viernes, 2 de noviembre de 2012

Simona


En 1992 ocurrió uno de esos fenómenos de la naturaleza que trastornan el ecosistema: una especie de aves migratorias que visita anualmente a Caracas decidió ese año cambiar de ruta. Los caraqueños que no somos ornitólogos no nos habríamos dado cuenta de no ser porque estas aves se alimentan de una especie particular de gusanos, faltando sus depredadores naturales, los gusanos se multiplicaron de tal manera que acabaron con el follaje de los chaguaramos de la ciudad, de cuyas hojas se alimentan.
Mal presagio ver los chaguaramos caraqueños pelados, estas gigantescas palmeras tienen fama de traer prosperidad ¿señal de la tormenta que se nos avecinaba?
Peor aún que ver los chaguaramos pelados fue cuando los gusanos se transformaron en enormes mariposas negras que en las noches invadían nuestros hogares en busca de luz. Cuando estaba pequeña y aparecía una de esas mariposas negras detrás de una puerta mamá nos prevenía que tuviéramos cuidado, aunque supuestamente más allá de feas y tenebrosas las mariposas negras son inofensivas, mamá aseguraba que cargan un polvito que podía ser letal si te lo echaban encima. 
Y es cierto, me consta, lo comprobé a media carrera de la Escuela de Arte -1983 o 84- de manera más que dolorosa, y aunque el polvito pudo haberme caído a mí, por esas cosas del destino le cayó a Simona.
Empecemos desde el principio, a la universidad trataba de llegar lo más temprano posible para asegurarme el pupitre en primera fila junto a la ventana. Primera fila porque me gusta prestar atención cuando la clase lo amerita. Al lado de la ventana por acalorada, y porque si la clase se ponía fastidiosa, con asomarme a la ventana que daba al comedor universitario, tenía suficiente distracción. Tan regular se volvió mi puesto en primera fila al lado de la ventana, que al cabo de unos meses ya era una especie de puesto fijo que ninguno de mis compañeros se molestaba en reclamar.
Hasta que un día, en una clase de Shakespeare y el Teatro Isabelino, que era una clase de no más de doce alumnos, el profesor Isaac Chocrón en lugar de comenzar la hora debatiendo sobre "cómo el carácter es el destino en las tragedias de Shakespeare..." se nos quedó mirando callado un buen rato -bien raro en Isaac-, antes de decirnos: "Ustedes si son aburridos, siempre se sientan en los mismos puestos. ¿Acaso no entienden que la vida hay que verla desde distintos ángulos?  El primer ejercicio de hoy es párense de donde están sentados, y mézclense bien".
Como borregos le  hicimos caso al profesor, no recuerdo dónde me senté pero si recuerdo que en el que asumía como mi lugar se sentó Simona, y que al día siguiente recuperé mi puesto. 
No se puede decir que Simona fuera mi amiga, pero sí era una buena compañera de estudios. Hija de inmigrantes italianos, Simona era una muchacha dulce, aplicada, reservada sin ser antipática, quizás más bien tímida. Su principal rasgo, lo que la hacía bonita, eran sus enormes ojos verdes que hacían   juego con su rizada melena castaño-rojizo, que no la llevaba larga. Lo que no terminaba de hacerla bella era el cutis con tendencia al acné. Académicamente estaba a mi nivel, buena alumna sin ser una lumbrera. Que Simona ocupara mi puesto, no me importó. 
Comenzó la clase Chocrón y estaría divagando mi querido Isaac sobre cómo en la medida que el héroe trágico shakesperiano se debatía en posiciones contradictorias, sufría y padecía... cuando la clase se vio interrumpida por una invitada indeseada: por la ventana, la misma al lado de la cual yo tenía meses sentándome, se coló una gran mariposa negra, y tras sobrevolar el salón, se posó encima del hombro de Simona.
Recuerdo que aunque hubo el típico barullo de cuando entra una mariposa negra a una habitación porque es un bicho desagradable, Simona no se azoró, se la sacudió sin histeria y la mariposa se fue volando por la misma ventana por la que entró. Cómo imaginar que cuando nuestro profesor continuó con eso de "un cambio negativo del destino o la fortuna", no solo se estaba refiriendo al encuentro de Macbeth con las brujas. 
El cambio en Simona tardó semanas en verse, fue rápido pero gradual: menos de un mes después de  que la mariposa negra se posara sobre ella, Simona no era la misma joven dulce y plácida, el acné se le había empeorado y su pelo lucía grasoso pegado al cráneo. No hacia falta ser amiga de Simona para darse cuenta que ya no sonreía, y que sus ojos verdes dejaron de brillar. 
Una mañana me pidió la cola, no se a dónde, porqué no recuerdo haber ido a su casa, quizás nos tocó hacer un trabajo juntas, y yo, que desde joven tengo como ley de vida no entrometerme en la vida de los demás, sintiendo a mi pasajera tan infeliz, no pude menos que preguntarle:
"Simona, ¿qué te está pasando?".
No lloró ni evadió la respuesta ni hizo un melodrama, sencillamente me respondió: "Que no quiero seguir viviendo".
 A los veinte años, quizás nunca, se sabe cómo manejar semejante confesión. Le pregunté lo obvio, si tenía problemas en su casa, si algún desgraciado le rompió el corazón. Me contestó que no, sencillamente estaba deprimida, le perdió el gusto a la vida. Le pregunté si se estaba viendo con un siquiatra, este nivel de depresión era peligroso, quizás le hacían falta antidepresivos para superarlo. Me contó que ahora sí, pero su viejo era tradicional, no creía en depresiones, le había costado mandar a su hija a un médico que le quitara la tristeza. Simona hizo un amago de tranquilizarme diciendo que no me preocupara, que ya se estaba sintiendo mejor. 
Creo recordar que cuando nos despedimos fue la última vez que vi sonreír a Simona, no sé si también fue la última vez que la vi.  
Semanas después una compañera me llamó un sábado en la mañana para avisarme que Simona se había suicidado la noche anterior. Se lanzó al vacío. Le ganó la tristeza. La compañera me dijo donde la estaban velando. No fui al velorio, no conocía a su familia, no tenía a quien darle el pésame. Esa fue mi excusa, hoy me doy cuenta que no estaba preparada para ir al funeral de una muchacha a quien la venció la melancolía. ¿Acaso lo llegamos a estar? 
Desde entonces cada vez que veo una mariposa negra me acuerdo de Simona, de cómo tras una mariposa negra posarsele en el hombro, esta dulce muchacha perdió las ganas de vivir. 

3 comentarios:

Pablo dijo...

Que relato tan melancolico, creo que lo tendré presente por dias

Adriana Villanueva dijo...

Así es Pablo, yo lo tengo presente desde hace casi 30 años.

Sol dijo...

Este relato me hizo recordar la experiencia del profesor Leo Buscaglia, cuando en el intermedio de una conferencia observó a una linda joven en los primeros asientos del auditorium con una gran tristeza en el rostro, que quiso conversar con él. No pudo atenderla por el tiempo de su agenda, suicidándose al día siguiente.
El Profesor Buscaglia quedó muy afectado por la experiencia y cuando tenia oportunidad la reseñaba, a lo mejor como una manera de exorcizar la impotencia.