miércoles, 3 de abril de 2013

Sucedió en Champs-Élysées


Mi hermano, que vive en Paris, insistió que para llegar a la Salle Pleyel mejor agarrara un taxi, la estación Charle De Gaulle-Etoile que queda bajo el Arco del Triunfo, tiene tantas salidas como puntas tiene una estrella. Podía perderme y llegar tarde al concierto dirigido por Dudamel. No hay mayor ofensa que me digan que agarre un taxi en Paris, bisnieta de francesa, en la ciudad en la que vivió mi abuelo hasta los 28 años, me siento como pez en el agua, por eso ando a pie o en Metro, no se me ocurre agarrar un taxi sino para ir al aeropuerto. Menos un domingo en la tarde para ir a un concierto a pocos metros de Champs-Élysées, con consultar Yahoo Maps tengo. 
Si insistía en ir en Metro, mi hermano me aconsejó bajarme en la estación George V, pero preferí seguir las indicaciones digitales que decían que me bajara en la estación Charles de Gaulle-Étoile, buscara la salida de la Rue Hoche, y caminara 550 metros hasta Faubourg Saint-Honoré. Tiempo estimado desde mi punto de partida: 26 minutos. Como el concierto de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles estaba pautado para las cuatro, salí una hora antes para evitar contratiempos. 
Menos mal que no le paré a la ruta que me dio mi hermano, con mi poco dominio del francés (un calculo optimista de 25 por ciento) entendí por los altoparlantes que ese domingo la estación George V estaba fermé.  Me bajé en Étoile y caí directo en la salida de la Rue Hoche propuesta por Yahoo Maps. 
Diablos, estaba cerrada.
Caminé unos metros a la próxima salida, también estaba cerrada, y la otra, y la otra, y la otra, y cada una de las puntas de la gigantesca estrella. Desesperada corría dando vueltas por la enorme estación buscando por dónde salir, y como en un diabólico laberinto, encontraba puertas encadenadas. Me le acerqué a un policía: "Ou est la sortie?" y en mi mal francés entendí que buscara la línea M2, pero ahí lo único que había eran trenes que llegaban y salían. 
 La tarde se me estaba convirtiendo en una pésima película de ciencia ficción, hasta que conseguí a una policía que hablaba un poco de español y me dijo que todas las sorties de la estación Étoile estaban fermé. Tendría que agarrar la línea M2 y bajarme en la próxima estación. Menos mal que recordé que la Salle Pleyell quedaba cerca de la estación Ternes, del M2, porque el margen de tiempo para llegar puntual al concierto se estaba agotando. Subí al Metro, me bajé en Ternes, y llegué corriendo al teatro detrás de quienes corrían al igual que yo para no llegar tarde para ver al Director subir la batuta ante la expectativa de la orquesta.  
Me senté en balcón segundos antes de que Gustavo Dudamel entrara en escena, en el Metro asumí que como era Domingo de Ramos y la Semana Santa comenzaba, Paris estaría saturado de turistas, tantos, que por razones de seguridad habían tenido que restringir el paso al Arco del Triunfo y a los Campos Elíseos. 
Tras repetidas ovaciones a Dudamel por un vibrante Pájaro de Fuego, como apenas pasaban las seis de la tarde, quise caminar un poco, recordando que las estaciones Étoile y George V estaban cerradas, caminaría hasta la estación Franklyn D. Roosevelt en la mitad de Champs-Élysées antes de regresar en Metro con mi familia. 
Caminaba por la Rue Balzac distraída por la belleza de la arquitectura parisina, cuando me percaté que no solo las estaciones de Metro estaban cerradas, también la entrada a los Campos Elíseos por media docena de policías con escudos antimotín mientras docenas de jóvenes trataban de colárseles bajo el grito de "Liberté!". Y con el entrenamiento de los últimos catorce años que como un imán me hace  unir a cualquier manifestación, dejé la euforia post-concierto para entonar el grito de "Liberté!" sin molestarme en preguntar ¿libertad como para qué?.
Al leer la palabra "Marriage" puños en alto, y ante el grito "Liberté!" al ver a tantos jóvenes de chaqueta de cuero, algunos con el pelo pintado de verde, buscando entromparse con la police para tener acceso a les Champs-Élysees, asumí que se trataba de una protesta para legalizar de una vez por todas el matrimonio gay en Francia, y por supuesto que con más razón me les uní, gritando "Liberté!", hasta que el valiente pueblo francés y esta venezolanita rompimos la barricada del poder para hacer oír nuestra voz de Libertad, Igualdad y Fraternidad. 
Las fuerzas policiales interceptaban la mitad de los Campos Elíseos mientras los jóvenes protestantes se reagrupaban, acompañados de hombres, mujeres, ancianos, muchos niños, esgrimiendo banderas multicolores y gritando no se qué de marriage. Ya yo estaba a punto de buscar un peñazco y estallarlo contra la primera vidriera que encontrara para participar en mi marzo francés, cuando comencé a percatarme que para ser una concentración exigiendo la igualdad de derechos civiles de la comunidad gay, había como que muy pocos gays, más bien mucha familia tradicional de papá, mamá y un sin fin de muchachitos. Muchos abuelitos. Hasta monjitas había. Cuánta solidarité pensé. Comenzaba a dudar de las intenciones de la manifestación cuando me percaté de una señora que batía rabiosa la pancarta: "Marriage, adoption, Homo: C'est non", no hizo falta tener la fluidez de francés de Gerard Depardieu para percatarme que a lo que me había unido no era a una marcha a favor sino en contra de los derechos de la comunidad GLBT.
Coño, si mi pana Gisela se entera.
De inmediato abandoné el campo de guerra como si me hubieran corrido con agua hirviendo, estaba protestando en contra de lo que creo: en el derecho que tienen los gays y lesbianas de legalizar su unión. Salí de la trinchera pensando en la extensión de la palabra Libertad, los manifestantes exigían Libertad negandosela a otros. 
Pero no me fue tan fácil huir, me fui caminando por la Rue Lord Byron, hasta volver a entrar a los Champs-Élysées, donde esperaba agarrar, ya impaciente, el metro en la estación Franklyn D. Roosevelt.
Estaba cerrada también. 
No desesperé, a pocos metros quedaba la estación Champs-Élysées-Clemenceau, pero la policía había acordonado la entrada a los Campos Elíseos, no había manera de salir mientras los rabiosos manifestantes gritaban: "Pas de marriage!" pretendiendo romper la barrera policial.
Y ante mis ojos al anochecer de ese domingo una de las avenidas más hermosas del planeta se había convertido en un campo de gases antiprotestas y sentimientos homofóbicos. 
Un Paris que nunca habría querido ver. 




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