viernes, 31 de diciembre de 2010

El Imperio de Franelas Rockeras


No sólo con Jon Lee Anderson he tenido problemas por mi elección de franelas, hace un par de meses fui receptora de un: “¡Tú no irás a salir así!”, quienes piensen que esta es una frase reservada a los adolescentes están equivocados porque a mis cuarenta y tantos años en un reciente viaje a París con mi madre, un mediodía me miró de arriba a abajo desaprobando la facha rockera con la que me disponía almorzar con la prima Paulina.
El problema no radicaba en los blue jeanes negros, ni en los Converse azules, el problema estaba en la última joya de mi incomprendida colección: una franela de los Rolling Stones con la leyenda: “She’s a rainbow”.
Mamá se desespera cada vez que me ve con una nueva franela rockera, extraña manía le entró a su hija pasada la cuarta década cuando a la mayoría de las mujeres ya no se les ocurre comprar una t-shirt.
En algo tiene razón: esta colección que ocupa dos gavetas de mi closet no es la afición de una vida, empezó de manera casual cuando estaba por publicar “El móvil del delito”. Antes solo tenía dos franelas pop, siendo la de más vieja data una rosada con la figura de Yordano anunciando “La Fiesta”, concierto en El Poliedro en el año 87 en el que participé como asistente de producción. La otra franela que sobrevive los 80 es la de la gira Steel Wheels de los Stones que conseguí en un mercado de pulgas.
La verdadera colección de franelas de Rock comenzó formalmente en el año 2004 tras poner punto final a mi primera novela en la que la música de los Rolling Stones forma parte de la trama. Todavía no tenía con quien publicarla cuando compré la franela con la inconfundible boca de Mick Jagger para usarla el día de la presentación (finalmente lucí un vestido negro).
Meses después la novela ya estaba en imprenta cuando me llamaron de Ediciones B a pedirme una foto para la contraportada del libro, en la imagen escogida tomada por la fotógrafo María Angélica Jiménez, salgo con una franela negra de Los Beatles, la misma que ilustra este blog.
Ante el éxito de mis franelas rockeras, sobre todo entre los jóvenes, se despertó en mí la sed de coleccionista y empecé a extenderme más allá de la frontera de los Beatles y los Stones. Hoy tengo franelas que van desde Blondie hasta el concierto de Serrat-Sabina incluyendo Queen y The Who. No oculto las raíces Disco: Madonna forma parte de la colección. Tampoco faltan los clásicos como el sensual rostro de Jim Morrison y el prisma de Pink Floyd.
Algunas franelas son regalos como una de la etapa hippie de los Beatles que me regaló mi ahijado Fernando, otras las he conseguido en conciertos como el de Jorge Drexler en el Aula Magna en Caracas y el de Los Amigos Invisibles en el Central Park en NY. Hay franelas que se me han escapado como la del concierto de Wisin y Yandel que me prometió una amiga y nunca me dió (habría sido un ave rara de intasable valor). Hay franelas que por más que las busco, no las encuentro, como la de Sincronicity de Police, y hay las que codicio, como la de Héctor Lávoe que de vez en cuando luce el escritor Rodrigo Blanco Calderón.
Como es de esperar, las franelas que más tengo son de Los Beatles y de los Rolling Stones, a tal punto que me había prometido no comprar ni una más, pero cuando vi “She’s a rainbow” con arco iris y todo en una vidriera de Les Halles, no pude evitar la tentación, es una de mis canciones favoritas, en una época la tuve como ring tone del celular.
La adolescencia como que no se supera porque ante el: “¡Tu no irá a salir así!”, dudé si hacerle caso a la orden materna y cambiarme tomando en cuenta que mi prima Paulina, o Pali, 9 años menor que yo, es el “fashion icon” de la familia. Radicada desde hace más de 15 años en París, la prima ha adquirido el chic innato de las parisinas. Menos mal que también la rebeldía adolescente se conserva porque no me cambié, y al contrario de su tía, a Pali le encantó la franela de “She’s a rainbow”, y un cumplido suyo vale casi tanto como uno de Anna Wintour.   
Mi prima me preguntó si mis hijas adolescentes no me robaban a cada rato las franelas rock, le contesté que no, parecían compartir la indiferencia de su abuela a mi indumentaria rocanrolera. Pali, a cuenta de primita, se ofreció a heredarla, semejante colección no se podía perder.
Cuando regresé a Caracas le conté a mis hijas que cuando llegara el momento ya no tendrían que disponer de la colección de franelas rockeras de su madre, la prima Pali se había ofrecido a recibirlas en acogida. Me miraron con cara de desheredadas: ¿cómo se me ocurría despojarlas a futuro de mis bienes más preciados?
No puedo negar que me sentí dichosa al constatar que mi colección de franelas de rock por fin era cotizada, lo que por otro lado me hizo temer que el Gobierno pretenda expropiármela, o censurarla como propaganda Imperialista, o reglamentarla con un uno x uno obligándome a agregar a la colección el rostro del incondicional Cristóbal Jiménez, o del difunto Alí Primera, o peor aún, del rockero de la Revolución Paul Gillman.
Espero que no sea necesario y que mi franela roja de Led Zeppelin cumpla con la cuota revolucionaria.
Lo que es un hecho es que con tres potenciales herederas, el Imperio de franelas rockeras se puso a valer, tiene razones para seguir creciendo, no será necesario limitarme ante la tentación de una nueva franela de los Rolling Stones ahora que sé que en un futuro mi patrimonio de franelas se podrá dividir entre tres.
Pero no pienso hacer como el Rey Lear y dar mi herencia en vida, porque si algo he aprendido de los Stones, es que el Rock no tiene edad de jubilación.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

