domingo, 23 de diciembre de 2012

Suzy


En el año 2004 mi familia cambió las navidades de Caracas por las de Margarita. Los niños estaban remolones, les gustaba pasar la Noche Buena con los primos en Caracas y el Año Nuevo en la isla. El más remolón de todos era el pequeño Ozzie, que escribió con esfuerzo su carta al Niño Jesús, la amarró a un globo rojo de helio y en el kinder lo soltó para que llegara derechito al cielo. Ya debió haber llegado. ¿Cómo sabría que nos fuimos a Margarita? Nada más aterrador que despertarse una navidad sin regalos. 
Su padre insistió: vamos a probar este año, viajar se hace cada vez más cuesta arriba, debemos aprovecharlo al máximo, esa semana no hay mucha gente en la isla. Además, las navidades en Playa Guacuco son bonitas, llega San Nicolás montado en burro repartiendo juguetes y caramelos. Él le avisará al niño Jesús que deje el saco de carbón en la casita de playa de los abuelos.
También me costó adaptarme a la idea de una navidad playera, pensé que me haría falta el bullicio de la ciudad: los triquitraquis, el fuego al cañón, las compras de última hora; pero la tarde del 24 el mar estaba tan sabroso que bendije haber prescindido del caos caraqueño. Las niñas jugaban paleta, el pequeño Ozzie chapoteaba en el mar mientras su papá discutía de política, cerveza en mano, con unos amigos.
A las cuatro y media de la tarde, un estruendo de cohetones acabó con tanta paz: había llegado san Nicolás al condominio. El pequeño Ozzie temía llegar tarde: quería recordarle a san Nicolás el mensaje al Niño Jesús y pedirle que dejara sus regalos frente al Nacimiento. Su papá, que de política había pasado a béisbol, me pidió:
“Adelántate con los niños, me termino esta cervecita y voy”. 
 Le recordé:
“No te hagas el loco, que el de la idea de venir a Margarita a ver a San Nicolás paseando en burro fuiste tú”.
 Las preadolescentes tampoco quisieron unirse a la gran atracción navideña de Terrazas de Guacuco: 
“Mamá: ¿qué te pasa? ¡Estamos demasiado grandes para la gracia!”. 
Así que el pequeño Ozzie y yo nos dimos el último chapuzón del día para quitarnos el exceso de arena, y atravesamos corriendo por la pasarela de concreto la calle que separa la playa del condominio. Llegamos justo en el momento en el que el viejo gordo de la barba blanca hacía su entrada triunfal sobre un asno raquítico. Los adultos no tuvimos que hacer mucho esfuerzo para reconocer en este santa curtido por el sol a Izaguirre, el jefe de mantenimiento del condominio. Decenas de carricitos en traje de baño perseguían a San Nicolás y a su frágil burrito gritándole “Aquí, aquí” para que les lanzara chupetas y caramelos. 
 Tras un extenso recorrido entre los edificios y las cabañas del enorme condominio vacacional, al llegar a la piscina, san Nicolás cambió el burro por un camión de carga con dos bolsas gigantes llenas de regalos para los niños (previo acuerdo con sus padres quienes dejamos en la mañana un juguete en la oficina de mantenimiento). Los pequeños rodearon impacientes el camión mientras el ayudante de santa, que no era un duende sino Carlitos –el toldero- le pasaba la primera caja envuelta en papel de campanas. 
No le dio tiempo a san Nicolás de llamar al primer afortunado, una señora de acento europeo vestida con una desteñida batola estampada se abrió paso tambaleante entre la chiquillería con la foto de un poodle amarillento: 
“Es Suzy, mi perrita. Desapareció hace una semana. Sospecho que papá Noel la envenenó”. 
Los niños no le prestaron atención, estaban pendientes de los regalos. San Nicolás trató de ignorarla, siguió con su “¡jo, jo, jo”! como si la cosa no fuera con él. Pero la cosa sí era con él. La doña repartía entre los pequeños fotocopias con el rostro de su perrita.
 Santa resultó un adversario a temer: dejó el primer regalo a un lado, regresó a su bolsa roja de caramelos, y lanzó al aire lo que quedaba del botín de chucherías. Los niños soltaron de inmediato la foto de la perrita sin mirarla, abalanzándose sobre los caramelos con la emoción de una piñata. 
La batalla apenas comenzaba: la doña esperó unos segundos a que pasara el bullicio, cerciorándose de que se habían acabado los caramelos, antes de insistir con un grito aterrador, ya no de sospecha sino de  certeza:
 “¡San Nicolás mató a mi perrita!”. 
Una niña, entendiendo la gravedad de la acusación, arrancó a llorar abrazada a su abuela.  Otra niña agarró la mano a su mamá preguntándole nerviosa: 
“¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”. 
La señora le entregó una fotocopia de la perrita. La niña no se atrevió a agarrarla. La señora insistió:
“ Tómala, tómala, es Suzy, una perrita muy buena, más cariñosa conmigo de lo que alguna vez lo fueron mis hijos. Se perdió. La envenenó san Nicolás porque en este condominio odian a los perros, ¿cuántos animales han visto por aquí? ¡A todos los envenenan!”.
Un niño soltó su bolsa de chucherías y salió corriendo a cerciorarse de que su cachorro estaba bien. Sus caramelos quedaron desparramados en el asfalto. Los niños más pequeños tendían sus brazos a sus madres para que los cargaran y los grandes comenzaban a llegar para ver que era lo que estaba pasando. Había que evitar un ataque de histeria infantil colectiva, la señora estaba dispuesta a boicotear a como diera lugar a san Nicolás.
 Los adultos no sabíamos que hacer,  un papá con gorra magallanera le suplicó: “doña, este no es el momento, esta noche es Noche Buena”. Pero la señora dijo que Navidad, cuando más añoraría a su Suzy, era justo el momento para que los niños supieran cuánta maldad hay en el mundo.
Por fin alguien logró llevarse a la afligida doña, mientras un jardinero explicaba que la perrita era ‘burda ‘e fastidiosa’, se la pasaba ladrando, mordía tobillos y se hacía pupú en todos lados. Pudo haber sido cualquiera. La niña que lloraba, dejó de llorar cuando santa le extendió una Barbie veterinaria. 
Pensé que mi chamo había sido inmune a la historia de la pobre Suzy, pero el día de reyes fuimos testigos de cómo a un heladero los perros de la playa le hicieron un cerco rabioso.  Ozzie resolvió entonces el misterio: “Seguro fue él quien se llevó la perrita. Yo sabía que San Nicolás no podía ser un asesino”.

