sábado, 19 de noviembre de 2016

Bad Mom



Uno de los éxitos taquilleros de este verano en los Estados Unidos fue la película Bad Moms de Jon Lucas y Scott Moore, divertida comedia que sin ser una maravilla, toca una fibra sensible en millones de mujeres: el temor de no ser buenas madres por más que nos esmeremos. 
Protagonizada por Mila Kunis, Kristen Bell y Kathryn Hahn como tres mujeres muy distintas entre sí que se unen para defenderse de las mamás bullies, aquellas que imponen la pauta de cómo los niños deben ser criados, quienes osan alejarse de esas pautas, quedan socialmente catalogadas como "Bad Moms". 
Qué madre en algún momento de su vida no se ha sentido inadecuada ante la mirada reprobatoria de otra "madre ejemplar", sobre todo en el tema nutricional. El primer recuerdo de dicho estigma que conservo en 25 años de maternidad fue cuando a mi primera bebé, Camila, poco antes de cumplir un año le di a probar un sandwichito de diablitos en una piñata. La niña lo saboreaba con delicia, tras una corta vida limitada a leche, atoles, sopas, compotas, jugos de fruta, pedacitos de carne, pastina, pollo desmenuzado y arroz; abría su paladar a un mundo de aventuras. Y en esas estaba mi Cami, sentada en su cochecito Aprica, relamiéndose embadurnada de diablito, cuando otra joven mamá, una contemporánea que conozco de toda la vida pero nunca ha sido mi amiga, se paró frente al cochecito de mi bebé  y exclamó inquisidora como para que toda la piñata se enterara: "¿De quién es esta bebé? ¿Qué tipo de mamá le da de comer diablitos a una criatura?¡Por favor!¡Qué falta de juicio!".  
Debí haber asumido mi barranco sin vergüenza, decir retrechera "yo y qué", en mi familia el Diablito es como la savia, hasta ahora nadie se ha enfermado por ello.  
Pero nunca he sido dada a las confrontaciones, así que me hice la loca, solo cuando la policía de piñatas dio la vuelta para ver a qué otra madre reprobaba, me acerqué a mi muchachita para limpiarle las manos y la cara con un limpia culitos: "¿¡Te gustó!? Verdad que sí, igualita a su mamá que le encanta el Diablito". 
Pero no pude evitar quedar con el remordimiento de haber cometido un pecado nutritivo. Ay si se enteraba el pediatra quien me advirtió que no le diera ni cítricos ni huevo ni miel antes del año pero no dijo nada de Diablitos. Afortunadamente a mi bebé no le dio ninguna reacción adversa, y todavía hoy el Diablito sigue siendo un placer culposo de nuestra familia. 
Lo que una no espera es cuando el reproche viene de una de tus hijos, saliendo de ver Bad Moms, mi hija Isabel, ya con 22 años, me comentó como ejemplo de mi badmomming cuando le mandaba tequeños al colegio en el almuerzo.
 Y yo que pensaba que me la estaba comiendo. 
Yo de niña almorzaba balanceado en casa, pero cuando pasé a bachillerato dos tardes a la semana teníamos laboratorio y había que quedarse a almorzar en el colegio. En esa época olvídense de microondas, en el Santiago de León había una cantina de chucherías y otra cantina donde se preparaban los mejores sandwichs de jamón y queso que me he comido en mi vida, la oferta nutritiva de ahí no pasaba. Entonces estaban inaugurando el Centro Plaza y con mis amigos cruzaba la avenida Francisco de Miranda sin permiso de mis papás quienes pensaban que yo almorzaba en el cafetín de la aledaña Clínica La Floresta. Afortunadamente en mi adolescencia en los años 70 no existían los chats de mamás que lo saben todo. Yo recibía una "semana" como de 100 Bs, con eso me alcanzaba para almorzar, comprar un LP de moda, y además ahorrar. Los almuerzos cero nutritivos pero deliciosos para el gusto adolescente, cuando no nos daba tiempo de llegar al Tropi Burger, comíamos perros calientes con salchichas alemanas, o mis favoritos, los tequeñones, la perfecta bala fría antes de una clase de biología.
Mis almuerzos adolescentes jamás le quitaron el sueño a mi mamá porque ella sabía que serían compensados con creces en la comida de la noche. Tampoco había unos muchachos que comieran mejor que otros, todos nos alimentábamos igual de mal.
En cambio mis hijos desde primer grado almuerzan todos los días en el colegio, como su colegio no tiene cantina el almuerzo lo llevan de casa y lo calientan en microondas en el comedor. Algunas mamás les mandan sandwiches a sus hijos al colegio asegurándose que la comida fuerte sea en la noche. Otras usan los servicios de un surtidor de almuerzos que no a todos los niños les gusta. Desde casa siempre procuramos mandar la comida más balanceada y apetitosa posible, lo que no garantizaba que se la comieran, a veces hacían intercambio de loncheras, a veces regresaban con la viandera casi entera. 
En el colegio de mis hijos dan una tarde libre a la semana en bachillerato, aprovechando que tenía que buscar a Camila al colegio mientras mis otros dos hijos se quedaban a almorzar, les llevaba el almuerzo calientico de casa. De vez en cuando me daba por consentirlos recordando mis adorados tequeñones, me paraba en Tequechongo y les compraba media docena de tequeños de almuerzo. 
Eso precisamente fue lo que me comentó en tono de burla mi hija tras ver Bad Moms: "Mis amigos siempre me decían qué suerte tener una mamá que me llevaba tequeños de almuerzo, aunque yo sentía que lo que me querían decir era que sus mamás serían incapaces de mandarles semejante comida". 
Falta de imaginación, será. 
Pero el episodio digno de figurar en una versión criolla de Bad Moms no fue la reprobación nutricionista de otra mamá, ni de uno de mis hijos, sino de una maestra de inglés cuyo nombre ni siquiera recuerdo, una maestra intensa que seguro se jactaba de vegana, la mejor prueba de cuán detestable puede ser la superioridad moral. 
En uno de esos días en los que iría a buscar a una hija al mediodía y aprovecharía para dejarle al pequeño su almuerzo calientito, me llamaron temprano en la mañana para avisarme que mi abuela de 90 años estaba muriendo. Se había descompensado en la madrugada, no se esperaba que sobreviviera las próximas 24 horas. Como es lógico corrí a la terapia intensiva de la Clínica San Román para acompañar a la familia y hacer cola para entrar en terapia y despedirme de la abuela. En medio de la tristeza del momento recordé que al otro lado de la ciudad tenía una hija por buscar y un niño esperando almuerzo. Isabel se regresaría con una amiga que vive cerca.  Llamé a la maestra del pequeño para decirle que estaba en una emergencia familiar, mi abuela agonizaba, si podía pedir comida para mi niño con el surtidor de almuerzos del colegio, pero ya era  tarde, los almuerzos hay que pedirlos a primera hora de la mañana. 
Así que llamé a mi esposo quien con gusto le llevaría un delicioso almuerzo a su compinche. Intentó comprarle una ración de pasticho en una lunchería italiana cerca de su oficina, pero estaba cerrada, así que no se le ocurrió mejor idea que ir al McDonald's de La Urbina y comprarle una cajita feliz. Se la llevó al colegio, se la dio a Isabel para que se la diera a la maestra, ella fue al salón de su hermanito, tocó la puerta, y le entregó  la bolsita marrón de McDonald's a la maestra vegana. 
Ese fue un día malo para la terapia intensiva de San Román, murieron varios pacientes, la que milagrosamente sobrevivió a pesar de todo pronóstico, fue mi abuela. El médico determinó que lo que estaba era desnutrida, le habían quitado por completo la sal de su dieta y el cuerpo humano necesita aunque sea un poquito de sal en la vida.
En la noche, exhausta emocionalmente pero feliz de que mi abuela hubiese superado la crisis, me encontré con mi niño lloroso porque no le habían mandado almuerzo al colegio. Su papá estaba indignado, cómo después de hacer una hora de cola en McDonald's no le dieron los nuggets a su muchachito. Afortunadamente un amiguito estuvo dispuesto a compartir su almuerzo con él.
Cuando fui a reclamar al colegio por el almuerzo desaparecido me dijeron que la cajita feliz apareció en la tarde, cosa tan rara, detrás de la papelera del salón. 
Debió ser un descuido. 
Pero ya con el tercer hijo uno no es tan ingenua para no saber que la superioridad moral no conoce matices, la maestra de inglés quiso darle una lección a la bad mom: "McDonald's, never ever, ni que se mueran mil abuelas, ni que los fajen chiquitos". 

