jueves, 27 de octubre de 2016

Cuando comer perros calientes se vuelve nostalgia

En una cartera que tenía tiempo sin usar encontré el recibo arrugado de la que debió ser una compra de fin de semana en el abasto de mi zona, ese en el que hasta hace no tanto solo comprábamos los vecinos, y hoy a toda hora se arman largas colas para entrar. Recibo de apenas hace tres años que bien podría servir como testimonio del barranco económico en el que nos hemos sumergido vertiginosamente los venezolanos en la nefasta era de Maduro. 
La fecha: 28-09-2013; la hora 17:05 de la tarde. Es una pequeña compra, de esas en la que una iba a comprar algo puntual y metía tres pendejadas más en el carrito sin que se desequilibraran mucho las finanzas familiares. No tengo un almanaque a mano pero debió ser sábado, lo digo porque la última compra que aparece reflejada en el papelito blanco es un botellón de agua mineral Zenda. El camión del agua suele pasar por mi edificio los viernes en la tarde pero a veces no alcanzan los botellones, los venden todos antes de llegar a mi calle, y el fin de semana nos quedamos sin una gota de agua que tomar. 
Habrá quienes digan que qué necesidad tomar agua de botellón, que con montar un filtro o con hervirla tenemos, pero ese alguien debe ser de quienes viven en una zona donde el agua brota prístina como fuente cristalina, y no marrón que a menudo mancha la ropa que lavar.
Otros dirán, afortunada usted y sus vecinos, que por lo menos les llega agua con tierra en esta Venezuela donde el agua se raciona como si viviéramos en un desierto, y ni para bajar los baños da. 
Con tierra o sin tierra en una época teníamos que tomar agua hervida porque los botellones de agua desaparecieron ante las regulaciones de precios, pagábamos por ellos menos de lo que valían sus envases. Tampoco recuerdo que comprar agua de botellón soliera representar ni un lujo ni un gasto mayor, uno se sacaba el dinero del bolsillo, billetes de baja denominación. En el recibo del año 2013 sale reflejado: 31 bolívares cambiar el botellón vacío por uno lleno. 
Tres años después ya va para 800. 
Saquen ustedes la cuenta de la inflación que a mí los números no se me dan. 
Le digo al señor del camión que va a tener que venir con un punto de venta, cada vez cuesta más que alcancen los billetes para pagarle. 
Si en ese recibo el agua de botellón debió ser una necesidad, comer un sábado por la noche perro calientes con salchichas Weiner de la Colonia de Tovar era un placer culposo que en el año 2016 a los venezolanos se nos ha vuelto un lujo asiático. Si entonces una noche alemana para una familia de cinco salía por poco más de 150 bolívares contando el pan de perros calientes jumbo, hoy un paquete de salchichas sale tan costoso como una cantidad equivalente de bistecks, o una bandejita de pechugas de pollo, cuyo valor nutritivo, sin duda, es superior. 
Sin contar si encontraremos pan de perro ese día, lo que suele ser una lotería. 
No podían faltar las servilletas, un paquete Dinner de 250 servilletas de papel: Bs 49.26, entonces no parecían tan baratas. También llevé un frasco de Gatorade de mandarina, no sé para quién porque aquí no tomamos Gatorade: Bs 22,77. 
No hay refrescos en el recibo, qué raro, perro calientes sin refrescos, seguro que en la casa tendríamos guardado un botellón de Coca Cola.
Mostaza, salsa de tomate, pepinillos siempre tenemos en casa.
Papas blancas si compré, Bs 34.69, ignoro con qué aceite habremos freído las papas fritas porque ya para entonces el aceite vegetal o de maíz en Venezuela -cuando hay en la despensa- es un bien del cual se dispone con criterio de escasez. 
Quizás preparamos ensalada de papas, para las chicas de esta familia que tratamos de conservar un resto de la dieta hasta en una perrocalentada.
Lo que más me dio nostalgia del recibo arrugado fue constatar que había en la compra un desodorante Lady Speed Stick de Mennen. Se me arruga el corazón, hace tres años cuando necesitábamos comprar desodorante, el asunto era tan sencillo como que íbamos a cualquier abasto, farmacia o perfumería, y lo comprábamos. Nada de hacer cola de horas, ni depender de número de cédula, ni bachaquero mediante, en Venezuela hace tres años se conseguía desodorante, y a 14,21 la barrita regulada. 
Qué tiempos aquellos. 
Dos lujos veo reflejados en ese viejo recibo: el primero un frasco de aceite de oliva, que más que un lujo es una necesidad para una familia que el resto de la semana intenta seguir una dieta sana. Entonces un frasco de aceite de oliva Gallo de 500 miligramos valía 135 bolívares. Hoy el aceite de oliva que encontremos, que no suele de ser de una marca reputada, está por encima de los diez mil bolívares. 
Sigan ustedes sacando la cuenta que a mi los ceros inflacionarios me tienen aturdida. 
Aunque el verdadero gran lujo de esa compra septembrina fue una botella de vermouth a 144,60 bolívares. Creo que fue la última vez que compré una botella de Cinzano, no sé si todavía se consigue ni a cuánto podría estar la botella. 
Por último un amigo fiel, saludable, económico, rendidor, sabroso: una mano de cambures a Bs 20,26.
El gran total de esa visita al mercado del vecindario, frente al que seguro me habré llevado las manos a la cabeza preguntándome: "¿A dónde iremos a parar?", fue de Bs 668,27. 
Cantidad que pagué con tarjeta de débito porque nunca llevaba en la cartera tanto real.
Dígame usted amigo mío, si tres años después de esa perrocalentada, regreso al mercado con siete billetes de la que sigue siendo, a pesar de la inflación, la denominación máxima de la moneda nacional ¿qué podría comprar? 
 Con suerte, la mano de cambur. 




1 comentario:

Booklover dijo...

Sin duda se nos fue el pais quien sabe a donde. Los mexicanos dirian a la ching.... , pero la verdad, apreciada Adriana, es que los cuentos que me llegan de Venezuela son tan irreales que habra que escribirlos cuando todo esto pase, porque es asi, pasara. Le sucedio a Alemania en el 23 y a los ingleses en el 42.

Pensar que con mi sueldo, parte se podia destinar tranquilamente en libros. Compraba en los automercados plaza's y a veces iba al Makro. A veces. Una vez me trataron de atracar en el que esta en Sta Eduvigis y ya lo evitaba. Esa zonita nunca ha sido segura. Mi periplo de fin de semana era ir por todas las librerias de amigos, desde Suma hasta la que queda en los galpones alla arriba (kalathos, no?) y veia los precios. Iba comprando mis libros y los iba leyendo a ese ritmo. Iba a la del ingeniero que se atrevio a alquilar la casa en Las Mercedes, Libroria, que era muy buena, diria que de las mejores, no se si estas de acuerdo.

Todos mis recibos los tengo a mano. La mas cara era la del FCE (ambas), pero que se hacia. Varios de sus libros que no editan mas hoy son de los de 200 dolares. Luego llego el kindle y por comodidad algunos titulos los compro en la tienda online. Llamese comodidad a que el texto llega en segundos.

Ya luego dejo de ser posible importar los libros y los libreros comenzaron a cerrar.

Pero para whisky y otros licores aun habia.

Para mi habia llegado el momento de emigrar.