sábado, 27 de diciembre de 2008

Amor eterno


“Machiatto y negro se lo vendo a su propio riesgo”, me advirtió la surtidora de una máquina de Nescafé ante la falta de azúcar en el pequeño local. Le dije que no importaba, lo que quería era una botellita de agua, y comprendía por lo que estaba pasando, tengo como un mes sin conseguir azúcar en el mercado. Detrás de mi saltó el típico retrechero: “Pues no sé a qué mercado irá, porque en el Central Madeirense siempre hay”.
Así que al día siguiente para las compras navideñas escogí Chacaíto, no tanto porque entre El Tijerazo, Beco, Don Disco y las librerías encontraría regalos para todos los gustos, sino porque en el centro comercial queda un automercado Central Madeirense. Pero no había azúcar. El dependiente al que le pregunté por el preciado cristal blanco, se me quedó viendo con el mismo desparpajo de si le hubiera pedido una lata de caviar beluga.
Finalizadas mis compras, me acerqué a curiosear en la vecina Sabana Grande un espectáculo musical en una tarima adornada con matas papagayos y banderines del PSUV. No eran gaitas ni aguinaldos, ni salsa ni reggaetón, ni tampoco esos temas raperos y hip-hop con los que hacen campaña por el presidente Chávez a cada rato en las televisoras del Estado; se trataba de una joven de lo más formal vestida de camisa y pantalones oscuros con chaleco rojo, que acompañada por una banda de instrumentos de cuerdas, cantaba: “Amor eterno” del compositor mexicano Juan Gabriel que inmortalizó la gran Rocío Durcal.
La verdad es que no sabría decir si la intención del concierto era recoger firmas para la enmienda constitucional que busca la reelección presidencial indefinida. Imagino que sí porque había un toldito rojo al lado de la tarima, pero me pareció una curiosa selección de repertorio pre-electoral un tema tan triste. No había mucho público interesado en esta canción divinamente kitsch que en mi adolescencia tomé como un tema de amor más, hasta que una amiga me aseguró, con el mismo énfasis del señor que insistía que en diciembre de 2008 no escaseaba el azúcar en Caracas, que si le prestaba atención a la letra me daría cuenta de que el Amor Eterno al que Rocío le cantaba era su pequeña hija muerta en las playas de Acapulco. Se lo refuté: ¿Cómo era posible que no me hubiese enterado antes de semejante tragedia? ¡Yo que casi que era presidente del club de fans de Rocío Durcal en Venezuela! No hubo despecho en mi vida que no estuviera musicalizado con La gata bajo la lluvia. Pero mi amiga fue tan convincente que terminé creyendo su historia, y desde entonces me fue imposible oír Amor Eterno sin sentir un escalofrío al asociarla con el dolor de una madre.
Durante años cada vez que oía este tema repertorio en tantas orquestas populares, sufría imaginando la tragedia en Acapulco, hasta que hace poco leí una entrevista de Juan Gabriel desmontando la leyenda: Amor Eterno fue compuesto en honor a su mamá, doña Victoria, quien murió en 1974 cuando el compositor tenía 24 años.
Viendo a la muchacha del chaleco rojo cantar con desgano sobre un Amor Eterno, pensé que hay pocos amores que desafían el tiempo: el amor a los padres suele ser eterno, el amor a los hijos también, pero ante la infaltable imagen de Hugo Chávez en la tarima, contando con semejante andamiaje publicitario, es fácil preguntarse si aún así el amor a un Presidente puede llegar a ser tanto eterno como incondicional.

viernes, 26 de diciembre de 2008

La primera patinata del pequeño Ozzie



En un futuro cuando mis nietos me pidan que les cuente la Venezuela de diciembre del 2002, el año de nuestro descontento, quizás la memoria me falle y no me acuerde de los buques petroleros con nombres de misses anclados en alta mar, ni de una Caracas fantasma que sólo despertaba para las marchas cotidianas, ni de los cacerolazos nocturnos que sonaban en enormes procesiones, ni de las largas colas para poner gasolina o para cambiar un cheque en el banco, quizás no me acuerde que comer arepa era un lujo y tomar refrescos o cervezas una exquisitez; pero de algo estoy segura: jamás podré olvidar la primera patinata del pequeño Ozzie.
En ese limbo que vivió Venezuela en diciembre del 2002 con el paro cívico-petrolero, los principales penitentes fueron los niños. Nuestra familia no era la excepción: Camila e Isabel no sufrieron tanto porque desempolvaron sus juegos de mesa y entre Sospecha y Rummikub mataron la monotonía, pero el pequeño Ozzie, a sus casi tres años, no lograba tirar el dado sin perderlo debajo del sofá. Mi niño, que no sabe quién es Carlos Ortega, mucho menos César Gaviria, que puede ver a José Vicente Rangel sin erizarse y el presidente Chávez le parece comiquísimo, no entendía porqué de repente sus padres en vez de llevarlo al kinder, al parque, a visitar a sus primitos, o a jugar pelota, preferíamos pasar todo el día frente a la televisión ¡por lo menos si fueran comiquitas! Pero no, horas y horas viendo un barcote parado detrás de un puente o a un señor de bigotes gritar hasta el cansancio: ¡Oootra llamada más!
Ozzie tampoco comprendía porqué el Niño Jesús, siempre tan generoso, esa Navidad tan solo le había traído plastilinas y un spiderman pequeñito. ¿Y el balón de fútbol? ¿ Dónde quedó la bicicleta? En vísperas de sus tres años el pequeño Ozzie empezó a tener la inquietante certeza de que la vida, después de todo, no era perfecta. La noche de Navidad, en medio de esta párvula crisis existencial, cuando en lugar de cacerolas oímos el atormentante sonido de una miniteca, los niños, que tenían tres semanas enclaustrados, asumieron como una aventura descifrar el origen de la misteriosa changa. El fanático de mi marido nos acompañó bajo protesta: “¿A quién se le ocurre hacer fiestas en estos días?” Pero nadie podía parar a las claustrofóbicas criaturas, nos pusimos los zapatos y a la calle se ha dicho.
Si algo tenemos que agradecer los timoratos habitantes de las urbanizaciones caraqueñas a este paro indefinido es haberle perdido el miedo a la calle. La escasez de la gasolina y marchar autopistas enteras armados con pitos y banderas nos convirtieron en expertos caminantes en una capital de aceras estrechas. Caminamos en la oscuridad de la noche tres o cuatro cuadras para abajo, dirección al barrio vecino, para ver de dónde venía el estruendo. Poco antes de llegar a la calle principal de mi pequeña urbanización, grandes cartelones anunciaban: “Patinata vecinal”. Nuestra vecindad, antes del paro tan fría y poca humana, había obstruido el paso de la calle principal para que los niños montaran patines, monopatines y bicicletas.
Rápidamente regresamos al edificio, nos metimos en el maletero para quitarle las telarañas a las bicicletas que sólo eran usadas alguno que otro domingo en la avenida Río de Janeiro. El fanático de mi marido sacó la tripa para inflar los cauchos y pronto las bicicletas de las niñas estuvieron listas para recorrer por primera vez las calles de su urbanización, pero el pequeño Ozzie, por ese karma de ser el benjamín de la familia, tenía una bicletica vieja que había pertenecido a sus hermanas y cuyas ruedas, por tantos años de uso, ya estaban desahuciadas. Pero él no se rendía, si el Niño Jesús no le había traído la bicicleta de sus sueños, con esa bastaría, pero por nada del mundo los chamos del vecindario lo verían pedaleando un triciclo fucsia y lila, otra denigrante herencia de sus hermanas.
Al llegar a la patinata las niñitas rápidamente se perdieron de vista como potros que por fin se ven libres después de un largo encierro, en cambio el pequeño Ozzie le tocó sufrir valientemente con su bicicletica despichada mientras los demás niños lo pasaban raudos con sus flamantes patines y bicicletas. Sentados en las aceras y arriba de los carros, los padres contemplábamos con adoración cómo nuestros hijos eran felices por primera vez en mucho tiempo. En el extremo oeste de la calle, algunos vecinos del barrio conversaban entre ellos mientras sus niños se mezclaban alegremente en la fiesta de las ruedas, así pudimos ver como la linda Alejandra de larga cabellera platinada patinaba sobre el pavimento como una diosa escandinava mientras el pequeño Alexis, elegantemente trajeado con sus galas navideñas, estrenaba la bicicleta que le había traído el niño Jesús.
Mi pequeño Ozzie, contagiado por la alegría del momento, decidió abandonar los prejuicios, agarró el triciclo fucsia y lila y empezó a pedalear con fuerza. A cada rato se caía, siempre frente a dos pavitas que lo socorrían a besitos. La calle se llenó no sólo de padres y niños, sino también de viejitos, adolescentes, parejas de todas las edades; alguno que otro cascarrabias se quejó de este trancazo festivo: “Cómo es posible, en este país no hay ley”. Por un momento me sentí que estaba viviendo en otra Venezuela y cuando un desatinado a las ocho de la noche quiso aprovechar el momento para darle a su cacerola, fue tan frío el recibimiento, que la tuvo que guardar avergonzado.
A las nueve salió el condimento que faltaba, la pelota de futbolito que unió a los habitantes del barrio con los de la urbanización, pero ya era tarde, nuestra familia decidió irse porque el pequeño Ozzie lloraba malcriado... él también quería jugar. A pesar de las lágrimas de mi niño, lágrimas de cansancio y felicidad, puedo asegurarles que el recuerdo de esa linda noche, la noche de la primera patinata del pequeño Ozzie, jamás la podré olvidar.
Adriana Villanueva
Navidad 2002. Ilustración para Nojile de Rogelio Chovet.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Un arquitecto reconoce a otro arquitecto



