viernes, 4 de febrero de 2011

La secta de los cazagazapos


El Lunes 9 de julio apareció publicado mi primer artículo con dibujito en el cuerpo A en El Nacional. Emocionada releí “Mango-tics”, el artículo que me estaba consagrando como columnista con espacio fijo: "Sentada en un restaurante chino en París, contemplo con cierto estupor como mi vecino de mesa, luego de un ovíparo almuerzo...". 
¿Ovíparo almuerzo? Los amigos editores de El Nacional se debieron haber equivocado. Reviso el original en la computadora y ahí estaba el error del tamaño de una catedral: había escrito opíparo con “v”, convirtiendo a un distinguido glotón francés, en un triste degustador de huevos.
De inmediato hice lo que  cualquier escritor que se precie haría en mi lugar: un pacto divino para que ningún cazagazapos posara sus expertos ojos sobre mi imperfecto artículo: “Por favor Diosito, quizás no he sido la mejor de las cristianas, tantas dudas, pero si a Santo Tomás lo perdonaste y le diste prueba de tu misericordiosa existencia, por esta humilde  escribiente tan solo tienes que hacer algo que ni siquiera puede considerarse un milagro: que ningún erudito me lea”.
No había terminado tan sentida oración cuando oí la campanita que anuncia correo electrónico: “de los suculentos platos inte­grantes del menú degustado por su vecino de mesa, no todos debieron ser preparados sobre la base de puros huevos, como para que usted califique de “ovíparo” el fisgoneado al­muerzo”.
¡Había sido descubierta por la secta de los cazagazapos!
Nadie sabe donde viven, nadie sabe como son. Su origen es milenario. Trabajan en soledad, leen desde la primera hasta la última página de todos los periódicos buscando abominables errores de estilo, cultura y  ortografía. Se dice que se reúnen una vez al mes en la clandestinidad, cobijados por las sombras de la noche para compartir entre ellos las metidas de pata de los vulnerables autores.
Para ser cazagazapos hay que tener talento y vocación. Tan respetada y temida secta no tiene fines de lucro, funciona por amor al arte. En las reuniones mensuales cada uno de sus miembros lleva una rigurosa lista de los gazapos encontrados en los medios impresos, y a cada error se le da determinado número de puntos que todos los octubres se suman para elegir al Gran Cazagapos del año. 
El conteo no es  fácil,  lo hacen distinguidos miembros de la Academia de Cazagazapos quienes tras encontrar gazapos en escritores de la talla de Uslar Pietri, Nuño y Liscano, alcanzaron un sitial de honor en su gremio.
Dicen que gazapos de novatas como yo no valen mucho, a lo sumo 1 punto. Errores de los columnistas humorísticos valen 5 puntos. Los “serios”, valen un poco más. Los autores de Papel Literario están fuera de competencia por eso de la licencia poética. Cotizados gazapos de cincuenta puntos son buscados en las columnas de Alexis Márquez Rodríguez y Simón Alberto Consalvi. Pero la verdadera joya de la corona es el gazapo editorial, que puede llegar a valer 100 puntos.
Ante un gazapo no hay explicación que valga. Sólo excusas: “error de tipeo“, “el duende atacó de nuevo”, y rezar porque todo se olvide lo más rápido posible.
Suena la campanita cibernética: ”... observé con estupor que utilizó la palabra ovíparo... ".
Presiento que con el tiempo llegaré a ser conocida como la niña mimada de los cazagazapos.

Este fue mi segundo artículo como columnista en El Nacional, publicado en julio de 2001, desde entonces, gracias a los correctores de texto, no me se han escapado mayores cazagapos mas allá de escribir Vallenato con b de burra, error que me costó unas cuantas reprimendas de cazagazapos enardecidos. Hoy rescato a la secta de los Cazagazapos para Evitando intensidades porque Gisela Cappellin me contó que a su novela "Primavera en Berlín" los cazagapos le encontraron un error, y de inmediato se acordó de este artículo que yo casi había olvidado. 

5 comentarios:

Carledonia dijo...

Maravilloso, Adriana. Muy divertido.
La sola idea de que me pase algo así me hace "iperbentilar".
Oye, hoy vamos a Soma con la V. Te animas?

Adriana Villanueva dijo...

Pero yo sigo fieles a mis gazapos en Evitando Intensidades, donde se asoman los cazagazapos a cada rato, muy bien recibidos siempre que no me llamen: ¡aaanimaaaaal!

Marielba dijo...

Genial y divertido como siempre! Conmigo, los cazagazapos, harían sopa! jeje

Raúl Stolk dijo...

Que angustia con los gazapos. Aquí te pongo un link sobre algo que escribí en relación a los temibles blog trolls, sin compromisos, of course http://prodavinci.com/2010/11/22/sobre-brujas-y-troles/

Adriana Villanueva dijo...

Hola Raúl, bien bueno, lo leí cuando salió en Prodavinci, los trolls son los descendientes tecnológicos de los cazagazapos, pero buscan más que un error, volverte leña.