domingo, 24 de febrero de 2013

Desconcierto


El programa Aló Ciudadano, sin el ciudadano, no es lo mismo a pesar del empeño puesto de quienes le hacen el quite a Leopoldo Castillo cuando toma vacaciones, o como fue el caso reciente, cuando @elcitizen se vio obligado a dejar el programa en diciembre 2012 luego de contar a su audiencia que fue diagnosticado con cáncer, y debía tomarse unos meses para luchar contra la enfermedad.
Este lunes reaparecieron dos ejes opuestos de la actual Venezuela Revolucionaria: el presidente Chávez regresó al país tras casi tres meses de convalecencia en Cuba (o por lo menos así lo aseguran los subalternos porque más nadie lo ha visto) y Leopoldo Castillo regresó a Aló Ciudadano -tras ponerse en manos de la medicina venezolana- a tomar las riendas de su programa en este momento tan difícil en nuestra historia, sin importar la identidad ideológica de quien suspire. 
Una de mis críticas a Aló Ciudadano es que enrosca demasiado a los invitados, por eso fue un placer que la primera invitada de este ciclo fuera Ana Teresa Torres, que no se puede decir que sea una invitada frecuente del programa de Leopoldo Castillo, pero lo debería ser, porque la capacidad de análisis de esta escritora y psicoanalista quisiera tenerla más de un político de la oposición. 
Decía Ana Teresa en el Ciudadano que la mejor palabra que describe lo que hoy se vive en Venezuela es "desconcierto", ni chavistas ni oposición ni ninis pueden estar seguros de lo qué está pasando ante la enfermedad presidencial y los movimientos de poder más allá de la escueta información oficial sobre la salud de un presidente, cuya única fé de vida desde principios de diciembre, ha sido unas fotos con sus hijas leyendo el Granma la semana pasada, fotos que con la magia de photoshop bien pudieron ser trucadas.
"Desconcierto" dice Ana Teresa, en el que "la lógica se ha quebrado", porque si bien en la constitución está establecido que comenzando un nuevo período presidencial ante la falta temporal del presidente electo, debía ser nombrado el presidente del Congreso para llevar las riendas del país por tres meses, con prórroga de tres meses, y si la ausencia presidencial persistía, se debían convocar nuevas elecciones; a pesar de que el presidente Chávez se despidió del país diciendo que sería sometido en Cuba a un nuevo tratamiento para luchar contra la recurrencia de su cancer, y que si no regresaba para tomar posesión, el gallo sería Nicolás Maduro. No fue así, porque con la anuencia de la mayoría roja de la Asamblea y de un TSJ siempre alcahuete de los designios oficialistas, cuando en enero llegó la fecha prevista para la nueva juramentación, se optó por jalar la liga constitucional casi hasta reventarla, y aqui estamos, en medio de la incertidumbre y el desconcierto de quién está en estos momentos a la cabeza del país. 
Algunos dicen que "el eje cubano", Teodoro Petkoff aseguró en Aló Ciudadano que Chávez sigue controlando el poder esté en las condiciones que esté, otros que los militares, algunos apuestan que hay una pugna interna en el chavismo entre militaristas y comecandelas. Por twitter se comienzan a oír ruidos de sables. Hay quienes dicen que el presidente ya murió y están esperando el momento adecuado para revelarlo. Otros que no está enfermo  y va a reaparecer como Cristo resucitado. Incertidumbre es la única certeza. 
¿A quién conviene este desconcierto? Decía Ana Teresa Torres que sin duda al Oficialismo porque sabe a qué atenerse. La oposición solo puede dar palos a ciegas. Además del chantaje emocional que hablar sobre un fatal desenlace de la enfermedad presidencial es comportarse como zamuros. Al Gobierno le conviene generar confusión para no tener que someterse a las medidas constitucionales pertinentes. 
Y confusión es lo que estamos viviendo hoy en Venezuela, generada tanto por la ausencia presidencial como por las consecuencias inmediatas de la devaluación del bolívar. Mientras tanto el delfín Maduro se comporta más como esbirro que como ungido por el patrón, queriendo a fuerza de insultos, amenazas y bravuconadas ser reconocido por el pueblo como heredero natural del Comandante.
Posición, que con el país vuelto trizas, y sin el carisma natural del líder de la Revolución Bolivariana, sinceramente, es difícil envidiarle.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La supuesta heredera de Patricia Highsmith


