para certificar que habían llegado a salvo a casa, uno de los secuestradores contestó por ellas: "Ok". 
Discreción es lo primero que exigen los secuestradores a los familiares, y en los celulares en su poder había dos chats activos discutiendo sobre el secuestro en curso de las chicas capturadas. Quizás se salvaron de ser descubiertas porque ambas estaban cortas de batería y los secuestradores pusieron los teléfonos en modo avión.
Otro detalle de temerle a los chats es cuando las víctimas de los secuestros regresan a casa, por menos agresivos que hayan sido sus secuestros, pasarán días y hasta meses con una angustia difícil de sanar, entre otras razones, porque quienes los tuvieron retenidos manejaron mucha información sobre sus vidas. Los captores se aseguran en sembrarles ese miedo. Por eso es muy angustioso cuando gracias a chats de amigos y familiares, se vuelven virales informaciones de los secuestros con nombres, apellidos, y tantas características del secuestro. 
Me consta que la mayoría del origen de esos chats que se volvieron virales narrando varios secuestros recientes hasta el más íntimo detalle, se hicieron bajo la premisa de estar compartiendo una información en confianza, pero valga recordar la lección aprendida por Lilian Tintori tras el famoso "¡Niñitas ganamos!", que ningún chat entre más de dos personas es privado, y si pretendemos que lo sea, por lo menos debemos hacer énfasis en que no sea compartido. 
 Y a quienes tienen el morbo de compartir chats con innecesarios detalles personales ajenos, me atrevo a asegurarles que no están haciendo un servicio público, es una invasión de la privacidad. Miguel Dao, experto en seguridad, escribió una especie de remitido alertando sobre el incremento de los secuestros express en Venezuela, donde comentó ambos casos sin especificar detalles. Un anónimo pana le anexó un comentario personal un tanto Chepa Candela sobre ambos secuestros con nombres apellidos y detalles íntimos de lo sucedido que se volvió viral, comentario del que el mismo Dao se vio obligado a desvincularse, porque además de ser una imprudencia, en ninguno de los casos Dao estuvo involucrado como para conocer semejantes detalles. 

3)  LA POLIFONÍA

Para los no venezolanos o para los lectores del futuro cuando ya esta agobiante frecuencia de los secuestros express en Venezuela sea solo un mal recuerdo, quizás la lógica sería preguntarse por qué no llamar a las autoridades, pero en un país donde muchas bandas delictivas se presentan sin tapujos como policías, y donde hasta altos funcionarios del gobierno optan por negociar personalmente con los secuestradores cuando sus familiares son los que están en cautiverio, llamar a la policía es un riesgo que no muchos se atreven a tomar. 
El caso es que bien sea que los familiares decidan lidiar personalmente el secuestro, que llamen a la figura de un "negociador", o que llamen a las autoridades, el principal anhelo de quien se ve en la necesidad de negociar un secuestro es que nuestros familiares regresen sanos y salvos lo más pronto posible. 
Quizás para los negociadores, secuestradores o autoridades todos los secuestros si no se parecen, siguen patrones determinados, pero para las familias a quienes les toca vivirlos, por más bien que salgamos parados, tener a un ser querido bajo amenaza de muerte en búsqueda de un botín por determinar, es una herida de país que tarda en sanar. Muchos son los que han emigrando a como dé lugar tras semejante encontronazo con la delincuencia.  
En el caso del secuestro que le tocó lidiar a mi amiga/vecina, sin duda más complicado, fueron   llegando familiares y amigos que de una u otra manera se enteraron, y casi todos (incluyéndonos) teníamos una historia similar que contar de un familiar retenido por la delincuencia, con ligeras variaciones a la hora de manejarlo. 
 Me contaba mi amiga que más allá de la tensión de tratar con un agresivo negociador, se le sumaba la tensión de que sobraron quienes querían agregar su granito de arena de cómo resolver tan difícil percance por el cual ellos también habían pasado. 
Y este coro era disonante. 
¿A quién oír?
No queda otra que a tu cerebro estómago y corazón, que serán los que te dicten pauta aunque tengas al lado a la policía o a un negociador que te asista. 

4) EL SÍNDROME CULPABILIZAR A LA VÍCTIMA, Y EL SÍNDROME CÓMO YO LO HABRÍA HECHO MEJOR.

