viernes, 31 de diciembre de 2010

El Imperio de Franelas Rockeras


No sólo con Jon Lee Anderson he tenido problemas por mi elección de franelas, hace un par de meses fui receptora de un: “¡Tú no irás a salir así!”, quienes piensen que esta es una frase reservada a los adolescentes están equivocados porque a mis cuarenta y tantos años en un reciente viaje a París con mi madre, un mediodía me miró de arriba a abajo desaprobando la facha rockera con la que me disponía almorzar con la prima Paulina.
El problema no radicaba en los blue jeanes negros, ni en los Converse azules, el problema estaba en la última joya de mi incomprendida colección: una franela de los Rolling Stones con la leyenda: “She’s a rainbow”.
Mamá se desespera cada vez que me ve con una nueva franela rockera, extraña manía le entró a su hija pasada la cuarta década cuando a la mayoría de las mujeres ya no se les ocurre comprar una t-shirt.
En algo tiene razón: esta colección que ocupa dos gavetas de mi closet no es la afición de una vida, empezó de manera casual cuando estaba por publicar “El móvil del delito”. Antes solo tenía dos franelas pop, siendo la de más vieja data una rosada con la figura de Yordano anunciando “La Fiesta”, concierto en El Poliedro en el año 87 en el que participé como asistente de producción. La otra franela que sobrevive los 80 es la de la gira Steel Wheels de los Stones que conseguí en un mercado de pulgas.
La verdadera colección de franelas de Rock comenzó formalmente en el año 2004 tras poner punto final a mi primera novela en la que la música de los Rolling Stones forma parte de la trama. Todavía no tenía con quien publicarla cuando compré la franela con la inconfundible boca de Mick Jagger para usarla el día de la presentación (finalmente lucí un vestido negro).
Meses después la novela ya estaba en imprenta cuando me llamaron de Ediciones B a pedirme una foto para la contraportada del libro, en la imagen escogida tomada por la fotógrafo María Angélica Jiménez, salgo con una franela negra de Los Beatles, la misma que ilustra este blog.
Ante el éxito de mis franelas rockeras, sobre todo entre los jóvenes, se despertó en mí la sed de coleccionista y empecé a extenderme más allá de la frontera de los Beatles y los Stones. Hoy tengo franelas que van desde Blondie hasta el concierto de Serrat-Sabina incluyendo Queen y The Who. No oculto las raíces Disco: Madonna forma parte de la colección. Tampoco faltan los clásicos como el sensual rostro de Jim Morrison y el prisma de Pink Floyd.
Algunas franelas son regalos como una de la etapa hippie de los Beatles que me regaló mi ahijado Fernando, otras las he conseguido en conciertos como el de Jorge Drexler en el Aula Magna en Caracas y el de Los Amigos Invisibles en el Central Park en NY. Hay franelas que se me han escapado como la del concierto de Wisin y Yandel que me prometió una amiga y nunca me dió (habría sido un ave rara de intasable valor). Hay franelas que por más que las busco, no las encuentro, como la de Sincronicity de Police, y hay las que codicio, como la de Héctor Lávoe que de vez en cuando luce el escritor Rodrigo Blanco Calderón.
Como es de esperar, las franelas que más tengo son de Los Beatles y de los Rolling Stones, a tal punto que me había prometido no comprar ni una más, pero cuando vi “She’s a rainbow” con arco iris y todo en una vidriera de Les Halles, no pude evitar la tentación, es una de mis canciones favoritas, en una época la tuve como ring tone del celular.
La adolescencia como que no se supera porque ante el: “¡Tu no irá a salir así!”, dudé si hacerle caso a la orden materna y cambiarme tomando en cuenta que mi prima Paulina, o Pali, 9 años menor que yo, es el “fashion icon” de la familia. Radicada desde hace más de 15 años en París, la prima ha adquirido el chic innato de las parisinas. Menos mal que también la rebeldía adolescente se conserva porque no me cambié, y al contrario de su tía, a Pali le encantó la franela de “She’s a rainbow”, y un cumplido suyo vale casi tanto como uno de Anna Wintour.   
Mi prima me preguntó si mis hijas adolescentes no me robaban a cada rato las franelas rock, le contesté que no, parecían compartir la indiferencia de su abuela a mi indumentaria rocanrolera. Pali, a cuenta de primita, se ofreció a heredarla, semejante colección no se podía perder.
Cuando regresé a Caracas le conté a mis hijas que cuando llegara el momento ya no tendrían que disponer de la colección de franelas rockeras de su madre, la prima Pali se había ofrecido a recibirlas en acogida. Me miraron con cara de desheredadas: ¿cómo se me ocurría despojarlas a futuro de mis bienes más preciados?
No puedo negar que me sentí dichosa al constatar que mi colección de franelas de rock por fin era cotizada, lo que por otro lado me hizo temer que el Gobierno pretenda expropiármela, o censurarla como propaganda Imperialista, o reglamentarla con un uno x uno obligándome a agregar a la colección el rostro del incondicional Cristóbal Jiménez, o del difunto Alí Primera, o peor aún, del rockero de la Revolución Paul Gillman.
Espero que no sea necesario y que mi franela roja de Led Zeppelin cumpla con la cuota revolucionaria.
Lo que es un hecho es que con tres potenciales herederas, el Imperio de franelas rockeras se puso a valer, tiene razones para seguir creciendo, no será necesario limitarme ante la tentación de una nueva franela de los Rolling Stones ahora que sé que en un futuro mi patrimonio de franelas se podrá dividir entre tres.
Pero no pienso hacer como el Rey Lear y dar mi herencia en vida, porque si algo he aprendido de los Stones, es que el Rock no tiene edad de jubilación.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

A Jon Lee Anderson no le gustó mi franela


Sobre el personaje de Ernesto “Che” Guevara hay dos tendencias irreconciliables: por un lado la mitificación Pop a raíz de la  fotografía de Alberto Korda que ha convertido al guapo guerrillero en el símbolo favorito de los idealistas de izquierda, y los que consideran al Che un violento asesino, para quienes el idealismo no puede ser justificación de sus crímenes.
En medio de estas dos posiciones el periodista Jon Lee Anderson dice haber querido captar la esencia humana de Ernesto Guevara, ni superhéroe ni villano, un muchacho clase acomodada argentina que intentó cambiar el status quo de la justicia social en el mundo, aunque para lograrlo apelara a la lucha armada. 
Este personaje que la cultura Pop convirtió en franela, el periodista norteamericano le dedicó 5 años  investigando y redactando una biografía: "Che Guevara-una vida revolucionaria-" que busca mostrar al más fotogénico de los guerrilleros como un ser humano excepcional con sus aciertos y sus errores. Anderson, nacido en 1957, dice sentirse atraído desde niño por la lectura de biografías, de adulto es famoso por sus perfiles periodísticos de hombres de poder, haciendo énfasis en la posición de estos hombres ante la violencia.
Interesada en el personaje del Che más allá del odio o el amor que da la polarización política, compré el año pasado la biografía escrita por Anderson, pero como es un libro denso, he postergado su lectura, sin embargo sigo de cerca la pista del periodista, por eso cuando me enteré que sería el invitado especial para la conferencia anual de la Fundación para la Cultura Urbana (que ahora tiene que ser la Sociedad de Amigos porque la Fundación está intervenida por el Gobierno) desempolvé el libro del Che publicado por Anagrama aspirando que me lo dedicara su autor, una excelente ocasión de no postergar más la lectura.
Anderson tenía dos presentaciones en Venezuela, debido a la huelga de controladores aéreos en España no pudo llegar a tiempo a la cita pautada la tarde del lunes en la Universidad Católica Andrés Bello, fue necesario posponerla para el martes en la mañana en la Fundación Chacao. En esta tertulia con el periodista Boris Muñoz, Anderson conversaría sobre figuras relacionadas con el poder político desde el Che hasta Chávez.  
Pocos estudiantes se veían esa mañana en la Fundación Chacao, el público estaba compuesto principalmente de escritores y periodistas,   yo de frasquitera en vez de ponerme mi franela de los Beatles que nunca me hace quedar mal, decidí ir vestida para la ocasión  con una franela donde la figura del Che Guevara  tiene los rasgos de Groucho Marx con el emblema: “marxista”. La paradoja es que en el puesto en el mercado de pulgas en Nueva York donde la compré las franelas eran de símbolos revolucionarios estilo iconografía soviética, no era una burla sino un homenaje al Che, aunque ante la realidad política de mi país, debo admitir que mi intención era iconoclasta.
No he tenido la oportunidad de usar la franela marxista mucho, no es el tipo de ropa que uno se pone para una entrevista de trabajo o para ir a comer con los amigos; pero pensé que llevarla a una conferencia titulada del “Che a Chávez” sería un guiño de humor, una especie de saludo al autor de la biografía.


Llegué temprano para agarrar buen puesto, logré sentarme en la primera fila en línea directa a los ponentes. Entre mis amigos periodistas hubo quien celebró la franela, no hay quien no sea marxista de Groucho Marx. Así que estaba yo de lo más orgullosa sentada en primera fila con la franela marxista, poniéndosela bombita a Boris Muñoz, quien señalándome con una mirada pícara, le preguntó a Anderson qué pensaba del uso de la cultura Pop de la imagen del Che Guevara.
¿Qué habría hecho Emil Ludwig de haber oído a Chuck Berry cantando Roll Over Beethoven? ¿O Giorgio Vasari ante la osadía de Marcel Duchamp de pintarle bigotes y chiva a una réplica de la Gioconda de Da Vinci? Imagino que el desprecio no sería mayor a la mirada fría del catire Anderson, quien dijo en español más pulido que el de Eva Golinger que consideraba un insulto a su inteligencia cualquier caricatura de la imagen del Che con fines de polarización. Había pasado 5 años escribiendo sobre los bemoles humanos del líder guerrillero para ver con buenos ojos el mal uso de su imagen.


