lunes, 31 de marzo de 2014

#LetrasPorVenezuela


Esta mañana uno de los principales trending topics en twitterzuela fue #LetrasPorVenezuela. No tardé en entender que semejante hashtag estaba siendo usado por escritores e intelectuales venezolanos para expresar su inconformidad de país, y así fui leyendo a Sonia Chocrón, Gisela Kozak, Eduardo Sánchez Rugeles, Israel Centeno, Elías Pino Iturrieta, Ricardo Ramírez Requena, Willy McKey... entre tantas plumas que estimo y admiro, unir su voz de protesta en uno de los pocos espacios de disidencia que nos permite la actual censura en Venezuela. Tanto talento en esta efímera pajarera para decir que no, no es normal, no puede ser normal vivir en un país donde predomine la violencia, el odio, el autoritarismo... una Venezuela en la que pareciera que el poder del Estado, sin contrapeso alguno, aspira acostumbrarnos a vivir sometidos a la barbarie. 
Leyendo #LetrasPorVenezuela pensé cómo habría desguazado bajo este hashtag el twittero mayor Simón Alberto Consalvi, quien hace un año nos dejó huérfanos en esto de resumir  en 140 caracteres la desazón de país. Al recordar a Consalvi, y sus artículos dominicales en El Nacional, quizás pecando de necrofilia como acusan a la oposición, evoqué tantos maestros queridos que no llegaron a ver el fin de este capítulo nefasto en la Historia de Venezuela. 
La primera gran orfandad fue cuando murió José Ignacio Cabrujas en 1995 a los 58 años sin ver salir del slum a los gloriosos Tiburones de La Guaira, apenas asomándose la Revolución Bolivariana a escena. Aunque para muchas almas burlonas más que huérfanos somos "las viudas de Cabrujas" quienes casi 20 años después de que murió mi admirado profesor de Artes Escénicas, seguimos extrañando las agudas crónicas que habría escrito José Ignacio en este burlesco revolucionario. Sin embargo, con su artículo "El hombre de la franela rosada" publicado en El Diario de Caracas en diciembre del año 1992, Cabrujas fue profético de lo que nos venía en Venezuela tras aquel madrugonazo golpista en VTV, porque si en las manos de tan desaliñados hombres abrazando un fusil estaba la Revolución: "pinga", escribió José Ignacio.
A esta primera orfandad intelectual en tiempos revolucionados, por lo menos en lo que a esta evasora de intensidades concierne, la han seguido varias orfandades como la de otro querido profesor de la Escuela de Arte, Adriano González León, quien a diferencia de Cabrujas llegó a vivir bajo el yugo costumbrista de Hugo Chávez Frías. Me consta que Adriano murió con el corazón hecho añicos porque en el último encuentro que tuve con mi querido tocayo tras una velada literaria en El Buscón, cuando me pidió que lo llevara a su casa porque estaba cansado, el autor de País Portátil me confesó que él que se asumía un hombre de Izquierda, un progresista, un fundador de utopías; nunca imaginó que vería a su país en semejante túnel del oscurantismo.
Meses después de esta conversación en el tráfico de un jueves por la noche, Adriano murió repentinamente en enero de 2008, quizás sospechando que del oscurantismo tardaríamos mucho más de un lustro en salir, y él no habría de verlo en vida. 
Eugenio Montejo no fue mi profesor, apenas lo conocí en otra velada literaria, pero su muerte meses después de la de Adriano también dejó una sensación de irreparable orfandad porque para colmo la obra de uno de nuestros mayores poetas, premio Octavio Paz 2004, a la hora de su muerte en Venezuela era muy difícil de conseguir porque ya la falta de divisas para importar papel y para editar estrangulaban sin piedad a la Literatura Nacional. Afortunadamente, las redes sociales comenzaban a imponerse y la palabra de Montejo hizo eco en Facebook:

"... Más que el silencio de la tumba
  temo la hora de la resurrección; 
  demasiado terrible
  es despertar mañana en otra parte".

"Irreparable pérdida", dice el lugar común, irreparable pérdida para mí fue la muerte de Isaac Chocrón quien más que un profesor fue un padre espiritual. Isaac no murió de un sopetón, le tocó lidiar con una serie de problemas de salud que eventualmente lo llevaron en el año 2011 a unirse en el paraíso de los hombres de teatro con su querido amigo José Ignacio. El tercer integrante de esta, "santísima trinidad" del Nuevo Grupo, el dramaturgo y cineasta Román Chalbaud, es el único que sigue vivo y el único que apoyó, y sigue apoyando, el sueño revolucionario del Comandante Hugo Chávez Frías. 
Tener visiones tan distintas de país no acabó con el cariño que siempre se profesaron Chocrón y Chalbaud, pero sí abrió una incómoda brecha entre los amigos de infancia que los alejó al final de sus vidas.
¿Quién en la actual Venezuela no puede decir lo mismo de algún afecto cuya visión de país hoy puede ser tan opuesta a la nuestra? Cómo se salva una amistad con quienes ven orden donde nosotros vemos represión...   con quienes llaman gobierno de justicia social lo que nosotros llamamos Dictadura... cómo conciliar con aquellos que llaman fascistas nuestros sueños de una Venezuela democrática mientras nosotros llamamos fascistas sus sueños revolucionarios.
Muchos años pasarán para que esas heridas sanen, y si siguen pasando tan rápido los años en esta división de oficialistas y oposición, demasiados venezolanos no lograrán verlas sanar. 
La más reciente orfandad intelectual que vivimos en esta Venezuela ocurrió el fin de semana pasado con la inesperada noticia de la muerte de la escritora Michaelle Ascencio, a quien tampoco tuve la suerte de tener como profesora, y conocí muy poco, pero tuve el privilegio de que amadrinara mi participación, junto con la de los escritores Krina Ber y Roberto Martínez Bachrich, en el I Encuentro de Narrativa Urbana. 
Michaelle no era una escritora afecta a las redes sociales, que yo sepa no estaba en Facebook ni en twitter, difícil resumir su caudal intelectual y espiritual en unos cuantos caracteres, pero bastaba conocer su obra, habernos cruzado alguna vez con su hablar pausado y su dulce y sabia sonrisa, para saber que Michaelle era una mujer que no habría anhelado despertar en ninguna otra parte, más que en una mejor Venezuela.




