viernes, 30 de octubre de 2009

¡Venga pa que lo vean!


Dedicado a la memoria de Musiú Lacavalerie.

Las cadenas televisivas presidenciales se han visto notablemente disminuidas durante el mes de octubre del año 2000. Muchos decían que nuestro Presidente se dio cuenta de que cada vez que interrumpía las telenovelas, su popularidad caía. Otros afirmaban que tenía laringitis de tanto hablar. ¡Qué poco conocen a la naturaleza humana! Octubre marca el inicio de nuestra corta temporada de beisbol profesional.
Cuando el Presidente de Venezuela dejó esperando a los invitados de una cena de gala en Nueva York para cumplir su sueño de narrar un juego de los Mets desde el Shea Stadium, lo supe. Conozco bien su tipo, estoy casada con un hombre que padece del mismo mal, y es incurable: el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela es un fanático del beisbol, y magallanero para rematar.
Yo también soy aficionada al beisbol: Tiburones de la Guaira es mi equipo desde que tengo uso de razón. Pero la vida jamás me preparó para el matrimonio con un fanático. Afortunadamente, de Los Tiburones como yo. Nuestro noviazgo y primeros años de casados fueron felices: íbamos al Universitario y gritábamos a todo pulmón: “Ehhh, la Guaira”. Eran los gloriosos años 80, nunca sonó la samba escuala con tanta sazón: siempre clasificábamos para la final porque contábamos con jóvenes luminarias del beisbol profesional como Oswaldo Guillén, Gustavo Polidor, Raúl Peréz Tovar, Norman Carrasco, Luis Salazar, Café Martínez; y teníamos en nuestro narrador Musiú Lacavaleri, a la voz más ocurrente del beisbol nacional.
Pero los años pasaron y el equipo escualo en los 90 entró en un slump. Desde 1992 no clasificamos para el round robin. Y lo peor de todo: perdimos a Musiú, a Polidor y a los Padrón. Las otras luminarias, o se casaron con las Grandes Ligas, o se les apagó la estrella sin alcanzar el brillo que prometían. Nuestros rivales, jocosamente, no se cansaban de gritar: Ahora Sardina, tócame la samba. Y mi esposo, despechado, a pesar de no abandonar su afición escuala, transplantó su efusión deportiva a los Bravos de Atlanta, equipo que tantas satisfacciones le dio, que logró que una mera afición beisbolística, se convirtiera en su razón de vivir.
Este delirio por la pelota gringa causó estragos en nuestro matrimonio. Si le hablaba a mi marido sobre algo que no le interesaba: “Mi vida, fui a la peluquería y me dejaron el pelo verde”, recién casados me habría mentido: “ Estás bellísima.” Once años y tres muchachos después, tan solo acotaría más consternados por la derrota de su equipo favorito en el Play Off que por la apariencia marciana de su mujer: “Los Bravos de Atlanta son unos payasos, tanto nadar para ahogarse en la orilla”.
Con la humillante derrota de los Bravos ante los Cardenales de San Luis, pensé que la normalidad regresaría a nuestro hogar, y mi esposo sepultaría su afición deportiva hasta abril de 2001. 9 años de derrotas consecutivas habían logrado convertir a los seguidores de la Guaira en unos desesperanzados de la pelota nacional. Pero un mliagro sucedió: los Tiburones derrotamos a los Navegantes en su serie particular, y al volver a probar el divino néctar de pertenecer a la afición de un equipo nacional triunfador, mi marido fue poseído por el espíritu del inolvidable Musiú Lacavalerie.
Empecé a preocuparme a raíz de la cumbre de la Opep, cuando le comenté que paseando por Sabana Grande, pude disfrutar de un bulevar sin buhoneros por primera vez en esta era bolivariana.
“Sorprendido en segunda: ¡Se luce cuando hay visitas!”-me respondió.
No le hice mucho caso y seguí con el tema preguntándome que habrían hecho con los buhoneros en la semana de la Cumbre Petrolera:
“Jonrón con las bases llenas: ¡A correr piojos que llegó un peine!”.
Le di una aspirina: “Descansa, amor, que hoy no hay juego”.
Pero la aspirina no logró sacarle el espíritu de Musiú de adentro, y cada vez se ponía peor.
Se sentaba obnubilado ante el televisor en las cadenas presidenciales, repitiendo una y otra vez: “Este juego está más largo que suspiro de gago”.
Tenía que apagar el televisor, tomarle la mano e intentar distraerlo: “Viste que una loca logró colarse en la cumbre y atacó al ministro de Irán”.
El fanático de mi marido se quedaba mirando al vacío y suspiraba: “¡Se salvó por la pestaña de un mosquito!”.
Con la huelga petrolera, el pobre sufrió una fuerte recaída. Cuando Chávez en contra de todos los pronósticos accedió a las peticiones de los huelguistas, mi filósofo exclamó:
“¡Morrocoy volteado!”. Y vaticinó que el presidente de PDVSA Ciavaldini: “No va pa´l baile”.
Los Tiburones lograron llegar al round robin por primera vez en 9 años. Mi marido vociferaba en medio de su entusiasmo guairista: “ ¡Vengan pa que lo vean!” una, y otra vez. Y a pesar de que fuimos el primer equipo en ser eliminado, el espiritú de Musiú no logra abandonarnos: “¡Vengan pa que lo vean!”, “¡Vengan pa que lo vean!” , “¡Vengan pa que lo vean!”
Artículo publicado en diciembre del 2000, y aunque parezca mentira, los fanáticos de los Tiburones seguimos sufriendo como unos condenados.

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