Ayer 19 de diciembre murió Tomás Sanabria, arquitecto de, entre tantas obras, el Hotel Humboldt en la cima del Ávila. Tenía al morir 86 años. Mi abuelo Carlos Raúl Villanueva, que nació con el siglo, le llevaba más de veinte años. Contaba mi abuela Margot que cuando CRV estaba en pleno proyecto de la reurbanización El Silencio a principios de la década de los 40, le dio una bronquitis terrible, y los dibujantes tuvieron que ir a trabajar a su casa. Uno de esos dibujantes era Tomás Sanabria, un estudiante de Ingeniería de 19 años. Mi abuela  lo recordaba tirado en el piso de la vieja Caoma, dibujando, y a mi abuelo viéndolo por encima del hombro suspirando: "Lástima Margot que este muchacho no esté estudiando para ser Arquitecto, porque es realmente genial".

En 1941 estaba por fundarse la primera Escuela de Arquitectura en Venezuela, pero sólo fue posible hacerla realidad en 1944, ya para entonces Sanabria había comenzado sus estudios de Arquitectura en Harvard, y como supo reconocer mi abuelo viéndolo dibujar en el piso de la vieja Caoma, habría de ser poco tiempo después un arquitecto genial.




viernes, 19 de diciembre de 2008

La revolución


La Revolución de Isaac Chocrón fue un suceso en la cartelera teatral caraqueña en el año 2007. No tuve la suerte de ver la puesta en escena original del año 71 dirigida por Román Chalbaud con José Ignacio Cabrujas en el papel de Eloy y Rafael Briceño en el rol de Gabriel. Era una niña. Pero he leído que fue un impacto muy grande para la provinciana capital de Venezuela ver en las tablas la historia de dos homosexuales de mediana edad, uno que se transforma en rumbera cubana, y el otro manifestando su abnegación por la diva en decadencia. Entonces La Revolución fue recibida con abucheos. La gente abandonaba el teatro ante aquel festín de plumas y lentejuelas. La tuvieron que cerrar a los pocos días de estrenada. Pocos meses después, la obra de Chocrón fue presentada de nuevo en el teatro Alberto de Paz y Mateo con inesperado éxito, los caraqueños decidieron dejar la pacatería de lado y enfrentarse a la dinámica de este par de seres marginados, uno reprimido y el otro trasgresor, obra que más que sobre la homosexualidad trataba sobre la parálisis de una sociedad. La Revolución de Chocrón era la del alma humana.

Cuentan quienes entonces vieron La Revolución que a pesar de que el que se vestía de traje largo y cantaba boleros era Rafael Briceño, Cabrujas se la comía en el papel del pusilánime Eloy demostrando que no sólo fue un gran dramaturgo, sino también un excelente actor.

En el libro "Isaac Chocrón frente al espejo", Cabrujas le confesó a la periodista Miyó Vestrini que después de 300 funciones de La revolución, no pudo ser el mismo escritor, dejó de creer aquello que le inculcaron sus pares a los 18 años que escribir sobre uno era ser reaccionario, y decidió seguir el ejemplo de Chocrón y buscar: "Mi propio sonido. Lo que me duele, lo que me afecta, lo que me preocupa".

Es posible que sin La Revolución, no hubiera habido un El día que me quieras.

En los años 90 La Revolución se volvió a montar con Gustavo Rodríguez y Mariano Álvarez bajo la dirección de Armando Gota en el Ateneo. Tampoco la fui a ver, no recuerdo por qué razón, tendría algún recién nacido entre brazos.

A la tercera va la vencida, un domingo de mayo fui a ver el montaje de La Revolución del GA 80 con Basilio Álvarez como Gabriel y Héctor Manrique como Eloy. Y más allá de que ambos actores dejaron el alma en escena, lo que más me impresionó fue cómo La Revolución, como toda buena obra de arte, no tiene fecha de vencimiento. Refleja al público que la está viendo, al momento histórico que se está viviendo.

Ugo Ulive fue el "dramaturgista" encargado de revisar el texto. Viendo la obra en Corp Banca, quise descubrir los cambios que hizo Ulive en aquellas referencias que le venían al dedillo a los tiempos que corren, aunque conociendo a Ulive (al igual que Chocrón y Cabrujas, fue mi profesor en la Escuela de Artes) pensé que un hombre de izquierda jamás escribiría, aún en este Socialismo del siglo XXI:"¡Nadie debe olvidar la Habana!", frase que después corroboré que escribió Chocrón refiriéndose a la Habana de Batista, esa que llamaban el burdel del Caribe, pero que el espectador de hoy ante el énfasis actoral y sus propios prejuicios, va directo a La Habana de Castro vía la Venezuela de Chávez.

Sin embargo Chocrón, contra corriente del intelectual venezolano de los años 70, nunca fue simpatizante de la Revolución Cubana, sabía que una obra como La Revolución, con dos "maricos" como protagonistas, jamás pasaría la pacata censura castrista.

Cuentan que de esta Revolución en Corp Banca también se salieron algunos espectadores indignados, ya no por mojigatería sexual, sino porque esta obra escrita hace 37 años, y a la que apenas se le modificaron unas frases y parte del diálogo, sirve de fiel espejo de la Venezuela actual.

Dice Gabriel: "La revolución. Y ya está pasando, está pasando. ¿No la ves? ¿No la sientes? Muévete o te va a triturar, te va a pisar, vas a quedar como colilla de cigarrillo besando el suelo".

Y que conste, eso lo escribió Chocrón en el año 1970.

Publicado en Contrabando, Diciembre 2008.

martes, 16 de diciembre de 2008

¿Dónde está la Doña?


¡Ay Santos Luzardo! Tú estás acabado de salir de la Universidad y crees que eso de reclamar derechos es tan fácil como parece en los libros.