A Jon Lee Anderson no le gustó mi franela


Sobre el personaje de Ernesto “Che” Guevara hay dos tendencias irreconciliables: por un lado la mitificación Pop a raíz de la  fotografía de Alberto Korda que ha convertido al guapo guerrillero en el símbolo favorito de los idealistas de izquierda, y los que consideran al Che un violento asesino, para quienes el idealismo no puede ser justificación de sus crímenes.
En medio de estas dos posiciones el periodista Jon Lee Anderson dice haber querido captar la esencia humana de Ernesto Guevara, ni superhéroe ni villano, un muchacho clase acomodada argentina que intentó cambiar el status quo de la justicia social en el mundo, aunque para lograrlo apelara a la lucha armada. 
Este personaje que la cultura Pop convirtió en franela, el periodista norteamericano le dedicó 5 años  investigando y redactando una biografía: "Che Guevara-una vida revolucionaria-" que busca mostrar al más fotogénico de los guerrilleros como un ser humano excepcional con sus aciertos y sus errores. Anderson, nacido en 1957, dice sentirse atraído desde niño por la lectura de biografías, de adulto es famoso por sus perfiles periodísticos de hombres de poder, haciendo énfasis en la posición de estos hombres ante la violencia.
Interesada en el personaje del Che más allá del odio o el amor que da la polarización política, compré el año pasado la biografía escrita por Anderson, pero como es un libro denso, he postergado su lectura, sin embargo sigo de cerca la pista del periodista, por eso cuando me enteré que sería el invitado especial para la conferencia anual de la Fundación para la Cultura Urbana (que ahora tiene que ser la Sociedad de Amigos porque la Fundación está intervenida por el Gobierno) desempolvé el libro del Che publicado por Anagrama aspirando que me lo dedicara su autor, una excelente ocasión de no postergar más la lectura.
Anderson tenía dos presentaciones en Venezuela, debido a la huelga de controladores aéreos en España no pudo llegar a tiempo a la cita pautada la tarde del lunes en la Universidad Católica Andrés Bello, fue necesario posponerla para el martes en la mañana en la Fundación Chacao. En esta tertulia con el periodista Boris Muñoz, Anderson conversaría sobre figuras relacionadas con el poder político desde el Che hasta Chávez.  
Pocos estudiantes se veían esa mañana en la Fundación Chacao, el público estaba compuesto principalmente de escritores y periodistas,   yo de frasquitera en vez de ponerme mi franela de los Beatles que nunca me hace quedar mal, decidí ir vestida para la ocasión  con una franela donde la figura del Che Guevara  tiene los rasgos de Groucho Marx con el emblema: “marxista”. La paradoja es que en el puesto en el mercado de pulgas en Nueva York donde la compré las franelas eran de símbolos revolucionarios estilo iconografía soviética, no era una burla sino un homenaje al Che, aunque ante la realidad política de mi país, debo admitir que mi intención era iconoclasta.
No he tenido la oportunidad de usar la franela marxista mucho, no es el tipo de ropa que uno se pone para una entrevista de trabajo o para ir a comer con los amigos; pero pensé que llevarla a una conferencia titulada del “Che a Chávez” sería un guiño de humor, una especie de saludo al autor de la biografía.