martes, 25 de marzo de 2014

Sobre los selfies en las marchas



La otra tarde en la Plaza Altamira repartían volantes ofreciendo un curso de cómo tomar fotos en marchas y manifestaciones. No agarré el volante, pensé que sería una nueva forma de rebusque en tiempos de crisis. Después me enteré que no se trataba de un negocio en ciernes sino de una clase abierta, sin fines de lucro, que se dio esa misma tarde en las escaleras del lado oeste de la Plaza Francia.
Quizás debí haber tomado el curso, disto de ser una experta, pero es que ya tengo doce años tomando fotos en las marchas, desde los tiempos del: "Si va a caer, si va a caer, este Gobierno va a caer" hasta los del actual: "¿Quiénes somos? Venezuela, ¿Qué queremos? ¡Libertad!". 
Tenemos tanto tiempo en esto que las primeras fotos que tomé de marchas multitudinarias de la oposición fueron con mi Canon AS Program con rollito Kodak ASA 400. Por cada marcha, 36 instantes detenidos en el tiempo que se debían administrar con precaución porque por una foto buena salían varias regulares, unas cuantas malas, y era bastante costoso el revelado. Al no ser fotógrafo profesional, mis fotos apenas estaban destinadas a los álbumes familiares, ni siquiera existía Facebook para compartirlas. 
De negativo a digital he ido acumulando en mi archivo personal enemil fotos tomadas a lo largo de estos últimos doce años de cientos de miles de ciudadanos caminando por las calles de Caracas la inconformidad de país. Y eso que no soy de las precursoras de las marchas, ni siquiera marché el 11 de abril, no me gustan las aglomeraciones, sufro de enoclofobia. Pero tras los sucesos de ese funesto día decidí que no podía quedarme pasiva en casa mientras otros salían a la calle y me uní a cuanta marcha de la oposición se diera haciendo de mi cámara una especie de amuleto para distraer el miedo a las multitudes. 
Tampoco me engaño, soy una fotógrafo regularzona, aunque en esta era de la fotografía digital es difícil tomar fotos malas porque tomamos tantas que se va entrenando el ojo. Edito algunas fotos cortándole lo superfluo, borro muchas fotos que no dicen nada, y selecciono las mejores para hacer álbumes en Facebook que no son más que recuentos personales. 
Hasta que este año decidí que qué fastidio, tenía años montando fotos de marchas, ¿a quién le podía seguir interesando esta historia sentimental de mi paso por las inconformidad multitudinaria? Me sentí como escribiendo la misma crónica una y otra vez con ligeras variaciones. Más de lo mismo, pero varios amigos me reclamaron que si acaso ya no iba a las marchas que había dejado de montar fotos en Facebook. Aparentemente les gusta hacer el recorrido con mis álbumes donde mezclo fotos de amigos con las mejores pancartas y mi encuentro con celebridades de la política (tengo fotos de Pompeyo Márquez, Américo Martín, Antonio Ledezma, Leopoldo López y Hentique Capriles Radonski cuando no eran más que unos mozalbetes, María Corina Machado el día después de que le entraron a golpes en la Asamblea). Así que chimbas o no, decidí continuar compartiendo mis fotos de las marchas, sobre todo para los amigos que viven en el exterior para que sientan un poco el espíritu de lo vivido. 
Haciendo un recorrido por estos álbumes de los pasados doce años es fácil darse cuenta que hay dos tipos de marchas: aquellas en las que se va con esperanza, y aquellas en las que se va con arrechera. Esperanza no solo se marcha cuando estamos en campaña por un candidato, también en cierta forma marchábamos con esperanza cuando en ese diciembre de 2002, en medio del paro petrolero, muchos llegamos a pensar que se estaba tambaleando el gobierno de Chávez a cuenta de las marchas casi que diarias que sucedían apoyando el paro, sin sospechar que tras el paro petrolero lo que estábamos haciendo era atornillándolo más. 
Semejante esperanza desapareció de las marchas en febrero de 2014, así como desapareció la alegría de marchar. ¿Cómo se puede marchar alegre y optimista cuando sentimos que oficialmente estamos viviendo en Dictadura?  Pero esta alegría poco a poco se ha ido recuperando al sentir que a pesar de las trabas cada vez más represivas para impedir las marchas y manifestaciones opositoras, cientos de miles de venezolanos seguimos dispuestos a salir una y otra y y otra y otra vez de manera pacífica, cargando banderas de siete estrellas, acompañados en grupos familiares, o con amigos, muchos hasta solos, arriesgando a ser mal encarados por la Guardia Nacional, a ser reprimidos a punta de bombas lacrimógenas, ser bañados con la ballena, y hasta detenidos sin más motivo que cruzarnos en el momento equivocado con las fuerzas del orden del Estado. Sin hablar de ser víctimas de las fuerzas paramilitares que apoyan al oficialismo.  
A partir del 12 de febrero parecían habernos arrebatado hasta la alegría y la esperanza de marchar, pero poco a poco ante la insistencia civil en no abandonar la calle, a pesar de los obstáculos que pone el Gobierno con cada vez más fuerza represiva, a pesar de amedrentarnos con las bandas de paramilitares armados como la que atacó recientemente la Asamblea de Estudiantes de la Facultad de Arquitectura, viendo en cada una de las marchas las creativas pancartas que demuestran que no hay censura que calle el descontento de país, pancartas que denuncian la inconformidad de tener que acostumbrarnos en Venezuela a vivir con violencia, a que desde el poder del Gobierno se salten las más esenciales normas democráticas, ante el rechazo a la escasez, a la censura, al autoritarismo... a este desastre de Gobierno que cada vez esconde menos sus rasgos de Dictadura... marchas que están sucediendo con mayor o menor nivel de intensidad en tantas ciudades del interior... me parece el menor de los males que hoy tenemos en Venezuela que haya quienes se tomen un selfie con los panas en las marchas. 
Confieso con desvergüenza que también lo hago, es parte de la pírrica alegría de sentirme menos sola en medio de tanto desánimo.

