lunes, 16 de diciembre de 2013

Tigre enjaulado


Mañanas como la mañana de hoy (que ya la tarde se nubló)  son capaces de que nos entre la ilusión que Caracas casi casi puede ser la ciudad perfecta, y digo casi casi porque este diciembre de 2013 los motorizados se siguen creyendo los puedelotodo de las calles, todavía vamos al mercado y encontramos la mitad de lo que fuimos a buscar, y no se nos quita el miedo de sabernos al acecho de los malandros; pero en mañanas azules como la de hoy es imposible no volverse a enamorar de Caracas.
Explico a quienes salieron de vacaciones de navidad o decidieron emigrar, el cielo azul con esa intensidad que solo se ve en diciembre, la luz que encandila, la brisa fresca que hace bailar las hojas de los árboles y nos obliga a andar abrigados, pero no abrigados como en los climas que congelan hasta los dientes, sino abrigados con un sweatercito de algodón. 
Caracas en diciembre deja de ser una ciudad gris, la luz del cielo azul intenso logra que el verde de los árboles se vea más verde, y el tráfico dejó de ser un tormento a menos que se decida salir de compras navideñas, que estas navidades no son un problema porque por decreto presidencial las compras se hicieron previas a las elecciones municipales y ya no se consigue nada, así que esta semana pre-navideña se transita por las calles caraqueñas tan desiertas como en una Semana Santa, o como en la primera semana de enero. 
Esta mañana fui al mercado de mi vecindario, y por primera vez en meses no tuve que hacer cola para pagar, tampoco había papel toilet, ni aceite de maíz, ni harina Pan, ni queso blanco; pero había arroz, así que el viaje no estuvo perdido. 
Un trayecto por la Cota Mil que a las nueve de la mañana en días normales me toma horas de cola, hoy apenas me tomó minutos, además de la delicia de oír música en la radio, solo música, porque los locutores están de vacaciones.  
De regreso en casa pienso que además de la complicada situación política que nos ha tocado vivir a los caraqueños estos últimos años, el principal problema de la ciudad, a pesar de la evidente ola migratoria que ha vivido Caracas esta década, es que ha crecido de manera desbordada sin que parezca haberse ejercido algún tipo de conciencia de urbanismo. No hay cama para tanta gente. En los terrenos de las urbanizaciones donde antes había casas hoy hay edificios, y las vías de acceso siguen siendo las mismas. Una amiga que vive en un apartamento en un edificio en Los Chorros me contaba que en horas pico cualquier atardecer llegar a casa de sus padres que viven en la misma urbanización, por el actual embotellamiento en la zona, le puede tomar más de cuarenta minutos en carro. Y ante la inseguridad en la que vivimos, ni pensarlo irse caminando por unas calles oscuras donde casi no hay aceras y los malandros hacen su agosto atracando. 
En mañanas azules como esta mañana de diciembre fue inevitable calibrar la ciudad que pudimos ser -y que hasta hace no tanto fuimos- y la ciudad hostil que hoy somos por lo menos once meses al año. Esta misma inquietud estuvo en el tapete hace meses entre pensadores de Caracas afectos al chavismo en una interesante controversia del arquitecto Fruto Vivas, quien criticó la falta actual de urbanismo con multitudinarias y mal planificadas misiones como el Plan Vivienda donde "los niños no tienen ni donde jugar", seguida por la rápida respuesta de su colega Farruco Sesto, a quien semejantes declaraciones le parecieron reaccionarias, llenas de lugares comunes y carente de humanismo del camarada Fruto, porque si el pueblo tiene necesidad de vivienda, es responsabilidad del gobierno revolucionario construir esa vivienda donde sea.  
De interés social o de acabados de lujo, la necesidad de vivienda está en todos los estratos sociales, la población crece, y necesita encontrar donde vivir. No me explico cómo han hecho en otras ciudades del mundo pero doy fe que Caracas es una ciudad que ha crecido a la machimberra, con escasa visión del caos por venir de la mayor parte sus constructores y planificadores.
"Tigre enjaulado" llamaba mi abuelo a los edificios grandes construidos a como diera lugar en terrenos muy pequeños. Tigres enjaulados somos los caraqueños por lo menos once meses al año. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Notas post elecciones municipales


A pesar de que los más románticos en la oposición apostaban su vida en ello, las elecciones municipales no terminaron siendo un plesbicito de la gestión de Nicolás Maduro, tras oír los resultados de boca de Tibisay Lucena, muchos sentimos que estábamos de regreso a la casilla uno: murió Chávez y Venezuela sigue igual de partida en dos como cuando vivía. 
Tras apagar el televisor sentí que esta película ya la había visto antes, se repiten las tendencias que en los grandes centros urbanos la oposición es mayoría, mientras que la población rural hoy es chavista, como hace décadas decían que era adeca. Aunque muchos serían capaces de refutar semejante afirmación, asegurando que simplemente los centros electorales de las áreas más despobladas están menos cuidados y se prestan más para la trampa. 
También se repite el tema de la abstención: históricamente en Venezuela la abstención a las elecciones municipales siempre ha sido alta, ayer no fue la excepción, más de un 40 % de venezolanos no votó, y más allá de que cada voto cuenta, semejante abstención en un momento histórico tan importante, no es por aquellos cuantos que se fueron de viaje y no regresaron para votar, sino por aquellos millones de venezolanos que por alguna razón no se terminan de involucrar emocionalmente ni intelectualmente ni con la fe revolucionaria ni con la lucha de la oposición. Esos millones de venezolanos que solo se dignan a mancharse el dedo de tinta, si acaso, en una elección presidencial.
Se comprueba una vez más que Venezuela dista de ser las redes sociales, que si por mi timeline fuera, con esa avalancha de fotos con el meñique morado en facebook, en twitter y en Instagram, no habría casi abstención y la oposición arrasaría hasta en Barinas.
¿Qué? ¿La oposición ganó en Barinas? Esa si fue la sorpresa de la noche. La dinastía Chávez se tambalea. Los rodilla en suelo lloraban en masa semejante perdida en la Plaza Bolívar.
Lo que sí se terminó de certificar ayer fue lo que temíamos desde hace unos meses, que hoy la televisión venezolana está plegada incondicionalmente al Gobierno. Esta es la verdadera dictadura mediática, Henrique Capriles está vetado y dirigentes como Ramón Guillermo Aveledo, hoy solo salen en la televisión nacional en pequeñas dosis. Millones de venezolanos estábamos acostumbrados a sintonizar Globovisión para ver los resultados electorales como antídoto a la parcialidad gobiernera de los demás medios, ayer cuando lo hicimos nos encontramos con una larga y complaciente rueda de prensa del presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, soltando sapos y culebras contra los dirigentes de la oposición y los burguesitos de la clase media. 
El odio al pensamiento opositor como consigna, un ejemplo que los dirigentes del chavismo no están dispuestos a seguir de la lección de paz y conciliación legado del recién fallecido Nelson Mandela. Los insultos y las amenazas a quienes se atrevan a cuestionar a la revolución, de Chávez para acá, son el arma y el escudo del oficialismo. Y no me vengan con que Roque Valero y la cayapa en los centros comerciales, que en un país cuyos dirigentes desde el poder tienen sembrando odio hacia el pensamiento opositor sistemáticamente desde hace 14 años, quienes se abrazan a la bandera roja no pueden aspirar después a recoger flores entre quienes han sido llamados escorias, burguesitos, apátridas. 
Otra lección que no parecen querer aprender los ardientes revolucionarios es que el hecho que Ronald Reagan haya llegado a ser presidente de los Estados Unidos y Arnold Schwarzenegger gobernador de California, no quiere decir que por ser estrellas de la farándula el voto popular favorezca a personajes como Winston Vallenilla y El Potro Alvarez. Su elección a dedo como candidatos municipales debió ser una patada en la espinilla para quienes desde la revolución tienen años ejerciendo liderazgos municipales. 
 Las grandes victorias que se pudo anotar ayer la oposición, más allá de Barinas, razones para despertarse con cierto nivel de optimismo esta mañana de diciembre, es que a pesar de quedarnos sin voz en los medios de comunicación social nacionales, la determinación por quienes aspiramos un cambio lejos de retroceder ha avanzado; que a pesar de las trabas que el gobierno ha puesto a gestiones como la de Antonio Ledezma, los caraqueños insistimos con su liderazgo y el de Ocariz; y que el festival de remate de precios pre-electorales con el cual quiso comprar el voto Maduro obligando a quebrar a más de un comerciante, no dio los resultados esperados: que la aplanadora populista terminara de arrasar con la mitad de un país que no deja de luchar por un cambio. 