Llegué temprano para agarrar buen puesto, logré sentarme en la primera fila en línea directa a los ponentes. Entre mis amigos periodistas hubo quien celebró la franela, no hay quien no sea marxista de Groucho Marx. Así que estaba yo de lo más orgullosa sentada en primera fila con la franela marxista, poniéndosela bombita a Boris Muñoz, quien señalándome con una mirada pícara, le preguntó a Anderson qué pensaba del uso de la cultura Pop de la imagen del Che Guevara.
¿Qué habría hecho Emil Ludwig de haber oído a Chuck Berry cantando Roll Over Beethoven? ¿O Giorgio Vasari ante la osadía de Marcel Duchamp de pintarle bigotes y chiva a una réplica de la Gioconda de Da Vinci? Imagino que el desprecio no sería mayor a la mirada fría del catire Anderson, quien dijo en español más pulido que el de Eva Golinger que consideraba un insulto a su inteligencia cualquier caricatura de la imagen del Che con fines de polarización. Había pasado 5 años escribiendo sobre los bemoles humanos del líder guerrillero para ver con buenos ojos el mal uso de su imagen.


Mientras decía esto, ya no veía mi franela sino su libro que estaba a mis pies esperando para ser autografíado. A lo mejor peco de sensible (o de insensible), pero me dí más que por aludida, preguntándome qué de aborrecible había en Che Groucho Marx, ni que fuera Che Homero Simpson o Che Hello Kitty. Tenía dos alternativas: o cubrir mi vergüenza con un sweater o exhibir mi franela marxista con la intención iconoclasta con que la compré. Opté por la segunda.
Como escritora no puedo dejar de entender el punto de Anderson: pasa 5 años  buscando desmontar la imagen pop del Che Guevara, y viene alguien en el público venezolano a restregarle en la cara que es  ingenuo pensar que lo lograría. Pero por otro lado como escritora también he aprendido que el mundo no empieza y termina con lo que escribimos, que hay diferentes lecturas sobre el tema que tanto nos apasiona.

En el caso de la Venezuela actual, sí estamos polarizados, es imposible no estarlo cuando una hegemonía política que gobierna desde hace 12 años trata de imponerse a quienes dudan de ella, y como los seguidores de esta hegemonía suelen ir uniformados con el rostro del Che Guevara y el Gobierno impone su figura en cuanto espacio público se pueda, hasta en los vagones del Metro, es difícil que quienes estamos entre los no creyentes del Socialismo del siglo XXI, por más que admiremos la obra de Anderson, no rechacemos la iconografía chavista. 
 En especial el gremio que fue a oír esa mañana a Anderson como a un gurú,  los periodistas que han sido tan golpeados por un Gobierno  cada vez menos tolerante con las noticias que empañen la gestión revolucionaria. Los canales públicos de disidencia se van estrechando, siendo el ideal del gobierno “el niño periodista” de la publicidad institucional que tan bien reseñó Milagros Socorro el domingo pasado, un periodista que solo da noticias buenas.
 Anderson, como corresponsal de guerra, no está acostumbrado a redactar noticias bonitas, pero demostró esa mañana haber quedado cautivado con su biografíado, lo que hizo sentir no solo ante la descarga a cualquier abuso de la imagen del Che, sino cuando Boris se atrevió a disentir asegurando que el Che Guevara no se podía negar que era un personaje sanguinario. Anderson lo justificó: “Fueron cortes marciales”. 

