viernes, 11 de septiembre de 2026

Cómo era en los 80

Sin menospreciar los avances de la Inteligancia Artificial y la ayuda que en la vida diaria nos puede prestar -yo todavía no la manejo- el trend de cómo nos veríamos en los años 80 demuestra sus limitaciones, quizás porque fue creado como un divertimento para quienes no vivieron esa década. La IA artificial reduce los 80 a estereotipos gringos de la época: Miami Vice, Madonna, Cindy Lauper y Salvados por la Campana, aunque esta serie es más estética de los 90.

Veo mi foto de los 80 creada por IA con el pelo batido como nunca lo usé llevando una espantosa chaqueta multicolor y más allá de los Reeboks blancos que los tenía igualitos, no me identifico. 

Es que yo viví a plenitud los 80 de sifrina/intelectualosa caraqueña: en el 81 me gradué de bachiller de Humanidades en el colegio Santiago de León de Caracas, en el 82 comencé a estudiar Artes en la Universidad Central de Venezuela. Con mis amigas hoy recuerdo como los fines de semana pegábamos  un programa con otro: yo los viernes de la universidad a la casa a adelantar lecturas. En la noche, nunca más tarde de las nueve, me pasaban buscando para ir a una reunión o al cine con los panas. Al día siguiente día de playa o tomar sol así fuera en el techo de mi casa bañada de aceite Johnson y Coca Cola. En las noches de los sábados cuando no iba al teatro y al Ateneo o al café del Rajatabla, deambulaba del Gran Café al Callejón de la Puñalada. Algunos sábados terminábamos en el Gala, en Copas y Algo Más, en Mambo o cualquier bar de la rumba sifrina de las Mercedes. A veces nos reuníamos en alguna casa a jugar dominó hasta la madrugada. 

Los domingos me encantaba ir al Aula Magna a un concierto, después almorzaba con la familia, terminaba lo que quedara pendiente para la universidad y en la noche Le Club hasta las doce en punto que tocaban el Alma Llanera, para el lunes regresar a mi vida de ucevista comprometida. De la Hemeroteca a la Discoteca, del Nuevo Grupo a La New York. 

De lunes a jueves no salía mucho más que a la universidad, en las tardes estudiaba o hacía trabajos, si acaso me iba caminando a casa de mis primas a tomar Nestea y a jugar backgammon, o algún amigo venía a mi casa a "grabar" porque mi mamá tenía un equipo de sonido Nakamishi que era un avión. En las noches seguía "Ligia Helena" o "Las Amazonas" de César Miguel Rondón, "La Dueña" o "Señora" de Cabrujas, o alguna telenovela brasileña en Televen como "Vale Todo”.  También vi "La Dama de Rosa”.  Entonces era muy novelera, ya no. 

Era una joven consentida y querida, viviendo en una Caracas donde todavía no se conocía el miedo ante la desenfrenada inseguridad, pertenecía a una generación que nació en Democracia y que apenas comenzaba a probar la zozobra política sin imaginar el huracán que se nos venía encima, estudiando una carrera que me apasionaba. Fui feliz, y lo sabía. 

 Mi gusto musical era ecléctico, me la pasaba metida en Don Disco o en Archivo Musical, tendiendo sobre todo a la música Pop y al Soul, en la radio oía Éxitos 1090, me vacilé el 1X1 y casi todos los conciertos del Estudio Mata de Coco, me dormía escuchando "La hora del ensueño y del amor". Mi gusto musical se ampliaba a salsa, rock, rock argentino, boleros, las divas de Brasil, y la Nueva Trova Cubana, de acuerdo con el chico o con el grupo que estuviera saliendo en ese momento. En soledad me gustaba oír música clásica. 

No usaba casi maquillaje ni me hacia las uñas ni me secaba el pelo, pasaba de bluejeans a minifalda con la misma facilidad que de zapatos de goma a tacones. Usaba hombreras pero nunca calentadores. Llevaba anteojos morados porque soy miope pero en las noches los dejaba en casa. Me pasé a lentes de contacto cuando se me partieron los lentes morados. No me sentía la más bonita ni la que más levantaba, pero estaba cómoda con quien era. 

A mediados de los 80 cambié la permanente por las mechas, en una oportunidad el pelo se me puso verde porque a la colorista se le pasó la mano en el agua oxigenada. 

En los 80 tuve la misma cantidad de amores que de desamores. No muchos, yo era más amiguera que noviera. Mi familia escogida, mis "Friends", era el grupo que orbitaba en el Taller del Actor en Sabana Grande, solíamos terminar la jornada tomando cervezas en el Don Pepe discutiendo la movida cultural caraqueña. Ibamos regularmente el Teatro nacional y a todos los espectáculos que podíamos en los Festivales Internacionales de Teatro. Durante mucho tiempo a donde iba uno, íbamos todos. 

Mis amigas de rumba y de la vida que vienen aún desde antes de los 80 y un poco después, esas que acompañaban mis despechos al son de "La gata bajo la lluvia", siguen siendo mis amigas pasados los sesenta. Un equipo de apoyo en los momentos difíciles que décadas después me tocó vivir. Muchos amigos ya no están en esta vida, los recuerdo con nostalgia, a veces mi visitan en los sueños. Algunos panas emigraron, pero más son los que se quedaron resistiendo en Caracas estos tiempos de roncha revolucionaria. 

Aunque era muy sociable, también inventaba programas sola sin complejos: el otro día fui a ver la última película de Spiderman y caminando por el Centro Comercial San Ignacio sentí deja vú de la Adriana  veinteañera que vio sola películas como "Out of Africa", "Matador",  "Blade Runner"... en cines que ya no existen como el Radio City, Broadway, Obelisco y los Cinemas de Chacaíto. 

Era una chama bastante zanahoria, mi único ejercicio era "Disco Ballerina" echaba broma mi amigo Alfredo Risquez, bailaba mejor Disco que salsa o merengue. Fumaba poco, siempre Belmont, me gustaban las cervezas bien frías (a quién no), si acaso pedía un destornillador me duraba toda la noche, no tomaba ni whisky ni ron, conversadora con algunos, callada con fama de antipática con la mayoría, lectora y cinéfila desde pequeña, muy muy flaca hasta el punto que la gente creía que era anoréxica y me lo hacían saber: "Pareces un hueso de pollo" me dijeron una vez. No sé porque era tan flaca porque me encantaba comer perros calientes en la calle, ciruelas de huesito, chicha donde hubiera un chichero, los sundaes de chocolate del recién inaugurado Mac Donalds, y golfeados con queso de mano en la Pan 900 o en la Danubio. 

 Nunca me sentí cómoda en las fiestas grandes, jamás aprendí a manejar el arte del "small talk", así más o menos sigo siendo más de cuarenta años después, solo que hoy tomo un poco más, ya me gusta el whisky, dejé el cigarro en los 90 cuando salí en estado de mi primera hija, y no como perros calientes, sundaes ni tomo chicha porque engordan mucho, sigo sin saber dominar el arte de hablar pendejadas entre el bullicio de la música demasiado alta.

Me casé en noviembre del año 1989 casualmente el año del Caracazo, comenzando en los 90 una nueva etapa de mi vida tanto histórica como personal,  pero eso no viene al caso, el ejercicio de estas líneas es decirle a la Inteligencia Artificial que muy inteligencia y todo lo que ustedes digan, pero esta caraqueñita de los 80 a la que si le encantaba "Have Fun" pero que tampoco era una  “chica plástica de esas que ven por ahí", nunca pero nunca se vio como un personaje salido de "Salvados por la Campana".

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