La modelo de la foto es mi abuela Elisa, que a sus 94 años, nunca ha dejado de votar, y al hacerlo ayer se encontró con Henrique Capriles Radonski quien vota en su mismo centro electoral. 


lunes, 18 de noviembre de 2013

Una necesidad llamada El Tijerazo


"Qué Literatura venezolana, ni qué espíritus afines, en esta ciudad de locos nada salva", iba pensando en el carro tras una hora en el tráfico el pasado sábado para cruzar la ciudad de norte a sur de Sebucán a Paseo Las Mercedes. Unos amigos me habían invitado a una parrilla tardezona, y después de tomar una cerveza, me fui prometiendo: "no tardo, hoy a las 5 pm le entregan el Premio de la Crítica a Eduardo Sánchez Rugeles por su novela Liubliana, en una hora estoy aquí". 
En una hora seguía en la cola, más o menos en la tranca frente al Locatel en Las Mercedes, al diablo la Literatura venezolana, me habría devuelto a la parrilla con los panas de haber encontrado dónde devolverme, pero ese sábado Caracas parecía un gran estacionamiento. 
Un día de semana cualquiera llegar en carro ese mismo trayecto puede tardar hasta dos horas, un sábado de noviembre no debería ser más de veinte minutos. Olvidaba que este noviembre de 2013 Nicolás Maduro decretó que  la navidad en Venezuela comenzaría más temprano, y una de sus primeras medidas para lograrlo fue obligar a los comerciantes, y no solo a los que venden electrodomésticos, a vender toda su mercancía a dólar preferencial a 6, 30; o al dólar SICAD a 10 Bs que el Gobierno otorgó a ciertas importaciones. El Black Friday del capitalismo gringo (remate de mercancía en noviembre) en este socialismo del siglo XXI comenzó un viernes rojo cuando Maduro mandó en cadena nacional a:  "que no quedaran anaqueles vacíos". 
Lo que parecen negados a aceptar Maduro y su tren ejecutivo, por lo menos públicamente, es que ante el control de cambios y la dificultad para conseguir dólares por la vía oficial, quien determina la economía nacional es un dólar paralelo. No sé si obligar a tumbar los precios a los comerciantes es una medida populista preelectoral asumiendo que de esta manera el chavismo arrasará en la elecciones municipales en diciembre, o si realmente Maduro cree que negando su existencia, forzando al comerciante a vender al precio que le imponen los inspectores de INDEPAVI, el dólar "fantasma" dejará de existir, bajará la inflación, y a Venezuela por fin llegará la Suprema Felicidad que prometió Maduro creando un Viceministerio con tal fin. 
Viendo la cola de gente esperando para poder entrar a la tienda El Tijerazo en Paseo Las Mercedes, es fácil darse cuenta que la única confianza de país que han dado estas medidas económicas es que en Diciembre en Venezuela no se conseguirá ni una lima con qué afilarse las uñas para defenderse ante lo que nos viene: la peor escasez de la que los venezolanos de varias generaciones tengamos historia. 
El sábado 16 de noviembre Paseo Las Mercedes parecía un 24 de diciembre en la tarde, hasta el valet parking estaba copado. El centro comercial lleno de personas no precisamente celebrando a la Literatura venezolana (aunque Sánchez Rugeles tiene su público), en El Tijerazo la cola para entrar tomaba la mitad del pasillo. Ahí no se veía lumpenproletariado dispuesto a llevarse la pantalla plasma que prometió Nicolás debe tener cada hogar venezolano, en esa cola se veía familias clase media pacientemente esperando su turno para raspar la olla de adornitos de navidad, enseres del hogar, de ropa etiquetada GAP made in China, de juguetes de esos con los que los niños juegan la mañana de Navidad, y al ratico dejan de lado. Ustedes entienden, corotos, peroles, chécheres, "el Socialcorotismo" como lo bautizó Gisela Kozak.
Esa tarde, como reflejo de la actual Venezuela, decenas de hombres, mujeres y niños esperaban para entrar al Tijerazo y comprar a "precios justos", cuando si algo tenía El Tijerazo, era, precisamente, precios solidarios.
"Qué humillación tener que hacer cola para raspar la olla de una tienda como El Tijerazo" al principio pensé, después decidí no ser tan dura juzgando a los demás, recordé durante el paro de diciembre de 2002 quienes entonces teníamos niños pequeños y nos encontramos que ese sería un diciembre sin regalos bajo el árbolito. 
De regreso de la presentación del premio de la crítica a Sánchez Rugeles, me tocó hacer la cola para pagar el ticket del estacionamiento frente al Tijerazo. En la tienda todavía había decenas de clientes llevándose lo que quedaba de mercancía.  Quién sabe cuándo podrán sentir de nuevo semejante éxtasis consumista. Ya no había nadie haciendo cola para entrar y hasta me dieron ganas de ver si encontraba esos vasos azules tan bonitos que compré en esa misma tienda hace unos meses. Fue entonces que me di cuenta de dos avisos en las vidrieras, en el primero se leía que solo dejarían entrar clientes hasta las 6 pm. Y al segundo aviso le tomé una foto con mi celular, pensando: ¡Viva el socialcorotismo del Siglo XXI caraj!



viernes, 15 de noviembre de 2013

Pequeño antídoto contra la barbarie


Me obligué a ir al Festival del Libro de Baruta, la verdad es que los ánimos no están para mucho, pero a veces hay que obligarse a salir, la alternativa es hundirse en la depresión de país, y ayer esa depresión tocaba piso porque los venezolanos sabíamos que esa tarde la Asamblea Nacional le daría a Nicolás Maduro la Habilitante para gobernar por Decreto durante seis meses, es decir, la potestad de ser un Dictador. 
Si viene el fin del mundo uno quiere esperarlo con su familia, pero este patadón a la ya tantas veces pateada Democracia venezolana, es bueno recibirla -mientras se pueda- entre pensamientos afines, por eso me dispuse a atravesar la ciudad de norte a sur, que ya es un acto heroico, e ir a la presentación a cargo de Gisela Kozak de la novela El Buen Esposo de Federico Vegas.  
Es mi primera visita a Lecturarte en Baruta, soy del otro lado de la ciudad, por la dimensión de la Plaza Alfredo Sadel, y por la cada vez más complicada situación editorial en Venezuela; me di cuenta que esta fiesta del libro es una fiesta íntima. En ella encontré a una industria editorial cada vez más escuálida, en el sentido literal y no político de la palabra, pero también a una Venezuela intelectual que se resiste a hundirse, y entre sus limitaciones -como la escasez de divisas para importar papel- sigue produciendo libros de calidad con tesón, y por eso esa aciaga tarde azul de noviembre se celebraba la publicación de El buen esposo de Federico Vegas; el sábado presentan La escribana del viento de Ana Teresa Torres (ambas novelas de Editorial Alfa) y Mañana matarás de Fedosy Santaella (Alfaguara). En la Editorial Planeta estaba Simpatía por King Kong de Ibsen Martínez; en el stand de El Nacional el libro de la sabrosa conversa de Boris Izaguirre con Elizabeth Fuentes, y Los héroes son villanos tímidos de mi admirado José Pulido. En el stand de Líder Editores El Arca Criolla: relatos sobre animales de Venezuela de mi pana Alejandro Luy. Extrañé a Ediciones B en la Feria de Baruta, que entre otras novelas ha publicado recientemente Sábanas Negras de Sonia Chocrón y Jezabel de Eduardo Sánchez Rugeles. 
A pesar de ser esta fiesta del libro y del arte una minúscula ventana que se nos abría para sentir que en Caracas todavía podemos llevar una pizca de vida ciudadana, de reunirnos en las plazas y conversar sobre libros y sobre cualquier pendejada, como en cualquier otra ciudad del mundo; en la Plaza Alfredo Sadel ayer se sentía una atmósfera pesada de derrota, casi casi que de velorio, costaba sonreír, solo Salvador Fleján lograba evitar intensidades con su sentido de humor a prueba de saqueos y Habilitantes. 
"¿Para que sirve escribir novelas (o leerlas)?" se preguntaba Federico Vegas cuando le tocó agradecer a Gisela su estupenda lectura de El Buen Esposo, quizás no para mucho, como concluyó quien decía que se es más autobiográfico en la ficción que en la no-ficción y que este Buen Esposo puede ser más histórica que sus novelas históricas porque es una historia contemporánea en esta ciudad herida llamada Caracas. 
Ayer rodeada de mis amigos escritores y de sus esfuerzos literarios en un país que desde hace tiempo a muchos nos cuesta tanto entender, creo que esos esfuerzos de no dejarnos derrotar por la barbarie, son, junto con nuestros afectos, la tablita del naufragio que permite seguir a flote en esta tormenta revolucionaria alimentada de odio que ya va para 15 años, y promete arreciar más fuerte. 
Me fui contenta de Lecturarte, pero no había terminado de salir del estacionamiento de la Plaza Alfredo Sadel, cuando entró la señal de radio en mi carro y se oyó la voz del actual Dictador despotricando en cadena nacional contra "la burguesía parasitaria". 
Me niego a dejarme aplastar por los bárbaros, que acaben con mi espíritu así de fácil, y si el país lo permite, me pienso dar otro antídoto contra la barbarie, celebrando el sábado la entrega del Premio de la Crítica a Liubliana de Eduardo Sánchez Rugeles en la Librería Alejandría II a las 5 pm, y la presentación de La Escribana del Viento de Ana Teresa Torres en Lecturarte de Baruta dos horas después.  

