jueves, 5 de marzo de 2009

De estupenda a doñita



Suele suceder el día más inesperado, uno de esos en el que pasando la treintena de años nos vemos en el espejo antes de salir a la calle sintiéndonos orgullosas por el reflejo: el pelo brillante, el maquillaje perfecto, con esa ropa con la que nos sentimos vestidas para matar. Salimos con paso seguro y el aura particular de pensarnos la reina del baile, una diosa caribe, la última cotufa de la bolsita; cuando en la cola de un banco, en una fiesta o en un restaurante nos encontramos con una amiga a quien teníamos años sin ver, y después de abrazarnos y celebrar la coincidencia, la desgraciada se nos quedará mirando con una intensa nostalgia durante fracciones de segundos antes de exclamar: “¡Niña, estás estupenda!”.
Entonces todavía somos demasiado jóvenes para advertir que ese primer “¡estupenda!” con el que se nos piropea representa un no hay vuelta atrás a la juventud, el principio del fin de la lozanía. Poco a poco los “estupenda” comenzarán a reemplazar cualquier otra flor hasta que nosotras mismas nos encontraremos adjetivando a nuestras amigas con un “estás estupendísima”, y mientras más estupendísimas nos encuentren y encontremos, más sentiremos escabullirse la juventud.
De repente, entrados los cuarenta, cuando ya nos habíamos acostumbrado a ese “estupendísima” tribal y lo agradecíamos, un día salimos a la calle sintiéndonos más estupendas que nunca cuando nos encontramos con una amiga (quizás la misma de diez años atrás), quien después de abrazarnos y sacar cuentas de cuánto tiempo sin vernos, se nos quedará mirando con esa nostalgia que ya empezamos a temer, antes de ascendernos a la próxima etapa de nuestra vida: “Estás igualita, ¡a ti no te pasan los años!” y por más ejercicios que hagamos, por más cremas milagrosas, por más comida sana y cero carbohidratos; ese primer elogio a lo bien que nos tratan los años sólo significa que hemos acumulado los suficientes como para anhelar que el paso del tiempo no sea tan inclemente como rápido.
Si la semántica femenina es tajante aunque sutil con la apariencia física y el ocaso de la juventud, la masculina es ruda y sin adornos. Para la mayoría de los hombres las mujeres se dividen en tres: las carajitas, las que dejaron de ser carajitas y las doñitas. Cero eufemismos con la transición a la madurez. Difícilmente encontraremos un hombre que alabe a una amiga con un “estás estupenda”, pero no faltará algún insensible que con cariño te dirá: “esos kilos de más que te has metido con los años te sientan”. Y el cretino que cree que te está haciendo un cumplido y una pensando: “¡además de vieja, gorda!”. Esos son los momentos en los que a las que no escojamos entre Prozac y Tafil, optaremos por por lo menos un whisky o un ron al día, no tanto para calibrar la tensión arterial ni para ahogar las penas sino para conservarnos en alcohol.
Pero queda una última fase en este violento declinar de la juventud, la más temible de todas que llega poco después del primer: “te conservas muy bien”, aquel día en el que algún buen intencionado desconocido se le ocurra llamarnos “doñita”. Entonces sabremos de qué nos sirve la sabiduría acumulada por los años, si seremos capaces de sepultar la vanidad y servirnos un trago para brindar por nuestro recién nacido doñazgo, porque la única opción contra el desgaste físico del tiempo es morir temprano.
Crónica publicada en la revista Contrabando.

11 comentarios:

la-tiza dijo...

jajajajjaj!!! esta espupendo el articulo! muy bien descritas las transiciones! que cruel es la vida a veces.....

Elizabeth Valarino dijo...

Me encantó el artículo, totalmente real. A veces ni es necesario que nos digan nada y las miradas se dirigen hacia esa parte que menos nos gusta, las patitas de gallo, los rollitos, las canitas nacientes que salen relucientes a pesar que intentamos esconderlas, jajajaja. Pero lo más importante es sentirnos como creemos que estamos, lindas y bellas, como siempre.
Me encanta como escribes. Gracias por recomendarme escribir en un blog. Visítame.http://ventaninterior.blogspot.com/
Elizabeth Valarino

Adriana Villanueva dijo...

Gracias a las dos, yo todavía no llego a la edad de la Doñita, cómo pude constatar ayer que se me ocurrió ponerme una camisola y me encontré en la calle con un amigo que al verme exclamó encantado: "¡Estás en estado!".
Grrrrrr, prefiero que me llamen doñita,

Anónimo dijo...

piqui
excelente!!! qué bueno...
a.

amaliacaputo dijo...

esa era, yo amaliacaputo, no sé como publicar comentarios acá y que se vea mi nombre.
a.

Adriana Villanueva dijo...

Lo lograste Amalia.

la-tiza dijo...

No se que es peor...que te digan:... que te pasa estas como "demacrada"....y una jurando que la dieta ha sido todo un exito, o "que bien te conservas! esos kilitos de mas te asientan de lo mejor!".... la del embarazo tambien la he sufrido, es terrible!con esa moda de las blusitas corteimperio, que a las pavas les queda"estupenda"!jajajjaj

Gaby Morales dijo...

jajaja me hiciste reir como loca, yo si alguien me llama doñita queda declarado como mi enemigo numero 1.
me gusta mas cuando me dicen señorita!! y en tono de burla les contesto.. y de las de antes!!

Adriana Villanueva dijo...

Gaby eso de que a una la llamen "señorita" y de las de antes, me acuerda una película de Cantinflas en la que hace de abogado que interroga a una testigo con pinta de beata marchita:
"¿Señora o señorita?"
"Señorita", contesta la testigo de lo más ufana.
A lo cual Cantiflas repiquetea:
"Lo contrario me habría extrañado".
Así que Gaby, nada de señorita: solteras, casadas, viudas o divorciadas, después de los 35 aspiremos al es-tu-pen-da hasta que nos llegue el doñazgo.

mariana sucre dijo...

GENIAL. feliz cumple.

mariana sucre dijo...

GENIAL. me reí mucho con la intensidad pero más con el cuento de la camisola. feliz cumple.