viernes, 23 de junio de 2017

Entre la brutalidad y la civilización



Ayer me fui a hacer el índice hormonal propio de las chicas de mi edad en el Centro Médico de San Bernardino, además del índice de glicemia porque en la última hematología de rutina me encontraron la glucosa un poco alta. No había reactivos para dos de las pruebas. Esta mañana fui al laboratorio de la Clínica Floresta, no hay insulina para el examen de glicemia: "desde hace tiempo", me dijo resignada la enfermera. 
Por lo menos me pudieron hacer el perfil hormonal. 
Regresando en el carro sintonicé el programa de César Miguel Rondón, Laureano Márquez era el invitado de la mañana. Con la sensibilidad a flor de piel entre la frustración que ni los exámenes médicos más triviales (hasta los más urgentes) son posibles en esta Venezuela, ante la terrible noticia del día anterior que otro muchacho caía ajusticiado por la represión militar (ya van más de setenta víctimas estos últimos ochenta días de protestas), además de la angustia de levantarme a las cuatro de la mañana para ir al baño, y enterarme por diversos chats que funcionarios del Sebin anoche se llevaron a mi primo Roberto Picón junto con Aristides Moreno, tras un allanamiento sin orden judicial, esposados como delincuentes comunes, por lo visto culpables de ser asesores técnicos de la MUD en materia electoral en un régimen que busca extinguir los últimos restos de Democracia. 
Oigo a Laureano y agradezco que hasta en los tiempos más oscuros haya quienes intentan subir el ánimo a las tropas. Es importante que no caigamos ni en el desespero ni en la desesperanza. El humorista-politólogo insistía que históricamente "Venezuela se ha confrontado entre la brutalidad y la civilización". La civilización no ha muerto en nuestro país, solo que la brutalidad que hoy impera no la deja surgir: "ha sido relegada, ha sido pisoteada".
Qué más pruebas de civilización en la historia moderna de Venezuela, recuerda Laureano, que grandes obras como la Represa del Guri, construir el teleférico de Mérida en tres años, y el puente sobre el Lago de Maracaibo fabricado con tecnología venezolana. Grandes venezolanos de sobra, sabios, músicos, artistas, poetas... el sistema nacional de orquestas, el Teatro Teresa Carreño, los grandes eventos que hemos disfrutado en sus salas. Tuvo la gentileza de mencionar a la Ciudad Universitaria como una de las maravillas capaces de hacerse en Venezuela. Recordaba con su humor característico que cuando Calder por fin conoció el Aula Magna, dijo: "Villanueva is the devil itself!".  
Cómo no evocar cuando mi abuela me decía que Carlos al diseñar la Ciudad Universitaria, la soñó sobre todo para los venezolanos del futuro, que no le cabía duda seríamos mejores que los venezolanos del entonces presente. Que la modernidad estaba por arroparnos. Apostando que algún día construcciones similares a la Ciudad Universitaria, donde el arte, la arquitectura y la naturaleza se fusionaran en esta privilegiada ciudad, en este privilegiado país, sería la norma en Venezuela.
Y así de repente me volví otra vez la señora que llora manejando, pensando en el foso en el que hoy estamos en la República Bolivariana de Venezuela, tratando de precisar cuáles han sido las grandes obras desde que caímos en manos revolucionarias más allá del odio en el que nos ha sumido, reafirmándome que no me quiero ir de Venezuela, no quiero que mis hijos se quieran ir, que no encuentren futuro en su país que también es el país donde nacieron sus abuelos. Pensando en Roberto en estos momentos "privado de libertad" -como dicen hoy en la neolengua revolucionaria- , cuando en otra Venezuela un Ingeniero con la privilegiada mente matemática de Roberto, tan inteligente y comprometido con esa civilización a la que se refiere Laureano, que sin ser político, un buen gobierno encontraría alguna manera de usar su potencial humano para contribuir a construir una Venezuela moderna como por la que apostaba mi abuelo. A Aristídes no lo conozco pero si estaba con Roberto también debe ser un demócrata cabal. Lloré por tantos muchachos muertos, por tantas familias destrozadas, por el hambre, por la miseria, por la crisis de salud, por la represión, por los presos políticos, por los familiares y amigos que se han ido que no sé si algún día volverán, ya algunos comienzan a morir y a ser enterrados en otros países. Pensando si se termina de imponer la brutalidad, como pretende imponerse una Constituyente a la medida de la Dictadura, emigrar de Venezuela será cuestión de supervivencia. 
Lloré como de Altamira a La Castellana por este país en ruinas que hoy es Venezuela, después me sequé las lágrimas porque tampoco hay tiempo para descorazonarse, para darnos por vencidos. Hay que evitar intensidades, por lo menos las que depriman y nos hundan en la inactividad. Debemos insistir en recuperar esa civilización que hoy parece secuestrada, así dejemos el alma en ello, en rescatar la esencia ciudadana, no doblegarnos ante los bárbaros que nos quieren sometidos que hoy llevan las riendas de Venezuela, a quienes poco parece importarle dejarla en ruinas con tal de permanecer impunemente en el poder.
Pero estoy segura como dice Laureano, que somos más los demócratas que soñamos en salir de esta pesadilla militar, y que más temprano que tarde, la civilización volverá a triunfar.

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