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La foto de la señora Clotilde


Cuando escribí la entrada "Yo, saqueadora", dudé si ilustrarla con la foto de la señora eufórica cargando una plancha eléctrica, un Blu-Ray y una licuadora; esa imagen se había vuelto viral en las redes sociales y ya estaba demasiado vista. Sobre todo dudé al enterarme que la foto (o fotos que no fue una, fueron varias de la misma señora) no fue tomada en el saqueo en Daka Valencia sino de la rebatiña en Daka Boleíta, tras la orden de Nicolás Maduro en cadena nacional de dejar vacíos los estantes de las tiendas de electrodomésticos acusadas de especulación. 
Por fin decidí irme por la foto de la señora eufórica, hay instantes capturados por la cámara que ni millones de palabras, ni mil fotografías, podrían describir mejor el momento histórico por el que pasa una sociedad. Por ejemplo, la famosa foto del soldado caído de Robert Cappa -a pesar de que hay quienes aseguran que fue un montaje del fotógrafo húngaro- que el soldado republicano cayera muerto en el instante exacto en el que Cappa hizo click a su cámara, no es lo importante, lo importante es que para la imaginería colectiva, esa foto logró representar como ningún otro testimonio el horror de la Guerra Civil Española. 
El actual momento histórico venezolano tiene muchos vértices que de alguna manera están en la foto de la señora eufórica con su cargamento de electrodomésticos. Vértices que desnudan tanto a quienes todavía insisten en aplaudir a esto que llaman la Revolución Bolivariana, como a quienes renegamos de ella.
No es que ahora me las vaya a dar de niní, pero es que hay que ser más inteligentes en la oposición, no irse de bruces ante el primer mango bajito que creemos encontrar. La foto fue divulgada como imagen de los saqueos, cuando en realidad la señora Clotilde, como días después fue identificada por el diario oficialista El Correo del Orinoco, simplemente se regocijaba por la fiesta de precios "que no volverán" que había decretado la noche anterior Nicolás Maduro. Clotilde ladrona no era, ni saqueadora, ella hizo su cola de una noche y pagó por su plancha, su Blu-Ray y su batidora. Viendo la sonrisa de oreja a oreja de Clotilde con su carga, me pregunto si yo no tendría una sonrisa similar cuando conseguí reponer mi batidora dañada a mitad del precio marcado. 
Es lamentable pero esa foto de la señora Clotilde también sirve como evidencia que a pesar de quince años de dura lección que Venezuela es muchísimo más grande que sus urbanizaciones, pareciera que un buen porcentaje de venezolanos no ha aprendido nada. Sigue habiendo un enorme desprecio clasista, desprecio del que obviamente, ni pendejos que fueran, se alimentan los dirigentes de la hegemonía revolucionaria. Quizás ese desprecio no sería tan evidente de no ser por las redes sociales, pero la realidad es que me cansé de ver a esa señora humilde cargando sus chécheres eléctricos etiquetada como ladrona, saqueadora, y no podía faltar el adjetivo: "chavista". 
Pero el Oficialismo tampoco se atrevería a hacer de la foto de la alegría de la señora Clotilde su bandera, porque el gobierno sabe que la de Clotilde es una alegría de tísico, un instante auspiciado por las promesas pre-electorales: "En Venezuela habrá televisiones pantallas planas hasta para el más humilde de los hogares", oí a alguien ofrecer en una cadena de Maduro.
Televisiones HD ofrecidas irresponsablemente a millones de familias venezolanas en un país donde si la señora Clotilde quiere hacerle una torta de cumpleaños a su hijo, se va a encontrar que el cartón de huevos sobrepasa los 100 Bs, que la harina está escasa, tan escasa como el azúcar, y que si tiene suerte de encontrar los productos de la canasta básica regulados por el gobierno, tendrá que hacer horas de cola para pagarlos, como horas de cola hizo para obtener esos artefactos eléctricos a precios de dólar a 6,30. Lo que Nicolás Maduro llama "precio justo", obviando que hay un dólar paralelo a ocho veces el dólar oficial al que tienen que acudir la mayoría de los comerciantes para reponer inventario. 
Y ese es hoy... y desde hace ya varios años... y cada vez se va poniendo peor... el día a día de los venezolanos, no que una noche el actual capataz del gobierno revolucionario mande a rematar unas cuantas televisiones y artefactos eléctricos a precio de dólar preferencial.  
Euforias parecidas a la de la señora Clotilde las veo cada vez que aparece leche en el abasto, o papel toilet, o azúcar; pequeños milagros que a veces se nos dan a los ciudadanos venezolanos en un momento en el que hasta a los más duros chavistas, se les está prendiendo la alarma por el despeñadero por el que parece ir en caída nuestra economía. 
Si seguimos así, paracaídas es lo que van a tener que rematar.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Yo, saqueadora


En mi artículo "A un tris de la Suprema Felicidad" publicado el pasado sábado en El Nacional, traté de describir lo que se ha vuelto un día cualquiera en un mercado venezolano: la aparición sorpresiva de un producto regulado, y su desaparición en cuestión de minutos como si se tratara de un venadito entre las fauces de una manada de hienas. 
En la tarde descrita en mi crónica apareció en el abasto de La Florida papel higiénico tras una prolongada ausencia. La semana pasada se hizo viral en las redes sociales el video de cuando llegó leche en polvo a un mercado caraqueño, parecía el escenario de una piñata, en esa ocasión no hubo golpes ni malas caras, sino decenas de venezolanos formando parte de un jolgorio general. Ahí nadie parecía bravo, ni siquiera molesto, mas bien todos tenían una sonrisa emocionada de : "¡Qué suerte, encontré leche!¡Aquí, aquí!".
Imaginen si esa piñata ya no es por una lata de leche, sino por costosos electrodomésticos, como pasó tras el mensaje presidencial el viernes pasado cuando Nicolás Maduro en cadena nacional señaló a varias tiendas como especuladoras ante una realidad que el Gobierno se niega a afrontar: que hoy el dólar paralelo está diez veces por arriba del valor del dólar oficial. 
Este es un tema delicado y nada fácil, en un país donde hay control de cambios, donde pareciera que hace años se favorece a la especulación y se castiga a la producción, se han hecho grandes fortunas con eso que llaman el dólar preferencial: la disponibilidad de dólares al valor oficial, o muy por debajo del dólar del mercado negro, para ciertas importaciones. Hay quienes aseguran que entre esas fortunas cambiarias, y no es una fortuna reciente sino desde hace varios años, precisamente está la de quienes el viernes pasado fueron señalados por el dedo acusador de Maduro como especuladores, los propietarios de las tiendas de electrodomésticos Daka, cuya sucursal de Valencia fue saqueada el sábado.
Hay que estar claros que el saqueo en Naguanagua no fue hambre ni necesidad, sino sed de una televisión pantalla plasma gratis. 
Para no pecar de alarmista, Daka Valencia fue la excepción, ese sábado solo en ese local hubo saqueos y la foto de la señora eufórica cargada de electrodomésticos no fueron productos saqueados sino comprados en la rebatiña de Daka Boleíta, donde al igual que otras tiendas de electrodomésticos cuestionadas como especuladoras, cientos de personas se dejaron enumerar la mano con tinta para comprar Blue-Rays, licuadoras y televisores pantalla planas "a precio justo", es decir, muy por debajo de su valor de reposición.
Pero Daka Valencia es el reflejo de la Venezuela que estamos a punto de ser: una tierra de caníbales donde no hay ley sino la de la piñata, esa que aprendemos los venezolanos desde nuestra más tierna infancia cuando nos dan un palo para que le demos a un muñeco hecho de cartón, esperando que se esparza un botín que favorecerá a los niños más fuertes, o a los más vivos, o a los que tengan una mamá o una cargadora que recojan chucherías por ellos sin importarles llevarse a otros chamitos por delante. Lo que importa es acumular el botín de nimiedades. 
Esa mentalidad de piñata es la que parece haber puesto este fin de semana Maduro en el tapete, y uno viendo las colas de venezolanos aspirando conseguir sus artefactos eléctricos a "precios que no volverán", y la licuadora de la casa que decide morirse justo ese sábado. Muerta, muertica, más muerta que eso que alguna vez se atrevieron a llamar el Bolívar Fuerte. 
No nos damos cuenta de lo importante que es la licuadora hasta que nos falla, sobre todo en un país donde quizás no se encuentre ni leche, ni azúcar, ni arroz, ni café; pero hasta ahora, ni verduras ni frutas nos faltan. Por supuesto que volvieron a combatir las dos Adriana: la con halo y alitas, la voz de la conciencia que se resiste a formar parte de una histeria colectiva de aprovechar los artefactos eléctricos a precio de gallina flaca; y la rojita de cachos que me hundía el trinquete, la voz de la razón, recordando los principios básicos de Economía, sobre todo de vivir en Economía Socialista: "no seas boba y aprovecha mientras todavía haya electrodomésticos en Venezuela, que si no se garantiza el valor de reposición de la mercancía, qué incentivo puede tener el comerciante para reponerla".
Así que decidí hacerle caso al diablito y salir a comprar una licuadora sintiéndome parte de las saqueadoras de la rebatiña de precios congelados por el Gobierno Revolucionario. Quizás por eso me fui al Bicentenario de Terrazas del Ávila, ejemplo del Mercado Socialista, que si lo que pasó en Daka Valencia fue el reflejo de la Venezuela caníbal que podemos llegar a ser, Bicentenario es el reflejo de la actual Venezuela: sucia, militarizada, resignada a largas colas para pagar y marcada por la escasez. 
Las redes sociales que no dejan pasar una, tras el saqueo en Daka Valencia, compararon este fin de semana los precios de los electrodomésticos y la línea blanca en Bicentenario con los de Amazon, y era fácil darse cuenta que hasta en la economía socialista el dólar estaba calculado a 60. Habrán hecho sus ajustes tras ser monitoreados por facebookzuela porque este lunes en Bicentenario no quedaban sino cafeteras y sandwicheras. Por lo menos de marca reconocida. La única licuadora que ofrecían a la venta era de una marca desconocida de esas que deben canjear por petróleo a países amigos. Olvídense de televisoras, neveras, lavadoras, secadoras y mucho menos Blu-Ray. De ninguna marca.
En la radio decían que las tiendas de electrodomésticos en distintas ciudades de Venezuela amanecieron abarrotadas de gente comprando artefactos eléctricos. Yo no estaba dispuesta a dejarme marcar como ganado para comprar una licuadora, así que se me ocurrió ir a un supermercado donde sé que venden ciertos electrodomésticos. Y en efecto, al mercado que fui no había ni arroz, ni azúcar, ni leche, ni harina, ni aceite, ni papel toilet; pero si tenían vodka Absolut a 1600 bs, y le quedaban tres licuadoras, de las más básicas, base de plástico y dos velocidades.
La licuadora de marca reconocida estaba bajo un cartel que la anunciaba al mismo precio del vodka importado, pero cuando pasó por caja me cobraron casi la mitad. Era obvio que en esta cadena de supermercados el remarcaje iba paralelo con el dólar negro, y el precio de la licuadora habría estado calculado a 60 Bs. por dólar si Maduro no se hubiese puesto el viernes las espuelas y obligara a los comerciantes a vender a precio de octubre de 2013, cuando la cotización del dólar en el mercado negro era otra. 
No sé si hice bien o si hice mal, pero por supuesto que compré la licuadora sospechando que en menos de una semana, en esta Venezuela de la suprema felicidad, no se va a conseguir ni una plancha. 
Lástima que no me alcanzó para llevarme una caja de vodka. 


