jueves, 30 de marzo de 2017

De la esperanza a la resiliencia


En Venezuela la palabra de moda es "Resiliencia", hoy pareciera que suplanta la frase "Lucha Demócrata", después del optimismo que marcó a la oposición tras las movilizaciones de calle de fines del año pasado exigiendo un referendo revocatorio, cuando sentimos que la vía para retomar el  hilo constitucional podía estar cercana, este año 2017 se volteó la moneda y muchos venezolanos lejos de optimistas nos sentimos "resilientes", aprendiendo a llevar la Dictadura de Nicolás Maduro de la manera más positiva y perseverante posible en medio de tantos abusos y carencias. 
Para mi esta palabra es nueva, tan nueva que al escribir resiliencia en la computadora el corrector la subraya en rojo como si no existiera en castellano. Hasta el año pasado no recordaba haberla oído, la primera vez que lo hice fue en inglés: "Resilience", así se titulan las memorias de Jessie Close, la hermana de Glenn Close quien tras años de batalla logró aprender a vivir de la manera más positiva posible con la enfermedad mental que la aqueja desde joven. Por eso cuando empecé a a oír con regularidad la palabra resiliencia relacionada con la actual crisis política en Venezuela, pensé que sería un anglicismo, pero la doctora Diana Risquez me aseguró que es un término de uso frecuente en psiquiatría. El Diccionario de la Real Academia Española define Resiliencia como "la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o estado o situación adversas".
Sin llegar a los extremos de la edulcorada película de Roberto Begnini: "La vida es bella", para los venezolanos para quienes emigrar no es la vía, si bien es cuesta arriba ser feliz en tiempos aciagos, tampoco debemos sacrificar nuestras pequeñas alegrías, sumirnos irremediablemente en el victimismo y en la depresión.  
No hay que confundir resiliencia con resignación: la resiliencia es no dejarse hundir por las circunstancias, la resignación es aceptarte como hundida. 
La Polar al mando de Lorenzo Mendoza es el mejor ejemplo de resiliencia en Venezuela,  mientras el gobierno revolucionario busca con inquina asfixiar a una de las empresas más exitosas y de trayectoria más nítida en nuestro país, la Polar no se rinde a los embates de un Gobierno ineficaz, siempre buscando la vuelta para no dejarse amilanar en su afán de producir en lugar de destruir. Y sin necesidad de caer en la adulancia. 
No solo Empresas Polar ha dado lecciones de resiliencia, este año se le dio oxigeno a la Literatura Venezolana gracias a la convocatoria en marzo de Filcar en la isla de Margarita, donde durante una semana se reunieron narradores y poetas. O en eventos más íntimos como la convocatoria de  Carlos Sandoval y Violeta Rojo una vez al mes en la Librería El Buscón para conversar con admirados escritores nacionales, como el pasado miércoles 24 de marzo que nos reunimos con Victoria de Stéfano en una agradable tarde de lluvia en la cual la ganadora del premio de la Crítica 2011 por la novela Paleografías, hizo un recorrido de su vida y obra a librería llena.  
Otro maravilloso ejemplo de resiliencia ocurrió el domingo pasado en el maratón de la CAF, cuando miles de deportistas tomaron esta Caracas tan peligrosa, e inundaron por las redes sociales sudorosas fotos de meta cumplida.  
No faltará quienes digan, sobre todo quienes hoy viven fueran, que en las actuales circunstancias en las que vivimos en Venezuela, en medio de tanta inseguridad, hambre, represión, políticos presos, crisis de salud y escasez de medicina; mostrar cualquier pequeña alegría cívica es darle oxigeno a un régimen perverso, pero precisamente en estos momentos en los que la dirigencia política de la oposición parece estar en modo pausa, hoy cuando el TSJ vuelve a dictar sentencia contra la posibilidad de vivir en Democracia, quienes aquí seguimos y de aquí no nos vamos, debemos encontrar motivos para sobrevivir tanto descalabro de país sin caer en la más intensa depresión y sacar fuerza para continuar en la lucha contra un régimen forajido. 
Después de todo, la desesperanza es el mejor alimento de las Dictaduras. 

