miércoles, 29 de abril de 2026

On Broadway




Pasando unos días en Nueva York aprovecho para ir al teatro, en cartelera está “Death of a Salesman” de Arthur Miller con Nathan Lane como Willy Loman y Laurie Metcalf como su esposa Linda. Dudo si ir a verla, es una de esas obras que creo conocer hasta el cansancio: recuerdo haberla leído en bachillerato, también en  la universidad, vi la película con Frederic March, en pandemia vi la versión de Dustin Hoffman. Pero los comentarios son excelentes y pienso que en un Broadway donde hoy mucho del teatro que se ve está basado en éxitos de Hollywood, hay que reconocer la genialidad de un dramaturgo como Arthur Miller  y me decido a ir a la obra por excelencia del derrumbe del sueño americano que trata de un vendedor estrella que pasados los sesenta años se da cuenta que no solo su carrera de vendedor es insignificante, sino también las vidas de sus dos hijos, incluso Biff, el que tanto prometía en su juventud y que sin trabajo a los 34 años se enfrenta a su padre: “Hombres como nosotros los hay a diez centavos por docena”.

Da vértigo de vida regresar a la Muerte de un Viajante teniendo la edad de Willy Loman. La única nube en fue que como a los veinte minutos de comenzada la función, una puerta se abrió para dejar pasar a una pareja que llegaba tarde. No podía creer la mala educación, los actores dejando el alma en escena y estos irrespetuosos no tienen la decencia de llegar a tiempo. Yo no llego tarde al cine porque no me gusta ver una película ni con un minuto de empezada mucho menos llegaría tarde a una función de teatro porque además de ser una grosería para el resto del público ni se diga para los actores.

La lengua es castigo del cuerpo, exprimiendo mi estancia en NY busco entrada para ver Giant con John Lithgow como Roald Dahl, mi hijo sabe quién es Roald Dahl porque creció leyendo sus novelas infantiles y viendo las películas basadas en ellas: Matilda, Charley y la fábrica de chocolates, James and the giant Peach, pero no ubica a John Lithgow: “El papá biológico de Dexter“, le digo,  “aaahhhh ya sé quién es”.

Estoy emocionada de ver esta obra que ganó varios premios el año pasado en su estreno en Londres. Salgo una hora y media antes para llegar a tiempo, cómo todavía estoy recuperándome de la fractura de tobillo camino lento en una ciudad donde hasta las ancianitas me pasan apuradas. Este martes estoy un poco distraída, me pasé de la estación de Metro hasta la calle 34, estaba a tiempo, podía caminar las once cuadras de distancia, pero decido no andar apurada y me doy la vuelta en Metro. Apenas pasan las siete y la obra es a las ocho, me parece un poco extraño que la calle de Broadway donde
quedan varios teatros está inusualmente vacía, gracias a que no apuro el paso porque tiempo es lo que sobra me puedo fijar en un señor de barbita que viene caminando hacia mi conversando con un muchacho, coño, no puede ser, si, es el, de bolas que es el, es Steven Spielberg, el legendario director de Jaws, de ET, de Raiders of The Lost Ark; si Willy Loman es la esencia del fracaso americano Steven Spielberg es la esencia del triunfo del mismo, a los treinta años ya había logrado hacer sus obras más comerciales para dedicarse a hacer las películas que él quería como La lista de Schindler. 

Dígame usted si se cruza en la calle con Spielberg qué haría, yo respeté su privacidad pero no pude evitar exclamar en voz alta cómo quién canta un mantra: ¡Spielberg Spielberg! para convencerme del gran momento fugaz de en una ciudad en la que deambulan millones de almas cruzarme con semejante ídolo, pensar que qué impresión que ese hombre además no envejece, pero sin dejar pasar la emoción de semejante encuentro me tenía que apurar porque no me gustan los gentíos, por eso procuro llegar temprano al teatro, pero que extraño es aquí, y no hay nadie en la puerta, solo los porteros, será que me equivoqué de día, entonces caí en cuenta que era martes y los martes el teatro es a las siete pm, no a las ocho.


Por boca de sapo tuve que pasar por la vergüenza de llegar a una obra de teatro 17 minutos tarde, aunque calculo que un poco menos, porque la antagonista, la que señala a Las Brujas cómo una alegoría antisemita, hace su entrada a la obra minutos después que yo. Menos mal que mi actual claustrofobia hizo que buscara un puesto de pasillo a un lado del teatro, al único que creo haber molestado por mi impuntualidad fue al muchacho sentado al lado mío que estaba usando mi puesto para su abrigo. Lo quitó con fastidio de a quién se le ocurre llegar tarde al teatro.

Al principio me costó entrarle a esta historia de un enfrentamiento entre Roald Dahl y una joven periodista judia por el abierto antisemitismo del escritor que tanto admiraba, pero gracias a la actuación de Lithgow, a los pocos minutos ya estaba concentrada en lo que estaba ocurriendo en escena:  “¿Las brujas antisemita? ¡Pero si es la historia de un niño y su amor por su abuela!”.

En el intermedio corrí lo que me permitió mi pierna chueca para ir al baño y regresé a mi asiento minutos antes de que comenzara el segundo acto. El muchacho sentado al lado mío no había llegado. Cuando por fin lo hace se quita la gorra para ponerla en su regazo, ¿y qué decía la gorra? ¡Steven Spielberg! No podía creer la casualidad, le conté que había llegado tarde porque me había confundido en la hora pero gracias a esa confusión, gracias a que me pasé de estación de Metro, y quizás gracias a que en diciembre me fui por una alcantarilla sin tapa en Caracas y pasé por una doble fractura de tobillo, hoy el universo me había recompensado con una visión fugaz de Steven Spielberg, director a quien admiro tanto que como diría mi hija soy la única persona que ella conoce que no me quedé dormida viendo “Lincoln”.