A un tris de la Suprema Felicidad


Una tarde cualquiera,  un mes después del abrupto adiós de Leopoldo Castillo de su programa vespertino Aló Ciudadano, casi como un reflejo condicionado, al llegar a casa prendí el televisor y sintonicé Globovisión. Pero en lugar del Citizen conversando con algún invitado sobre las noticias del día, o un programa  medianamente similar que ocupara su lugar, me encontré con un noticiario deportivo, como si hubiese sintonizado Meridiano TV. El resto del bloque que solía ocupar Leopoldo Castillo, por lo menos esa tarde, fue igual de estirilizado contra cualquier comentario adverso a la gesta revolucionaria: un noticiero tecnológico, y un programa sobre la crisis política en Egipto.
Mientras tanto en VTV, el canal del Estado,  “el canal de todos los venezolanos”, como una muestra del equilibrio informativo en el que hoy vivimos, en el programa Dando y Dando una periodista - que no era Tania Díaz cuyo nombre se me escapa- conversaba con un economista. Ambos con rostros circunspectos advertían sobre la actual escasez en Venezuela como parte de una “guerra económica” inducida por la “Derecha desestabilizadora”  y “los medios de comunicación golpistas”.
 Ninguna mención a cualquier posible falla de la política económica de Chávez para acá.
 Close-up de la periodista viendo fijamente a la cámara, decía algo así como: “en manos del pueblo revolucionario está vencer esta despiadada guerra: amigo, amiga, compre solo lo que necesite, deje para los demás, que el presidente Maduro y su gabinete económico están controlando la situación pero requieren de la ayuda del Pueblo para lograrlo”.
 Dos meses después del llamado al Pueblo Revolucionario a formar parte de la  infantería cívica contra la Guerra Económica, los anaqueles de los mercados venezolanos siguen carentes de artículos básicos. Hoy es casi un milagro, por ejemplo, entrar a un mercado y encontrar papel higiénico, porque apenas llega un cargamento, se corre la voz y en cuestión de minutos el local se convierte en una réplica de un capítulo de The Walking Dead: personas sin alma con el objetivo de hacerse del preciado bien.  
Una tarde de octubre en el mercado de mi zona, donde compra barrio y urbanización por igual, había llegado un cargamento de papel higiénico y lo estaban vendiendo hasta por bulto, que por lo menos en mi casa donde vivimos 6 personas, podría durar poco más de un mes. Esperando mi turno para pagar pensé que en momentos como este es que debería trabajar un buen encuestador para medir el nivel de confianza de país. Así como antes se preguntaba a las salidas de los mercados: “¿Qué marca de papel higiénico prefiere?”, hoy se debería preguntar: “¿Desde cuándo no conseguía Papel Higiénico?” , “Si tiene en su casa y lo encuentra en el mercado, ¿igual compraría aunque tuviera que hacer cola?”.
 Esa tarde la confianza de país parecía tan escasa como la leche, el arroz y la harina;  todos en la cola para pagar llevaban su bulto de papel al hombro como si de una presa de caza se tratara. Solo una mujer vestida de taller rosado apenas se llevaba cuatro rollitos. Su mirada desafiante frente al jolgorio general ante la cotizada carga, la delataban como una de aquellas venezolanas que  creen que en verdad, verdad, estamos a un tris, es decir, a un viceministerio, de la Suprema Felicidad Social.

Artículo publicado en El Nacional, noviembre 2013

viernes, 8 de noviembre de 2013

Y tan buenecitos que se ven


Leyendo Jezabel (2013) de Eduardo Sánchez Rugeles, me quedó la certeza que en mi adolescencia fui senda galla, tan galla que a los 16 años conseguí en betamax la película La Naranja Mecánica, esperé a una noche en la que mis papás no estuvieran en casa para verla, y la escena de la violación me pareció tan fuerte, que la tuve que apagar y pasarían más de 30 años para que por fin me decidiera a ver el clásico de Stanley Kubrick.
Fui tan galla que la primera vez que me prendieron al lado un tabaco de marihuana,  tenía yo 17 años y ni siquiera me ofrecieron, quizás por temor a corromperme. La verdad tampoco lo pedí. Al día siguiente en el colegio, cuando le conté a una amiga que había salido con un fumador de monte y solo me quedó dolor de cabeza, me dijo una verdad no sé si científica, que el efecto del humo al no fumador, en el caso de la marihuana, era tremendo ratón... pero no les seguiré contando mis cuentos zanahoria porque si algo he aprendido leyendo a Eduardo, es que a nadie le interesa las historias de los chicos buenos, son los chicos malos sobre quienes queremos leer. 
Liubliana (2012), que acaba de ganar el Premio de la Crítica en Venezuela, es materia pendiente, tengo tantos libros por leer que lo he ido postergando, pero en el caso de Jezabel, como se la mandaron a mi hija en la universidad, y temía que después se la pasara a las amigas y se fuera a perder, la agarré y la leí de una sentada, como se leen las novelas negras. 
Eduardo, y me perdonan lo confianzuda pero es mi pana y esto es un blog, en su aporte a la colección Vértigo de Ediciones B regresa a las historias de jóvenes descarriados de la clase media venezolana, y hablo de la nacionalidad porque en Jezabel se repite una tesis que está en Blue Label: ¿En qué momento se jodió esta juventud? En el mismo momento en el que sus padres los concibieron para que nacieran en un Apocalipsis llamado Venezuela.
Pero a diferencia de la patota de Blue Label que en medio de sus excesos era romántica y por la cual cualquiera era capaz de sentir empatía, los protagonistas de Jezabel son unos hedonistas sin límites de conciencia, pareciera que Eduardo no busca en este caso la empatía con el lector, más bien pegarle una patada en la barriga. Lo que si comparten los jóvenes protagonistas de ambas novelas es la seguridad de que en la actual Venezuela no parece haber más salida que huir lo más lejos posible. Tontos aquellos que crean en revoluciones comandadas por militares o en que "hay un camino" para salir de ellas.
Tampoco es ninguna novedad las historias de adolescentes psicópatas, entendiéndose la psicopatía como un trastorno de la personalidad donde se es incapaz de sentir ni empatía ni remordimiento. No es que la vida los hizo así, no es que sus papás les pegaban de chiquitos, o que un tío se los violó, o que por el contrario, los consintieron demasiado. No, los psicópatas simplemente nacen sin el gen de la conciencia, ahí no hay Pepe Grillo que valga. ¿Qué mejor ejemplo que la misma novela La Naranja Mecánica (1962) de Anthony Burgess? Distopía sobre un grupo de jóvenes clase media inglesa que bajo los efectos de la droga del momento, patean mendigos y borrachos, violan, matan, se linchan entre sí, y ayyy de quien sienta algo parecido a remordimiento. 
En el caso de las novelas de Eduardo, el punto de visto narrativo hasta ahora ha sido el del adolescente, o del joven adulto que rememora, por eso se ha vuelto un escritor culto para los chamos venezolanos, quienes sienten al leer sus novelas que en sus vidas pasan muchas cosas que los tontos de sus padres seríamos incapaces de entender. 
Casualmente, tras leer Jezabel, sin saber que de cierta forma estaba repitiendo el tema de adolescentes psicópatas, comencé a leer La Cena (2009), del escritor holandés Herman Koch, novela donde la perspectiva narrativa ya no es del muchacho sin límites morales, sino del adulto, del padre, ¿cómo se maneja en familia el hecho que un par de querubines quinceañeros fueran capaces de un acto de violencia abominable?
La Cena hay que leerla sin saber mucho en las turbias aguas donde nos estamos metiendo, es como una versión moderna de las novelas de Patricia Highsmith, se consigue la empatía con el lector en pequeños detalles mundanos, para hacernos testigos cómplices del horror.
Tras leer Jezabel y La Cena, veo a mis hijos adolescentes haciendo tarea, y no puedo dejar de pensar: "¡Y tan buenecitos que se ven!". 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Le tocó a Elba