Revista Todo en Domingo, Diciembre 2005

lunes, 17 de diciembre de 2012

50 años y todavía contando



"No lo puedo creer, en cuestión de minutos los tendré ahí, enfrente, a pocos metros de mí", lo que yo pensaba en español, mi vecino de asiento lo clamaba en inglés, tan emocionado estaba que se le quebraba la voz. Al ver que lo miraba sonreída, el treintón se volteó: "Sorry, but still processing that I'm about to see the fucking Rolling Stones!".
En cuestión de segundos ya éramos mejores amigos, me contó que él era como el personaje interpretado por Jimmy Fallon en la película Fever Pitch, pero en lugar de tener todo de los Red Sox, lo tenía todo de los Rolling Stones: la taza con la que se tomaba el café en la mañana, el fondo de pantalla de su computadora, franelas, chaquetas, bolígrafos; cuanta mercancía saliera con la simbólica boca de Mick Jagger, la quería para su colección. Semejante pasión se originó desde niño, a los 14 años hizo una exposición en la secundaria sobre el legendario grupo de Rock británico y logró adoctrinar a sus compañeros de clase, quienes hasta entonces de Nirvana y Pearl Jam no pasaban. Tanta era su afición por los Rolling Stones que él y tres amigos manejaron cuatro horas y media, desde Baltimore hasta Brooklyn, para ver a Mick, Keith y Charlie celebrar 50 años tocando juntos ( Ron llegó después a la banda). Al igual que yo, era su primer concierto de los Rolling Stones. 
Cuando le dije que me había tomado las mismas cuatro horas y media llegar a este concierto, pero en avión desde Caracas, gritó: "you rock!", chocándome la mano y bañándome de cerveza. 
No puedo decir que mi fanatismo por los Rolling Stones venga desde mi más tierna infancia, pero como a toda chica de la cultura occidental nacida en los años 60, la música de los Stones ha formado parte de la banda sonora de mi vida. Una de las primeras canciones que recuerdo de niña es el lamento por Angie en las emisoras Pop de Caracas. Temas como Satisfaction, Honky Tonk Women, You can't always get what you want y Simpatía por el diablo (que sonaron esa noche) siempre estuvieron ahí. Mi primer LP de los Stones fue Some Girls, que compré a los 15 años cuando los rockeros se colearon en la era de las discotecas gracias a Miss You (de los temas más aplaudidos de la noche). También tenía las típicas recopilaciones de éxitos como Rewind, hasta que con la salida de Forty Licks en el año 2002, cuando el segundo CD de esta recopilación de los Stones sirvió como espina dorsal de mi primera novela: "El móvil de delito"(2006), una verdadera pasión por los Stones nació, y desde entonces me prometí que si se presentaba una oportunidad factible de ver a los Rolling Stones en vivo, no la dejaría pasar. 
La oportunidad de ver a los Stones en vivo se asomó en octubre del 2012, cuando la banda anunció que tras cinco años alejada de los escenarios,  celebraría "50 years and counting" con una serie de conciertos en Londres y Nueva York (eventualmente se agregó París). Tengo familia en Nueva York, alojamiento no sería el problema, solo había que romper el cochinito para pagar pasaje y entradas, y esperar las fechas de los conciertos. Pero cuando por fin dieron las fechas de los toques en Nueva York como el 13 y el 15 de diciembre en el Prudential Center en el vecino New Jersey; por problemas familiares, pensé que no me sería posible realizar uno de mis grandes sueños, oportunidad que vamos a estar claros, podía ser la última. 
El panorama familiar se despejó justo cuando los Stones anunciaron un tercer concierto para el 8 de diciembre en el recien inaugurado Barclays Center en el corazón de Brooklyn, así que rompí el cochinito y compré por Internet una entrada para ver a los Rolling Stones.

El devaluado cochinito no dio para muchote, de eso me di cuenta cuando entregué la entrada y me mandaron escaleras arriba para un lado del coso que alberga a más de 19 mil espectadores. Tampoco estaba tan mal, bien arriba pero encima del escenario. Para matizar, entré con un vodka tonic a las ocho de la noche, la hora pautada.
En forma de la emblemática boca era el escenario. Por los bordes de la lengua se pasearía Mick Jagger cantando y dando sus característicos pasos de baile, y de vez en cuando los guitarristas Keith Richards y Ron Wood. Charlie Watts solo abandonaría su batería para el saludo final. Una excelente banda de músicos los acompañaba. Dentro de la lengua estaban los espectadores VIP, quienes pagaron miles de dólares para que el sudor y la saliva de los Stones los salpicaran. Viéndolos con manifiesta envidia pensé: "He ahí al 1% del que hablaban los indignados el año pasado". Pero no me podía quejar, estar esa noche en Barclays Center quizás no me hacía parte del 1% de quienes ostentan la riqueza mundial, pero si una verdadera privilegiada.
Ver los Stones es un privilegio que cuesta caro, hasta el mismo Mick Jagger lo reconoció cuando entre canción y canción recordó su primer concierto en Nueva York, que fue en el Carnegie Hall el año 1964, aunque prefirió pícaramente no recordar cuánto costaban entonces las entradas.
Y no es solo el valor de la entrada que los hará percibir más de 100 millones de dólares en menos de dos meses: es también Grrr, una nueva recopilación de los grandes temas y algunos temas inéditos que en su versión de 3 cds vale 43 dólares; además de fans como mi vecino de puesto que habrán gastado su bono de navidad en una de las diversas ventas de mercancia en cada uno de los conciertos, sin contar la mercancía vendida en la tienda On Line. Yo tampoco me quedé atrás y compré una franela negra conmemorativa. Es que hasta para ver "50 años y todavía contando" en TV hay que pagar en Pay per View.
Cincuenta años tocando y no se venden barato los Stones.
Pero si los Rolling Stones se hacen más multimillonarios con esta gira, vaya que valen su trabajo, pensar que tienen entre 65 y 71 años de edad, y a pesar de sus diferencias personales, siguen demostrando como dice el cliché -en este caso una certeza- que es la mejor banda de rock de la historia.
Lo bueno de estar sentada tan lejos del escenario es que pude conservar la ilusión de que estábamos en los años 70, como bien dijo Naomi Watts en el video previo al concierto: "lo que más me molesta es lo delgados que son", porque vistos de lejos los menudos Stones no parecían pasar de treinta años, con frondosas cabelleras y la incasable energía que cada uno derrocha a su manera. Este video inicial con varias personalidades hablando sobre la importancia de la banda no fue nada especial, si acaso simpático, espectacular fueron los primeros acordes de Simpatía por el diablo de tambores chinos que abrieron el concierto acompañados por bailarinas portando máscaras de los Stones. Pero no arrancó el "Let me introduce myself...", falso inicio, los primeros acordes de guitarra presentaron la primera canción de la noche: Get off of my cloud.
El concierto comenzó una hora tarde, a las nueve pm, y duró casi dos horas y media. Más allá de los invitados especiales, que esa noche fueron la cantante de soul Mary J. Blyge y el guitarrista de blues Gary Carter Jr, no hubo mayores sorpresas, los Stones se pasearon por el repertorio de sus grandes éxitos, un par de canciones nuevas, y algún blues. Uno a uno fueron coreados por el público temas como Tumbling Dice, It's only rock & roll, Wild Horses; antes del encore que comenzó con un coro infantil anticipando You cant' always get what you want.
¿Qué les puedo decir? En este caso yo si conseguí lo que quería.


sábado, 15 de diciembre de 2012

El mantra de la matriz de opinión



Amiga mía, si está casada con un adepto al oficialismo, de esos que solo lee Aporrea, Vea, Ciudad CCS; que sigue en twitter a @chavezcandanga; que oye cualquier emisora de radio donde lanzan flores al Gobierno y estiércol a la oposición; si su compañero no se pierde una cadena del Comandante ni programas como La Hojilla o Zurda Conducta: prepárese, porque si a su cuchi-cuchi se le ocurre emparrandarse, llegar una noche a casa oliendo a perfume ajeno, cuando usted le salga con el típico y pequeño burgués reclamo de: “¡Con quién andabas, desgraciado!”, júrelo que le contestará: “No seas majunche, mi amor, que me estaba tomando unos tragos con los panas. A que llamaste a tus amigotas y forjaron una matriz de opinión en mi contra, esas mujeres nos tienen  rabia de tan felices que somos”.
El muy cara’e tabla se lo puede estar diciendo al mismo tiempo que usted le descubre un apasionado moretón en el cuello, y tenga por seguro que con descaro ignorará la nueva evidencia para seguir con el mantra: “matriz de opinión, matriz de opinión, matriz de opinión”, hasta que usted ceda rendida de agotamiento.
Porque en el diccionario-enciclopédico: “Yo vivo en una Patria Nueva”, matriz de opinión es el eufemismo oficialista para “cerrado el caso, no hay investigación ni pruebas que valgan, no se hable más del tema”.
En un Estado donde los poderes públicos son sumisos al Gobierno, se pueden presentar mil pruebas ante cualquier delito o falta en los que podrían estar involucradas las cúpulas del poder, pruebas que en una Democracia sólida harían tambalear a cualquier Gobierno, mientras que en la República Bolivariana de Venezuela, a través de los medios oficialistas, o en cadena nacional, se desmentirá cualquier acusación sin derecho a réplica con un certero: “No es sino una matriz de opinión”, añádanle varias menciones a la Extrema-Derecha, a los medios perversos, una gota de Uribe, una pizca de Imperio, y listo, el sortilegio revolucionario para hacerse los locos, para tapar hasta el más engorroso escándalo, está servido.
¿Cuántas “matrices de opinión” como explicación oficial no han sido dadas los últimos trece años? Matriz de opinión las funestas consecuencias de haber estado en la “Lista de Tascón”  de quienes exigieron el Referendo Revocatorio Presidencial;  matriz de opinión que el CNE favorezca sin disimulo a los candidatos del oficialismo; matriz de opinión las toneladas de alimentos importados podridos o que dejaron podrir por incompetencia en Pedeval; matriz de opinión el maletín con 800 mil dólares incautado en Argentina de un avión de PDVSA; matriz de opinión los militares  involucrados en escándalos de narcotráfico; matriz de opinión la escasez y la inflación; matriz de opinión la inseguridad y la violencia en las que nos hemos acostumbrado a vivir los venezolanos; matriz de opinión la ingobernable situación en las cárceles y la negativa a un juicio justo a los presos políticos; matriz de opinión la incertidumbre ante la salud del Presidente; matriz de opinión la injerencia del Gobierno cubano en los asuntos de Estado venezolano.
Cómo extrañarse que “matriz de opinión” haya sido también la respuesta oficialista a las graves acusaciones de la jueza María Afiuni de las vejaciones sufridas en prisión.  
Matriz de opinión, matriz de opinión, matriz de opinión… ni siquiera de tanto oír la bendita fracesita,  una se la termina creyendo.  

