viernes, 23 de junio de 2017

Entre la brutalidad y la civilización



Ayer me fui a hacer el índice hormonal propio de las chicas de mi edad en el Centro Médico de San Bernardino, además del índice de glicemia porque en la última hematología de rutina me encontraron la glucosa un poco alta. No había reactivos para dos de las pruebas. Esta mañana fui al laboratorio de la Clínica Floresta, no hay insulina para el examen de glicemia: "desde hace tiempo", me dijo resignada la enfermera. 
Por lo menos me pudieron hacer el perfil hormonal. 
Regresando en el carro sintonicé el programa de César Miguel Rondón, Laureano Márquez era el invitado de la mañana. Con la sensibilidad a flor de piel entre la frustración que ni los exámenes médicos más triviales (hasta los más urgentes) son posibles en esta Venezuela, ante la terrible noticia del día anterior que otro muchacho caía ajusticiado por la represión militar (ya van más de setenta víctimas estos últimos ochenta días de protestas), además de la angustia de levantarme a las cuatro de la mañana para ir al baño, y enterarme por diversos chats que funcionarios del Sebin anoche se llevaron a mi primo Roberto Picón junto con Aristides Moreno, tras un allanamiento sin orden judicial, esposados como delincuentes comunes, por lo visto culpables de ser asesores técnicos de la MUD en materia electoral en un régimen que busca extinguir los últimos restos de Democracia. 
Oigo a Laureano y agradezco que hasta en los tiempos más oscuros haya quienes intentan subir el ánimo a las tropas. Es importante que no caigamos ni en el desespero ni en la desesperanza. El humorista-politólogo insistía que históricamente "Venezuela se ha confrontado entre la brutalidad y la civilización". La civilización no ha muerto en nuestro país, solo que la brutalidad que hoy impera no la deja surgir: "ha sido relegada, ha sido pisoteada".
Qué más pruebas de civilización en la historia moderna de Venezuela, recuerda Laureano, que grandes obras como la Represa del Guri, construir el teleférico de Mérida en tres años, y el puente sobre el Lago de Maracaibo fabricado con tecnología venezolana. Grandes venezolanos de sobra, sabios, músicos, artistas, poetas... el sistema nacional de orquestas, el Teatro Teresa Carreño, los grandes eventos que hemos disfrutado en sus salas. Tuvo la gentileza de mencionar a la Ciudad Universitaria como una de las maravillas capaces de hacerse en Venezuela. Recordaba con su humor característico que cuando Calder por fin conoció el Aula Magna, dijo: "Villanueva is the devil itself!".  
Cómo no evocar cuando mi abuela me decía que Carlos al diseñar la Ciudad Universitaria, la soñó sobre todo para los venezolanos del futuro, que no le cabía duda seríamos mejores que los venezolanos del entonces presente. Que la modernidad estaba por arroparnos. Apostando que algún día construcciones similares a la Ciudad Universitaria, donde el arte, la arquitectura y la naturaleza se fusionaran en esta privilegiada ciudad, en este privilegiado país, sería la norma en Venezuela.
Y así de repente me volví otra vez la señora que llora manejando, pensando en el foso en el que hoy estamos en la República Bolivariana de Venezuela, tratando de precisar cuáles han sido las grandes obras desde que caímos en manos revolucionarias más allá del odio en el que nos ha sumido, reafirmándome que no me quiero ir de Venezuela, no quiero que mis hijos se quieran ir, que no encuentren futuro en su país que también es el país donde nacieron sus abuelos. Pensando en Roberto en estos momentos "privado de libertad" -como dicen hoy en la neolengua revolucionaria- , cuando en otra Venezuela un Ingeniero con la privilegiada mente matemática de Roberto, tan inteligente y comprometido con esa civilización a la que se refiere Laureano, que sin ser político, un buen gobierno encontraría alguna manera de usar su potencial humano para contribuir a construir una Venezuela moderna como por la que apostaba mi abuelo. A Aristídes no lo conozco pero si estaba con Roberto también debe ser un demócrata cabal. Lloré por tantos muchachos muertos, por tantas familias destrozadas, por el hambre, por la miseria, por la crisis de salud, por la represión, por los presos políticos, por los familiares y amigos que se han ido que no sé si algún día volverán, ya algunos comienzan a morir y a ser enterrados en otros países. Pensando si se termina de imponer la brutalidad, como pretende imponerse una Constituyente a la medida de la Dictadura, emigrar de Venezuela será cuestión de supervivencia. 
Lloré como de Altamira a La Castellana por este país en ruinas que hoy es Venezuela, después me sequé las lágrimas porque tampoco hay tiempo para descorazonarse, para darnos por vencidos. Hay que evitar intensidades, por lo menos las que depriman y nos hundan en la inactividad. Debemos insistir en recuperar esa civilización que hoy parece secuestrada, así dejemos el alma en ello, en rescatar la esencia ciudadana, no doblegarnos ante los bárbaros que nos quieren sometidos que hoy llevan las riendas de Venezuela, a quienes poco parece importarle dejarla en ruinas con tal de permanecer impunemente en el poder.
Pero estoy segura como dice Laureano, que somos más los demócratas que soñamos en salir de esta pesadilla militar, y que más temprano que tarde, la civilización volverá a triunfar.

jueves, 15 de junio de 2017

De qué hablo cuando hablo de correr (en Caracas)


Cuando Haruki Murakami publicó "De qué hablo cuando hablo de correr", pensaría que estas memorias sobre su experiencia como corredor cincuentón podrían hablarle a cualquier ciudadano del mundo aficionado a trotar, además de como ejercicio, como meta personal. Un libro que hasta hace unos meses cualquier venezolano trotador podía leer y sentir suya la experiencia del arduo trabajo que implica entrenarse para un maratón, sobre todo para quienes pasados los cincuenta años el cuerpo no les responde como quisieran, y que no importa los años dedicados a mantenerse en forma, apenas dejan de entrenar por cualquier razón, los kilos se acumulan y el desgaste físico se hace sentir. 
En Venezuela a pesar de la intensa crisis por la que atravesamos, todavía contamos con enjambres de corredores aficionados como fue obvio en marzo de 2017 poco antes de que empezara la más reciente ola de represión del gobierno de Nicolás Maduro, cuando al llamado de la CAF para su maratón anual, se unieron miles de corredores de todas las edades para atravesar Caracas, cada quien aspirando su meta particular. Como en todo maratón no se puede pretender que un corredor de cincuenta años haga el mismo tiempo que uno de veinte, por eso para medir cada logro se dividen los participantes en categorías por sexo y edad. 
 Es más factible que quien esto escribe alguna vez visite Marte antes de correr un maratón, pero difícil no sentir envidia de quienes esa mañana de domingo atravesaron Caracas de punta a punta por el simple motivo de alcanzar una meta deportiva ya que apenas días después, hasta el día de hoy (75 días en este teje maneje), cuando uno habla de correr y atravesar Caracas, ni al deportista más obsesionado se le viene a la mente la palabra "Maratón", sino la palabra "Represión".


Hasta ayer no me había tocado correr, si varias veces caminar rápido para huir de las bombas lacrimógenas de la GNB y de la PNB buscando dispersar las marchas, pero no correr. Y se supone que la manifestación de ayer sería un plantón. Quizás no había corrido antes porque a las concentraciones recientes a las que había asistido, fui con mi marido en moto. Lo que pasa es que la nueva etapa del Plan Zamora desde hace un par de semanas para acá ya no es aguardar las marchas pacíficas con tanquetas frente al anuncio de Nívea en Bello Monte, aparente línea limítrofe militar entre el este y el oeste; el paso del helicóptero ya no advierte a los marchistas más timoratos que la represión está por comenzar. Ahora la represión comienza desde los mismos puntos de concentración de quienes marchamos por retomar el hilo constitucional. Hoy las fuerzas represoras que impiden el derecho democrático a manifestar emboscan salvajemente al "enemigo interno" en motos como si se tratara de rodeos de vaqueros que disfrutan enlazando al ganado. 
Tampoco fue que corrí mucho, poco más de dos cuadras largas en la avenida Luis Roche en Altamira. Corriendo apresurada pero fijándome bien en no tropezar con la raíz de un árbol, la cadena de un estacionamiento, o una alcantarilla sin tapa, que yo no cuento dos para caerme. La mayoría de quienes corríamos escapando esta nueva emboscada militar éramos mujeres, hasta Liliana y Lilibeth Rodríguez Morillo estaban corriendo vestidas de bandera tricolor: vinieron de Miami a solidarizarse con quienes ya tenemos 75 días en esto.  Yo estaba con una amiga y su mamá. En la carrera mi amiga jalaba a su mamá y su mamá me jalaba a mi. Qué pena. 
En la noche trataba de entender porqué si la distancia que corrimos para no asfixiarnos con los gases y evitar ser atrapadas tampoco fue muy larga, sentía que no me llegaba el aliento a los pulmones, que si no me agarraba la GNB como han agarrado a tantas venezolanas contemporáneas para robarlas cual vil rateros, me quedaría en el sitio muerta de un infarto.  
Hace dos días el titular de un medio digital decía algo así como: "Anciano de 51 años en estado crítico tras sufrir atropello". Tres años menor que yo. Ese fue tema de conversación tanto en el chat de mis amigas como en el chat de los amigos de mi esposo. "¿Anciano de 51 años?", ¡si nosotros todavía somos unos chamos! O por lo menos así nos sentimos, pero corriendo Altamira para arriba buscando que no me atraparan cual juego de policías y ladrones -que desde hace tiempo los niños venezolanos versionaron "guardias y estudiantes"- me sentí una anciana, me cayó la edad mientras jadeante una vez a salvo en el carro pensaba: "Ya yo no estoy para estos trotes".