lunes, 24 de marzo de 2014

El Impasse


Haciendo un repaso de las más recientes intensidades es fácil darse cuenta porqué en las últimas semanas me ha escrito más de un amigo preocupado desde el exterior, y es que Evitando Intensidades se ha convertido como el relato de un náufrago que se resiste a abandonar un barco a la deriva, pero somos tercos e insistimos en no cejar porque además de que Venezuela es el país donde nacimos por el que bien vale la pena luchar, la balsa salvavidas tampoco es que se vea muy alentadora, y dudamos que al saltar este barco no terminaremos en otras tierras donde no seremos recibidos, precisamente, con los brazos abiertos. 
Hablando con los panas preocupados por cómo la estamos pasando en Venezuela me cuesta decidir si acaso quienes aquí seguimos terminamos acostumbrándonos poco a poco a este drástico bajón de calidad de vida, o si la impotencia de quienes viven afuera se puede magnificar con la intensidad de las redes sociales.
Por ejemplo, cuando viene alguien muy cercano de visita a Venezuela, si antes te llamaban para ver si querías que te trajeran Advil PM o el último ejemplar de la revista Rolling Stone, hoy se ponen a la orden por si quieres que te traigan harina, azúcar y hasta papel toilet. Una amiga le dice a sus hijos que se coman toda su comida porque en Venezuela no tenemos qué comer. 
Por lo menos en ese sentido en Venezuela no estamos taaaan mal, años luz de las hambrunas de la Europa de la postguerra cuando las familias tenían que compartir una papa podrida, o de la miseria de tantos países en África que ni siquiera tienen una papa podrida para compartir, o de la Cuba que narra Leonardo Padura donde cualquier plato preparado por la mamá del Flaco Carlos con lo que se consiga en el mercado negro es una bendición para el teniente Conde acostumbrado a moros y cristianos. Aunque en Venezuela es difícil hasta comer congrí porque tanto el arroz como las caraotas negras están difíciles de conseguir.
Digo y me desdigo, vamos a ver si me explico, por lo menos en Caracas todavía distamos de estar pasando hambre a pesar de que el 47 % de los productos regulados en la canasta básica no son fáciles de encontrar, por ejemplo, en mi casa teníamos meses sin leche en polvo, que para un extranjero puede ser "So what?", pero para gran parte de los hogares venezolanos es un producto de primera necesidad sobre todo porque tampoco se consigue leche fresca. Cuando aparece la leche en polvo, las colas para pagar son kilométricas, y como en mi familia el niño pequeño ya cumplió catorce años, me niego a hacer cola y me acostumbré a tomar el café con leche de larga duración, que aparece y desaparece con la regularidad de la luna menguante, al igual que productos como el arroz, harinas, margarina, aceite, azúcar y el mismo café.  
Por otro lado en el abasto de mi vecindario es usual encontrar pollo, huevos, nunca falta carne, ni frutas ni verduras ni charcutería, y hasta ahora la pasta nunca ha fallado. Enlatados los que quieras (menos Diablitos que es difícil de encontrar), e inclusive extraños productos importados como Bloody Mary Mix. Así que ni de hambre ni de sed hemos sufrido, pero sí parece que ya nos estamos acostumbrando a hacer cola y a saber que eso de ir al mercado solo una vez a la semana, en Venezuela es cosa del pasado porque nunca encontramos ni la mitad de lo que fuimos a comprar. 
Ya narré en una intensidad pasada el lúgubre ambiente que se respira hoy en el abasto de mi vecindario, no me voy a repetir con eso que la gente está de a toque: grandes emociones seguidas de grandes depresiones. Hace una semana la gran emoción fue que la nevera del abasto estaba llena de helado de mantecado, solo de mantecado. 
El señor de las verduras conversaba con un cliente que divagaba sobre la manera de levantar el país, no presté atención porque sé que este tipo de conversaciones en lugares público no suelen llegan a buen puerto. Y no me equivoqué, de repente una señora perdió los papeles y comenzó a gritar: "¡Pero chico tú crees que Venezuela está bien! ¿De verdad tú crees que tu país está bien!".
Se puso tan brava la señora que por un momento temí que sería necesario llamar a seguridad.   
El señor de las verduras siguió pesando cebollas, murmurando sin perder su afabilidad: "Para mí la vida no ha cambiado estos últimos años, yo sigo viviendo igual". 