Artículo publicado en El Nacional sábado 4 de diciembre 2012

domingo, 2 de diciembre de 2012

Hallazgos afortunados


Hoy fue noticia que una mujer en Milwaukee, en una de esas tiendas de Buena Voluntad que venden artículos de segunda mano, compró por 12 dólares una litografía de Alexander Calder valorada en 9 mil.
Ni siquiera le gustaba particularmente a Karen Mallet esta obra titulada "Nariz Roja", esa tarde le pareció mejor hallazgo un juego de cuchillos de Wolfang Puck por menos de 20 dólares, pero como el estilo de la obra le era conocido se acercó a ver la firma y la compró al leer "Calder".
La señora Mallet no fue lo suficientemente erudita para reconocer una obra de Calder (o una imitación) a primera vista, pero si para saber que Alexander Calder es uno de los artistas plásticos norteamericanos más importantes del siglo XX, y que si bien se podía estar llevando a casa una obra falsa, por menos de 13 dólares, peores inversiones había hecho en su vida.
Resultó que la firma fue verificada, y ahora en el salón de casa de Ms. Mallet hay una litografía de Calder, que por los momentos, la sortaria mujer no piensa vender.
Según leo en el artículo de Yahoo! no es tan raro toparse con una obra de arte a precio de quincalla, sin embargo de haber sabido los vendedores de Buena Voluntad lo qué tenían entre sus manos, la habrían subastado para sacarle la mayor ganancia posible. También quien la donó de haber sabido que tenía una obra valorada en nueve mil dólares, probablemente no la habría donado, por lo menos sin avisarle a Buena Voluntad el valor.
Hay que estar pendientes de afortunados hallazgos hasta en el más improbable rincón, me consta porque una vez me saqué esa lotería, y no la supe aprovechar. Era muy chama, 15 años, que iba a saber yo del valor del arte no solo económico sino también histórico y sentimental. Entonces mis padres habían decidido mudarse a Nueva York, papá quería incursionar en un negocio (que finalmente no se dio), y para que la niña aprendiera a hablar bien el inglés, me mandaron a un internado a dos horas en autobús en un minúsculo pueblito llamado Washington, Connecticut.
El colegio Wikeham Rise era para "young ladies con tendencias artísticas", una escuela pequeña donde acababan de abrir un programa de english as a second language. Mis únicas compañeras de programa eran un par de japonesas que solo hablaban entre ellas, y una chica tailandesa más callada que yo, así que mientras aprendía ciertas herramientas de inglés, en el frío otoño de Nueva Inglaterra no me quedaba más que deambular por los pasillos del colegio en uno de mis oficios favorito de todos los tiempos: curucutear.
En esas estaba metida en un closet de depósito donde guardaban todo tipo de cachivaches, cuando arrimado a una pared me fijé en una tabla que inmediatamente me pareció familiar, era un rectángulo blanco con rayas de colores. Podría jurar que en casa de mi abuela había uno parecido. Le pregunté al director del colegio, en mi rudimentario inglés, de quién era esa obra, y tampoco me supo contestar. Él  no era dueño del colegio, el colegio le pertenecía a una fundación, este era su primer año contratado como director, ni idea de cómo ese cuadro acumulando polvo había llegado ahí.
No me iba a quedar así, pero como todavía faltaba mucho para la era digital donde todo la información que una pueda necesitar se tiene a la mano en cuestión de segundos, tuve que esperar meses al último día de clases para resolver el misterio, cuando mis padres me fueron a buscar al que sería mi último día en Wikeham Rise, y después del acto de graduación y despedida, antes de irnos, llevé a mi papá al closet para que me sacara de dudas si en casa de mi abuela no había un cuadro igualito. Papá no lo podía creer cuando lleno de polvo frente a él se encontró con un Coloritmo de Alejandro Otero.
Antes de irnos, papá le advirtió al director de Wikeham Rise que tenían una importante obra de arte venezolana en un closet, que por favor no la dejaran ahí, se podía perder. Esa obra era valiosa y si no les interesaba, mejor venderla. No sé si el director le habrá hecho caso, o habrá pensado, con la falta de interés por todo aquello que proviene del sur de Río Grande, cuán valiosa puede ser una obra de arte venezolana.
Han pasado más de 30 años de este hallazgo pero siempre me quedé con la duda de qué habrá sido de ese Coloritmo, el colegio pocos años después cerró. Quizás languidece en una tienda de segunda mano esperando que un afortunado ojo la encuentre.


martes, 27 de noviembre de 2012

Una viuda llamada Joyce


Los mejores libros de memorias no son los que narran una vida sino los que narran un aspecto de esa vida. En el mercado editorial algunas de estas memorias han tenido mucho éxito tanto de público como de crítica, pero ninguna tanto como el caso de Las Cenizas de Angela (1996) de Frank McCourt, ópera prima de un maestro de escuela americano-irlandés, que bien pasados los 60 años, decide narrar su infancia llena de privaciones en Irlanda. Las Cenizas de Ángela resultó merecedora de un premio Pulitzer y originó dos secuelas de memorias de McCourt, entre ellas sus años de maestro de inglés.
Algunos libros de memorias nacen de un blog, como Julie & Julia (2005), la historia de Julie Powell,  joven ama de casa en Queens quien se da de plazo un año para preparar las 524 recetas del libro Mastering the Art of French Cooking de Julia Child, y decide registrar sus peripecias en un blog que tuvo tanto éxito que fue publicado como libro, y al poco tiempo se hizo la película con Meryl Streep y Amy Adams.
Otro éxito editorial llevado al cine fue Comer, Rezar, Amar (2006);  especie de vitácora de la periodista Elizabeth Gilbert, quien tras el fracaso de su primer matrimonio y de una relación posterior, se toma un año sabático comiendo en Italia, encontrando su lado espiritual en India y el amor en Indonesia.
Los libros de Powell y Gilbert son las excepciones, los eventos recordados en este tipo de memorias suelen ser traumáticos y aunque los escritores profesionales muchas veces culminan sus carreras con sus memorias como el caso de Gabriel García Márquez y Vivir para Contarlo, y más de uno escribió el feliz recuento de un viaje, pocos son los que se han atrevido a acudir a la no-ficción para profundizar un momento doloroso de sus vidas.
Recuerdo tres casos de escritores que abandonaron con éxito la ficción para hacer Literatura de su dolor:  Isabel Allende, quien en 1991 comenzó a escribir Paula (1994) mientras velaba por su hija en coma haciendo una recopilación de las historias de sus antepasados para contarle cuando despertara. Nunca lo hizo. No recuerdo haber llorado tanto con un libro como con Paula.
Otra escritora que exorcisó el dolor narrándolo fue Joan Didion en El año de pensamiento mágico (2005), que empieza cuando teniendo a su hija en coma en un hospital, una noche de diciembre, Didion se va a la cocina a aderezar la ensalada y cuando regresa al comedor, encuentra a su esposo, el escritor John Gregory Dunne, muerto de un infarto. Pero no crean que es solo cosa de mujeres narrar el dolor, Philip Roth en 1991 publicó: Patrimonio: una historia real; el recuento de su relación con su padre, Herman Roth, tras este ser diagnosticado con un tumor cerebral inoperable.
Ya a estas alturas se habrán dado cuenta que soy una morbosa lectora de vidas ajenas, con excepción de Julie & Julia (me conformé con la película), me he devorado los libros antes mencionados, y muchas memorias más que quedan sin mencionar. Mi última morbo-lectura fue Memorias de una viuda (2011) de Joyce Carol Oates, donde la prolífica autora norteamericana confiesa su primer bloqueo de escritor tras la inesperada muerte de su marido, el editor Raymond Smith.
Inferior al similar tematicamente libro de Joan Didion, a Memorias de una viuda le faltó edición, se repite mucho en algunas partes, sin duda dista de ser el mejor libro de su autora pero que lo escribiera ya es un gran logro tras el estado de depresión-suicida en el que confiesa haber quedado Mrs Smith (su identidad no literaria) tras la inesperada muerte el año 2008 de quien fuera su amante esposo durante 47 años.
En este relato de una viuda no hay cabida para intimidades, no se tratan temas como la vida sexual de la pareja o la falta de hijos. La intimidad se respeta, tanto se respeta en el caso del matrimonio Smith, que Joyce jamás se atreve a preguntarle a su marido por qué odiaba a su padre.
Otra muestra de intimidad en la pareja es que a pesar de ser editor, ni Raymond leía las obras de ficción de su esposa, ni Joyce había osado leer la novela que su marido dejó abandonada en el fondo del closet durante tantos años. Preferían discutir el material de terceros, sobre todo de los escritores que serían publicados en el Ontario Review, una revista literaria de la que Raymond Smith era el orgulloso editor.
Este relato de una viuda no termina siendo tan interesante por el dolor narrado sino por la cotidianidad de un matrimonio de intelectuales, feliz como pocos, pero donde las obras personales quedaron por fuera.

