viernes, 5 de julio de 2013

4 y 5 de julio


En el año 2012 me tocó pasar por primera vez un 4 de julio en Nueva York y darme cuenta de la enorme diferencia de cómo celebran en los Estados Unidos el Día de su Independencia, y como celebramos, un día después, el aniversario de nuestra independencia en Venezuela.
En los Estados Unidos el 4 de julio es de carácter cívico, un día de jolgorio tribal, semanas antes comienzan a moverse los engranajes del capitalismo y sale a la venta una parafernalia de mercancía alusiva a la fecha patria: en tiendas como Old Navy se exhibe la línea de ropa con barras y estrellas emulando la bandera; y tiendas de artículos para el hogar como Pottery Barn, William Sonoma y Target, ofrecen manteles, platos, vasos, servilletas donde los colores rojo, azul y blanco predominan.
La celebración del 4 de julio en los Estados Unidos es comunitaria, momento para reunirse en familia con los vecinos y amigos, como ya es verano al aire libre alrededor de barbacoas y picnics esperando el gran evento de la velada cuando en toda ciudad, aunque no pase de la categoría de pueblo, se hace alarde de un espectáculo de fuegos artificiales para celebrar: "the land of the free and the brave". 
Inclusive en una gran ciudad como Nueva York, de las más cosmopolitas y trendy de los Estados Unidos, los usualmente gruñones neoyorquinos se dan el "Happy fourth of july!" como quien da el feliz año nuevo. Una costumbre que ya comparten mis amigos venezolanos recientes emigrantes en los Estados Unidos, quienes en las redes sociales celebran un nuevo aniversario de la patria adoptiva como jamás se les habría ocurrido hacerlo en la patria natal. 
Dice el dicho: "Cuando estés en Roma, haz como los romanos" pero yo no pensaba celebrar el Día de Independencia de un país que no es el mío, no estoy culturalmente programa ni siquiera para celebrar el 5 de julio venezolano, así que más allá de reciprocar amablemente los "Happy Fourth of July!" con los que me saludaban, no pensaba sumarme al jolgorio local. 
Y no lo habría hecho de no ser porque Yordano y Yuri también estaban de vacaciones en Nueva York, y me convencieron que no nos podíamos perder la experiencia de ver los fuegos artificiales iluminando el río Hudson. Así una calurosa tarde en la que la temperatura superaba los 90 grados F (30 y pico grados de los de acá), me encontré cruzando la ciudad con mis amigos, sus dos hijas y mi hija Isabel, del East River hasta el río Hudson, para nuestra primera celebración del 4th of july.
Por supuesto que los mejores puestos están reservados para los VIP, y el lomito en Nueva York es frente al río Hudson, como 10 cuadras hasta la calle 24, por completo reservadas por la tienda por departamento Macy's que patrocina la celebración del 4 de julio con la participación de estrellas pop. Macy´s financia en NY los más de 40 mil explosivos a utilizar en los fuegos artificiales de la noche. 
La policía de Nueva York, con ese porte de gladiadores que tienen sus oficiales, impedía el paso de la muchedumbre a la zona VIP.  Nosotros que veníamos de la calle 10 y primera avenida, tuvimos que caminar varias cuadras, con un calorón que ni en Cabruta, estado Apure, antes de encontrar la primera calle donde tuviéramos acceso al río. 
Acceso es una palabra optimista, sabíamos que el río estaba detrás del muro aunque no se veía, pero ese muro no era obstáculo para que una más que calurosa tarde de verano, cientos de entusiastas espectadores, armados de banderitas de barras y estrellas, disfrutaran entre amigos y familia de nutridos picnics expuestos a  lo largo del asfalto.
 Llegamos como a las 5 y media de la tarde y ya la amplia calle estaba tomada por decenas de manteles de cuadritos, los presentes se sentaban en el asfalto hirviendo con la misma comodidad como si estuvieran en la grama del Central Park. Yordano, Yuri y yo nos sentimos afortunados de encontrar un enclencle arbolito donde por lo menos apoyarnos.
Supuestamente los fuegos artificiales comenzarían al anochecer, asumimos que sería antes de la siete, sin tomar en cuenta que el anochecer del verano en los Estados Unidos es pasadas las 8 de la noche.
 Si en Caracas habrían hecho su agosto los vendedores ambulantes vendiendo cervezas, helados, raspados y botellitas de agua, en Nueva York quienes no habían llevado refrigerios, ante una posible deshidratación, debían hacerse paso por la muchedumbre, que cada vez era mayor, y caminar varias cuadras largas al local de comida más cercano. A las siete de la noche, los mismos que me convencieron de venir a hacer turismo a esa paila del infierno, quisieron irse sin esperar que comenzaran los fuegos artificiales, ¿por qué no mejor verlos en cualquier bar cercano que tuviera televisión, con aire acondicionado, y un vodka en la mano? Pero las niñas insistieron que tras dos horas pasando calor, sería absurdo irnos sin ver los benditos fuegos artificiales. 
Conversando con gente a nuestro alrededor, era fácil darse cuenta que la mayoría de los asistentes no eran de Nueva York, sino que habían viajado a "town" especialmente para la ocasión. Una familia que se había quedado al otro lado del río, en New Jersey, donde el alojamiento es considerablemente más barato que en Manhattan, se arrepentía de haber cruzado el río porque en New Jersey la vista era superior. 
A las 7 y media no cabía un alfiler en la calle, los policías mandaron a quienes estaban sentados en su mantel, a pararse y recoger para que entrara la mayor cantidad de personas posibles. El calor y la claustrofobia comenzaron a apoderarse de los adultos, de no ser por las niñas, mis amigos y yo hace rato nos habríamos largado de ahí. Pasadas las ocho de la noche fue cuando comenzaron los fuegos artificiales ante el deleite de la multitud que celebraba cada explosión como una maravilla de la pirotecnia. La verdad la verdad nunca he sido entusiasta de los fuegos artificiales, me parece un desafuero ambiental que tras segundos de colores, queda una estela de humo que tarda horas en evaporarse. 
 Como media hora duró el evento, di gracias a Dios cuando por fin terminó, lo que jamás imaginé es que entonces era cuando comenzaba lo peor. Isabel y yo nos despedimos de nuestros amigos que iban downtown mientras nosotras íbamos uptown, dispuestas a agarrar al primer taxi que viéramos,  o entrar en la primera estación de Metro que encontráramos. Pero hacía ese lado de la ciudad no llega el Metro y estaba cerrado el tránsito vehicular, tuvimos que caminar largas cuadras codo a codo en éxodo como parte de la muchedumbre, y además de la claustrofobia y el calor, se sumó la paranoia que hasta un loquito con un triqui traqui podía causar una estampida mortal. 
Las cuadras eran interminables y el calor tan grande, que a la altura de Chelsea, encontramos un parque con chorros de agua abiertos donde juguetabean unos niños como salidos de una película de Spike Lee, y cual perdidos en un desierto que por fin encuentran un oasis, Isabel y yo nos metimos con ropa y todo bajo los chorros de agua como si de Parque El Agua en Margarita se tratara. Una cosa si les digo, las princesas caraqueñas no estamos hechas para ese calor. Caminadas más de treinta cuadras más exhaustas que mantuanas en la emigración a Oriente en la lucha de la Independencia, por fin encontramos un taxi que nos llevara a casa, dando por conocida la inolvidable experiencia del 4 de julio en Nueva York.
Un año después, en Caracas, celebro el 5 de julio como siempre lo hemos celebrado los venezolanos, echadaviendo televisión, solo procuro no sintonizar la televisión nacional evitando toparme con un desfile militar en cadena.  

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