viernes, 4 de noviembre de 2016

"Los espermatozoides" de Calder


Una noche a fines de los años 90 mi abuela Margot invitó a sus once nietos a cenar, nos tenía una sorpresa que no se hizo esperar: entre los papeles de mi abuelo aparecieron varios dibujos de Alexander Calder, los suficientes para que a cada uno de sus nietos le tocara dos dibujos. La suerte no estuvo de mi lado esa noche, en el sorteo familiar me tocaron quizás los menos afortunados del lote. A uno de estos dibujos lo bauticé con afecto como: "los espermatozoides", y hoy junto con su dibujo hermano ocupa en mi apartamento un espacio preferencial. 
El valor de estos "espermatozoides" pintados con marcador negro en papel blanco que se volvió sepia con el tiempo, y del otro dibujo que parece un ejercicio de líneas que se encuentran, es más que todo sentimental, ni siquiera están firmados, apenas un minúsculo testimonio de la gran amistad entre dos hombres excepcionales: Carlos Raúl Villanueva y Alexander Calder. El mayor testimonio de la comunión de ambos genios habría de ser el Aula Magna de la Ciudad Universitaria, uno de los mejores ejemplos de que la síntesis de las artes no es una entelequia. 
La amistad entre Villanueva y Calder, casi contemporáneos en edad quienes además tenían un notable parecido físico, no fue inmediata, pero la admiración de mi abuelo por la obra de Calder no tardó en germinar, por eso en el año 1951 convocó al artista norteamericano nacido en Filadelfia, a quien años atrás le había presentado el arquitecto español José Luis Sert en París, para que participara en el proyecto de síntesis de las Artes de la Ciudad Universitaria asignándole la antesala del Aula Magna. Pero Calder medio en broma insistió que él quería estar adentro, y de ahí salió la idea de las nubes acústicas de Calder, también conocidas como "los platillos voladores", con la colaboración técnica del ingeniero de sonido Robert Newman.
El artista tenía sus dudas sobre si podría ser factible tanta ambición.
"Si lo logras, eres un diablo"- le dijo Calder a mi abuelo El Arquitecto, y Diablo se quedó.
Quien revise la extensa correspondencia entre "Sandy" y "El Diablo", se dará cuenta del rápido cambio de tono de formal a lúdico, de acuerdo laboral a divertida amistad, las cartas en sí son pequeñas obras de arte con tantos dibujos como ideas escritas con afecto fraternal, cartas que Sandy solía comenzar con Kerido Karlos, donde pasaban del inglés al español al francés con la misma facilidad. Esta correspondencia se puede encontrar en la página web de la Fundación Villanueva
A lo largo de sus vidas que comenzaron a los albores del siglo XX y se extendieron hasta mediados de los años 70 -muriendo con un año de diferencia- mucho fue el pan y vino que compartieron los amigos junto con sus familias, pero solo en una ocasión lo hicieron en Caracas, en el año 1955, cuando a raíz de una exposición de Calder en el Museo de Bellas Artes organizada por Miguel Arroyo, Alfredo Boulton y Villanueva; aprovechó el ingeniero mecánico devenido en artista plástico para por fin conocer el Aula Magna. 
Cuenta la leyenda que al verse Calder bajo las imponentes nubes de colores pasó varios minutos sin pronunciar palabra, no sé qué le habrá dicho a su amigo cuando por fin recuperó el habla, pero sé con qué gesto lo celebró: Calder estaba ensamblando en la Escuela Técnica Industrial sus obras para la exposición en Caracas, y de ahí salió "La Silla del Diablo" que dio a Carlos como gesto de admiración por el logro de haber creado en conjunto una de las salas de conciertos más espectaculares del mundo. 
Mis "espermatozoides" también salieron de esa visita de Calder a nuestro país, contaba mi abuela que Calder se quedó un mes en Venezuela incluida una visita de una semana a la isla de Margarita a casa de Alfredo Boulton- tuvo la ilusión de volver con su esposa Louise pero no lo llegó a hacer- y aunque durante esa estadía se alojó en el hotel Potomac en San Bernardino, la mayoría de las noches iba a comer en casa de mis abuelos donde mi abuela se dio cuenta de que Sandy hablaba bastante bien el español:
"Claro, ¿acaso no compartí taller con Miró?"- le explicó el por qué. 
Entonces mi papá estudiaba en una Universidad en los Estados Unidos, mis tíos estaban chiquitos, los nietos ni soñábamos en nacer (no llegamos a conocer a Sandy, nuestros padres lo quisieron como a un tío), mi abuela seguro se acostaba a dormir temprano porque qué fastidio ese par de locos siempre hablando de arte, y quedaban Sandy y Karlos tomándose unos whiskys, o quizás brandy o ginebra, no sé, conversando, soñando, inventando; y de esas noches salieron los veintidós dibujos que más de cuarenta años después sorteó mi abuela entre sus once nietos, la mayoría de quienes tampoco llegaron a conocer al abuelo.  