De regreso a salvo en casa la víctima de un secuestro express, la noticia de lo sucedido (ayudada por los chats) corre, y al día siguiente, y durante los próximos días, entra una avalancha inesperada de llamadas y mensajes de solidaridad que siempre son bien recibidos. Lo que no suele ser bien recibido es la manía de culpabilizar a quienes pasan por un secuestro, insistiendo en cómo se pudo evitar: 
"¿Por qué esas muchachas a las 9 de la noche no estaban recogidas en sus casas?"
" ¿Cómo te dejaste trancar?"
" ¿Por qué agarraron por esa calle?"
 Tantas preguntas retóricas que al final solo albergan la creencia de que si uno se porta bien, si toma precauciones, si no anda distraído; de alguna forma se librará de esta lotería delictiva. Ojalá fuera tan fácil, con un incremento del 160 por ciento de secuestros express en las últimas semanas, hoy en Venezuela no hay quien se libre de ser posible carnada, por más pájaro bravo o precavido que se piense. 
Pero casi que peor que culpabilizar al que "se dejó agarrar", es culpabilizar a quien dejó el alma en una negociación para tener a su familiar de vuelta en casa. 
"Güevón con tres reales y un playstation viejo eso se habría arreglado".
Dios y la vida no permitan que vivan un trance similar para probar si de verdad hay quien tiene el guáramo de regatearle a los malandros la vida de un hijo con un playstation viejo. 




domingo, 19 de junio de 2016

Tras una "pálida"


"¡¡¡Coññoooo eeetuuu maaadreee!!!"- me gritó el taxista mientras en su destartalado carro trataba de esquivar a mi no menos destartalado carro. 
Si alguna vez merecí un coño etu madre tan sentido fue la otra tarde cuando en la avenida Los Mangos, tras verificar por el retrovisor que no venían carros, cambié de canal. Juro que vi la vía libre. Al oír el frenazo fue que me di cuenta que venía un taxi. La verdad no lo vi, quizás un punto ciego en el retrovisor no me permitió verlo.
Ante el cornetazo-frenazo me preparé para el impacto y el posible ruido de vidrios rotos que precede el choque entre dos carros. Pero ni impacto ni vidrios rotos, solo una indignada mentada de madre. Por experiencia propia -en casa tenemos meses con un carro accidentado- me consta que de haber chocado aunque mi seguro de responsabilidad civil asumiera los gastos de reparación del vehículo, el pobre hombre se habría quedado sin su taxi por tiempo indefinido porque en la Venezuela de Maduro, repuestos #nohay.
No sé si la teoría del punto ciego sea cierta o simplemente venía distraída tras dejar a mi hija en la parada del Metro para ir a la universidad. Venía deshojando la margarita de si comprar camarones o no, el precio de los camarones está por el cielo, son un lujo, pero nuestra familia se merecía un consentimiento después de los terribles momentos vividos días atrás cuando precisamente esperando a que la universitaria llegara a casa para comer un pescado que le había comprado su papá para celebrar que esa noche estaba de cumpleaños, recibimos la llamada que toda familia venezolana teme y espera como una especie de sino de país: sin usar la palabra secuestro, la muchacha avisó que ella y su prima-compañera de estudios estaban en una situación "delicada". 
"Situación país" se justificaron quienes las ruletearon por la ciudad mientras llegaban a un acuerdo con la familia (o sea, con nosotros). No hace falta entrar en detalles de lo que fue otro de tantos secuestros express caraqueños más allá de que me tocó llamar a mi prima para decirle que lo que tanto hemos temido desde hace cuatro años cada vez que las muchachas llegaban más de dos minutos tarde a casa, sucedió. Reunirnos para romper las alcancías, llamar a unos amigos para ver cuánto dinero tenían en casa, ustedes saben, lo que tantas otras familias venezolanas han sufrido como parte del peaje de insistir seguir viviendo en Venezuela. 
En medio de la intensa rabia de haber tenido que pasar por esta "situación país", o "pálida" como la llaman ellas, al abrazar a nuestras muchachas recién liberadas prevalece el alivio que no les hicieron daño, que las tenemos de vuelta en casa, que fue rápido, que muchas familias no tuvieron esa suerte, por eso no obstante estar corta de efectivo -como ustedes comprenderán ante las circunstancias- y con deudas por pagar, además de agradecida por no haber chocado al pobre taxista, opté por volver a celebrar los 22 años de mi hija y comprar los camarones, a pesar de que ya había soplado sus velitas rodeada de llorosos pero felices familiares y amigos, con rabia de país, pero agradecidos a la vida de tener a nuestras niñas de vuelta en casa.  