Me pregunto si de haber entre el público quien llevara la franela del Che con un “Hasta la victoria siempre”, su molestia por el abuso iconográfico hubiese sido igual.
La tertulia estuvo buena, en gran parte gracias a la dinámica con Boris quien llevó muy bien el hilo de la conversación y hasta puso a Anderson en un aprieto al preguntarle si se había sentido cautivado por alguno de los hombres de poder a quienes les hizo perfil periodístico. El invitado tartamudeó, podría decir que se ruborizó, no hizo falta contestar para que entendiéramos a qué personaje se refería.
El público también hizo buenas preguntas, aunque no incómodas, cuando alguien le inquirió a Anderson si estaría interesado en hacer un perfil de Fidel Castro se le iluminaron los ojos cual Oliver Stone, imposible no estarlo. La primera pregunta sería: “¿Cómo  logró permanecer tanto tiempo en el poder?”, de ahí saldría todo lo que le interesaba saber. También contó cómo con Pinochet lo que más quería preguntarle era el vedado tema de los Derechos Humanos. ¿Se afincaría el periodista con los Derechos Humanos con Fidel?
Aunque aludida por Anderson y castigada por el sol del mediodía, terminé de oír la tertulia, pero tras la descarga a mi franela marxista, no me atreví a pedirle al autor que me dedicara la biografía del Che. Ni me dio nota regresar a su conferencia esa noche en el IESA que cuentan que estuvo más acartonada. Eso no quiere decir que no vaya a leer la biografía del Che de Anderson, ahora con más razón, para ver si mi franela marxista estuvo bien puesta ese día, después de todo soy militante de andar evitando intensidades, hasta de una firma del New Yorker y de El País.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Una noche en Elaine's


Leo en el diario New York Times que acaba de morir a los 81 años Elaine Kaufman a causa de un enfisema. Una de esas celebridades mejor conocida por su nombre de pila, Elaine era famosa por el restaurante que llevaba su nombre en el upper east side en Nueva York, frecuentado por los literatis y estrellas neoyorquinas entre los años 70 y 80.
 Dicen que el periodista Gay Talese describe muy bien el ambiente de Elaine´s, no he leído las memorias de Talese, las que leí fueron las de Brian McDonald, un bartender que trabajó 11 años en el restaurante de la 2da avenida antes de retirarse para ejercer su vocación de escritor, siendo su primera obra un recuento del trabajo con esta singular mujer de carácter fuerte quien se derretía ante los famosos sin hacer amago de ello.
Cuenta McDonald que la irregular calidad de la comida de estilo italiano, el carácter volátil de su dueña, y los altos precios del menú, terminaron pasando factura y en los años 90 a Elaine´s no iban más que los turistas con la errada esperanza de encontrarse con una celebridad.
Quien iba en los años 70 a Elaine's no se habría sentido defraudado, se corría el riesgo de ser sentado en una de las mesas del fondo, zona mejor conocida como "Siberia", pero este detalle poco importaba a cualquier mortal que pasaba deslumbrado al lado de la mesa de Mick Jagger, Jack Nicholson o Warren Beatty.
A pesar de ser cualquier mortal a los 15 años tuve la oportunidad de comer en Elaine's y no precisamente en Siberia sino en el Olimpo, estamos hablando del año 1978, cuando mi familia se fue a vivir a Nueva York: mi papá tenía planeado montar unos cines con un amigo argentino, Peter Bauer, bien conectado con el mundo de estrellas y literatis gracias a que salía con una antigua top model llamada China Machado.