                                                                        II

No solo "La silla del Diablo", mis "Espermatozoides", dos de las esculturas en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central,  y el resto de los dibujos repartidos entre los nietos marcó el paso de Calder por Venezuela en el año 1955, también más de sesenta obras que fueron vendidas durante la exposición en el Museo de Bellas Artes, y unas cuantas otras improvisadas que se dice regaló el buen Sandy a varias personas que trabajaron con él durante su estadía en Caracas. 
Recuerdo que en una ocasión una señora acudió a mi padre para que intercediera ante la Fundación Calder, decía que su esposo trabajó con el artista en Venezuela y le había regalado no sé si un dibujo o una esculturita. Durante años el obrero y su familia ignoraron la importancia del jovial artista gringo, se enteraron después. El señor había muerto y la familia quería vender la obra pero la Fundación Calder -que está a cargo de uno de sus nietos- se negó a autentificarla. Mi papá creyó en la palabra de la señora, tiene ojo para distinguir un Calder verdadero de uno falso como demostró cuando le tocó el engorroso deber de advertirle a un amigo de la familia que el valioso "Calder" que había comprado era una copia burda. El Calder de la señora si le parecía auténtico a mi papá y ante la conocida generosidad del artista, no cabía duda que bien se lo pudo haber regalado a su amigo herrero. Pero la Fundación Calder se resistió a autentificarlo. 
Tampoco los culpo, pocas obras de arte tan tentadoramente plagiables como un Calder, vaya que hasta yo escribí hace diez años una novela al respecto: "El móvil del delito", cuya contraportada está ilustrada con un "Calder" que hizo como divertimento un amigo artista para jugar con sus hijos. Nada reprochable en ello siempre y cuando no tenga valor comercial.  
Hace años en ciertas galerías caraqueñas comenzaron a venderse unos móviles de no sé qué artista nacional que tenían más que un parecido casual con los hanging mobiles de Calder. Imagino que de enterarse la exigente Fundación Calder no le habría gustado demasiado ese "homenaje". Por eso me sorprendió este mayo de 2016 que en la tienda del museo Guggenheim en Nueva York vendían réplicas de dos móviles "a lo Calder", supongo que con la venia de sus herederos quienes considerarán estas réplicas como los afiches de cualquier otro artista plástico que no quebrantan los copyrights de su obra.
Compré un "hanging mobile" para el cuarto de mi sobrino que estaba por nacer, además de un mini "stabile"  que hoy adorna el salón de mi casa al lado de una foto mía de niña junto con mis hermanos sentados en La silla del diablo, tomada por el fotógrafo Paolo Gasparini.  
Desde entonces no hay visita que no celebre mi "móvil de Calder" como a nunca nadie se le ha ocurrido celebrar los "espermatozoides" pintados por el pana Sandy una noche de tragos con el Kerido Karlos. Lo más divertido es que hay quienes creen que el mini móvil es un original, lo que equivaldría algo así como que tengo en mi humilde sala una obra que valdría casi más que el apartamento. Se sabe de casos de quienes les gusta exhibir en sus paredes copias de obras de artistas famosos y jactárselas de que son originales, pero en estos tiempos y en esta Venezuela yo más bien procuro aclarar lo contrario, no me vayan a torcer el pescuezo para quitarme un móvil que vale menos que hacer un mercado. 
Tampoco nada reprochable en tener la reproducción de una obra que amamos, mi abuelo decía que prefería que en sus paredes lucieran afiches de buenas obras de grandes artistas que malos cuadros. Mi abuela contaba que sus primeros cuadros de casada fueron un afiche de Picasso y otro de Cézanne. 
Lo que cuesta comprender son aquellos que con ligeras modificaciones copian la obra de un artista reconocido y la venden como propia, como vi recientemente en la vitrina de una céntrica galería en París, donde ofertaban unas versiones de móviles de Calder firmadas con otro nombre a 350 euros.
También pasa en Caracas con artistas contemporáneos, como contaré en otra intensidad porque esta se hizo demasiado larga.

PD: Cuenta mi tía Paulina tras leer esta intensidad: "Hace poco tiempo almorcé casa de Sandra Calder y le toqué el tema de esos falsos móviles que venden en los museos y hasta en galerías, me dijo que están furiosos con eso, que protestaron a los museos y que estos no pudieron hacer nada porque las tiendas son entes independientes. Así que no cuentan con la aprobación de la familia".