Mientras decía esto, ya no veía mi franela sino su libro que estaba a mis pies esperando para ser autografíado. A lo mejor peco de sensible (o de insensible), pero me dí más que por aludida, preguntándome qué de aborrecible había en Che Groucho Marx, ni que fuera Che Homero Simpson o Che Hello Kitty. Tenía dos alternativas: o cubrir mi vergüenza con un sweater o exhibir mi franela marxista con la intención iconoclasta con que la compré. Opté por la segunda.
Como escritora no puedo dejar de entender el punto de Anderson: pasa 5 años  buscando desmontar la imagen pop del Che Guevara, y viene alguien en el público venezolano a restregarle en la cara que es  ingenuo pensar que lo lograría. Pero por otro lado como escritora también he aprendido que el mundo no empieza y termina con lo que escribimos, que hay diferentes lecturas sobre el tema que tanto nos apasiona.

En el caso de la Venezuela actual, sí estamos polarizados, es imposible no estarlo cuando una hegemonía política que gobierna desde hace 12 años trata de imponerse a quienes dudan de ella, y como los seguidores de esta hegemonía suelen ir uniformados con el rostro del Che Guevara y el Gobierno impone su figura en cuanto espacio público se pueda, hasta en los vagones del Metro, es difícil que quienes estamos entre los no creyentes del Socialismo del siglo XXI, por más que admiremos la obra de Anderson, no rechacemos la iconografía chavista. 
 En especial el gremio que fue a oír esa mañana a Anderson como a un gurú,  los periodistas que han sido tan golpeados por un Gobierno  cada vez menos tolerante con las noticias que empañen la gestión revolucionaria. Los canales públicos de disidencia se van estrechando, siendo el ideal del gobierno “el niño periodista” de la publicidad institucional que tan bien reseñó Milagros Socorro el domingo pasado, un periodista que solo da noticias buenas.
 Anderson, como corresponsal de guerra, no está acostumbrado a redactar noticias bonitas, pero demostró esa mañana haber quedado cautivado con su biografíado, lo que hizo sentir no solo ante la descarga a cualquier abuso de la imagen del Che, sino cuando Boris se atrevió a disentir asegurando que el Che Guevara no se podía negar que era un personaje sanguinario. Anderson lo justificó: “Fueron cortes marciales”. 

Me pregunto si de haber entre el público quien llevara la franela del Che con un “Hasta la victoria siempre”, su molestia por el abuso iconográfico hubiese sido igual.
La tertulia estuvo buena, en gran parte gracias a la dinámica con Boris quien llevó muy bien el hilo de la conversación y hasta puso a Anderson en un aprieto al preguntarle si se había sentido cautivado por alguno de los hombres de poder a quienes les hizo perfil periodístico. El invitado tartamudeó, podría decir que se ruborizó, no hizo falta contestar para que entendiéramos a qué personaje se refería.
El público también hizo buenas preguntas, aunque no incómodas, cuando alguien le inquirió a Anderson si estaría interesado en hacer un perfil de Fidel Castro se le iluminaron los ojos cual Oliver Stone, imposible no estarlo. La primera pregunta sería: “¿Cómo  logró permanecer tanto tiempo en el poder?”, de ahí saldría todo lo que le interesaba saber. También contó cómo con Pinochet lo que más quería preguntarle era el vedado tema de los Derechos Humanos. ¿Se afincaría el periodista con los Derechos Humanos con Fidel?
Aunque aludida por Anderson y castigada por el sol del mediodía, terminé de oír la tertulia, pero tras la descarga a mi franela marxista, no me atreví a pedirle al autor que me dedicara la biografía del Che. Ni me dio nota regresar a su conferencia esa noche en el IESA que cuentan que estuvo más acartonada. Eso no quiere decir que no vaya a leer la biografía del Che de Anderson, ahora con más razón, para ver si mi franela marxista estuvo bien puesta ese día, después de todo soy militante de andar evitando intensidades, hasta de una firma del New Yorker y de El País.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Una noche en Elaine's


Leo en el diario New York Times que acaba de morir a los 81 años Elaine Kaufman a causa de un enfisema. Una de esas celebridades mejor conocida por su nombre de pila, Elaine era famosa por el restaurante que llevaba su nombre en el upper east side en Nueva York, frecuentado por los literatis y estrellas neoyorquinas entre los años 70 y 80.
 Dicen que el periodista Gay Talese describe muy bien el ambiente de Elaine´s, no he leído las memorias de Talese, las que leí fueron las de Brian McDonald, un bartender que trabajó 11 años en el restaurante de la 2da avenida antes de retirarse para ejercer su vocación de escritor, siendo su primera obra un recuento del trabajo con esta singular mujer de carácter fuerte quien se derretía ante los famosos sin hacer amago de ello.
Cuenta McDonald que la irregular calidad de la comida de estilo italiano, el carácter volátil de su dueña, y los altos precios del menú, terminaron pasando factura y en los años 90 a Elaine´s no iban más que los turistas con la errada esperanza de encontrarse con una celebridad.
Quien iba en los años 70 a Elaine's no se habría sentido defraudado, se corría el riesgo de ser sentado en una de las mesas del fondo, zona mejor conocida como "Siberia", pero este detalle poco importaba a cualquier mortal que pasaba deslumbrado al lado de la mesa de Mick Jagger, Jack Nicholson o Warren Beatty.
A pesar de ser cualquier mortal a los 15 años tuve la oportunidad de comer en Elaine's y no precisamente en Siberia sino en el Olimpo, estamos hablando del año 1978, cuando mi familia se fue a vivir a Nueva York: mi papá tenía planeado montar unos cines con un amigo argentino, Peter Bauer, bien conectado con el mundo de estrellas y literatis gracias a que salía con una antigua top model llamada China Machado.

En los 70 hacía tiempo que habían pasado los años de estrella del modelaje de China Machado, quien siendo una aeromoza de 19 años en el año 1953, conquistó el corazón del torero Luis Miguel Dominguín. A pesar de que su nombre puede sonar latinoamericano, China en realidad se llamaba Noelie Dasouza Machado, era hija de china con portugués, hablaba bien el español porque se crió en Argentina aunque fue en Perú donde conoció a Dominguín. Cuando el torero se fue con Ava Gardner, China ya era reconocida como una importante modelo consentida por el lente de Richard Avedon, siendo la primera modelo no caucásica en salir en la portada en una revista de modas norteamericana.
Cuando la conocí ya había pasado de largo los 40 años, pero a pesar de ser yo una adolescente y entonces cualquier persona mayor de 30 años parece un anciano, recuerdo a China como a una mujer de edad indefinida, de rasgos orientales, morena, exótica. Ninguna de las actuales top models me la recuerda.
Peter era varios años menor que su novia pero la diferencia de edad no se notaba, comenzaron a salir con mis padres como parejas de amigos, China le contó a mi mamá que tenía dos hijas, la menor, Manuela, era más o menos de mi edad, teníamos que conocernos y hacernos amigas.
Una noche a las 8 en punto estaba con mis padres en las puertas de Elaine's, mi mamá me había advertido que era probable que nos encontráramos con alguna celebridad, cuidado y si los hacía pasar pena, los neoyorkinos jamás se dan por enterados cuando tienen un famoso al lado. Peter, China y Manuela nos estaban esperando en la que supuestamente era una de las mejores mesas del restaurante, a mi todas me parecían iguales. Nuestros amigos nos presentaron a Elaine, una señora gorda y de anteojos culo de botella quien a pesar de su fama de malhumorada y de solo hacerle caso a celebridades, nos besó y abrazó como si fuéramos clientes de siempre.


 Manuela tenía como 14 años, era muy linda, con los rasgos exóticos de su madre, todavía le hacía falta desarrollarse, se veía muchachita. La recuerdo simpática y avispada. Rápidamente conectamos como suelen hacerlo las niñas de esa edad, creo que hablábamos en español porque había vivido en México con su mamá, pero quizás la memoria me falla, a lo mejor hablábamos en inglés.
La comida en Elaine´s no sé si era gran cosa, pedí una pasta napoli que es difícil que quede mal, pendiente de que no me salpicara la salsa y de cuando iba a llegar algún famoso, por fin vi entrar por la puerta a una verdadera estrella, que aunque nada bonito para el gusto de cualquier adolescente, ya entonces admiraba gracias a su película Annie Hall: Woody Allen.