jueves, 20 de marzo de 2014

Un día cualquiera en la actual Venezuela


Las canciones de Silvio Rodríguez dan para todo, por ejemplo ayer "mi deber era, cantarle a la patria, alzar la bandera, sumarme a la plaza...", pero el empaquetador de confianza me mandó un mensaje de texto: "Llegó leche en polvo", y antes de sumarme a la plaza eché a correr al mercado en busca de tan preciado bien que tenía meses ausente de mi alacena. 
Como dijo el escritor Federico Vegas en su alocución en el Centro Cultural Chacao: "Hoy en Venezuela en un día pueden pasar tantas cosas"... por ejemplo ayer fui con la tía Nena a la convocatoria de la gente de la cultura a un mes de que Leopoldo López fuera detenido "por instigación a la violencia", es decir, a un mes de que el ex-alcalde de Chacao, líder de Voluntad Popular, junto con María Corina Machado llamaran a salir a la calle. 
Puede que estuviéramos o no de acuerdo con #lasalida como se hizo famosa esta llamada a tomar la calle para demostrar la inconformidad de país, pero la detención de Leopoldo -y la de tantos manifestantes- y la amenaza de despojar a la senadora María Corina Machado de su inmunidad parlamentaria, entre tantos excesos vividos en Venezuela desde el 12 de febrero, son muestra irrefutable que del chavismo al madurismo pasamos formalmente a una Dictadura.
Por eso ayer fueron convocadas un ramillete de las mentes más lúcidas de Venezuela para dar su apoyo a los presos políticos y demás perseguidos del madurismo. Fueron recordados Leopoldo y María Corina, Iván Simonovis, los estudiantes y demás manifestantes detenidos a lo largo del país; se hizo mención de la persecución a la prensa de la cual las principales víctimas son Teodoro Petkoff perseguido por Diosdado Cabello, el periódico El Nacional que se está quedando sin papel, y los valientes periodistas de Últimas Noticias dispuestos a perder sus trabajos por ejercer su deber de informar. 
El acto, moderado por Alonso Moleiro, comenzó con Rafael Cadenas abogando por la libertad de los presos políticos. El poeta también hizo reconocimiento a Teodoro Petkoff antes de leer extractos de "El diálogo según el Dictador". Siguieron a Cadenas, no en este orden que es el de mi memoria, Gisela Kozak, WillyMcKey, Yolanda Pantin, Federico Vegas, Francisco Suniaga, Oscar Lucien, María Elena Ramos, Tulio Hernández, Elías Pino Iturrieta, Claudio Nazoa, Leonardo Padrón, Antonio Sánchez García, Carmen Ramia,  Diana López, Rayma, El Príncipe Negro, Jaime Bello León, y el joven periodista Diego Arroyo Gil, quien tras recordar a Simón Alberto Consalvi y leer un párrafo de Rómulo Gallegos, pidió un minuto de silencio para las víctimas. 
Todas las intervenciones fueron muy aplaudidas pero ninguna tanto como la de la dirigente estudiantil Gaby Arrellano quien comenzó diciendo: "Si cada uno lucha desde la trinchera de donde está, se va a conquistar la libertad y se va a rescatar la República" , y tras una apasionada intervención que no superó los 5 minutos, fue aplaudida de pie por todos los presentes en el Centro Cultural Chacao.
Cuando salíamos al mediodía mi tía y yo sintiendo que por lo menos estábamos en buena compañía en esto de la #Resistencia, oí que alguien llamaba mi nombre. Era Julieta, me preguntó si le podíamos dar la cola. No faltaría más, no tardamos en darnos cuenta que Julieta estaba siendo asediada por una Policía de Chacao que la conminaba arrogante: "¿Por qué no te vas del país?".
La Nena y yo no podíamos creer lo que estábamos oyendo. Julieta, sin dejar de pelear con la funcionaria, nos contó que como no tenía con quien irse le pidió la cola a unos amigos que se iban en moto. Por supuesto que al ver a una tercera persona montándose en una moto, una funcionaria de la Policía de Chacao que custodiaba las puertas del Centro Cultural, mandó a disminuir el número de pasajeros: 
"Hasta ahí todo está bien", dijo Julieta "Estoy consciente de que estábamos cometiendo tremenda infracción, el problema fue que la reprimenda vino acompañada por un: "Y después pretenden sacar al presidente Maduro", ahí fue cuando me indigné y comenzó la pelea".
Durante una cuadra, hasta que llegamos al carro, Julieta, La Nena y yo fuimos seguidas por la Policía de Chacao en su moto gritándonos: "¡Váyanse del país!". Lo que son las cosas, yo que nunca he sido intimidada por la Guardia Nacional, sin siquiera abrir la boca, vengo a ser invitada de manera poco cortés a emigrar de Venezuela por una Policía de Chacao. 
En este día normal en mi querida Caracas llegué a mi casa a primera hora de la tarde, después de almuerzo, me disponía a montar en las redes sociales las fotos del evento en Chacao cuando recibí el mensaje de texto que llegó leche en polvo al mercado de vecindario. Tremendo pitazo, llegué antes de que sacaran la leche a la venta. Por lo visto no fui la única en recibir el dato: varias señoras tanto de La Florida como de Chapellín daban vueltas por los pasillos como zamuros esperando que apareciera la preciada carga de polvo blanco. Cuando por fin salió la leche en polvo ZuliMilk, el apacible escenario de un mercado semidesierto se convirtió en un ambiente más agresivo que la batalla de Waterloo. Francisco, cual almirante Wellington, facilitó una caja a un lado de la reja del mercado, quienes querían comprar leche, tenían que hacer la cola desde afuera. Los afortunados que ya estábamos adentro, nos podíamos llevar nuestros dos kilos sin necesidad de salir. 
Cuando salí abrazada con mis dos paquetes de leche minutos después, la cola abarcaba una cuadra, pero como solo se despachaba leche, avanzaba rápido. No sé cuánto habrá durado la leche en polvo en el mercado de mi vecindario, apuesto ayer mismo se acabó. 

Con la adrenalina a millón, decidí ir a ver el escenario de la Plaza Altamira donde la "toma pacífica ciudadana" contrarresta la toma militar antiguarimbas del lunes pasado. Esa tarde en la plaza de don Luis todo era paz y amor, los Guardias Nacionales conversaban entre sí, estudiantes hacían pancartas pidiendo la libertad de los presos políticos, había quienes llamaban a unirnos en oración por Venezuela, de todas las edades interrumpían el tránsito de la avenida Francisco de Miranda con diferentes consignas, dejando un canal libre para el paso. Los carros pasaban tocando corneta en muestra de solidaridad. Había una clase abierta de cómo tomar fotos en las manifestaciones. Me encontré con unas cuantas amigas, pasé por la Librería Lugar Común para comprarle una novela policial a mi padre, y antes de que anocheciera, regresé a casa que esta noche había prometido unos lacitos al pesto a la familia.

