domingo, 3 de febrero de 2013

Señora


Cuando leí en la prensa que el fin de semana pasado estrenaban en Caracas una obra de teatro titulada: "Mi madre, Serrat y yo" con Julie Restifo y Samantha Dagnino, pensé: ¿cuántas mujeres hispano-americanas, por más de tres generaciones, no podemos reclamar semejante vínculo?
En mi caso me remonto a principios de los años 70, entonces el joven Serrat se oía a cada rato en las emisoras Pop de Venezuela con temas como Penélope y Cantares. De niña las cantaba de corazón sin pelarme una estrofa, pero ninguna canción de Serrat cantaba tan de corazón como Señora: "...si cuando se abre una flor al olor de la flor se le olvida la flor...".
Semejante trabalengua lo entonaba a la perfección porque soñaba que esa flor sería yo dentro de unos años, cuando tocara a la puerta de la Quinta Caomita ese soñador de pelo largo, a quien imaginaba tan bello como Davy Jones, mi Monkee favorito.
Por eso cada vez que iba en el carro con mamá y se oía a Serrat advirtiéndole: "Ese con quien sueña su hija, ese ladrón que os desvalija"... le rogaba: "Súbela, súbela".
Mamá, en un gran acto de tolerancia que solo hoy puedo admirar, subía el volúmen de la radio, no sin antes decir: "¡Qué canción tan pendeja!".
Claro, mi mamá que apenas pasaba de los treinta años, en su thunderbird dorado, melena rubia, vestida a la última moda de la boutique Minouche; tenía que detestar esa canción en la que un flacuchento cantante catalán, más o menos de su misma edad, le recordaba que a la vuelta de la esquina se le iba a "marchitar la fragancia" e instaba a las madres del mundo a ponerse un vestido viejo, verse de reojo en el espejo, hacer marcha atrás y recordar cuando tenían la carne firme...
La verdad que qué poco delicada la cancioncita. Yo ni pendiente, lo único pendiente a mis ocho años era que más temprano que tarde llegaría mi "beso del infierno" a "darme un soplo de cupido", como prometía la canción.
Años después, a nuestra puerta tocaron unos cuantos soñadores de pelo largo, afortunadamente, ningún beso del infierno. Mamá siempre los recibió con amabilidad, a algunos más amable que a otros, y mi crianza, a Dios gracias, no devino en una debacle de arrugas ni de años perdidos.
En esa época, principio de los años 80, ya estudiante universitaria, se había profundizado mi pasión por Serrat, a los veinte años su tema Señora me parecía un divertimento comparado con canciones como Lucía ("si después de amar, amé"), El romance de Curro el Palmo ("Ay mi amor sin tí no entiendo el despertar") y Aquellas pequeñas cosas ( "nos hacen que, lloremos cuando nadie nos ve").
Dicen que Serrat tampoco estaba muy contento de cómo trataron los años a una de sus canciones más famosas, sin embargo la seguía cantando en los conciertos, aunque se molestaba cuando el público desde el principio exigía: "¡Penélope! ¡Señora!", sin darle oportunidad a nuevos temas.
Hoy la señora soy yo, tengo dos hijas universitarias, que hasta ahora, toco madera, no han traído a casa a ningún "beso del infierno", pero ya tengo preparado en el closet el vestido viejo -una minifalda ochentosa bien ajustada- para verne de reojo en el espejo, aunque no creo que me suba de las caderas.
Serrat hace tiempo sacó Señora del repertorio de sus conciertos, pasados los 70 años, a pesar de verse casi que hasta mejor que hace cuarenta años, El Nano, que hoy debe ser abuelo, no se siente cómodo amenazando a una señora, que podría ser su hija, en ser el ladrón que la desvalije del amor de su niña. Viejo verde le dirían. 
Sin embargo en "Dos pájaros de un tiro", la gira mundial que realizaron juntos Serrat y Joaquín Sabina hace como cinco años, que llegó a Venezuela en medio de una fuerte turbulencia política, Señora se oyó en El Poliedro, pero cantada por Sabina, quien tiene ese raro privilegio de la vida, al igual que los Rolling Stones, que cuando sus contemporáneos ya sacan a relucir su carnet de la tercera edad, no han perdido esa cualidad de "besos del infierno" por la que suspiramos las niñas.   


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