El best seller de moda en los Estados Unidos es Gone Girl de Gilliam Flynn (todavía sin traducción al español). Publicado en junio de 2012, la tercera novela de Flynn fue elegida en Amazon como "El libro del mes", ahí comienza el vertiginoso ascenso de esta novela de suspenso que trata sobre una mujer desaparecida en un pequeño pueblo en Missouri, las sospechas recaen sobre su guapo marido. 
 Uno de los géneros con más éxito en el mercado de venta de libros en los Estados Unidos es el de las novelas de misterio y suspenso, Mistery and thrillers, se dice en inglés, una categoría donde salen libros y autores cual si fuera una fábrica de salchichas. ¿Con tanta competencia, cómo logra un escritor pegarla de home run?
Leyendo Gone Girl es fácil darse cuenta que con un producto correcto, un buen golpe de suerte, y promoción, promoción, promoción. 
A mí por lo menos me agarraron por la promoción, me gustan los buenos libros de Misterio, pero en tan vasto universo, cómo determinar cuáles valen la penas y cuáles no. En el caso de Gone Girl me llamó la atención no su posicionamiento en la lista de best sellers, sino la promoción de Gilliam Flynn (1971) como la indiscutible heredera de Patricia Highsmith (1921-1995). 
Ahí me agarraron y bajé el libro por Amazon. 
En capítulos que alternan las voces de los protagonistas, Gone Girl narra la historia de Amy y Nick Dunne, pareja que atraviesa una crisis matrimonial al mudarse de Nueva York a Missouri donde Nick, con lo que queda de la fortuna de Amy, abre un bar con su hermana. 
La voz de Nick narra en presente a partir del día en el que su esposa desaparece de su casa dejando rastros de sangre. La voz de Amy es su diario en el que cuenta su relación con Nick, desde sus inicios cuando parecían ser la pareja perfecta este periodista freelance, y la autora de tests psicológicos para revistas femeninas, cuya fortuna provenía gracias a que sus padres se inspiraron en su infancia para escribir la exitosa serie de libros infantiles "Amazing Amy".
 La duda de qué pasó con Amy que domina la primera mitad del libro, y eventualmente, cuando parte del misterio se aclara al lector y comienza un juego del gato y el ratón, un quién es la víctima, el cómo irá a terminar esta historia de desamor es el gancho de la chica desaparecida que ha convertido a la guapa Gillyam en la nueva reina de ventas en el competido mercado editorial estadounidense.
Pero, ¿heredera de Patricia Highsmith?
Algún alma traviesa en Amazon como que decidió desenmascarar la fuente de semejante parecido, y hace unas semanas en las ofertas digitales del día estaba A suspension of mercy (Crímenes imaginarios, 1965) de Patricia Highsmith. Pensé que en mis años universitarios había leído todas las novelas de mi entonces escritora favorita, pero busqué en mi biblioteca y no la encontré, así que por  $1.99 bajé A suspension of mercy en Kindle y comencé a leer lo que desde el primer capítulo me pareció una mejor versión de Gone Girl. 
Sidney y Alicia conforman una joven pareja que comienza a dar signos frente a sus amigos de que su matrimonio no anda bien. Sidney (al igual que Nick) es un escritor al que le cuesta ganarse la vida con su trabajo, sus proyectos, uno tras otro, son rechazados. Alicia (al igual que Amy) es hija única y privilegiada de cuyo dinero vive la pareja. A este cocktail se añade la reciente mudanza de una vecina voyeur, una dulce viejita que no quiere causar problemas y pronto se gana el afecto de sus vecinos. Cuando Alice desaparece, las sospechas de los amigos, sus padres y la policía recaen inmediatamente sobre Sidney, quien lejos de demostrar su inocencia, provoca, con la ayuda de la vecina mirona, que el aura de ser culpable crezca.  
La diferencia entre Flynn y Highsmith es lo que diferencia a una simple escritora de un best seller y la maestra del género de suspenso, eso que llaman atmósfera. Flynn se afinca en la trama, en unir un punto con el otro, y aunque crea un misterio, no hay un mundo interesante ni en el uso del lenguaje ni en el desarrollo de sus personajes. Por el contrario Highsmith se regodea en los pequeños detalles de la vida de este matrimonio de un norteamericano y una inglesa que viven en la campiña británica, y más que en los pequeños detalles, Highsmith logra esa atmósfera especial e irrepetible gracias a la destreza de narrar desde la torcida mente del escritor psicópata, que juega a confundir los límites de  la realidad con los de la ficción.
Tanto Gone Girl como A suspension of mercy se consiguen digital. Imagino que Gone Girl, como todo éxito editorial, no tardará en ser traducida al español y llegará más temprano que tarde a nuestras librerías. Crímenes Imaginarios está publicado por Anagrama, dudo que se encuentre en la actual Venezuela.

