domingo, 13 de abril de 2008

La tentación

La tentación está en todos lados. El peligro a caer en ella nos acecha. Una mañana hace algunos meses, mientras llenaba el tanque de mi carro en una gasolinera, distraída me retocaba la pintura de labios en el retrovisor cuando una voz masculina me sacó de mi éxtasis cosmético:
-Tengo de todo, mamita, ¿qué te gusta?
Debí haberle dicho que no ahí mismo, que se equivocó conmigo, que no soy una de esas. Pero la curiosidad mató a la gata y cometí el error de preguntarle a mi interlocutor, viendo la tentadora caja que llevaba debajo del brazo:
-¿Qué cargas ahí?
El dealer sacó de la caja una pila de cidís metiéndolos dentro de la ventana de mi carro:
-Toma chama, ve tú misma, sin compromiso, puro estreno.
¡Qué tonta fui! Eso de puro estreno me daba pie para darle un rotundo no. Una tiene su dignidad, caramba, los estrenos los veo en el cine. Películas piratas sólo compro clásicos que no se consiguen legales en Caracas desde que cerró Video Color Yamín de Altamira.
Dudé por milésimas de segundos si agarrar los cidís. Pero no fui lo suficientemente fuerte. Eso lo percibió el cidicero como un cunaguaro siente la vulnerabilidad de su presa.
- Garantía certificada, mi reina- me aseguró con la persuasión de Mefistófeles mientras soltaba una decena de cidís en mis temblorosas piernas.
Qué les puedo decir, soy débil, cedí a la tentación y tomé ávidamente la mercancía repitiendo para mis adentros ese lugar común que al enfrentarnos a un vendedor hábil, nunca funciona: “ver no es comprar”.
Por lo visto el cidicero también era un hombre de principios: entre su oferta no estaba ninguna película de factura nacional. Sólo producciones de Hollywood y alguna que otra película europea. La pequeña caja de madera tenía más novedades que cualquier Blockbuster. Algunos de estos filmes habían sido estrenados en Venezuela, otros, no sabremos si algún día lo serán.
Entre tan extensa selección fílmica, al tener ante mí “La Reina”, me sentí tentada de llevarme el retrato de Isabel II de Inglaterra en medio de una crisis familiar que le dio a Helen Mirren el Oscar a la mejor actriz. Entonces no se había estrenado en Venezuela, muchos amigos la habían visto y la recomendaban. Estaba segura que esa película me iba a encantar. Esa certeza me dio fuerzas para no comprarla. Preferí esperar para verla en pantalla grande.
El cidicero, sintiéndome dudar, fungió de crítico y de psicólogo amateur. No entiendo por qué me vio cara de sentimental.
- Tengo “En busca de la felicidad” con Will Smith. Es de las mejores, si no lloras, no tienes corazón.
Le agradecí la sugerencia pero le dije que no me gustaban las películas tristes, prefería las comedias. Entonces me mostró “Amor a la italiana”:
- La acaban de estrenar, es muy buena, de la misma gente de “La Vida es Bella”.
¡Bingo! El experto vendedor colocó una de sus películas, aunque por las razones equivocadas: en mi escala de valores “La vida es bella” de Roberto Begnini es de las más sentimentaleras. Su prima, “Amor a la italiana” de Giovanni Veronesi, debía ser la perfecta película para ver sin remordimientos desde la comodidad de mi viejo Sony Trinitón.
Pero el crimen no paga: apenas puse “Amor a la italiana” en mi televisión, me di cuenta con horror que estaba traducida a un español más castizo que el de Joselito. Ni los melodramas de Almodóvar suenan así. Es una herejía no ver una película en su idioma original, sobre todo si es italiana, y antes de la tercera escena, dí esos 5 mil bolívares por perdidos.
De todas maneras, por lo poco que ví pude apostar que para ver “Amor a la Italiana” era mejor esperar a que la pasen por Cine Canal.

Publicado en Contrabando

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