El pesto lo terminó haciendo Camila, mi hija, porque como bien apuntó Federico Vegas esa mañana en Chacao: "cuántas cosas pueden pasar hoy en un día en Venezuela", y así mientras en la Plaza Altamira las viejitas repartían flores a la Guardia Nacional; en Táchira el gobierno metió presos a dos alcaldes de la oposición por desacato y rebeldía civil. Mientras tanto, grupos armados arremetieron en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central contra una asamblea de estudiantes dejando varios muchachos heridos. Narra el arquitecto Hernán Zamora en su blog Crónicas de Asterión, que la primera señal de alarma fue la entrada de ocho hombres ajenos a la Facultad dispuestos a desmantelar el mensaje que colocaron el estudiantes en la fachada sur del edificio donde pedían: Seguridad, justicia, respeto y paz.
Conceptos que hoy parecen subversivos en la República Bolivariana de Venezuela. 
Ese fue mi día ayer en esta ciudad tan acontecida: del orgullo de ver a quienes tanto admiro llamar a la Resistencia, hasta ser invitada por una PoliChacao a emigrar de Venezuela; de la ignominia de entrar en la macolla para conseguir leche en polvo, hasta la ilusión de paz y amor en la Plaza Altamira, finalizando con una vuelta a la realidad gracias a las redes sociales: las candelitas de la inconformidad civil y del abuso de estado no dejan de prenderse por toda Venezuela. 

lunes, 10 de marzo de 2014

El "independiente" en la cola


El mercadito de mi vecindario lo mejor que tenía era precisamente que era el mercadito de mi vecindario. Pequeño, algunos decían que muy caro, pero cuando estábamos fallos de algo podíamos contar que lo tendríamos en casa en menos de quince minutos.
Bueno, eso era antes, cuando todavía no vivíamos en tiempos de escasez, porque el mercadito de mi zona pasó de tener fama de pequeño y caro a fama de "bien surtido", y así de repente se llenó de forasteros, hasta del interior del país, en busca de productos como aceite (aunque ni de maíz ni vegetal) o mantequilla, que en otros mercados no se conseguían. 
Eso también era antes, desde hace semanas no se encuentra aceite en el mercadito de mi zona, y la mantequilla aparece y desaparece.
Sin embargo el mercadito pareciera más popular que nunca, antes no había que esperar a más de dos o tres personas para pagar, hoy las colas son largas serpientes dentro del mercado. El otro día pasó lo impensable, un fin de mundo, fui como a las seis de la tarde a buscar una rama de albahaca para preparar una salsa de tomate, y la santamaría estaba cerrada. La cola de gente esperando para entrar salía a la calle porque había llegado papel higiénico, y se podían llevar tres paquetes por persona.  
Nos encontramos en una esquina como un grupo de cinco vecinos viendo horrorizados la cola que ocupaba media cuadra, todos negados a hacerla porque ¿a cuenta de qué? ese era el mercadito de nuestra zona donde en veinte años nunca habíamos tenido que hacer cola. 
Esa noche en mi casa no se comió pasta.
Ayer domingo venían a almorzar a casa mis padres, y mi mamá me pidió si le podía tener jugo de naranja para tomarnos un destornillador. Le dije que no había problema, intentaría en el mercadito, y si había mucha gente, me iría al Farmatodo que como últimamente está pelado, no hay problema para estacionar y comprar. Pero como no se veía tanta gente en el mercadito, estacioné el carro para aprovechar además del jugo de naranja natural, comprar unas chucherías para picar. 
Algo que les es difícil creer a quienes se fueron hace poco de Venezuela, es que los niveles de escasez han aumentado dramáticamente estos dos últimos meses. Hoy es más fácil enumerar qué se encuentra en el mercado que enumerar lo que no se encuentra. Los pasillos de los detergentes vacíos, ni siquiera hay jabón de tocador, el pasillo de galletas y chucherías vacíos, el pasillo del pan vacío, en el pasillo del café solo hay tés, además de las carencias a las que ya parecemos acostumbrados desde hace tiempo: arroz, aceite, leche, azúcar, papel toilet, entre una lista de etcéteras que se hace cada vez más larga.
Ese domingo al mercadito de mi zona habían llegado jugos pasteurizados La Pastoreña, que la gente se llevaba por cajas. Tal era la emoción que se sentía en el ambiente, que hasta metí en el carrito varios jugos de pera y de durazno. Al ratico los devolví porque nunca he sido amiga de los jugos pasteurizados, en mi casa solo tomamos jugos de frutas naturales, a cuenta de qué iba a participar en el nivel de histeria colectiva en el mercado.
Por lo visto no era la única persona que estaba de a toque. Por los pasillos la gente desfilaba como los sobrevivientes de un huracán que había arrasado. Encontré las últimas tres aguakinas del mercado y me sentí una mujer afortunada. A la hora de pagar había dos colas para cinco cajas abiertas. Una señora se quejaba que quienes hacían la cola del pasillo de la izquierda se veían favorecidos porque les tocaba tres cajas y a nuestra cola dos. Como soy asidua del mercadito y conozco la logística le dije que no se preocupara, hay un director de orquesta parado entre las dos colas que va alternando la caja del medio.   Frente a mí haciendo la cola estaba un hombre flaco, de barba, treintón, de marcada tendencia comeflor, iba acompañado de un niño como de diez años con la mirada despierta, simpático, conversador, parecía ser su sobrino. El comeflor llevaba en el carrito un cargamento de Smirnoff Ice, supongo que porque no encontró cerveza. Cuando la señora y yo comentamos sobre la logística de la cola, el comeflor volteó, según él había dos cajas para una cola, dos para la otra cola, "y una caja independiente". 
Se me ocurrió contestar, sin darme cuenta que la conversación se había vuelto política: "No vale, si aquí "independiente" se murió hace rato". 
Lo juro que jamás pensé que iba a despertar esa reacción, yo que siempre ando evitando intensidades, pero imagino que el comeflor encontró un excelente momento para darle una lección de vida a su sobrino, y empezó a clamar como manifiesto de un poeta transcendentalista: "Independiente no ha muerto, Independiente vive, me declaro independiente, soy independiente para decir lo que quiero, soy independiente para respirar, soy independiente para caminar, soy independiente...".
Lo único que me faltaba por ver, un niní en la cola de un mercado en tiempos de escasez, ante tanta intensidad solo me quedó contestar: "Bueno papá, si eres tan independiente, métete en la supuesta caja de los independientes a ver qué pasa, si no te devuelven por colearte, te linchan quienes tienen un buen rato haciendo la cola". 
Pero el comeflor no pareció oírme y seguía enumerando las razones por las que era independiente: "Soy independiente si quiero amar, soy independiente cuando voy a comer, soy independiente porque cuando quiero cantar canto...".
Menos mal que no cantó, le toco su turno de pagar ( no en la caja "independiente", por cierto) y ahí seguía el comeflor enumerando las maneras como en este país polarizado, él seguía siendo independiente. 
El sobrinito se volvió a mirar al resto de la cola, podría jurar que en su mirada cómplice nos decía: "Perdónenlo, él es así". 