jueves, 27 de octubre de 2016

Cuando comer perros calientes se vuelve nostalgia

En una cartera que tenía tiempo sin usar encontré el recibo arrugado de la que debió ser una compra de fin de semana en el abasto de mi zona, ese en el que hasta hace no tanto solo comprábamos los vecinos, y hoy a toda hora se arman largas colas para entrar. Recibo de apenas hace tres años que bien podría servir como testimonio del barranco económico en el que nos hemos sumergido vertiginosamente los venezolanos en la nefasta era de Maduro. 
La fecha: 28-09-2013; la hora 17:05 de la tarde. Es una pequeña compra, de esas en la que una iba a comprar algo puntual y metía tres pendejadas más en el carrito sin que se desequilibraran mucho las finanzas familiares. No tengo un almanaque a mano pero debió ser sábado, lo digo porque la última compra que aparece reflejada en el papelito blanco es un botellón de agua mineral Zenda. El camión del agua suele pasar por mi edificio los viernes en la tarde pero a veces no alcanzan los botellones, los venden todos antes de llegar a mi calle, y el fin de semana nos quedamos sin una gota de agua que tomar. 
Habrá quienes digan que qué necesidad tomar agua de botellón, que con montar un filtro o con hervirla tenemos, pero ese alguien debe ser de quienes viven en una zona donde el agua brota prístina como fuente cristalina, y no marrón que a menudo mancha la ropa que lavar.
Otros dirán, afortunada usted y sus vecinos, que por lo menos les llega agua con tierra en esta Venezuela donde el agua se raciona como si viviéramos en un desierto, y ni para bajar los baños da. 
Con tierra o sin tierra en una época teníamos que tomar agua hervida porque los botellones de agua desaparecieron ante las regulaciones de precios, pagábamos por ellos menos de lo que valían sus envases. Tampoco recuerdo que comprar agua de botellón soliera representar ni un lujo ni un gasto mayor, uno se sacaba el dinero del bolsillo, billetes de baja denominación. En el recibo del año 2013 sale reflejado: 31 bolívares cambiar el botellón vacío por uno lleno. 
Tres años después ya va para 800. 
Saquen ustedes la cuenta de la inflación que a mí los números no se me dan. 
Le digo al señor del camión que va a tener que venir con un punto de venta, cada vez cuesta más que alcancen los billetes para pagarle. 
Si en ese recibo el agua de botellón debió ser una necesidad, comer un sábado por la noche perro calientes con salchichas Weiner de la Colonia de Tovar era un placer culposo que en el año 2016 a los venezolanos se nos ha vuelto un lujo asiático. Si entonces una noche alemana para una familia de cinco salía por poco más de 150 bolívares contando el pan de perros calientes jumbo, hoy un paquete de salchichas sale tan costoso como una cantidad equivalente de bistecks, o una bandejita de pechugas de pollo, cuyo valor nutritivo, sin duda, es superior. 
Sin contar si encontraremos pan de perro ese día, lo que suele ser una lotería. 
No podían faltar las servilletas, un paquete Dinner de 250 servilletas de papel: Bs 49.26, entonces no parecían tan baratas. También llevé un frasco de Gatorade de mandarina, no sé para quién porque aquí no tomamos Gatorade: Bs 22,77. 
No hay refrescos en el recibo, qué raro, perro calientes sin refrescos, seguro que en la casa tendríamos guardado un botellón de Coca Cola.
Mostaza, salsa de tomate, pepinillos siempre tenemos en casa.
Papas blancas si compré, Bs 34.69, ignoro con qué aceite habremos freído las papas fritas porque ya para entonces el aceite vegetal o de maíz en Venezuela -cuando hay en la despensa- es un bien del cual se dispone con criterio de escasez. 
Quizás preparamos ensalada de papas, para las chicas de esta familia que tratamos de conservar un resto de la dieta hasta en una perrocalentada.
Lo que más me dio nostalgia del recibo arrugado fue constatar que había en la compra un desodorante Lady Speed Stick de Mennen. Se me arruga el corazón, hace tres años cuando necesitábamos comprar desodorante, el asunto era tan sencillo como que íbamos a cualquier abasto, farmacia o perfumería, y lo comprábamos. Nada de hacer cola de horas, ni depender de número de cédula, ni bachaquero mediante, en Venezuela hace tres años se conseguía desodorante, y a 14,21 la barrita regulada. 
Qué tiempos aquellos. 
Dos lujos veo reflejados en ese viejo recibo: el primero un frasco de aceite de oliva, que más que un lujo es una necesidad para una familia que el resto de la semana intenta seguir una dieta sana. Entonces un frasco de aceite de oliva Gallo de 500 miligramos valía 135 bolívares. Hoy el aceite de oliva que encontremos, que no suele de ser de una marca reputada, está por encima de los diez mil bolívares. 
Sigan ustedes sacando la cuenta que a mi los ceros inflacionarios me tienen aturdida. 
Aunque el verdadero gran lujo de esa compra septembrina fue una botella de vermouth a 144,60 bolívares. Creo que fue la última vez que compré una botella de Cinzano, no sé si todavía se consigue ni a cuánto podría estar la botella. 
Por último un amigo fiel, saludable, económico, rendidor, sabroso: una mano de cambures a Bs 20,26.
El gran total de esa visita al mercado del vecindario, frente al que seguro me habré llevado las manos a la cabeza preguntándome: "¿A dónde iremos a parar?", fue de Bs 668,27. 
Cantidad que pagué con tarjeta de débito porque nunca llevaba en la cartera tanto real.
Dígame usted amigo mío, si tres años después de esa perrocalentada, regreso al mercado con siete billetes de la que sigue siendo, a pesar de la inflación, la denominación máxima de la moneda nacional ¿qué podría comprar? 
 Con suerte, la mano de cambur. 




miércoles, 28 de septiembre de 2016

A la vera de Union Square

                                        I

Para quienes los escritores son nuestros Rock Stars, Nueva York es una ciudad donde es posible divertirse barato, por eso cada vez que tengo la oportunidad de visitarla busco con qué escritores coincidiré presentando libros, así he tenido la oportunidad de ver a Martin Amis, Kazuo Ishiguro, Paul Auster, Javier Cercas, E.L. Dowtorow hablando de su narrativa; con menos público que cualquier velada literaria en Kalathos o en El Buscón.
Sin embargo al primer evento literario al que fui este verano 2016 no fui por amor a la Literatura sino por farandulera: el guapérrimo Anderson Cooper presentaría "American Heist: The Wild Saga of the Kidnapping, Crimes and Trial of Patty Hearst" de Jeffrey Toobin. 
Para ser sincera la historia de la heredera que se volvió revolucionaria la daba por conocida porque el secuestro de Patty Hearst fue uno de los escándalos mediáticos más trillados en mi preadolescencia. Las niñas en los años 70 no crecimos con un bombardeo de selfies a lo Kardashians, sino con dos imágenes antagónicas: la de una  rubia sexy de traje baño rojo que adornaba los cuartos de nuestros hermanos mayores, y la foto borrosa de una hermosa muchacha de 22 años, que tras meses secuestrada, sorpresivamente reapareció empuñando un fusil en las cámaras de seguridad de un banco.  
Patty Hearst sería la pin up girl de futuros revolucionarios. 
Farrah Fawcett murió sin superar el éxito de sus años como la más sexy de los Angeles de Charlie. Patty Hearst, hoy de 63 años, tras ser absuelta por la justicia por su participación en diversos crímenes de la banda que la secuestró: El Ejército de Liberación Simbionista; se casó con uno de sus guardaespaldas, tuvo dos hijos, escribió sus memorias, cría perros, participa en obras benéficas... la perfecta vida burguesa. 
Oyendo a Jeffrey Toobin y a Anderson Cooper conversar sobre el tema me viene a la memoria el escándalo de la niña consentida, hija del heredero de un imperio de prensa, aplicada estudiante de una buena universidad que se pasa al bando de quienes aspiran dinamitar el sistema.
"Síndrome de Estocolmo" fue la defensa entonces, cuando el rehén termina simpatizando con su captor.
Pero Toobin, quien publicó un libro sobre el caso de O.J Simpson y es colaborador en la revista The New Yorker, el caso de Patty Hearst no lo abarca con la simpatía de "pobre niña rica", sino como otro caso más donde los privilegios de las grandes fortunas logran pasar por encima de la justicia: comprobado que Patty Hearst participó activamente en asaltos armados, en uno de ellos hubo víctimas fatales, a diferencia del resto de sus camaradas del SLA - según Toobin de las bandas terroristas más incompetentes de la historia- la heredera de la prensa salió absuelta. 
Anderson Cooper fue el anzuelo para atrapar faranduleras como yo, pero Toobin brilla con luz propia, y cuando Cooper tuvo que marcharse porque tenía pendiente su programa de entrevistas en CNN, la conversa entre el periodista y quienes fuimos a oírlo hablar sobre el caso de Patty Hearst en el Barnes & Noble de Union Square, no bajó el interés porque Toobin es un tipo simpático, de chispa rápida, y apasionado con el tema de su investigación. 
Sin embargo no logré desprenderme del bagaje de país y sentí cierta frivolización sobre el tema de los secuestros entre el público intelectualoide neoyorkino, quienes llegaron a manifestar más de una vez esa noche que había algo de justicia social en que una rica heredera fuera secuestrada.  
Lástima que después saliera libre tras haberse unido al bando de sus captores. L
¿Acaso es difícil ver la contradicción? 