Intentando comprender la turbulencia que vive Venezuela, mi amigo Andrés sugirió entre un grupo de los egresados en el año 80 del colegio Santiago León de Caracas que hiciéramos una lectura colectiva de Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. Quizás leyendo los clásicos de nuestra literatura podríamos descifrar la maraña política en la que estamos metidos.
Tardamos meses en empezar la lectura: casi la mitad de nuestra promoción ya no vive en Venezuela. Por eso mientras Morella lo pedía prestado en una biblioteca pública en Miami, Roberto esperaba que su papá le llevara una copia a Nueva York, Jorge lo buscaba entre cajas en Barcelona, y Velma lo recibía por correo en San Luis; yo confiaba que la Doña me aguardaba en mi biblioteca caraqueña durmiendo el paciente sueño de los libros que esperan ser releídos. 
Cuando por fin dimos la voz de ¡partida! ahí estaban La Trepadora y Canaima, pero la Doña había desaparecido. No entré en pánico, en casa de mis padres debía estar entre Lanzas Coloradas yVenezuela Heroica, pero si bien estaban las novelas de Uslar Pietri y de Eduardo Blanco, la novela de Gallegos se había esfumado.
Mi abuela me ofreció una copia amarillenta deshaciéndose a la que ya le faltaban unas páginas, así que decidí dejar la pichirrería y salir a comprar una nueva edición de Doña Bárbara. Y aunque en esta Venezuela bolivariana sabemos que difícilmente encontraremos la última novela de Javier Marías, las memorias parisinas de Vila-Matas, o los cuentos de Carlos Fuentes; ni el alma más pesimista podría imaginar que la Doña como que de verdad se perdió en el Arauca. 
Busqué la gran novela venezolana en Noctúa, en Macondo y en Monteávila, y los libreros me confesaron con cierto rubor, que la Doña hace tiempo que no se consigue. La encontré en Lectura, pero sus letras eran tan chiquiticas que parecían hormigas amotinadas. Por fin en una librería Tecni-Ciencias la fortuna me sonrió, y como una hazaña arqueológica, conseguí una copia de la editorial Armitano con ilustraciones de Alirio Palacios.
Releyendo Doña Bárbara coincido con Milagros Socorro cuando aseguró que la Doña es “un falso recuerdo” que tenemos los venezolanos, porque darla por leída en bachillerato, es como jamás haberlo hecho. Sólo un alumno aplicado como Andrés se puede acordar de la lectura anti-positivista que nuestra profesora Elizabeth Uzcátegui le daba a la novela de Gallegos, porque el resto de los mortales, adolescentes al fin, estábamos dedicados a hazañas más propias de la edad como pintar corazoncitos o jugando batalla naval.
Pero no sólo la lectura obligada en bachillerato nos quitó el placer de leer Doña Bárbara, en una época se puso de moda que los intelectuales venezolanos la trataran con desdén. Juan Liscano escribió en 1986 que el Gallegos político y moralizador se comió al escritor, y que la barbarie agropecuaria retratada en Doña Bárbara parecía un cuento de hadas si se le comparaba con la posterior barbarie urbana. Sin embargo, para Liscano todavía se podía advertir en los venezolanos rasgos tan bien descritos en la novela de Gallegos como: “ la violencia, la viveza, la falta de pulcritud en el manejo de los fondos públicos, la avidez crematística, el afán de trepar a cualquier costo”.
Todas esas características están resumidas en un personaje de Doña Bárbara: Ño Pernalete, el servil funcionario público cuya conciencia está en función de los intereses de la señora. Y aunque la buena literatura da para muchas lecturas, viviendo en una Venezuela revolucionaria donde los servidores públicos son en su mayoría descarados Ño Pernaletes que no sirven a un país sino a un comandante; me pregunto cómo podemos olvidar a Gallegos en esta V República si hoy es el escritor más contemporáneo de Venezuela.

© Publicado en El Nacional el sábado 6 de junio de 2004

sábado, 13 de diciembre de 2008

Más noticias de Guadalajara



Uno de los eventos más concurridos de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara 2008, fue el encuentro el 2 de diciembre entre dos personajes tan disímiles como  la máquina de coser y  el paraguas sobre los que escribía el conde de Lautréamont: Fher, el cantante del grupo mexicano Maná, y el filósofo español Fernando Savater.
A Fher le correspondió hacer las preguntas, una de ellas fue:"¿Y filosóficamente cómo te consideras?".
El autor de Ética para Amador contestó: "No soy un filósofo con mayúsculas. Soy un profesor de filosofía. Un intermediario entre los grandes filósofos y el público. Mi cualidad es que explico bien las cosas, y las explico bien porque soy muy ignorante. No sé si te has dado cuenta pero los grandes sabios no saben explicar bien las cosas. Y eso es a lo que me dedico yo, a ser un intermediario".
El omnipresente primer mandatario venezolano también fue tema de conversación entre Fher y Savater quien opina que aunque "hay que respetar las decisiones de los ciudadanos, también hay que decir que en Democracia, un gobernante no puede lanzar discursos como si fuera enemigo de su pueblo".
Pero el mensaje de odio sigue, día a día, y en cadena nacional, y ni Savater sería capaz de hacerle entender al aspirante a emperador venezolano que así, así, así no se gobierna.

Noticias de Guadalajara

De vez en cuando visito Encontrarte en Aporrea, hay artículos interesantes en esta revista cultural del portal revolucionario. Lo que jamás habría imaginado es que en EncontrArte pudieran leer este blog poco visitado que uso para compartir con los panas artículos, libros, películas, o anécdotas urbanas. Por eso me sorprendió cuando la periodista María Alcira Matute mencionara en EncontrArte como ejemplo de las mezquindades de la oposición, el post sobre Filven 2008 donde supuestamente omito que mi novela, El móvil del delito, estaba a la venta en el stand de Ediciones B.

¿Y por qué debí mencionar que mi humilde novelita estaba en una feria literaria? A parte de que da como rubor la autopromoción, no me pareció necesario especificar que El móvil…, publicada en el año 2006, al igual que novelas de este año como Close Up de Armando Coll y El abrazo del tamarindo de Milagros Socorro, o El Libro de la Salsa de César Miguel Rondón, o las obras de autores como Eduardo Liendo y Manuel Caballero; como bien señala Matute, estaban en Filven. No lo hice, no por omitir que muchos de quienes sentimos “antipatía por el proceso de cambio” también participamos en este evento literario financiado por el Estado, sino porque me parecía que debía ser obvio que en una Feria Internacional del Libro en Venezuela, se encontraran libros de escritores venezolanos, a pesar de que hoy el Estado está en manos de un Gobierno que ya va para 10 años, que aspira perpetuarse en el poder, y que a quienes tenemos un pensamiento crítico se nos señala en cadena nacional como oligarcas, enemigos del pueblo, pulverizables… .


Así que mi principal objeción con Filven no fue la falta de autores nacionales opuestos al Gobierno, porque allí estaban nuestras obras, ni siquiera la ausencia del stand de Libros de El Nacional; sino la desmedida presencia de la imagen del presidente Chávez en una feria supuestamente literaria. Su rostro adornaba el Parque Los Caobos por doquier, hasta había un mesón dedicado a regalar afiches suyos mirando al horizonte cual profeta iluminado. Sin contar los cientos de libros regalados respaldando su gestión. Yo salí con Dictadura mediática en Venezuela de Luis Britto García. Quizás llegué tarde y había poca luz, pero extrañé algún reconocimiento similar a Eugenio Montejo o Adriano González León, ejemplos de lo mejor de nuestras letras, que murieron este año.


Tanto Chávez daba la impresión de que en lugar de estar en una celebración a la literatura, estábamos en una feria en gran parte dedicada a un ego cada vez más inflado que se considera indispensable en el destino de América, y que usa sin ningún tipo de control las arcas de la nación y cuanta herramienta publicitaria esté a su alcance para atornillarse en el poder.


Son odiosas las comparaciones, pero si en Filven se pagaba peaje de idolatría chavista antes de llegar a los stand que ofrecían literatura; esta semana leímos en la prensa noticias de Guadalajara, sobre una feria literaria donde a los escritores participantes parecía apreciárseles, por encima de cualquier intención política, por su aporte al mundo de la palabra escrita. Una feria internacional en la que autores mexicanos como Carlos Fuentes, Juan Villoro, Adolfo Castañón, Carlos Monsiváis, entre tantos, fueron profetas en su tierra sin tener que agradecer el espacio que se les daba. ¿Acaso esto es demasiado pedir en una feria literaria?


Artículo publicado en El Nacional 13 de diciembre de 2008.

jueves, 11 de diciembre de 2008

A la sombra de sir Vidia

V.S.Naipaul, escritor hindú-anglo-trinitario premio Nobel  del año 2001, todavía no era “Sir” pero si una joven luminaria de la literatura inglesa cuando conoció al aspirante a escritor, Paul Theroux, en el año 1966.