jueves, 6 de marzo de 2014

Agua estancada


El buen doctor a quien tuve el honor de ayudar a organizar sus memorias me contaba que en el pueblito en los Andes trujillanos donde nació en el año 1925 no había ni electricidad, ni teléfono, ni agua corriente. Y aunque hoy nos parezca imposible la vida en esas circunstancias, durante siglos la civilización vivió sin luz eléctrica, ni teléfono, pero siempre necesitó tener agua cerca. Por eso cuando se establecieron los primeros pobladores del recién bautizado San Juan, construyeron un acueducto para acercar el cauce de un riachuelo cercano, y un par de pozos donde todas la mañanas iban las señoras cargadas de tobos y palanganas para abastecerse del agua de uso diario familiar.  Pero había mañanas en las que las señoras se encontraban con el agua fétida, estancada, no apta para consumo humano. Entonces el jefe civil reunía a los hombres del pueblo y salían en grupo para encontrar el origen de la podredumbre, que solía ser el cadáver de un animal grande atorado en algún lado del cauce del riachuelo. De inmediato sacaban al animal que contaminaba, pero el agua quedaba fétida durante días. El agua estancada tardaba en limpiarse.
Esta anécdota me vino en mente leyendo en el blog “Con Ida y vuelta” de Gabriel Nuñez la entrada titulada “Primer año en Londres”, donde el joven comediante narra sus peripecias con su esposa Elena Sánchez Vilela como emigrantes en Europa. A Gabriel y a Elena no los conozco personalmente, pero desde hace tiempo he seguido los videos que comparten por las redes sociales, y era fácil darse cuenta de que entre la nueva camada de jóvenes comunicadores, Gabriel y Elena eran de los mejores. Una pareja talentosa que en un país que evoluciona, en lugar de involucionar, le estarían lloviendo generosas ofertas de trabajo.
Pero en Venezuela, a menos que se apueste por el sueño revolucionario y se saque un número premiado como un viceministerio, el agua está estancada. Por eso Gabriel y Elena, como demasiados jóvenes venezolanos estos últimos años, hicieron sus maletas para despegar de Maiquetía sin pasaje de regreso. Se fueron a vivir a Londres, donde trabajan en los más variados oficios, ninguno relacionado con su enorme talento como humoristas. Para eso quedan sus blogs.
Al leer las peripecias del primer año en Londres en el blog de Gabriel,  ecordé al Martín Romaña de Bryce Echenique, viviendo en un apartamentico húmedo y frío, durmiendo en un colchón hundido, eso sí, con mucho amor y con todo el optimismo del mundo, ya que lo más difícil, dar el paso de emigrar, fue dado. Solo que Martin Romaña abandonó su país huyendo de un padre fastidioso que le imponía el ejercicio del Derecho, y Gabriel partió ahogado en lágrimas a la hora de despedirse de su familia.  
La decisión de Gabriel y Elena, por lo expuesto en sus respectivos blogs, parece ser motivada por el mayor cáncer que hoy carcome a Venezuela: el miedo a la violencia. Escribe Gabriel: “…pudiese ser que me toque calarme vainas de los extranjeros; pero ellos no matan”.
Jóvenes profesionales que dejaron de tener fe en Venezuela y se van: huyen por el temor de ser víctimas de la violencia y por la escasez de buenas oportunidades profesionales. ¿Quién se atreve a contradecirlos? Gente buena y capaz como Mónica Spear, Henry Thomas Berry, mi amigo el arquitecto John Machado, y tantos otros que se atrevieron en apostar por Venezuela y terminaron siendo víctimas de esta violencia que hoy nos devora… Agua estancada, agua estancada ¿cuánto tiempo habrá de pasar para verla cristalina de nuevo?

Artículo en la página Web de El Nacional, porque el papel de periódico se está acabando, publicado la primera semana de febrero antes de que se desatara el febrero convulsionado que hemos vivido en este país de aguas estancadas.