martes, 20 de noviembre de 2012

Una princesa en el Metro


Es harto sabido que las princesas caraqueñas, ni siquiera las devaluadas, solemos andar en Metro. Pero de vez en cuando toca, como cuando vamos al Centro de Caracas donde no hay dónde estacionar el carro. La semana pasada me tocó ir a la presentación en el Palacio de las Academias de un libro del que fui copartícipe. Como iba contra reloj preferí llegar en taxi. Pasando por la Avenida Bolívar bordeada de héroes revolucionarios el taxista me contaba una leyenda urbana de cómo a un señor que se pegó el Kino lo secuestraron exigiendo como rescate el multimillonario pote.
De un tiempo para acá el monotema de los taxistas es la inseguridad en Caracas.
Por esa misma inseguridad da miedo agarrar un taxi que no sea de línea, así que una vez finalizado el evento a la una de la tarde en lugar de esperar a que pasara un taxi, entré en la estación Capitolio para llegar en Metro a Plaza Venezuela.
La una de la tarde no es hora pico en el Metro de Caracas y al decir no es hora pico me refiero a que no hay que hacer cola para entrar en el vagón, de todas maneras suele ir tan lleno que ni una princesa soñaría encontrar dónde sentarse. Amuñuñada entre un grupo de muchachos echando broma entre sí, recordaba que cuando tenía más o menos esa edad, desde su inauguración en 1983, y durante muchos años, el Metro de Caracas era digno de princesas y de ciudadanos de primera, como deberíamos ser todos los ciudadanos.
Durante años nuestro Metro fue el mayor orgullo cívico de los caraqueños, gracias a él sentíamos que eso que nos enseñaron en la escuela, que éramos "un país en vías de desarrollo", ya estaba a la vuelta de la esquina, y nada mejor para demostrarlo que esta obra de la Democracia, tan pulcro que brillaba como un fuerte de plata, donde la gente hablaba pasito y nadie, como sugerían los altavoces, cruzaba la línea amarilla antes de que se abrieran las puertas del tren.
 Claro que hace treinta años Caracas era una ciudad mucho menos poblada, por eso rara vez los vagones del Metro iban llenos. Cuando se entraba en el Metro casi siempre encontrábamos donde sentarnos, y si por casualidad todos los asientos estaban tomados y entraba una dama, no faltaba un caballero que le cediera el puesto. Era tan grato y alentador este fresco tren subterráneo que era un programa "llevar a los niños a pasear en el Metro".
Lamentablemente la falta de planificación urbana que caracteriza Caracas también afectó el Metro, aunque se han inaugurado nuevas líneas, el servicio de tren subterráneo no creció acorde al crecimiento de la capital y de esa otrora urbanidad de las que nos jactábamos los caraqueños apenas entrar bajo tierra, poco o nada queda.
Tampoco ya son tiempos de "damas" o "caballeros". Aferrada a un vestigio de juventud, en el Metro hoy me parecería ofensivo que algún caballero me cediera el puesto. "Por eso no debo preocuparme", pienso mientras me fijo que en el abarrotado vagón casi todos los que están sentados son hombres jóvenes sin importarles que mujeres que podrían ser sus madres y hasta sus abuelas vayan mal aferradas a un tubo en los vaivenes del subterráneo.
En La Hoyada se abren la puertas del tren y entre las decenas de pasajeros haciendo amagos por entrar, una mujer de melena blanca se da cuenta de un puesto que se desocupa justo antes de que un tipo con pinta de ejecutivo se lo quite.
De última antes de que se cierren las puertas entra una  mujer joven con un bebé en brazos, una criatura como de año y medio, lo suficientemente grande para que pese un quintal y lo suficientemente pequeño para necesitar ser cargado. La mamá va con el niño en brazos a los puestos que tiene más cerca para ver si algún alma caritativa le cede el suyo.
Milésimas de segundos antes de que el tren arranque y cuánto es capaz de ver el ojo inquisidor: la muchacha que la mira de reojo mientras termina de maquillarse, los hombres jóvenes que voltean a otro lado como si la cosa no fuera con ellos, hasta que la señora de melena blanca que acababa de sacarse el Kino de encontrar un puesto en el Metro, al ver que más nadie hace el gesto, decidió abdicar a su premio gordo cediéndole el puesto a la madre con el bebé.
En ese instante todavía queda una pizca de esperanza de que alguno de los jóvenes, avergonzados ante el gesto de la doña, se paren como un corcho y permitan que ambas mujeres vayan sentadas. Pero no. La gentil señora se mal agarra de un asa y el Metro sigue su curso a la estación Parque Carabobo.
Buenos tiempos para los zagaletones. Malos tiempos para las doñas, las princesas, las mamás con niños pequeños y los ciudadanos de primera.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Revolution


En octubre de 2012 John Lennon habría cumplido 72 años, también se cumplieron 50 años de la salida de “Love me do”, el primer sencillo de los Beatles. Casualmente estoy leyendo “Lennon: el hombre, el mito, la música” de Tim Riley, del tipo de biógrafos que no oculta sus simpatías y antipatías. Por ejemplo, la tía Mimi que acogió al pequeño John ante el abandono de sus padres, es descrita como una mujer amarga, rígida; al contrario de Julia, la madre que abandonó a John a los cinco años, quien a pesar de vivir a pocos kilómetros, tardó años en volver a establecer contacto con él, y cuando lo hizo en la adolescencia de su hijo, lo recibía con su nueva familia los fines de semana, donde tan chévere Julia, sacaba la guitarra, cantaban canciones, antes de despachar a John de nuevo a casa de la tía Mimi. 
Otro que no sale bien parado en la biografía es Paul McCartney, se repite el estereotipo que John era el Beatle artístico, de vanguardia, mientras que Paul como músico se iba por lo superficial, por lo Pop. Resultan aborrecibles estas comparaciones, The Beatles fue producto de la alquimia de sus integrantes, sobre todo Lennon-McCartney, por eso detestable esta necia manía de etiquetar a John como el cool y Paul el uncool.
Pero no siempre Lennon fue considerado un músico cool, cuenta Riley que en 1968, cuando la batalla de las ideas estaba en pleno auge, Lennon compone Revolution, que es un canto en contra de las revoluciones armadas, pero sobre todo contra quienes piden apoyo económico para ellas desde la seguridad del Imperio: "You can count me out".
Así como Lennon fue abucheado por la extrema Derecha ante su declaración de que Los Beatles eran más populares que Dios, pocos años después fue señalado por la extrema Izquierda por componer una canción como Revolution, mientras los Rolling Stones le cantaban al “Street Fighting Man”.
Ante semejante acusación de los comecandela ingleses, Lennon contestó: “soy pacifista, por eso compuse Revolution, no puedo apoyar la lucha armada de ningún tipo. Además, en esa clase de revoluciones pueden estar seguros de que tipos como Los Beatles y Los Rolling Stones seríamos de los primeros en ser  reprimidos”.
Los Rolling Stones sí fueron a tocar tras el telón de acero en el año 1967, cuenta Stephen Davis en el libro: “Rolling Stones: Los viejos dioses nunca mueren” que la primera ciudad en este fallido tour fue Varsovia, tocarían en El Palacio de la Cultura con 2.500 localidades.
Los Stones comenzaron a sentirse incómodos cuando llegaron a un aeropuerto militarizado, y en el hotel se sintieron como en una prisión, pero lo que más los indignó fue cuando comenzaron a tocar al pueblo de Varsovia y se dieron cuenta de que las primeras filas estaban llenas de los nenés privilegiados de la Nomenklatura, a quienes Keith Richards describió: “ Hijos e hijas de la Jerarquía del Partido Comunista, ahí sentados con sus joyas tapándose los oídos”, mientras que afuera del Palacio de la Cultura quedaron más de diez mil fans sin entradas vociferando: “¡Zee Rollingstonsky!”.
A la cuarta canción, Mick Jagger paró el concierto, y pidió de mala manera a los sifrineskis de las primeras cinco filas, que cambiaran puestos con quienes estaban sentados en las últimas filas. Entonces fue cuando el hasta entonces aburrido concierto despertó mientras el público vociferaba: “I can´t get no satisfaction”.
Los Beatles se separaron en 1970, imposible una reunión tras las muertes de John Lennon y George Harrison. Los Rolling Stones anuncian una serie de conciertos para celebrar sus 50 años y todavía contando… pero hasta ahora solo en la comodidad de tres ciudades: París, Londres y Nueva York. No más aeropuertos militarizados. 