Allen era habitúe de Elaine´s, iba por lo menos una vez a la semana, incluso filmó en el restaurante una escena de su película Manhattan que sería estrenada en 1979. Elaine corrió a recibirlo y lo sentó a dos mesas de nosotros. Los adultos siguieron su conversación como si nadie especial hubiera llegado, ni Manuela ni yo podíamos controlar la emoción, ni que hubiera entrado John Travolta.
Después del postre, Manuela me dijo que la acompañara al baño, fuimos, y de regreso, sin avisarme, mi nueva amiga se paró al lado de Woody Allen y extendiéndole una servilleta, cometió un temeridad nada neoyorkina: le pidió un autógrafo al actor. Aunque estaba al lado de ella, no me atreví a hacer lo mismo, en parte porque nunca he encontrado la gracia de tener un papelito firmado por una celebridad. Hoy los deben tener locos tomándoles fotos con celulares.
Cuando llegamos a la mesa, nadie regañó a Manuela, más bien le rieron su osadía, China le guardó en la cartera la servilleta firmada a su hija, y yo me quedé sin la mía. De haberla tenido, seguro la habría perdido.
No recuerdo si regresé a Elaine´s, el negocio de los cines de mi Papá y Peter no se dio, y mi familia regresó a Caracas. Peter y China terminaron al poco tiempo, Peter y mis padres siguen siendo amigos, de China pasaron años sin saber hasta que hace poco se la encontraron casualmente en una calle de Nueva York, y aunque tardó en reconocerlos, los invitó a tomar un café en su apartamento. El restaurante Elaine's resurgió en la década del 2000, y seguirá abierto a pesar de la muerte de su dueña. Después de esa noche no me he perdido una película de Woody Allen pero a Manuela solo la ví una vez un par de años después, y no fue en persona sino en la pantalla grande: haciendo papel de extra en Stardust Memories como una jovencita importunando con la petición de un autógrafo a una elusiva estrella de cine.
Me pregunto si esa noche si yo también me habría atrevido, de haberle pedido que me firmara una servilleta, hoy podría decir que un día trabajé en una película de Woody Allen.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El loco del Metro


Lo único peor a estar en un vagón de Metro atestado es estar en un vagón de Metro atestado con un loco gritando: “¡Soy don Diego de la Vega, vengo a rescatarlos de las garras del Capitán Monasterios!”. Busco impaciente al loco, pero hay tanta gente en el vagón, todos con igual cara de impaciencia, que la reencarnación del Zorro se me escapa.
El viaje de ida al Centro de Caracas ese sábado en la mañana no fue tan atosigado: dejé el carro en el estacionamiento de Colegio de Ingenieros y tomé un taxi rumbo a la Plaza Caracas. El taxista me dijo que este era un truco usual porque desde que cerraron al público los estacionamientos del Centro Simón Bolívar, es casi imposible encontrar donde estacionar el carro en el Centro de la ciudad.
Y qué decir del Metro colapsado si tan solo 24 horas antes 35 personas habían sido llevadas detenidas por amotinarse en un vagón en Propatria donde los tenían 45 minutos del timbo al tambo.
“Imagínese” me contó el taxista, “hace poco uno de los trenes se quedó accidentado, y a un señor le entró tal ataque de claustrofobia, que le dio un infarto y se murió ahí mismo”.
No sé si semejante cuento será verdadero, pero verídico es, yo me lo creo, si me quedo atracada en un vagón del Metro con ese gentío no dudo que me dé un ataque de pánico de la claustrofobia.  El taxista sigue su monólogo contándome que por razones como esta, un gobierno ineficaz, sus 3 hijos, todos profesionales, se fueron a vivir al exterior: “Converso diariamente con ellos por skype, y les mando cada vez que puedo un paquete de Harina Pan porque en España la venden a 6 euros”.


Hago lo que tengo que hacer en los alrededores de la Plaza Caracas, y me queda tiempo para pasear por la I Feria de Economía Comunal. Nunca he visto una Feria más vacía y triste que esta, la cara de quienes ofrecían su mercancía era desoladora, el trueque como que todavía no es atractivo, quién va a querer cambiar un dulce de Lechosa por una franelita de Hello Kitty. Hasta a la Economía Comunal le hace falta un toque capitalista de suerte. Y aunque vendían comida en esta Feria Socialista -mucho apio, ñame y yuca eso sí- la leche en polvo no se consigue ni en la gracia del Gobierno, solo un derivado de Soya que se vendía como “producto Socialista”  de marca “La Perijanera”.
De regreso me voy en Metro, ¿qué tanta gente puede haber un sábado al mediodía? Créanme que mucha, tanta que a pesar de tenerlo cerca, no consigo ver al loco que se dice el Zorro y que los pasajeros aguantan impacientes, hasta que el loco cambia de tema: “Aquí todos sabemos de quién es la culpa de que el Metro está fallando, ya no se le puede ocultar al pueblo meeeesmo tras 12 años de mal gobierno”, los pasajeros lo empiezan a escuchar sonreídos ahora que no es El Zorro sino una torpe imitación del Comandante en Jefe lo que sale por la boca del improvisado orador.
Un gordito de camisa roja desteñida grita en medio del vagón: “¡Callen a ese loco!” nadie lo apoya, el resto de los pasajeros ríe mientras don Diego clama con voz de Aló Presidente: “¡No creo en Dios, solo creo en Fidel!”.
El gordito insistía: “¡Callen a ese loco!” cuando el tren paró en la estación Colegio de Ingenieros. Me bajé apresurada recordando al señor a quien le dio un infarto tras una ataque de claustrofobia, no sin antes darle una última mirada al gordito enardecido, quizás sabía que los locos, como los niños, suelen tener la razón.

Artículo publicado en El Nacional 27 de noviembre 2010

viernes, 26 de noviembre de 2010

Banana Republic


El siguiente diálogo lo oí en la quinta edición del programa America's Next Top Model, conducido por Tyra Banks, en un reto en el que las aspirantes a modelo tenían 10 segundos para venderle una mascarilla facial a un exigente ejecutivo:
Modelo: Vengo a ofrecerle AMC, el nuevo producto elaborado con las mejores “bananas”, importadas especialmente desde Caracas.
Ejecutivo: Caracas? Where the hell is that?
Modelo: La verdad es que no sé, lo único que sé es que en Caracas se cultivan las mejores “bananas” del mundo.
Para eso quedamos, para ser considerados por las lindas chicas gringas como una Banana Republic, por eso no me sorprende que nuestra Miss Universo 1996, Alicia Machado, confundiera en Twitter  Corea con China frente al conflicto bélico entre las dos Coreas: "Esta noche quiero pedirles que me acompañen en una oración por la paz, que estos ataques entre las Chinas no empeoren nuestra situación". 
Por lo visto la belleza y la geografía no suelen ir tomadas de la mano.  

jueves, 25 de noviembre de 2010

Isabel ante La Ola


Somos animales de costumbres, nuestra familia tiene el rito que los domingos en la noche se come pizza, por eso cuando me cambiaron la seña porque a Isabel, mi hija de 16 años, la invitaron del colegio a ver en el Teatro Trasnocho "La Ola" del grupo Skena, me preguntaba malhumorada llevándola bajo un diluvio: "¿A quién se le ocurre ir un domingo en la noche al teatro?".
Por lo visto que a mucha gente porque el teatro Trasnocho estaba lleno, de casualidad logré conseguir una entrada a un lado de la sala. Isabel no tenía problemas porque Sergio, su profesor de Filosofía, había comprado las entradas el viernes en la tarde para los alumnos de 4to y 5to año que se anotaron en una lista. Pensé que con ese aguacero a lo mejor algún muchacho se echaría para atrás y me quedaría con su entrada, pero de los aproximadamente 14 que se anotaron, fueron 15 porque una de las muchachas a última hora sus amigos la convencieron de que esta era una Ola que valía la pena surfear.  El que se tuvo que quedar afuera fue el profesor de Filosofía, que como había visto la obra, le cedió la entrada a Valentina.
A las 8 en punto ya estaba sentada en mi rincón en una sala llena de parejas jóvenes, familias con hijos adolescentes, algunos adultos contemporáneos; tras abrirse el telón mostrando un aula con varios monitores que transmitían a Hitler dando un discurso frente a las masas enardecidas, la obra comienza con un estruendo de música rock y un grupo de colegiales que en su dinámica social no parecen muy distintos a Isabel y a sus compañeros de clase.
La Ola del grupo Skena, dirigida por Armando Álvarez, está basada en la película alemana La Ola del director Denis Gansel, que a su vez se basa en el libro sobre un experimento realizado a fines de los años 60 en una universidad de California por un profesor de Ciencias Políticas quien tenía la teoría de que cualquier grupo de personas, ante la seducción de un líder carismático, podía abrazar una conducta fascista y agresiva.
Aunque en los monitores muestran imágenes de Caracas y su soundtrack es rock nacional, el escenario de La Ola puede ser un colegio cualquiera, en una ciudad cualquiera, donde el rebelde y popular profesor  Zelko Rainer ( Basilio Alvarez)  buscando cómo darle la vuelta a un tema aborrecible como lo es la "Autocracia", ante la certeza de sus estudiantes de que después de la experiencia de la Alemania Nazi el hombre moderno no volvería a cometer el mismo error de entregarle el control a un líder desaforado, Rainer decide demostrarle a su escéptica clase que siguiendo paso a paso el manual del fascismo (líder irrefutable, disciplina férrea, darse un nombre como grupo, no aceptar disidencias, uniformarse) la mayoría de sus alumnos, sobre todo los más débiles, serían presa fácil del delirio de sentirse pertenecer a una fuerza todopoderosa.
Ahí está el tema, hay que ver la obra para vivir la experiencia aunque muchos de sus espectadores esa noche sentimos vivir en ella desde hace 12 años, solo queda decir que más allá de las excelentes actuaciones de los adultos, además de Basilio Álvarez (un rock star en las tablas), Catherina Cardozo y Juan Carlos Ogando; el elenco juvenil es para quitarse el sombrero de la generación de actores que se está formando.
Ante semejante elenco apenas un poco mayor que los alumnos de Sergio, viendo en los monitores su ciudad, tras oír la música que ellos oyen, quizás el grupo Skena logró que ninguno de los muchachos presentes ese domingo en la noche deje de anotarse la próxima vez que en el colegio vuelvan a sugerir ir al teatro, y quién sabe si logran comprender un poquito no sólo la historia en la que les tocó criarse, sino que hasta en la escuela pueden llegar a ser carnadas de un proyecto totalitario.

domingo, 21 de noviembre de 2010

6ta Filven


Cansa reseñar a FILVEN (Feria del libro de Venezuela) una feria cuya oferta de propaganda gobiernera supera con creces la oferta literaria. Cada año este detalle se va haciendo tan descaradamente obvio que el escritor Salvador Fleján, tras esta sexta edición, sugería que sus organizadores debían quitarse la careta y en lugar de FILVEN, rebautizar la feria Filche. A mi mas bien me parece que la deberían llamar Filchávez, porque hasta el fotogénico rostro del guapo Ernesto pasa a segundo plano con respecto al héroe de la épica del Socialismo del siglo XXI.

