jueves, 26 de enero de 2017

Zootopía Venezuela

                                                   
                 

                                                                               I

Entre las películas animadas nominadas al Oscar 2017 está Zootopia, película de Disney que nada tiene que ver con las típicas historias de princesas, es un policial protagonizado por una ambiciosa conejita decidida a enfrentarse con los inevitables estereotipos para llegar a ser policía.  
Zootopia (Zootrópolis en español) es un microcosmos donde cada quien debe resignarse a seguir el camino indicado por su supuesta naturaleza: los zorros siempre serán astutos y oportunistas, las perezas lentas y dispersas, los leones acostumbrados a ejercer el poder, y las conejitas mansas y crédulas. Sin embargo la conejita Judy está dispuesta a romper patrones, aunque la vida insista en demostrarle lo contrario, como cuando recién comenzada su carrera policial cae en la trampa de un zorro timador que apeló a sus buenos sentimientos y a su ingenuidad de coneja, para sonsacarla en una heladería donde no le querían servir helados.   
La semana pasada me sentí la conejita Judy en la heladería de Zootrópolis cuando fui al Mercado de Chacao para hacer mis compras post decembrinas. Esperando turno frente a una de las carnicerías, impresionada de cómo habían subido los precios en menos de un mes, a mi lado se paró una ancianita desdentada suplicando que le brindara "un poquito de carne". 
Si me hubiese pedido dinero seguro se lo habría negado, pero viviendo en esta Venezuela donde se está pasando hambre, donde parte del paisaje urbano se ha vuelto ver a hombres, mujeres y niños hurgando la basura en las urbanizaciones para ver qué consiguen; en esta Caracas de miseria palpable si una ancianita me pide un poco de carne de la mía, yo no tengo corazón para negársela, por eso pedí para ella medio kilo de carne molida porque mientras se pueda, por mi una viejita no se quedará sin almorzar ese día.  
Atendiendo mi pedido el joven carnicero se dio cuenta de la presencia de la ancianita: "Ahí está la vieja del coño otra vez" -le dijo a su colega - "¡Sale vieja, no estés molestando a la clientela!". 
En ese momento me sentí con la rabia de la conejita Judy enfrentada al heladero que espanta al zorro: "Déjala tranquila que yo le voy a brindar su bojotico de carne a la doña". 
"Si eso es lo usted quiere" me dijo el joven carnicero conteniendo la rabia, "pero ahí donde usted la ve esa doñita es una abusadora, mire la bolsa que carga, en esa bolsa tiene más carne de la que usted se está llevando porque a todo el que viene por acá a comprar le pide, y con el cuento de pobre viejita, nadie le dice que no". 
La verdad es que la señora llevaba al hombro un enorme saco de compras que a duras penas podía cargar, pero ya yo le había ofrecido su paquetico de carne molida, y como soy mujer de palabra, no me quedaba sino cumplir. Cuando le entregué el bojotico de carne molida a regañadientas del carnicero, la viejita sonrió dando las gracias con su sonrisa desdentada, mientras sus ojos decían burlones: "¡Coneja! ¡Coneja!".
El carnicero me entregó el resto del pedido en una bolsa considerablemente más pequeña que la que se llevaba la doña. No se ahorró un comentario entre sarcástico y triste mientras le entregaba una propina en devaluados billetes de a cien: "Para la próxima si quiere regalarle carne a alguien, regálemela a mi, que tengo hijos en casa, trabajo todo el día como un burro, y apenas me alcanza para llevarles de comer". 

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Esta es una historia de cachorritos a quienes la gente se disputa, y perros abandonados que nadie parece querer sino los activistas de los derechos de animales, que tampoco es que que se pueden llevar a todos los perros callejeros a vivir con ellos. 
Mis cuñados viven en una casa alquilada desde hace unos meses, se mudaron con otra inquilina incluida: una hermosa perra labrador llamada Trufa, señorita canela joven, bonita y educada que de inmediato fue adoptada por mis sobrinos adolescentes. La verdadera sorpresa llegó semanas después cuando se dieron cuenta que Trufa a su vez tenía inquilinos: estaba embarazada, no se sabe en qué circunstancias ni qué mezcla de cachorros saldría de semejante desliz. 
En diciembre Trufa parió una camada de nueve cachorritos multicolores, los había crema, marrones y negros. Quedó claro al verlos quién era el padre de las criaturas: el Labrador de la casa vecina, una paternidad irresponsable porque los propietarios del perro no quisieron saber nada de los cachorritos, pero por ser cachorros pura raza de Labrador no hubo ningún problema en conseguirles futuros hogares de adopción, a ser repartidos una vez que Trufa los destetara.  
Durante todo diciembre tuvimos noticias de los encantadores perritos, quiénes los adoptaron, cuándo se los llevarían. Por Whatsapp en Margarita a cada rato recibíamos fotos de los animalitos que parecían unos peluches. Hasta yo, que no soy de mascotas, me provocaba adoptar uno. Qué contraste la suerte de estos cachorros con los desafortunados perros callejeros de la isla. Así será la invasión de perros en Margarita, que las carreteras están llenas de vallas implorando no atropellar a los perros que deambulan por las vías. 
Si en Caracas los conductores debemos ir esquivando huecos, en las carreteras de Margarita hay que ir esquivando perros famélicos en las carreteras. A menos que se tenga un toque de psicópata no creo que haya quien le tire el carro a los macilentos perritos solo por el placer de matarlos, pero hay que reconocer el peligro que implica frenar súbitamente en la mitad de una vía pública para evitar esquivar a un animal. 
Una muestra más de la miseria actual que vivimos en Venezuela es la cantidad de mascotas abandonadas por sus propietarios, muchos porque si les cuesta procurar alimentos para satisfacer las necesidades diarias de la familia, menos pueden alimentar a sus mascotas. 
Sin embargo en el caso de los nueve cachorritos de Trufa no faltaron familias amigas dispuestas a adoptarlos, por eso sorprendió cuando la semana pasada comenzó a circular una de esas típicas cadenas en las redes sociales ofreciendo cachorros en adopción, amenazando que si no les encontraban familia en las próximas 48 horas, los ahogarían sin piedad. Esa cadena tiene años circulando, lo que la hacía especial es que esta vez venía acompañada por la foto de tres cachorros de Labrador que mi sobrino inmediatamente reconoció como una foto que tomó a tres de los cachorros de Trufa.
Cuesta entender el sentido de las cadenas, barajamos entre familia teorías conspirativas, todas apuntan a la eterna búsqueda de conejos en Venezuela: la posibilidad de adoptar un cachorro fino podría ser un buen señuelo para ser víctima de la inseguridad. Pero yo más bien tiendo a pensar que se trata de publicidad engañosa, ¿cuántas familias estarían dispuestas a adoptar en el acto un perrito labrador, y cuántas familias correrían de inmediato a acoger a un perrito callejero? 
En esta respuesta están los verdaderos amantes de los animales. 



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