Artículo publicado en El Nacional el sábado 3 de noviembre 2012

viernes, 2 de noviembre de 2012

Simona


En 1992 ocurrió uno de esos fenómenos de la naturaleza que trastornan el ecosistema: una especie de aves migratorias que visita anualmente a Caracas decidió ese año cambiar de ruta. Los caraqueños que no somos ornitólogos no nos habríamos dado cuenta de no ser porque estas aves se alimentan de una especie particular de gusanos, faltando sus depredadores naturales, los gusanos se multiplicaron de tal manera que acabaron con el follaje de los chaguaramos de la ciudad, de cuyas hojas se alimentan.
Mal presagio ver los chaguaramos caraqueños pelados, estas gigantescas palmeras tienen fama de traer prosperidad ¿señal de la tormenta que se nos avecinaba?
Peor aún que ver los chaguaramos pelados fue cuando los gusanos se transformaron en enormes mariposas negras que en las noches invadían nuestros hogares en busca de luz. Cuando estaba pequeña y aparecía una de esas mariposas negras detrás de una puerta mamá nos prevenía que tuviéramos cuidado, aunque supuestamente más allá de feas y tenebrosas las mariposas negras son inofensivas, mamá aseguraba que cargan un polvito que podía ser letal si te lo echaban encima. 
Y es cierto, me consta, lo comprobé a media carrera de la Escuela de Arte -1983 o 84- de manera más que dolorosa, y aunque el polvito pudo haberme caído a mí, por esas cosas del destino le cayó a Simona.
Empecemos desde el principio, a la universidad trataba de llegar lo más temprano posible para asegurarme el pupitre en primera fila junto a la ventana. Primera fila porque me gusta prestar atención cuando la clase lo amerita. Al lado de la ventana por acalorada, y porque si la clase se ponía fastidiosa, con asomarme a la ventana que daba al comedor universitario, tenía suficiente distracción. Tan regular se volvió mi puesto en primera fila al lado de la ventana, que al cabo de unos meses ya era una especie de puesto fijo que ninguno de mis compañeros se molestaba en reclamar.
Hasta que un día, en una clase de Shakespeare y el Teatro Isabelino, que era una clase de no más de doce alumnos, el profesor Isaac Chocrón en lugar de comenzar la hora debatiendo sobre "cómo el carácter es el destino en las tragedias de Shakespeare..." se nos quedó mirando callado un buen rato -bien raro en Isaac-, antes de decirnos: "Ustedes si son aburridos, siempre se sientan en los mismos puestos. ¿Acaso no entienden que la vida hay que verla desde distintos ángulos?  El primer ejercicio de hoy es párense de donde están sentados, y mézclense bien".
Como borregos le  hicimos caso al profesor, no recuerdo dónde me senté pero si recuerdo que en el que asumía como mi lugar se sentó Simona, y que al día siguiente recuperé mi puesto. 
No se puede decir que Simona fuera mi amiga, pero sí era una buena compañera de estudios. Hija de inmigrantes italianos, Simona era una muchacha dulce, aplicada, reservada sin ser antipática, quizás más bien tímida. Su principal rasgo, lo que la hacía bonita, eran sus enormes ojos verdes que hacían   juego con su rizada melena castaño-rojizo, que no la llevaba larga. Lo que no terminaba de hacerla bella era el cutis con tendencia al acné. Académicamente estaba a mi nivel, buena alumna sin ser una lumbrera. Que Simona ocupara mi puesto, no me importó. 
Comenzó la clase Chocrón y estaría divagando mi querido Isaac sobre cómo en la medida que el héroe trágico shakesperiano se debatía en posiciones contradictorias, sufría y padecía... cuando la clase se vio interrumpida por una invitada indeseada: por la ventana, la misma al lado de la cual yo tenía meses sentándome, se coló una gran mariposa negra, y tras sobrevolar el salón, se posó encima del hombro de Simona.
Recuerdo que aunque hubo el típico barullo de cuando entra una mariposa negra a una habitación porque es un bicho desagradable, Simona no se azoró, se la sacudió sin histeria y la mariposa se fue volando por la misma ventana por la que entró. Cómo imaginar que cuando nuestro profesor continuó con eso de "un cambio negativo del destino o la fortuna", no solo se estaba refiriendo al encuentro de Macbeth con las brujas. 
El cambio en Simona tardó semanas en verse, fue rápido pero gradual: menos de un mes después de  que la mariposa negra se posara sobre ella, Simona no era la misma joven dulce y plácida, el acné se le había empeorado y su pelo lucía grasoso pegado al cráneo. No hacia falta ser amiga de Simona para darse cuenta que ya no sonreía, y que sus ojos verdes dejaron de brillar. 
Una mañana me pidió la cola, no se a dónde, porqué no recuerdo haber ido a su casa, quizás nos tocó hacer un trabajo juntas, y yo, que desde joven tengo como ley de vida no entrometerme en la vida de los demás, sintiendo a mi pasajera tan infeliz, no pude menos que preguntarle:
"Simona, ¿qué te está pasando?".
No lloró ni evadió la respuesta ni hizo un melodrama, sencillamente me respondió: "Que no quiero seguir viviendo".
 A los veinte años, quizás nunca, se sabe cómo manejar semejante confesión. Le pregunté lo obvio, si tenía problemas en su casa, si algún desgraciado le rompió el corazón. Me contestó que no, sencillamente estaba deprimida, le perdió el gusto a la vida. Le pregunté si se estaba viendo con un siquiatra, este nivel de depresión era peligroso, quizás le hacían falta antidepresivos para superarlo. Me contó que ahora sí, pero su viejo era tradicional, no creía en depresiones, le había costado mandar a su hija a un médico que le quitara la tristeza. Simona hizo un amago de tranquilizarme diciendo que no me preocupara, que ya se estaba sintiendo mejor. 
Creo recordar que cuando nos despedimos fue la última vez que vi sonreír a Simona, no sé si también fue la última vez que la vi.  
Semanas después una compañera me llamó un sábado en la mañana para avisarme que Simona se había suicidado la noche anterior. Se lanzó al vacío. Le ganó la tristeza. La compañera me dijo donde la estaban velando. No fui al velorio, no conocía a su familia, no tenía a quien darle el pésame. Esa fue mi excusa, hoy me doy cuenta que no estaba preparada para ir al funeral de una muchacha a quien la venció la melancolía. ¿Acaso lo llegamos a estar? 
Desde entonces cada vez que veo una mariposa negra me acuerdo de Simona, de cómo tras una mariposa negra posarsele en el hombro, esta dulce muchacha perdió las ganas de vivir. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Casos excepcionales


