miércoles, 9 de julio de 2008

El rapto de Ña Margot



El lunes que mi abuela amaneció indispuesta, algo mareada, pensamos que era el virus que está dando, pero cuando el miércoles no había mejorado, mi tía Paulina la llevó al doctor, quien por primera vez no le encontró el corazón trabajando con la precisión de un reloj suizo y decidió internarla en Terapia Intensiva para tenerla monitoreada hasta que un cateterismo determinara el verdadero estado de su corazón, porque a los 92 años, con eso no se juega.

Esa semana la terapia intensiva de la Clínica La Floresta estuvo a punto de colapsar, no sabemos si por la gran cantidad de infartados que entraron entre jueves y viernes, o si por los gritos de revolución de mi abuela que exigía con su poco discreto tono de voz algo de comer porque la estaban matando de hambre mientras esperaba que le hicieran el cateterismo, si antes no se moría de fastidio porque no podía recibir visitas, pero cada vez que le tocaba el turno para ser examinado a fondo su corazón, una máquina más joven pero menos confiable se le coleaba.
Así que de 72 horas mínimo en terapia intensiva, después de los resultados del cateterismo y de sus gritos exigiendo libertad, la estadía de mi abuela se vio drásticamente reducida a mañana mismo la sacamos de ahí. En calidad de responsable nieta mayor, me ofrecí el viernes en la mañana a quedarme en la sala de espera mientras Paulina iba un rato a la universidad, pero cuando nos avisaron que a mi abuela la iban a pasar a una habitación, mi tía pensó que no era conveniente que yo me quedara sola con ella mientras la bajaban al cuarto y canceló sus clases.

Como el doctor nos aseguró que antes del mediodía mi abuela no salía de Terapia, Paulina se fue a hacer unas diligencias aprovechando que llegaron Castillo y Adriana -el chofer y la señora que cuida a mi abuela- acompañados de la prima Elsa. A los pocos minutos sonó mi celular, una amiga llamaba para saber de la enferma y salí a la terraza a contarle los pormenores cuando de repente se oyó un griterío en la sala de espera, Castillo me llamaba desesperado: “¡Corre Adriana que a ña Margot se la están llevando!” Mientras la susodicha gritaba alzando su bastón: “¡Castillo sáqueme de aquí!”. 
Cuando llegué al pasillo ya era demasiado tarde, la puerta del ascensor se cerró delante de nosotros: se raptaron a Ña Margot. ¿Cómo le explicaba a Paulina que en los pocos minutos que dejó a su madre bajo mi cargo, la perdí? ¡Qué descuido tan imperdonable!

Y así empezó la peregrinación buscando desesperadamente a mi abuela, como los comedy capers, Elsa, las dos Adriana y Juan Vicente Castillo corriendo por toda la clínica preguntando: “Ustedes no han visto a una señora de más de noventa años, en una silla de ruedas, amenazando con un bastón”. Pero por imposible que parezca, nadie la había visto: fuimos a donde le hicieron el cateterismo, al consultorio del doctor, a la sala de rayos X, al puesto de enfermeras y cuando estábamos a punto de buscarla en obstetricia, una enfermera se compadeció de nosotros y nos avisó que un médico de terapia intensiva andaba por ahí y a lo mejor nos podía ayudar, así después de más de 20 minutos de intensa búsqueda, dimos con ella, la habían trasladado al cuarto 417 en el piso de cuidados intermedios.

Cuando llegamos con la respiración entrecortada, sudorosos y a punto de unirnos al clan de los infartados, mi abuela nos estaba esperando: “¿Ustedes dónde se habían metido que se tardaron tanto?” y cuando se percató que le faltaba algo, exclamó: “¡Ah no, mi cremita Lubriderm no se puede perder!” La pobre Adriana, todavía jadeante, la fue a reclamar en Terapia mientras Ña Margot se le quejaba a quien es su chofer desde hace cuarenta años: “Una arepa, Castillo, una arepa es lo que he comido. ¿Cuándo me voy para mi casa?”.

Hoy, 9 de julio de 2008, se cumplen tres años de que a mi abuela Margot le falló definitivamente  la máquina suiza que era su corazón, menos de un mes después de cumplir 94 años. Esta crónica  la escribí cuando el corazón le comenzó a pistonear, a los 92 años, para avisarle a los familiares que viven en el extranjero, el estado de salud de Ña Margot. 

1 comentario:

Ignacio dijo...

Me encanta cuando escribes sobre Mamama porque hace falta alguien con un humor tan fino como el tuyo para poder plasmar quien era ella. Me da cosita porque creo que (como dice mi mama) ella nunca realizo en vida la falta que nos iba a hacer.
Un beso & Happy Birthday querida comadre.
IVS