martes, 7 de enero de 2014

Y nos quedamos cortos


Tras publicar la crónica "¿El destino más chévere?", me quedó un ácido sabor en el alma porque describía lo malo pero no describía lo bueno de pasar vacaciones en Margarita. Por algo tengo más de veinte años yendo casi todas las navidades y la mayoría de las Semana Santa. Margarita, o "la isla", como la conocemos los venezolanos, es un privilegio de la naturaleza que reúne playa y vegetación. Una isla verde como hay pocas islas en el Caribe. Tampoco denigro de la modernidad que ha llegado a ella, me gusta que tenga cines, buenos restaurantes, sin perder su gastronomía autóctona: las cocadas en la carretera, las empanadas de cazón en la playa, el ají margariteño que sazona platos típicos como el pastel de chucho. 
Por eso me sentí mal cuando una amiga que emigró a Europa me escribió que por testimonios como el mío, retrocedía en su nostalgia de querer regresar a Venezuela. Esa no fue mi intención, aunque tampoco podía negar que la sensación de inseguridad y el desabastecimiento en la isla no terminaron de permitir que este fin de año 2013 Margarita fuera "el destino más chévere". 
De los momentos que más disfruto en Margarita es la fortuna de poder leer en el chinchorro con vista al mar. Entre muchos libros estas vacaciones me decidí por la versión digital de "Dark Star Safari: Overland from Cairo to Capetown" (2004) de Paul Theroux, en el cual el famoso escritor norteamericano describe su travesía por una Africa que nada tiene que ver con los lujosos safaris de los turistas occidentales. Theroux, que trabajó en Malawi en los años 60 como maestro de escuela llevado por los Cuerpos de Paz, quería regresar al continente donde comenzó su carrera de escritor de la mano de V.S. Naipaul. 
Elegir vagones de segunda clase y autobuses en caminos de tierra no hacen a Theroux un viajero complaciente. Este Safari oscuro no es la excepción, el escritor famoso sobre todo por sus libros de viajes asume una postura que podría ser considerada políticamente incorrecta cuando responsabiliza a los benefactores de los países africanos (sin nombrar activistas como Bono) y a la comodidad y corrupción de muchos gobiernos populistas y revolucionarios, de conformarse con sobrevivir con la ayuda internacional sin hacer un mínimo esfuerzo para salir por sus propios medios de la miseria en la que están sumidos. 
Theroux increpa con dureza a aquellos africanos jóvenes que se acercan a él a mendigar. Salió respondón el gringo. Quién diría que hacía cuarenta años era un muchacho idealista que dejó la comodidad de su hogar en Massachussets esperando hacer una diferencia en uno de los países más pobres del mundo. 
Leyendo a Theroux es fácil darse cuenta que hay por lo menos dos tipos de países africanos: aquellos donde pareciera haberse perdido toda esperanza de progreso y el principal objetivo de cualquiera con un mínimo de ambición es huir; y aquellos países que lejos de vivir en riqueza, cuentan con profesionales que se han preparado con becas en el exterior, que regresaron, muchos hoy educan a sus hijos en universidades occidentales, pero aspiran a que sus hijos vuelvan para contribuir en el desarrollo de su país. Para Theroux ese es el grado de fe que se puede tener en una nación: querer regresar a ella para hacerla mejor, sobre todo, aspirar a que nuestros hijos regresen. 
Un país se puede dar por perdido cuando aquellos que tienen la posibilidad de hacerlo mejor, su principal aspiración es irse: "porque si los ciudadanos que tienen en sus manos el poder de hacerlo prosperar, se van, ¿cómo avanza un país?", increpa el malhumorado Theroux a quienes le expresan ansias de emigrar.
En ninguno de estos dos grupos se encuentran aquellos países africanos que hoy viven en pie de guerra. Ante la devastación de la violencia no hay juicio de valores posible. 
Hoy me despierto con la puñalada en el alma -como expresó el actor Jonathan Montenegro en su cuenta de twitter- tras la noticia del asesinato de la actriz Mónica Spear, Miss Venezuela 2004, acribillada junto con el padre de su hija, el inglés radicado en Venezuela Henry Thomas Berry,  en la carretera Puerto Cabello-Valencia. La pequeña Maya, de 4 años, resultó herida de un balazo en la pierna. Las primeras versiones cuentan que la familia se accidentó en la noche en medio de la carretera de regreso de sus vacaciones turisteando por Venezuela, y cuando estaba siendo auxiliada por una grúa, la pareja fue asesinada dentro del carro para robarla. 
Mónica había sido protagonista de varias telenovelas en Venezuela, y al igual que muchos de sus colegas, vivía en el exterior por la sencilla razón que el trabajo actoral en la antigua meca de los culebrones hoy está muy limitado. Mónica hizo lo que tantos jóvenes venezolanos meritorios han hecho igual que ella, emigrar como la única oportunidad de crecer profesionalmente.
Viendo la participación de Mónica, de 29 años, en las redes sociales, es fácil darse cuenta que la suya era una emigración circunstancial, tanto, que regresó este diciembre con su familia para hacer turismo en Venezuela. En sus comentarios sobre su viaje por el país no había ni un ápice del malasangrismo de Theroux en sus libros. Lo que destiló Mónica por  twitter fue puro amor a un destino tan afortunado... 
Y yo leyendo sobre el cruel final de la joven mamá y el padre de su hija a manos de unos criminales una noche oscura en medio de una carretera, como tantas miles de víctimas venezolanas anónimas a lo largo de esta última década, me doy cuenta que lo peor que estamos viviendo en Venezuela es que cuando creemos que quizás exageramos ante el miedo del dramático momento lleno de violencia que estamos atravesando, nos damos cuenta que más bien como que nos quedamos cortos. 
Descansa en paz niña hermosa. 

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