 “¿Estás seguro de que quieres que lea tus cuentos? Soy un crítico brutal”, le dijo Naipaul al  muchacho norteamericano que le presentó un manuscrito. Theroux tomó el riesgo comenzando una intensa amistad que duraría tres décadas. Este primer encuentro se realizó en Uganda cuando Theroux, de 24 años,  daba clases de inglés en Kampala.  Naipaul, de 34 años, había ido al país africano a dar una charla literaria. Entre ellos se estableció una relación alumno-maestro que se igualaría diez años después -de escritor a escritor- cuando Theroux  logró lo que  su maestro, a pesar de su temprano prestigio literario, le costó tanto alcanzar: el éxito comercial.

 Naipaul solía mandarle a su pupilo cartas con consejos espirituales: “Siempre escribe con la verdad”, y consejos materiales: “Consigue una mujer rica, o una que gane bien, y dedícate a la escritura”. Theroux  siguió sus consejos: se mudó a Londres, dejó que su esposa Anne trabajara mientras él se ocupaba de los niños, y renunció a ganarse la vida de otra forma que no fuera como escritor. Sus cálculos eran sencillos: publicando un libro al año, escribiendo reseñas literarias, y con el sueldo de su mujer, lograría sobrevivir hasta ser  una pluma reconocida.

Siguiendo al Ecuador,  libro de crónicas de Mark Twain  donde narra sus experiencias en un viaje por tren, fue la brújula que le mostró el camino a Theroux del éxito.  Se le ocurrió  tomar un tren  de Londres a París, seguir a Estambul, cruzar la frontera de Afganistán, pasar por  India,  Birmania y Tailandia, hasta llegar a Japón, y durante el trayecto escribir un libro sobre su experiencia.  

Naipaul expresó entusiasmo ante la idea de su amigo, aunque Theroux asegura  haber sentido: “  algo de resentimiento en su voz por esta idea del viaje en tren que yo había concebido por pura desesperación”.

En 1974  fue publicado El gran bazar del ferrocarril,   estilo que  resultó para  Theroux  la gallina de los huevos de oro, gallina que, 33 años después, sigue dando ganancias con recuentos de sus viajes por América, China, el Mediterráneo, Inglaterra, África  y Oceanía.

La amistad entre Theroux y Naipaul  terminó en 1996, poco después de enviudar  sir Vidia. Ni siquiera hubo un cruce de palabras, Theroux se enteró de que su amistad con Naipaul había terminado  al encontrar una de sus novelas dedicada en su puño y letra al maestro en una venta de libros de segunda mano. “El inevitable revisionismo de la segunda esposa” deduce Theroux.  Sin explicación alguna, sir Vidia dejó de dirigirle la palabra. 

En 1998, cinco años antes de que  Naipaul  recibiera el Nobel, Theroux  publicó un recuento despechado sobre otro largo recorrido, La Sombra de Sir Vidia:  el viaje de  una amistad a través de 5 continentes,  amistad que inexplicablemente,  zozobró.

Publicado en Papel Literario en el año 2001.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Ciudadanos como todos



Desde que tengo memoria, en diciembre escojo un calendario, en enero lo guindo en la pared de mi baño y me sirve para recordar cumpleaños, citas y planificar vacaciones. De adolescente me gustaba que mis meses fueran marcados por estrellas de cine o por mis bandas favoritas de música pop; después pasé por una etapa urbana que cubrió desde imágenes lluviosas de la ciudad de París, hasta los edificios más emblemáticos de Nueva York. Últimamente mis años han transcurrido entre Miró, Monet, Picasso, Hooper, Matisse, Malevich, Calder, Van Gogh, y 2004 le tocó a los paisajes del austriaco Gustav Klimt, fríos y dorados, tan distintos en espíritu a como viví este año el país: creyendo en un referéndum revocatorio lleno de trabas, marchando al son de “Se va, se va, se va” (y el hombre se quedó) ; Smarmatic, triunfo del No, duda razonable, las elecciones regionales tiñen de rojo a Venezuela, crímenes políticos, ley mordaza, justicia revolucionaria, cochino barato sólo para quienes comulgan con el proceso.
Definitivamente el año 2004 para la oposición venezolana fue como El grito de Edvard Munch.
Por eso apenas vi Síndrome de Down: Un ciudadano como todos; decidí que ése sería mi almanaque del año 2005 para que en las mañanas, después de desayunar y leer el periódico, al lavarme los dientes, recordar que Venezuela no sólo es política y desazón sino también un país de gente solidaria en el que todavía es posible apostar por el bien. Editado por Avesid (Asociación Venezolana para el Síndrome de Down) en este hermoso calendario posan junto con niños, jóvenes y adultos con síndrome de Down, venezolanos de la talla de Oscar D’ León, Ruddy Rodríguez, Vos Veis, Alirio Palacios, Mariángel Ruiz, Simón Díaz, Richard Páez, Laureano Márquez, Emilio Lovera, Siudy Garrido, Ángel Sánchez, Bob Abreu, Milka Duno y los excursionistas del Proyecto Cumbre. Esta noble causa que busca reunir fondos para los niños con SD de escasos recursos, también cuenta con el apoyo de prestigiosos fotógrafos y de la empresa privada.
Ana Beatriz Villegas de Seif, madre de una de las modelos del almanaque —la linda Ana Corina-, le explicó a mi sobrino Sebastián cuando el muy curioso le preguntó qué significa nacer con síndrome de Down:
“Son niños como tú, pero a los que les cuesta un poco más llegar a sus metas”.
Laureano Márquez, posando con Erminio y Bibiana, los describe como: “El ser humano cuando —desprovisto de toda maldad— se transforma en puro amor” ; y Elisa Pericás de Nacal asegura bajo la foto de su hija Melanie —quien posó de lo más fashion con el grupo Vos Veis— que las lágrimas derramadas hace 18 años con su nacimiento se transformaron en grandes alegrías.
Confieso que durante años pensé que el síndrome de Down sólo afectaba a los hijos de padres viejos y de familias numerosas, porque antes los niños que nacían con SD eran un misterio, se quedaban en sus casas a buen resguardo de los suyos.
Hoy, muchos preescolares y algunas escuelas cuentan con planes de inclusión y los papás modernos luchan para que sus hijos sean adultos independientes, y aunque en mi entorno familiar no hay nadie con SD, como mi niño de 4 años no se destaca por su oratoria, lo llevo a terapia de lenguaje dos veces a la semana donde además de chiquillos que no sacan la r y la g, van decenas de pequeños con mayores dificultades de aprendizaje.
En la sala de espera, calladita, como para no estorbar, oigo a las mamás de los niños con SD, jóvenes, más jóvenes que yo, hablar de sus hijos con tanta ternura, amor y dedicación, con orgullo por cada logro, con risas por cada travesura, con fortaleza al toparse con la ignorancia y la incomprensión; que para mí será un bálsamo y un honor que en este país politizado y dividido, en el que a menudo perdemos las perspectivas, levantarme todos los días iluminada por la sonrisa de ciudadanos mejores que yo.

Publicado el sábado 18 de diciembre de 2004 en el diario El Nacional

viernes, 5 de diciembre de 2008

Qué hace falta para escribir una buena novela, según Murakami.