Tengo un primo anestesiólogo que cada vez que alguien de la familia le comenta que se va a someter a una cirugía plástica, trata de disuadirlo no por las típicas moralinas: "Somos nuestras pequeñas imperfecciones", "Hay que envejecer con dignidad"... sino que alega razones científicas. Según el primo cualquier intervención quirúrgica, por inofensiva que parezca, conlleva un riesgo, mínimo, pero riesgo al fin; y si las cirugías plásticas no suelen ser intervenciones necesarias, ¿por qué someterse a ese riesgo, por mínimo que sea? Y ahí el primo médico se enfrasca en las típicas moralinas: "Hay que envejecer con dignidad", "Aceptarnos como somos"...
Siempre había pensado que el primo exageraba, si es por eso nadie viajaría porque hay un riesgo que el avión se caiga, o no saldríamos en Caracas sino a lo estrictamente necesario porque ni se diga el riesgo en esta ciudad de que nos atraquen, nos secuestren, y hasta nos maten.
En un país donde la cirugía plástica se ha vuelto casi tan común como la ortodoncia, es muy muy raro -a menos que se busquen cifras en esas clínicas clandestinas y piratas- de pacientes comprometidos por el afán de verse más bonitas, más voluptuosas o sencillamente, ganarle un round a la batalla del tiempo (porque la pelea finalmente se pierde). En lo personal solo conozco una amiga que estuvo durante semanas al borde de la muerte cuando tiempo después de colocarse unas prótesis, le dio una sepsis que se extendió a varias partes del cuerpo.
Como es de esperar, mi amiga y sus familiares estaban furiosos y demandaron al doctor por mala praxis, no sé en qué habrá parado esa historia lo que estoy segura es que aunque mi amiga vio en peligro su vida, y aun si hubiera muerto, su cirujano plástico en esta República Bolivariana de Venezuela ni estaría preso ni habría sido acusado de "Homicidio intencional a título de dolo eventual" como hoy está acusada la doctora Lidisay Galeno, detenida ante el fallecimiento de la magistrado Ninoska Queipo tras una liposucción, la cuarta intervención de cirugía plástica a la que se sometía la presidenta de la sala penal del Tribunal Supremo de Justicia en un año.
De este caso sabemos lo que leemos en la prensa, que ambas mujeres habían establecido un nexo de amistad, que la hermana de la doctora Queipo fue la cirujano encargada de las dos primeras intervenciones, y la doctora Galeno su asistente, antes de tomar la batuta en el nip-tuck de la magistrado.
Hasta ahí coinciden las versiones. La doctora Galeno alega que la doctora Queipo presentó la complicación tras recibir una transfusión de sangre en otra clínica, y la familia Queipo alega que la grasa extraída en la liposucción fue una cantidad imprudente que originó la infección que habría de causarle la muerte a su hermana.
Momento doloroso para ambas familias, para quienes perdieron a esta joven madre de 37 años tras lo que prometía ser una operación de rutina; y para la de una Cirujano a quien el peso de la ley le está cayendo más fuerte de lo que podría ser su responsabilidad médica y humana, porque al ser acusada de Homicidio intencional, el suyo ya no es tratado como un caso de desidia profesional que amerita un juicio en libertad para establecer su responsabilidad en el resultado fatal, intencional significa "intención", como si la doctora Galeno hubiese entrado en el quirófano con el propósito que su amiga Ninoska no saliese con vida de él.
Si mi amiga, con la ayuda de un buen abogado y de acuerdo a la ley, no habría podido responsabilizar a su médico más de mala praxis, la doctora Queipo, gracias a su cercanía al poder, es considerada la víctima de un homicidio.
 ¿La ley se aplica con la misma vara a todos los venezolanos?
"Casos excepcionales" alega la rectora Socorro Hernández para justificar la migración en el Registro Electoral de 101 Psuvistas para ajustarse a las conveniencias electorales revolucionarias. "Casos excepcionales" hoy parece ser el eufemismo de todos aquellos casos que por cualquiera sea la razón, el poder revolucionario está por encima de la lógica, de las leyes y de la constitución.

lunes, 22 de octubre de 2012

Los inelegibles


La saña con la que se ha atacado a Alfredo Bryce Echenique y al jurado del premio FIL por haberle   otorgado este año semejante reconocimiento de las letras hispanas a un escritor de innegable valor literario pero que se vio envuelto hace pocos años en escándalo de plagio, recuerda otros casos célebres donde los méritos literarios parecen quedar manchados por la tinta indeleble de errores éticos del pasado.
Por ejemplo, hay quienes se preguntan si le habría sido otorgado el Premio Nobel de Literatura en 1999 al escritor alemán Günter Grass de haberse sabido antes que a los 17 años fue soldado nazi. También hay quienes afirman que el premio Nobel eludió a Jorge Luis Borges porque el escritor argentino manifestó su simpatía a las dictaduras militares del Cono Sur, pero la Academia Sueca no pareció tomar en cuenta las simpatías franquistas de Camilo José Cela a la hora de otorgarle el Nobel de Literatura en 1989, escritor a quien el Gobierno de Pérez Jimenez en los años 50 contrató para escribir por encargo novelas adulando la Dictadura, aunque apenas logró terminar La Catira, mala copia de Doña Bárbara de Rómulo Gallegos.
No sólo en el ámbito literario se presentan este tipo de cuestionamientos éticos, en el deportivo también, aunque ya no por razones políticas, uno de los casos más famosos es el de Pete Rose, quien tras 23 años como jugador en las Grandes Ligas culminó en el año 1986 su carrera como el pelotero que hasta entonces más hits había conectado, más juegos había jugado, más turnos al bate tenía, más outs, tres anillos de series mundiales, tres títulos de bateo, un MVP, dos guantes de oro, novato del año, 17 apariciones en Juegos de las Estrellas; el lógico candidato para entrar de una cuando fuera elegible al Hall de la Fama de no ser porque siendo Manager de los Rojos de Cincinatti, hizo apuestas de beisbol, y aunque Rose sostiene que sus apuestas nunca fueron en contra de su equipo, en 1989 se vio obligado a aceptar la decisión del Baseball Hall of Fame de entrar en la lista de los permanentemente inelegibles para estar en el panteón de la gloria del beisbol a cambio de que no se siguiera con la investigación en su contra.
Otro caso donde un error de ética nubló una más que impecable carrera fue cuando en el año 1952, tras negarse a decir nombres ante la Casa del Comité de Actividades Anti Americanas durante la cacería de brujas del macartismo en los Estados Unidos, el director Elia Kazan cedió a la presión mencionando el pasado comunista de ocho de sus compañeros del Group Theater en los años treinta, entre ellos, el dramaturgo Clifford Odets.
Cuando Kazan nombró a sus antiguos compañeros de partido lo hizo ante la presión de un momento histórico muy difícil, y dio ocho nombres que al igual que él, estaban requetefichados por Edgar J. Hoover. Asumió que rayando a quienes ya estaban rayados saldría más o menos bien del paso.
En la era de la Cacería de Brujas macartista hubo grandes actos de heroísmo, personas que perdieron sus trabajos y quedaron en la lista negra en la Industria de Cine durante décadas por negarse a señalar nombres. Notable es el libro: "Tiempo de canallas" las memorias de Lillian Hellman sobre la época. Lamentablemente, Elia Kazan fue el artista que cedió a la presión, no calculó las consecuencias, dice en sus memorias que al hacerlo: "Pasé de ser considerado la gran vaina a ser un paria".
Así como Hollywood en los años 50 era mayoritariamente conservador, a partir de los años 70 pocos son sus agremiados que no se jacten de ser progresistas, sin embargo en 1999 la Academia decidió reconocer con un Oscar honorario la obra del "paria" Kazan que incluye clásicos como "On the Waterfront", "Un tranvía llamado deseo" y "Al este del Edén". Dos grandes ligas del cine: Martin Scorsese y Robert De Niro, presentaron al anciano director que entonces estaba por cumplir 90 años, y habría de morir cuatro años después.
Recuerdo el momento cuando ese Oscar honorario se entregó, pero como la memoria es maleable, lo busco en You Tube, y yo que pensaba que fueron Tim Robbins y Susan Sarandon quienes se quedaron sentados con los brazos cruzados negándose a aplaudir al viejo director, en realidad fueron Ed Harris y su esposa Amy Madigan, además de Nick Nolte. Muchos en el público, como Steven Spielberg y Kate Capeshaw, aplaudieron educadamente pero no se pararon a ovacionar como suele ser costumbre cuando se entrega un Oscar que ha eludido a una carrera como la de Kazan. Pero también muchas  luminarias de Hollywood (Meryl Streep, Warren Beatty, Helen Hunt, Kathy Bates) - a quienes jamás se les etiquetaría como conservadoras- se pararon a aplaudir a ese viejecito inmigrante que tanto le dio al Cine.
Hace poco vi en TCM "Carta a Elia" documental sobre la obra de Elia Kazan narrado por Scorsese, el director norteamericano contemporáneo más importante rindiendo homenaje a su maestro, a quien dice deberle: "que hoy yo sea director". El capítulo del infeliz testimonio de Kazan ante el HUAC no se pasa por alto, pero es tomado como un doloroso manchón en una carrera gloriosa, porque como dice Scorsese: "Cuando a los catorce años vi en pantalla Al Este del edén, por fin me reconocí en el cine".
Kazan además de ser lo que se conoce como "un director de actores", era un director de películas cuyo realismo y conciencia social le hablaban a su tiempo, a lo mejor por eso que precisamente fuera él quien cediera a la presión de los tiempos canallas, fue, y sigue siendo para algunos, muy difícil de perdonar.
A Bryce el reconocimiento a su obra quizás le llegó demasiado temprano tras las acusaciones de plagio que ya fueron solventadas por un jurado pero, por lo visto, no por muchos de sus pares. A Elia Kazan el reconocimiento en forma de estatuilla dorada le llegó cuatro años antes de morir pero cuando todavía pudo entrar lúcido y caminando a recogerlo. Llámenme corazón de azúcar, o falta de ética si prefieren, pero espero que a Pete Rose, que tanto le dio al espectáculo del beisbol, más temprano que tarde, también lo tachen en vida de la lista de "inelegibles".



