martes, 1 de diciembre de 2015

Pochi y las Dancing Queens

Al ritmo de Do I Do de Stevie Wonder, María Elisa y yo nos arreglábamos para salir esa noche, no era una ocasión especial, pero cada vez que la tía y la sobrina contemporáneas salíamos juntas a rumbear, nos esmerábamos en ser las Dancing Queens por partida doble. No recuerdo la pinta, lo que si recuerdo clarito es que a los 19 años nos felicitamos ante nuestro mutuo reflejo en el espejo: no haría falta voltear el San Antonio, esa noche arrasaríamos, no cabía duda.
De pronto se oyeron pasos atolondrados aproximándose al cuarto, sin tocar la puerta asomó su carita Pochi, como era costumbre entró sin saludar, seguro maquinando qué nueva travesura podía hacerle a estas primas no de sangre sino de cariño. 
Entonces Pochi tendría como seis años, trece menos que nosotras, nuestra relación era de afecto juguetón, ni María Elisa ni yo éramos del tipo pavitas consentidoras, ni Pochi era del tipo niñito mimosín; por eso cuando el pequeño príncipe se sentó en la cama viéndonos fijamente sin emitir palabra, pensamos: "nos la comimos", esa noche cortaríamos rabo y oreja, habíamos pasado el filtro del crítico más exigente. Jurábamos que el diablillo acostumbrado a vernos sin maquillaje, en blue jeans y zapatos de goma, se había quedado sin habla admirado al encontrarnos tan arregladas.  
Se tomó su tiempo y nosotras infladas de vanidad, hasta que el muchachito por fin se decidió a hablar, sin quitarnos la vista de encima suspiró una verdad que le salió del alma: "¡Hay qué ver lo feas que son las dos!". 
Nos desinflamos de inmediato, no tanto por el orgullo herido sino por las carcajadas, se nos corrió el rimmel de las lágrimas de tanto reír. No recuerdo cómo la pasamos esa noche, María Elisa tampoco, pero un momento que jamás olvidaremos por lo divertido que fue es tan espontáneo arrebato de sinceridad infantil. 
Pochi era hijo de Minouche, de esas amigas de mi mamá a quien sentía como familia, desde pequeñita mi mamá me llevaba a su boutique en el Centro Comercial Chacaíto, donde Minouche -de origen francés- traía la última moda de París, frase que podrá sonar a cliché pero que en su caso era la pura verdad: viajaba un par de veces al año a Francia a los desfiles de moda y sus dos tiendas en Caracas (la primera en el Hotel Tamanaco) estaban abastecidas que ni una boutique en la Avenue Montaigne. 
La semana pasada, casualmente, paseaba por el Centro Comercial Chacaíto, antes integrado a la ciudad, hoy enrejado por miedo a la delincuencia. Con mercancía poca surtida, las santamarías de las tiendas apunto de cerrar antes de las cinco de la tarde. Cola frente a FarmaAhorro porque habían llegado toallas sanitarias. Cómo no evocar al sofisticado y moderno Centro Comercial Chacaíto en los años 70 que reunía comercios como Minouche, Ponte Vechio, Drugstore, Le Club, Lectura, la Fuente de Soda El Papagayo, los Cinemás...  Cuando íbamos a Chacaíto mi mamá primero le daba una vuelta a Lectura para ver qué había llegado de nuevo, me regalaba un libro infantil, y después cruzábamos a saludar a Minouche en su tienda, entonces era de las pocas amigas de mi mamá que no tenía hijos.
Me parecía una lástima que no los tuviera no porque yo fuera una Susanita en potencia de las que asumían que todas las mujeres debían tener hijos, sino porque con instinto de niña, sentía que a Minouche le gustaría mucho tenerlos. Por eso cuando por fin salió en estado sus amigos estaban felices por ella, sobre todo porque cuando nació Patrick, o Pochi como le decían desde pequeño, en Minouche se desbordó el inmenso amor acumulado que tenía guardado para su bebé, y se le sentía la madre más dichosa del mundo. 
Eventualmente la boutique de Minouche cerró, como también cerraron Lectura y todos los negocios en Chacaíto antes mencionados. Se volvió imposible el tráfico en la ciudad haciéndonos a los caraqueños cada vez más territoriales. María Elisa y yo abdicamos al trono de Dancing Queens, nos casamos y tuvimos nuestros propios diablitos. Muchos años después del nacimiento de Pochi, a Minouche y a su esposo Karl les llegó una nueva bendición, una niña llamada Maya. Mi mamá y Minouche ya casi no se ven aunque están en contacto permanente por teléfono, yo estoy en contacto con Minouche gracias a Facebook, por ese medio he visto crecer a sus hijos: a Maya en una linda universitaria y a Pochi, que ya no es Pochi sino Patrick, de un travieso duende al guapo papá de un mini Pochi de tres años idéntico a él. 
No conocí a Patrick de adulto, viviendo en la misma ciudad esperaba algún día encontrarnos para jalarle las orejas y decirle cómo se te ocurre, carricito, decirnos feas en semejante derroche de físico, eso no se le hace a las Dancing Queens. Pero no se pudo, la vida no lo permitió, el pasado sábado al mediodía llegando a casa de mi mamá me recibió con la noticia de lo ocurrido, ahí mismo sonó el teléfono, era María Elisa que se acababa de enterar: la noche anterior, a los 39 años, Pochi fue una nueva víctima de esta desalmada ciudad: saliendo a comprar pizza varios tiros impactaron su camioneta, uno de estos tiros le dio en la cabeza, se presume que trató de esquivar un intento de secuestro. No se sabe. Patrick murió al día siguiente sin recobrar el conocimiento. Antes de llamar a Minouche a darle el pésame confirmamos la noticia por Facebook, los mensajes de condolencia comenzaban a llegar, la mayoría con una frase repetida que me encontré escribiendo también: "No hay palabras...".  
No hay palabras que describan tanto dolor como no hay palabras que describan el horror de vivir en una Venezuela con semejantes niveles de violencia. 
Aunque sí, también se encuentran palabras, una palabra aislada como un grito desgarrador incluyó la familia en la papeleta de entierro de su hijo, hermano y padre, una palabra a la que parecen hacer oídos sordos quienes han permitido que Caracas sea una de las ciudades más violentas del mundo: Justicia. 


2 comentarios:

Luis Castellanos dijo...

Conmovedor, Picki; amiga! conmovedor no solo por el hecho violento y frustrante que te mueve hoy a escribir sino por esa manera en que todos los que vivimos esas épocas de adolescencia sentimos al leer tu relato lleno de esos momentos y lugares que nos hacían prever un país con futuro, un país hermoso, un país NUESTRO por entero y es cuando de nuevo tu relato es, cono dije, conmovedor y desagarrador a la vez... ¿Cuando todo esto tomó la ruta equivocada?
Luis Castellanos

Adriana Villanueva dijo...

Gracias Luis, nos conocimos tan jóvenes en una Venezuela que prometía tanto... y no por la modernidad de Chacaíto y otras frivolidades sino por lo que representábamos para el resto de Latino América en los años 70, la taima de las dictaduras, ojalá nuestros hijos lleguen a conocer una Venezuela similar: próspera, productiva, sin tanto odio y violencia.