                                                                                II

A un segundo evento digamos que literario en Barnes & Noble de Union Square no fui yo pero fue mi hija Isabel: la presentación de "The girl with the lower back tatoo" de la comediante Amy Schumer. 
Si bien la mayoría de los eventos literarios en Nueva York, por más prestigioso que sea el escritor, no suelen tener un público masivo, basta con que se presente una celebridad para que la librería parezca un Luvebras un sábado cualquiera en el que apareció Harina Pan. 
Aunque para mí una celebridad es Anderson Cooper y la noche de la presentación del libro de Toobin no habría más de cincuenta personas en el público, en cambio a Amy Schumer si acaso la conocía de referencia, una comediante treintañera ganadora de un premio Emmy que se inició en el stand-up. Tras haber visto la semana pasada su primera película: "TrainWreck" de Judd Apatow, escrito por la misma Schumer, descubro un humor ácido, algo vulgar, de mujer moderna negada a encajonarse en el estereotipo de la eterna búsqueda del amor romántico. 
¿La habría ido a ver de haber visto "TrainWreck" antes? No creo, para tumultos los que nos tenemos que calar a diario en Venezuela. Isabel me cuenta que había tanta gente en la librería aspirando ver de cerca a la rubia comediante, que el piso donde se presentaba fue acordonado. Solo quienes compraran esa tarde el libro de la chica con el tatú en la espalda, y no precisamente el de Larsson, con enseñar el libro podrían entrar. Quien quisiera otro libro de ese piso, tenía que pedirlo, y un empleado de la librería se lo conseguía.
Isabel compró el libro santo y seña y si bien pudo entrar, había tanta gente ansiosa de ver a la comediante que ni soñar sentarse porque ya todas las sillas estaban ocupadas. No me contó mucho de la presentación, después de todo era una celebridad sobre la que su madre no maneja tanta  información como del secuestro de Patricia Hearst. Lo que sí me contó es que el único momento memorable de la velada fue cuando un grupo de activistas de los derechos de animales se levantó súbitamente entre las primeras filas exhibiendo carteles como protesta porque la comediante en una oportunidad lució un abrigo que le regaló una compañía canadiense, conocida por los activistas del PETA por su crueldad con los animales. 
El boicot duró unos desagradables minutos. Cuenta Isabel que Schumer, con simpatía y humildad supo salir del mal rato, antes de disponerse a firmarle las copias a decenas de mujeres modernas que no creen que la esencia del éxito se encasille en la búsqueda del amor romántico.


                                                                       III

 Días antes de regresar a Caracas se presento en Barnes & Noble de Union Square uno de mis escritores norteamericanos favoritos: Carl Hiaasen.
Nativo del estado Florida, Hiaasen (1953) comenzó su carrera como periodista del Miami Herald. Esa noche contó al público que eran tan locas e increíbles las noticias con las que se topaba a diario en su estado natal, que comenzó a narrarlas en forma de ficción. Hoy es uno de los autores más leídos en los Estados Unidos, aplaudido por el público y la crítica por igual por sus hilarantes novelas policiales de florido lenguaje, en las que aparecen excéntricos personajes recurrentes, y más de un cocodrilo en el pantano.
El público que fue a escuchar a Hiaasen fue similar en número a quienes acudieron a la cita de Toobin, pero a diferencia de la historia de Patty Hearst, casi todos, incluyéndome, teníamos nuestra copia del libro a presentar para que nos la dedicara el autor.
 Hiaasen no quiso leer un extracto de su más reciente novela como hacen buena parte de los escritores  en promoción,  prefirió conversar un poco sobre sobre sus métodos: "Si me estoy divirtiendo escribiendo una novela, sé que el lector lo hará también, y cuando comienzo a aburrirme, inevitablemente el lector también lo hará. Por eso si un personaje me comienza a aburrir, al igual que lo hacía mi maestro James Elroy, lo mató y se acabó el problema".
No podía faltar una alusión al momento político que se está viviendo en los Estados Unidos con un candidato como Donald Trump en la lucha por la presidencia: "Como ciudadano de este país detestaría que los Estados Unidos tuviera un presidente como Trump, pero como escritor me seduce la idea por la cantidad de material que semejante personaje sería capaz de dar".
La participación del público también estuvo interesante, fieles seguidores de la obra de Hiassen, le dieron la oportunidad no solo de regresar a muchas de sus novelas, también de reiterar su odio activo por el emporio Disney: "Recientemente un niño fue devorado por un cocodrilo en uno de sus resorts. Ellos sabían que es imposible sacar a los cocodrilos de los pantanos, te los puedes llevar a miles de kilómetros de distancia que los animales siempre encontrarán la forma de regresar. ¿Y qué precauciones tomaron para evitar un accidente? Carteles pequeñitos que apenas se veían: 'Cuidado con los cocodrilos'.  Tuvo un niño que morir para que hoy los resorts se dignen a poner grandes carteles advirtiendo el peligro del que siempre estuvieron conscientes".
De la ronda de preguntas pasaron a la firma de libros que fue un poco más larga que lo usual porque había quienes llevaba varias novelas de Hiaasen para que se las firmara. El escritor conversaba amable y se tomaba fotos con quien se lo pidiera. Recordé cuando hace años tuve la oportunidad de acercarme a Paul Auster en una presentación similar, uno de mis grandes ídolos, y la única frase que se me ocurrió decirle fue "I'm from Venezuela".
 Esta vez elegiría bien mis palabras, con tal de que no se me enredara la lengua en inglés.
Hasta que me vi frente al sonriente escritor... y lo volví a hacer: "I'm from Venezuela", pero esta vez no se quedó así, continúe en mi mal inglés: " y créame que no quiere un personaje como Trump como presidente, porque por más buen escritor que usted sea, un personaje como Trump, o como lo fue Chávez en el poder, termina siendo la ruina de la imaginación de cualquiera ya que es imposible superarlo en sus locuras".
Firmó mi copia del libro, nos tomamos la foto de rigor, y hoy solo deseo para Hiaasen y para los Estados Unidos, que tengan la sabiduría de no escoger a un excéntrico personaje como presidente.