Este año 2010 Filven volvió a aprovechar los espacios privilegiados del Parque del Este, pero en esta ocasión no dentro del parque sino en uno de sus estacionamientos. Luego de un fuerte aguacero a primeras horas de la tarde del sábado, el tiempo se despejó y a las 4 de la tarde la feria estaba muy concurrida tanto de quienes buscaban material de lectura revolucionaria como de quienes buscaban alguna oferta literaria, porque "novedades", como se buscan en otras ferias internacionales, es una palabra que hace tiempo desapareció del imaginario de las ferias literarias caraqueñas.


Tenían suerte quienes buscaban material didáctico revolucionario, en un stand atendido por gentiles anfitriones además de afiches de Bolívar y del presidente Chávez entregándole el diploma a un viejito de la Misión Ribas, se regalaban ediciones ilimitadas de folletos infantiles con títulos como: "El feroz embrutecimiento mediático", "Venezuela asegura su arepa", "Dos modelos enfrentados en Venezuela... por ahora", "En Venezuela gana el deporte", "La fortaleza de la Economía Venezolana" y "El Fantasma de la Codicia recorre la historia".
En este mismo stand se repartían libritos resumiendo el pensamiento del Comandante en Jefe además de un folletín titulado: "Cómo los diarios españoles inventaron nexos entre Venezuela y la Eta" de Iñaki Gutiérrez.


No se puede negar que quedan editoriales literarias sobrevivientes como Santillana, Random House Mondadori y Ediciones B con una oferta cada vez más escuálida, y no en el sentido político sino literario de la palabra.
Y antes de que vuelva a saltar algún enardecido a decir: " ¿De qué te quejas si tu libro estaba ahí?"  Si, mi novela El Móvil del Delito publicado por Edidiciones B está en Filven, corran antes de que se agote, pero lleven efectivo, porque por lo menos ayer sábado, no había punto de venta en el parque y el que quería comprar un libro debía pagarlo chinchin.


Todo el dinero que tenía en efectivo lo gasté en la edición del Quijote de Cervantes del Grupo Santillana que me costó 70 bs, regalo para mi hija mayor que comienza a leerlo en la universidad, no me quedó en la cartera dinero ni para brindarles una chicha a mis hijos, por eso preferí evitar mi stand preferido, el de los libros de segunda mano, pero le dimos un paseo a la feria ya que la tarde estaba muy bonita. Así pasamos por el stand de la Casa Militar, el del Alba, el de la Procuraduría, el del Che, un pabellón dedicado al comic que debo decir que estaba muy bien, y otro pabellón infantil donde presentaban a Manuelita, una muñeca que como dice la canción que la promociona: "Nací con la constitución, por eso soy una niña revolucionaria".


Cuando a la gigante Manuelita se la llevaban de la mano mientras unas niñitas se le acercaban a abrazarla cual Barney venezolana, también llegó la hora de irnos, no sin que antes me regalaran a la salida del parque una edición de la correspondencia entre Bolívar y otra Manuelita, la Libertadora del Libertador, cuyas cenizas simbólicas hoy reposan en el Panteón.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Sobre la ambigüedad de la inocencia


Si mal no recuerdo la primera serie de televisión sobre abogados que seguí fue Perry Mason, a finales de los años 70 la pasaban después de almuerzo, así que apenas llegaba del colegio, prendía la televisión para ver esta vieja serie que entonces tenía más de 15 años de producida. Raymond Burr hacía el papel del abogado que siempre defendía casos de asesinatos donde todo parecía señalar a sus defendidos como culpables. A lo largo del capítulo que se desarrollaba en la corte, no por la fuerza de la ley sino por la fuerza de las evidencias Mason demostraba lo contrario.
Quienes hoy gustan ver series legales dirán que la ley está en las evidencias que se presentan, pero en el caso de Perry Mason, sus defendidos eran encontrados inocentes porque realmente lo eran, más que una serie de abogados era de detectives. Creo que solo una vez un crimen fue perpetrado por uno de los defendidos de Mason, en esta serie no había cabida para las ambigüedades.
En cambio en las series modernas los defendidos solo son fallados inocentes en la medida que consiguen buenos abogados. Ya no estamos hablando de una verdad blanco o negro, sino de todo tipos de grises.

Por ejemplo Boston Legal, estupenda serie de la cadena ABC que duró 5 temporadas entre 2004-2008 (la 5ta temporada fue recortada) derivada de The Practice, las mejores temporadas de Boston Legal fueron las primeras cuando el antihéroe Alan Shore( James Spader) era capaz de cualquier marramucia con tal de ganar un juicio. En Boston Legal nunca fue un asunto de si el cliente era inocente o no, sino de cómo se manipulaba al jurado de forma tal que fallara a favor de los defendidos por la firma Crane, Poole & Smith.
A medida que se fue desarrollando la serie, los métodos inescrupulosos de Alan Shore perdieron protagonismo a favor de su amistad con Denny Crane (William Shatner) el abogado estrella de la firma que decía sufrir  del Mal de las Vacas Locas lo que era principios de Alzeheimer. Suena dramático pero nada más lejos del drama, Boston Legal fue una divertidísima serie de abogados con el ingrediente agregado de la improbable amistad de un viejo Republicano y un intransigente Demócrata.
Precisamente ahí estuvo la decadencia de Boston Legal, la temporada final se volvió una plataforma política demasiado obvia. Ya no importaba si el defendido era culpable o no, lo importante es que Alan Shore habría de pontificar sobre algún tema, hasta los mismos personajes hacían bromas al respecto como los jueces que se llevaban las manos a la cabeza cada vez que comenzaba con un monólogo: "No empiece con sus sermones, mister Shore".


El mensaje político, cuando es tan obvio, aburre, mucho más divertida la abogada Patty Hewes (Glen Close) en Damages, serie que ya tiene tres temporadas y está por estrenarse la cuarta. Sin contar con un alto rating, Damages es de lo más creativo y emocionante que se está produciendo en la televisión. Trata sobre una abogado especialista en atacar peces gordos quien para lograr sus objetivos es capaz de llegar hasta las últimas consecuencias. En Damages, a diferencia de los demás programas mencionados, no se trata de cada capítulo un caso, sino de un caso por temporada, su grandeza es la ambigüedad, hay malos, muy malos, pero los buenos deben dejar de serlo si quieren sobrevivir en un mundo donde las leyes parecen ser un mero formalismo, lo que impera es el tráfico del poder.
Este también parece ser el caso de la reciente The Good Wife, donde la política es protagonista pero no  con objetivos de propaganda sino emulando lo que hemos visto repetidas veces en los canales de noticias: un hombre poderoso, con su sufrida esposa al lado, pide a la opinión pública que le perdone los errores cometidos.

En este caso el hombre poderoso se trata de Peter Florrick (Chris Noth) fiscal de Chicago quien se ve envuelto en un escándalo sexual y de corrupción, va preso y su esposa Alice (Julianna Margulies) abogada egresada de la Universidad de Georgetown, deja su vida de Country Club para volver a trabajar gracias a que Will, un antiguo compañero de universidad, la contrata a modo de prueba en su firma.
The Good Wife se desarrolla entre dos aguas, la de la vida familiar de los Florrick que hay que recoger en pedacitos, y la de la Firma de Will que pasa apuros económicos a pesar de su lema tantas veces repetido: "No importa que nuestros clientes sean inocentes o no, lo importante es convencer al jurado".
Y así vemos a la noble Alicia, tragando fuerte y defendiendo a quien sospecha que es un asesino que mató a su esposa a sangre fría, no quiere mitigar su condena, aspira a que el acusado salga libre, a que las dudas caigan sobre otro, después de todo, ese es su trabajo, defender celosamente los intereses de quien la contrata para tal fin.
Cómo no recordar al Perry Mason de mi adolescencia, ese mundo en blanco y negro en el que si sus clientes eran fallados inocentes, cero ambigüedades, realmente lo eran.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La magia de Cape Cod