miércoles, 10 de octubre de 2012

Abajo el clasismo



El jueves del cierre de campaña del candidato-presidente en la Avenida Bolívar me tocó ir al Centro Médico para donar sangre a un familiar.  Cuatro de octubre, día de San Francisco, este año cayó puntualmente el Cordonazo.  Mientras donaba sangre estaba sintonizada una telenovela, calculé que la última novela que seguí fue Cosita Rica, año 2003-2004, cuando Leonardo Padrón creó al personaje Olegario Pérez -interpretado por Carlos Cruz- populachero, mandón y charlatán; resultaba un personaje  muy divertido para quienes pensábamos que aquel a quien nos recordaba más temprano que tarde sería un episodio pintoresco en la historia del país.
Catorce años después de ser electo por primera vez Presidente de la República, Hugo Chávez vuelve a ser reelecto por seis años más. Si su salud no se lo impide, al terminar este período presidencial, tendrá 20 años gobernando.
Ese jueves del cordonazo -como se demostró electoralmente con el 45 % de los votos- poco menos de media Venezuela tenía la esperanza de que este barco cambiara de capitán. Al Banco de Sangre llegaron dos mujeres dispuestas a donar, y mientras llenaban el formulario necesario, comentaban sobre el chaparrón que caía sobre Caracas y cómo en la Avenida Bolívar no había ni la mitad de entusiastas de los que había conseguido aglutinar el candidato de la oposición, Henrique Capriles Radonski, el día de su cierre de campaña en Caracas.
Acto seguido me quitaron a Esperanza Magaz en una playa para poner a Globovisión, donde el funesto José Vicente Rangel clamaba desde la enchumbada Avenida Bolívar: "¡Aquí nadie está obligado a venir!".
Entre las recomendaciones tras donar sangre está tomar mucho líquido, así que en el mismo sótano del Centro Médico me fui al cafetín del personal obrero, y pedí un batido de patilla sin azúcar. Me senté, como dice el lugar común, a esperar que me regresara la sangre al cuerpo. En este cafetín se respiraba un ambiente muy distinto al que sentí minutos antes en la sala de espera del Banco de Sangre. La televisión estaba sintonizada en el Canal del Estado, los presentes seguían el discurso presidencial con atención pero sin euforia, nadie hizo comentarios tipo: "Ojalá le dé pulmonía" ni "¡Pa' lante mi Comandante!", la máxima muestra de efusión fue un pequeño como de cuatro años, que cantaba "Corazón de mi patria" con la mano en el corazón.
En ese momento todo optimismo alimentado por las redes sociales se me derrumbó, si bien entre mis contactos en Facebook y twitter Capriles habría ganado como con el 98 % de los votos, ante ese pequeño cantando con la mano en el corazón me di cuenta que hay una Venezuela a la que el presidente Chávez, por la razón que sea, le ha sabido llegar, un país al que Henrique Capriles ha buscado conquistar con una campaña admirable, y escribo en presente porque dudo que Capriles se desinfle como le pasó a otros candidatos tras una derrota electoral.
Pero leyendo algunos comentarios en las redes sociales (afortunadamente no muchos, pero si los suficiente para escribir este post) es fácil darse cuenta que hay un país más allá de las urbanizaciones al que muchos venezolanos de clase media no se molestan en comprender, y hasta parecen despreciar. Esta actitud clasista, lejos de ayudar a la causa de la Venezuela del progreso con la que muchos soñamos, lo que hace es minarla.
Sé que ante la rabia y la desilusión se es capaz de escribir y decir cualquier tipo de tonterías, y vaya que nos llevamos un golpe el domingo porque hasta las siete de la noche, muchos pensamos que Capriles Radonski sería el próximo presidente de Venezuela (y todavía lo pienso, aunque no por ahora). Celebro que tanto la dirigencia de la Mesa de la Unidad, como Henrique Capriles hayan asumido cabalmente la derrota, y que la inmensa mayoría de mis amigos en las redes sociales, pese a la desilusión, también se haya levantado con honor.
Lo que no admito, no perdono, y hago un llamado para que reflexionen al respecto es quienes acusan la derrota con términos clasistas que prefiero no repetir; desprecio social de una minoría de la oposición del que precisamente se han alimentado el presidente Chávez y programas como La Hojilla.
Debemos asumir por los momentos la derrota de la propuesta del país del Progreso que ofrecía Capriles Radonski a Venezuela, un proyecto por el que seis millones y medio de venezolanos, el 45 por ciento de los electores, apostamos.  No se ganó pero también hubo grandes avances que no se pueden desconocer y no se pueden dejar perder.
 No somos seis millones y medio de oligarcas, entre quienes apoyaron a Capriles Radonski, como canta Silvio Rodríguez, hubo: "Villas señoriales y barrio marginal",  y no cabe duda que fue, y seguirá siendo, una batalla desigual -lo que da para otra intensidad- pero lo más importante amigos, es evitar ensuciar la causa, así que déjense de referir con desprecio a quienes tienen su fe puesta en esto de la Revolución, arremánguese la camisa que sigue habiendo un camino, y a seguir trabajando por una Venezuela mejor.