Conozco muy de pasada a la actriz Elba Escobar, ella no debe saber quien soy yo, hace muchos años, en la época del Taller del Actor dirigido por Enrique Porte, Lila, como la llaman sus amigos, iba a menudo de visita y siempre llenaba con sus cuentos de alegría el Taller. Como yo era tímida, me quedaba callada oyendo la sabrosa conversación entre el director de teatro y la actriz de televisión, quien ya en los años 80, a pesar de su juventud, era considerada como una de las mejores actrices venezolanas del momento.
Si de algo no queda duda es que Elba ha fijado una posición crítica frente al status quo revolucionario, sin medias tintas, una clara posición política (bien sea progobierno u oposición) que muchos artistas han preferido hacerse los suecos por temor a la intolerancia en la que estamos viviendo los venezolanos. Pero Elba Escobar no se hizo la sueca, ella estaba en primera fila en el acto en el Teatro en la Fundación Chacao donde decenas de artistas nacionales apoyaron la candidatura de Henrique Capriles Radonski.
Por eso para muchos fue un baño de agua fría ver a nuestra admirada Elba Escobar, rodeada de artistas que históricamente apoyan al actual régimen, pregonando en el Teatro Teresa Carreño, que, por decreto presidencial, en el país de la suprema felicidad, la Navidad este año comenzaría el primero de noviembre.
Ya hasta en los mercados, a pesar de que no hay azúcar ni leche ni harina Pan, salieron los cochinitos hambrientos de aguinaldos y se empieza a oír a los Cardenales del Éxito cantando: "una gaita aquí otra más allá".
En esta euforia navideña por decreto, en una Venezuela con semejante índice de escasez e inflación, a muchos los indignó más la presencia de Elba Escobar en lo que resultó un descarado acto gobiernero, sirviendo de pregonera de la navidad a un régimen al que dice adversar. 
Tan sólo hace unos días, tras haber sido víctima de un atraco, la actriz y locutora en su cuenta de twitter y en su programa de radio comparaba al Gobierno con un "Padre irresponsable", por eso, muchos se preguntaron indignados, qué hacía nuestra guerrera Elba Escobar en un acto, donde, con la presencia de Nicolás Maduro, se daba inicio oficial a la Navidad. 
No se hicieron esperar los insultos en twitter de quienes se sintieron traicionados por lo que consideraron un cambio de timón en la visión de país que tenía la actriz. Dolorosos e hirientes insultos a una mujer  que siempre ha asumido una posición crítica al gobierno, que siendo artista, está más expuesta a cualquier represalia que cualquier twittero desconocido, que se las dé de adalid de la moral de la oposición. 
 Tras la ola de insultos recibidos por Elba en las redes sociales, la actriz decidió escribir un comunicado, no disculpándose, sino explicando su presencia en lo que ella consideró sería un pregón navideño invitada por su amigo Juan Manuel Laguardia, que aunque auspiciado por el Gobierno, jamás pensó que formaría parte de una obvia campaña oficialista, y asegura que cuando se dio cuenta en el tipo de acto en el que estaba metida, fue demasiado tarde para huir por la izquierda. 
Me recordó esas anécdotas que contaba en el Taller del Actor, de antihéroe, en la que todos terminábamos muertos de la risa. 
Queda demostrado que para una figura pública, en esta Venezuela bolivariana, es imposible pasar agachado a la hora de participar en un acto del oficialismo. Quizás pecó de ingenua, quizás no tanto, pero la razón que fuera para que Elba Escobar estuviera en ese acto con la presencia de Maduro, me disculpan los más talibanes de la oposición, no se merece  esa carga de odio, porque Elba ha sido una venezolana que hasta ahora había demostrado compromiso por un cambio en el país. Y aun a pesar de la catajarra de insultos recibidos por las redes sociales, sé que Elba Escobar seguirá apostando por ese cambio. 
 La actriz en su carta a los medios de comunicación social, habla del miedo, miedo que sintió al sentirse violentada el jueves, junto con una amiga, por un par de motorizados que las encañonaron cuando regresaban a sus casas. Pero también miedo a la Venezuela que hoy somos, no solo a la Venezuela a juro que nos quiere imponer el Gobierno Revolucionario, también aquella que en pos de un viraje de rumbo político, a veces se le despierta el Torquemada y sería capaz de inmolar a cualquier sospechoso de sucumbir a la herejía chavista.
 Por eso brindo mi solidaridad a Elba Escobar, terrible cualquier tipo de caza de brujas, no creo que esa sea la forma para captar simpatizantes para volver a encarrilar a la Venezuela que tantos soñamos. 

La "bola" venezolana


Tras leer en El País el artículo de Santiago Roncagliolo donde el escritor peruano acusa a los líderes políticos venezolanos de homofóbicos, entre ellos a Henrique Capriles a quien llama “troglodita” por usar la expresión “Echarle bolas”, compartí una crónica en el portal web Prodavinci intentando explicar a quien no habla venezolano, que dicha expresión es usada en nuestro país con regularidad, y aunque dista de ser elegante, es perfecta para describir la intención de hacer un gran esfuerzo para lograr una meta. En Venezuela los hombres y mujeres le echamos bola por igual, sin que se nos venga a la mente una relación directa con las gónadas masculinas.
Entre los comentarios recibidos en Prodavinci, no faltaron quienes trataron de hacerme entender que estaba excusando lo inexcusable: el “échale bola Nicolás” de Capriles Radonski no tenía que ver con la pesada bola con la que se demolían las casas en la vieja Caracas –como me explicó Daniel Álvarez que se originó la frase-  sino con el tener “cojones”, palabra muy popular en otros países de habla hispana poco usada en Venezuela.
“No expliques, no desdeñes, no te quejes”, me enseñó mi amiga Carolina Espada antes los comentarios de los lectores cuando comencé a escribir en El Nacional. Para no desdeñar: ¿estaría defendiendo lo indefendible, el líder de la oposición se nos estaba volviendo un troglodita como quienes lo insultan en la Asamblea, y una justificándolo?
Días después, conversando con unos amigos, enumerábamos los distintos usos de la palabra “bola” en Venezuela (más allá de “cuerpo esférico de cualquier materia” como lo define la RAE), y nos dimos cuenta cómo la mayoría de las veces no son sinónimos de testículos, aunque a veces sí puede serlo, como por ejemplo, si alguien indignado expresa: “Este tipo tiene las bolas cuadradas”,  o “se pisó una bola”, imaginamos a qué bolas se refiere.   
Una expresión que tiene múltiples lecturas y que se aplica a hombres y mujeres por igual es “pelar bola”. Se es “pela bola” cuando no se tiene dinero ni para un café, se “pela bola” cuando no se tiene éxito en la conquista amorosa, se “pela bola” cuando cuesta alcanzar un objetivo, y “pelaste bola conmigo” cuando caímos en un grave error al tratar a una persona.
 El  filólogo Angel Rosenblat dedica un capítulo de sus Buenas y Malas Palabras al modismo “loco de bola” tratando sobre la multi-referencia de la palabra “bola” en Venezuela: “Aunque habitantes de otras tierras la sientan como grosera, en realidad no lo es”. 
Rosenblat opinaba que debía provenir del español antiguo refiriéndose al juego de bolos.
En venezolano moderno decimos “¡Booolaaa!” cuando nos negamos a hacer algo;  “Este tipo no tiene nada en la bola” sobre alguien escaso de neuronas; “Cuesta una bola” cuando un producto es muy caro; “Se está corriendo una bola” se refiere a un rumor; “Pesa una bola” como si estuviéramos cargando una bola de hierro; “¡De bolas!” reafirmación; "se echó las bolas al hombro" no hizo ningún esfuerzo en el trabajo; “párame bola” un llamado a prestarnos atención; “no doy pie con bola” cuando todo sale al revés… y tantas otras alusiones a la palabra bola, que sí, en muchos casos también son referentes a las gónadas masculinas, como por ejemplo el sinónimo de “jalamecate”.