En la noche, más tranquila, reflexionando dos vodkas después, me di cuenta qué anciana ni que caraj, si bien pasados los cincuenta -como Murakami insiste en recordar- ya no estamos en la condición física de los chamos de 20, tampoco somos unas viejas: miles de mujeres venezolanas de mi edad y hasta mayores no se cansan ante la escalada del trote en el que nos tienen las fuerzas represivas desde hace 75 días, más bien esa saña alimenta la indignación de no rendirse a vivir en Dictadura ( yo tampoco me rindo, ya veré cómo haré). Lo que pasa es que desde niña nunca pude correr, me faltó ese gen, bailar hasta el amanecer si, pero correr, nunca. En las clases de deportes cuando la profesora Tibisay mandaba a dar varias vueltas al gimnasio trotando como calentamiento, me tenía que esconder porque me faltaba el aliento a la segunda vuelta... jugando paz y guerra siempre era la primera que agarraban... jugando a la Ere paralizada más era el tiempo que pasaba paralizada, y si me tocaba ser la Ere, no agarraba a nadie... Cuando trotar como ejercicio se puso de moda, nunca entendí por qué. 
Por eso sé que si me falta el aliento a la hora de dar una carrera, no es la edad, no es que esté fuera de entrenamiento, es que yo no sé correr, eso no quiere decir que me rinda ante los bárbaros que buscan atornillar esta Dictadura, y ahí me volverán a ver. 






martes, 23 de mayo de 2017

Postales de San Telmo




El viaje a Buenos Aires lo planeamos cuando el tiempo en Madurolandia parecía congelado, días antes de que el rocanrol que hoy vivimos en Venezuela entre protestas y represión comenzara. Pensamos en posponerlo, además de por compromiso con el país, porque da miedo dejar a la familia en medio de tanta turbulencia, pero conscientes de que este momento histórico quizás vaya para largo, mi esposo y yo optamos por tocar taima y salir en el primer viaje que hacemos solos en 27 años de casados. 

(Así estaremos de mal en Venezuela que hasta para viajar una semana sentimos que hay que dar una explicación).

Corrimos con suerte, no tocó tráfico para llegar al aeropuerto, ese sábado la GNB no trancó la autopista, y solo nos tocó presenciar una triste despedida de las decenas de tristes despedidas que en Maiquetía se ven a diario: papá, mamá, despedían a una hija consentida, lo suficientemente grande para irse a vivir sola a un país lejano, lo suficientemente muchachita para llevar un conejo de peluche abrazado. En el último amapuche familiar donde se mezclaban las lágrimas, reconocí al papá como un evitador de intensidades, cuando entre jipitos le dijo a su muchacha: "¿A quién le voy a martillar cigarros?". Minutos después en la cola de revisión de pasaportes, las lágrimas de la chica todavía humedecían sus ojos, pero en el rostro no podía disimular una sonrisa, como diciendo: "Salgo de esta pesadilla, ahora es que empieza mi vida". 

(Quién quita que un raído conejo de largas orejas blancas quedara olvidado en una incómoda silla de Maiquetía).

En el frío piso yacían decenas de pasajeros de Conviasa varados en el aeropuerto Simón Bolívar. Ese sábado 13 de mayo, ya tenían seis días de campamento más de 85 pasajeros en espera de un avión que los llevara bien lejos a España o Argentina, "sin contar los que prefirieron aceptar la oferta del hotel o regresar a Caracas mientras se encuentra una solución ante el problema de la falta de aviones de la compañía aérea nacional". Los que optaron por quedarse a pesar de no tener ni cama donde dormir, no se querían ir porque temían que al abandonar el terminal perderían el reclamo a viajar.  Viajé a Buenos Aires, regresé, y los pasajeros de Conviasa siguen en Maiquetía como en aquel cuento de Mario Benedetti de unos pasajeros varados eternamente en un aeropuerto cuando en realidad están en el limbo. 

(Menos mal que no reservamos en Conviasa). 

Bastó que una amiga, cuando le dije que me iba una semana a Buenos Aires, me cantara eso de "mándame una postal de San Telmo" para que durante todo el viaje se me pegara la bendita canción de Joaquín Sabina. La primera visita aprovechando que era domingo fue precisamente al famoso mercado de anticuarios y artesanos, donde el primer stand en el que me detuve era de una señora que junto con recuerdos de Eva Perón, ofrecía recuerdos con la imagen de uno de mis escritores preferidos: Julio Cortazar. Le compré un bolso con la foto del autor de Bestiario. Trató sin éxito de venderme un souvenir con la imagen de Evita. Terminamos hablando de Tomás Eloy Martínez, cuenta que fue su amiga, compañeros en un taller: "Era un gran seductor". Hasta se sonrojó. Le dije que no tuve la oportunidad de conocer a Martínez, pero en Venezuela se le apreciaba mucho como maestro de periodistas gracias a su paso como Jefe de redacción del Diario de Caracas.  

("¿Y, es cierto que están tan mal en Venezuela?", pregunta que se repitió y repitió a lo largo de nuestra estadía). 

En el ranking de souvenirs en Buenos Aires domina la imagen de Mafalda y sus amigos, que me perdone Mafalda pero está hasta en la sopa. De cerca le sigue Evita. No muy lejos el Che Guevara. Me sorprendió la presencia de Frida Kahlo en Buenos Aires, pareciera hasta más popular que el papa Francisco, Maradona y Gardel, y ni se diga que Borges o Cortazar, entre los gustos más intelectualosos. Tras tantas veces Frida no pude evitar preguntarle a un vendedor que insistía en encasquetarme una franela con la imagen de la artista mexicana que por qué era tan popular entre los souvenirs en Argentina. La respuesta no pudo ser más obvia: "Porque Frida vende". 

(Dahhhh). 

Ese domingo -día del clásico Boca/River- en un más desierto atardecer de lo usual en San Telmo nos cruzamos con nuestras primeras paisanas: un par de muchachas vendiendo arepas que llevaban en una cava. Nos contaron que apenas habían llegado a Buenos Aires hace tres semanas pero estaban contentas y les iba bien. A lo largo de nuestra estadía nos cruzamos en cada esquina con el acento venezolano, casi siempre de muchachos que no llegan a los treinta años, nos deteníamos a conversar con ellos, a preguntarles de dónde eran (de diversas ciudades de Venezuela). Estaban en todos lados: dependientes, mesoneros, hasta un vigilante en la famosa librería del Ateneo. Si algo tenían en común, además de su juventud, es que eran emigrantes recientes, huyeron del estancamiento y la violencia de la Venezuela de Maduro. De todos me despedía deseándoles lo mismo: "Suerte en Buenos Aires". 

(Aunque en realidad lo que les deseo a todos los jóvenes venezolanos es que pronto puedan sentir que en Venezuela tienen futuro). 

El lunes quisimos conocer Palermo, mala elección porque es un día lento en una de las zonas con más vida en Buenos Aires, descubrimos que los lunes gran parte de los restaurantes de la ciudad están cerrados. Terminamos almorzando en uno donde éramos los únicos comensales, siendo atendidos por un simpático barquisimetano que nos contó su historia: "Mi novia y yo tenemos los dos 27 años, nos vinimos a vivir a Buenos Aires hace tres meses porque a pesar de que como profesionales ganábamos buenos sueldos en bolívares, no nos daba para vivir juntos como pareja. Aquí trabajamos como mesoneros, nos da para alquilar un apartamento, vivimos cómodos, y hasta alcanza para mandarle dinero a nuestras familias. Pero ¡hermano qué frío puede hacer aquí! Para un barquisimetano es difícil acostumbrarse, y eso que apenas estamos en otoño. Todos los días rezo para que las cosas se medio arreglen en Venezuela para poder regresar, tenemos el apartamento lleno de velitas a la Divina Pastora para que suceda rápido". 

(Amén).

No podía faltar la visita al famoso cementerio de Recoleta, aprovechamos que un guía daba un tour a un grupo de colegiales para oír algunos mitos e historias que recuerdan tantas leyendas venezolanas como la novia en la carretera, o la leyenda de María Francia, patrona de estudiantes. Al pasar frente al panteón donde yacen los restos de Raúl Alfonsín, el guía les recordó a los muchachos que en Argentina cuando sus padres eran chicos se vivía en Dictadura militar. Al presidente Alfonsín se le conoce popularmente como "el padre de la Democracia" porque fue el primer presidente demócrata tras esos años de fuerte represión. A estos jóvenes argentinos les parecerá tiempos tan lejanos como la leyenda de la Dama de Blanco. Suspiro preguntándome a quién le corresponderá en Venezuela el honor de ser recordado como el nuevo padre de la Democracia ¿cuánto tiempo habrá de pasar? ¿Días, meses o años? El guía manda a los chicos a la tumba de Evita en un estrecho pasillo del cementerio: "A pesar de su sencillez se reconoce porque es la única que siempre está llena de flores". Aprovecha que los niños se van para encender un pucho y yo para conversar con él, identificándome como venezolana. 