¿Terminamos convirtiéndonos en nuestros padres? es el tema de El Verano Mágico en Cape Cod (Alfaguara-2010) del escritor norteamericano Richard Russo -Premio Pulitzer 2002 por Empire Falls- novela deliciosa de leer gracias a su fino sentido de la ironía que a veces deja riendo a carcajadas y a veces es como una espinita que duele en algún lado.
La magia de Cape Cod comienza con el escritor Jack Griffin rumbo al matrimonio de una amiga de su hija en Maine, en la maleta del carro lleva las cenizas de su padre quien tiene un año de haber muerto inesperadamente. A los 56 años a Jack le cuesta desprenderse de su pasado en más de una manera. Su esposa Joy se lo dice, pero él piensa que exagera, por eso no llegan juntos al matrimonio, Jack pretende esparcir las cenizas de su padre en algún lado de los Cod, el único lugar donde se podría decir que vivieron en familia algo parecido a la felicidad.
No es que Jack tuviera una infancia trágica como la de los sufridos niños de las novelas de Charles Dickens, nada material le faltó, sólo el afecto de sus papás, una pareja de académicos egresada de una gran universidad, quien al casarse les fue imposible conseguir como profesores los puestos para los que se sentían preparados. Quizás cada uno por su lado habría conseguido una buena cátedra en una institución Ivy League, pero juntos solo consiguieron trabajo en una mediocre universidad en el "mid-fucking-west".
Y en el "Mid-fucking-west" nació y se crió Jack, aunque a sus padres definitivamente no les interesaban los niños, tuvieron un hijo casi que como una obligación, un trámite, porque era de esperarse en los años 50 que todo matrimonio tuviera aunque fuera un hijo, y los Griffin, en el fondo, eran tan clase media como cualquiera. Por eso disfrutaban sus vacaciones de verano, escogiendo todos los años algún lugar distinto en las playas de Cape Cod, las casas vacacionales para los padres de Jack se dividían en dos: aquellas que no podían costear, y aquellas que ni que se las regalaran.
Si bien solían alquilar el tipo de casa de "ni que se las regalen", haciendo retrospectiva de su infancia Jack siente que a sus padres solo los vio dichosos en los Cod. Jack también vivió el momento más feliz de su infancia cuando un verano la familia vecina lo adopta como uno de los suyos, una de esas familias tradicionales en la que el papá juega pelota con los muchachos mientras la mamá prepara picnic para un batallón.
Al principio los padres de Jack se sienten incómodos ante la amabilidad de los vecinos, pensaban que estarían esperando retribución: "Con tal de que no nos pidan una noche que les cuidemos a sus hijos", pero al darse cuenta de que era un afecto desinteresado, simplemente dejaron que el niño hiciera lo que quisiera así no lo tendrían molestando: "¿Cuándo nos vamos para la playa?".
Pero como escribió Tolstoi: cada familia es infeliz en su manera particular, y los vecinos de Cape Cod tenían su cruz con una niñita enferma. Muchos años después pensando que había logrado lo que a la mayoría se le escabulle: una feliz vida familiar, Jack se arriesga a perderla ante el legado de esnobismo de sus padres, un esnobismo que le es cada vez más difícil disimular.
Solo asumiendo que sí, tarde o temprano terminamos convirtiéndonos en nuestros padres, encontrará Jack el camino a la redención.

martes, 16 de noviembre de 2010

El impermeable

El impermeable,o raincoat como le dicen en inglés, es una prenda de vestir indispensable en el guardarropa de ciudades con cuatro estaciones cuando todavía hace algo de frío y la lluvia puede durar días sin cesar. Los niños se van caminando al colegio protegidos por sus impermeables y botas de goma. Los adultos también los usan para llegar a sus trabajos sin perder el glamour, por eso hay estilos que se adecuan al gusto y al bolsillo de cada quién.
Pero díganme ustedes quién usa impermeable en Caracas, solo los motorizados, que realmente lo necesitan, pero sus impermeables nada tienen que ver con la prenda a media pierna asida a la cintura a lo Roger Moore, son chaquetas sencillas, unicolor, con capucha, y si la lluvia es muy fuerte, los motorizados llevan impermeables que le cubren el cuerpo como los que se usan en las atracciones con agua en los parques de Orlando,nada glamoroso en ellos.
Por eso todavía me pregunto, ¿cuál era la fijación de mi mamá por los impermeables? Me veo en una foto como de 9 años, de cuando mis padres nos llevaron a mis hermanos y a mi a conocer el recién inaugurado Disney World, pero la foto no era en Disney sino en el Parrot Jungle en Miami, salgo con un impermeable anaranjado, muy años 70, la sonrisa a medio ganchete no puede esconder la cara de resignación. Recuerdo el momento no precisamente Kodak porque desde que de niña vi en televisión la película Los Pájaros de Alfred Hitchcock, le tengo terror a las aves, y hay que ver cómo ellas me ven a mi, creerían que era una guacamaya más.
Sin embargo no me acuerdo de ese impermeable anaranjado que hasta elegante era, del que sí me acuerdo fue de su sucesor, un impermeable azul repleto de maripositas. A mis 10 años lo guardé en el closet con la confianza de que nunca lo tendría que usar porque ¿quién usa impermeable en Caracas? Pero una mañana tan lluviosa como la de hoy, mamá me sugirió: "¿Por qué no te llevas el impermeable de maripositas al colegio? ¿Si no es hoy, cuándo lo vas a usar tan bonito que es?".
Traté de convencer a mamá que en el colegio me lo iban a quitar, si bien en el Santiago de León a los varones en los años 70 no se les exigía uniforme, con el vestir de las niñas eran más estrictos que en un colegio de monjas: falda gris, blusa y medias blancas, zapatos negros y no recuerdo si el sweater era negro o azul marino; pero cero miriñiacos, esta manada de maripositas no se le permitiría pasar por las puertas del Santiago. Por primera vez le vi la conveniencia al aburrido uniforme escolar.
Mamá insistió, toda regla tenía su excepción, con semejante palo de agua, nada de malo llegar al colegio con un impermeable que me quitaría apenas estuviera bajo techo. La impresión de la entrada es lo que cuenta. Traté de hacerme la loca, pero tenía 10 años y a esa edad mother knows best, así que salí cubierta de maripositas cual arbusto de azaleas, no sin que antes mi madre me asegurara: "Qué linda te ves con tu impermeable de maripositas, menos mal que llegaste a ponértelo".
Y me dejaron entrar al colegio con el mariposero, no me quité el impermeable en la formación de la fila porque todavía estaba lloviznando y porqué negarlo, me comenzaba a sentir a gusto en él. Imagino que alguna de mis amiguitas me habrán dicho ¡qué cuchi! Y así estaba yo, sintiéndome a punto de comenzar una nueva moda, de ser una trendsetter; cuando oí unas risas cada vez menos disimuladas en la fila de al lado, la de las niñas de un grado superior, volteé para ver que les hacía tanta gracia y sus risas sólo se hicieron más fuertes: "Ja, ja, ja ¡las maripositas! ¡Qué ridícula!".
Las muy desgraciadas se estaban burlando sin disimulo de mi y mis maripositas. No recuerdo haberme quitado el impermeable ante las risas de las niñas mayores, quiero creer que me quedé con la dignidad mariposaeda pero seca, ojalá a las muy desgraciadas les haya dado pulmonía. Pero esa misma tarde el impermeable fue guardado en el fondo del closet donde mamá no pudiera hallarlo. Más nunca volví a usar uno, ¿quién usa impermeable en Caracas?
Hoy, que amaneció lluvioso como aquella humillante mañana, Camila entra en el cuarto buscando un paraguas, como todavía estoy medio dormida le sugiero: "¿Por que más bien no usas un impermeable?", y en seguida me doy cuenta que, tarde o temprano, después de tener hijos, nos convertimos en nuestras madres.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Pablus Interruptus