Bola es una palabra muy arraigada en el habla venezolana, y tanto la corrección política internacional, como la neo-lengua revolucionaria, tendrían que echarle bola para erradicarla de nuestra habla diaria.

Este artículo fue publicado en El Nacional la primera semana de octubre 2013. Al día siguiente recibí la carta de un lector explicando el uso y abuso de la palabra "bola" en Venezuela:

Estimada Adriana:

Me gustó mucho su artículo publicado en El Nacional este sábado 5 de Octubre.

Quiero compartir esta anécdota que nos contó el Profesor Pedro Larrañaga del IESA sobre las expresiones con la palabra "bola"

Las expresiones con la palabra "bola" vienen del juego de las bolas criollas: "Echarle bola" es concentrarse en el juego. "Paren bolas" detengan el juego, para anunciar algo importante. "Jala bolas" para etiquetar al sirviente, quien mentía en la medida de las bolas al mingo para agradar a su patrón. "Pelo bola" no bochó la bola. Igualmente otra como "Se echaron las bolas al hombro" el juego terminó ya recogieron las bolas ya no se puede hacer más. "Cuesta una bola" es que se podía perder un punto en el juego.

Según Larrañaga, las expresiones con la palabra "bola", inicialmente no estuvieron relacionadas con los testículos. Sin embargo, como todos sabemos luego se degeneró el término y se fue asociando con las gonadas masculinas.

Con todo es respeto espero que ud continue "echandole bolas" con el excelente trabajo que hace como columnista y escritora.

Atentamente

Juan Carlos Moreno

martes, 29 de octubre de 2013

Porque pueden


Hoy, leyendo la crónica en El Nacional sobre cómo en los vuelos nacionales gestores venden pasajes a tres veces su precio, dejando a más de uno que pagó tarifa regular varado en el aeropuerto, recordé cuando hace más de veinte años, casi nos dejan varados en Charles de Gaulle a mi esposo y a mi. Fue nuestro primer viaje a Europa recién casados, regresábamos a Caracas llegando puntuales al aeropuerto, con reservaciones confirmadas 48 horas antes, cuando un empleado de Air France de lo más atorrante nos dijo que el cupo para los pasajeros con destino Venezuela ya estaba cerrado.
"Pero no se preocupen que más tarde sale un vuelo a Sao Paulo y los podemos mandar a Caracas vía Brasil".
Lo dijo así de fácil, como si la escala fuera Lisboa o Madrid. Tratamos de explicarle si acaso él no sabía que Sur América tenía otras dimensiones que Europa y un viaje Sao Paulo-Caracas, sin contar el tiempo de espera, apenas era un poco más corto que un vuelo Paris-Caracas. El atorrante ni se inmutó, nos dijo que eso era lo único que nos podía ofrecer por ahora, si nos acomodaba bien, si no, mala suerte, que nos pusiéramos con nuestras maletas de un lado para que no estorbáramos mientras se chequeaban el resto de los pasajeros.
Y así nos quedamos mi marido y yo, sin ni siquiera derecho a arrecharnos porque no sabemos arrecharnos en francés, como un par de deportados a un lado del counter con nuestras maletas esperando que el vuelo no se llenara con pasajeros a otros destinos que pagaran más caro, porque entonces los vuelos a América Latina eran como trenes lecheros que tenían varias paradas: Caracas-Bogotá-Lima-Santiago-Buenos Aires.
Cuando ya iban a cerrar el vuelo, por fin se dignaron a darnos nuestras tarjetas de embarque, no se había llenado el avión después de todo, mi marido y yo podíamos regresar a Caracas sin tener que hacer escala en Brasil. Lo peor es que el avión iba tan vacío que uno hasta podía dormir de largo en cuatro puestos contiguos.
Fácil preguntarse ante semejante arbitrariedad de la aerolínea, ¿qué necesidad de hacernos pasar por ese mal rato? En ese entonces, como ahora, la respuesta sigue siendo la misma: Porque pueden.
Habrá quien diga: "Eso solo le pasa a los pelagatos que viajan en Turista, a quienes viajan en Bussines o Primera no sabrán lo que es pasar un mal rato".
Mentira. Tengo una tía abuela que ya pasa los 90 años que sigue viajando porque a su edad puede pagarse el lujo de viajar en primera. Hace unos años, cuando era una joven de 80 y tantos, tenía su reservación en Primera en Air France para viajar Caracas-París, y llegando puntual a Maiquetía, al chequearse, le dijeron que lamentablemente habían sobrevendido los boletos de primera, en este caso, a un grupo de ejecutivos que ya se había chequeado. La señora tenía que viajar a Paris en Turista, le pagarían el diferencial con vales para futuros viajes. Vaya a saber qué ejecutivos serían los que fueron capaces de arrebatarle su puesto a una anciana.
¿Por qué lo hicieron? Porque pueden.
Habrá quien diga: "Es que en Air France a los venezolanos nos tratan como si fuéramos salvajes, no nos respetan", pero en las aerolíneas venezolanas es frecuente recibir el mismo mal trato. Hace unos cuantos años, cuando aquel par de recién casados ya tenían tres muchachitos y el destino de viaje no podía ser más allá de Margarita, una Semana Santa cuando el menor de los muchachos todavía estaba en coche, llegamos puntuales al aeropuerto Santiago Mariño para regresar a Caracas y nos dijeron en el mostrador que lamentándolo mucho, ya se había llenado nuestro vuelo.
De nada sirvió mostrar que teníamos localizador y todo. Los empleados de la aerolínea nacional -no recuerdo si Lasser o Aeropostal- nos dijeron que tenían la potestad legal de sobrevender el vuelo hasta un diez por ciento de su capacidad porque muchas personas reservaban y después no se presentaban. Pero en este caso, como que se presentó el 110 % y nuestra familia se quedó por fuera.
De nada sirvió que mi esposo sí se supiera arrechar en español, que se pusiera como Hulk y amenazara con terminar en una cárcel en El Yaque si no nos montaban en el vuelo que habíamos reservado desde hacía meses. No nos quedó otra que ver como nuestro avión despegaba sin nosotros mientras comíamos una pizza chiclosa y pepsi sin gas, con vales de cortesía de la aerolínea. Horas después, nos montaron en un vuelo charter que aparentemente no iba lleno, no sé si esta sería una especie de pirámide vacacional y otra familia se tuvo que quedar en nuestro lugar.
 ¿Por qué lo hicieron? La respuesta es la misma, porque podían.
Tenía entendido que ya las aerolíneas no se salían tan fácil con la suya, que debían pagar fuertes penalidades cuando dejaban varados a los pasajeros de manera arbitraria, pero ahora supuestamente por los raspacupos que compran pasajes y solo vuela la tarjeta de crédito para raspar los dólares preferenciales de viajeros, en Venezuela volvemos a la época del caradurismo de sobrevender los vuelos como si dejar varados a unos cuantos pasajeros no fuera más allá de un leve inconveniente para el varado. Me cuentan que el pasado viernes pasó con un vuelo a México sobrevendido que terminó casi con un motín en Maiquetía. Por twitter también leí de una señora con su bebé a quienes a pesar de tener sus reservaciones, los dejaron por fuera en un vuelo a Panamá.
Por eso no me sorprende leer la noticia de la más reciente vagabundería local, esta vez no de las aerolíneas, sino de los llamados "gestores" que están cazando clientes en el aeropuerto, y con una llamada telefónica a un empleado anónimo, logran la sinvergüenzura que un pasajero que compró su pasaje a tiempo y en tarifa regular, se quede en tierra, y alguien que está dispuesto a pagar tres veces el valor del pasaje, vuele en su lugar. Sinvergüenza el que vende y sinvergüenza el que compra.
Y uno sigue preguntándose: "¿Cómo es posible?" Y la respuesta sigue siendo la misma: Porque pueden.