("Déjeme decirle una cosa desde la voz de la experiencia, señora, cuando al fin pase lo que hoy viven en su país, no pasará del todo, tardan muchos años en sanarse las heridas que deja una Dictadura").

Es inmensa Buenos Aires, quizás la ciudad más grande que haya tenido la suerte de visitar, por lo menos la de avenidas más amplias. La caminé como hoy solo se camina en Caracas para marchar. Los porteños muy amables, de lo poco que no me gustó de la ciudad es que en la relación carros-peatones, los autos parecen tener prioridad. Buenos Aires es una ciudad que vibra hasta tarde en la noche, lo que hace rato perdimos en nuestra sufrida Caracas. Seis días no dan para mucho, no pude ver sino a uno de los tantos amigos que hoy viven allá, logré conocer el Museo de Bellas Artes pero no el de Arte Contemporáneo, no fui al teatro, pero si a la Biela a tomar un café sentada al lado de la mesa de eterna tertulia de Borges y Bioy Casares. Llegué al último día de la Feria del Libro, pude visitar algunas de las tantas librerías de la ciudad, además de a los vendedores de libros de ocasión. Quedó bastante por conocer, buena razón para querer regresar, el último día tocó el peregrinaje que a todo venezolano en tiempos de Maduro le toca hacer si sale de viaje: visitar una farmacia para conseguir medicinas desaparecidas en nuestro país. Ya los farmaceutas de otras naciones latinoamericanas cuando aparece un cliente venezolano ni preguntan porqué compramos tantos medicamentos de tan variada índole, ellos saben por lo que estamos pasando, te ayudan como mejor pueden en conseguir los distintos nombres de acuerdo a su componente acompañado del récipe de un médico venezolano. Discretos como buenos profesionales, solo el dependiente en una óptica, lamentando que mi prescripción de lentes de contacto no sea fácil de conseguir y no llegaría a tiempo, se atrevió a preguntarme: "¿Por qué se va regresar a un país donde se está pasando tantas necesidades?".
"Porque es mi país".

(Y porque hay que seguir luchando para que nuestros muchachos que se han ido, quieran regresar). 


















martes, 2 de mayo de 2017

Prohibido entrar en pánico



Llegamos al mediodía a la marcha del primero de mayo que supuestamente se dirigía al Tribunal Supremo de Justicia. Le entramos por Chacao en el punto de vuelvan caras donde la multitud en lugar de dirigirse hacía el oeste, como se tenía planificado, se devolvía hacía el este, casi todos los pasos trancados por la Guardia Nacional Bolivariana. Llegamos aparentemente justo en el momento en el que se tomaba la decisión de por cuál camino agarrar, lo que debía ser una marcha ese mediodía era una multitudinaria concentración de impotencia de país.
Mi esposo, mis hijas y yo nos fuimos adentrando en la multitud pegados a la pared de un edificio en construcción en la avenida Francisco de Miranda. A pocos metros de la tarima, los líderes de la oposición hablando. No se veía quiénes estaban, tampoco se oía mucho de sus discursos políticos, lo que se oía era el rumor de los cientos de miles de venezolanos que salimos ese día a gritar nuestra inconformidad a un TSJ parcializado con una Dictadura, recordarles que: "Y no, y no, y no nos quitarán el derecho a protestar".
Tenemos como 16 años cantando ese mismo estribillo, y aquí seguimos en la lucha.
Mi familia no había avanzado ni media cuadra dentro de la multitud cuando me entró un súbito ataque de claustrofobia bordeando al pánico, saber que no podía avanzar ni retroceder presa entre miles de personas, que si desfallecía no tendría espacio donde caer, que tendrían que cargar conmigo como si fuera un bacalao, que en esos largos minutos antes de encontrar un desahogo no había escapatoria, solo guapear y seguir para adelante. Por lo visto no era la única, varios grupos familiares se agarraban tipo trencito buscando cualquier mínima brecha para abrirse paso. Dos señoras que marchaban solas se unieron a nuestro trencito, una de ellas se agarró de mi cintura como si nos conociéramos de toda la vida
Como la canción de moda: "Pasito a pasito, suave suavecito", nos fuimos abriendo paso hasta cruzar a la izquierda en la principal de La Castellana, donde la entrada de un edificio nos dio albergue para sosegar la claustrofobia.
Ese fue el momento que los vi, decenas de muchachos se alistaban para encabezar la marcha, chicos entre los 15 y los 22 años, poco más que unos niños. A uno de ellos lo acompañaba su mamá quien se cercioró de que su muchacho tuviera la máscara antigas bien puesta, antes de darle un beso en la frente y la bendición. La imagen de una madre que despide a un hijo que se va a la guerra.
En ese momento me volví la señora que llora en las marchas.
Me di cuenta que la marcha seguiría el camino que tomaran esos valientes muchachos, quienes no estaban armados más que con su determinación de abrir paso ante la Dictadura que tiene secuestrados el presente y el futuro de Venezuela.
Como lo que soy es una confesa guerrera del teclado, me quedé en el albergue improvisado donde vi miles y miles de personas pasar, algunos cargando sentidas consignas, otros tomando una breve pausa para un selfie, pero ya el ambiente de las marchas no es de verbena sino de Resistencia activa. Casi dos horas vi pasar ríos de gente rumbo a la Cota Mil, provenientes del sur y del este de Caracas, la marcha que salía desde el oeste estaba siendo reprimida con más fuerza aún. Quienes eran parte de la marea humana caminaban con determinación a pesar de estar conscientes de que como ya se ha vuelto costumbre en la Venezuela de Maduro, la represión sería fuerte, probablemente les tocaría enfrentarse a las tanquetas que reparten, como si fuera confetti, perdigones y bombas lacrimógenas entre la multitud que no se cansa de marchar por retomar el hilo constitucional.
De la narrativa que se leían en los cientos de carteles la que más me conmovió fue la del señor que marchaba con un mensaje en marcador escrito en cartulina: "Hija si logras ver esto hoy marcho por ti para que puedas volver a nuestro país".
Muchachos que se van de Venezuela buscando un futuro, muchachos que se enfrentan como Davids a tanquetas militares para recuperar ese futuro. Uno esperaría que en momentos tan álgidos de la Historia de Venezuela, cuando ya a pocos les queda la duda que vivimos en Dictadura, el gobierno abriría una válvula de escape para aliviar un poco la tensión política del país, pero lejos de hacerlo lo que hace es cerrar el cerco tiránico: anoche el tirano mayor decretó abrir paso a una constituyente comunal que habría de quitarle el poder a cualquier ente que no estuviera de acuerdo con su tiranía. Un golpe a la constitución que con tanto orgullo esgrimía su padre espiritual y antecesor. Aquella que llamaban con cariño: "La bicha".
Las fuerzas armadas, supuestas garantes de la constitución y que hoy solo parecen servir para reprimir muchachitos, contra la abierta violación constitucional todavía no se han manifestado.
Anoche al tratar de dormir daba vueltas en la cama, aturdida por la cantidad de marchas acumuladas estos últimos días, estos últimos dieciséis años, me sentía casi tan claustrofóbica como los minutos atrapada entre la multitud en la avenida Francisco de Miranda: con el presente paralizado por una tiranía, sin salida a la vista... pero lo vamos a lograr, pasito a pasito, dudo que suave suavecito, prohibido entrar en pánico, no podemos flaquear, que más temprano que tarde, con la determinación de millones de venezolanos de no rendirnos, saldremos de esta tiranía, se lo debemos a nuestros muchachos.

