martes, 12 de julio de 2011

Los coleados


Lo sorprendente no es que 5 maleantes hayan atracado a 70 personas cuando terminaba la función de las 7 de la noche de una película 3D en el Cine Concresa, lo sorprendente es que no hubiese ocurrido antes.
Hace algunos meses estaba una tarde con mi hija mayor en la sala VIP del Cine San Ignacio viendo "El discurso del Rey" cuando en la mitad de la función entraron furtivamente tres muchachos. Ni que fuera cine continuado, pensé, ¿quién va a querer ver una película que tiene más de una hora de comenzada?
Esa es la razón por la cual los empleados de los cines, cuando ya la película está tan avanzada que nadie se molestaría en colearse, se van a atender la entrada o salida de otras salas. Por eso cuando sentí abrirse la puerta y vi entrar a tres manganzones que la oscuridad no me permitió detallar, ante el sigilo de los chamos al sentarse en la primera fila, la afinada alarma interna que tenemos los caraqueños se me prendió en alerta roja:
"Nos fregamos" me dije aferrando instintivamente la cartera.
Imaginé que en pocos minutos tendría a un malandro con un puñal rozándome la yugular susurrando que le diera el reloj, el dinero y el celular. Pero los minutos pasaron y los coleados hundidos en las butacas VIP ni ruido hacían, parecían absortos en la película.
 Me entró la culpabilidad que esta paranoia clase media va a acabar con nosotros, los coleados eran muchachos que como tantos muchachos de diversos estratos sociales de varias generaciones, tan solo parecían culpables de algo propio de su edad: se colearon como una travesura para disfrutar el cine gratis. De esto he sido testigo hasta en los multicines en los Estados Unidos, donde los adolescentes buscan entrar furtivamente por la puerta de salida. Muchos lo consiguen con la ayuda de adultos buena nota que les permiten pasar mientras ellos salen. Otras veces hay un guardia vigilante de que esto no suceda.
Cuando ya había olvidado a los coleados en el cine criollo y vuelta a concentrar en las gagueras reales, entró una empleada con el uniforme de Cinex acompañada de un hombre de seguridad quien tras enfocar a los chamos con una linterna, los invitó a que abandonaran la sala.
Así como no entendí la nota de colearse cuando la película iba por la mitad, tampoco entendí por qué sacar a los muchachos cuando ya la película estaba por terminar. ¿Qué habría pasado? ¿Será que la encargada de la sala sí se dio cuenta cuando los muchachos entraron, no se atrevió a sacarlos ella sola y tardó media hora en conseguir a seguridad? ¿O será que no solo a mí se le prendió la alarma antiatracos ante los chamos coleados y alguien los fue a denunciar? Los muchachos se fueron como entraron, sin bulla, entre risas sigilosas de tremendura a medio lograr.
Entonces me dio lástima que los sacaran del cine, hoy leyendo la noticia de los 70 espectadores asaltados en el Cine Concresa pienso que qué impotencia que en esta ciudad la imaginación paranoica siempre termina triunfando.

2 comentarios:

Hans Jordan P. dijo...

Esa es la realidad en la que vivimos los venezolanos: paranoia. Siempre sentimos que algo nos va a "atacar" pero creo que, de vez en cuando, tenemos que hacernos la vista gorda para no terminar todo el día estresados por problemas que, al fin y al cabo, no nos afectaron ya que no nos pasó nada.
Muy buena entrada, una escritura tan cotidiana que me hace sentir como si estuviera en la sala de mi casa echando cuentos, visitaré este blog con frecuencia.

Adriana Villanueva dijo...

Gracias Hans, aquí estaremos luchando contra las intensidades para cuando quieras visitarnos, aunque viviendo en Caracas hay intensidades difíciles de evitar, por ejemplo, la paranoia.