Justo cuando estaba a punto de darle sepultura al viejo IPod, es decir, echarlo por el bajante de la basura, quise darle una última mirada a su mensaje de adiós y me sorprendió que en la pantalla digital en lugar de anunciar Somewhere (There´s a place for us) cantada por Phil Collins, estaba Para Vivir de Pablo Milanes.
"Qué raro" pensé, "¿será que el mismo que lo bautizó "Bájale el Volumen al Bendito Aparato", lo rescató de su modo pausa eterna?".
Pero si mi marido hubiese sido el responsable en revivir a Bendito Aparato no lo habría dejado en una canción de Pablo Milanes, esa era una de las principales razones por la que él y el viejo IPod jamás se llevaron bien, más que una cuestión de celos, mi esposo nunca ha soportado a la Nueva Trova Cubana ni siquiera cuando todavía era Nueva y tantos opositores a la revolución bolivariana coreábamos entusiastas las revoluciones ajenas.
Aunque llegué a dudar si mi maquiavélico esposo hiciera esta jugarreta no para revivir a Bendito Aparato ni para ahorrarnos el dinero de un IPod nuevo (tampoco para insinuar que a nuestro matrimonio le hacía falta "carne y deseo también" -no sería capaz de citar ni una canción ni de Pablo ni de Silvio, ni siquiera sería capaz de diferenciarlos-) sino porque dejándolo estancado en una canción titulada "Para vivir", pudo ser su sutil manera de avisarme que cualquier otro Aparato por venir al que se le ocurra hacer sonar la Nueva Trova Cubana, terminaría fundido.
Estaba por llamarlo indignada: "¡Tras 20 años de casados no me vengas con amenazas, pajarito!" de no  haber sido porque me di cuenta que el padre de mis hijos no tuvo que ver con este misterioso cambio de canción cuando, por no dejar, como quien se asoma al ataúd para cerciorarse por última vez que el difunto no respira, le dí tímidamente al botón de play del Bendito Aparato y en lugar de un silencio sepulcral se oyó la voz de Pablo cantando: "Muchas veces te dije que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien...".
¡Un IPod zombie! ¿O será que revivió por la Gracia de Dios como Lázaro? Lo importante es que estaba de vuelta, llamé a gritos a los muchachos para que presenciaran el milagro, pero heredaron el poco entusiasmo para la Nueva Trova de su padre y en lugar de emocionarse con eso de que La Vida no vale nada, inmediatamente quisieron cambiar la no tan Nueva Trova por un buen rock.
No se los permití, Bendito Aparato estaba convaleciente, no soportaría un cambio, si lo forzaban a una dosis de Imperio podía volver a su modo Pausa Eterna sin posibilidad de regreso. Estábamos ante un milagro y teníamos que aceptarlo con sus condiciones, y si eso significaría oír los próximos días la Nueva Trova Cubana sin pausa, en esta familia seríamos unos ejemplares pioneritos cantando Yo volveré a pisar las calles nuevamente.
Pero tras dos días de Pablus continus -días en los que aprovechando que es fin de semana, mi esposo y mis hijos abandonaron la casa- a pesar de que todavía siento debilidad por las canciones de amor de la trova cubana, no aguanté más y traté de cambiarle la sintonía al paciente como quien desconecta a un enfermo del respirador para ver si logra respirar solo, pero si bien play funciona, es el único botón que parece hacerlo, ni menu ni forward me hicieron caso, y desde hace 12 horas, no funcionan ni pausa ni stop.
 Confieso que en un momento de locura traté de aplicarle la eutanasia a Bendito Aparato antes de que fuera necesario un machete para asesinarlo, temí volverme loca, pero aunque traté de descargarle la batería para que se desprogramara, su potencial de carga tras resucitar parece infinito. Ya no hay breve espacio en casa en el que Bendito Aparato no esté sonando las canciones de Pablo una y otra vez.
Creí haber conseguido un poco de paz desconectándolo a las cornetas Altec, y por unos minutos lo logré, pero cuando por fin me quedo dormida, no había llegado siquiera al sueño REM cuando de repente sonó a todo volumen: "Si me faltarás no voy a morirme, si he de morir, quiero que sea contigo".
Cómo diablos llegó Bendito Aparato a los brazos de las cómplices Altec, que me lleve el diablo si lo sé.
Entonces fue cuando supe que se trataba de un caso de o Bendito Aparato o yo, así que señores de la Casa Socialista de la Cultura de Chapellín, perdónenme la hora pero aquí les traigo esta donación asegurándoles que jamás tendrán un IPod tan comprometido con Revolución alguna... que qué, que ni de vaina...
¡Nooooooooooo!

jueves, 11 de noviembre de 2010

RIP para el Bendito Aparato


Este jueves al mediodía falleció inesperadamente mi primer IPod cuando estaba por sonar la canción Somewhere (There's a place for us) en la versión de Phil Collins, sencillamente, no arrancó. Lo prendí, lo apagué, le quité la pila, lo sacudí, le habría hecho masajes de haber sabido dónde estaba su corazón, todo fue inútil, el viejo Ipod quedó en modo pausa eterna.
Mi Ipod, o "bájale el volumen a ese bendito aparato" como era conocido en el entorno familiar, llegó a casa en enero de hace casi 7 años, tras un intento fallido con otro Ipod comprado en Sambil de Margarita en una tienda en la que lo vendieron sin posibilidad de conexión, quedando demostrado una vez más que nadie vende a bolívar lo que vale fuerte. 
Ante ese primer aborto de Ipod, decidí ser más prudente y comprar el innovador aparatico en una tienda certificada por Apple, como entonces la tienda Mac de Los Robles no existía, encargué por Amazon un hermoso y saludable Ipod blanco, 20GB, capacidad como de 5 mil canciones, mi nombre grabado atrás.
Todavía recuerdo cuando por fin lo tuve entre mis manos, no podía creer que en él cabría mi ecléctica discoteca. Y eso que estamos hablando de la cuarta generación del MP 3 de la Mac, cuando era un aparatico blanco y regordete que no contaba capacidad de almacenamiento de fotos, y ni soñar ver una película por él. 
Nunca fui ambiciosa, con almacenar canciones tenía suficiente, así que con esmero lo fui llenando hasta ir cubriendo su capacidad sin sobrecargarlo. Me siento orgullosa que a lo largo de su existencia, lo cuidé, no lo llevaba de viaje, ni siquiera lo metía en mi cartera ni salía con él, siempre estaba conectado a unas corneticas Altec que le cargaban la batería.
A la hora de seleccionar la música le dejaba al querido Ipod escoger, solía tenerlo en random, me gustaba que me sorprendiera, aunque últimamente estábamos un poco disgustados porque al Bendito Aparato le había dado por tocar la Nueva Trova Cubana y yo ya no puedo ni con Pablo ni con Silvio ni con ningún desangrado son corazón. ¿Sería que el Bendito Aparato en el fondo era criptorevoucionario? Sin embargo, cuando le tocaba a la música Disco sonar, lo hacía sin ningún tipo de resonancia, me consta que le encantaba Donna Summers y no le tenía asco a los Bee Gees.
Hoy, mirando su historia en retrospectiva, temo que quizás pueda tener yo algo que ver con su muerte, tiemblo ante la posibilidad que se auntofundió, hace unas semanas tuvo una sobredosis de Marc Anthony, culpa de un quemaíto que me regalaron del cantante de salsa-pop neoyorkino, como 40 canciones del marido de Jennifer López de un sólo sopetón. Demasiado para mí, no me quiero imaginar para el Bendito Aparato, a quien tanto le gustaba sonar Héctor Lavoe.
Pero el viejo IPod no murió con Marc Anthony, su muerte sobrevino cuando estaba por sonar Somewhere, la canción que le canta María al moribundo Tony en el musical de Leonard Bernstein West Side Story, quizás fue su manera de decir adiós.  Imagino que al Bendito Aparato le habría gustado despedirse con la versión del soundtrack original, pero debió sobrevenir tan rápida su muerte, que no la encontró, y se tuvo que conformar con la versión del cantante Pop.
Por eso, antes de que en mis cornetas Altec se cumpla la máxima "A rey muerto rey puesto", despido al Bendito Aparato con Somewhere cantado por Las Supremes, un trío que nos gustaba a los dos.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Némesis de Roth


Tras la tragedia viene la culpa, alguien tiene que ser responsable de tanta desgracia, y la desesperación es grande en un pequeño barrio judío de Newark, New Jersey, en el año 1944: al igual que la maldición bíblica que afectó a los primogénitos de las familias egipcias, las víctimas en la comunidad hebrea de Weequahic son niños que ese caluroso verano sucumben a una epidemia de polio que a quienes no mata, los deja incapacitados.
Éste es el tema de Nemesis-(2010), la más reciente novela de Philip Roth, escritor que a medida que van pasando los años pareciera que se va tornando más lúgubre. 
Al igual que en su novela El Complot contra América que se basa en un no histórico triunfo de Charles Lindberg en la presidencia de los Estados Unidos, Nemesis se basa en una inventada epidemia de polio en New Jersey, que aunque el polio hizo estragos hasta que Jonas Salk sacó la vacuna en 1955, el diezmamiento de niños en una pequeña comunidad en Newark es obra de la imaginación de Roth.
¿Quién tiene la culpa de tan inmerecidas muertes? ¿Cómo comprender que niños saludables, bien cuidados, queridos, puedan sucumbir tan rápido a una enfermedad? La comunidad busca chivos expiatorios por todos lados, pero Roth no suele escribir sobre comunidades sino sobre hombres, en este caso Bucky Cantor, un profesor de Educación Física de 23 años quien por su mala visión queda exonerado de ir a la guerra. Bucky se siente culpable de no estar luchando contra los alemanes en Normandía junto con sus dos mejores amigos, pero trata de compensarlo encargándose del parque comunal donde entrena a los niños a llegar a su máximo potencial atlético.
La vida nunca fue fácil para Bucky, cuando empezaba a sentirse satisfecho con la mano de cartas que le había tocado jugar (un trabajo que lo motivaba, una novia que lo amaba), el polio ataca a su parque y el joven entrenador toma una decisión que habría de influir el resto de su vida.
27 años después sólo queda la culpa, pero la culpa de quién, ¿la culpa de un Dios que permite semejante horror? ¿o la culpa de las flechas invisibles portadoras inconscientes del ángel de la muerte?
A la mitad de este Némesis se revela un inesperado narrador que sólo toma protagonismo al final de la novela, y gracias a este narrador el pesimismo de Roth permite que entre un rayo de luz a la historia.
Si, a veces pasan cosas malas, tan malas como inexplicables, pero está en la capacidad del ser humano en superarlas, en sobrevivirlas, lo que nos permite creer que la vida pueda tener algún sentido.