sábado, 29 de abril de 2017

Sobre la Tiranía



Inevitabilidad, según Timothy Snyder, es cuando la mayoría de quienes se oponen a un tirano en ciernes, a pesar de las luces de alerta de lo que se avecina, sigue convencida de que al final nada va a cambiar, que en su país un proceso tiránico sería inviable. 
Tras leer "On Tyranny: twenty lessons from the twentieth century" (2017) Snyder - profesor de Historia en Yale-  podría parecer exagerado al alertar al pueblo norteamericano sobre el inminente peligro de una tiranía en los Estados Unidos, por más que sea palpable la vocación ególatra de Donald Trump,  y que el partido Republicano ostente una importante mayoría de representantes en la cámara del Senado que podría desembocar en un poder descontrolado. Pero cuando una nación tiene instituciones fuertes e independientes, cuando a pesar de comulgar en un mismo partido no se teme a la disidencia en ciertos puntos fundamentales, como ha sido el caso de los Estados Unidos en los más de dos siglos de su Historia Republicana, yo pienso que bien puede resistir a un aspirante de tirano sin que su Democracia se tambaleé. 
No me hagan mucho caso porque lo mismo decía sobre Venezuela cuando Hugo Chávez comenzó a mostrar los colmillos de autoritarismo: "Tranquilos, que no llega al 2007", "Venezuela no es Cuba", "El comunismo murió con el derrumbe del muro de Berlín", "Después de Pérez Jimenez, en Venezuela los militares son institucionales, se apegan a la constitución", "En pleno Siglo XXI sería impensable una Dictadura"... y ya ustedes ven, en el año 2017 en Venezuela estamos viviendo una Dictadura pura y dura, en plena fase de lo que Snyder llama "Teleología", la Tiranía avanza sin freno hacía una supuesta meta, en el caso de las tiranías comunistas, asegura Snyder, toda represión se hace en nombre de alcanzar la "utopía socialista", aunque bien sabemos que por detrás del poder en la actual Venezuela hay unas mafias que son todo menos utópicas.  
En el breve manual de Snyder que describe las principales características de toda tiranía, bien sea de Izquierda o de Derecha, en la reciente historia de Venezuela podemos identificarnos en casi todos los puntos especificados, comenzando por la teoría de Aristóteles que introduce como antecedente a las tiranías: "toda desigualdad trae inestabilidad". 
El primer paso de un Tirano moderno es aprovechar la ola de popularidad que pudo haberlo llevado al poder para empezar a actuar arbitrariamente. Cuando una mayoría se hace cómplice de arbitrariedades mostrando obediencia anticipada, la tiranía sabe que se hará su voluntad sin mayor resistencia, como en el caso de Hitler, anexar Austria a Alemania, y el comienzo de la persecución a los judíos confiscándole sus bienes. 
La obediencia anticipada es el poder que ejerce un líder sobre sus seguidores capaces de aceptar cualquier orden sin cuestionarla. Para evitar que un líder carismático ejerza el poder absoluto sobre una mayoría hipnotizada haciéndola cómplice de su tiranía, es tácito que toda democracia debe fortalecer sus instituciones. 
En el caso de Venezuela siempre se dijo que vivíamos en Democracia porque el chavismo, con Chávez vivo, rara vez perdió una elección. Pero vivir en Democracia es más que ganar elecciones, es seguir el juego de reglas escrito en la constitución nacional, y respetar la independencia de las instituciones que precisamente están para evitar que esto suceda para no caer en peligro de una tiranía. 
Snyder advierte que si las instituciones no son defendidas desde el principio, irán cayendo una a una en toda tiranía: "Es un error asumir que quienes llegaron al poder mediante las instituciones no son capaces de cambiar o destruir esas mismas instituciones -aún cuando eso fue lo que amenazaron desde un principio con hacer". 
Cómo olvidar aquel famoso: "Juro ante esta constitución moribunda".
Cuando desde el poder se aprovecha para anular la disidencia ya se está viviendo en una tiranía franca. "Una forma política que pudo llegar al poder mediante elecciones puede cambiar el sistema desde dentro" asegura Snyder por eso recomienda: "cada vez que puedas: vota, porque como le consta a los rusos, no sabes cuándo será la próxima vez que puedas volver a votar". 
Otra constante de las tiranías es el uso de símbolos: "No te acostumbres a ellos", recomienda Snyder. Muerto Chávez sembraron los ojos del "Comandante Eterno" por todo el país. Sin el carisma de a quien llama "su padre", su heredero escogido a dedo, Nicolás Maduro, se sirve como muleta de esa especie de  espíritu omnipresente que vela y vigila por la revolución.  
Lo mismo pasa con el lenguaje: "Más de medio siglo atrás, las novelas clásicas sobre el totalitarismo advertían contra el dominio de las pantallas, la supresión de libros, la estrechez del vocabulario, y las dificultades asociadas con el pensamiento". 
En la Venezuela de Maduro ningún canal de televisión se atreve a contradecir la versión oficial, las concentraciones contra el gobierno ya no son televisadas, la industria editorial agoniza, mientras la neolengua revolucionaria se intenta imponer. La única válvula de escape a tanta represión, son las redes sociales en Internet, que en otros países totalitarios como Cuba y China, también está censurado. 
No hay tiranía sin complicidad, escribe Snyder que si en la Alemania Nazi tantos profesionales se hubiesen negado a no transigir en la ética de sus profesiones para acatar la voluntad de Hitler (abogados, médicos, banqueros) la Historia habría sido distinta: "No se habrían llevado a cabo tantas atrocidades". 
Otra señal inequívoca de vivir en Tiranía es el uso de fuerzas paramilitares para su defensa:  "la teoría de la exclusión es incorporada en el entrenamiento de guardias armados". 
Para Snyder un país se rinde a la tiranía cuando solo se acepta como cierta la verdad oficial. Snyder cita a Victor Klemperer que la verdad muere de cuatro maneras, siendo la primera "la hostilidad abierta a la verdad verificable, que toma forma divulgando inventos y mentiras como si fueran hechos y realidad". 
Basta recordar el ejemplo tantas veces repetido: "En Venezuela antes de Chávez los niños se alimentaban de Perrarina". Como hoy tratan de manipular la muerte del estudiante Juan Pablo Pernalete, de manera descasara, para responsabilizar a la oposición. 
La segunda manera con la que la tiranía busca ahogar la verdad es con una especie de encantamiento chamánico: "El estilo fascista depende en la infinita repetición, diseñada para hacer creíble la ficción". Esto se logra, entre otras maneras, con un sistemático uso de apodos denigrantes contra la oposición: "Escuálidos", "Escorias", "Apátridas". 
La tercera manera de la tiranía de matar a la verdad es el poder de la contradicción entre lo que ofrecen y lo que realmente dan. Hace pocas semanas expropiaron varias panaderías en pos de "la soberanía alimentaria" hoy en Venezuela ni en las panaderías expropiadas, ni en las privadas se consigue pan. 
 La última manera de matar la verdad es ungirse como el elegido de la gracia divina para llevar indefinidamente las riendas de un país, no hay espacio para otras verdades o para el razonamiento individual distinto a lo que dice el Tirano, cualquier evidencia en su contra es irrelevante. La fe mueve montañas: Hoy en Venezuela hay hambre, represión, no se consiguen medicamentos, los salarios no dan para vivir, nos acostumbramos a la violencia... pero para quienes tienen fe en el elegido por Chávez como su sucesor, vamos bien en el camino de la revolución: "Los fascistas desprecian estas verdades de la existencia diaria, aman los slogans que resuenan como una nueva religión, y optan por los mitos creativos, antes que la Historia o el periodismo". 
 En ninguna parte de este corto libro de poco más de 120 páginas, Snyder menciona tiranías americanas, su área de experticia son las tiranía europeas del siglo XX tanto fascistas como comunistas, pero bien podría en este párrafo sobre un posible quiebre para describir el actual momento que vivimos en Venezuela: "Para que triunfe la resistencia, hay que cruzar dos barreras. Primero, la voluntad de cambio debe unir a todo tipo de gente, que no necesariamente tengan que estar de acuerdo en todo. Segundo, tienen que encontrarse fuera de sus zonas de confort y entre grupos que antes no eran sus amigos. La protesta se puede organizar por las redes sociales, pero no será real hasta que no se manifieste en las calles. Si los tiranos no sienten que sus actos tendrán consecuencias en un mundo tridimensional, nada habrá de cambiar". 
Así que no queda otra que Resistencia: calle calle y calle. 

jueves, 27 de abril de 2017

La juventud venezolana en tiempos de represión


                                                                         

                                                                                  I

Ayer mi marido, nuestra hija universitaria y yo salimos a la marcha convocada a la Defensoría del Pueblo sin despedirnos del más joven de la familia, que estaba en casa un miércoles al mediodía porque en el colegio, previendo que no sería un día fácil, suspendieron las clases. 
"Dejémoslo", dijo el padre, "Hoy juega el Barca".
A El Plantón dos días antes en la autopista Francisco Fajardo si nos acompañó con unos vecinos que tienen dos hijos de su edad, y los vi tan niños, todavía se les salen los gallos, con sus bandanas en el cuello, a la expectativa de que lanzaran bombas lacrimógenas para poder entrar en acción, que sentí que no estaban preparados para enfrentarse con unos soldados -no mucho mayores que ellos- entrenados para repeler sin misericordia cualquier tipo de manifestación en contra de la Dictadura. 
Basta recordar el lema en los cuarteles: "Patria, socialismo o muerte". 
Su padre también tuvo un bajón al ver a nuestro hijo plantado en la autopista con miles de muchachos como él, una generación de venezolanos que no conocen más gobierno que el chavismo. 
"Pensar que recibimos el año 2003 en la autopista, con la esperanza de que un régimen totalitario no se podría instaurar en Venezuela, los venezolanos no lo permitiríamos, a O.V lo trajimos en coche, no tenía ni tres años, ya tiene 17 y aquí seguimos como unos bolsas cantando: 'Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer".

                                                                          II

Cuando llegamos a la autopista a la altura de Altamira, supuse que éramos del bando de los rezagados, a lo lejos se veía la multitud cruzando bajo el puente rumbo Chacao. 
"Aquí no vino nadie" dijo mi marido descorazonado.
Cuando de repente, como cuando Jon Snow está a punto de dar la Batalla de los Bastardos por perdida y se encuentra con el apoyo inesperado del ejército de Littlefinger, apareció una multitud que venía de Petare, quienes antes de unirse a la marcha hacía la Defensoría del Pueblo hicieron una pausa para entonar el Gloria al Bravo Pueblo. Un muchacho como mi hijo, como el hijo de cualquier venezolano, alzaba en ofrenda al cielo la bandera tricolor. 
Caminamos con el contingente del Municipio Sucre, de lejos vimos al presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, marchando como uno más en la multitud. Minutos después, a la altura del CCCT, comenzamos a percibir un notable vuelvan caras: quienes segundos antes se dirigían determinados al oeste, regresaban hacia el este de manera apresurada. 
"No correr, caminar rápido", es la primera regla en caso de un ataque de gases lacrimógenos, entre otras razones, para evitar una estampida. Decían que en El Rosal estaban dándole duro a los marchistas, el helicóptero acababa de pasar rasante por donde nosotros estábamos, señal que pronto lo harían a la altura de Chacao. 
Aparecieron las viles tanquetas que entrompan a la manifestaciones, mi hija las vio, yo no las vi porque ya estaba en una colina, pegada a un muro de contención, haciendo cola por un camino de tierra para saltar una barrera. La fila cada vez era más larga, se movía lentamente. A lo lejos se oían explosiones. Quienes estábamos estancados al borde de la colina, gritábamos nerviosos: "Apúrense, apúrense". 
Mi hija había logrado saltar la barrera, mi esposo esperaba por mí para saltarla, entre nosotros tres señoras mayores esperaban su turno sin soltar su bandera de siete estrellas. La barrera a saltar no era fácil para quien ya no tuviera dieciocho años. Un gordo jadeante intentó colearse subiendo la colina a paso de gacela, sálvese quien pueda, nunca antes vi a un cobarde tan de cerca. Tampoco nunca antes vi la valentía tan de cerca, al otro lado de la barrera dos muchachos con franelas de Voluntad Popular, no mucho mayores que mi hijo, se ocupaban de ayudar a saltar a señoras torpes como yo, y a cobardes en estado de pánico como el gordo, sin temerle a la proximidad de gases y tanquetas. 