"Mi cabeza es como un ridículo cobertizo repleto de cosas sobre las cuales me gustaría escribir", dijo Sumire. "Imágenes, escenas, palabras... brillan en mi mente, vivas. ¡Escribe! me gritan. Una  gran historia está por nacer- la puedo sentir. Me transportará a un nuevo y esplendoroso lugar. El problema es que una vez que me siento en el escritorio a ponerla en papel, me doy cuenta que falta algo vital. No cristaliza- no hay cristales, sólo piedras. No me transporta a ningún lado".
Frunciendo el ceño, Sumire tomó  una roca y la tiró a la laguna.
"Quizás me falta algo. Algo que absolutamente debe uno tener para ser  novelista".
Siguió un profundo silencio. Parecía  esperar mi opinión.
Al cabo de un rato, comencé a hablar: "Hace mucho tiempo en China había ciudades rodeadas por enormes murallas. Tenían portales gigantescos, magníficos. Estos portales no sólo servían para  entrar y salir,  había un significado mayor. La gente creía que el alma de la ciudad residía en  ellos. O por lo menos debía residir ahí. Era como en Europa en la Edad Media cuando la gente sentía que el corazón de las ciudades latía en sus catedrales y plazas  mayores. Por eso todavía hoy en China es fácil encontrar  espléndidos portales en pie. ¿Sabes cómo los construían los chinos?".
"Ni idea", contestó Sumire.
"Llevaban carretas a los campos de batalla para recolectar los huesos desteñidos sepultados ahí, o  regados por el campo. China es un país  antiguo -muchos viejos campos de batalla- así que no tenían que buscar muy lejos. A la entrada de la ciudad construían un enorme portal y lo sellaban con los huesos adentro. Esperaban que conmemorando de esta manera a los soldados muertos,  ellos seguirían cuidando el pueblo. Pero hay más. Una vez que los portales estaban terminados, traían varios perros, les abrían las gargantas y esparcían sus sangre en el portal. Sólo mezclando sangre fresca con huesos secos,  revivirían magicamente las antiguas almas de los muertos. Por lo menos esa era la idea".
Sumire aguardó en silencio a que continuara:
"Escribir novelas es más o menos lo mismo. Juntas huesos y haces tu portal, pero no importa qué maravilloso sea ese portal, eso sólo no le da vida, no la hace una novela que respire. Una historia no es algo de este mundo. Una verdadera historia requiere una especie de bautismo mágico para unir el mundo de este lado con el mundo del otro lado".
"¿Así que lo que estás diciendo es que vaya y busque mi propio perro?".
Asentí.
"¿Y vierta sangre fresca?"
Sumire se mordió el labio pensando sobre lo que acababa de decir. Tiró otra piedra a la laguna:
"Yo no quisiera matar ningún  animal si pudiera evitarlo".
"Es una metáfora", le dije, "No tienes por qué matar nada".

Sputnick Sweetheart, Haruki Murakami, (Vintage International, 2001) traducción del inglés al español por el equipo de  Evitando Intensidades.

martes, 2 de diciembre de 2008

Uuuups, llegó papá



El controversial artículo 8 del proyecto de ley orgánica de la cultura, presentada el año 2001 por la Subcomisión de Cultura de la Asamblea Nacional no fue redactado en Cuba, ni tampoco copiado fielmente de la revolución cultural china. No es producto de la filosofía entrista que pretende apropiarse de las mentes de todos los venezolanos. Tengo fuertes razones para creer que ese artículo, que trata de impedir el acceso de la nefasta influencia globalizadora a las impolutas tradiciones del pueblo venezolano, fue ideado y redactado en el salón de mi casa.
No, en mi casa no funciona una célula-marxista leninista a favor de la revolución bolivariana, mi hogar es un modesto núcleo familiar compuesto por padre, madre, dos niñas y un bebé. El padre, un poco tocado por su afición al beisbol, y las dos hijas, un poco tocadas por su afición a la cantante Britney Spears. El famoso artículo nace cuando estas dos fuerzas antagónicas se topan con consecuencias casi nucleares.
Remontémonos a los acontecimientos, enero de 2001, por primera vez en nueve años los Tiburones de La Guaira clasifican para el round robin. La novena escuala comienza con buen pie derrotando a los favoritos: Navegantes del Magallanes y Cardenales del Lara. El ánimo está por el cielo, las emociones nos favorecen, ¿qué mejor momento para transmitirle al pequeño Ozzie una pasión desmedida por el beisbol? El padre se prepara para este momento tan especial: compra dos cachuchas de los Tiburones, cotufas con mantequilla y un botellón de refresco. Nos va a dar la sorpresa de llegar temprano a casa, no lo esperamos, pensábamos que iba a ver el juego desde el lugar de los acontecimientos.
Cuando los gatos no están en casa, los ratones están de fiesta. Las pequeñas alienadas habían conseguido un video de Britney Spears, y en vez de sintonizarle el partido a su hermanito, como se lo habían prometido a su padre, practicaban los pasos coreográficos de Oops... I did it again. Asumo mi cuota de responsabilidad, debí haberlas regañado: "No compañeritas, están muy equivocadas: penetraciones de la anticultura invasora del imperio materialista por excelencia, en esta casa, no". Debí haberlas mandado para su cuarto, y como castigo, obligarlas a que se aprendieran la silva A la Agricultura de la Zona Tórrida de don Andrés Bello. Pero fui débil, qué les puedo decir, soy producto de una adolescencia que comenzó a finales de los años 70.
Estaba preparando una salsa de tomate cuando vi a la mefistofélica rubia tongonearse enfundada en cuero rojo y se me removieron los años de luces de neón, Donna Summer, topes de lentejuelas tornasoladas; solté el cucharón, solté el sartén y Oops, I dit it again! A bailar se ha dicho.
Cuando estaba a punto de aprenderme los pasos tan bien como un día me aprendí los de Fiebre del sábado por la noche, oí un ruido familiar que instantáneamente me heló la sangre: "¡Sorpresa, llegó papá!" ¿Y con qué panorama se encontró? Con la hija de seis años bailando con una silla, la  de nueve años cantando con un cucharón, la mujer, 20 años rejuvenecida, y el pequeño Ozzie, prospecto de la gran carpa de 2020, feliz como maestro de ceremonias, dando palmaditas y gritando "¡Uups!".
"¡Adriana!" -el alarido, meses después, todavía retumba por las paredes de la casa-. "¡¿Qué es lo que está pasando aquí?!". Las niñas nos quedamos al instante paralizadas, sólo el pequeño Ozzie alegremente invitó a su padre a bailar "Uups", y les puedo jurar, les puedo asegurar, que en ese mismo lugar, en ese mismo instante, quedó redactado el artículo 8 del proyecto de ley orgánica de la cultura de la Subcomisión de Cultura de la Asamblea Nacional.
Publicado en el cuerpo de Deportes de El Nacional, el domingo 25 de marzo de 2001

sábado, 29 de noviembre de 2008

Invasión metalera en CSI

El sábado 29 de noviembre, en la tienda Esperanto del Centro Comercial San Ignacio,  comenzó la preventa de las entradas al concierto de Iron Maiden que se realizará el 5 de marzo de 2009 en Caracas, y a pesar de que la legendaria banda Heavy Metal británica se presentará en el Estadio de Béisbol que tiene una capacidad de 25 mil espectadores, y que faltan más de 3 meses para ello, la cola de metaleros que querían asegurar desde temprano sus entradas le daba la vuelta al centro comercial.
En Evitando Intensidades logramos captar estas imágenes, testimonio de los metaleros más fiebrudos de Caracas.

La mecha del descontento


En una visita de rutina en febrero de 1989, el dentista me encontró una mancha bajo la lengua. No quiso alarmarme, pero debía vérmela con un médico cuanto antes. Mi mamá al día siguiente me llevó al Centro Médico de San Bernardino para que el doctor Armando Márquez Reverón, un excelente cirujano oncólogo, me revisara el lunar.
Para una consulta con el doctor Márquez había que armarse de paciencia, venían a verlo de todas partes de Venezuela pacientes que hacían cola desde tempranas horas de la mañana para ser recibidos por el doctor en la tarde. Cuando mi mamá y yo llegamos al mediodía, teníamos decenas de personas por delante.
Entonces el descontento social en Caracas estaba caldeado, supimos por la radio que había disturbios en Guarenas por el aumento del pasaje, pero no nos angustiamos, era al otro lado de la ciudad. Cuando a las 5 de la tarde oímos un barullo y nos asomamos por las ventanas, vimos con asombro una poblada corriendo calle abajo con carritos de supermercados llenos de comida. Como en 1989 casi nadie tenía teléfono celular, quienes esperábamos en el lúgubre pasillo del consultorio estábamos completamente en la luna, hasta que la secretaria prendió un pequeño televisor y así fue como nos enteramos que había disturbios y saqueos por toda la ciudad.
El doctor Márquez me atendió a las 9 de la noche, me operó semanas después y la mancha resultó ser una tatuaje de amalgama, pero el verdadero susto lo pasamos mi mamá y yo regresando a casa ese 27 de febrero entre humo y barricadas. Me sentía como en una película extranjera, esta no podía ser mi ciudad. Pero sí lo era, el comienzo de una nueva Caracas.
Casi 20 años después, en noviembre de 2008, recordé el Caracazo cuando llevé a mi hija a un traumatólogo en el Centro Médico, que al igual que con el doctor Márquez (quien falleció hace un par de años), es necesario esperar horas porque es visitado por pacientes de toda Venezuela. Ese lluvioso miércoles no había revueltas populares sino altas expectativas ante las elecciones regionales que se avecinaban. El pasillo del consultorio resultó un foro político donde quienes ahí esperaban esgrimían sus razones para votar. Y ninguna favorecía a la actual dirigencia revolucionaria. “¿Dónde está su Alcalde Metropolitano Juan Barreto?”, nos preguntaba un señor de La Grita, estado Táchira. “¿Es verdad que se dedicó a viajar?”.
Al día siguiente Caracas volvió a estar en emergencia, esta vez por las lluvias, cayó sobre la ciudad más agua en una tarde de lo que suele caer en noviembre completo. Mientras el presidente Chávez acaparaba en cadena los medios de comunicación social recibiendo a su homólogo de Vietnam, el alcalde Enrique Capriles Radonski (a quien hace dos semanas le achaqué una calle llena de huecos que no era de su jurisdicción) auxiliaba a los vecinos de Baruta. Su contrincante por la Gobernación de Miranda, el entonces gobernador Diosdado Cabello, también estuvo presente en las zonas más afectadas. El Alcalde Metropolitano de esta gran Caracas inundada, no figuró.
Ante los resultados de las elecciones regionales en la ciudad capital en la que la oposición ganó 5 de 6 alcaldías -incluyendo la metropolitana- en una Venezuela que sigue siendo en gran parte roja, rojita; no está de más recordarles a quienes hoy desestiman a los caraqueños como burguesitos, que la mecha del descontento suele prenderse al pie del Ávila.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Vista por casualidad


