jueves, 5 de enero de 2012

Encuentro con Mr Hyde en Nueva York




El pasado noviembre en una visita de poco más de dos semanas a Nueva York, ya llevaba siete días en la ciudad y todavía pendiente la mitad de lo que quería hacer como visitar a los indignados en Wall Street, ir a la exposición de Alexander Calder en una galería en Madison, y a la tienda Target en Harlem; cuando a pesar del cálido clima que rompía records en este otoño inusual, comencé a sentir un frío por dentro que me puso a temblar cual la última hoja de árbol que se resiste a caer en Central Park, pero como yo nunca me había enfermado en Nueva York, ignoré la posibilidad de que podría estar subiéndome la temperatura, y seguí paseando por la feria navideña en Union Square atribuyendo tanto estremecimiento a la sangre Caribe poco acostumbrada hasta al más templado clima otoñal.
Esa noche, con la ventana cerrada, la calefacción prendida, arropada por dos cobijas, vestida de mono, sudadera y medias, y ese frío por dentro nada que se me quitaba, me dije: "¡Bola, lo que me está dando es un fiebrón!".  Tomé un par de advils, sudé la fiebre y a la mañana siguiente amanecí mejor, asumiendo que el episodio de la noche anterior debió ser un ataque de cansancio por pretender exprimirle hasta la última gota a una ciudad tan intensa como Nueva York.
Tampoco hay tiempo para declararse exhausta visitando dos semanas la isla de Manhattan, esa mañana fui al Museo de Arte Moderno donde están presentando la retrospectiva de Willem de Kooning, cuando de repente, ante uno de los enormes lienzos del artista neerlandés, comencé a sentir que el frío se me colaba por dentro, aún sin quitarme el abrigo a pesar de la calefacción. Entonces me dí cuenta que el malestar de la noche anterior no había sido un ataque de cansancio. Yo lo que estaba era enferma. 
Entré en una farmacia, compré un termómetro digital que diera la temperatura en grados centígrados,  y otro potecito de Advil. Desde entonces y durante los siguientes cinco días, sufrí fiebre recurrente que llegaba hasta 39 grados sin más síntomas que dolor de cuerpo y un leve ardor en la garganta que atribuí a la calefacción. Esta fiebre fue mi principal compañera la última semana de noviembre 2011: tardaba en irse la condenada y seis horas después, regresaba puntual. Cuando comenzaba a sentir los escalofríos sabía que este desgraciado mister Hyde volvería a apoderarse de mi cuerpo por lo menos un par de horas hasta que los advil hicieran efecto.
Tampoco fue que me recluí esos cinco días, salía a pasear sin aventurarme muy lejos porque temía que el señor Hyde no tardaría en llegar a mi encuentro. Ese sábado llamé a mi amiga Patricia, que vive en Nueva York, habíamos quedado en vernos pero le conté que mejor lo dejábamos para otro día porque tenía fiebre. Cuando la llamé el miércoles para decirle que seguía con fiebre, fue ella quien me convenció de que debía ver a un médico: "Con eso no se juega, cinco días con fiebre no es normal".
No crean que en estos cinco días no se me había activado la hipocondría, aupada por Internet pasé por todo tipo de posibles enfermedades: influenza, infección renal, dengue, miocarditis, cáncer, o alguno de esos misteriosos males que solo es capaz de diagnosticar doctor House.
Sin embargo decidí seguir el consejo de Patricia y el jueves en la mañana, cuando volví a amanecer con fiebre, fui a un centro de diagnóstico que me recomendó mi cuñado Xavier, que vive en Nueva York. Este centro queda en la calle 86 entre segunda y primera avenidas. Xavier me aseguró que ahí sería atendida con prontitud, mientras en una emergencia podía pasar horas esperando.
 Me fui al centro diagnóstico sin saber mucho de qué se trataba. Resultó ser la planta baja de un pequeño edificio, tenía recepción y sala de espera donde había dos pacientes aguardando turno. Después de llenar una historia médica y presentar los credenciales del seguro, no tardó una enfermera en invitarme a pasar a uno de los consultorios.
