domingo, 13 de enero de 2008

Adriano y los sumerios


Ni recuerdo qué novela reciente celebrábamos en la librería El Buscón, tal vez “Miedo, pudor y deleite” de Federico Vegas, o “Rocanegras” de Fedosy Santaella, sólo recuerdo que en los pasillos del Centro Cultural Trasnocho apenas quedábamos un grupito riendo y conversando, además de los eternos rezagados que exprimen hasta la última gota de vino de este tipo de eventos.
Sí, la velada estaba por terminar cuando ví reflejado en un espejo a mi viejo profesor de la Escuela de Artes, Adriano González León, aquel prestigioso escritor trujillano que me daba en los años 80 una materia electiva que ya ni recuerdo el nombre pero que le permitía semana tras semana lucirse ante una decena de estudiantes disertando de aquí para allá sobre la historia del pensamiento y del arte.
Más de veinte años habían pasado de esos jueves en la mañana en la UCV, desde entonces, de vez en cuando Adriano y yo nos cruzábamos por los caminos literarios caraqueños que en la década del 2000 dejaron de ser Sabana Grande y sus alrededores para centrarse en la inhóspita pero más “segura” urbanización de Las Mercedes.
Al bautizo esa noche en la librería El Buscón Adriano llegaba tarde, o quizás la distraída era yo que no lo había visto antes, de lo que sí me dí cuenta rapidito es que se le veía agobiado, así que me acerqué a saludarlo:
- ¡Adriano! ¿Dónde estabas que no te había visto?
Se le iluminaron los ojos y me abrazó:
- ¡Adriana!- tras darme un beso en el cachete me susurró en el oído – Te lo ruego, por lo que más quieras, sácame de aquí.
Yo la estaba pasando bien pero pasadas las 9 de la noche a esta Cenicienta se le hacía tarde, en cuestión de segundos empezaría a recibir llamadas de mi casa para ver dónde diablos estaba metida, si acaso me habían atracado o me había fugado con un cineasta, por eso aproveché la súplica de Adriano para despedirme de tanto intelectual sin quedar como una ama de casa sometida:
- Le voy a dar la cola al profe a su casa.
Las risas siguieron aún cuando Adriano y yo nos alejábamos tomados del brazo hacía el estacionamiento, los panas malas lenguas me advirtieron al despedirse:
- Prepárate para los sumerios.
No hay quien no admirara al escritor de “País Portátil” y “Viejo”, no sólo por la calidad de su prosa y poesía siendo el único premio “Biblioteca Breve” venezolano, sino también por su erudición y simpatía, aunque en el foro de la página web de Relectura un irreverente post anónimo preguntaba hasta cuando González León divagaría sobre los sumerios.
Por mí que divagara por siempre, no me cansaba de oírlo pasar de los sumerios a los simbolistas, de Verlaine a Ramos Sucre, de la lira a Artaud, y sobre todo, oírlo exaltar las ocurrencias del conde de Lautréamont. Pero esa noche en medio del tráfico nocturno de Las Mercedes Adriano sólo tenía un tema: Venezuela, ¿cómo íbamos a salir de esta situación política? La voz le temblaba y parecía al borde de las lágrimas, él, que nació en el año 1931 y a quien siempre le había dolido tanto el país, él, que se sabía un hombre de izquierda, un progresista, que hasta preso estuvo en su juventud, fundador de Repúblicas utópicas, me aseguró que nunca, nunca, imaginó que vería a su país sumergido en semejante túnel del oscurantismo que nos devolvía a la Venezuela caudillista.
Y para colmo, los médicos le habían prohibido terminantemente beber alcohol.
“Tú sigue escribiendo” fue su última recomendación esa noche de octubre, o de noviembre, de 2007, antes de quedarse en las puertas del pequeño edificio donde vivía en Las Mercedes.
Sí noté que mi tocayo no estaba muy bien de salud, pero no sé porqué pensé que nos volveríamos a ver, que mejores tiempos vendrían para retomar a los sumerios, a Ramos Sucre y al conde de Lautréamont.

1 comentario:

Mitchele Vidal dijo...

Hoy El Nacional tituló: "El país sin Adriano" y, por supuesto, leer esa frase y recordar a Cabrujas fue la misma cosa... Se nos fue el escritor de la voz áspera y el corazón adolorido por este país nuestro que no se cansa de ser portátil.

¿Y qué nos queda?