lunes, 21 de octubre de 2013

A Sangre Fría


A estas alturas de mi vida, hasta la semana pasada, confieso que no me había atrevido a leer A sangre fría (1966) de Truman Capote, y mira que su primera edición estaba picándome el ojo en la biblioteca de mis padres desde que soy adolescente. Y mira que Truman Capote es uno de mis escritores favoritos y sus crónicas, cuentos y novelas están desde siempre entre mis libros de cabecera. Pero entrarle a A Sangre Fría, supuestamente la primera novela No-Ficción al usar elementos de la literatura en una narración fidedigna, era un libro al que le había sacado el cuerpo por el tema, porque por más elegancia que tuviera la pluma de Capote, ¿cómo hacer digerible la historia de una familia en un apacible pueblo en Kansas -padre, madre y dos hijos adolescentes- masacrada en una noche por cuarenta dólares de botín? 
Por supuesto que vi las dos películas que narran las peripecias de cómo llega este escritor sureño, consentido de la alta sociedad neoyorkina, a interesarse en un oscuro caso que nada tenía que ver con su obra. Cómo Philip Seymour Hoffman en Capote (2005), y Toby Jones en Infamous (2006), ambos actores interpretando al minúsculo autor de Desayuno en Tiffany, reclutan a su amiga Harper Lee para establecer un puente con la sencillez de los habitantes del pequeño pueblo tejano ya que los amaneramientos de Capote serían objeto de inmediata desconfianza en una comunidad tan conservadora como Holcomb, donde fue masacrada la familia Clutter una noche de noviembre del año 1959. 
La intención original de Capote al escribir sobre el asesinato de Harold Clutter, su esposa Bonnie y sus hijos Nancy y Kenyon, de 16 y 15 años respectivamente, no era un whodunnit ni describir una noticia amarillista, Capote viajó a Holcomb pagado por la revista The New Yorker como cronista interesado en describir el efecto del asesinato de una familia local en un pequeño pueblo donde, hasta esa aciaga noche, sus habitantes se sentían seguros, y ahora se veían con desconfianza convencidos de que el responsable capaz de matar a sangre fría a una familia de bien, era uno de ellos. 
Así que empecé al revés y con seis y siete años de diferencia, primero viendo las películas sobre cómo se gestó A Sangre Fría, y después leyendo la novela de Capote, no la vieja edición de mis padres, sino bajándola digital aprovechando un descuento en Amazon. 
En la primera parte de A Sangre Fría, Capote busca establecer empatía con la familia Clutter, quienes distan de ser ricos para los estándares a los que está acostumbrado el escritor en Nueva York, pero para los estándares de Holcomb, Harold, gracias al buen manejo de su granja, es considerado el segundo hombre más rico del pueblo. Sin embargo no despierta mayores codicias ni envidias, es un hombre trabajador, justo, religioso, sin alardes ni ostentación y que trata bien a sus empleados. Sus dos hijas mayores ya no viven con la familia, Nancy, la tercera de las niñas, parece haber heredado la buena estrella de su padre: linda, popular, generosa con su tiempo, muy querida en la comunidad. El adolescente Kenyon, parece haber heredado el retraimiento de la madre, Bonnie, quien se ha visto limitada por sus constantes crisis de nervios. 
Así los pinta Capote, una familia cualquiera con sus problemas, también con sus bendiciones, nada parecía señalarlos para ser las víctimas de una ejecución casi que por carambola. 
En la segunda parte Capote se enfoca en lo que asumía sería el fin de la crónica para The New Yorker, la inesperada sensación de miedo en un pequeño pueblo de que si una familia como los Clutter fueron víctimas de semejante violencia, nadie estaba a salvo de ella. Y ahí se habría quedado esta historia, en la crónica de un pueblo tras un inexplicable crimen, de no ser porque casualmente Capote seguía en Holcomb cuando llamaron al comisario encargado de investigar el caso para informarle que tenían en custodia en Las Vegas a dos sospechosos, Perry White y Richard Hickcok, ex convictos señalados por un antiguo compañero de celda de Hickcok de haber planeado el robo y asesinato de los Clutter, aún sin conocerlos, tras el falso pitazo que Harold escondía una caja fuerte con la nómina de sus trabajadores en la casa. Caja fuerte que nunca apareció.
A Sangre Fría, la novela no-ficción, nace cuando Capote llega a conocer a fondo a los autores del crimen, aunque en la novela el escritor toma distancia evitando caer en sentimentalismos o justificando semejante masacre. Las cosas son como son, una familia es asesinada a sangre fría por un par de maleantes, y como vemos en la película, Capote, autor vampiro como todo escritor que se precie,  logra ganarse la confianza de ambos asesinos hasta el punto que Perry le cuenta lo sucedido esa noche, cómo desde un principio habían quedado de acuerdo en que de este robo no debían quedar testigos. Sin ahorrar detalles White narró a Capote como él mismo asesinó uno a uno de los Clutter, tras buscar sin resultados la supuesta caja fuerte, y cómo en un gesto de nobleza, por lo menos evitó que Nancy fuera violada por el depravado Hickcock.
Pero A Sangre Fría no solo es el crimen de una familia, también es el retrato de dos Estados Unidos, uno rico y conservador, y otro pobre y sin esperanzas, el retrato de la miseria de los criminales, sobre todo Perry White, son psicópatas, asesinan sin remordimiento, pero qué habría pasado si estos criminales hubiesen venido de una clase pudiente, porque psicópatas hay en todos lados, no hay duda que habrían tenido derecho a una mejor defensa, y aunque quizás no se hubiesen salvado de pagar las consecuencias, sí lo habrían hecho de morir ahorcados. Los condenados a la pena de muerte suelen ser de origen humilde y sin medios para una buena defensa que por lo menos los libre de la pena máxima.
En la novela Capote se permite una ligera mención de sí mismo cuando habla "de un amigo periodista", sabemos que es él, en las películas vemos como logra empatía inmediata con Perry White, tan bajito como Truman, sintiendo que ambos fueron productos de una infancia marcada por el abandono. Capote tuvo más suerte que White, pero su destino pudo ser similar: "Perry agarró por una puerta, y yo agarré por otra".
Se me confunden el libro y las películas pero la simpatía inicial sentida por los habitantes de Holcomb por el encantador Capote se torna en antipatía ante el esfuerzo del escritor para que los asesinos de los Clutter se libren de la pena de muerte. Si se salvaban de la pena de muerte se librarían muy fácil de su horrible crimen, entonces en el estado de Kansas un convicto a una cadena perpetua, si demostraba buen comportamiento, podía apelar a la Libertad Condicional y no pagar más de 12 años de condena.
De nada sirvió que Capote ayudara a los sentenciados a muerte a conseguir un mejor abogado, lo que logró fue alargar seis años la agonía hasta que finalmente fueron ahorcados. Vemos en las películas que el mismo escritor, a pesar de su solidaridad con Perry, ya estaba desesperado porque terminara de tener una resolución, solo así podría terminar su libro.
A Sangre Fría fue la última novela que escribió Capote, dejó de interesarse en los underdogs y siguió con su vida del darling de los salones de la alta sociedad neoyorkina, prometiendo que su próxima novela sería un "En busca del tiempo perdido". Cuando al fin salieron publicados los primeros capítulos de la inacabada Answered Prayers en la revista Esquire a mediados de los 70, la sorpresa fue inmensa cuando la alta sociedad se vio peor parada que los asesinos de Holcomb.
Capote murió a los 59 años, en el exilio social.