martes, 14 de junio de 2016

49 muchachos que solo querían ser felices


No tardaron en rodar los chistes homofóbicos relacionando el tiroteo el pasado sábado en la discoteca en Orlando, y cómo se salvaron algunos personeros de la política nacional. Imagino que habrá versiones en los dos bandos de la esfera política venezolana, así como chistes similares en otros países de nuestro hemisferio. No resulta casual que gran parte de las cuarenta y nueve víctimas del odio de Omar Mateen tuvieran nombres hispanos. Después de todo por este lado del continente vivimos en una cultura donde el amor entre personas del mismo sexo, cuando no se encuentra con abierto oprobio, sigue siendo objeto de risas y chalequeos. 
No extraña que la mayoría de los muchachos que esa noche bailaban salsa, alegres, con quien les diera la gana, no solo se fueron de sus países natales huyendo de precarias situaciones económicas y políticas, sino que también lo hicieron al no sentir su sexualidad plenamente aceptada por la sociedad que los rodea. 
Resulta paradójico que en lugar de encontrar el sueño americano, las cuarenta y nueve víctimas en "the land of the free and the brave" se encontraron fue con la muerte a manos de un joven como ellos,  que no llegaba a los treinta años, nacido en los Estados Unidos, hijo de inmigrantes oriundos de Afganistán, que buscaron asimilarse a su país de acogida sin prescindir de su cultura.
 Pero mientras las  cuarenta y nueve víctimas y los cincuenta y un heridos, y todos los que se encontraban esa noche en la Discoteca Pulse en Orlando no prescindían de su cultura bailando y pasándola bien sin perjudicar a nadie, mientras abrazaban la libertad de decidir a quien amar y con quien bailar, Omar Mateen abrazó la libertad que se dispone en los Estados Unidos de portar armas, y así llevar hasta las últimas consecuencias su herencia de abominar a la homosexualidad.  
 Omar Mateen dejó como último legado una llamada a la policía identificándose con el grupo terrorista Isis, lo que restó fuerza al llamado del presidente Barack Obama para un necesario control de armas en los Estados Unidos. Creyó torpemente Donald Trump que podría usar la asociación con el Isis para su beneficio político tuiteando una fanfarronería en cuanto a su posición: "con el terrorismo islamico radical, no quiero felicitaciones, quiero mano dura y vigilancia".
Viendo los toros detrás de la barrera, no creo que esta sea una acción premeditada del grupo islamista Isis, pero si parte de su siembra de odio, así como muchos malandros venezolanos se identificaban con la gesta revolucionaria a la hora de robar. 
Lo que si está claro es que no es Isis, ni ningún grupo terrorista, quien da libre acceso a las armas en los Estados Unidos, sino la constitución norteamericana la que permite una indiscriminada venta de armas que facilita que cualquier psicópata mate impulsivamente a veinte niños y seis maestras, o a catorce feligreses en una iglesia bautista, o a cuarenta y nueve jóvenes que solo quería ser felices


domingo, 12 de junio de 2016

"Hi Mr Martin, I'm from Venezuela"

                                                                 
                               

                                        
                                                                     I

Antes de Chávez, cuando se visitaba una ciudad cosmopolita, digamos Nueva York, cada vez que nos identificábamos como venezolanos notábamos cómo nuestro interlocutor hacía un breve ejercicio mental para recordar algo sobre tan exótico gentilicio. Sabían que Venezuela quedaba en Suramérica, tan ignorantes no son, pero como cuando a un latinoamericano que no sea internacionalista le hablan de los países africanos, no tenían muy claras las diferencias geopolíticas del continente con ligeras excepciones (la Cuba de Castro, el Chile de Pinochet). Había quienes mencionaban a un amigo en Guayaquil, o en Barranquilla, a quien quizás conociéramos. No faltaban quienes repetían el cliché de las hermosas playas, mujeres bellas y grandes peloteros. Y quienes seguían nuestras telenovelas.
Pocos pasaban de ahí. 
En tiempos de Chávez nuestra patria se hizo famosa como suele pasar con las naciones donde se instalan gobiernos de hombres fuertes, bien sea de Izquierda o de Derecha, aunque quienes se proclaman antiimperialistas y revolucionarios usualmente llegan a ser aplaudidos por la imaginería popular y la izquierda caviar que les gusta apoyar revoluciones lejos de sus fronteras. Cuando una se identificaba como venezolana, tenía que estar preparada para oír todo tipo de alabanzas en torno al hombre que muchos venezolanos pensábamos estaba llevando nuestro país a la ruina. 
Eso se acabó, después de Chávez ya pocos se atreven regodearse de simpatía revolucionaria ante lo que vivimos en la Venezuela de Maduro. Si antes inspirábamos indiferencia, luego admiración en ciertos círculos, hoy lo que inspira la patria de Bolívar es lástima. Cada vez que nos identificamos como venezolanos la respuesta es inmediata: ¿está Venezuela tan mal de verdad? ¿Es cierto lo de las colas, los políticos presos, la escasez de alimentos y medicinas? ¿qué nos pasó? ¿cómo se puede seguir viviendo en un país donde la escasez y la violencia parecen ser política de gobierno? ¿Cómo puedo seguir viviendo allí?
"Menos mal que todavía les queda el Sistema de Orquesta", suspiran los más optimistas. 
Comentan amigos que siguen teniendo panas de esa izquierda incondicional -muchos ni siquiera han pisado esta tierra en sus vidas,  menos en la gloria de Nicolás- que insisten en defender el descalabro que hoy vivimos los venezolanos por ser un descalabro de izquierda. En mi reciente viaje a Nueva York no me topé con ninguno de estos fieles apologistas revolucionarios, solo me topé con lástima, una intensa lástima a Venezuela, considerada hoy el país más miserable del continente. 