lunes, 18 de febrero de 2013

El Patrón del Mal


Tras más de un mes consagrados a Escobar: el Patrón del Mal, hasta que por fin lo terminamos. 113 capítulos, la mayoría de media hora, pueden ser demasiado cuando vienen cargados de violencia, por lo menos para mi lo fue, suficiente violencia con la que nos enfrentamos a diario en Venezuela. Más o menos como en el capítulo 62 me cansé de tanta berraquera, de tanta sangre y dolor, de ser testigo desde la comodidad de mi televisor de la ambición desmedida de un hombre que siente que sobre él solo puede estar el Papa, y al que se le atraviese, tarde o temprano, terminará pagándola. Y que no se le atravesara el Papa, porque se lo volaba.
No fue que dejé de ver esta novela que tiene como protagonista al más sanguinario de los narcotraficantes en Colombia, pero la veía de a ratos mientras mi marido -como todo un varón- saboreaba el ascenso del patrón de Medellín cual Macbeth, Thane de Glamis, dominando Escocia. Regresé con seriedad a los últimos 10 capítulos cuando Escobar, a punto de ser vencido por su propia maldad y soberbia, pierde las riendas del sangriento poder hasta terminar acorralado en los techos de Medellín, no sabemos si por un hombre no nacido del vientre humano.
Excelente producción que narra una historia que sumió a Colombia en el horror que los mayores de treinta años recordamos. Destacadas actuaciones de los actores interpretando a los personajes principales, e irregular el elenco secundario, sobresaliendo, además de Andrés Parra en el papel del Patrón, Linda Lucía Callejas como su madre, doña Hermilda.
El Patrón del Mal fue transmitida en Colombia por la cadena Caracol de mayo a noviembre de 2012, en Venezuela, muchos la han bajado por Internet, o la han conseguido por los caminos verdes en quemaíto. Todavía no se consigue ni por I Tunes ni por Amazon
Tras el último capítulo una de las sensaciones que me quedó fue que los personajes femeninos tenían más matices que los masculinos, a lo largo de los 113 capítulos desfilaron todo tipo de mujeres: la periodista inquisidora, la dulce e incondicional esposa que prefiere hacerse la sueca ante tanta maldad, la madre que primero alimenta la berraquería del hijo y después trata de detenerla, la narcotraficante en Miami, la viuda que asume el control de un periódico considerado objetivo del narcotráfico, la glamorosa mujer de televisión que juega con candela relacionándose con el enemigo público número uno, la fiel prostituta, la "mona" que se niega a abortar, la juez incorruptible, la periodista que busca la noticia más allá de lo que dicta la prudencia, la madre desesperada que intenta lograr empatía con el Escobar padre de familia, las viejitas culpables de tener un hermano que traicionó al patrón.
En cambio los hombres en la serie se dividieron en dos grupos fundamentales:  "los bandidos" y los "legales". El grupo de los bandidos encabezado por el bandido mayor, Pablo Escobar, ladino, astuto, populachero, rencoroso, soberbio, cuyo único punto débil fue el gran amor que profesó a su familia. El primo Gonzalo parecía más bonachón, pero no le temblaba el pulso para acabar ni con una solidaria viejita si hacía falta; Peluche, el hermano timorato que termina tan berraco como los demás soldados del mal. Simpáticos, pero malos y asesinos también  muestra la serie de Caracol a los otros capos del Cartel de Medellín: El Mariachi  (Rodríguez Gacha) Marcos Gerber (Carlos Lehder), los hermanos Moncloa (Ochoa). Y los incondicionales soldados del Patrón: El Chili, El Topo, Marino, Caín, Candanga: guerra es guerra y no hay que tener contemplaciones con el enemigo.
Los "legales" son los personajes de esta historia que no dudaron en arriesgar sus vidas para que el baño de sangre del Cartel de Medellín tuviera un fin. Hombres valientes e incorruptibles, que pusieron en juego su seguridad y las de sus familias para ponerle freno al Patrón.  Mártires como Guillermo Cano, Luis Carlos Galán, el ministro Lara Bonilla, tantos políticos, periodistas, policías y militares acribillados que es imposible recordarlos a todos.
Tarea difícil pero necesaria para los productores y guionistas debió ser no quitarle el lado humano a Escobar, sobre todo cuando uno de los productores es hijo de don Guillermo Cano, y así en la serie compitiendo con sus crímenes vemos la veneración de Escobar por su familia y el afecto y la camaradería con sus soldados. Digo difícil porque un hombre que causó tanto mal sin contemplaciones morales, que se jactaba de ser "militante del odio", que mientras no se saliera con la suya no habría: "hombre, ni mujer, ni niño que se sintiera seguro en Colombia", capaz de mandar a volar a un avión porque en él podría viajar un enemigo político... y aún así, tanto el Patrón del Mal como sus secuaces conquistan el afecto de los espectadores, y a pesar de espantarnos con sus crímenes y su maldad, cuando caen los soldados del narcotráfico, pero especialmente cuando cae el patrón, ya existe la empatía no con el criminal sino con el personaje, aquel a quien antes de cada vuelta, su madre encomendaba al santo Niño Jesús de Atocha.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Relato de tres (o cuatro) celulares rescatados