martes, 15 de octubre de 2013

Dos Pulitzers Hispanics


Ayer me enteré que Oscar Hijuelos murió el pasado 12 de octubre de un infarto a los 62 años, para quienes poco les diga este nombre, quizás recuerden el título de su novela merecedora del premio Pulitzer en el año 90: "Los reyes del mambo tocan canciones de amor", un éxito instantáneo que descubrió un mercado emergente en los Estados Unidos: el de libros escritos en spanglish, ya que la minoría hispana se estaba volviendo la minoría más grande en los Estados Unidos de Norteamérica.
El término "hispanic" es de uso amplio en los Estados Unidos y abarca sin remilgos los descendientes de una cultura que se origina del idioma español, aunque entre un puertorriqueño, un venezolano, un chileno y un argentino, pueda haber profundas diferencias de todo tipo más allá de que vienen de países conquistados por la corona española siglos atrás. 
Al mismo Hijuelos le costaba encasillarse como un escritor "étnico" porque él se sentía estadounidense, hijo de padres cubanos pero nacido y criado en NY. Hijuelos contaba en sus memorias Thoughts withhout cigarrettes, que su colorido rubio le hizo objeto de cientos de comentarios tipo: "but you don't look hispanic", y la verdad es que él tampoco se sentía "hispanic" ya que desde niño, tras una nefritis bacteriana agarrada en Cuba en unas vacaciones de visita a la familia, al ser internado en un Hospital de Niños en Connecticut durante un año, como su mamá solo podía visitarlo ocasionalmente, Oscarcito se pasó el switche del español al inglés, lo que para muchos familiares era muestra de snobismo de un niño malcriado.
Hijuelos insiste en sus memorias que tras esa estancia en el hospital, sencillamente, no se pudo volver a conectar al idioma materno, por eso el niño le hablaba a la madre en inglés aunque ella nunca dejó de contestarle en español.
Pese a que Hijuelos jurara no querer encasillarse como escritor "hispanic" la mayoría de sus novelas se nutrieron precisamente de su origen de hijo de inmigrantes cubanos. Lo que lo hacia distinto al común de los cubanos exiliados y más similar a otras experiencias migratorias de hispanoamericanos, era que sus padres no emigraron al cálido Miami por razones políticas, sino que buscando mejorar su calidad de vida emigraron a Nueva York años antes de la llegada de Fidel Castro al poder. Los Hijuelos solo llegaron a probar el sabor del sueño americano cuando ese hijo malcriado que se negaba a hablar en español, fuera recompensado con el premio Pulitzer de ficción tras contar la historia de dos hermanos músicos cubanos cuyo único momento de gloria fue aparecer durante unos minutos en la tv en el show de Desi Arnaz.
Tras el triunfo inicial de los reyes del mambo que fue seguido por una pésima versión fílmica, las novelas de Hijuelos no encontraron el mismo éxito editorial, aunque sí de la crítica, las leí casi todas, recuerdo en especial Empress of the splendid season (1999), que al igual que la mayoría de las novelas de Hijuelos, se nutre de su vida familiar al narrar una historia de inmigrantes a quienes les cuesta sobrevivir en la ruda ciudad de Nueva York. De cómo una princesa cubana acostumbrada a ser servida en su juventud, termina sirviendo a las señoras ricas en Manhattan.

El camino que parecía haberse abierto en el mercado editorial el interés al spanglish, tras el éxito de la escritora de origen dominicano, Julia Alvarez, con su novela sobre las trágicas hermanas Mirabal: El tiempo de las mariposas (1994); quedó semi desierto hasta que otro autor hispanic, Junot Diaz, nacido en Santo Domingo (1968) pero criado en New Jersey, mereciera por su novela La maravillosa vida breve de Oscar Wao, el premio Pulitzer 2008.
Casualmente acabo de terminar de leer This is how you lose her (2012), la más reciente obra publicada de Junot Díaz, una joya en el juego del idioma, inclusive superior a las aventuras de Oscar Wao, de la cual tuve reservas sobre el final.
Dicen que This is how you lose her (Así es como la pierdes) es una colección de cuentos, y podría serlo porque cada historia se puede leer de forma separada fuera de contexto, pero en su conjunto más bien es una novela que cuenta las desventuras de Yunior, narrador de Oscar Wao, joven de origen dominicano proveniente de una estirpe de impenitentes mujeriegos.
Criticado por algunas feministas por la manera en la que en este libro se trata a las mujeres, yo como mujer no me di por aludida porque no es el tema sino la manera cómo Díaz maneja los giros del spanglish lo que hace a esta colección de cuentos (o novela) una lectura deliciosa. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

El patán del Lexus, y las carajitas de las palomas


Desde niña voy con mi familia al Restaurante Da Guido en la Avenida Francisco Solano, uno de los pocos lugares donde el tiempo parece haberse quedado estancado en otra Caracas, en una ciudad más amable, donde uno siempre se encuentra con una amalgama de vario pinta clientela sin mayores roces políticos ni clasistas, solo buenas vibras. Por eso me agarró desprevenida la desagradable experiencia vivida a las puertas del que, asumía, un oasis ante la patanería ciudadana actual.
Para quienes tenemos carro, uno de los mayores dolores de cabeza en esta ciudad es dónde estacionarlo, pero los fines de semana no solía haber problema por esa zona porque si el señor que cuida los carros con el uniforme del Da Guido no te conseguía un puesto cerca, hay un pequeño estacionamiento al otro lado de la calle. Imagino que con la nueva ley del Trabajo, al estacionamientico no le resulta rentable abrir los fines de semana, y ese sábado tenía la cadena pasada. 
Tuve que estacionar el carro a una cuadra del restaurante, con un viejito que me aseguró que me lo cuidaba. El problema no era yo, que estaba con mis hijos, temía cuando mis padres llegaran porque los dos andan aporreados: mi mamá con una fibromialgia que la tiene muy limitada por el dolor en la espalda que le agarra una pierna, y mi papá tras una fractura de cadera de la que no se pudo recuperar del todo y necesita ayuda para caminar. 
Esperé con mis hijos en las puertas del restaurante a que mis padres llegaran para ver cómo resolvíamos, y mientras ayudaban a bajar del carro al abuelo, me percaté que unos clientes estaban saliendo del restaurante y se iba a desocupar un puesto justo detrás de donde mi mamá había parado el carro para que mi papá se bajara lo más cerca posible de la puerta. Le pedí al acomodador de carros del Da Guido que le reservara el puesto, y me dijo que no había problema, pero cuando mi mamá retrocedía el carro para entrar, un Lexus azul oscuro se metió a pesar de que el cuidador le había advertido al conductor que la señora había llegado primero. 
Indignada me quedé esperando a que mi mamá estacionara el carro a una cuadra de distancia y se me uniera con su andar pausado y adolorido. No estaba sola en mi espera, del Lexus se bajó un hombre como de unos 40 años, de buen porte, alto, moreno, vestido con chaqueta sport, de esas chaquetas que es fácil sospechar que debajo esconden un hierro porque hacía demasiado calor para usarla. Lentes de sol y pinta de sobrado. 
No aguanté, viendo a mi madre caminar lentamente desde lo que para ella es lejos, increpé al hombre sin exaltarme si no le daba vergüenza haberle quitado el puesto a unos señores mayores. Al estar en su lugar, que sin duda lo he estado por distraída, siempre he rectificado y cedido el puesto. Pero en el caso del hombre del Lexus ya estaba hecho el mal. Yo por lo menos me habría disculpado si alguien me lo señala, ofrecido una excusa: "Es que no me fijé que estaban esperando para estacionar el carro". Aunque fuera una justificación: "lo lamento pero el carro no está asegurado y no me puedo arriesgar a que me lo roben". 
Nada. Ante la falta de respuesta insistí preguntándole si no conocía el significado de la palabra decencia. El tipo miraba hacia otro lado, como si no fuera con él. En ese momento me sentí como María Corina increpando a Diosdado ante un nuevo abuso de la tolda roja de la Asamblea Nacional, la actitud del hombre era la misma, de arrogancia, de "¿y qué?".
Hasta que el tipo del Lexus como que no aguantó más que la loca le increpara que si no le daba pena, y subió al Da Guido a esperar adentro a quien fuera que estaba esperando, que resultaron dos mujeres y una niña. Ni siquiera en el restaurante se quitó los Ray Ban.
Testigo de lo que había pasado, una vendedora de lotería trataba de consolarme al sentir mi impotencia, me decía con sabiduría popular: "Mami es que mientras más dinero tienen más patanes son".
No creo que sea cuestión exclusiva de dinero, ni dinero viejo ni dinero nuevo, esa misma noche, narrándole a mi amiga Beatriz el mal rato que había pasado, me contó que ella vivió una situación de patanería ciudadana similar el día anterior cuando tras dejar a sus niños en el colegio, camino al trabajo, le tocó una cola entrando en la Cota Mil descomunal, más descomunal que de costumbre, en la que en un momento dado, un carrito todo chocado en el que iban dos muchachas, se les coleó descaradamente a quienes tenían un buen rato en ese tramo del atolladero. 
Que tire la primera piedra quien no lo haya hecho alguna vez, bien sea por descuido o porque "estoy apurado". Pero mi amiga Bea, que es de quienes no procesa este tipo de vivezas, bajó el vidrio de su carro y no brava, sino con el mismo tono aleccionador con el que le habla a sus hijos, les dijo a las muchachas algo así como: "hijas, no se coléen, no está bien". 
Más vale que no, esa breve lección de moral en lugar de causar un efecto tipo: "¡Ay disculpe señora, qué pena!", como yo aspiraría que respondieran mis hijas universitarias en una situación similar, o siquiera indiferencia, como el patán del Lexus; le costó a mi amiga un acoso de las carajitas de casi dos horas de carro a carro en la cola de la Cota Mil, insultándola, pintándole palomas, grosería tras grosería. 
A pesar de que en este espacio trato de evitar intensidades, imposible dejar de expresar la impotencia que se siente de vivir en una ciudad donde todos los días nos topamos con crudos ejemplos de agresividad, egoísmo, falta de cortesía. Donde triunfa sin disimulo la ley del más vivo, hasta en los más pequeños detalles. 
Así que perdónenme la intensidad, pero qué difícil se nos está volviendo sentirnos orgullos de ser caraqueños.