lunes, 13 de marzo de 2017

La abuela Jojó

En los últimos años de vida a mi abuela Elisa cada vez que le preguntaban cómo se encontraba, solía responder: "¿Cómo quieres que esté? Jojó, ¿sabes lo que es jojó? ¡jodida!".
 Sus hijos se molestaban, no tanto por oír a la abuela después de vieja diciendo groserías, sino porque nadie quería admitir que nuestra viejita de salud de roble pudiera alguna vez sentirse mal. Parte de la extensa filosofía de vida de mi abuela materna, que murió en Caracas el pasado miércoles 8 de marzo a los 97 años, era no ir al médico: "Viejo no se curucutea porque algo le tienen que encontrar". 
En la novena década de vida mi abuela -descendiente de corsos nativa de Carúpano- logró contra todo pronóstico superar problemas de salud que incluyeron enfermedades tropicales como Zika y Chicunguya, deshidrataciones, neumonías y hasta un cáncer que se manifestó con un tumor maligno en el cuello, que además de radiaciones que la oncóloga pensó no sobreviviría, finalmente la señora que la cuidaba, Magaly, logró reducir a punta de un menjurje de sábila que le consiguió uno de mis tíos. Tantas veces pensamos que Lelela no saldría de esta, que cuando volvíamos a llamarnos en familia para decir que la abuela se estaba muriendo, la respuesta solía ser: "¿Otra vez?". 
Tres de mis abuelos lograron superar la barrera de los 94 años, me consta que por más amor que se le tenga a la vida, llega un momento en la vejez que se está cansado de vivir: se es casi el último eslabón de sus contemporáneos, generaciones más jóvenes comienzan a morir de males relacionados con la vejez, el cuerpo no responde, y si conservan el don de la lucidez, se preguntan si la muerte acaso se olvidó de ellos. Mi abuela amenazaba con tomar medidas drásticas ya que la muerte parecía haberla olvidado, como tirarse frente al primer carro que pasara. Yo le decía riendo: "Ni se te ocurra Lelela, que con la suerte que tienes, capaz no te pasa nada y se mata el pobre conductor". 
Hasta Henrique Capriles Radonsky se preocupaba por el bienestar de mi abuela, vivían en la misma calle y cada vez que el gobernador del Estado Miranda encontraba a la viejita tomando sol en el jardín en el exterior de su casa, se detenía a saludarla, la abrazaba, y le advertía a Magaly que tuviera cuidado no fueran a secuestrar a la abuelita. No tenía Capriles nada de qué temer, varios encuentros con malandros logró sobrevivir mi abuela como hace un par de décadas cuando intentaron robarle la cartera caminando por la calle La Cinta de Las Mercedes, aunque era una mujer menuda, Lelela logró repeler a los malandros, malandros light de la IV República que los de esta V República matan ancianos sin piedad alguna. 
Mi abuela no le tuvo ni siquiera miedo a esta V República, nunca le gustó Hugo Chávez y temía por el futuro de sus descendientes en la Venezuela socialista que se asomaba, pero ella decía que los países comunistas se ocupan de los viejos, de los jóvenes de su familia se fuera el que quisiera, que ella estaría bien. 
En ese bienestar social no acertó Lelela a pesar de la sabiduría de los años, después de todo este Socialismo del Siglo XXI no se ocupa de sus viejos, mi abuela sufrió los embates de la maldición socialista en varios aspectos: una propiedad que era su principal patrimonio estuvo a punto de ser expropiada en diciembre 2015 tras un saqueo oficial que llevó a la ruina a varios comerciantes. Y si eso solo les inspira un "vieja capitalista", mi abuela no pasó lisa a la actual escasez que afecta a todos los venezolanos por igual: aunque su salud de hierro logró que Lelela llegara a los 97 años con un consumo mínimo de medicinas -además que había que hacer magia para conseguirle artículos como papel higiénico, café, azúcar, avena, leche y Harina Pan- en su etapa final cuando agarró cama, sufrió de dolorosas escaras difíciles de combatir porque en Venezuela hoy no se consiguen los parches para aliviarlas. 
Como tantos ancianos venezolanos, Lelela murió con su familia dispersa por el mundo, aunque cuatro de sus cinco hijos aún viven en Venezuela, solo tres de sus dieciséis nietos seguimos aquí -apenas cuatro nietos pudimos estar presentes en su despedida-, sin contar tantos de sus bisnietos que por nacer lejos no llegaron a ser cargados por Lelela. 
Pensar que hace más de dieciocho años cuando Lelela decía: "No sé preocupen por mí que en los países socialistas cuidan a sus viejos", todos sus hijos, nietos y bisnietos vivíamos en Venezuela y ni soñábamos que algún día seríamos una familia dispersa por el mundo. 
Su velorio fue íntimo, como privada fue mi abuela, solo los pocos familiares y amigos que se enteraron nos acompañaron en una misa en el cementerio que dio un cura muy joven con unas palabras bonitas y sencillas celebrando la vida de Elisa, la bendición de haberla tenido con nosotros tantos años, que haya muerto en su cama si bien con sus nietos y bisnietos repartidos por el mundo, con su familia completa. 
Me gustaría ser más intensa y decirle a Lelelilla una de esas frases comunes que hoy sirven para  la despedida final como "¡vuela alto!",  pero de Lelela heredé eso de evitar intensidades, me la imagino desde donde esté, exclamando otra de sus frases favoritas: "¡No seas tan pendeja!".