La película la compré por carambola en los pasillos de la UCV, me gustó el título: “Cartas de París”, además nunca había visto una película ambientada en Georgia, un pequeño país euroasiático que a partir  del siglo XIX formó parte del Imperio Ruso, hasta que la Revolución Bolchevique le concedió la independencia en 1917, para volvérsela a quitar en 1922. En 1991 Georgia por fin logró la autonomía.

Lo investigado en Wikipedia me cuenta menos de Georgia que “Depuis qu’Otar est parti”, título original de la ópera prima de la directora Julie Bertuccelli, premio de la crítica en el festival de Cannes del año 2003. Hasta entonces directora de documentales, Bertuccelli se estrenó en la ficción con la historia de tres mujeres: una anciana, su hija y su nieta; sólo rompen la rutina en sus tediosas vidas   las   cartas y llamadas desde París del único hombre de la familia, Otar, médico que decidió que mejor le iría como obrero ilegal en la capital francesa.

Eka, Marina y Ada viven en Tbilisi, una ciudad que ni que mi vida dependiera de ello habría sabido identificar como capital de Georgia (gracias Wikipedia), ciudad más europea que asiática, pero europea del este, fría, de calles de piedra, constantes apagones, y suculentas pastelerías, habitada por gente sencilla, medio tristona, quienes no viven en opulencia, pero comida no les falta en la mesa.

Eka (Esther Gorintin), la abuela, es una belleza de  viejita de 90 años, consentida y consentidora, golosa, coqueta con su pelo blanco   adornado de peinetas, algo malcriada, siempre pelea con su hija Marina que la acusa de Stalinista. “A mucha honra”, contesta la anciana. Marina (Nino Khomasuridze) es una sensual mujer que bordea los cincuenta años, resignada a las limitaciones de su vida, no sólo económicas sino también emocionales: su actual pareja es un hombre bueno del que desearía estar enamorada, pero la divierte sólo en la cama y la aburre en lo demás. Lo que más parece afectarle a Marina es que su madre no disimula la preferencia por su hijo varón. Y por último está Ada(Dinara Drukarova), apenas saliendo de la adolescencia, tan sombría que no parece una mujer joven; sus debilidades son la cultura francesa y su abuela.

La monótona pero tranquila vida de estas tres mujeres cambia no con una carta de París sino con una llamada de Niko, un amigo de Otar quien les informa que éste tuvo un grave accidente en el trabajo, no se atreve a investigar más porque él también está ilegal. Tras un trámite burocrático, Marina y Ada se enteran de que Otar  no sobrevivió y  fue sepultado en un cementerio de indigentes en París.

¿Cómo decírselo a Eka?

Ni Marina ni Ada se atreven, y así comienza el engaño, Ada falsifica la letra de su tío para que su amada abuela siga recibiendo cartas de París, en ellas explica que su actual trabajo le hace imposible seguir llamando. Eka se lo cree, o parece creérselo, pensaba yo, supuse que estaba ante una versión francesa-georgiana del famoso cuento de Julio Cortázar: La salud de los enfermos. Pero aunque la premisa es la misma: ocultarle con cartas forjadas a una anciana la muerte de su hijo consentido; el desenlace es diferente al cuento de Cortázar, pero igual de conmovedor.

Cartas de París es una hermosa película sobre la relación de una familia matriarcal y sobre las consecuencias de tratar de sostener una mentira. No es para todo público, es una película más de silencios que de palabras,  que me alegra haber visto por casualidad.

martes, 25 de noviembre de 2008

La infelicidad de ver Los Sopranos


Recientemente leí en Internet un estudio que asegura que mientras más disfrutamos viendo televisión, más infelices somos. Aquellos que perdemos nuestro tiempo libre sentados frente a la caja maldita, no somos ni la mitad de felices que aquellos que lo usan en otros menesteres como visitar amigos, ir a la iglesia o jugar cartas. Del placer de la lectura no habla este estudio.

Para celebrar mi gran infelicidad por la enorme felicidad que me da ver una buena historia en la pantalla pequeña -así como quien reserva un buen vino para una gran ocasión- elegí ver la tercera temporada de Los Sopranos este fin semana electoral, y mi feliz infelicidad se hizo completa con un genial cuarto capítulo de la serie de los mafiosos en Nueva Jersey titulado: “El empleado del mes”.

En esta tercera temporada que data del año 2001, los ataques de pánico del jefe de la mafia, Tony Soprano, regresan, y no es para menos: su hija Meadow llega de visita de la universidad de Columbia con un novio afro-americano-judío, ¿acaso la niña no entiende que descendiente de italianos se enamora de descendientes de italianos?, que cada oveja con su pareja:  “Yo no me meto con sus hijos, ellos que no se metan con los míos”; el preadolescente Anthony Jr. no da pie con bola en el colegio; su anciana madre Livia, una Medea del siglo XXI, por fin estira la pata; y su hermana Janice regresa a New Jersey para  robarle la pierna de prótesis a la cuidadora ucraniana de su madre, la única manera que encuentra de obligarla a que le devuelva una colección de discos de crooners italianos que atesoraba la vieja Livia.

Menos mal que Tony cuenta con el desahogo de las sesiones semanales con su psicoanalista, la reflexiva doctora Menfi, quien trata de ayudarlo a comprender que a pesar de la muerte de su madre, sus conflictos distan de estar resueltos, ahora es que le queda psicoterapia por delante. La doctora también tiene conflictos por resolver: le confiesa a su  psicoanalista que no está segura si debe seguir tratando a Tony Soprano, comienza a simpatizar con las prácticas del gran capo.

Hasta que un día la doctora cancela su cita semanal por teléfono, le dice a Carmela, la esposa de Tony, que sufrió un accidente de tránsito. El espectador sabe que dicho accidente fue una espantosa violación en las escaleras de un desierto estacionamiento,  que la doctora parece tomarse con toda la calma posible porque el violador ha sido atrapado por la justicia y pagará su crimen. Pero cuando ante un tecnicismo el desgraciado sale en libertad, la hasta entonces racional doctora Menfi, confronta la posibilidad de aprovecharse de su relación con Tony Soprano. Es el único hombre en su vida que sería capaz de hacer que el  violador pague lo que le hizo, sabe que su marido  gastando en abogados 300 dólares la hora, no conseguirá que el canalla vaya a la cárcel; y que con sólo una mención a su paciente el mafioso este se encargará de que César Rossi, empleado del mes en un local de comida rápida, termine con el mosquero en la boca.

Pero la razón, la civilización, la ética, qué se yo, al final triunfan y la doctora Menfi calla.