                                                                            III

Subiendo entre la multitud por la calle de la Tío Rico comencé a sentir los efectos de los gases, los ojos no me lloraban, pero la garganta ardía como si hubiera tragado lejía. La mayoría de los marchistas venían preparados con sus pañuelos con solución con bicarbonato y se tapaban el rostro con ellos. Hedía a vinagre. A lo lejos se oía el sonido de descargas: ¡Pum, pum, pum! Esto no podía estar sucediendo en mi ciudad. Pero estaba sucediendo. 
Pasando la avenida Libertador en el cruce de Bello Campo, un adolescente gemía sentado en la acera.
"Ayyyy, ayyyyy, me volvieron a dar en el pie".
La gente caminaba cada vez más apresurada, como si la fuerza de la represión estuviera a un paso nuestro, pero tenía un hijo en casa y ya saben lo que dijo el poeta que cuando se tiene un hijo se tienen a todos los hijos del mundo, y primero muerta que dejar a ese flaquito solo sentado en una acera llorando de dolor con un perdigonazo en el tobillo. 
A lo lejos mi esposo gritaba: "¡Adriana, apúrate, no te auevoneés!".
Y yo jalando al muchacho arrastrando una pierna, trataba de que le dieran resguardo en algún local en esa calle de talleres. 
"Señores por favor, protejan a este muchacho, está herido, no puede correr".
Nos trancaban la reja en la cara: "No podemos, no podemos". 
El flaco tampoco quería entrar, quería huir, estar bien lejos del gas y de las explosiones, a lo lejos se oían las bombas, pum, pum. Qué hacer. Unas señoras se unieron al rescate del chamo, fueron más efectivas que yo, detuvieron a una camioneta pick up, y con la autoridad moral que no supe imponer cuando nos cerraron las rejas en la cara, montaron al muchacho en la camioneta para que lo pusieran a salvo. 
Ahora si podía seguir mientras mi marido me regañaba: "No vuelvo a marchar contigo, tu no estás preparada para este tipo de marchas represivas". 

                                                                          IV

Una vez a salvo en casa comenzaron a entrar enemil mensajes de los distintos chats. Al hijo de 18 años de mi prima le habían dado en una pierna con el perdigón de una bomba fragmentaria. Tenía un hueco en la piel a la altura de la tibia. Le mandaron reposo por lo menos una semana. Su mamá tendrá que amarrarlo porque los efectos del perdigonazo fueron más ganas de seguir luchando hasta llegar a saber lo que es vivir en una Venezuela democrática. 
A Juan Pablo Pernalete, de 20 años, estudiante becado en la Universidad Metropolitana tanto por su excelencia académica como deportista, con saña le dieron a quemarropa en el pecho, llegó sin vida a Salud Chacao, su muerte desconsoló a toda Venezuela. 
Bueno, no a toda, a quienes reprimen y a quienes buscan atornillarse a punta de represión como que no. ¿Por qué será que se ensañan especialmente contra los manifestantes más jóvenes? ¿Cuántos muchachos venezolanos tendrán que morir a manos de las fuerzas de estado y de los paramilitares armados, antes de que en Venezuela se vuelva a retomar el hilo constitucional? 


                                                                                  V

Desde Miami tampoco llegaron noticias buenas, Marco Coello, uno de los estudiantes detenidos por el Cicpc el Día de la Juventud del año 2014 por supuestos actos de agavillamiento, al presentarse ayer en la oficina de inmigración en el estado de Florida para regularizar su estatus migratorio, lo dejaron detenido por quedarse más tiempo del permitido con su visa de visitante. 
Me consta que muchos que jamás movieron un dedo en la lucha contra este gobierno se acogieron al estatus de asilados políticos para legalizar su situación en los Estados Unidos, pero el caso del joven Marco, hoy de 21 años, que para el momento de "La Salida" ni siquiera se había graduado de bachillerato, es uno de los más emblemáticos casos de presos políticos en Venezuela ya que tanto él como sus padres -profesores universitarios- se negaron a ceder al chantaje del régimen. 
Al momento de ser capturado por el Cicpc, Marco apenas se estrenaba en las marchas, la mamá de un amigo llevó a los muchachos. Pariente de una mis mejores amigas del colegio, Marco fue torturado por sus captores buscando que firmara una confesión responsabilizando a Leopoldo López de los destrozos de la Fiscalía. No lo lograron. Su estado anímico tras varios meses detenido era tan precario, que terminaron liberándolo con régimen de presentación, durante el cual el joven logró escapar a Miami.
(Terminando de escribir este artículo me entero que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas en Miami ya liberó a Marco de su inesperada detención).  
Marco no aspiraba ser ni mártir ni héroe, a él le tocó serlo como puede tocarle a cualquiera de nuestros muchachos por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado ante las fuerzas del orden parcializadas con un proyecto político. Como le han tocado esos malditos tiros de gracia a tantos jóvenes venezolanos que solo eran culpables de estar en la línea de fuego de la represión.  

                                                                               VI


Esta intensidad no pretende ser una radiografía de la actual juventud venezolana, tan diversa como cualquier juventud en cualquier otro país del mundo: los hay guerreros dignos herederos de la Generación del 28, como también los hay abnegados como los estudiantes de medicina que socorren a los heridos durante las marchas, sin dejar por fuera a los jóvenes soldados que juran fidelidad a la revolución. También los hay indiferentes, o más timoratos, o los que solo piensan en la rumbita, o los que tienen que trabajar para ayudar en sus hogares, o los que se fueron y sueñan con regresar, o los que se fueron y ya no se sienten venezolanos, o los que sueñan con irse... y por supuesto, aquellos que crecieron creyendo en revoluciones, y todavía apuestan por el proceso socialista del Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, bajo el mando del ciudadano presidente Nicolás Maduro Moros.
También hay los muchachos que a pesar de haber sido criados en la doctrina rodilla en tierra, hoy reniegan de ella ante la ira de sus padres: hace unos días se hizo viral el tuit de una muchacha a quien su papá le había dicho algo así como: "Ojalá te maten por andar marchando". 
Un muchacho le contestó en menos de 140 caracteres: "El mío me dijo, si te meten preso no te voy sacar, por mariquita guarimbero".
Por eso el héroe más improbable de la intensa jornada de ayer resultó siendo el hijo del mismo Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, precisamente a cuyo despacho se dirigía la marcha antes de ser reprimida. 
El joven Yibram Saab, de la misma edad de Juan Pablo Pernalete, le escribe a su padre: "Pude haber sido yo". 
Yibram asegura haber estado en la marcha que ayer se dirigía a la Defensoría, marcha pacífica exigiendo retomar el hilo constitucional y la libertad de los presos políticos. El hijo del Defensor del Pueblo experimentó en vivo la represión militar, por eso aboga ante su padre -que hasta ahora no se ha manifestado más que para favorecer los intereses del Gobierno- que con los valores que dice que le inculcó: "poner fin a la injusticia que ha hundido el país". 
Ojalá que Tarek sea mejor padre que los desalmados padres de los apóstatas tuiteros.

                                                                                  VII

En la noche no nos escapamos del regaño de nuestro hijo menor: "Para la próxima avisen, no vuelvan a marchar sin mí". 