viernes, 29 de octubre de 2010

La gran ola


Se los juro, de haber sabido que las cosas iban a ser así, no habría regresado a pasar las vacaciones en Margarita. Después de la fiebre de surf decembrina que le entró al fanático de mi marido que nos costó las prestaciones del año pasado en tabla, lycras y otros accesorios surfistas, además de arderse la cara, rasparse las piernas y tragar más agua salada que el pequeño Ozzie jugando en la orilla del mar, mi surfista cuarentón decidió que ya estaba viejo para la gracia y le vendió a su sobrino a dólar a 4.30 lo que a él le costó un dineral.
Por eso regresamos en agosto a nuestra tranquila cotidianeidad vacacional, aunque el calor y la humedad que se sentían en el ambiente de la isla presagiaban que una tormenta estaba por desatarse. La tarde anterior una extraña bruma cubría el cielo, la señora que vende empanadas y el señor que vende los pareos nos previnieron que tuviéramos mucho cuidado con los niños porque el mar estaba más bravo que de costumbre: “Dicen que viene una ola gigante”.
No les hicimos mucho caso, supersticiones, pensamos, además, no teníamos de qué preocuparnos, de nuestra familia nadie estaba dentro del mar: las niñas, cansadas de ser arrastradas por la corriente, se habían ido a bañar a la piscina del condominio con unas amigas, el Pequeño Ozzie y su papá estaban concentrados haciendo un hueco en la arena que los conduciría a Turner Field Stadium, y yo estaba enfrascada en la lectura de la novela El Complot de Israel Centeno.
Al cabo de unas horas, cuando ya el hueco llegaba casi hasta Cabo Cañaveral y en la novela se desarrollaba una bacanal de padre y señor mío en un pequeño pueblo de la costa oriental, el calor era tan grande que me provocó un coco frío y cual pareja de recién casados, tomados de la mano de nuestro pequeño hijo, mi marido y yo salimos dispuestos a recorrer media playa con tal de satisfacer mi antojo.
Llegamos al Quiosco de Manuel quien no sólo vende cocos, también prepara delicias del mar en su pequeño restaurante a orillas de la playa, por eso después de abrirle un hueco al coco se fue atender al resto de su clientela.
A pesar de que el coco tenía bastante agua, me la tomé en cuestión de segundos y mientras el fanático de mi marido se terminaba una cerveza bien fría y el Pequeño Ozzie espantaba las abejitas que se querían tomar su colita, yo trataba de pescar la carne del coco con un pitillo.
“Permíteme”- me quitó el coco de la manos el galán de mi marido mientras tomaba un machete para partirlo en dos, pero el machete se quedó atravesado en la dura fruta y a pesar de sus valientes esfuerzos, nada que se abría.
“Permítame”- lo empujó una dulce muchacha margariteña arrebatándole el arma de las manos y de un certero machetazo partió el coco en dos.
El regreso no fue tan idílico: con el pequeño Ozzie llorando para que lo cargaran, el fanático de mi marido refunfuñando por su orgullo herido y los ataques de risa que yo no lograba controlar. Menos mal que en el camino nos encontramos con nuestro amigo Alberto y sus cuñados, quienes entusiasmados organizaban un grupo para ir a una pista de karting en Porlamar. Mi marido se anotó en esta aventura automovilística con la esperanza de levantar ante su cínica mujer su imagen golpeada por el incidente del coco y la desazón de su breve pasantía por el surf. Yo preferí quedarme en casa con los niños:
“Mejor así”- se despidió el muy machista- “La velocidad no es cosa de mujeres”.
Y partió en la oscuridad de la noche en una caravana masculina. Sospechosa de que su verdadero destino no fuera el anunciado, llamé a Mary, la esposa de Alberto, quien me tranquilizó: su hija Isabela iba con ellos.
Esa noche el fanático de mi marido llegó tarde pero me despertó emocionado: “Quedé primero en mi categoría”.
Menos mal, pensé, así podremos pasar el resto de las vacaciones en paz. Al día siguiente costó llevarlo para la playa: “¿Por qué no descansamos hoy del sol?”, sólo la insistencia de las niñitas que no querían perder otro día más de mar, logró que papá se decidiera a armar la cava y bajar a la playa.
 Alberto y su combo habían acampado cerca de la taguara de Manuel. Mi marido trató de evitarlos pero ellos al verlo lo llamaron: “¡Niki Lauda, ven para acá!”. Había suficiente espacio para poner nuestro paraguas, acomodar la cava y las sillas, y como el día estaba nublado, el techito de Manuel nos brindaría protección en caso de lluvia.
Confieso que me extrañó que el grupo de amigos se resistiera a hablar de la noche anterior, solo confirmaron que mi marido era el primero de su categoría. Cuando pesadas gotas comenzaron a caer con una violencia inusual, aparecieron los sobrinos adolescentes de Alberto quienes ante la amenaza de rayos, dejaron de surfear.
Todos corrimos como pudimos a guarecernos donde Manuel. Titiritando de frío, envueltos en paños mojados, no se me ocurrió mejor idea que insistir sobre la noche anterior. Los muchachos, con desparpajo y arrogancia comenzaron a burlarse de los “camastrones” que no eran otros que sus padres, sus tíos y mi pobre marido.
Traté de defenderlo lo mejor que pude:
 "¿De qué se burlan? Si él fue el primero en su categoría".
 “¿¿¿Primero en su categoría??? ¡¡¡Ja, ja,ja!!!”
La risa de los muchachos era tan fuerte que logró opacar los truenos. Isabela, con la seriedad de sus doce años, fue la única que se dignó a explicarme:
“Llegó octavo entre los doce corredores. Primero entre los viejucos”.
 “¡¡¡Primero entre los viejucos!!! ¡¡¡Ja, ja, ja!!!”
 Y se habrían seguido burlando de no ser porque el viento empezó a soplar de manera inusual mientras a lo lejos, en el horizonte, vimos como se formaba la gran ola que estaban esperando los margariteños. Más de treinta metros de fuerza y de espuma a punto de estallar y el fanático de mi marido, como una fiera herida, impulsivamente tomó la tabla de surf de uno de los muchachos y corrió a enfrentársele.
Traté de detenerlo, de verdad que traté, pero fue inútil, corrió hasta sumergirse en el mar al encuentro de su destino, y los zagaletones, que hacía tan solo unos segundos se estaban burlando despiadadamente de él, lo miraban con admiración mientras cabalgaba la gigantesca ola gritando: “¡Adriana, lo logreeé!”.

Artículo publicado hace como 8 años en la sección Juego de Palabras de El Nacional

miércoles, 27 de octubre de 2010

"Nobel winner!"


De visita en París a principios de octubre de 2010 estaba pendiente de a quién le darían este año el premio Nobel de Literatura, como suele suceder, en la prensa se leía una lista de candidatos donde rara vez se atina el nombre del ganador. Los favoritos de estos últimos años han sido Phillip Roth, Amos Oz, António Lobo Antunes... hasta hace unos años el peruano Mario Vargas Llosa formaba parte de esta lista, pero los admiradores de su obra habíamos perdido las esperanzas de verlo recibir algún día semejante reconocimiento literario porque don Mario suele ser controversial en sus opiniones políticas, lo que castiga la Academia Sueca como le constó al genial Jorge Luis Borges, quien jamás llegó a recibir la ansiada llamada de Estocolmo. 
Casi nulas mis expectativas del Nobel para Vargas Llosa, apostaba por Amos Oz, autor israelita al que he estado leyendo recientemente y que además de un Nobel de Literatura, merece el de la Paz por buscar vías pacíficas para los conflictos del Medio Oriente. El nombre del ganador del Nobel de Literatura sería anunciado después del mediodía, hora de París, me fui a almorzar con la curiosidad de si este año le tocaría a un reconocido escritor o si a un dark horse, pero después de una Blanquette de Veau en un restaurante en Saint Germain de Pres, olvidé la lotería literaria que es cualquier galardón y de lo único que estaba pendiente esa tarde otoñal era de digerir el almuerzo. 
Tras visitar el imponente museo del Mundo Árabe, caminé por los Quais hasta la mítica librería Shakespeare & Company en la Rue Bucherie, frente a la catedral de Notre Dame, predecesora de la librería del mismo nombre en Odeón, famosa por publicar en 1922 el Ulises de James Joyce -otro autor ignorado por la Academia Sueca- y por ser el centro de reunión de escritores pobres pero felices de los que hablaba el Nobel Ernest Hemingway en París era una fiesta. 


Olvidado por completo lo del premio Nobel curucuteé los libros de ocasión a la puerta de la sabrosa librería, tanto lo había olvidado, que cuando entré en el diminuto local, al ver en el tablón principal a Bad Girl de Vargas Llosa con un papelito sobresaliendo entre sus páginas que decía: "Nobel winner!", le pasé de largo porque esa novela de Vargas Llosa dista de ser de mis favoritas, y porque en ese momento que el escritor peruano fuera Nobel de Literatura, no sé, me parecía tácito. Tardé unos segundos en caer en cuenta que la narrativa latinoamericana tenía 20 años sin recibir un premio Nobel, que Mario Vargas Llosa era nuestro nuevo Nobel, y que jamás un reconocimiento me pareció tan merecido.
Llámenme cursi y pendeja, pero al instante se me llenaron los ojos de lágrimas de felicidad como si me acabara de enterar que el galardonado había sido mi papá, y en parte así lo era, porque la influencia literaria del novelista peruano es innegable en los escritores latinoamericanos que le preceden. Cuando recuperé la compostura, a la muchacha que estaba en la caja le pregunté en inglés con voz entrecortada lo obvio, si acaso por fin le habían dado a Vargas Llosa el Nobel. Me lo confirmó sonriente, no porque fuera su admiradora, sino por mi notable alegría. Supe que la joven librera no sabía mucho de quien se trataba el nuevo Nobel al preguntarme: "Is he good?".  
A pesar de que las palabras apenas me salían, me preparé para darle a la muchacha una clase magistral, para afirmarle que mejor que good, era grande, grandioso, para hablarle de Conversación en la Catedral, de La Guerra del Fin del Mundo, de La Fiesta del Chivo, de Lituma en los Andes, de La Ciudad y los Perros, de La Tía Julia y el escribidor; para asegurarle que "Bad Girl", aunque de sabrosa lectura, distaba de ser lo mejor de su obra, pero la chica no esperó mi respuesta, se volteó a atender a un cliente que preguntaba por una novela de Paul Auster.
Así que como no vi en la librería ningún hermano latinoamericano con quien compartir tanta alegría, me fui caminando sola por la orilla del Sena, feliz de estar en París cuando a Varguitas finalmente le daban como escritor el reconocimiento internacional que hace años merecía, de ver uno de sus libros al lado de un bustico de Shakespeare con un post it anunciando que, después de 20 años, Latinoamérica por fin tenía un nuevo "Nobel winner!"