martes, 30 de agosto de 2016

Si un país te hace llorar


No iré a la Toma de Caracas por la sencilla razón de que no estoy en Caracas, no porque me fui demasiado sino porque me fui demasiado de vacaciones de país. La invitación de la Mesa de la Unidad a tomar Caracas el primero de septiembre en protesta, entre tantas cosas, a la lentitud del CNE de activar el referendo para revocar al nefasto presidente Nicolás Maduro, se hizo cuando ya tenía un viaje planificado, viaje que inventé con mi familia tras las pálidas sufridas en junio luego de lidiar dos secuestros en menos de tres días, a lo que se unió la pesadilla que tantas familias venezolanas están padeciendo desde hace más de un año de zanquear farmacias en busca de un medicamento desaparecido, en este caso, la medicina de la tensión de mi mamá. En menos de una semana temí por la vida de varios seres queridos por vivir en una Venezuela miserable. 
Este viaje no es cualquier vacación, es el primer viaje que hago con la mirada alerta y la conciencia de si nuestra familia, que éramos hasta hace un par de meses de quienes repetíamos el lugar común de que el único plan B posible era echarle bola al plan A, debería comenzar a plantearse seriamente si en manos de Maduro y su pandilla, Venezuela acaso no es un país desahuciado, sin futuro para nuestros hijos, de presente más que inseguro para los enfermos y los ancianos. 
Si no viene siendo hora de asumir lo que tanto le costó asumir al escritor húngaro Sándor Marai, quien narraba en sus memorias "¡Tierra, Tierra!" que seguir viviendo en la Hungría comunista en medio de las amargas restricciones de un gobierno totalitario era una forma de aprobarlo, de decir, estamos mal, pero no tanto, todavía se puede vivir aquí. En la Venezuela de Maduro llegamos al punto de quiebre, no solo por la inseguridad, la escasez de alimentos y medicinas, también por la actual represión, la dificultad de producir, a lo que se suma el desparpajo que altos militares sindicados internacionalmente por delitos como narcotráfico, en Venezuela son recibidos como héroes nacionales y se les asigna altas posiciones de poder. 
Este viaje es un respiro, no me voy todavía, ni tengo un plan cocinando, pero ya el plan B comienza a ser una luz en el horizonte que llama cada vez más. Por primera vez salgo de mi país sin ganas de volver, quizás efecto normal después de pasar por la experiencia de que unos malandros amenazaran la vida de mi muchachita.

                                                                          II
Un descubrimiento en estas vacaciones son los Thrifts Shops, o ventas de objetos usados, en Nueva York los espacios suelen ser muy reducidos, a menos que se sea horder (acumulador) la gente aprende a desprenderse fácilmente de sus pertenencias, nada de conservar el juego de té de la abuelita. Yo voy a comprar libros, casi nadie guarda libros aquí, cuando los leen, los venden o los donan, así este verano me he ido haciendo de una buena colección por lo que antes gastaba en una visita a Barnes & Noble. La mayoría de los libros que he comprado son de autores que conozco, no hay que ponerse a inventar, pero curucuteando encontré un libro cuyo título describe exactamente lo que siento por la Venezuela actual: "If a place can make you cry" (Si un lugar puede hacerte llorar).
El libro escrito por un tal Daniel Gordis, trata de una familia californiana que se toma un año sabático para vivir en Israel, era el año 1998, entonces se asomaba una esperanza de paz en los conflictos del Medio Oriente. Cuando esa ilusión gradualmente se fue disolviendo, ya era tarde, la familia Gordis se arraigó tanto en Israel que el año sabático se convirtió en una mudanza definitiva. No es una novela ni son unas memorias, es una colección de emails que Gordis compartió con familiares y amigos para narrar el desarrollo de su vida en un país en pie de guerra. Eran tan interesantes los correos masivos de Gordis que se hicieron virales porque describían la cotidianidad de una familia en medio de semejante conflicto, que a quienes están lejos llevando una vida medianamente normal sin tantos sobresaltos, les cuesta entender cómo se puede vivir así bajo constante amenaza. 
Para ser sincera si no fuera por el título ni lo hubiera notado, no soy versada en los problemas del Medio Oriente y tampoco me entusiasma la idea de libros basados en emails. Fue la contraportada lo que me hizo llevármelo junto con una colección de cuentos de Alice Munro. 
Si bien no hay que ser internacionalista para saber que lo que hoy se vive en Venezuela y lo vivido en Israel no tienen punto de comparación, a las palabras de la contraportada del libro de Gordis le cambias Jerusalem por Caracas, Israel por Venezuela, y lo que describe como padre es muy parecido a lo que sentimos quienes seguimos arraigados en Venezuela, ese vivir conscientes de que podemos morir, o ver a morir a un ser querido, si bien en el caso nuestro no por una inesperada explosión en un sitio público, sino por falta de medicamentos, o víctima de la violencia ciudadana que en la Venezuela revolucionaria se convirtió en nuestra marca de país. 
El texto de la contraportada comienza con una conversación entre Gordis y su hijo Avi, ¿por qué su mamá no lo deja agarrar el autobús? 
El problema en Israel no es que vayan a entrar en el autobús unos malandros gatillo alegre a pedir que "colaboren", es otro tipo de miedo. Pero es el mismo miedo a la peor muerte: la muerte de quienes más queremos por insistir en vivir en una tierra hostil:
"¿Sabes lo que pienso? Que cuando los adultos realmente aman a Israel, hasta están dispuestos que sus hijos mueran por ello" le dice el niño.
Continua Gordis: 
"Entonces lo supe. Que esto tenía que terminar. ¿Militarmente? ¿Diplomáticamente? No sé. Pero esta locura no podía seguir. Porque francamente, no estoy preparado a que mi muchacho piense eso. Llegamos a este país en un momento en que la paz parecía estar a la vuelta de la esquina, cuando la pregunta no era "Si" sino "Cuando". Ya la gente no le queda ni la energía de soñar con la paz. Estamos agotados. Exhaustos de día tras día de noticias devastadoras, hasta nuestros hijos creen que el estar aquí es una manera de sacrificarlos. 
¿Cuánto tiempo más puede vivir uno así? No tengo idea. Pero sé que tenemos que hacer algo. No puedo tolerar que mi hijo piense que amo más a una tierra de lo que lo amo a él.
Basta ya". 
El caso de Israel es un conflicto entre dos pueblos en el que no me atrevo a opinar sin temor a meter la pata. El caso de la Venezuela revolucionaria lo vivo y lo sufro desde hace 18 años, pero hoy se podría simplificar en que una banda de malandros bajo la falsa promesa de un sueño revolucionario, convirtieron al que fuera durante décadas el país más envidiable de Suramérica, en una de las naciones más miserables del mundo. Pero mientras sigan haciendo fortunas sin control, sabiendo que tendrían judicialmente tanto por lo que responder, prefieren que el pueblo venezolano se mantenga en la peor de las miserias, antes de claudicar al poder.