                                                                             

viernes, 7 de abril de 2017

Ya es hora de que sea domingo



"What a difference a day makes" es la versión en inglés del bolero "Cuando vuelva a tu lado", tema que le valió un Grammy en el año 1959 a Dinah Washington pero que yo conocí en los años 70 en su versión Disco interpretada por Esther Phillips. A mi mamá le encantaba, se la pasaba cantando: "What a difference a day makes, twenty four little hours", hoy recuerdo esa estrofa porque hace apenas una semana escribí una intensidad sobre la actual resiliencia de la sociedad civil venezolana que tras el fallido diálogo, este año 2017 parecía lidiar con vivir en Dictadura de la manera más positiva posible, dadas las circunstancias.
What a difference a day makes, ese mismo viernes horas después de que el Tribunal Supremo de Justicia dictara en desacato a la Asamblea Nacional, mientras la sociedad civil encendía los motores para volver a salir a la calle a protestar, la fiscal Luisa Ortega Diaz sorprendió a tirios y troyanos denunciando semejante sentencia como la ruptura del hilo constitucional por parte del Tribunal Supremo de Justicia.
De la noche a la mañana los venezolanos engavetamos la resiliencia y desempolvamos el espíritu de lucha regresando a la calle para exigir lo que en cualquier Democracia sería tácito: separación de poderes, que se cumpla la voluntad de la mayoría que eligió a la actual Asamblea Nacional, y que se establezcan las fechas de las próximas elecciones de Alcaldes y Gobernadores pautadas para el 2017. 
La respuesta desde el oficialismo son amenazas de baños de sangre, soltar a los colectivos, y hasta sacar las kalashnikovs contra quienes se atrevan amenazar el status quo de una banda de delincuentes que una vez dejen de tener el poder absoluto, por más dinero que hayan acumulado, no podrán huir de la justicia internacional.
La calle se volvió a calentar, demasiada hambre y desesperanza se vive hoy en Venezuela para que estas sean unas marchas tibias. A pesar de la represión de la Policía Nacional Bolivariana que bloquea a los manifestantes con sofisticados equipos antimotines, la represión todavía no ha sido tan contundente y letal como en las manifestaciones en el año 2014 quizás porque el Gobierno de Nicolás Maduro está en la mira internacional a punto de que la OEA le aplique la Carta Democrática que vendría siendo como el certificado final de país en Dictadura. 
Juega en contra de la oposición que este fin de semana comienza la Semana Santa, ¿se enfriarán las calles? Sería terrible regresar a ese deprimente estado de resiliencia. No desestimo la eventual necesidad de las negociaciones, pero quedó demostrado el diciembre pasado que la presión de la calle jamás se debió abandonar.
Mírenme a mí mandando a la calle y ayer, 6 de abril, en la marcha del rescate del hilo constitucional,  me quedé en casa como buena "Guerrera del Teclado". Pero fue por causas mayores, hace un mes caí de rodillas, un tonto tropezón, no me detuve y seguí caminando. Semanas después persistía el dolor en la rodilla derecha, fui al médico quien aseguró que no tenía un hueso roto, pero debía mantener reposo, hielo y cataflam.
 Y en estas marchas ya no se va como si se tratara de una verbena del San Ignacio, una no sabe cuando va a tener que echar a correr, la del cuatro de abril para acompañar a los diputados a la Asamblea Nacional, desde los edificios de Misión Vivienda en la Avenida Libertador lanzaban piedras, basura y excrementos a los marchistas. A mi prima casi le cae un cuñete de pintura en la cabeza lanzado desde uno de esos edificios decorados en la fachada con la firma de Chávez. 
Así que mandé a la familia a la concentración en la autopista Francisco Fajardo y me quedé en casa atenta a las noticias por las redes sociales ya que los medios de comunicación están censurados. Aproveché para terminar de leer una de las recientes ofertas que encontré en Amazon: "Un largo sábado" entrevista al crítico George Steiner de la periodista Laura Adler, editado en español por Siruela.
Esta es mi primera aproximación a uno de los intelectuales más respetados de la actualidad, hijo de judíos vieneses, nacido en Francia en el año 1929, Steiner no se le puede encasillar en una nacionalidad sino en una cultura, la occidental: huyó de Francia con su familia en 1939 cuando su padre se dio cuenta de que los judíos corrían peligro inminente; políglota, melómano, profesor, crítico, narrador, según él mismo autor de unos poemas terribles, a Steiner se le considera sobre todo un pensador. 
A un hombre tan erudito no cualquiera le puede hacer una entrevista, accedió a sostener una serie de conversaciones con Laure Adler, periodista francesa nacida en 1950, consejera cultural del Gobierno de Mitterand, que entre sus obras ha publicado biografías de Hanna Arendt, Simone Weill y Marguerite Duras.
Adler cumple a cabalidad su trabajo de periodista llevando una amena conversación con el autor de "Después de Babel" y "Tolstoi o Dostoievski"; la periodista es capaz de hacer preguntas relevantes al erudito, sin caer en provocaciones con algunas de sus respuestas como cuando se burla de ella y de los parisinos en general por dejarse embaucar por ese charlatán que era Sigmund Freud; o cuando sostiene implacable la inferioridad intelectual de las mujeres quizás "porque son más sensatas". 
Ustedes dirán: el país está apunto de ebullición, media Venezuela luchando contra una Dictadura, su esposo e hija tragando gases lacrimógenos, y esta mujer escribe un "Steiner para Dummies" en Evitando Intensidades.
Perdónenme si disgrego, al final del libro, con la típica tendencia al ombliguismo de la que se nos acusa a los venezolanos, no pude dejar de sentirme identificada con un símil de Steiner, quien es un judío ateo gran lector de la Biblia, la cual considera de los libros fundamentales de la Humanidad. Del Nuevo Testamento dice Steiner haber tomado el esquema: "viernes-sábado-domingo". La pasión y muerte de Cristo el viernes, la incertidumbre y larga espera de sus seguidores el sábado, antes de su resurrección el domingo, que es la recompensa de la fe. 
Ese es un esquema que se repite en tantas circunstancias históricas: "Vivimos la catástrofe, la tortura, la angustia, luego esperamos, y para muchos el sábado no acabará nunca. El Mesías no vendrá y el sábado continuará".
 Lo único que nos ayuda a sobrellevar ese eterno sábado a tantos venezolanos que nos desistimos en darnos por vencidos a vivir en Dictadura, es la esperanza de que tarde o temprano llegará el domingo: "La desesperación y la esperanza son dos caras de la misma moneda de la condición humana". 
Pero ese domingo no llega así de fácil, hay que luchar no solo contra quienes hacen lo posible por evitarlo, sino también contra la desesperación. Favorecer a la esperanza pero sin tregua, con la certeza que este largo sábado de represión, oscurantismo y miseria en Venezuela, habrá de llegar a su fin. 
  

miércoles, 5 de abril de 2017

Ni antibióticos ni pan


A los venezolanos se nos vuelven cada vez más cotidianos los llamados de urgencia por las redes sociales solicitando todo tipo de medicamentos. Mi familia pasó por tan difícil situación la semana pasada buscando un antibiótico para mi papá, de 81 años, quien tras ser auscultado con el oído experto del neumonólogo, le fue diagnosticada una infección pulmonar. Más allá de una insistente tos por la que fue a consulta, la bacteria parecía estar latente porque ni fiebre tenía.
El neumonólogo mandó a hacerle un análisis de la flema para ver con cuál bacteria estaba lidiando, mientras llegaban los resultados de los exámenes de laboratorio que tardarían varios días, para empezar el tratamiento dio tres alternativas de antibiótico para ver cuál conseguíamos, además de varias alternativas para nebulización, protector gástrico, y el único antihistamínico que hoy parece conseguirse en las farmacias de Venezuela: Cetirizina.
Del tratamiento mandado por el neumonólogo de casualidad conseguimos la cetirizina, la medicina para nebulizar todavía teníamos en casa al igual que omeprazol -afortunadamente porque tampoco se consiguen por ningún lado-, faltaba conseguir alguno de los antibióticos que en Caracas están tan desaparecidos como el pan en las panaderías.
Tras visitar sin éxito varias farmacias de la zona, opté por recurrir a los buscadores de medicamentos en las páginas web de las principales cadenas de farmacias en Venezuela. Qué impotencia cuando escribes cualquiera de las tres alternativas de antibióticos dadas por el doctor, además de los productos para nebulizar, y todos salen con el puntico rojo de "no hay".
Hasta que por fin un puntico verde para uno de los antibióticos recetados salió en el Locatel de Chacaíto. Fui de inmediato pero perdí mi tiempo: me dijeron que hacía semanas que no les llegaba ese antibiótico, debían actualizar el sistema. Lo mismo ocurrió en el portal de Farmarket, el puntico verde para uno de los antibióticos salía en la sucursal de Chacao, esta vez preferí llamar y el farmaceuta me dijo que no me molestara en ir que ese antibiótico hacía tiempo no les llegaba. No entendía por qué el sistema lo ponía en inventario. Igual con unas gotas para la tensión del ojo que una amiga de la familia necesita con urgencia a riesgo de quedarse ciega, me pidió que ya que estaba en la búsqueda de los remedios de mi papá, le hiciera el favor. Glaucotensil D solo salía en el inventario de una farmacia donde al llamar me dijeron que hacía tiempo estaban agotadas.
No quise recurrir a las redes sociales porque hay tanta necesidad de medicamentos que pensé que el antibiótico para mi padre no era una emergencia porque su infección parecía dormida, así que intenté por otra vía: recurrir a farmacias extranjeras que hacen envíos a Venezuela. La primera que llamé fue una farmacia en la Calle 8 de Miami recomendada por unos panas, en su página web se promociona como "solidaria con la crisis de medicamentos en Venezuela". Hasta tienen un número local, pero al decirle a la señora de marcado acento cubano que lo único que requería con urgencia era un antibiótico, me di cuenta que la supuesta solidaridad no llega a pequeños envíos. Insistí que no se preocupara que aprovecharía para pedir también el protector gástrico y el tratamiento de nebulización. Me pidió que le mandara un email con los medicamentos requeridos, que me contestarían a la brevedad posible para hablar de precios.
Y nunca contestó.
Más amables fueron en los portales de Locatel y Farmatodo de Colombia y Miami, que aceptan récipes venezolanos de casi todos los medicamentos con excepción de aquellos que puedan causar dependencia, o aquellos que requieran ser trasladados con refrigeración. Solo hace falta una tarjeta de crédito capaz de pagar con la moneda local de donde se haga el pedido. El problema es que los pedidos tardan como dos semanas en llegar, lo que sirve, para quien pueda costearlos, para tratamientos crónicos, pero no para emergencias que requieran de una disposición más inmediata.
Estaba a punto de agarrar un avión e irme para Bogotá -donde vive mi ahijado quien se ofreció en alojarme- a buscar el antibiótico para mi papá, cuando gracias a una amiga que activó sus redes sociales, conseguí un caja de Augmentin BID, que vencía en enero 2017, pero en estas circunstancias no nos podíamos poner exquisitos.
Lo peor es que al día siguiente de que por fin conseguimos comenzar el tratamiento para mi padre con cinco días de retraso, el doctor llamó para avisar que llegaron los resultados de laboratorio y la bacteria era resistente al Augmentin, se trataba de una bacteria que de despertarse podía ser muy agresiva, había que cambiarle el antibiótico.
Me volvió a dar tres opciones: una intramuscular de una dosis al día(que tampoco se consigue por ningún lado en Caracas) y dos intravenosas de tres dosis al día, de las cuales conseguí sin problema la más cara a un precio que si no fuera por la salud de mi padre, me habría temblado la mano en firmar en dos tarjetas distintas porque en una no se podía, así sería la cantidad. Casi tanto como agarrar el avión a Bogotá, y sin la dicha de abrazar a mi ahijado.
La agresividad del antibiótico tumbó a mi padre como no lo había tumbado la bendita bacteria, perdió el apetito, hay que consentirlo, por eso cuando transitando por La Castellana me crucé con varios Guardias del Pueblo cargando con bolsas de pan canilla, me acerqué a uno, le pregunté dónde las compró, y me mandó a la panadería frente al colegio San Ignacio.
Al llegar se habían acabado las canillas pero quedaba un pan redondo entre sobado y campesino a 1400 bs. Tenía que pagar primero, y después me daban el pan. Cuando factura en mano fui a buscar mi pan redondo, un uniformado de verde se llevaba un par de canillas. Fue entonces que me di cuenta que a un lado, semi escondidas, había una sección de canillas guardadas de a dos en bolsas marrones. Pregunté si acaso estaban reservadas para clientes VIP. El muchacho me contestó sin disimulo: "Esas son para los soldados".
¿Qué nos queda? Seguir luchando y no resignarnos a vivir en un país sin medicinas, y donde el pan esté reservado al yugo militar.