lunes, 25 de octubre de 2010

Brazos de piedra


En julio tuve la oportunidad de recorrer tres ciudades en la costa este de los Estados Unidos, actuando de socióloga improvisada me llamó la atención cómo la mendicidad en puntos tan cercanos puede tener características tan distintas. Por ejemplo Portland, en el estado Maine, es una ciudad costera que en verano se llena de turistas comiendo sándwiches de langosta y visitando los faros inmortalizados por el artista Edward Hopper. Me llamó la atención de esta hermosa ciudad que está llena de hippies viejos, como sobrevivientes de la calle Ashbury Height en el San Francisco de los años 60, hombres y mujeres de melenas blancas que se le acercan confianzudos a los turistas preguntándoles si tendrán un dólar de más, y si no, “no hay rollo, man”.
A menos de dos horas en carro de Portland está Boston, capital del estado Massachusetts, cuya población sobrepasa 600 mil habitantes, 10 veces más que Portland que no llega a 70 mil. Paseando por la histórica zona de Copley Square  en cada cuadra hay por lo menos dos mendigos extendiendo un vaso de plástico  esperando un dólar de algún turista, de un indiferente ejecutivo, de un estudiante en curso de verano. Su actitud difiere del hippie viejo de Portland, los que extienden un vaso en Boston lo hacen con mirada desafiante como exigiendo a quienes la vida ha tratado mejor: “No sean miserables”.
En una ciudad de más de 8 millones de habitantes como lo es Nueva York el martilleo está en cada esquina, desde quienes lo han perdido todo por la actual crisis económica, hasta los indigentes que viven en las calles tras enfermedades psíquicas o alguna adicción; hombres y mujeres de todas las edades y colores, hay quienes parecen salidos de las clases de actuación de la Academia Lee Strasberg emulando a Arturo de Córdova en “Que Dios se lo pague”, otros se les siente la necesidad real del hambre y la miseria.
Lo que no ví ni en Portland, ni en Boston, ni en Nueva York, fueron niños mendigos, de regreso en Caracas veo con tristeza tantos chamos deambulando por los semáforos, van de carro en carro tocando vidrios con sus manitos sucias. Muy pocos les abren la ventana, a los caraqueños el miedo a ser robados nos mata la ternura, a cada rato se lee en la prensa sobre niños de 12 años que forman parte de bandas delictivas.
La mendicidad infantil en Venezuela no es nueva, cómo olvidar que hace más de 11 años, cuando el presidente Chávez llegó al poder, juró renunciar a su cargo si en dos años quedaba aunque fuera un niño en la calle. Y en la calle siguen desprotegidos tantos niños.  El Presidente en una de sus recientes alocuciones se atrevió a jactarse de lo contrario, pero qué va a saber quien ya no sale sino con varios anillos de seguridad y sólo oye lo que quiere que le digan.
Venzo el miedo, abro el vidrio y le doy unas monedas al muchachito con ojos de venado que hacía malabarismo con dos limones en medio del tráfico. Da las gracias con una sonrisa seria, cuenta las monedas antes de guardarlas en su bolsillo. Quién sabe qué hará con ellas, si acaso serán para comer, para ayudar a su familia, si se las quitará un chulo, o si las usará para comprar drogas. 
Qué triste vivir en una ciudad donde la mendicidad tiene cara de Panchito Mandefúa. Bien lo dijo el doctor Luis Razetti en 1920: “Caracas no ha sabido extender sus brazos de piedra para proteger a sus niños…”.  Lástima que 90 años después, sus palabras sigan vigentes.

Artículo publicado en El Nacional el sábado 2 de octubre de 2010, toma prestado de la pasada intensidad: "May god pay you back"

sábado, 25 de septiembre de 2010

Mi querido Mijael


No creo revelar ningún secreto de "Mi querido Mijael" al decir que el escritor israelita Amos Oz en 1968, a los 28 años, exorcisó los demonios de su niñez contando en su primera novela la historia de su madre. Por eso aunque la novela está narrada en primera persona en la voz de la taciturna Jana, de vez en cuando Yair, el niño serio que a todo le busca una respuesta, parece ser el narrador.
Pero Mi querido Mijael más que narrar la historia de una madre y de su hijo narra la historia de un matrimonio, de los caminos que nos planteamos en la vida y los que finalmente tomamos. ¿Qué habría sido de la soñadora Jana si otro hombre la hubiese agarrado del brazo para evitarle una caída en las escaleras de la Universidad Hebrea? Su padre le había prevenido que tuviera cuidado con los hombres malos, aquellos que les destrozan la vida a las mujeres, pero no le previno contra los aburridos, los que logran que los días no se diferencien entre si.
 ¿Y qué decir del geólogo Mijael? Un hombre bueno, que se sentía afortunado de haber estado en el momento del tropezón para evitar la caída de la hermosa estudiante de Literatura Hebrea, pero que se equivocó al pensar que Jana era como los gatos, que sólo se hacen amigos de aquellos que podían querer. Quizás Jana era una gata, capaz de aceptar el amor, y sólo a veces, retribuirlo.
"Mi querido Mijael", a pesar de llevar en el título un nombre masculino, es la historia de una mujer melancólica en una ciudad melancólica que un día decide abrir la ventana que la conducirá al único escape que encontró, sin imaginar que años después su inquisitivo niño se enfrentaría a una máquina de escribir para entender porqué.

lunes, 20 de septiembre de 2010

El mediador


La crónica El Rey -guardando las distancias- la escribí bajo la influencia de Orham Pamuk, de no haber estado leyendo Nieve cuando escogí tema para la columna quincenal en El Nacional, quizás habría pasado de largo el encuentro con el turista marroquí en Nueva York y el abismo que sentí entre su manera de pensar y la mía. Nieve, como toda buena novela, da para múltiples lecturas: leyéndola en una agitada capital al otro lado del planeta, vi reflejadas las turbulencias políticas de mi ciudad tropical en el pequeño pueblo Kars, cubierto de blanco, incomunicado, a punto de estallar por enfrentamientos filosóficos, políticos y religiosos entre sus habitantes. 
En la última página de la novela, cuando el narrador se despide de Kars, un joven le pide que no escriba sobre su pueblo: "nadie puede entendernos desde lejos", pero Pamuk escribe Nieve y a los occidentales se les abre una rendija para comprender que los cánones europeos distan de ser universales.  
Nieve cuenta la historia de Ka, un poeta de paso en un miserable pueblo al borde de una guerra civil entre quienes se aferran a su religión y tradiciones ancestrales, quienes sueñan con adoptar el modelo europeo impuesto por los militares, y los comunistas ateos del culto a Europa y del culto a Dios. 
Ka, tras años de exilio en Alemania, regresa a Turquía a investigar para una revista alemana sobre una epidemia de suicidios de jóvenes veladas en un pueblo aislado de las montañas. Es un tema incómodo tanto para el bando eurocentrista como para el religioso: por un lado el islamismo condena el suicidio como una afrenta a Dios, por otro lado la muchachas prefirieron morir antes que verse obligadas a dejar de llevar velo como lo exige el gobierno militar. 
Esta epidemia de suicidios es la papa caliente que lleva a Ka a meterse donde nadie lo ha llamado, siendo el protagonista de Pamuk la esencia del forastero no sólo en Kars: se sabe extranjero en la Alemania donde vive, y se siente extranjero en su nativa Turquía con la cual ya poco lo identifica. En su condición de forastero, con la necesaria distancia, Ka cree entender las razones individuales de estas tres fuerzas en conflicto que tienen en común el afán de aniquilar el pensamiento contrario y la insistencia de echarle tierrita al tema de las muchachas suicidas. 
Por esta dividida empatía, el poeta trata de ser mediador, pero a los mediadores nadie los quiere, nadie les cree, todos los bandos piensan que tienen una agenda escondida, así que en lugar de mediador,  ya que ninguno está dispuesto a ceder un ápice en su posición, Ka es usado como mensajero, sin influencia real en el conflicto. 
La historia de amor de Nieve no es su punto fuerte, lo es la confrontación política y religiosa. En el gran capítulo de la novela ni siquiera sale Ka, en él se narra el encuentro clandestino entre tendencias  irreconciliables para mandar un mensaje unido a Occidente en contra del Gobierno Militar que busca una Turquía imitando el modelo europeo. El capítulo titulado: "No somos estúpidos tan solo somos pobres" resume la indignación milenaria contra el desprecio a diferentes culturas que la occidental, la dignidad de exigir respeto a otras maneras de ver la vida. 
La tragedia en ese microuniverso que es Kars, como lo es en cualquier lugar donde hay bandos irreconciliables y uno de estos bandos ejerce su hegemonía, es que vivir sometidos a una parcialidad, bien sea política, religiosa, militar o monarquía; en la que se intenta aplastar cualquier posición contraria, es una sociedad en la que el concepto Libertad desaparece por completo del diccionario.