Antes de que llegara el médico la enfermera me preguntó qué síntomas tenía, me tomó la temperatura y me hizo un par de pruebas para descartar las dos amenazas más frecuentes en esa época del año en Nueva York: sore throat (faringitis) e influenza. En cuestión de segundos ambas pruebas dieron negativas. A los pocos minutos entró un doctor que no llegaría a los 30 años. Me revisó la garganta, me auscultó, me palpó el abdomén y listo: "Tiene la garganta un poco roja, le voy a mandar zitromax por cinco días". 
No entendía por qué me estaba recetando antibióticos, sentí que me estaban parapeteando, por eso lo increpé: "¿cómo podía estar seguro de que se trataba de una infección si en la garganta apenas sentía una leve resecad y la prueba de faringitis salió negativa? Yo sé lo que es una laringitis, la garganta duele como si me hubiera tragado una lija, además, ¿cómo podía saber que se trataba de una infección sin verificarlo con un examen de sangre, solo porque tenía la garganta un poco roja? ¿Y si lo que tenía era mononeuclosis? Daba con malestar en la garganta. ¿Y si tenía dengue? En Venezuela esa es una enfermedad común y los síntomas varian. Llevaba cinco días tomando ibopufren, ¿y si las plaquetas me bajaban al piso?".
Al oír la palabra dengue el joven doctor se puso pálido, lo imaginé sacando de una gaveta un teléfono rojo con acceso directo a control de epidemias. Se veía que en su corta carrera nunca le había tocado un caso de dengue. Preguntó aterrado: "¿Será también necesario descartarle fiebre amarilla y malaria?".
Con orgullo patrio le aseguré que en Venezuela no estábamos tan mal, quizás en la selva todavía era común ver casos de fiebre amarilla y malaria, pero no en la ciudad. Ahora el dengue, no hay venezolano que sobre esta enfermedad transmitida por los zancudos patas blancas no pueda dictar un master, aunque habiendo pasado por él y habiendo atendido los de mis esposo y dos de mis hijos, me constaba que de haber tenido dengue, de lo mal que me habría sentido, ni fuerza tendría para estar discutiendo diagnósticos con el doctorcito. 
Con dengue el señor Hyde no va y viene, sencillamente no te abandona hasta que la enfermedad pasa.
Mientras la enfermera buscaba el zitromax, el doctorcito me hizo un par de recomendaciones: "con respecto a las plaquetas, si ve que le sangran las encías o sangra por el recto, corra a una emergencia. Si persiste la fiebre, hágase los éxamenes de sangre de regreso en su país", de nada servía mandarme a hacer un examen de sangre que no estaría listo antes del lunes, el día que me iba. 
La mejor recomendación me la dio antes de irse a parapetear a otro paciente: "no deje que le suba la fiebre, no hay porqué sentirse mal, si es necesario alterne advil con atamel, and enjoy New York".
La consulta de no más de veinte minutos costó 170 dólares, antibiótico incluído, que pagó el seguro contra reembolso.
Al día siguiente, no sé si porque el antibiótico comenzaba a hacer efecto o si porque el virus ya había corrido su cauce natural, el señor Hyde no me volvió a visitar en Nueva York, y pude seguir la recomendación del doctor de disfrutar la ciudad estos tres últimos días de viaje, aunque no visité ni a los indignados ni a Calder ni a Target, ni tampoco vi a mi amiga Patricia. El domingo en la mañana, me llamaron del Centro de Diagnóstico para saber cómo seguía.
De regreso en Venezuela, las vacaciones navideñas las pasamos en Margarita donde tres de los cinco miembros de nuestra familia sucumbieron a uno de los típicos virus de la isla. Los niños lo vencieron en 24 horas, pero a mi marido desde hace seis días, igual que a mí en Nueva York, lo viene a visitar el señor Hyde, puntualmente, cada seis horas. 
Titiritando me dice: "Tengo un frío por dentro que no se quita".
Sé lo que se siente, acabo de pasar por ahí, y mientras voy a buscarle un brugesic me pregunto si no será conveniente llevarlo a un módulo de la Misión Barrio Adentro de la isla, después de todo ¿qué era ese Centro Diagnóstico en Nueva York sino la versión capitalista de la medicina del parapeteo?

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