Los venezolanos somos de la teoría que es más fácil encontrar una aguja en un pajar que un celular desaparecido, por eso cuando en una visita a Nueva York mi esposo apareció con una carota, no me extrañó el motivo: "Boté el celular, mira que no me lo roben en Caracas y lo venga a perder en Nueva York".
Es que los venezolanos que en nuestras fronteras cuidamos al celular con celo extremo, casi que con paranoia, evitando usarlo en lugares públicos para que no nos lo arrebate un malandro, cuando viajamos, apenas despega el avión, bajamos la guardia, porque ¿en qué otro país del mundo robar teléfonos celulares se ha convertido en un pasatiempo nacional?
Por eso cuando me contó cómo lo botó, de la manera más tonta, como solemos botar los celulares, probándose un pantalón en una tienda por departamentos, le recordé que no estábamos en Venezuela, donde es más fácil matar un burro a pellizcos que que aparezca un celular perdido. Regresaríamos de inmediato a la tienda a reclamarlo. 
Regresó remolón, ya hacía casi dos horas que se había probado el maldito blue jean, buscamos al vendedor que lo atendió para ver si le tenía guardado el celular. El vendedor hacia rato se había ido y desde que la actual vendedora estaba a cargo del departamento, no le habían entregado ningún celular perdido: "Try lost and found".
"¡Qué objetos perdidos ni qué objetos perdidos! Ese celular está tumbado", contestó desanimado el propietario del móvil desaparecido.
Pero insistí, aunque en Caracas buscar un celular en un departamento de objetos perdidos sería una idea que daría risa de tanta ingenuidad, en Nueva York, la otrora ciudad más insegura del mundo, quizás funcionaría la diligencia. Y así fue, con solo decir el modelo y la hora en que desapareció, en menos de un minuto teníamos el celular de vuelta sin más trámite que firmar un recibo de entrega. 

                                                                   II

Dos años después, y un sin fin de celulares perdidos, robados o desaparecidos en la familia, le tocó el turno a la suegra. La buena señora durante años se negó a que le regalaran un celular inteligente porque era demasiado costoso y ella no lo iba a saber usar sino para hablar por teléfono, sobre todo en Caracas donde a más de uno lo habían matado para robarle un bicho de esos. 
Pero este diciembre, aprovechando que los Blackberries dejaron de ser tan cotizados por los malandros ante el actual auge del los IPhones, la suegra accedió a que una de sus hijas le regalara un BB, solo para entrar en el grupo Whatsup de la familia, donde a cada rato montan fotos de sus nietas chiquitas que viven en el exterior. Ni siquiera permitió que le instalaran twitter, porque ya estaba demasiado nerviosa con las noticias que oía en la radio y en la televisión. 
Un domingo al mediodía llamó para avisar que no le duró ni un mes el bendito Blackberry, se despertó temprano, fue a misa, después a desayunar a la panadería, y cuando regresó a su apartamento se dio cuenta de que no lo tenía en la cartera. Lo daba por perdido cuando un desconocido la llamó a casa a decirle que tenía el celular en su poder, ¿por qué no se encontraban en media hora para entregárselo? 
La familia pegó el grito en el cielo, ¡qué peligro! ¿y si secuestraban a Lalita? Según la suegra quien la llamó tenía "medio voz de malandro". Al final decidió tomar el riesgo encontrándose con el desconocido en la pastelería Danubio de su vecindario, pero en lugar de un malandro apareció una pareja joven que al encontrar el Blackberry tirado a un lado de un banco en misa, llamaron al teléfono que decía "casa" y "aquí está su celular". De recompensa solo le aceptaron a la descuidada señora que les brindara un café. 
Y así la suegra no solo recuperó su celular, sino aunque fuera un poquito la fe en Venezuela. 