jueves, 30 de marzo de 2017

De la esperanza a la resiliencia


En Venezuela la palabra de moda es "Resiliencia", hoy pareciera que suplanta la frase "Lucha Demócrata", después del optimismo que marcó a la oposición tras las movilizaciones de calle de fines del año pasado exigiendo un referendo revocatorio, cuando sentimos que la vía para retomar el hilo constitucional podía estar cercana, este año 2017 se volteó la moneda y muchos venezolanos lejos de optimistas nos sentimos "resilientes", aprendiendo a llevar la Dictadura de Nicolás Maduro de la manera más positiva y perseverante posible en medio de tantos abusos y carencias. 
Para mi esta palabra es nueva, tan nueva que al escribir resiliencia en la computadora el corrector la subraya en rojo como si no existiera en castellano. Hasta el año pasado no recordaba haberla oído, la primera vez que lo hice fue en inglés: "Resilience", así se titulan las memorias de Jessie Close, la hermana de Glenn Close quien tras años de batalla logró aprender a vivir de la manera más positiva posible con la enfermedad mental que la aqueja desde joven. Por eso cuando empecé a a oír con regularidad la palabra resiliencia relacionada con la actual crisis política en Venezuela, pensé que sería un anglicismo, pero la doctora Diana Risquez me aseguró que es un término de uso frecuente en psiquiatría. El Diccionario de la Real Academia Española define Resiliencia como "la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o estado o situación adversas".
Sin llegar a los extremos de la edulcorada película de Roberto Begnini: "La vida es bella", para los venezolanos para quienes emigrar no es la vía, si bien es cuesta arriba ser feliz en tiempos aciagos, tampoco debemos sacrificar nuestras pequeñas alegrías, sumirnos irremediablemente en el victimismo y en la depresión.  
No hay que confundir resiliencia con resignación: la resiliencia es no dejarse hundir por las circunstancias, la resignación es aceptarte como hundida. 
La Polar al mando de Lorenzo Mendoza es el mejor ejemplo de resiliencia en Venezuela,  mientras el gobierno revolucionario busca con inquina asfixiar a una de las empresas más exitosas y de trayectoria más nítida en nuestro país, la Polar no se rinde a los embates de un Gobierno ineficaz, siempre buscando la vuelta para no dejarse amilanar en su afán de producir en lugar de destruir. Y sin necesidad de caer en la adulancia. 
No solo Empresas Polar ha dado lecciones de resiliencia, este año se le dio oxigeno a la Literatura Venezolana gracias a la convocatoria en marzo de Filcar en la isla de Margarita, donde durante una semana se reunieron narradores y poetas. O en eventos más íntimos como la convocatoria de Carlos Sandoval y Violeta Rojo una vez al mes en la Librería El Buscón para conversar con admirados escritores nacionales, como el pasado miércoles 24 de marzo que nos reunimos con Victoria de Stéfano en una agradable tarde de lluvia en la cual la ganadora del premio de la Crítica 2011 por la novela Paleografías, hizo un recorrido de su vida y obra a librería llena.  
Otro maravilloso ejemplo de resiliencia ocurrió el domingo pasado en el maratón de la CAF, cuando miles de deportistas tomaron esta Caracas tan peligrosa, e inundaron por las redes sociales sudorosas fotos de meta cumplida.  
No faltará quienes digan, sobre todo quienes hoy viven fueran, que en las actuales circunstancias en las que vivimos en Venezuela, en medio de tanta inseguridad, hambre, represión, políticos presos, crisis de salud y escasez de medicina; mostrar cualquier pequeña alegría cívica es darle oxigeno a un régimen perverso, pero precisamente en estos momentos en los que la dirigencia política de la oposición parece estar en modo pausa, hoy cuando el TSJ vuelve a dictar sentencia contra la posibilidad de vivir en Democracia, quienes aquí seguimos y de aquí no nos vamos, debemos encontrar motivos para sobrevivir tanto descalabro de país sin caer en la más intensa depresión y sacar fuerza para continuar en la lucha contra un régimen forajido. 
Después de todo, la desesperanza es el mejor alimento de las Dictaduras. 

lunes, 13 de marzo de 2017

La abuela Jojó

En los últimos años de vida a mi abuela Elisa cada vez que le preguntaban cómo se encontraba, solía responder: "¿Cómo quieres que esté? Jojó, ¿sabes lo que es jojó? ¡jodida!".
 Sus hijos se molestaban, no tanto por oír a la abuela después de vieja diciendo groserías, sino porque nadie quería admitir que nuestra viejita de salud de roble pudiera alguna vez sentirse mal. Parte de la extensa filosofía de vida de mi abuela materna, que murió en Caracas el pasado miércoles 8 de marzo a los 97 años, era no ir al médico: "Viejo no se curucutea porque algo le tienen que encontrar". 
En la novena década de vida mi abuela -descendiente de corsos nativa de Carúpano- logró contra todo pronóstico superar problemas de salud que incluyeron enfermedades tropicales como Zika y Chicunguya, deshidrataciones, neumonías y hasta un cáncer que se manifestó con un tumor maligno en el cuello, que además de radiaciones que la oncóloga pensó que a su edad no sobreviviría, finalmente la señora que la cuidaba, Magaly, logró reducir a punta de un menjurje de sábila que le consiguió uno de mis tíos. Tantas veces pensamos que Lelela no saldría de esta, que cuando volvíamos a llamarnos en familia para decir que la abuela se estaba muriendo, la respuesta solía ser: "¿Otra vez?". 
Tres de mis abuelos lograron superar la barrera de los 94 años, me consta que por más amor que se le tenga a la vida, llega un momento en la vejez que se está cansado de vivir: se es casi el último eslabón de sus contemporáneos, generaciones más jóvenes comienzan a morir de males relacionados con la vejez, el cuerpo no responde, y si conservan el don de la lucidez, se preguntan si la muerte acaso se olvidó de ellos. Mi abuela amenazaba con tomar medidas drásticas ya que la muerte parecía haberla olvidado, como tirarse frente al primer carro que pasara. Yo le decía riendo: "Ni se te ocurra Lelela, que con la suerte que tienes, capaz no te pasa nada y se mata el pobre conductor". 
Hasta Henrique Capriles Radonsky se preocupaba por el bienestar de mi abuela, vivían en la misma calle y cada vez que el gobernador del Estado Miranda encontraba a la viejita tomando sol en el jardín en el exterior de su casa, se detenía a saludarla, la abrazaba, y le advertía a Magaly que tuviera cuidado no fueran a secuestrar a la abuelita. No tenía Capriles nada de qué temer, varios encuentros con malandros logró sobrevivir mi abuela como hace un par de décadas cuando intentaron robarle la cartera caminando por la calle La Cinta de Las Mercedes, aunque era una mujer menuda, Lelela logró repeler a los malandros, malandros light de la IV República que los de esta V República matan ancianos sin piedad alguna. 
Mi abuela no le tuvo ni siquiera miedo a esta V República, nunca le gustó Hugo Chávez y temía por el futuro de sus descendientes en la Venezuela socialista que se asomaba, pero ella decía que los países comunistas se ocupan de los viejos, de los jóvenes de su familia se fuera el que quisiera, que ella estaría bien. 
En ese bienestar social no acertó Lelela a pesar de la sabiduría de los años, después de todo este Socialismo del Siglo XXI no se ocupa de sus viejos, mi abuela sufrió los embates de la maldición socialista en varios aspectos: una propiedad que era su principal patrimonio estuvo a punto de ser expropiada en diciembre 2015 tras un saqueo oficial que llevó a la ruina a varios comerciantes. Y si eso solo les inspira un "vieja capitalista", mi abuela no pasó lisa a la actual escasez que afecta a todos los venezolanos por igual: aunque su salud de hierro logró que Lelela llegara a los 97 años con un consumo mínimo de medicinas -además que había que hacer magia para conseguirle artículos como papel higiénico, café, azúcar, avena, leche y Harina Pan- en su etapa final cuando agarró cama, sufrió de dolorosas escaras difíciles de combatir porque en Venezuela hoy no se consiguen los parches para aliviarlas. 
Como tantos ancianos venezolanos, Lelela murió con su familia dispersa por el mundo, aunque cuatro de sus cinco hijos aún viven en Venezuela, solo tres de sus dieciséis nietos seguimos aquí -apenas cuatro nietos pudimos estar presentes en su despedida-, sin contar tantos de sus bisnietos que por nacer lejos no llegaron a ser cargados por Lelela. 
Pensar que hace más de dieciocho años cuando Lelela decía: "No sé preocupen por mí que en los países socialistas cuidan a sus viejos", todos sus hijos, nietos y bisnietos vivíamos en Venezuela y ni soñábamos que algún día seríamos una familia dispersa por el mundo. 
Su velorio fue íntimo, como privada fue mi abuela, solo los pocos familiares y amigos que se enteraron nos acompañaron en una misa en el cementerio que dio un sacerdote muy joven con unas palabras bonitas y sencillas celebrando la vida de Elisa, la bendición de haberla tenido con nosotros tantos años, que haya muerto en su cama si bien con sus nietos y bisnietos repartidos por el mundo, con su familia completa. 
Me gustaría ser más intensa y decirle a Lelelilla una de esas frases comunes que hoy sirven para  la despedida final como "¡vuela alto!",  pero de Lelela heredé eso de evitar intensidades, me la imagino desde donde esté, exclamando otra de sus frases favoritas: "¡No seas tan pendeja!".