                                                                             II

Para bajarle dos a las intensidades cambio de tema a uno de mis lugares favoritos donde no fue necesario identificarme como venezolana, Strand, ubicada en la calle 12 con Broadway, a dos cuadras de Union Square, la legendaria librería que se promociona como "18 millas de libros", visita obligada en Nueva York.
Voy a Strand como el creyente va a un templo en peregrinación, a rendir pleitesía junto con otros feligreses del culto al libro, y salgo cargada con justo los suficientes para no pagar exceso de equipaje, sobre todo ahora que una tiene que regresar a Venezuela cargada de desodorante, champús y toallas sanitarias.  La selección de estas 18 millas de libros es pura calidad, y los precios varían entre el PVP, y libros en remate en los tablones de descuento. 
Desde hace algún tiempo sigo la cuenta de la mítica librería en Instagram y veo como es visitada por celebridades como Tom Hanks y Ewan Mc Gregor, decían que David Bowie se la pasaba metido allí, pero yo nunca me he encontrado con una celebridad entre los estrechos pasillos de Strand, o quizás ni pendiente porque lo que estoy es buscando libros que no conseguiría en Venezuela.
Además me acusan mis hijos de tener cierta tendencia a alucinar celebridades, como el día que juré haberme cruzado con el futbolista Iker Casillas en el aeropuerto de Berlín cuando se suponía tenía juego en Madrid. Por eso cuando me crucé en el área central de Strand con ese inmenso y desaliñado señor que tenía un indudable parecido con George R.R. Martin, después de que se me detuvo el corazón por un instante ante la posibilidad, me dije: "noooo, no puede ser". 
Y no podía ser porque el señor gordo estaba solo con su mujer deambulando como cualquier hijo de vecina por los pasillos de Strand. Más allá de esta venezolanita, nadie parecía darle una segunda mirada a este casi anciano de enorme humanidad, un Robert Baratheon moderno, vestido de negro, con tirantes que le sujetaban los pantalones, no se le fueran a caer ante su descomunal abdomen. 
"¡Ay pero es que es igualito!", pensé cuando me lo volví a tropezar en el tablón de los libros recomendados por el personal de Strand, pero no podía ser el autor de la saga de Game of Thrones, el  que lleva casi diez mil páginas anunciando que se aproxima el invierno, el creador de los Lannister y de los Starks, de la madre de los dragones, del otro lado del muro, de los salvajes, de los white walkers; de todo un universo que lo ha convertido en uno de los autores de fantasía más importantes a la par de Tolkien. Una leyenda viviente. Y ahí solito, sin perro que le ladre, sin nadie que lo perturbe en su búsqueda de libros. No puede ser.
Además, no llevaba puesto su gorra habitual. 
Así que decreté que todos los gordos inmensos como que eran igualitos, y subí al segundo piso donde habría de encontrarme un libro de Calder at Home, que me hizo olvidar al señor que se parecía a George R.R. Martín. 
No lo estaría contando de no ser porque esa noche estaba la foto del hombre con tirantes en la cuenta de Instagram de Strand celebrando otra visita de una celebridad:  "The one and only George R.R. Martin, y no nos pasó el dato de cuándo #Thewindsofwinter será publicado".
¡No lo podía creer! Había respirado el mismo aire de una leyenda literaria contemporánea y tras reconocerlo, de pendeja me desdije, y lo decreté un gordo cualquiera. 
Hoy pienso que mejor así, porque qué habría hecho: ¿molestar su privacidad para agradecerle que revivieran a Jon Snow? ¿Decirle un lugar común como Winter is coming o Valar Morghulis o The night is dark and full of terrors?, o peor aún: "Hi mr. Martin, I'm from Venezuela". 