                                                                  III

 Mucho más que un par anécdotas toma recuperar la fe en rescatar un celular que desaparece, por eso cuando Isabel llegó a casa diciendo que su celular estaba "perdido, pero no se preocupen que mañana lo recupero", su papá se puso furioso: "Pero bueno, chica, en qué país crees tú que estamos viviendo". Era el segundo celular que perdía en dos meses, el primero se lo robaron en el Metro. 
"Pero esta vez el celular no fue que me lo robaron, se me cayó en el estacionamiento de la Católica y en vigilancia me dijeron que seguro lo encontraban". 
Desde diciembre Isabel va a la UCAB en un viejo Corolla, la última vez que recordaba haber usado el Blackberry estaba en el tráfico hablando con una compañera de estudios que la llamó para preguntarle por qué no había llegado. Tras estacionar el carro, al querer llamar a la amiga para decirle que estaba entrando, el celular no lo tenía en la cartera. Sin perder tiempo fue a la caseta del estacionamiento a ver si lo tenían, como se había parado muy lejos para agarrar el ticket, tuvo que abrir la puerta, seguro se le cayó ahí. 
No lo tenían, pero le aconsejaron que fuera a vigilancia, había cámaras en la entrada del estacionamiento. Gracias a la hora de entrada del ticket de Isabel, en vigilancia buscaron por video la llegada de la muchacha viendo como en efecto, al abrir la puerta, se le cayó el celular a un lado de la acera. Pasaron como cinco carros antes de que un Volswagen se detuviera, el conductor abrió la puerta y se llevó el celular. El jefe de vigilancia le dijo a Isabel que no se preocupara que ese teléfono aparecía, buscarían el carro por los estacionamientos de la universidad hasta dar con el de quien "encontró" el celular para instarlo a que lo devolviera.
Al salir Isabel de la UCAB como a las 3 de la tarde, ya los vigilantes habían dado con el carro pero no con el conductor, el carro estaba en el estacionamiento de Ingeniería. Estarían pendientes, "no se  angustie, joven, que mañana tendrá su celular de vuelta". 
Cuando a las nueve de la noche no solo no habían llamado de vigilancia de la Católica sino que el futuro ingeniero había borrado la información del teléfono de Isabel (nos dimos cuenta porque ya no la teníamos como contacto), la chica perdió la fe de recuperar su celular y dedicó la noche a buscar por Internet una pasantía remunerada, que bien sabemos que encontrarla en Venezuela es tan difícil como encontrar un BB perdido. Por lo menos una remuneración que le diera para pagarse uno nuevo.
Pero todavía en la Venezuela del siglo XXI suceden milagros: a las nueve de la mañana del día siguiente llamaron de vigilancia de la Universidad Católica a la estudiante Isabel para avisarle que podía pasar buscando su celular.

                                                               IV

El celular apareció, pero en coma inducido, el futuro ingeniero lo dejó en blanco, como si en lugar de entrar a clases hubiese invertido la tarde en desarmarlo. El papá de Isabel se lo llevó al día siguiente a una pequeña tienda de Movistar para ver si lo devolvían a la vida, al mediodía llegó con él:
"El tipo que lo encontró era tan bandido que no perdió tiempo para meter toda su memoria en el celular, miren".
Estaba lleno de contactos y fotos ajenas. 
Isabel lo quiso resetear pero no la dejé, le pedí que me diera unos minutos, ya pensaba escribir una crónica para Evitando Intensidades y quería adentrarme en la psiquis de un choro de celulares. En este caso un tal Dyantrix, que según la foto de identificación de mensajería BB era un hombre joven, que no llegaba a los 30 años,  padre soltero o divorciado porque en la foto salía con una niña a quien declaraba: "la única mujer de mi vida".
Como que ni tan la única, la mayoría de los contactos de Dyantrix era mujeres jóvenes de las que ponen mensajes intensos en sus perfiles tipo: "Vive cada día como si fuera el último día de tu vida". 
Y en esas estaba, investigando la mente criminal tras tantas intensidades, planeando la cruel venganza por tratar de despojar de su celular a mi muchachita, cuando llamaron de la tienda de celulares: "qué pena con ustedes pero hubo un error, le dimos el celular que no era". 
El empleado de la tienda preguntó aterrado si habíamos borrado la memoria al celular, ojalá que no porque era de otro cliente que tenía el mismo modelo.  Corrió con suerte, por cuestión de minutos no lo hicimos, gracias a Evitando Intensidades, de lo contrario este no habría sido un relato de (cuatro) sino de tres celulares rescatados. 