sábado, 1 de marzo de 2014

Tras el chaparrón



Tras escribir "Breve manual de etiqueta para quienes están lejos pero no ausentes" sentí que debería cambiarle el nombre a este blog a "Provocando Intensidades" porque ¡madre mía! se desataron los demonios de quienes al leer el breve manual, se dieron por aludidos. En los comentarios en el blog hasta ahora me han llamado resentida, llena de odio, divisora, censora, intolerante, pasivo-agresiva, y la última perla "Dictadorzuela que me merezco al presidente que tengo"; poco faltó para que me llamaran infiltrada. 
Comprendo que muchos asumieron que en este post estaba menospreciando de un plumazo la angustia de quienes viven este sangriento y represivo febrero 2014 desde el exterior, que  pretendo la imposible tarea de calibrar "el angustiómetro ajeno" como escribió mi amiga Inés, una de las más recientes emigrantes en mi enorme lista de amigos que se han ido, y quien tuvo la valentía de expresar su malestar con nombre y apellido. 
No fue mi intención desestimar ni la voz ni la ayuda ni la impotencia de los venezolanos que hoy viven lejos. Por el contrario, para mí siempre han sido luces que muestran perspectivas desde la distancia analistas como Boris Muñoz, Francisco Toro, Miguel Octavio, Moisés Naím. A nivel personal valoro la opinión y la preocupación por las redes sociales de tantos familiares y amigos en el exterior, y lamento que muchos de ellos se puedan haber sentido cuestionados por la intensidad pasada, porque más bien uno en Venezuela se siente menos solo por su solidaridad y preocupación.
Así como quienes me echan en cara ignorar el dolor de vivir lejos y la angustia de tener familia en Venezuela, tengo hermanos, cuñados, sobrinos y primos regados por todo el mundo, y en estas circunstancias en las que Venezuela parece estar en pie de guerra -anoche mientras escribía se estaban llevando a más de cuarenta personas detenidas en Altamira-  me consta que están sufriendo tanto como quienes se ofendieron por creer que yo ponía en duda su angustia al tener familiares aquí.
Traté, se ve que no lo logré, de ser específica que en este breve manual me refería a la rama más comecandela de la oposición en el exterior. Así que a quienes simplemente se dieron por aludidos por no estar en Venezuela en estos momentos, me disculpo de corazón, y a quienes se sientan orgullosos de ser de la rama talibana que llama desde las redes sociales a vencer o morir, bueno, seré una pendeja, pero sigo siendo de quienes abogan por una lucha pacífica y me irrita cuando se llama a la batalla hasta las últimas consecuencias desde lejos, aunque confieso que cada vez me pregunto con más mortificación cómo será factible una salida pacífica con la banda de malandros que hoy ejerce el control del poder en Venezuela. 
Por otro lado, (no pensaban que se iban a ir así sin un por otro lado), este es un blog que en un día normal apenas supera las cien visitas, en un día bueno llega a un poco más de trescientas, dista de ser un portal como Caracas Chronicles o Prodavinci. Pero este breve manual de etiqueta que tantos detestaron, en dos días ha tenido más visitas de las que suele tener el blog en un año. La única intensidad que llegó a semejante cantidad de visitas y comentarios fue cuando explicaba en Diciembre de 2012 los pro y los contra del Kindle Fire. Así será de pangola este blog en el que no se dictan pautas sino en el que escribo lo que siento para compartir con los panas. 
Eso habla tanto de un nervio pisado como los comentarios indignados que he recibido de aquellos dolidos en su honor patrio. Si este post tuvo semejante número de visitas fue porque muchos venezolanos de la oposición que viven en Venezuela, se sintieron identificados en buena parte de lo expresado. De eso me doy cuenta por la cantidad de veces que este Breve Manual ha sido compartido en las redes sociales. También me lo dice la reacción de quienes me han llamado o me han escrito en privado para felicitarme porque en él resumí muchas arrecheras recientes en Facebook.  
Echémosle la culpa a las redes sociales, lo intensifican todo y los venezolanos, tanto adentro como afuera, estamos de a toque y cualquier comentario adverso a nuestra línea de pensamiento puede representar un unfollow y hasta el fin de una amistad: desde los sí o los no a las guarimbas, o apoyar a Henrique Capriles, o cuidado quien ose ir a la playa en Carnaval, o a quien todavía se le ocurra respetar a José Antonio Abreu, o meterse con el Maestro.
En el caso de la reacción particular a este artículo, me hace pensar que quizás ya se abrió una brecha como en Cuba entre los venezolanos que se fueron y los que se quedaron. Brecha que hasta hace unos meses no existía. (Ya me van a decir separatista otra vez).
No se puede negar que esta Revolución en Venezuela ha sido atípica, Chávez se apoderó poco a poco del control de los poderes ciudadanos, de las Fuerzas Armadas, de la mayoría de la Asamblea Nacional, del Tribunal Supremo de Justicia, del Consejo Nacional Electoral; pero había una falsa sensación de democracia porque todavía quedaban restos de libertades económicas y de Expresión, como por ejemplo Globovisión. Nadie sería capaz de negar que Chávez era idolatrado por más de la mitad de los venezolanos, y se podía dar el lujo de dejar una ventana a la disidencia. Había quienes decían que tras el cierre de RCTV, de 47 estaciones de radio, la autocensura de Venevisión y Televen; el canal de noticias Globovisión no era más que una falsa sensación de que en Venezuela había Libertad de Expresión porque al final Chávez siempre imponía su voluntad.
La gran mayoría de quienes emigraron y hoy me llaman resentida por seguir en Caracas, lo hicieron cuando Chávez era presidente, las razones personales por las que cada quien decidió irse o seguir aquí pueden ser casi infinitas, lo que si era obvio era que Chávez estaba cocinando esta Dictadura a fuego lento respaldado por su popularidad, quizás pensando que viviría tanto como Fidel Castro. Pero no fue así, y sin la presencia del Comandante Eterno, su sucesor el desángelado Nicolás Maduro y quienes manejan los hilos detrás de él, parecieran haber subido la candela para lograr por medio de la represión y la censura, tapar la actual crisis política y económica en la que tienen sumergida a Venezuela, y que tarde o temprano será el fin de esta locura.