En los 70 hacía tiempo que habían pasado los años de estrella del modelaje de China Machado, quien siendo una aeromoza de 19 años en el año 1953, conquistó el corazón del torero Luis Miguel Dominguín. A pesar de que su nombre puede sonar latinoamericano, China en realidad se llamaba Noelie Dasouza Machado, era hija de china con portugués, hablaba bien el español porque se crió en Argentina aunque fue en Perú donde conoció a Dominguín. Cuando el torero se fue con Ava Gardner, China ya era reconocida como una importante modelo consentida por el lente de Richard Avedon, siendo la primera modelo no caucásica en salir en la portada en una revista de modas norteamericana.
Cuando la conocí ya había pasado de largo los 40 años, pero a pesar de ser yo una adolescente y entonces cualquier persona mayor de 30 años parece un anciano, recuerdo a China como a una mujer de edad indefinida, de rasgos orientales, morena, exótica. Ninguna de las actuales top models me la recuerda.
Peter era varios años menor que su novia pero la diferencia de edad no se notaba, comenzaron a salir con mis padres como parejas de amigos, China le contó a mi mamá que tenía dos hijas, la menor, Manuela, era más o menos de mi edad, teníamos que conocernos y hacernos amigas.
Una noche a las 8 en punto estaba con mis padres en las puertas de Elaine's, mi mamá me había advertido que era probable que nos encontráramos con alguna celebridad, cuidado y si los hacía pasar pena, los neoyorkinos jamás se dan por enterados cuando tienen un famoso al lado. Peter, China y Manuela nos estaban esperando en la que supuestamente era una de las mejores mesas del restaurante, a mi todas me parecían iguales. Nuestros amigos nos presentaron a Elaine, una señora gorda y de anteojos culo de botella quien a pesar de su fama de malhumorada y de solo hacerle caso a celebridades, nos besó y abrazó como si fuéramos clientes de siempre.


 Manuela tenía como 14 años, era muy linda, con los rasgos exóticos de su madre, todavía le hacía falta desarrollarse, se veía muchachita. La recuerdo simpática y avispada. Rápidamente conectamos como suelen hacerlo las niñas de esa edad, creo que hablábamos en español porque había vivido en México con su mamá, pero quizás la memoria me falla, a lo mejor hablábamos en inglés.
La comida en Elaine´s no sé si era gran cosa, pedí una pasta napoli que es difícil que quede mal, pendiente de que no me salpicara la salsa y de cuando iba a llegar algún famoso, por fin vi entrar por la puerta a una verdadera estrella, que aunque nada bonito para el gusto de cualquier adolescente, ya entonces admiraba gracias a su película Annie Hall: Woody Allen.


Allen era habitúe de Elaine´s, iba por lo menos una vez a la semana, incluso filmó en el restaurante una escena de su película Manhattan que sería estrenada en 1979. Elaine corrió a recibirlo y lo sentó a dos mesas de nosotros. Los adultos siguieron su conversación como si nadie especial hubiera llegado, ni Manuela ni yo podíamos controlar la emoción, ni que hubiera entrado John Travolta.
Después del postre, Manuela me dijo que la acompañara al baño, fuimos, y de regreso, sin avisarme, mi nueva amiga se paró al lado de Woody Allen y extendiéndole una servilleta, cometió un temeridad nada neoyorkina: le pidió un autógrafo al actor. Aunque estaba al lado de ella, no me atreví a hacer lo mismo, en parte porque nunca he encontrado la gracia de tener un papelito firmado por una celebridad. Hoy los deben tener locos tomándoles fotos con celulares.
Cuando llegamos a la mesa, nadie regañó a Manuela, más bien le rieron su osadía, China le guardó en la cartera la servilleta firmada a su hija, y yo me quedé sin la mía. De haberla tenido, seguro la habría perdido.
No recuerdo si regresé a Elaine´s, el negocio de los cines de mi Papá y Peter no se dio, y mi familia regresó a Caracas. Peter y China terminaron al poco tiempo, Peter y mis padres siguen siendo amigos, de China pasaron años sin saber hasta que hace poco se la encontraron casualmente en una calle de Nueva York, y aunque tardó en reconocerlos, los invitó a tomar un café en su apartamento. El restaurante Elaine's resurgió en la década del 2000, y seguirá abierto a pesar de la muerte de su dueña. Después de esa noche no me he perdido una película de Woody Allen pero a Manuela solo la ví una vez un par de años después, y no fue en persona sino en la pantalla grande: haciendo papel de extra en Stardust Memories como una jovencita importunando con la petición de un autógrafo a una elusiva estrella de cine.
Me pregunto si esa noche si yo también me habría atrevido, de haberle pedido que me firmara una servilleta, hoy podría decir que un día trabajé en una película de Woody Allen.