                                                   

miércoles, 8 de junio de 2016

Once a princess



En el primer capítulo de Game of Thrones, cuando el invierno apenas comenzaba a asomar, conocemos a dos hermanas diametralmente distintas: la pequeña Arya Stark, guerrera y luchadora, quien pretende dominar las armas como se le exige a sus hermanos varones, su posesión más preciada es una espada que le regaló su hermanastro Jon Snow a la que bautiza Needle (aguja), no le interesan ni trapos ni joyas, ni intentar ser bonita, ni aprender a recitar, coser o bailar, y mucho menos le interesa la idea de un príncipe azul en su futuro. En cambio Sansa Stark,  entrando en la adolescencia, es romántica y soñadora del estilo romántico y soñador cuya idea de "vivieron felices para siempre" es un buen matrimonio con un guapo y galante príncipe que la adore, la llene de joyas y vestidos, para siempre verse como una futura reina debe lucir. 
Es decir, una Susanita en potencia. 
De los tantos hilos narrativos de la serie basada en la saga de George R.R. Martin, uno de mis preferidos es el de esta princesa devaluada quien abandona su hogar en Winterfell al ser prometida en matrimonio con el joven príncipe Joffrey Baratheon, que ante los ojos de la hija de Ned Stark, es el mejor prometido que la vida le puede brindar: rubio, de ojos azules, heredero de un poderoso trono, y que ante ella se muestra encantador. 
Distaba la púber Sansa imaginar las calamidades que el futuro le deparaba, calamidades que al principio afronta ingenua e indefensa, y que poco a poco empezó a afrontar con valor pero sin perder su delicada feminidad. Los seguidores de la serie de HBO hemos aprendido a querer a la malcriada adolescente, que tras ser comprometida con un novio sádico, sufrir las humillaciones de su posible suegra, ver diezmada a su familia, enamorarse de un chulo para después ser entregada por él en matrimonio a otro sádico quien habría de violarla la noche de bodas, y maltratarla consecuente en cualquiera parte del cuerpo que no impidiera darle un heredero; la otrora frívola Sansa se ha ido creciendo como personaje por el cual el espectador lejos de sentir fastidio y antipatía, siente empatía por la dignidad con la que afronta el descarrilamiento de lo que ella asumía sería su vida perfecta. 
Al principio de GOT nadie daba medio por Sansa Stark, hoy todos le tenemos ternura, aspiramos que en algún momento se le tuerza la suerte y le comiencen a salir bien las cosas, ya se le torció un poquito, logró huir de Winterfell con la ayuda de Theon Greyjoy, ahora está bajo la protección de Lady Brianne de Tarth, se reencontró con su supuesto hermanastro Jon Snow e hizo las paces con él tras una antipatía mutua que marcara su infancia, y a estas alturas de la serie es una pichón de estratega que busca armar con Jon un ejercito para rescatar a su hermano Rickon de las garras del sicópata Ramsay. 
Díganme, ¿quién ha crecido emocionalmente en el transcurso  de Game Of Thrones tanto como Sansa Stark?
Sin embargo en el capítulo del domingo pasado, titulado The Broken Man, nos dimos cuenta que todavía queda en ella esa esencia de la niña para quien entre los principales atributos de una mujer está ser bella y femenina, cuando a la hora de procurarse aliados para armar un ejército para rescatar a Rickon y batallar a los White Walkers, Sansa y Jon Snow recurren a un nuevo personaje en la serie, Lady Lyanna Morton, una reina de apenas diez años, quien los recibe en su corte rodeada de sus ancianos consejeros. Se equivoca Sansa al ver reflejada en la pequeña reina una imagen de si misma a su edad, en lugar de reconocer en la niña el espíritu combativo de su hermana Arya. Por eso trata de adularla en su estilo particular: 
"Es usted tan bella como lo era su madre".
 La niña será niña pero no es tonta, por eso la precisa:
"Mi madre era todo menos bella, mi madre era una guerrera". 
Con este breve intercambio de palabras Sansa demostró aquel lema que dice, "Once a princess, allways a princess", pero no por eso dejaremos de quererla.