jueves, 14 de mayo de 2009

El monumento de libros a medio terminar


Recientemente me hicieron una pregunta que jamás se le debe hacer a una lectora compulsiva: “¿Cuál fue el último libro que no fuiste capaz de terminar?”. Debí salir con una respuesta ingeniosa, con un autor que me resultara antipático, pero la sinceridad venció: mi mesa de noche es un monumento de libros a medio leer. 
Esta mala maña no me ha afligido toda la vida, cuando era estudiante y no tenía hijos era una lectora de disciplina espartana: libro que empezaba no lo abandonaba hasta la última página. No solía llevarme chascos, cualquier lector avezado desde un primer párrafo es capaz de determinar si el libro abierto lo atrapará hasta el final. Un buen principio, una buena prosa, un buen feeling, la recomendación de un amigo, suelen ser augurios de un libro que nos va a gustar. No un clásico, eso sería demasiado pedir, pero sí de uno que no merece ser dejado indefinidamente de lado.
Quizás la clave de mi antigua constancia lectora era la falta de promiscuidad: al comenzar una novela le era fiel, no solía intercalar lecturas, era mujer de un solo libro. La vida cambia: los niños, el tráfico, Internet, la televisión por cable… y  miles de libros por leer. 
“¡Oh Dios, no dejes que muera antes de terminarlos todos!”, implora Woody Allen en una de sus películas. No me atrevo a pedir lo mismo, sería exigir la inmortalidad.
Tantos libros por leer y releer y tan poco tiempo para la lectura han hecho de mí una lectora desordenada. Gracias a esas ganas de leerlo todo a la vez he ido formando un sistema de libros para distintos momentos: los de los fines de semana que se pueden dedicar a lecturas más densas, los de la noche antes de apagar la luz cuando ya casi no quedan neuronas activas, los de llevar en la cartera para pasar el tiempo muerto como la cola de un banco, los de ir a la playa, los del baño. Este sistema no sólo me ha convertido en una lectora promiscua, sino además irresponsable porque cuando se atraviesa un libro que me seduce, los demás quedan de lado. A algunos regreso, otros se van acumulando en mi mesa de noche en una torre cada vez más imponente.
Esta torre también es un monumento al eclecticismo en la lectura, entre los libros dejados por la mitad hay clásicos, memorias, bestsellers y novelas contemporáneas. En su mayoría libros densos como la autobiografía de Hillary Rodham Clinton que quedó en la página 347, recién llegada como Primera Dama a la Casa Blanca. A medio terminar también está la Guerra Civil Española en versión de José María Gironella:  “Los cipreses creen en Dios”, en la página 500, ya no recuerdo ni quién era republicano ni quién franquista. Los clásicos y los premios Nobel tampoco se salvan: abandoné a Isabel Archer recibiendo la herencia que la convertiría en una soltera cotizada en “Retrato de una dama” de Henry James, y al señor José de “Todos los nombres” de José Saramago, colándose en registros de vidas ajenas. No están solos, prestigiosos autores como Joyce Carol Oates, y comprobados cazalectores como Matilde Asensi, los acompañan.
A veces me hago la promesa de no empezar ningún libro antes de rescatar a las víctimas de mi desidia. A veces pasan tanto tiempo, los pobres, sin ser abiertos en la mesa de noche que olvido puntos claves de la historia y es como si estuviera empezándolos por la mitad. A veces los termino, cuando esto sucede, regresa la esperanza de que las víctimas de este ingrato monumento no están del todo perdidas, que quizás algún día les tocará llegar a su punto final.
Crónica publicada hace unos meses en la revista Contrabando
  

3 comentarios:

maribel dijo...

Me da una satisfacción enorme saber que no soy la única que echa un libro por la borda. Aunque no hay nada mas satisfactorio que abandonar un libro por convicción.
Después de varios reviews positivos, muchas recomendaciones y muy en contra de mi
determinación de no leer best sellers, abrí el primer capitulo de La Catedral del Mar:
"Año 1320..........principado da Cataluña".

Esa primera linea debió ser señal suficiente. Falcones no tenia la capacidad
narrativa para ubicar su relato en el tiempo y el espacio. Pero no quise ser intransigente y
seguí leyendo hasta toparme con una repetición obsesiva de palabras que no me
atrevo a releer por temor a que se me desate un ataque de ansiedad.
Abandonado en la pag. 115.

Adriana Villanueva dijo...

Gracias Maribel, mi monumento es a la desidia, tengo la esperanza de que estos libros algún día serán terminados, aunque dudo que las memorias de Hillary Clinton tengan otra oportunidad.
Los libros abandonados por convicción son un monumento aparte. Recientemente me pasó con dos, cuyos autores prefiero no mencionar, que por malos los dejé en los primeros capítulos. La mala prosa puede ser contagiosa.
En cuanto a La Catedral del Mar, aunque los bestsellers con trasfondo histórico no son mi estilo, me la han recomendado tanto mis amigos amantes de bestsellers, que la estaba guardando para algún viaje a Margarita. Pero siempre aparece una novela que me provoca leer más.
Después de tu comentario, creo que se va a pasar la pobre un buen tiempo en el monumento de los libros por empezar.

kamal dijo...

Excelente!! Al igual que Maribel no me he podido sentir más identificado!! Desde ahora en adelante me declaro al igual que tu, un lector promiscuo :D