lunes, 8 de octubre de 2012

Crónica de una historia que se vuelve a repetir


Desde hace treinta años voto en un centro electoral donde se unen barrio y urbanización: La Unidad Educativa Jesús Enrique Losada en El Pedregal de Chapellín, que suele ser un termómetro del resultado electoral.
A pesar de la llamada a votar temprano, ante las largas colas, pensé que la mejor hora de votar sería después de almuerzo, cuando el Real Madrid y El Barca se enfrentarían. Mi prima Isabela, que había votado temprano en J.E Losada, me contó que quienes madrugaron hicieron más de tres horas de cola porque unos testigos de mesa tardaron en llegar. Mi marido, que salió temprano a votar al otro lado de la ciudad, me decía que en su centro había dos computadoras para cuatro mesas. Dos horas y media de cola para salir del embudo.
No le fue mal, hubo quien tuvo que esperar más de diez horas para votar. Quienes votaron en Montreal lo hicieron en menos de 5 minutos. 14 horas para quienes votaron en el Sur de Florida porque se tuvieron que trasladar a New Orleans. No sabemos cuánto tardaron quienes votan en Beijing.
Por la presión de las redes sociales de votar temprano, pero sobre todo, por el temor a que fuera a caer una tormenta eléctrica como las que han azotado a Caracas desde hace unos días, fui a votar al mediodía, cuando la cola salía a la calle pero ni remotamente tan larga como había visto por televisión en otros centros electorales.
Me llevé mi gorra de UCV para protegerme del sol esperando que no fuera tomada como una postura política, nadie en la cola llevaba la gorra tricolor ni la gorra roja del proceso, pero era fácil ver la intención de voto a quienes lucían orondos sus camisas rojas. También me fijé que había muchos votantes que llevaban un rosario de cuentas de madera, que ayer, día del Rosario, asumí como una alianza mística electoral para salir de este berenjenal.
Los militares del Plan República paseaban por la calle dispuestos a mantener el orden, ignoraban a los motorizados con camisas de Corpoelec con el mensaje: "Ahorrar energía es tarea de todos", y gorras rojas tan nuevecitas que muchos ni siquiera les habían quitado la etiqueta. Los motorizados tenían su toldo rojo a pocos metros frente a un taller de tapicería, no fueron agresivos ni intimidantes, pero estaban ahí, su función era trasladar a los vecinos de Chapellín simpatizantes del proceso.
 En un momento un motorizado comenzó a dictar pautas con un alta voz. Los militares del Plan República ni se inmutaron. La muchacha que tenía enfrente rompió el silencio sin importarle que la oyeran los chavistas en la cola: "Esto no debería ser, está prohibido hacer proselitismo, por qué lo permiten los militares".
 Le contesté: "A ver si quienes se pasean en moto con altavoz llevaran gorra tricolor".
No hace falta agregar más, a todos nos consta que en esta batalla electoral las leyes del CNE son más para unos que para otros.
En ese momento, no sé por qué, presentí cuál sería el resultado.
Una hora tardé en la cola para entrar en el Centro,  pensé que el proceso sería breve ahora que estaba adentro, no había tanta gente, pero con esa maldición de siempre tocarme la cola que no avanza, la mesa dos se paralizó porque una señora, vaya a saber usted cómo, se echó la tinta en un ojo. Otra hora de cola mientras se solventaba la situación.
 Y aunque llevé un libro para pasar el tiempo, el tiempo lo pasé twiteando.
En casa de mis padres nos esperaba un pasticho. Para tres muchachos de la familia fue su primera elección presidencial. Ninguno recuerda otro presidente que no sea Chávez. Todos tenían la esperanza de que en su voto estaría el cambio.
En la nochecita nos llaman los vecinos Beatriz y Fran para que esperemos los resultados juntos, qué ley seca ni que ley seca, mitigaremos la angustia en alcohol. Se nos unen los vecinos Laura y Reinaldo. También está la mamá de Bea, y su hermano Miguel, que vive en el exterior y vino a votar.
Las primeras noticias son buenas, las menos optimistas dicen que hay un empate técnico, que las tendencias se revierten minuto a minuto. Llaman a decir que no nos preocupemos, estamos listos, Capriles presidente, la ventaja es de cuatro puntos. Otros dicen que no cantemos victoria, la ventaja es de dos puntos, el CNE nos va a tener en esta angustia hasta la madrugada, cuidado si no más de dos días como en las elecciones Bush-Gore.
Llaman a decirnos que el Comando Carabobo está vacío, que en cambio el Comando Venezuela está la prensa internacional. Que si el carómetro. Que si Briquet se ve feliz. Que ya el ABC de España, la BBC, Le Monde cantaron la victoria de Capriles. Que fulanita de tal, que esa sí sabe, llamó a decir: "amiga, vaya enfriando la botella de proseco".
Algunos de los presentes quieren abrir el Proseco para empezar a celebrar. Insisto que no lo hagamos, no hay que empavar.
Dejo a los vecinos eufóricos, y me voy a mi apartamento a comer unas arepas que prepararon mis hijas. Mi mamá llamó a decir que ya ganamos, se lo dijo mi hermano que está reunido con gente que está muy bien dateada. Entro en Facebook, casi todos mis amigos cantan victoria, solo una amiga dice: "Nos volvieron a clavar", no le creo, hay que ser optimista, no haga caso a rumores, lo que pretenden es desestabilizar.
Me como un par de arepas y regreso a casa de los vecinos. Me abre la puerta Bea y me dice casi llorando: "Perdimos".
El ambiente de euforia de minutos antes se había transformado en un ambiente fúnebre. Morrocoy volteado:
"¿Cómo están tan seguros?".
La amiga que llamó a decir que enfriara el Proseco, volvió a llamar: "Nos jodieron".
Comienzo a recibir mensajes de texto, los mismos que minutos antes aseguraban que estábamos arriba, ahora manejaban una diferencia de 10 puntos a favor del continuismo revolucionario. Habla el Ciudadano Leopoldo Castillo, no dice nada pero lo implica todo: perdimos.
La fiesta se acabó. Como quien enfrenta el fin del mundo, regresamos a casa para estar con nuestros hijos en espera a que se manifieste Tibisay Lucena. Trato de levantar la moral de la tropa, no ganamos, pero sigue habiendo un camino, Henrique Capriles fue tremendo candidato, no pudimos tener candidato mejor, más de 6 millones de venezolanos expresaron con su voto la necesidad de un cambio, se batalla con fuerzas desiguales, quizás no se llegará hoy a ese camino, no se angustien hijos que ustedes conocerán otra Venezuela, una donde el pensamiento oficial no pretenda uniformar a la nación, donde la violencia no nos parezca normal, donde el país no esté dividido en dos.
"¿Y ahora qué, mamá?", preguntan mis hijos.
Ahora hijos, a recoger los vidrios rotos y a seguir luchando por ese país con el que soñamos.



sábado, 6 de octubre de 2012

Dos libros para leer un fin de semana electoral

 Mañana es un día importante en Venezuela, los venezolanos decidiremos qué camino seguir, si el del proceso Revolucionario que desde hace catorce años lidera el presidente Hugo Chávez, o si un nuevo camino más cercano al que tomó el ex presidente Lula Da Silva en Brasil, propuesto por el candidato del consenso de la oposición Henrique Capriles Radonsky.
La Ley Electoral impide manifestarse a favor o en contra de cualquiera de las tendencias electorales el día antes de las elecciones, pero no creo que impidan el llamado de esta columnista a votar, así que hágalo, por el camino que usted considere pueda ser el mejor para Venezuela, pero vote, y aunque personalmente no conozco a nadie que confiese que no lo hará, no está de más repetir que estamos en una encrucijada en la cual nadie se debe quedar varado como si la cosa no fuera con ellos. Es muy fácil no querer sentirse responsable del momento histórico que vivimos, pero hay que ser ciudadanos,  asumir el papel que nos toca, que es votar, porque democráticamente hay dos alternativas: mantener el status quo en el que vivimos desde hace casi tres quinquenios, que sin duda apoyan tantos venezolanos, o apostar por un nuevo camino. Lavarse las manos de esta encrucijada histórica es una actitud cobarde y acomodaticia.
Así que este será un fin de semana difícil, lleno de tensión, ya los mercados están vacíos por las compras nerviosas, y para colmo, ley seca. Por eso me permito recurrir a la Literatura Venezolana Contemporánea y recomendar un par de libros que de aquí a cincuenta años, cuando nuestros nietos quieran saber cómo vivíamos los caraqueños la primera década del siglo XXI, se la ilustrarán tanto como a nosotros nos ilustró la prosa de Enrique Bernardo Nuñez con La Ciudad de los Techos Rojos, claro, siendo esta Caracas lo contrario de idílica.
 Estos libros son En Rojo de Gisela Kozak Rovero (Alfa 2011) y Caracas Muerde de Héctor Torres (Puntocero 2012). Ambos libros, a los que considero hermanos temáticamente, se pueden describir de varias formas: libros de cuentos, crónicas de la Caracas del último milenio, novelas polifónicas con una ciudad a punto de ebullición como hilo conductor; lo importante no es el qué son En Rojo y Caracas Muerde, sino qué sentimos leyéndolos, y un caraqueño no puede sentirse menos que retratado en estos textos, hijos del Por estas calles de Yordano di Marzo, viviendo en una ciudad donde “la piedad hace rato se fue de viaje”.
En Rojo y Caracas muerde son obras políticas en el sentido original de la palabra “Polis”, es decir, tratan sobra la ciudad y sus habitantes, pero no son políticas en el sentido con el que hoy usamos la palabra entendiéndose como manipular a favor de una tendencia ideológica. Aunque habrá quienes consideran que si lo son porque la ciudad (o país) que describen tanto Kozak como Torres, está lejos de ser idílica como nos muestran los medios de comunicación del Estado.
Dicen que la Literatura Venezolana ha tenido un subidón, y el protagonismo en las librerías nacionales de libros recién publicados como Miniaturas Salvajes de Salvador Fleján, Las Mujeres de Houdini de Sonia Chocrón y Liubliana de Eduardo Sánchez Rugeles lo confirman; así que para amilanar los nervios de un fin de semana de pronóstico reservado, vayan a una librería, ignoren los best sellers y los libros de autoayuda, compren un libro de autor venezolano, y si quieren ver retratada lo que ha sido esta última década, ya no la Caracas de los Techos Rojos sino la ciudad que muerde, busquen En Rojo de Gisela Kozak –escritora finalista del Premio de la Crítica por su novela Todas las Lunas- y la Caracas Muerde de Héctor Torres, y ya verán como se convertirán en un par de libros de cabecera.

Artículo publicado el sábado 6 de octubre en El Nacional