                                                                          III

El jueves primero de septiembre es la toma civil de Caracas, tampoco todos podemos rendirnos y dejar a Venezuela a la deriva. La lucha y la voluntad de cambio tienen que seguir. Yo no estaré en esta ocasión, por unos días no me tocó estar, si estuviera en Caracas sin duda estaría ahí. No quiero vivir fuera de Venezuela, no está entre mis planes en un futuro cercano, sería una medida extrema que representaría demasiados cambios y sacrificios, pero también hay que tomar conciencia de que si un país te hace llorar... una y otra y otra vez... es  humano planteárselo, por lo menos mientras continue la Dictadura en la que vivimos. 

miércoles, 6 de julio de 2016

73 horas después de "La Pálida"



73 horas después de "La Pálida" vivida, pensando que ya nos había tocado la cuota de secuestros express y solo quedaba pasar el susto, sonó el teléfono a las 10.38 de la noche, era nuestra amiga/vecina, la misma a quien hice una de las primeras llamadas de SOS tras el secuestro express de mi hija.
Llamaba desesperada para avisar que se habían llevado a su niño con su papá y su familia. 
Vuelvo ahorrarles los detalles morbo de uno más de los tantos secuestros express que suceden a diario en esta anárquica Venezuela, más allá de que ambos secuestros comenzaron a las nueve de la noche, y ambos tuvieron finales felices (si finales felices pueden llamarse que las víctimas de los secuestros regresan ilesas a casa). Pero fueron experiencias distintas: mientras el secuestro de nuestras muchachas fue rápido y poco intimidante, como si de una engorrosa transacción comercial se tratara, el secuestro de mis amigos desde la primera llamada fue agresivo sin bajar el tono a lo largo de las negociaciones que se extendieron hasta la madrugada.  
Vivir una tras otra las negociaciones de dos secuestros tan distintos no me hacen una experta. No sería capaz de hacer recomendaciones ni de cómo evitarlos, ni de qué hacer si acaso llegamos a ser víctimas de esta rifa siniestra, ni de cómo negociarlos ni de cómo superar "la pálida"; para eso están los profesionales a quienes les ha tocado lidiar con cientos de casos con diferentes niveles de complicación, pero si me dio cierto insight para compartir entre quienes por más que evitan intensidades, puede que se las encuentren: 

1)- LAS REDES SOCIALES

Hemos sido advertidos mil y una veces que viviendo en esta Venezuela donde el secuestro express es uno de los negocios más lucrativos en tiempos revolucionarios, seamos discretos con la información que compartimos en Facebook e Instagram, sobre todo los adultos más dados a compartir viajes y festines que los chamos que han migrado a Snapchat, red efímera por naturaleza. 
Confieso ser de las que sobrecomparto, no le paraba mucho a la advertencia de FB como caldo de secuestros porque pensaba que te escogieran como víctima de un secuestro express espiando tu perfil en una red con millones de usuarios, era pecar de paranoia. 
El problema no es tanto el espionaje virtual buscando un objetivo jugoso, el problema es que lo primero que te piden los captores cuando estás en su poder, es el celular, que puede ser una prueba más certera de quién es la presa en sus manos que si le hicieran una prueba de ADN. Cuando te arrebatan los celulares muchos captores revisan las redes sociales antes de llamar a los familiares, y si en tu Instagram o FB sales sonriente en uno o más viajes, o jactándote de cualquier lujo por más nimio que sea, el valor en las negociaciones subirá porque de qué vale regatear con que en esta familia somos unos limpios, cuando en tu teléfono tienen la prueba que en Semana Santa estabas esquiando en Vail.

2) LOS CHATS O EL EFECTO "¡NIÑITAS GANAMOS!" 

Mi esposo manejó el "asunto país" como preferían llamarlo los captores, de manera impecable,  apenas un error cometió esa noche: compartir la angustia del secuestro en el chat de la familia. 
"Solo para que sepan que I. está secuestrada"- fue el breve mensaje a este chat en el que participan madre, hijos, y nietos, no más de 14 personas. Este breve mensaje fue un error en varias dimensiones: no solo porque fue un mal rato que le pudimos haber ahorrado a los primos y los tíos que viven en el exterior desde donde no era mucho lo que podían hacer, sino que tanta fue la angustia que una de mis sobrinas que emigró, se lo contó a una amiga antigua condiscípula de las chicas secuestradas, quien a su vez lo compartió de inmediato en un chat de las amigas del colegio. 
No está de más volver a insistir: lo primero que se apoderan hoy los captores es del teléfono celular, no solo para hacer un estudio socioeconómico, también es a través de los celulares de los rehenes desde donde se hacen las negociaciones. Tan pendientes estaban los captores de los chats que recibían las muchachas que sus compañeros de estudios de la universidad, con los que habían estado realizando un trabajo hasta pasadas las 8 de la noche, cuando les escribieron para certificar que habían llegado a salvo a casa, uno de los secuestradores contestó por ellas: "Ok". 
Discreción es lo primero que exigen los secuestradores a los familiares, y en los celulares en su poder había dos chats activos discutiendo sobre el secuestro en curso de las chicas capturadas. Quizás se salvaron de ser descubiertas porque ambas estaban cortas de batería y los secuestradores pusieron los teléfonos en modo avión.
Otro detalle de temerle a los chats es cuando las víctimas de los secuestros regresan a casa, por menos agresivos que hayan sido sus secuestros, pasarán días y hasta meses con una angustia difícil de sanar, entre otras razones, porque quienes los tuvieron retenidos manejaron mucha información sobre sus vidas. Los captores se aseguran en sembrarles ese miedo. Por eso es muy angustioso cuando gracias a chats de amigos y familiares, se vuelven virales informaciones de los secuestros con nombres, apellidos, y tantas características del secuestro. 
Me consta que la mayoría del origen de esos chats que se volvieron virales narrando varios secuestros recientes hasta el más íntimo detalle, se hicieron bajo la premisa de estar compartiendo una información en confianza, pero valga recordar la lección aprendida por Lilian Tintori tras el famoso "¡Niñitas ganamos!", que ningún chat entre más de dos personas es privado, y si pretendemos que lo sea, por lo menos debemos hacer énfasis en que no sea compartido. 
 Y a quienes tienen el morbo de compartir chats con innecesarios detalles personales ajenos, me atrevo a asegurarles que no están haciendo un servicio público, es una invasión de la privacidad. Miguel Dao, experto en seguridad, escribió una especie de remitido alertando sobre el incremento de los secuestros express en Venezuela, donde comentó ambos casos sin especificar detalles. Un anónimo pana le anexó un comentario personal un tanto Chepa Candela sobre ambos secuestros con nombres apellidos y detalles íntimos de lo sucedido que se volvió viral, comentario del que el mismo Dao se vio obligado a desvincularse, porque además de ser una imprudencia, en ninguno de los casos Dao estuvo involucrado como para conocer semejantes detalles. 