Sistemas represivos como la Revolución Cubana o las Dictaduras militares del cono sur, la represión fue tan inmediata que a muy pocos les dio tiempo de aplicar un Plan B, quienes vieron amenazada su libertad, sus vidas y las de sus familias, emigraron si acaso con una maleta. En la Venezuela de Chávez no fue así, durante 14 años vivimos a cuenta gotas la decadencia de país, muchos planificaron su Plan B cuidadosamente mientras algunos seguíamos insistiendo en esa frase que se volvió lugar común del optimismo: "mi plan B es echarle bola al plan A", o quienes decían "el mejor país para vivir es Venezuela sin Chávez, y el segundo mejor país para vivir es Venezuela con Chávez".
Nadie se atrevería a decir lo mismo de la Venezuela de Maduro, cuando vemos cómo a los manifestantes en las marchas y concentraciones les disparan en la cabeza con municiones militares, mientras hay pruebas concretas de torturas de las Fuerzas del Estado como las fotos de la Guardia del Pueblo dándole con su casco a una muchacha en el suelo en una manifestación en Valencia, jóvenes que denuncian haber sido violados con un fusil por el ano,  el testimonio de una familia cuyo hijo fue rociado de gasolina y envuelto en un colchón para disimular los golpes recibidos, hasta a mi cuñado la Policía Nacional le cayó a patadas para quitarle el celular... Y la cara e tabla de la fiscal desestima públicamente todas estas denuncias... En esta represión y salvajismo de Estado nuestra principal fuente informativa son los twitteros serios que manejan de manera responsable la información, y los improvisados reporteros de calle que con las cámaras de sus teléfonos celulares han logrado dejar testimonio de más de una canallada del poder, testimonios que ni el más cínico del oficialismo ha logrado desmentir.
Dentro de este tremendo bloqueo informativo, temiendo que hasta la prensa escrita está a punto de desaparecer por falta de divisas para comprar papel, ¿cómo no tener la certeza de que llegamos a ese punto de reconocer que entramos sin disimulo en un gobierno represivo? Etapa que se estrenó con fuerza este febrero de 2014 dejando un saldo de 18 muertos, 1044 detenciones, 888 medidas cautelares e incontables denuncias de maltrato y de tortura. 
Algo que dudo puedan entender quienes no están aquí, por más que se los cuenten, es cómo en Venezuela este febrero muchos perdimos por completo lo poquito que nos quedaba de cotidianidad, más allá de los horrores que se leen en la redes sociales y en los medios de prensa internacionales, hay una atmósfera estancada, caminamos como si lleváramos zapatos de plomo, nadie echa broma, la respiración entrecortada con suspiros, asumiendo que lo peor está por venir. Como los habitantes de New Orleans sintiendo los primeros ramalazos de viento ante la llegada del huracán Katrina. 
No tenemos conciencia del tiempo, no sabemos si es lunes, martes o domingo; las marchas y concentraciones suben un poco el ánimo -aunque perdieron el optimismo de las marchas pasadas-. Los carnavales fueron extendidos por decreto presidencial para ver si con la rumbita las protestas se enfriaban. Pareciera que no. La banalidad del mal se demuestra a cada rato, como cuando la diputada María Corina Machado mostró en la Asamblea Nacional fotos de muchachos asesinados y torturados en días pasados, la cámara la esquiva y enfoca el techo, en lugar de que los asambleístas del oficialismo se hagan cargo de las denuncias de tortura, le gritan ¡asesina! y le cortan el derecho de palabra, para dárselo a la camarada Tania Diaz, quien la acusa de "necrofílica" y la amenaza con que pronto se le quitará la inmunidad parlamentaria.
Aviones militares sobrevuelan muy bajo el cielo de Caracas preparándose para un desfile el miércoles para conmemorar la muerte de "El Grande".
Pero ya todo esto ustedes lo saben porque están pegados a las redes sociales y a los mismos medios que surten noticias sobre Venezuela. Lo que sería difícil sentir es tener a los niños en casa porque no pueden ir al colegio por las guarimbas, o porque la manifestación del día anterior terminó como fiesta de policía, o porque Maduro decretó enemil días de fiesta; lo que es salir al trabajo (si las guarimbas te lo permiten) y darte cuenta que ante las medidas económicas populistas tomadas por Maduro del Dakazo para acá, la productividad en Venezuela es negativa, porque cuando hay trabajo, no hay material ya que no hay divisas para importar. Internet funciona a paso de morrocoy.  Caracas sucia por los restos de guarimbas que van quedando. Para comprar lo que se encuentre representa horas de cola y los anaqueles tan vacíos como dijo Maduro en noviembre que debían quedar. Nuestra idea de felicidad es hacerse del último paquete de jabón que quedaba en Farmatodo. Rezar para no enfermarnos porque sabemos que el actual inventario de medicinas está tan escaso como la leche y el papel toilet.
Hoy muchos nos sentimos como El pianista de Polanski, preguntándonos si acaso ya estaremos tarde para escapar de un país en ruinas prisionero de un fanatismo político. Por ahora vamos a ver cómo nos guarecemos y salimos con bien, no sin cansarnos, porque cansados estamos, pero sí sin rendirnos. Estoy segura de que vendrán tiempos mejores para Venezuela, pero vendrán momentos terribles antes de que los veamos. 
Y si algo se puede decir de horrores históricos como las Dictaduras del Cono Sur, los años de fusilamientos en la Revolución Cubana, cuando los judíos de gran parte de Europa los sacaron de sus casas y los metieron en ghettos antes de trasladarlos a los campos de concentración; es que no contaban con las redes sociales porque imagínense que desde afuera les estuvieran escribiendo: "No se dejen...". No nos vamos a caer a cuentos, agradezco a las redes sociales no solo porque han sido el mejor arma contra la actual represión en Venezuela sino también porque gracias a ellas hemos podido seguir en contacto con tanta gente querida que emigró al exterior (si es que no me borraron por la arrechera), pero lo malo es que hasta cierto punto muchos de quienes seguimos aquí campeando esta tormenta hemos sentido, intensidades de uno quizás, que en tiempos excepcionales, en tiempos de represión y Dictadura, en los que: "dos no es igual que uno más uno" como canta Sabina,  desde lejos no faltan quienes encuentran una manera de culpabilizar a las víctimas por no ser lo suficientemente arrechos, quienes no fallen en asegurar: "de merecer al presidente que tenemos" (frase que se ha repetido tanto en diferentes contextos), aquellos que llaman a dejarnos de pendejadas, a no entregar el país, a agarrar el toro por los cachos, a terminar esto ya, coño, a como dé lugar... y eso queridos amigos del exterior, son comentarios que aquí en la candela no todos apreciamos.
 Pero quién soy yo para coartarles su libertad de expresión.