sábado, 19 de julio de 2014

A falta de valium...


"Disculpe, ¿tienen valium? No me estoy coleando, solo para saber si hay lo que busco para no perder el tiempo".
Quien hacía la pregunta era una mujer de aproximadamente 45 años al tomar su número y darse cuenta que tenía doscientos números por delante en la farmacia de Locatel La Castellana.
Yo llevaba más de una hora en espera y todavía faltaban como 50 personas antes que tocara mi turno. Por eso de confianzuda dije un chiste fácil que dudo habrá sido apreciado por alguien desesperado buscando valium.
"Si hay valium deberían repartirlos porque solo así se aguanta esta espera".
No había Valium, la señora insistió con dos ansiolíticos más que el doctor le dio receta por si no encontraba la primera opción. Tampoco había. En la más de una hora de espera que tenía en Locatel pude darme cuenta que a un alto porcentaje de quienes llegaban preguntando si tenían determinado medicamento, se enfrentaban a la temida respuesta:
"No hay"
La reacción solía ser la misma:
"Cómo que no hay, si es urgente  ¿y entonces?".
También pregunté antes de calarme la cola si tenían lo que andaba buscando... lo tenían...¡aleluya! Al rato me encontré con una prima que venía diez números antes que yo:
"Pero si acabas de llegar".
Un señor le regaló su número porque tras agarrarlo preguntó, y tampoco había lo que él buscaba.
La prima de optimista ni preguntó si había el medicamento que ella buscaba, tenían que tenerlo, es para el asma que sufre su marido, un artículo de primera necesidad.
Hizo la cola en vano: "Lo lamentamos señora, no hay".
Su visita a Locatel no fue infructuosa, encontró el tinte que usa para el pelo que tiene tiempo desaparecido. Seguiría zanqueando farmacias, pero con el pelo en su justo color.
Di una vuelta mientras esperaba para ver qué encontraba: me contaron que a ese Locatel el día anterior llegó acetona Valmy, voló rápido a pesar del: "Máximo dos frasquitos por persona", en Venezuela ni siquiera las manicuristas profesionales consiguen acetona.
Mi hija que me acompañaba quiso tomar un refresco pero la oferta era limitada. No hay envases para refrescos. Le sugerí que cruzara al supermercado de enfrente mientras yo hacía la cola. Regresó a los pocos minutos con las manos vacías: en Luvebras había más gente que en Locatel.
Y una que dice tener dignidad, resistirse a hacer cola, cuando se trata de un remedio no queda otra, en mi caso afortunadamente no era una urgencia, un jabón recetado por el dermatólogo a mi hijo adolescente que tiene principios de acné. Ya había ido a dos farmacias buscándolo, y no encontraba ninguna de las dos opciones recetadas por el médico.
Qué se puede esperar en un país donde hasta el jabón de baño está difícil de encontrar.
Por eso hay tanta gente en espera en Locatel, tiene fama de ser la cadena de farmacias mejor surtida en Venezuela, si el remedio que buscas no lo encuentras en Locatel, encomiéndate a los santos.
Cuando por fin salió mi número suspiré, apenas era la mitad del vía crucis, faltaba hacer la cola para pagar, por lo menos otra hora. Eso no quiere decir que Locatel tenga escasez de personal, solo que no se da abasto ante la cantidad de gente que va para allá como primera, o última instancia, para conseguir un medicamento.
En total dos horas y media para tener en mi poder el bendito jabón para un adolescente que quién sabe cuándo se recordará lavar la cara. Entramos en la tarde y ya era de noche, soñaba llegar a casa para tomarme un vodka para aliviar un poco la tensión de tan larga espera cuando al entrar al estacionamiento nos dimos cuenta que una camioneta trancaba mi carro.
"No te preocupes" tranquilicé a Camila "El parquero debe tener las llaves".
No había parquero sino vigilante y dijo que no, él no las tenía porque no le permiten agarrar las llaves de los clientes pero no nos preocupáramos que el carro era de un señor que entró un momentico en Locatel a comprar una pastillita y ya venía.
"¡Un momentico a comprar una pastillita y ya venía? ¿Tú crees que estamos en el año 1992? ¡Si yo tengo dos horas y media esperando para comprar un piche jabón! ¡Cómo dejas que tranquen un carro si no se permite dejar las llaves!".
"No se me ponga brava señora que así como usted es cliente el señor también lo es y tiene derecho a estacionar su carro".
"¡Pero yo no estoy trancando a nadie!", me ahorré el so-cretino porque soy una persona educada pero en la cara se me veía la furia, sobre todo cuando el vigilante de lo más Zen me sugirió:
"Calma mi señora, espere tranquilita en su carro a que salga el señor que ese no tarda".
Menos mal que no me dijo doñita porque le habría saltado a la yugular.
Suelo ser más sosegada que el común caraqueño, pero ya tenía el modo cuaima on, quizás activado desde el día anterior cuando en Farmatodo de La Florida, buscando el bendito jabón contra el acné, mientras esperaba que se desocupara un puesto de estacionamiento, en el puesto de handicap se estacionó un mangazón que tenía de minusválido lo que yo tengo de la madre Teresa de Calcuta.
Venezuela no es un país de vivos, es un país de pendejos, por eso los pocos vivos que hay hacen lo que les da la gana. Por eso subí a Locatel a hablar con el gerente: "¿cómo es posible que después de dos horas y media de espera, no me pueda ir para mi casa porque me están trancando el carro con el visto bueno del vigilante del estacionamiento".
La voz me temblaba, tenía la vena de la frente brotada, sentía que me iba a dar un ataque de histeria, estoy segura que de haber tenido valium en ese momento, me lo habrían dado sin prescripción cortesía de la casa.
Se disculparon, ese era ese vigilante que es así, no debió permitirlo, que no me preocupara, encendieron el altavoz y llamaron al propietario de una camioneta Toyota blanca placas tal y tal... pero nada que aparecía el desgraciado, me acerqué gritando donde la gente esperaba pacientemente su turno en la farmacia, "¡el propietario de una Toyota blanca, coño!" pero nada, el abusador no daba la cara.
"Quizás está en Luvebras", sugirió el señor que sella a la salida el ticket de compra.
"¡Luvebrassss? ¡Si allá la cola está peor que acá!".
Esos son los momentos donde una farmacia  debería tener a la mano valium inyectado porque si esta cliente tuviera un bate le habría caído a batazos a la camioneta blanca del abusador. Echando humo por la nariz regresé al estacionamiento a esperar en mi carro a que apareciera el tipo dispuesta a darle la insultada del siglo, que dicen en esta Caracas es lo último que se debe hacer, que ante los abusos hay que quedarse calladito, porque cualquiera saca un arma y pam pam... fin de la discusión.
Pero el abusador ya se había ido, o movido el carro, se ve que oyó cuando llamaban a que moviera el carro y no se identificó.  Y resultó que la mala fui yo, el vigilante estaba esperándome al borde de las lágrimas.
"Tuvo que subir a reclamar y me hicieron una amonestación, y yo lo que le estaba haciendo era un favor a un señor, pobrecito, viejito, minúsvalido".
Viejito minusválido un cuerno, de Locatel, esa tarde, no salió ningún viejito minusválido. Pero qué sentido ponerse a discutir con el vigilante, yo lo que quería era salir de ese anillo de este purgatorio moderno. En mi casa me estaba esperando un ansiolítico mejor que el valium, un vodka en las rocas con un chorrito de limón, que en Venezuela todavía no nos ha faltado, que el día que nos falte, ese día si habrá que emigrar.

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