jueves, 25 de abril de 2013

En el jardín de las bestias


Uno de los insultos favoritos del Oficialismo a Henrique Capriles Radonski es llamarlo "Nazi-Fascista", lo que podría ser visto como una doble contradicción no solo porque el Fascismo se ejerce desde el poder, como fue el caso de los Nazis, sino porque si alguna familia sufrió en carne propia los embates del movimiento Nacionalsocialista no fueron las familias Chávez, Maduro o Cabello; entre los pocos sobrevivientes del exterminio al pueblo judío perpetrado en la Europa de los años 30 y 40, estuvo la abuela de Capriles Radonski, como bien le gusta recordar a quien hoy es llamado Nazi-Fascista por pretender impugnar unas elecciones presidenciales a todas luces viciadas desde el Poder.  
Casualidades de la vida que precisamente en estos días, cuando el término "nazi-fascista" se usa en Venezuela tan a la ligera, cae en mis manos "En el jardín de las bestias: una historia de amor y terror en el Berlín Nazi" (2011), del periodista estadounidense Erik Larson, libro de No-Ficción que se lee como una novela. 
Larson (Brooklyn, 1954) indaga sobre la estadía como Embajador de los Estados Unidos del académico William E. Dobb y su familia en la Alemania de los inicios del nazismo, de cómo los Dodd pasaron de sutil apoyo a la Alemania Nazi, a absoluto repudio, repudio que tardaría en ser comprendido por muchos de sus compatriotas. 
William E. Dobb, nacido en Carolina del Norte en el año 1869, fue hombre de confianza de  Woodrow Willson, presidente de los Estados Unidos desde 1913 hasta 1921, le escribía sus discursos, después el historiador metido a político quedó relegado a la vida académica durante más de una década, hasta que un día, para sorpresa de muchos, el presidente Franklin D. Roosevelt mandó a llamar al sexagenario profesor de la Universidad de Chicago para ofrecerle la posición de Embajador de los Estados Unidos en Alemania. 
Había quienes echaban broma diciendo que fue un error de la secretaria de Roosevelt, llamó al William  que no era; otros especularon que nadie quería ocupar el puesto de Embajador en una Alemania turbulenta, por eso bromeaban que el presidente sacó el nombre de quien ocuparía tan delicado cargo casi que del sombrero, o lo escogió tan solo porque Dodd, que hizo su postgrado en la Universidad de Leipzig, dominaba el idioma alemán. 
Aunque se sentía bien saberse de nuevo políticamente requerido, Dodd dudó si aceptar el cargo diplomático que le ofrecía el presidente Roosevelt, los embajadores norteamericanos solían ser hombres de grandes fortunas porque los presupuestos de las Embajadas eran apretados, y para representar bien a los Estados Unidos de Norteamérica, los diplomáticos no podían escatimar en gastos ofreciendo fiestas y recepciones que la mayoría de las veces salían de sus propios bolsillos. En el caso de Dodd, su bolsillo era el de un sencillo profesor universitario, no había mucho donde raspar. 
Si Dodd finalmente aceptó el reto fue por dos razones personales: esperaba que como Embajador tendría más tiempo que como Académico para finalizar su proyecto de vida de redactar La Historia del Sur de los Estados Unidos; y porque Dodd quería llevarse a vivir con él y su mujer a sus dos hijos veinteañeros, a quienes con esta estadía en Berlín, pensó sería la última oportunidad de tenerlos viviendo bajo su techo: Bill, un profesor desempleado, y Martha, una alegre divorcée.
Pero de algo sí estaba claro: la única manera para el profesor William Dodd de ser Embajador era ajustándose al presupuesto que tenía la Embajada, no tenía con qué ceder a la presión del ritmo de gastos de los embajadores millonarios como el ostentoso Embajador en Francia,  así que encontró alternativas para vivir lo mejor posible con bajo presupuesto, una de ellas se le presentó cuando un multimillonario judío ofreció alquilarles su mansión a un precio simbólico con la condición de que les permitieran a él y a su madre vivir en la tercera planta de la casa. Muchos de sus detractores vieron esta situación como una tacañería de Dodd, pero Larson asegura que el arrendador encontró la mejor solución para que siendo judío, garantizar tanto su seguridad como la de su madre al vivir con el embajador de los Estados Unidos. 
En En el jardín de las bestias Larson se enfoca en el Embajador y su hija. Aunque de temperamentos opuestos, Martha y su padre coincidían en que ambos llegaron a la Alemania del año 1933 sintiendo  admiración hacía el Canciller Hitler y el proyecto Nacionalsocialista, y un dejo de antisemitismo que no se molestaban en disimular. Lo que no era raro en la sociedad norteamericana de la primera mitad del siglo XX.
 De cómo muta esta admiración a una abierta confrontación con el nazismo es la historia que se narra en este apasionante libro, comenzando por la apología compartida por los Dodds recién llegados que la segregación de los judíos en Alemania, o la penalización y hasta agresión física a quienes se negaran a rendir honores al nazismo, no era más que una campaña negativa gestada desde los laboratorios sucios de propaganda sionista financiados por los banqueros judíos de Wall Street. 
Martha vive en Berlín con intensidad su vida de alegre divorciada relacionándose con intelectuales, oficiales de la Gestapo y espías rusos. Hace falta que testimonie con sus propios ojos los excesos de los oficiales nazis para darse cuenta del horror histórico que está viviendo. El punto de no retorno tanto para el Embajador como para su hija es la llamada "Noche de los Cuchillos Largos" en el año 1934, cuando Hitler y los oficiales leales a su causa se encargan de ejecutar extrajudicialmente a la mayor cantidad de enemigos políticos posibles (cifras que varían, según quien las dé, entre 50 y 1000 víctimas en poco más de una noche) hombres y mujeres ajusticiados por sus verdugos, incluyendo a 12 asambleístas, sin derecho a defensa como "enemigos de la Patria Alemana", es decir, enemigos del Führer.
Explica Larson que tras la purga de sus adversarios ordenada por Hitler "ningún Gobierno le pidió a su Embajador que abandonara Alemania ni alzó su voz de protesta; tampoco el pueblo alemán se alzó con repulsión... Esta falta de reacción en parte se debía a que tanto en Alemania como en el resto del mundo, muchos eligieron creer a Hitler cuando decía que esa noche se había suprimido una rebelión evitando un mayor derramamiento de sangre". 
A partir de La Noche de los Cuchillos Largos, Dodd se volvió abierto adversario del régimen al cual su país le había pedido que fungiera como Embajador, granjeándose numerosos enemigos en los Estados Unidos quienes lo acusaban de exagerado y ganado a la causa semita. Dodd dejó de asistir a fiestas diplomáticas donde se toparía con altos oficiales alemanes, e hizo lo posible por denunciar el embate fascista que ya estaba en curso. Hasta que el mismo Roosevelt, cansado de oír críticas de su embajador en Alemania, desestimó sus advertencias y le pidió en 1937 la renuncia porque no se podía ser Embajador de un país, sin entender por el proceso histórico y político que se estaba viviendo. 
 De ese mismo hilo, los venezolanos tenemos más de una madeja. 

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