3)  LA POLIFONÍA

Para los no venezolanos o para los lectores del futuro cuando ya esta agobiante frecuencia de los secuestros express en Venezuela sea solo un mal recuerdo, quizás la lógica sería preguntarse por qué no llamar a las autoridades, pero en un país donde muchas bandas delictivas se presentan sin tapujos como policías, y donde hasta altos funcionarios del gobierno optan por negociar personalmente con los secuestradores cuando sus familiares son los que están en cautiverio, llamar a la policía es un riesgo que no muchos se atreven a tomar. 
El caso es que bien sea que los familiares decidan lidiar personalmente el secuestro, que llamen a la figura de un "negociador", o que llamen a las autoridades, el principal anhelo de quien se ve en la necesidad de negociar un secuestro es que nuestros familiares regresen sanos y salvos lo más pronto posible. 
Quizás para los negociadores, secuestradores o autoridades todos los secuestros si no se parecen, siguen patrones determinados, pero para las familias a quienes les toca vivirlos, por más bien que salgamos parados, tener a un ser querido bajo amenaza de muerte en búsqueda de un botín por determinar, es una herida de país que tarda en sanar. Muchos son los que han emigrando a como dé lugar tras semejante encontronazo con la delincuencia.  
En el caso del secuestro que le tocó lidiar a mi amiga/vecina, sin duda más complicado, fueron   llegando familiares y amigos que de una u otra manera se enteraron, y casi todos (incluyéndonos) teníamos una historia similar que contar de un familiar retenido por la delincuencia, con ligeras variaciones a la hora de manejarlo. 
 Me contaba mi amiga que más allá de la tensión de tratar con un agresivo negociador, se le sumaba la tensión de que sobraron quienes querían agregar su granito de arena de cómo resolver tan difícil percance por el cual ellos también habían pasado. 
Y este coro era disonante. 
¿A quién oír?
No queda otra que a tu cerebro estómago y corazón, que serán los que te dicten pauta aunque tengas al lado a la policía o a un negociador que te asista. 

4) EL SÍNDROME CULPABILIZAR A LA VÍCTIMA, Y EL SÍNDROME CÓMO YO LO HABRÍA HECHO MEJOR.

De regreso a salvo en casa la víctima de un secuestro express, la noticia de lo sucedido (ayudada por los chats) corre, y al día siguiente, y durante los próximos días, entra una avalancha inesperada de llamadas y mensajes de solidaridad que siempre son bien recibidos. Lo que no suele ser bien recibido es la manía de culpabilizar a quienes pasan por un secuestro, insistiendo en cómo se pudo evitar: 
"¿Por qué esas muchachas a las 9 de la noche no estaban recogidas en sus casas?"
" ¿Cómo te dejaste trancar?"
" ¿Por qué agarraron por esa calle?"
 Tantas preguntas retóricas que al final solo albergan la creencia de que si uno se porta bien, si toma precauciones, si no anda distraído; de alguna forma se librará de esta lotería delictiva. Ojalá fuera tan fácil, con un incremento del 160 por ciento de secuestros express en las últimas semanas, hoy en Venezuela no hay quien se libre de ser posible carnada, por más pájaro bravo o precavido que se piense. 
Pero casi que peor que culpabilizar al que "se dejó agarrar", es culpabilizar a quien dejó el alma en una negociación para tener a su familiar de vuelta en casa. 
"Güevón con tres reales y un playstation viejo eso se habría arreglado".
Dios y la vida no permitan que vivan un trance similar para probar si de verdad hay quien tiene el guáramo de regatearle a los malandros la vida de un hijo con un playstation viejo. 




domingo, 19 de junio de 2016

Tras una "pálida"


"¡¡¡Coññoooo eeetuuu maaadreee!!!"- me gritó el taxista mientras en su destartalado carro trataba de esquivar a mi no menos destartalado carro. 
Si alguna vez merecí un coño etu madre tan sentido fue la otra tarde cuando en la avenida Los Mangos, tras verificar por el retrovisor que no venían carros, cambié de canal. Juro que vi la vía libre. Al oír el frenazo fue que me di cuenta que venía un taxi. La verdad no lo vi, quizás un punto ciego en el retrovisor no me permitió verlo.
Ante el cornetazo-frenazo me preparé para el impacto y el posible ruido de vidrios rotos que precede el choque entre dos carros. Pero ni impacto ni vidrios rotos, solo una indignada mentada de madre. Por experiencia propia -en casa tenemos meses con un carro accidentado- me consta que de haber chocado aunque mi seguro de responsabilidad civil asumiera los gastos de reparación del vehículo, el pobre hombre se habría quedado sin su taxi por tiempo indefinido porque en la Venezuela de Maduro, repuestos #nohay.
No sé si la teoría del punto ciego sea cierta o simplemente venía distraída tras dejar a mi hija en la parada del Metro para ir a la universidad. Venía deshojando la margarita de si comprar camarones o no, el precio de los camarones está por el cielo, son un lujo, pero nuestra familia se merecía un consentimiento después de los terribles momentos vividos días atrás cuando precisamente esperando a que la universitaria llegara a casa para comer un pescado que le había comprado su papá para celebrar que esa noche estaba de cumpleaños, recibimos la llamada que toda familia venezolana teme y espera como una especie de sino de país: sin usar la palabra secuestro, la muchacha avisó que ella y su prima-compañera de estudios estaban en una situación "delicada". 
"Situación país" se justificaron quienes las ruletearon por la ciudad mientras llegaban a un acuerdo con la familia (o sea, con nosotros). No hace falta entrar en detalles de lo que fue otro de tantos secuestros express caraqueños más allá de que me tocó llamar a mi prima para decirle que lo que tanto hemos temido desde hace cuatro años cada vez que las muchachas llegaban más de dos minutos tarde a casa, sucedió. Reunirnos para romper las alcancías, llamar a unos amigos para ver cuánto dinero tenían en casa, ustedes saben, lo que tantas otras familias venezolanas han sufrido como parte del peaje de insistir seguir viviendo en Venezuela. 
En medio de la intensa rabia de haber tenido que pasar por esta "situación país", o "pálida" como la llaman ellas, al abrazar a nuestras muchachas recién liberadas prevalece el alivio que no les hicieron daño, que las tenemos de vuelta en casa, que fue rápido, que muchas familias no tuvieron esa suerte, por eso no obstante estar corta de efectivo -como ustedes comprenderán ante las circunstancias- y con deudas por pagar, además de agradecida por no haber chocado al pobre taxista, opté por volver a celebrar los 22 años de mi hija y comprar los camarones, a pesar de que ya había soplado sus velitas rodeada de llorosos pero felices familiares y amigos, con rabia de país, pero agradecidos a la vida de tener a nuestras niñas de vuelta en casa.