Tony siente en la terapia que algo anda mal con su admirada doctora, y ¡ay si supiera qué! En cambio de lo más molesto debe encargarse de los rusos que golpearon a su hermana Janice por robarle la pierna falsa a la ucraniana.

Cómo no hacer empatía con la doctora Menfi, en situaciones extremas: ¿quiénes tendríamos la fortaleza de prescindir del uso de la violencia, en caso de tener a Tony Soprano de nuestro lado, tras ser víctimas de semejante canallada como lo es una violación?

Este maravilloso capítulo, “El empleado del mes”, le mereció a sus escritores Robin Green y Mitchell Burgess el premio Emmy al mejor capítulo de televisión del año 2001,  en él está todo lo que  hace a una buena historia: guión, dirección y actuaciones como hace años no se ven en el cine. Lorraine Bracco, en el papel de la reprimida doctora Menfi, está sencillamente genial.

Así que será de infelices esto de ver televisión, pero gracias a series como Los Sopranos, ¡cómo estoy gozando mi infelicidad! 

lunes, 24 de noviembre de 2008

Con el meñique manchado

Hay tres tipos de electores: los que madrugan para votar, quienes votan cuando mejor les acomode, y los que no votan porque les da fastidio o son indiferentes. Pertenezco a la segunda categoría, aunque en ninguna elección he dejado de votar, prefiero tomármelo con calma: desayuno, leo el periódico, me baño, me visto, y hasta me maquillo, y a golpe del mediodía, estoy lista para  darle mi voto a quienes considero deberían llevar las riendas de mi municipio, de mi estado, o de mi país.

Este domingo 23 de noviembre no sería la excepción, pero a las 10 de la mañana ya me estaba llamando mi mamá a preguntarme si había votado. Ella pasó después de votar en la Casa de la Cultura de Chapellín frente al Liceo Jesús Enrique Losada, donde yo voto desde que tengo 18 años, y estaba vacío. Decidí apresurarme, no se fuera a llenar de rezagados al mediodía.

Llegué a las 11 de la mañana a mi centro de votación, y en efecto, no había mucha gente, quizás porque el CNE lo ha descongestionado enviando a parte de los inscritos ahí a otros centros electorales cercanos.

Esperando por la máquina captahuellas sólo tenía dos personas por delante, pensé que al igual que en las dos elecciones anteriores, tardaría unos minutos en votar, pero me tocó la mesa lenta, la que se le echó a perder la máquina porque una señora haló la boleta de votación cuando no era, se trabó y fue necesario llamar al técnico; me tocó la cola en la que hubo un conato de altercado porque alguien quiso hacer campaña política in situ; en la que hubo hasta un infartado a quien fue necesario llevárselo con la ayuda de paramédicos sin lograr ejercer su derecho al voto. Los viejitos y las mujeres embarazadas también abundaban en mi cola; y mientras en las aledañas mesas 3 y 4 los electores no tardaban más de los seis minutos reglamentarios en votar, a mí me tocó hacer más de dos horas de cola.

Corrí con suerte, la mayoría de los electores en otros municipios tardaron un promedio de 4 horas en votar. Es que las máquinas asustan, ¿y si uno le da a donde no es? Y yo que pensaba que esa era una paranoia personal porque soy torpe en cuanto a tecnología se refiere, me consolé al leer ayer domingo en la mañana en el artículo de Milagros Socorro que ella teme lo mismo. Tanta paranoia no resulta infundada, en la mesa en el Municipio El Hatillo donde votó mi marido, una señora se confundió y votó por Diosdado Cabello, al darse cuenta de su error, pidió ayuda, pero ya era muy tarde. Una vez que le das al ovalito, no hay marcha atrás. Lo mismo le ocurrió al actual Gobernador del estado Barinas, el maestro Hugo de Los Reyes Chávez, se equivocó de candidato y no votó por su hijo Adán como sucesor, fue necesario anular su voto.

En el Municipio Libertador la cosa no parecía tan difícil, apenas había que darle a cuatro ovalitos en la computadora: gobernador, alcalde, cabildo metropolitano y qué se yo más. En otros municipios como Sucre había que marcar hasta diez. La señora frente a mí en la cola estaba angustiada, se le quedó la chuleta, si su hija se enteraba, la mataba, ¿y ahora cómo era? Quise ayudarla, pero imposible adivinar si su voto sería rojo, blanco o amarillo. Le aconsejé que se acercara a los tarjetones que estaban pegados en una cartelera para que identificara dónde estaban ubicados los candidatos de su preferencia. Llegó a los pocos minutos toda sonrisas: “Esto no necesita chuleta”. Al rato se volteó para decirme en susurro cómplice: “Los de enfrente mío son chavistas”.

Eso es lo divertido de votar en el  Liceo Jesús Enrique Losada, ahí votan ricos, clase media, clase obrera. Hacemos juntos la cola chavistas radicales, la oposición que no falla una marcha, arrepentidos de ambos lados y los eternos indecisos; pero después del conato de altercado, nadie discutía de política, lo que si parecía estar presente era el béisbol nacional, demasiados caraquistas en esa cola para mi gusto, pavoneándose con su gorra leonina, ¡ay sí gatitos! pero los aficionados a los Tiburones pronto nos manifestamos, mientras que los magallaneros prefirieron mantenerse en la clandestinidad. También se discutió del tiempo, si llovería o no; y que el 27 de noviembre serían los festejos de la virgen de La Milagrosa.

Antes de la una de la tarde ya yo había votado. Luego fui a una reunión familiar en El Hatillo. Ahí todos tenían su cuento, si votaron en la madrugada, o si prefirieron esperar a la tarde. Si fue rápido, o si tardaron horas en la cola. A diferencia de pasada elecciones, la abstención, por lo menos en mi familia, no fue una opción. Todos los mayores de 18 años tenían sus meñiques derechos manchados de tinta. Los más chamos no estaban   interesados en política, preferían saltar en la colchoneta o jugar fútbol. Las mujeres de la familia acordamos la fecha de la elaboración de las hallacas, y antes de las seis de la tarde prendimos la televisión para ver cómo estaba la cosa. En Globovisión se veían imágenes de motorizados vestidos de rojo dando vueltas a la escuela Jesús Enrique Losada  en actitud amedrentadora. Nada tenía que ver ese ambiente con el que viví al mediodía.

Antes de la 8 ya estaba en mi casa y a las 10 durmiendo. No me quise trasnochar como en pasadas ocasiones esperando que la rectora Tibisay Lucena diera los primeros resultados oficiales, el día había sido largo. A las 12 de la medianoche me desperté exaltada, prendí el televisor y ya habían dado los primeros cálculos: Venezuela seguía pintada en gran parte de su territorio de rojo; pero con la excepción de los vecinos del Municipio Libertador, Caracas rechazó la monocromía.

Algunos fuegos artificiales se dejaron oír a lo lejos, no sé si por el triunfo de Jorge Rodríguez como Alcalde del Libertador, o si por el triunfo de alguno de los candidatos que se identifican como oposición en el resto de Caracas. Qué importaba. Esta noche la democracia triunfó, y por lo menos en mi ciudad, podríamos dormir tranquilos.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Tras una semana de aguaceros

Ayer, jueves 20 de noviembre a las 5 de la tarde, para realizar un trayecto en carro que usualmente no toma ni 10 minutos, bajo un chaparrón tardé casi una hora.
No me puedo quejar, venía oyendo Andrés Calamaro, con el aire acondicionado prendido y ni me enteré que el presidente Chávez  había encadenado los medios de comunicación social -que tanta falta hacen en este tipo de circunstancias- para recibir a su homólogo de Vietnam, mientras Caracas se estaba desbordando de norte a sur y de este a oeste. 
Después de pasar por geishers, ríos y lagunas, mentarle la madre a más de un coleado, y casi llevarme por delante a  varios motorizados;  llegué a mi casa antes de las seis de la tarde. Para relajar la tensión del tráfico, me puse a jugar Guitar Hero III en el Wii. Desde el televisor de la vecina se oía al presidente de Venezuela hablar y hablar de la importancia de la alianza venezolana-vietnamita, y apenas unos minutos sobre el caos que se estaba viviendo en Caracas debido a los aguaceros vespertinos que ya van para su quinto día. 
Después de comida, y de ver un rato de tv por cable, cuando por fin me conecté a la realidad nacional, tanto en Globovisión como en VTV  transmitían imágenes de mi ciudad inundada e intransitable: por la Cota Mil no se podía pasar, mucho menos por la Autopista del Este, centenares de caraqueños estaban todavía encerrados en el tráfico pasadas las 10 de la noche. Hubo quienes  prefirieron abandonar los transportes públicos y caminar horas  bajo la lluvia; y esos eran los afortunados, dolor causaba  las familias que veían con desespero cómo se venían sus viviendas para abajo por los desprendimientos de tierra.  
Este viernes al mediodía el cielo está nublado, pero unos claros azules nos permiten  esperar que san Isidro oirá los ruegos de los caraqueños, y que no seguirá diluviando sobre nuestro valle.