domingo, 3 de febrero de 2013

Señora


Cuando leí en la prensa que el fin de semana pasado estrenaban en Caracas una obra de teatro titulada: "Mi madre, Serrat y yo" con Julie Restifo y Samantha Dagnino, pensé: ¿cuántas mujeres hispano-americanas, por más de tres generaciones, no podemos reclamar semejante vínculo?
En mi caso me remonto a principios de los años 70, entonces el joven Serrat se oía a cada rato en las emisoras Pop de Venezuela con temas como Penélope y Cantares. De niña las cantaba de corazón sin pelarme una estrofa, pero ninguna canción de Serrat cantaba tan de corazón como Señora: "...si cuando se abre una flor al olor de la flor se le olvida la flor...".
Semejante trabalengua lo entonaba a la perfección porque soñaba que esa flor sería yo dentro de unos años, cuando tocara a la puerta de la Quinta Caomita ese soñador de pelo largo, a quien imaginaba tan bello como Davy Jones, mi Monkee favorito.
Por eso cada vez que iba en el carro con mamá y se oía a Serrat advirtiéndole: "Ese con quien sueña su hija, ese ladrón que os desvalija"... le rogaba: "Súbela, súbela".
Mamá, en un gran acto de tolerancia que solo hoy puedo admirar, subía el volúmen de la radio, no sin antes decir: "¡Qué canción tan pendeja!".
Claro, mi mamá que apenas pasaba de los treinta años, en su thunderbird dorado, melena rubia, vestida a la última moda de la boutique Minouche; tenía que detestar esa canción en la que un flacuchento cantante catalán, más o menos de su misma edad, le recordaba que a la vuelta de la esquina se le iba a "marchitar la fragancia" e instaba a las madres del mundo a ponerse un vestido viejo, verse de reojo en el espejo, hacer marcha atrás y recordar cuando tenían la carne firme...
La verdad que qué poco delicada la cancioncita. Yo ni pendiente, lo único pendiente a mis ocho años era que más temprano que tarde llegaría mi "beso del infierno" a "darme un soplo de cupido", como prometía la canción.
Años después, a nuestra puerta tocaron unos cuantos soñadores de pelo largo, afortunadamente, ningún beso del infierno. Mamá siempre los recibió con amabilidad, a algunos más amable que a otros, y mi crianza, a Dios gracias, no devino en una debacle de arrugas ni de años perdidos.
En esa época, principio de los años 80, ya estudiante universitaria, se había profundizado mi pasión por Serrat, a los veinte años su tema Señora me parecía un divertimento comparado con canciones como Lucía ("si después de amar, amé"), El romance de Curro el Palmo ("Ay mi amor sin tí no entiendo el despertar") y Aquellas pequeñas cosas ( "nos hacen que, lloremos cuando nadie nos ve").
Dicen que Serrat tampoco estaba muy contento de cómo trataron los años a una de sus canciones más famosas, sin embargo la seguía cantando en los conciertos, aunque se molestaba cuando el público desde el principio exigía: "¡Penélope! ¡Señora!", sin darle oportunidad a nuevos temas.
Hoy la señora soy yo, tengo dos hijas universitarias, que hasta ahora, toco madera, no han traído a casa a ningún "beso del infierno", pero ya tengo preparado en el closet el vestido viejo -una minifalda ochentosa bien ajustada- para verne de reojo en el espejo, aunque no creo que me suba de las caderas.
Serrat hace tiempo sacó Señora del repertorio de sus conciertos, pasados los 70 años, a pesar de verse casi que hasta mejor que hace cuarenta años, El Nano, que hoy debe ser abuelo, no se siente cómodo amenazando a una señora, que podría ser su hija, en ser el ladrón que la desvalije del amor de su niña. Viejo verde le dirían. 
Sin embargo en "Dos pájaros de un tiro", la gira mundial que realizaron juntos Serrat y Joaquín Sabina hace como cinco años, que llegó a Venezuela en medio de una fuerte turbulencia política, Señora se oyó en El Poliedro, pero cantada por Sabina, quien tiene ese raro privilegio de la vida, al igual que los Rolling Stones, que cuando sus contemporáneos ya sacan a relucir su carnet de la tercera edad, no han perdido esa cualidad de "besos del infierno" por la que suspiramos las niñas.