lunes, 31 de marzo de 2014

#LetrasPorVenezuela


Esta mañana uno de los principales trending topics en twitterzuela fue #LetrasPorVenezuela. No tardé en entender que semejante hashtag estaba siendo usado por escritores e intelectuales venezolanos para expresar su inconformidad de país, y así fui leyendo a Sonia Chocrón, Gisela Kozak, Eduardo Sánchez Rugeles, Israel Centeno, Elías Pino Iturrieta, Ricardo Ramírez Requena, Willy McKey... entre tantas plumas que estimo y admiro, unir su voz de protesta en uno de los pocos espacios de disidencia que nos permite la actual censura en Venezuela. Tanto talento en esta efímera pajarera para decir que no, no es normal, no puede ser normal vivir en un país donde predomine la violencia, el odio, el autoritarismo... una Venezuela en la que pareciera que el poder del Estado, sin contrapeso alguno, aspira acostumbrarnos a vivir sometidos a la barbarie. 
Leyendo #LetrasPorVenezuela pensé cómo habría desguazado bajo este hashtag el twittero mayor Simón Alberto Consalvi, quien hace un año nos dejó huérfanos en esto de resumir  en 140 caracteres la desazón de país. Al recordar a Consalvi, y sus artículos dominicales en El Nacional, quizás pecando de necrofilia como acusan a la oposición, evoqué tantos maestros queridos que no llegaron a ver el fin de este capítulo nefasto en la Historia de Venezuela. 
La primera gran orfandad fue cuando murió José Ignacio Cabrujas en 1995 a los 58 años sin ver salir del slum a los gloriosos Tiburones de La Guaira, apenas asomándose la Revolución Bolivariana a escena. Aunque para muchas almas burlonas más que huérfanos somos "las viudas de Cabrujas" quienes casi 20 años después de que murió mi admirado profesor de Artes Escénicas, seguimos extrañando las agudas crónicas que habría escrito José Ignacio en este burlesco revolucionario. Sin embargo, con su artículo "El hombre de la franela rosada" publicado en El Diario de Caracas en diciembre del año 1992, Cabrujas fue profético de lo que nos venía en Venezuela tras aquel madrugonazo golpista en VTV, porque si en las manos de tan desaliñados hombres abrazando un fusil estaba la Revolución: "pinga", escribió José Ignacio.
A esta primera orfandad intelectual en tiempos revolucionados, por lo menos en lo que a esta evasora de intensidades concierne, la han seguido varias orfandades como la de otro querido profesor de la Escuela de Arte, Adriano González León, quien a diferencia de Cabrujas llegó a vivir bajo el yugo costumbrista de Hugo Chávez Frías. Me consta que Adriano murió con el corazón hecho añicos porque en el último encuentro que tuve con mi querido tocayo tras una velada literaria en El Buscón, cuando me pidió que lo llevara a su casa porque estaba cansado, el autor de País Portátil me confesó que él que se asumía un hombre de Izquierda, un progresista, un fundador de utopías; nunca imaginó que vería a su país en semejante túnel del oscurantismo.
Meses después de esta conversación en el tráfico de un jueves por la noche, Adriano murió repentinamente en enero de 2008, quizás sospechando que del oscurantismo tardaríamos mucho más de un lustro en salir, y él no habría de verlo en vida. 
Eugenio Montejo no fue mi profesor, apenas lo conocí en otra velada literaria, pero su muerte meses después de la de Adriano también dejó una sensación de irreparable orfandad porque para colmo la obra de uno de nuestros mayores poetas, premio Octavio Paz 2004, a la hora de su muerte en Venezuela era muy difícil de conseguir porque ya la falta de divisas para importar papel y para editar estrangulaban sin piedad a la Literatura Nacional. Afortunadamente, las redes sociales comenzaban a imponerse y la palabra de Montejo hizo eco en Facebook:

"... Más que el silencio de la tumba
  temo la hora de la resurrección; 
  demasiado terrible
  es despertar mañana en otra parte".

"Irreparable pérdida", dice el lugar común, irreparable pérdida para mí fue la muerte de Isaac Chocrón quien más que un profesor fue un padre espiritual. Isaac no murió de un sopetón, le tocó lidiar con una serie de problemas de salud que eventualmente lo llevaron en el año 2011 a unirse en el paraíso de los hombres de teatro con su querido amigo José Ignacio. El tercer integrante de esta, "santísima trinidad" del Nuevo Grupo, el dramaturgo y cineasta Román Chalbaud, es el único que sigue vivo y el único que apoyó, y sigue apoyando, el sueño revolucionario del Comandante Hugo Chávez Frías. 
Tener visiones tan distintas de país no acabó con el cariño que siempre se profesaron Chocrón y Chalbaud, pero sí abrió una incómoda brecha entre los amigos de infancia que los alejó al final de sus vidas.
¿Quién en la actual Venezuela no puede decir lo mismo de algún afecto cuya visión de país hoy puede ser tan opuesta a la nuestra? Cómo se salva una amistad con quienes ven orden donde nosotros vemos represión...   con quienes llaman gobierno de justicia social lo que nosotros llamamos Dictadura... cómo conciliar con aquellos que llaman fascistas nuestros sueños de una Venezuela democrática mientras nosotros llamamos fascistas sus sueños revolucionarios.
Muchos años pasarán para que esas heridas sanen, y si siguen pasando tan rápido los años en esta división de oficialistas y oposición, demasiados venezolanos no lograrán verlas sanar. 
La más reciente orfandad intelectual que vivimos en esta Venezuela ocurrió el fin de semana pasado con la inesperada noticia de la muerte de la escritora Michaelle Ascencio, a quien tampoco tuve la suerte de tener como profesora, y conocí muy poco, pero tuve el privilegio de que amadrinara mi participación, junto con la de los escritores Krina Ber y Roberto Martínez Bachrich, en el I Encuentro de Narrativa Urbana. 
Michaelle no era una escritora afecta a las redes sociales, que yo sepa no estaba en Facebook ni en twitter, difícil resumir su caudal intelectual y espiritual en unos cuantos caracteres, pero bastaba conocer su obra, habernos cruzado alguna vez con su hablar pausado y su dulce y sabia sonrisa, para saber que Michaelle era una mujer que no habría anhelado despertar en ninguna otra parte, más que en una mejor Venezuela.




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