martes, 18 de noviembre de 2008

El poder de las soccer moms


Muchos responsabilizan de la rotunda derrota republicana a la decisión del candidato John McCain de escoger como compañera de fórmula a la gobernadora de Alaska, Sarah Palin. ¿A quién se le ocurría que una futura vicepresidente de los Estados Unidos podía ser una vulgar Hockey mom? Porque Palin no sólo era gobernadora del estado más deshabitado, antigua miss Alaska, cazadora de renos, activista de  causas conservadoras; para sus detractores el mayor pecado de esta madre de 44 años -5 hijos entre ellos un marine, un bebé con Síndrome de Down y una adolescente embarazada- era precisamente que fuera una tradicional mamá clase media, lo que en la mayor parte de Estados Unidos llaman: "Soccer Moms", pero como viene del estado más frío de norteamerica, a Palin se le achacó el despectivo:  "Hockey mom".
Pondría mis manos en el fuego que en el momento en el que McCain y su equipo se debatían sobre quién escoger como compañero de fórmula, debió ser la noche de la gran final de American Idol, cuando Ryan Seacrest develó el nombre ganador entre David Cook y David Archuleta. 
  “Archi” de 17 años residente de Utah, era el niño consentido del jurado -el mordaz Simon Cowell lo decretó vencedor por knock out la noche del concierto final- pero el estadio de Salt Lake City se quedó con los fuegos artificiales fríos: la esperada victoria no fue para su hijo predilecto sino para David Cook, el bartender de Kansas City, de 25 años, con una cifra récord de más de 12 millones de votos de diferencia.
Este año 2008 el favorito del jurado, la prensa y los apostadores profesionales fue desde el principio el joven Archuleta con su carita angelical y el star quality de un vástago de Michael Jackson con Celine Dion. No para mí, si a lo largo del programa reconocí el indudable talento y la dulzura del chamo David, me costaba imaginarlo como uno de esos ídolos por los que las mujeres de todas las edades nos abrimos las venas. A Archi lo vislumbraba como a un chico bueno que canta canciones melosas estilo los temas de las películas Disney pero que no inspira sexualmente ni un estremecimiento. Por eso mi favorito, desde un principio, fue el roquero David Cook.
Y aparentemente no sólo el mío, según las estadísticas de este tipo de programas, quienes coronaron al despeinado Cook como el nuevo ídolo americano fueron millones de mujeres que viven en los suburbios norteamericanos, aproximándose o pasando los cuarenta años, que andan en una minivan llena de muchachitos para llevarlos y traerlos de sus prácticas de fútbol, de hockey, o de ballet. Las “soccer moms” por las que apostó McCain, cuya voluntad dominó la séptima edición de American Idol, siendo la edad promedio del espectador del programa más popular de los Estados Unidos 42 años, y de sexo femenino.
Vamos a estar claros: si una mujer de 42 años tiene fantasías eróticas con el futuro bachiller David Archuleta, debería ir inmediatamente a un siquiatra ante el riesgo de padecer un impulsivo ataque de pedofilia. En cambio soñar con un bartender de barba desordenada, chaqueta de cuero y jeanes raídos, con guitarra al hombro, que nos rescate de la aburrida cotidianidad hogareña para serenatearnos una noche de luna llena, más que perversión o vicio, es señal de que no perdiendo la capacidad de soñar, las soccer moms mantenemos la cordura. 8 años entre uno y otro David, el poder imaginarse al futuro ídolo en plan de escapada romántica, o verlo como a un niño de los que se llevan en la parte de atrás de la camioneta, representaron esos 12 millones de votos de diferencia.
No pasó lo mismo con Sarah Palin,  nadie quiere a una Hockey mom en la vicepresidencia, pero el triunfo de David Cook logró este año 2008 por las Soccer moms lo que Elvis Presley hizo por los adolescentes en los años 50: descubrir el poder de un sector demográfico que hasta entonces era considerado por la opinión pública como intrascendente. 
Por eso las Soccer Moms del mundo entero te aclamamos David Cook: “¡Bravo Papito!”.

 

sábado, 15 de noviembre de 2008

Es inminente


Mi marido ha resultado un optimista, de un tiempo para acá, después de pasar un promedio de dos horas en el tráfico, llega del trabajo para servirse un trago y repetir: “Tú vas a ver, es inminente, en menos de un año el tráfico en Caracas se acaba”.
El padre de mis hijos no cree que a corto plazo el gobierno decida aumentar el precio de la gasolina, ni sueña con que el transporte público mejore, ni siquiera tiene la esperanza que regrese el plan “pico y placa” en el que los carros, según el final de sus placas, tendrán horario restringido durante un día a la semana. No, para mi marido la disminución del tránsito automotor se deberá a un conjunto de razones más sencillas.
Pone por ejemplo nuestro vecino Chacao, el lomito de las alcaldías, poca densidad de población, buena recolección de impuestos, y un fiscal en cada esquina asegurándose de que las leyes de tránsito se cumplan. Pero en este municipio construyeron unos policías acostados del tamaño de murallas, que nadie sabe cómo atravesarlos: si de ladito, si apenas pisando el acelerador; del modo que lo hagamos nuestros carros siempre sonarán: “¡Klang, klang!”, como si algo se desprendiera del chasis.
El Municipio Libertador, donde resido, no tiene el problema de los gigantescos policías acostados, pero los huecos en las calles se han vuelto unas troneras, y a pesar de que estamos en vísperas de elecciones municipales, a quienes les corresponde el mantenimiento de las vías, ni pendientes. Los huecos son tan grandes, pero tan grandes, no por lo profundo sino por lo erosionados, que los vecinos que no tenemos camionetas 4X4, estamos pensando seriamente cambiar nuestros ya desbaratados carritos, por mulas.
El pésimo estado de la vialidad no es sufrimiento exclusivo de los vecinos de Libertador, en  El Hatillo la están pasando peor: el camino en La Guairita vía al Cementerio del Este se ha vuelto intransitable de la cantidad de huecos quizás originados por el paso de camiones de carga pesada para la construcción de una ciudadela de edificios a un lado de la Cueva del Indio. Cuando llueve de noche, un guía improvisado, con un farol en una mano y una lata de leche para las propinas en la otra, ayuda a los conductores que regresan del cementerio a encontrar un espacio por donde pasar entre el lodazal. 
Cuando a consecuencia de tantos huecos y enormes policías acostados por fin se nos echa a perder el carro, o si chocamos, costará Dios y su ayuda encontrar repuestos porque no hay dólares para eso. Si terminamos desahuciando nuestros pobres carritos, o si pasamos por el mal rato de que nos los roben, aunque pague el seguro, si queremos comprar uno nuevo y llamamos a una agencia, no hay carros disponibles. Es necesario anotarse en una lista de espera que puede durar años antes de conseguir un carro cero kilómetro. Tampoco faltan los vivos anotados en varias listas que logran comprar los carros a precio de agencia, para luego revenderlos con un sobreprecio de treinta por ciento.
Y si tras mucho sacrificio por fin compramos un carrito, nuevo o usado, ¿para qué? para que tarde o temprano se desbarate en un policía acostado de Chacao, o caiga en un hueco en  El Hatillo, o en una tronera en Libertador, o nos los roben. ¿Y cuánto tiempo nos costará reemplazarlo o pasará en el taller esperando repuesto? Por eso el optimista de mi marido dice que el tráfico de Caracas, de que se acaba, se acaba. 


Publicado el 15 de noviembre en El Nacional.