jueves, 26 de enero de 2017

Zootopía Venezuela

                                                   
                 

                                                                               I

Entre las películas animadas nominadas al Oscar 2017 está Zootopia, película de Disney que nada tiene que ver con las típicas historias de princesas, es un policial protagonizado por una ambiciosa conejita decidida a enfrentarse con los inevitables estereotipos para llegar a ser policía.  
Zootopia (Zootrópolis en español) es un microcosmos donde cada quien debe resignarse a seguir el camino indicado por su supuesta naturaleza: los zorros siempre serán astutos y oportunistas, las perezas lentas y dispersas, los leones acostumbrados a ejercer el poder, y las conejitas mansas y crédulas. Sin embargo la conejita Judy está dispuesta a romper patrones, aunque la vida insista en demostrarle lo contrario, como cuando recién comenzada su carrera policial cae en la trampa de un zorro timador que apeló a sus buenos sentimientos y a su ingenuidad de coneja, para sonsacarla en una heladería donde no le querían servir helados.   
La semana pasada me sentí la conejita Judy en la heladería de Zootrópolis cuando fui al Mercado de Chacao para hacer mis compras post decembrinas. Esperando turno frente a una de las carnicerías, impresionada de cómo habían subido los precios en menos de un mes, a mi lado se paró una ancianita desdentada suplicando que le brindara "un poquito de carne". 
Si me hubiese pedido dinero seguro se lo habría negado, pero viviendo en esta Venezuela donde se está pasando hambre, donde parte del paisaje urbano se ha vuelto ver a hombres, mujeres y niños hurgando la basura en las urbanizaciones para ver qué consiguen; en esta Caracas de miseria palpable si una ancianita me pide un poco de carne de la mía, yo no tengo corazón para negársela, por eso pedí para ella medio kilo de carne molida porque mientras se pueda, por mi una viejita no se quedará sin almorzar ese día.  
Atendiendo mi pedido el joven carnicero se dio cuenta de la presencia de la ancianita: "Ahí está la vieja del coño otra vez" -le dijo a su colega - "¡Sale vieja, no estés molestando a la clientela!". 
En ese momento me sentí con la rabia de la conejita Judy enfrentada al heladero que espanta al zorro: "Déjala tranquila que yo le voy a brindar su bojotico de carne a la doña". 
"Si eso es lo usted quiere" me dijo el joven carnicero conteniendo la rabia, "pero ahí donde usted la ve esa doñita es una abusadora, mire la bolsa que carga, en esa bolsa tiene más carne de la que usted se está llevando porque a todo el que viene por acá a comprar le pide, y con el cuento de pobre viejita, nadie le dice que no". 
La verdad es que la señora llevaba al hombro un enorme saco de compras que a duras penas podía cargar, pero ya yo le había ofrecido su paquetico de carne molida, y como soy mujer de palabra, no me quedaba sino cumplir. Cuando le entregué el bojotico de carne molida a regañadientas del carnicero, la viejita sonrió dando las gracias con su sonrisa desdentada, mientras sus ojos decían burlones: "¡Coneja! ¡Coneja!".
El carnicero me entregó el resto del pedido en una bolsa considerablemente más pequeña que la que se llevaba la doña. No se ahorró un comentario entre sarcástico y triste mientras le entregaba una propina en devaluados billetes de a cien: "Para la próxima si quiere regalarle carne a alguien, regálemela a mi, que tengo hijos en casa, trabajo todo el día como un burro, y apenas me alcanza para llevarles de comer". 

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Esta es una historia de cachorritos a quienes la gente se disputa, y perros abandonados que nadie parece querer sino los activistas de los derechos de animales, que tampoco es que que se pueden llevar a todos los perros callejeros a vivir con ellos. 
Mis cuñados viven en una casa alquilada desde hace unos meses, se mudaron con otra inquilina incluida: una hermosa perra labrador llamada Trufa, señorita canela joven, bonita y educada que de inmediato fue adoptada por mis sobrinos adolescentes. La verdadera sorpresa llegó semanas después cuando se dieron cuenta que Trufa a su vez tenía inquilinos: estaba embarazada, no se sabe en qué circunstancias ni qué mezcla de cachorros saldría de semejante desliz. 
En diciembre Trufa parió una camada de nueve cachorritos multicolores, los había crema, marrones y negros. Quedó claro al verlos quién era el padre de las criaturas: el Labrador de la casa vecina, una paternidad irresponsable porque los propietarios del perro no quisieron saber nada de los cachorritos, pero por ser cachorros pura raza de Labrador no hubo ningún problema en conseguirles futuros hogares de adopción, a ser repartidos una vez que Trufa los destetara.  
Durante todo diciembre tuvimos noticias de los encantadores perritos, quiénes los adoptaron, cuándo se los llevarían. Por Whatsapp en Margarita a cada rato recibíamos fotos de los animalitos que parecían unos peluches. Hasta yo, que no soy de mascotas, me provocaba adoptar uno. Qué contraste la suerte de estos cachorros con los desafortunados perros callejeros de la isla. Así será la invasión de perros en Margarita, que las carreteras están llenas de vallas implorando no atropellar a los perros que deambulan por las vías. 
Si en Caracas los conductores debemos ir esquivando huecos, en las carreteras de Margarita hay que ir esquivando perros famélicos en las carreteras. A menos que se tenga un toque de psicópata no creo que haya quien le tire el carro a los macilentos perritos solo por el placer de matarlos, pero hay que reconocer el peligro que implica frenar súbitamente en la mitad de una vía pública para evitar esquivar a un animal. 
Una muestra más de la miseria actual que vivimos en Venezuela es la cantidad de mascotas abandonadas por sus propietarios, muchos porque si les cuesta procurar alimentos para satisfacer las necesidades diarias de la familia, menos pueden alimentar a sus mascotas. 
Sin embargo en el caso de los nueve cachorritos de Trufa no faltaron familias amigas dispuestas a adoptarlos, por eso sorprendió cuando la semana pasada comenzó a circular una de esas típicas cadenas en las redes sociales ofreciendo cachorros en adopción, amenazando que si no les encontraban familia en las próximas 48 horas, los ahogarían sin piedad. Esa cadena tiene años circulando, lo que la hacía especial es que esta vez venía acompañada por la foto de tres cachorros de Labrador que mi sobrino inmediatamente reconoció como una foto que tomó a tres de los cachorros de Trufa.
Cuesta entender el sentido de las cadenas, barajamos entre familia teorías conspirativas, todas apuntan a la eterna búsqueda de conejos en Venezuela: la posibilidad de adoptar un cachorro fino podría ser un buen señuelo para ser víctima de la inseguridad. Pero yo más bien tiendo a pensar que se trata de publicidad engañosa, ¿cuántas familias estarían dispuestas a adoptar en el acto un perrito labrador, y cuántas familias correrían de inmediato a acoger a un perrito callejero? 
En esta respuesta están los verdaderos amantes de los animales.