Y para más casualidad tenía sentado al lado a un chamo con una gorra que dice Steven Spielberg. Estaba tan emocionada contándole con mi broken English que se me fue la palabra baseball cap: “I just saw Spielberg on the street, and now you are sitting next to me with a, with a, with a ¡cachucha! with his name on it”.

El muchacho pareció emocionarse con el cuento y le dijo a su amigo: “She just saw Spielberg! Is he here?”, me preguntó emocionado. Le dije que me lo crucé en la calle, si no hubiera llegado tarde no lo habría visto pero qué casualidad esa gorra, tenía que tomarle una foto, el chamo me dijo claro, pero ya yo había apagado el teléfono para que en este día de encuentros y desencuentros no me fuera a sonar en medio de la obra, las luces del público se bajaban anunciando el comienzo del segundo acto. Comprendí que no todo en esta vida moderna debe tener un respaldo gráfico, suficiente, ya, enough, había pasado el momento Spielberg, volvía a ser la hora de Lithgow como Roald Dahl, por lo menos hasta el día siguiente que escribo este encuentro, y hasta el estreno en junio de la próxima película de Spielberg: “Disclosure Day”.


martes, 3 de febrero de 2026

La amatista

  



A mes y medio de la caída en la cual me fracturé tibia y peroné, los avances en mi pie izquierdo han sido quizás más lentos de lo que yo habría deseado, aunque para el médico y el fisioterapeuta voy bastante bien: ya camino con muletas apoyando más de la mitad de mi peso en el pie lastimado. 

Mis horarios siguen siendo los mismos de antes de la caída, las rutinas diarias como bañarme toman más tiempo. El domingo fue mi segunda salida en mes medio y medio (ya había salido a la consulta del médico): fui a una parrillada con unos amigos. Sigo acostándome todas las noches después de las 12 tras resolver  Wordle, Connections y el mini crucigrama del NYT, y si no está muy difícil, también debí haber resuelto el crucigrama usando la opción de tachar las letras erradas, que mi inglés tampoco da para tanto. 

Y aunque me acueste tarde, cansada, y con alguna leve ayuda medicinal, me está costando conciliar el sueño, no todas las noches, algunas más que otras. Anoche, por ejemplo, tras apagar la luz, comencé a dar vueltas incómoda con el pie herido, como si no terminara de cuadrar con el resto del cuerpo, como si fuera un miembro ajeno cocido por el doctor Frankestein. 

Duermo de un lado, me volteo, intento boca arriba, pongo el pie herido sobre una almohada, me molesta la cicatriz como si tuviera astillas, quito la almohada, levanto la cobija e intento sacar la pierna de un lado, es que no hay posición que me acomode. 

Como a la media hora me rindo y prendo la luz de la mesa de noche, voy al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz, como sigo sin sueño, busco en mi Kindle el libro más aburrido que haya bajado en la últimas semanas: una novela gringa sobre las vicisitudes de la perimenopausia. Ya yo pasé por ahí, capítulo de insomnios pasados.  Aburrida y todo la novela la termino de leer en mi desvelo.

Vuelvo a ir al baño en muletas, vuelvo a apagar la luz para ver si llega el sueño, y nada. No pienso en el futuro, a lo mejor por mi propia inmovilidad  ahora siento que está estancado, sé que no debería pero pienso en el pasado, recuerdo historias que valieron la pena, otras historias que con gusto me saltaría si volviera a vivir… Evito ponerme intensa, caer en un ciclo de “what if´s”. Poco me falta para agarrar un rosario, o ponerme a contar ovejas en vez de vivencias, pero prefiero recurrir a mi caja de piedras: una de mis más recientes mañas es que me ha dado por coleccionar piedras, confieso que me he dejado deslumbrar por piedras de colores como las que usaban los conquistadores españoles para cambiárselas por oro a los indígenas. 

De mi incipiente colección agarro un cuarzo morado o amatista, piedra conocida por sus propiedades “calmantes y protectoras, recomendada a las personas propensas al estrés y a la ansiedad gracias a sus efectos relajantes y equilibrantes”. 

Me aferro a la amatista apretándola con mi puño izquierdo hasta que por fin llega el sueño, mi mente se desenchufa, por fin la nada, el dejar de sentir la pierna izquierda amotinada del resto del cuerpo, desconectarme con el yo, o por lo menos eso creo porque de repente me encuentro en una casa que no es la mía, con otros sobrevivientes a la espera de que lleguen los monstruos verdes, que no son ni zombies, ni vampiros, ni alienígenas, son monstruos, como los de antes, como Frankestein, ya vienen por nosotros, y yo con la pierna así, y sola, mi marido murió, mis hijos emigraron, no puedo salir de la casa, logro meterme en un clóset, la pierna entra a duras penas, me cubro de chaquetas, aguanto la respiración, ya van a entrar los monstruos verdes, ya vienen…

Y abro los ojos sobresaltada, hace un mes y medio de mi caída por una alcantarilla sin tapa, gracias a Dios por mi familia y mis amigas que me ayudaron en ese trance, ya hace un mes de la llamada “extracción”, esta madrugada de febrero 2026 me despierto en una Caracas post Maduro, en la era de la señora Delcy y de mister Trump, con la ilusión que terminen de liberara. todos los presos político en Venezuela y que reactiven los vuelos de American Airlines para ir a visitar a mi familia cuando me recupere al cien por ciento.  

 No estoy despierta del todo, mi pierna descansa con el resto del cuerpo, por fin parece haber encontrado su mejor posición, mi mente está despierta el cuerpo todavía no,  o eso creo yo, la mano izquierda sigue fuertemente aferrada a la Amatista.